sábado, 4 de julio de 2009

MAESTROS EN PERÚ

Perú necesita maestros inasequibles al desaliento y eternos recomenzadores, llenos de esperanza como el Dr. Alejandro Málaga, Julio Corazao, Manuel Marzal, Gustavo Pons Muzzo, José Antonio del Busto, P. Carlos S. Pozzo, P. Serpa, R. Carvallo.  A ellos dedico estas reflexiones en El día del Maestro redactadas años atrás y que hoy actualizo en el primer aniversario del fallecimiento del Dr. Andrés Aziani. La simpática acuarela de Pancho Fierro sobre el maestro de escuela nos da la perspectiva de “pasión”, de “riesgo” y “gozo” que la educación contiene.

En este momento en que el Gobierno Peruano quiere dar solución a la declaratoria de emergencia educativa ante los pésimos resultados (penúltimos de América) en lectura, matemáticas y formación en valores, la Universidad Católica Sedes Sapientiae de Lima ha organizado el Seminario Internacional “Frente a la Emergencia en educación: una labor posible” (Experiencias y proyectos en Perú y Brasil), evento en el que han participado conferenciantes de primer orden como el P. Ricardo Morales, Dra. Luisa Cogo, Dr. Iván Rodríguez, P. Juan Cuquerella, Dra. Patricia Ramírez...y más de 500 asistentes quienes han aprendido a ver la realidad y a adoptar una postura positiva y esperanzadora a pesar de la situación crítica de la educación en Perú. Como contribución a una seria reflexión y un decidido compromiso, les comparto algunas notas acerca de lo que debe ser un maestro en el Perú de hoy.

“La hora del maestro” para J. Ortega y Gasset debe pasar “en lo intelectual por la curiosidad y el ansia por superar constantemente el propio horizonte; en lo cordial la nobleza”. Tal fue el aserto del maestro de la historia republicana del Perú, Jorge Basadre, en su escrito a la UNEC en 1946: “Chesterton ha dicho:´Yo no sabía lo que entendía por libertad hasta que la oí designar con el nuevo nombre de Dignidad Humana: Más que nunca en este instante del mundo es preciso construirse por dentro como una voluntad y como una aspiración de Dignidad”  Veinte años después, en su obra Perú vivo (Lima 1966) dirá que “lo que realmente importa, en la vida y en la obra, es ser uno leal consigo mismo, proceder de acuerdo con el fondo insobornable´que todos llevamos dentro”.

            En 1997 se cumplió el centenario del nacimiento de uno de los más ilustres universitarios del Perú: Raúl Porras Barrenechea. Historiador, literato, político, pero también, y sobre todo, MAESTRO. La revista Caretas de 13 de marzo nos recordaba el propio testimonio recogido de los discípulos de Porras: "No puede haber, no hay a mi juicio mayor placer ni mayor honra espiritual que ser maestro". Nosotros podríamos añadir salvo el del discípulo que se encuentra con un auténtico maestro.

La Universidad ha girado y gira en torno a los maestros. Viven lo que enseñan y enseñan lo que viven. No es el método ni la técnica quien hace bueno al maestro sino al revés: el buen maestro categoriza, eleva, ennoblece los métodos. Entre los maestros de la universidad arequipeña, cabe mencionar al Deán Valdivia, el primer rector electo de la UNSA, quien incursionó de forma enciclopédicas en casi todas las ramas del saber (medicina, derecho, filosofía, teología, química, historia...). De él puede decirse lo que figura en una inscripción a la entrada de la Universidad de Oxford: "Aquí, en Oxford, todo es Universidad". En el Doctor Valdivia todo es sabiduría de maestro universitario; su afán por buscar la verdad, su celo por comunicarla, su pasión por convertirla en útil sillar del cimiento de la justa y solidaria sociedad que anhela construir. Se dio del todo a través de sus libros, tratados, artículos y, sobre todo, de sus discípulos. Del maestro de los filósofos por antonomasia, Sócrates, que como se sabe no escribió ningún libro, se llegó a decir que sus mejores obras fueron sus discípulos; ahí está Platón para asegurarlo. De nuestro citado maestro, Juan Gualberto Valdivia, no he encontrado mejor reconocimiento que el formulado por uno de los más destacados historiadores arequipeños, Francisco Mostajo:

"Pedagogo de sí mismo, fuelo también de la juventud confiada a su cuidado, y para diademar su nombre de maestro bastan los de algunos de su más esclarecidos discípulos: Manuel Toribio Ureta, José Ciriaco Hurtado, José María Químper, José Simeón Tejada y Francisco García Calderón".

Claro que esta relación estrecha entre el alumno y el maestro no se improvisan. Requiere una dedicación mutua, limpia y desinteresada. Lo mismo que la auténtica paternidad o maternidad no se reduce a la vinculación carnal, sino que se cultiva con el trato, la aceptación, el afecto..., el título de maestro se consigue por la autoridad profesional y moral, así como el de discípulo se gana por la docilidad creativa. El mayor gozo del maestro es descubrir un discípulo, potenciándolo al máximo de sus posibilidades, logrando que le supere. Es lo que manifiesta nuestro célebre Deán en la dedicatoria de Las revoluciones de Arequipa (Arequipa, 1874) con F. García Calderón, futuro presidente del Perú:

"El cariño que te profeso desde tu niñez, y la gratitud y estimación que me has demostrado siempre por el cuidado que he tenido de tu educación, te hacen acreedor a que yo te dedique este trabajo. Acéptalo como una pequeña ofrenda de mi puro afecto hacia ti y de la ternura de padre y amigo agradecido con que te recuerda siempre, tu VALDIVIA".

¿Quedan maestros? Ya lo creo; se trata de buscarlos y merecerlos. Diseño su perfil ayudado de mi buen amigo mío, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Javier del Hoyo Calleja, que ha tenido la gentileza de enviarme su proyecto docente y que en este mes de julio vendrá al Perú para hablarnos del mundo clásico y de la biografía compuesta por él sobre un gran maestro: El P. Tomás Morales, profeta de nuestro tiempo. 

1. Docente. Es su misión definitoria y definitiva, la que le distingue del mero investigador. Debe conocer perfectamente la materia que va a enseñar.

2. Pedagogo. Didacta, sabe transmitir los conocimientos de modo que el alumno los asimile de forma correcta y atractiva. Como el autor de la Física recreativa escribió en escueto prólogo: "Todos los mandamientos pedagógicos se encierran en uno: no aburrir". Usa métodos activos, dinámicos.

3. Investigador. Es lo que le distingue del resto de los profesores, de primaria o secundaria. Federico Mayor Zaragoza, actual director general de la UNESCO, señaló que la misión fundamental de la Universidad es formar doctores, investigadores. Debe, por tanto, explorar nuevos campos de su materia, profundizar, bien personalmente o en equipo; debe, igualmente, dirigir trabajos, intercambiar, acudir a congresos... para buscar y compartir siempre la verdad. El ingenioso don Miguel de Cervantes en su inmortal Don Quijote de la Mancha I, cap.9 nos proporciona una bella definición de la historia: “habiendo y debiendo de ser los historiadores puntuales verdaderos y no nada apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición no les haga torcer el camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”.

4. Tutor. Un orientador, un guía de sus alumnos, preferentemente de los novatos o cachimbos. Debe enseñar a estudiar, enseñar a aprender, enseñar a investigar, desarrollar el espíritu crítico y creativo, acompañarles en el proceso educativo, ayudarles a trazarse un proyecto. En los últimos años debe orientar hacia la realización de tesis, asistencia a congresos, sus primeras publicaciones, salidas profesionales...

5. Gestor. La Universidad es una maquinaria que puede oxidarse o moverse en cámara lenta si cada uno no se convierte en locomotora, actuando diligentemente en el cometido académico o administrativo correspondiente. Un buen gestor facilita becas, cursos, congresos, adquisición de publicaciones...

6. Compañero. Una de las definiciones más bellas de Univeresidad la dio el rey Alfonso X el Sabio en sus Partidas (II, tít.3) "ayuntamiento de maestros y de escolares que es hecho en algún lugar con voluntad y con entendimiento de aprender los saberes". Quedémonos con lo primero, "ayuntamiento", unión, corporación. Hay que evitar recelos, dialécticas, hay que buscar la "ética de la solidaridad", el bien común.

7. El hombre. Esta faceta abarca y engloba a las demás, aportándole esa carga de valores que debe llevarse al aula (docencia didáctica), a la biblioteca-archivo-laboratorio (investigación), al despacho (tutoría), a las reuniones departamentales y jefaturas (gestoría), a los pasillos, a la cafetería, al campo de deporte, a la casa, a la calle (compañero-amigo). Es aquél que ha convertido su profesión en una misión como sucedió con el brillante catedrático de Literatura de la Sorbona, Federico Ozánam. A pesar de su enfermedad, y ante la oposición de su médico y de sus familiares, saltó del lecho, dispuesto a dar su última clase, "quiero honrar mi profesión", pronunció decidido. Sus discípulos, impacientes, le esperaban. Casi cadavérico, penetró en el Salón, entre las ovaciones de los universitarios. Al concluir su lección, les habló de esta manera: " Señores. Se reprocha a nuestro siglo de ser un siglo de egoísmo. Se dice que los profesores están contagiados de la epidemia general. Sin embargo, aquí gastamos nuestras fuerzas, perdemos la salud. No me quejo. Mi vida os pertenece. Hasta el postrer aliento es vuestra y la tendréis. En cuanto a mí, señores, si muero, será a vuestro servicio".

Parecidas palabras pronunció nuestro célebre Deán Valdivia, primer secretario de la UNSA y primer rector electo de la misma, cuando aceptó el rectorado a pesar de sus 73 años: "He aceptado el honor que me habéis dispensado. Trabajemos sin tregua hasta donde nos sea posible a pesar de la persecución deshecha que se hace a la enseñanza y si el Misti, si el hermoso y terrible Misti levanta su cabeza hasta ocultarla más allá de las nubes, hagamos porque la libre, la ilustrada, la indómita Arequipa, se levante tan alto que lleguen a servirle de pedestal sus mismos perseguidores."

A 10 años de la partida para la eternidad, tengo en mi mente al admirado y recordado doctor Alejandro Málaga, todo un caballero preocupado por ayudar a todos los arequipeños a conocer las raíces de nuestra historia, por reavivar el rico patrimonio recibido, solidarizándonos con lo mejor de nuestro pasado para construir nuestro presente sin plagios postizos de lo foráneo sino buceando en nuestra propia idiosincrasia. Él supo labrar sillares bien firmes para nuestra historia civil y eclesiástica, colocando muy sólidos cimientos que dan a la Ciudad Blanca claras señas de identidad. Ahí están sus trabajos sobre la visita del virrey Toledo, sus artículos sobre las casonas como la de Ricketts, la arquitectura del valle del Colca, su conocimiento del proceso evangelizador de Perú y Arequipa (sus doctrinas, el Seminario de san Jerónimo...).

Sin duda que el Señor del Cosmos y de la Historia ya le ha premiado con una digna morada en su Archivo Celestial. Don Alejandro, descanse en paz, en compañía de F. Pease, G. Lohmann, Percy Cayo, Ronald Escobedo, Manuel Marzal… y no borre de su memoria a cuantos historiadores, universitarios y peruanos queremos caminar tras sus huellas de profesional ejemplar y hombre de bien. Buen camino para surcar rutas de acreditación en estos tiempos de diplomaturas y maestrías mil, cursos y cursillos a montones. El maestro vive lo que enseña y enseña lo que vive. Como sintetiza T. Morales en sus cuatro notas de todo maestro: Tiene la autoridad y firmeza del padre, la ternura y dulzura de la madre, la paciencia y comprensión del santo, la perseverancia y celo del apóstol. ¡Que María, Madre y Maestra, Sedes Sapientiae, nos lo conceda del Maestro, camino, verdad y vida!

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