miércoles, 8 de octubre de 2008

TRAS LAS HUELLAS DE SAN PABLO CON EL PADRE MORALES

TRAS LAS HUELLAS DE SAN PABLO CON EL PADRE MORALES[1]

Ocho días de camino. Nubes de polvo marcan el paso de una caravana a través del desierto. Rostros fatigados y ojos bermejos por la lluvia de un sol que reverbera calcinante. En la lejanía, hacia el Norte, se vislumbran los montes con manchas aún confusas de vegetación. El aire devorante se empapa de suavidad y frescura al contacto con las primeras palmeras.

                Un oasis espléndido aparece de improviso. El Abana y el Farfar, arrastrando sus aguas, lo surcan. Allí, entre bosques aromáticos de higueras y granados, vergeles de naranjos y limoneros, aparece Damasco, "la blanca". Red de perlas sobre un tapiz de esmeralda, murmullo de fuentes y cantar de pájaros.

 

Ruido de muchas aguas

                De repente, una gran claridad deslumbra y ciega a la comitiva. Una fuerza misteriosa paraliza los miembros y hiela la sangre de los que vienen cabalgando desde Jerusalén con una consigna: "apresar a los cristianos de Damasco y conducirlos a la ciudad santa" (cf. Hech 9,2).

                Resuena en la altura una voz. Es reproche y amor, compasión e ironía al mismo tiempo. Entonación penetrante, acento misterioso, atractivo irresistible, como es siempre la voz de Dios marcando camino a las almas. Se dirige a Saulo de Tarso, jefe de la expedición. Se había presentado, "respirando todavía amenaza y matanza contra los discípulos del Señor", al sumo sacerdote pidiendo cartas para la sinagoga de Damasco (Hech 9, 1-2).

                Saulo, Saulo, ?por qué me persigues? Caído en tierra, mascando polvo, se siente impotente para levantarse. Mira, y ve, rodeado de luz en Su gloria, al Hijo de Dios. El mismo que vio Ezequiel vestido de lino, rostro luminoso como rayo, brazos semejantes a la blancura del bronce al fuego. El mismo que verá Juan en Patmos "entre siete candeleros de oro, ataviado con larga túnica y ceñidor de oro, ojos como brasas, cabeza con nieve, rostro como sol en su cenit, siete estrellas en la mano, espada de dos filos en la boca y la voz como ruido de muchas aguas" (cf. Ap 1,12-16).

 

"Deshacéis un almay la tornáis..."

                ¿Quién eres, Señor?, gime Saulo, revolcándose en el suelo. Es la pregunta de todos los siglos, de todas las almas, la mía: ?Quién eres, Señor, que me ciegas con Tu Luz, que te cruzas en mi camino?... Se hace silencio profundo. Preludia un acontecimiento. Dios va a transformar un alma. Se rasgan los aires, y de nuevo la voz que "quebranta los cedros del Líbano y hace temblar las montañas" se va a escuchar.

                "Yo soy Jesús, a quien tú persigues". Es una presentación amorosa que cautiva y arrastra. Una voz que arranca la conversión más definitiva y trascendental que conocemos. "Transformar en justo a un impío es obra más grande que crear el cielo y la tierra" (S. Agustín). Un hombre ha caído en tierra, Saulo, y otro se levanta, Pablo, apóstol de las gentes y heraldo de la cruz, adalid y protector de la Iglesia perseguida y crucificada. "De perseguidor de Cristo: spirans minarum" (cf. Hech 9,1), trocado "en vaso de elección: vas electionis". Destinado a llevar Su nombre a todas las naciones, reyes e hijos de Israel.

                El milagro de su conversión salta por encima de S. Pablo. Atraviesa la historia, domina tiempos y pueblos, culturas y civilizaciones. Revela la misericordia de un Dios que se fatiga incansable, buscando una humanidad en rebeldía sobre las mismas rutas por las que camina. Con fuerza irrefutable acredita el poder misterioso de la gracia, transformando los corazones más rebeldes, y nos invita a una confianza sin límites en Jesucristo: "?Seáis Vos bendito, mi Dios, por siempre jamás, que en un momento deshacéis un alma y la tornáis a hacer!" (Sta. Teresa, Fundaciones 22,7).

 

"Le mata, y le resucita"

                Lleno de temblor y espanto, Saulo dijo : "Señor, ?qué quieres que haga?" Entrega total y definitiva. Fabuloso triunfo de la misericordia y poder de Dios. "Los hombres que con él caminaban se detienen mudos de espanto, oyen la voz, pero sin ver a nadie" (Hech 9,7).

                Una nueva vida se ha apoderado de Pablo. Aún en tierra, siente nacer de las profundidades escondidas de su ser, un manantial de vida desconocida. Inunda su alma para iluminar el conocimiento de la gloria de Dios que reverbera en la faz de Cristo Jesús (cf. 2 Cor 4,6). Si uno está en Cristo, es una nueva creación. "Lo viejo pasó. Mirad, se ha hecho nuevo" (2 Cor 5,17).

                Aurora esplendorosa de la fe. Brilla mientras todavía se revolcaba en el polvo. Una energía misteriosa se apodera de Pablo. Se alumbra una vida insospechada. Entra en un mundo más alto. Es un estremecimiento de todo su ser. Al salir de Jerusalén, en el camino, tinieblas. De repente, trasladado al Reino del Hijo del Amor, empieza a participar de la herencia de los santos en la luz (Col 1,12-13). "Así triunfa el cielo en este duelo misterioso entablado en su alma. Le hiere, y le cura; le mata, y le resucita" (S. Agustín).

 

Nervio de una teología

                Una vida nueva. Pablo acaba de hacer una experiencia personal, una vivencia íntima que le marca indeleble para tiempo y eternidad. Cristo ha resucitado. Él lo ha visto, lo siente vivir en su corazón. Aquí está la novedad inaudita que el cristianismo trae al mundo. La nueva vida que el Espíritu comunica a las almas por la muerte y resurrección en Cristo. Es la raya divisoria entre la religión de Jesús y las demás, que, a lo sumo, aportan una nueva doctrina, moral o culto. En esta Vida Nueva, la Vida de Dios Padre para los hombres en Cristo Jesús, está lo radicalmente nuevo que el Evangelio introduce en la historia.

                S. Pablo no predicará ni escribirá otra cosa. Hablará siempre de la fe en esta Vida Nueva, con la cual el hombre se deifica, se hace hijo adoptivo del Padre, familia de Dios. La unión mística con Cristo será nervio de su teología. Quien no lo detecte gira en torno a sus cartas como dando vueltas alrededor de un castillo encantado, sin acertar con la puerta de entrada. Una obra de arte tiene su punto de vista. Desde él nos deslumbra con su belleza de líneas. El punto clave para S. Pablo, la fórmula que todo lo resume, in Christu Iesu. ?La repite ciento sesenta y cuatro veces!

 

"Todas las cosas como estiércol"

Al día siguiente de su conversión recibe la misión de dar a conocer el nombre de Jesús. Desde este momento, su única obsesión es consagrarse a su cumplimiento. Emprende numerosos viajes llenos de peligros, predica sin descanso delante de judíos, sabios de Atenas o procuradores romanos, escribe largas cartas a sus fieles desde la prisión, sufre mil persecuciones. Todo le parece poco con tal de anunciarles las riquezas de Cristo e iluminar la economía del misterio de salvación, escondido desde el principio de los tiempos en Dios (cf. Ef 3,8).

                Está convencido de que en Cristo lo tenemos todo. Si el Padre nos dio a su Hijo, ?cómo no nos entregará con Él todas las cosas? (Rom 8,32). En Cristo encontramos toda sabiduría, justicia, santificación y redención (1 Cor 1,30). En Jesús nada nos falta (cf. 1 Cor 1,7). Es el Autor y Consumador de nuestra fe, dice la Carta a los Hebreos y "es el mismo ayer, hoy y siempre".

                En su predicación a las naciones paganas es donde se capta la mayor profundidad con que vive el misterio de Cristo. Pablo se presenta al mundo gentil para regenerarlo. ?Le lleva sabiduría de filósofos, ciencia de doctores, nobleza de nacimiento, fuerza militar? Nada de eso. Se declara abortivo (cf. 1 Cor 15,8). Ante los corintios se presenta débil, temeroso, temblando (cf. 1 Cor 2,3). Recuerda a los gálatas que está cargado de enfermedades cuando por primera vez les predica el Evangelio (cf. Gál 4,13).

                Pablo se propone lo inaudito: conquistar el mundo sin utilizar lo que éste canoniza como imprescindible. Ni la seducción de su persona, ni el prestigio de la ciencia, ni la autoridad de la sabiduría humana, ni el brillo de la elocuencia (cf. 1 Cor 2,1). "Todas las cosas las estimo como estiércol comparadas con la grandeza sublime del conocimiento de Cristo Jesús" (Filip 3,8). "Resolví no saber otra cosa entre vosotros sino a Jesucristo, y Éste crucificado" (1 Cor 2,2).

 

"Caminad en espíritu..."

                "El corazón de Pablo es el Corazón de Cristo" (S. Crisóstomo). No quiere más que vivir la cruz y enseñar a todos esta ciencia divina. Los que forman la guardia de honor de un rey no están siempre en su presencia. S. Pablo, sí. Nunca pierde de vista a Jesús. "Es para nosotros promptuarium, despensa de Cristo" (S. Cirilo). Siempre sacas y nunca lo agotas.

                La carta a los Gálatas se cierra con el canto a la cruz. Resume la vida de S. Pablo. Es programa de un creyente, un "crucífero", portador de la cruz. Es banderín de enganche para otros. "Lejos de mí gloriarme en otra cosa sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el Cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo" (Gál 6,14). Eso fue desde Damasco toda su vida. Pablo se presenta como viejo condotiero que descubre el pecho ante las legiones que se le han rebelado. Les muestra las cicatrices de sus gloriosas heridas. El mejor argumento para convencer a sus soldados. Lejos de avergonzarse de su jefe, deben emularlo y acordarse siempre del día que afrontó la muerte por ellos.

                La vida toda de Pablo fue amar la cruz, vivirla, gloriarse en ella. Amar la cruz. "Llevo en mi cuerpo las cicatrices de Jesús" (Gál 6,17). "Siempre en mi cuerpo llevo la mortificación de Jesús, a fin de que Su Vida se manifieste" (cf. 2 Cor 4,10). "Caminad en espíritu y no consintáis los deseos de la carne, pues los que son de Cristo crucificaron su carne con sus pasiones y deseos".

 

"Fue visto por mí"

                Saulo convertido no eclipsa ninguna de sus cualidades humanas. Todas quedan divinizadas al descubrir a Cristo. Inteligencia penetrante, se ilumina al profundizar como nadie en el misterio de Jesús. Voluntad férrea, superando peligros y triunfando de adversidades. Corazón tan sensible, que revelaría un temperamento femenino si no se equilibrase con el peso de entendimiento y voluntad, aunados con sinceridad viril. "El mundo no volverá a conocer otro hombre semejante" (S. Crisóstomo).

                Nunca se entrega a la improvisación en su infatigable carrera apostólica. No traza al azar los itinerarios de sus viajes. Sus cinco grandes etapas lo comprueban. Antioquía, punto de partida de las caravanas mesopotámicas. Éfeso, trampolín para saltar al Asia Menor. Tesalónica, umbral de Macedonia. Corinto, primer puerto de Grecia abriéndose al Egeo y al Adriático. Roma, corazón del Imperio. Puntos estratégicos para irradiar, "puertas abiertas hacia el exterior", en frase del mismo Pablo.

                Vivencia personal e íntima del misterio de Cristo, "muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra santificación" (Rom 4,25). Aquí está el secreto de la actualidad perenne de Pablo. Cristo, viviente en él, se le continúa revelando después del primer encuentro camino de Damasco. Esta revelación permanente, en el desierto de Calcidia primero, en sus agobiantes viajes después, es la que da alas a su apostolado. Una certeza absoluta nacida de la evidencia de que Cristo es la Verdad. Un instinto certero dirigiendo pensamientos y actos. Todo lo que predique a judíos y gentiles es parte de esa experiencia personal. Cristo ha resucitado, lo he visto, vive en mí. "Fue visto por mí" (1 Cor 15,8). "Cristo vive en mí" (Gál 2,20).

 

"Viva es la Palabra..."

                S. Pablo sale al encuentro siempre de la cristiandad en las singladuras más comprometidas de su historia. En los momentos de crisis, aparece iluminando y fortaleciendo.

                Se hace más presente cuando el confusionismo ideológico y la corrupción moral amenazan, y pretenden destruir la Iglesia para convertirla en una filosofía, una ética humana. Acude con más presteza en el momento preciso. Lo mismo al penetrar la Iglesia en el mundo helenístico, que al iniciarse las invasiones germánicas en los días de S. Agustín o al alborear la Edad Moderna con la Reforma. Hoy también ante el humanismo ateo, nos deslumbra y anima su figura gigante, invitándonos a recordar la inagotable fuerza del cristianismo.

                Rafael de Urbino nos lo presenta apoyando en la espada su enérgica figura. La espada simboliza su entrega hasta la muerte y la fuerza de su doctrina: "Viva es la palabra de Dios, eficaz y más cortante que espada de dos filos" (Hebr 4,12). El gran pintor sólo nos descubre su exterior. El pincel nunca podrá captar lo más íntimo: el amor a Cristo que incendiaba su alma, clave de su vida y obra sobrehumana.

 

Amar, vivir y gloriarse en la cruz...

                "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ?Tribulación? ?Angustia? ?Persecución? ?Hambre? ?Desnudez? ?Peligro? ?Espada?... Estoy seguro que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni cosas presentes ni futuras... serán capaces de apartarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Rom 8, 35-39). Con profunda emoción nos enumera sus sufrimientos en apretada lista (2 Cor 6,4-10).

                Vivir la cruz. "Con Cristo he sido crucificado, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gál 2,20). "Los judíos, para creer, me piden milagros; los gentiles, filosofías. Yo les anuncio a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles, pero para los escogidos, fuerza y sabiduría de Dios" (cf. 1 Cor 1, 22).

                Gloriarse en la cruz. "No me jacto de gloriarme en otra cosa sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo". Nosotros sólo nos debemos gloriar en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual está nuestra salvación, vida y resurrección, por la cual fuimos salvados y libertados" (Gál 6,14).

                S. Pablo, predicador de la Verdad y doctor de las naciones en la Fe. Por ti, todos los pueblos han conocido la gracia de Dios, intercede por nosotros ante el Que te eligió. Y el Señor, "que instruyó al mundo entero con tu asombrosa predicación, nos conceda, al celebrar tu Conversión, caminar hacia Él siguiendo Tu ejemplo de amor a la cruz para ser testigos de Tu Verdad" (orac. col.).

                "Nos ilumine el Espíritu Santo con la luz de la fe que impulsó a S. Pablo a propagar Tu Evangelio" (orac. of.) para que "los sacramentos recibidos nos enciendan en el fuego de amor que abrasaba su corazón" (orac. com.).

 



[1] Como homenaje al Siervo de Dios P. Tomás Morales en su XIV aniversario de partida para el Cielo y en el centenario de su nacimiento, les ofrecemos esta bella semblanza dedicada al gigante de la misión, San Pablo, para celebrar también su ano jubilar. Milicia de Santa María, Perú

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