lunes, 26 de julio de 2010

P. DONATO JIMÉNEZ, OAR. ENTREVISTA

ENTREVISTA AL P. DONATO JIMÉNEZ, OAR

“Puedo decir con toda naturalidad e infinito agradecimiento que  yo me he criado en la iglesia”

La Iglesia ha dedicado todo un año a celebrar los 150 años de la muerte del célebre sacerdote San Juan Marí Vianney, El Cura de Ars, y con ello un AÑO SACERDOTAL. Ha habido congresos, concursos, encuentros, destinados a agradecer por este rico tesoro del patrimonio espiritual de la Iglesia, a orar por las vocaciones y también a chequear cómo enfrentar el virus que –precisamente- en este año se ha dado a conocer a veces de forma obsesiva: la pedofilia en el clero. Recientemente el Vaticano ha publicado un documento para que el Derecho Canónico sea más expeditivo frente a estos casos. Como aporte al Año que se nos va, quiero compartirles una de las cien entrevistas ofrecidas en mi programa “Sacerdotes siempre” en Radio María, la brindada por el P. Donato Jiménez, OAR, quien se desempeña en la actualidad como profesor de Teología y Secretario General en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Soriano de nacimiento, lleva 25 años con nosotros en Perú. Es el décimo quinto hijo de una familia campesina y hermano gemelo del P. Ángel, también agustino recoleto.

 

Padre Donato Jiménez (PDJ):   Muchas gracias, José Antonio, y aquí estamos para responder a lo que me preguntes que mejor te parezca.

 

 ·       1. ¿Por qué se hizo sacerdote?

 

 -           Esa es una de las preguntas que leíamos en un interesante libro de Sans Vila (si la memoria no me es infiel), en nuestro tiempo, y me impresionaron muchos testimonios de los que allí había; uno de ellos era del famosísimo Padre Duval, S.I. el juglar de Dios, que tantísimo me gustó, que hizo sanísimo furor en su tiempo y que mantengo mi entusiasmo por él. Yo sigo cantando muchas veces sus canciones que por entonces aprendí, tan bien hechas y dichas poética y musicalmente. Hasta les enseñé algunas de ellas a mis alumnos de francés, y siempre las recuerdan.

¡Cuánto aprenderían a cantar, a cantar bien, se entiende, los jóvenes de hoy si escuchasen las canciones del P. Duval!

 

 ·       2. –El libro “El niño que jugaba con la luna”.

–Sí, Exacto. En ese libro confiesa con sencillez y valentía, ese bache en su vida, su caída en el alcol, y cómo salió de ello, gracias a Dios y a “Alcólicos Anónimos”.

 -           Ya estábamos nosotros en el seminario desde hacía años.  Sabes que  entrábamos como siempre a los 11 años; nosotros en nuestra casa y en nuestro medio teníamos un ambiente bueno, cristiano, completamente sano, pues nuestra vivencia cristiana era  plena y en amistad con los sacerdotes; éramos monaguillos, los sacerdotes entraban en mi casa, como en otras casas donde había monaguillos, con toda la confianza, y esto hacia que de forma natural nosotros fuéramos pensando y sintiendo que un día nosotros podríamos ser como veíamos que eran nuestros queridos sacerdotes. Así nacía espontáneamente en nosotros la vocación al sacerdocio. Y cuando, a lo mejor,  nos preguntaban las personas mayores: “¿Y tú qué vas a ser?”  –Cura, fraile, le respondíamos nosotros con toda la naturalidad del mundo, porque era esa nuestra vivencia;  y yo vivía, dentro de lo que cabe en un chiquillo, nuestra identificación y así ha sido toda nuestra vida. Y digo nuestra, porque lo mismo puedo decir de mi hermano Ángel, el mellizo, y de muchos otros compañeros.

 

 

·        3.  Padre Donato, uno de estos días leía en Zenit como gran noticia el hecho de dos gemelos sacerdotes polacos, que además se dedican a la música, y yo me acordé de usted, hijo décimoquinto y gemelo del P. Ángel. ¿Siempre han tenido iguales opciones y sentimientos?

 

 -          Sí. Ha ido a la par siempre como gemelos que somos;  pues hemos estado codo a codo toda la vida de manera que ha sido a la par porque la vivencia era común: los dos éramos monaguillos, nuestro hermanos mayores fueron monaguillos; yo especialmente era cantor porque tenia buen oído y entonces buena voz. Puedo decir con toda naturalidad e infinito agradecimiento que  yo me he criado en la iglesia, he crecido en el marco familiar con el cura, con los párrocos que se han sucedido; vivíamos en ambiente sano y cordial;  para nosotros no costaba nada, ninguna ruptura, ningún arranque, ningún sacrificio especial el irnos luego al seminario, el permanecer en el seminario.  Tengo que decir que desde el primer instante que estuvimos en él, ya creíamos y sabíamos que aquello era nuestra casa y nuestro ambiente natural. Era una experiencia que recorría nuestro ser. Y así nos sentimos durante años, o toda la vida, con los Padres. Los padres nos recibían, convivían con nosotros, comían, jugaban, rezaban, cantaban, con nosotros en un ambiente de total familiaridad y así hemos vivido, gracias a Dios, hasta que hemos sido un poco mayores donde ya los destinos y misión de cada cual nos han separado.

 

 

·        4. Su hermano también estuvo en Perú,  ¿no?

 

 -          Sí, mi hermano ha estado  19 años en Perú: en Lima, en Chiclayo, el la Misión de Chota.  Nunca me creía yo que iba a estar esos años cuando me enviaron para acá. Cuando vine me dijo mi hermano, hablando con cierta lógica de la época:  “Tú seguramente estarás algunos años  y te mandarán otra vez para allá”. Pues bien, cambiaron las cosas, y resulta que yo ya llevo  más años que los que estuvo él.

 

 -        5.  ¿Cuántos años lleva en Perú?

-          Este año, D. m. haré 25.

 

 ·       6.  Cuáles han sido las ideas fuertes como sacerdote.

 

 -          Pues mira. Además de nuestro muy cristiano ambiente familiar, nosotros hemos tenido, gracias a Dios, muy buenos y grandes ejemplos de nuestros Padres mayores. No sé si muchos de los que hoy nos suceden podrán decir lo mismo de nosotros. Sí, nosotros tuvimos muchos padres misioneros sacrificadísimos, entusiastas, entregados, muy celosos, vivían la inquietud evangelizadora, el celo misionero, la serena exigencia evangélica…  Nosotros tuvimos esos ejemplos que nos marcaron tan positivamente y nos animaron muchísimo. Veíamos también comunidades formadas de 8, 10, 12 padres y con mucha alegría, con mucha vivencia, mucha entrega y entusiasmo;  y eso, nos llevaba como en volandas, sin darnos cuenta y nos animaba, como una fuerza espontánea que nos empujaba desde dentro. Las abundantes lecturas que teníamos eran de sólida formación humana, cristiana, religiosa, humanística.

 

Podemos decir que no tenemos casi ningún mérito, y entre nosotros es corriente decir que no tuvimos esas crisis que pueden presentarse hoy a muchos jóvenes, que si no ven claro adónde van, que si el enamoramiento, que si alguna oferta “interesante” de trabajo… Nosotros estábamos, gracias a Dios, a buen recaudo de esas tentaciones. Pero no por una supervigilancia impuesta a la mala;  nuestra convivencia estaba cubierta por el reglamento y las normas disciplinares, como es natural,  pero alimentada por el pábilo de una piedad constante y varia. Era un camino bien marcado que había que recorrer.

Esa piedad hacía cuerpo en nosotros, crecía con nosotros, especialmente en los cantos; cantos religiosos y profanos; todo era formación. Diría, incluso, que vivíamos los tiempos del año litúrgico en su rica variedad, aunque no se hablaba tan expresamente de liturgia; pero sin la obsesión de ese cuasi morbo que se ha metido hoy con la recurrida “creatividad” que no deja tempero para la siembra, pausado cultivo y crecimiento de lo sembrado. Se nos presentaba con la máxima estima como gracia, como don, el sacerdocio y la vida religiosa. Tanto en casa con los ejercicios piadosos que decimos, como en la familia y en el pueblo. En el campo de fútbol, p. ej., al llegar las 12, sonaba la campana de la torre y, estuviésemos donde fuere, se rezaba el ángelus: donde estuviera el balón, ahí se quedaba, y todos, de pie,  rezábamos  el ángelus. 

 

Y así muchas cosillas que eran andamios o grandes soportes para reforzar y llevar adelante nuestra vocación. Recuerdo que cuando teníamos unos 15 ó 16 años, mis hermanas nos enviaron una larga oración que ellas copiaron de algún devocionario para pedir la perseverancia en la vocación. Guardada en el misal, nosotros la rezamos todos los días durante años durante años. Era, pues, vivir la vocación también en horizontal, es decir, las personas cercanas eran nuestros más firmes animadores. Se me ocurre decir que eran algo así como Josué y Jur para los brazos de Moisés.

 

 ·        7. Padre Donato, usted ha escrito un libro sobre la teología que le enseñó su madre, ¿como surgió y que síntesis nos podría hacer de él?

 

 -        Sí. “De cosas sencillas”. Es lo que con los años y con tantos recuerdos de piedad y de ejemplos cristianos en nuestra familia, fui llamando “teología doméstica”.

 

La verdad es que nunca había pensado en hacer una cosa así.  Pero luego, aquí ya, con el tiempo en Perú, iba  recordando tantos de esos ejemplos, tantas frases y actitudes religiosas en nuestra familia, y especialmente, como suele ocurrir, de nuestra madre. Me venían espontáneamente en la predicación esas frases, en las homilías o en las charlas con los fieles de la parroquia; impresionaban a la gente, pues eran frases rotundas, frases que aparentemente no tienen ninguna dificultad de comprensión, pero que llevan gran fuerza, testimonian una  vivencia profunda y dan una luz enorme.

 

Luego, mucha gente me decía: “Padre, esas cosas que dice de su madre tenía que escribirlas, ¡qué cosas le decía su madre!, eso lo tendría que escribir”. Me lo decían unas y otras personas muchas veces. Así, pues, me puse a recontar un poco estas memorias: ponía las frases y luego las iba rellenando con los recuerdos y ordenándolas; ponerlas en su marco apropiado, y expresarlas, diríamos, en sencillo estilo literario. Lo que es grande y edificante es la frase rotunda dicha y oída con esa firmeza, con tan gran convicción y claridad.

 

Diría (y que S. Agustín  y Sta. Mónica me perdonen),  lo mismo que lo que  San Agustín escribe de su madre en las Confesiones, cuando le respondía tan seca y tan hondamente las verdades cristianas: “No me impresionaba tanto lo que me decía, sino el modo como me lo decía”.  Y se quedaba San Agustín de una pieza: –“¡Pero será posible que esta mujer no solo sepa lo que dice, sino que lo diga con esa seguridad con que lo dice?”. La fe es más segura y más clara que un entendimiento preclaro. Pues nuestra vivencia, gracias a Dios, fue así.

 

Algunos de los que después han leído el libro me han comentado: –“Muy bien, todo eso es muy bonito; pero hoy no estamos en esos tiempos”.  Me resisto a admitirlo. Los tiempos somos nosotros, enseña también S. Agustín. Y si tuviéramos hoy más madres, así de recias en su fe, y de esa talla espiritual etc., habría muchas más vocaciones recias, auténticas, seguras, como las hubo, puedo decirlo abiertamente, en nuestro tiempo.

 

–          8. Padre, creo que lo hemos sentido todos cuando lo hemos escuchado en alguna conferencia, en algunas clases, no solamente en lo que dice, sino cómo lo dice Ud. también como teólogo, ¿no? A veces se ve al teólogo como uno que opina de Dios, pero cuando lo hemos escuchado, hemos sentido que es el estudioso, el tratadista, el defensor de Dios. ¿Por qué esta cuestión suya por la teología y, podemos decir, también por la liturgia?

 

 -       A veces son circustancias o coincidencias. Lo mío fue estar muchos años en el seminario con las clases del bachillerato,  enseñando todas las asignaturas de Letras, incluida música, el teatro con los chicos, veladas, todas esas cosas. Y lo mío fue enseñar latín y griego, especialmente griego.  Cuando iba a Francia a practicar el francés me decía un padre de la parroquia: – “¿Y tú que haces?”.   –Soy profesor  – les decía,–  y enseño especialmente griego.  Eran años en que el griego se daba en serio y, por supuesto, se aprendía griego. Y se me reían:  –“Pero, bueno, en estos tiempos, y habiendo tantas cosas que hacer, ¡tú enseñando griego!”.

 

Luego, casi de repente, me mandaron aquí. Y me dije: mi vida cambiará radicalmente. De hacer lo que durante veinte años creía que sabía hacer, que eran las clases, a empezar con lo que ciertamente no sabía hacer, que era la parroquia. 

Pero inmediatamente de mi llegada, me llamaron.  Buscaban a un profesor de griego para la Facultad Pontificia de Teología.  Alguien que me conocía bien, pasó la noticia “de que acababa de llegar un profesor de griego…  profesor  que tal y que cual”.

 

Así, pues, me fueron metiendo en las clases y retomé el oficio del estudio a pleno en la universidad. Otra vez, pues, las clases de griego clásico y griego bíblico y las de Teología. Y estoy tan feliz y contento, y así llevo 24 años en la Facultad de Teología.  He aprendido mucho y bueno, y he tratado de trasmitir y enseñar como gracia lo aprendido como gracia, según nos enseña el Libro de la Sabiduría. 

 

Creo que algo les habrá quedado incluso, como dices, por el modo de decir; porque las cosas que digo son las que siento, y las que siento para bien, las digo con incontenible entusiasmo; y las que siento para mal, con indisimulado disgusto que también me lo perciben los alumnos. Entonces, pienso que saben distinguir muy bien lo bueno de lo malo, lo verdadero de lo falso, la “moda”, de lo clásico y perenne.

 

 ·        9. Padre, algo tan sencillo pero tan profundo como definir quién es Dios. Claro, sabemos que Dios es Amor, pero usted como teólogo y en este mundo en el que se quiere saber todo, que se quiere demostrar completamente, cuando le piden esta respuesta acerca de quién es Dios ¿qué les dice?

-       Hay muchas respuestas de Dios. Algunos responden así: “Dios no habla, pero todo habla de Él”. Y los clásicos dijeron que Dios invisible es lo más visible que hay. Entonces, no hay nada mejor que tener oídos abiertos para darse cuenta de que, efectivamente, todo habla de él. Los cielos pregonan la gloria de Dios, cantamos con los salmos hace más de tres mil años. Cuando a S. Agustín le preguntaban: ¿Dónde está Dios?”,  respondía: –¡“Donde estás tú!”. Y S. Pablo a los romanos les dice que si no conocen a Dios invisible por el mundo visible, no tienen excusa. En clase de Teología Fundamental,  a los alumnos les suelo decir la frase de Voltaire, como sabes, “nada sospechoso”.  Voltaire decía: – “A mí nadie me puede convencer de que este cuadro que vemos aquí sobre la pared no lo ha pintado nadie”. Es decir, que no hay reló sin relojero, no hay mundo sin Creador. Entonces la cosa es bien clara: el mundo que tenemos aquí con sus criaturas, con su orden y con su finalidad y con todas las cosas que hoy descubren y valoran los científicos, y que cada día se admiran más de ese orden, de esa finalidad, de la comprensión del mundo, es claro que son signos, huellas de la presencia de Dios: la Creación de Dios, el Dios que ha creado el mundo para nosotros. Y como dice  la Dei Verbum,  para compartir su vida, su naturaleza divina con nosotros.

 

Pero hace falta tener buena disposición, la buena voluntad, la limpieza de corazón, y entonces Dios entra por los cinco sentidos del cuerpo y por los 25 del alma. S. Agustín dice que estas cosas las conoce el hombre interior por ministerio del exterior. Pascal con sus razones del corazón o Blondel con las razones de la inmanencia que reclaman la trascendencia, lo explican muy bien. O sea, Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.

 

 ·        10. Algo tan íntimo como es la Eucaristía. Acabamos de celebrar aquí, en Lima, un Congreso Eucarístico. Usted ha tenido parte activa, incluso ha compuesto un himno eucarístico,  qué es lo que nos sugiere para que la liturgia la llevemos así a plenitud centrándonos en la presencia de Cristo.

 

 -      Pues, como siempre, hace falta no solo formación. Cierto, es necesaria la formación, pero sobre todo hace falta vivir con intensidad, con firmeza la fe. Que se alimenta, precisamente, de oración y de Eucaristía. Trasmitir piedad, vivencia, hasta en los gestos y en los ritos, es decir, las cosas que sabemos en la cabeza, ponerlas en la vida, hacer que las vivamos, que las sintamos y las trasmitamos así.

 

La Liturgia, es  –más que un poco–  la ciudad de Dios, si lo puedo decir así. Es un conjunto riquísimo y admirable que quiere abarcar la cabeza, los sentidos y los sentimientos: es celebrar con el Verbo hecho carne. La Liturgia es acción y signos y símbolo; es el dogma, la historia, la piedad y hasta la estética más sublime: se alaba, se llora, se adora, se canta… ¿Hasta cuándo esperaremos para recuperar el auténtico y hondo canto popular? Hasta se juega,  –y me acuerdo de los villancicos, (ahí está Martín Descalzo)–  como nos enseña el libro de la Sabiduría.  Estoy seguro de que si recuperásemos mucho más la dignidad de la liturgia, habríamos ganado mucho en celebración y gozosa vivencia de fe.

 

Porque, es curioso, y se lo digo a los alumnos, dando Teoría de los Sacramentos y Eucaristía en concreto. Antes, la misa era en latín y de espaldas. Sin embargo la gente, (y ahí esta mi madre, también la tuya, y tantas, para confirmarlo), que percibían hondamente la presencia de Dios en el altar: marco, ritos, canto, oraciones, ponían sensibilidad y “noticia” sacramental en la vida del creyente piadoso.  Le he oído decir a mi padre: “Antes sabíamos lo que decíamos”.  Y no porque supiera latín, sino por las actitudes que comportaba el haber practicado y “entendido” la fe que iba edificándose en ellos.  La devoción a la Virgen, p. ej. les hacía sentir y cantar en La Salve que sus ojos eran misericordiosos, o el “muéstranos a Jesús”. En la Exposición del Santísimo se arrodillaban, inclinaban la cabeza, –veneremur cernui– sabían y sentían el grito “Dios está aquí”, del Cantemos al Amor de los amores.

 

Cuando el sacerdote que celebraba la misa, de espaldas y en latín y casi en secreto, levantaba la hostia por encima de su cabeza para que el pueblo la adorara, el pueblo mismo acuñó la frase de  “el alzar a ver a Dios”;  un monaguillo o el sacristán iba tras del coro a tocar las campanas y el pueblo entero sabia que el cura estaba en “el alzar a ver a Dios”;  y yo he conocido a personas que estando en la finca oyendo las campanas se han arrodillado a adorar a Dios.

 

Es decir, era un marco envidiable, que no molestaba a nadie  y daba la luz a todos.  Lo contrario del veneno que hoy padece España, inoculado por un gobierno, yo diría con odio diabólico, porque tiene la obsesión antirreligiosa y especialmente anticristiana; y eso es del diablo que huye de la Cruz, huye de Jesucristo. Solo les falta decir como los demonios del Evangelio: “A qué has venido, qué tienes que ver con nosotros, te conocemos: Tú eres el Santo de Dios”. Desgraciadamente hay que decir esto. Porque así como ellos tienen la desvergüenza y la impiedad de perseguir los derechos más sagrados de 40 millones de españoles, nosotros tenemos que decirles, al menos,  quiénes son.

 

 ·        11. ¿Padre cuántos años lleva como sacerdote?

 

 -          Cuarenta y tantos. Sé, que si Dios quiere, o D.m., me estoy acercando a los 50.

 

 ·        12. Estamos en el año sacerdotal, me gustaría una vivencia sacerdotal y un mensaje final para los jóvenes.

 -          Pues muchas te podría decir. Me preguntaron una vez qué haría si otra vez tuviera la oportunidad.  La clásica pregunta; yo respondí igualmente sin dudar que nuevamente iría otra vez a San Millán, a mi convento de San Millán y haría los estudios de latín y de griego y lo demás, y viviría otra vez los años que, gracias a Dios, viví y con ellos me he identificado. He tenido vivencias muy hondas como creo que todo seminarista y todo sacerdote las tiene, y por ellas y por mil años que tuviera de existencia en la tierra, no daríamos suficientes gracias a Dios por las bendiciones, la fortaleza, los consuelos, la luz, el gozo, –no sé si del tercer cielo o del segundo cielo–; y de haber sentido la paz tan honda y estar tan seguros de que, a pesar de nuestras deficiencias, sabemos que Dios ha querido llamarnos –euntes et docete–  y contar con nosotros para poner y derramar Él toda la llenura de su Gracia.

·        Muchísimas gracias, padre Donato.

–     Bueno, gracias a ti, José Antonio, y hasta la próxima.

 

 Lima, julio, 2010

 

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