lunes, 1 de noviembre de 2010

PLUTARCO Y SAN BASILIO TRADUCIDOS EN PERÚ POR JULIO PICASSO

Con un lleno hasta la bandera (más de 100 personas), en el anfiteatro Chabuca Granda del Parque Kennedy de Miraflores, se presentó la décima traducción de Julio Picasso. Contó con los comentarios del Dr. Jorge Wiesse, tan elegante y creativo como siempre, y con la enjundiosa del P. Donato, que ha tenido la amabilidad de enviarme. El autor-traductor –en los cinco minutos de su intervención- agradeció a los comentaristas y brindó su obra a los jóvenes, a quienes invitó a que siempre tuviesen como primer libro un buen diccionario y a que no tuviesen miedo de darse un baño en lo clásico. Yo le felicito por su audacia de dedicarse –en este tiempo de usar y tirar- a lo de siempre con sus magníficas traducciones. Y le agradezco por ayudarnos a civilizarnos un poquitín más que falta nos hace. Y van las sabrosas palabras del P. Donato.

 

PLUTARCO – S. BASILIO

            Las traducciones del Prof. Picasso sobrepasan ya la decena. Entre ellas, obras tan importantes como La Eneida de Virgilio y el De officiis de S. Ambrosio.

 

1. La cultura griega pervivió durante siglos en forma casi exclusivamente oral. En tiempo de Plutarco ya existía la lectura individual, pero era dominio de pocos. Para expresar la lectura, especialmente de los poetas, se seguía empleando el verbo “akouein”, oír, escuchar.

Pudiera parecer que unir en un volumen a un pagano y a un santo Padre no sería lo más acertado. Sin embargo, las coincidencias de propósito son más afines de lo que parece. El tema educativo y la intención moralizadora los hermanan. Y si Plutarco no fue cristiano de confesión, sí lo fue en muchas de sus actitudes. Y muchos de los consejos pueden trasvasarse, sin menoscabo, de Plutarco a S. Basilio: “No se es vil por ser pobre, sino por ser de malos sentimientos” (p. 54). Y a quien preguntó cómo puede uno vengarse de su enemigo, se le respondió redondamente: “Siendo uno hombre perfecto” (p. 55). ¿Quién? ¿Diógenes? ¿Plutarco? ¿S. Basilio?

Plutarco vive entre la  segunda mitad del s. I  y el 120 del s. II. Griego de nacimiento, pero consiguió la ciudadanía romana. Asiduo viajero por el Mediterráneo, historiador, filósofo, moralista, ensayista, pedagogo y sacerdote del templo de Delfos, encargado de interpretar los oráculos. Muchos de sus libros se han perdido. Notable representante del helenismo, y seguidor de la filosofía platónica, escribió obras importantes de temática muy diversa. Entre las más destacadas se cuentan las Vidas paralelas, etopeya biográfica de personajes griegos y romanos, en parejas, cotejados en sus defectos y virtudes, con fines ilustrativos y pedagógicos;  y una gran variedad de obras que, siglos más tarde se llamarán Moralia, breves tratados sobre ética o moral y costumbres.

Destaca como hombre virtuoso, con gran ternura para su esposa y sus hijos; y de sana amistad con sus muchos amigos con quienes trataba de filosofía, de la cual él era una especie de profeso. Picasso nos dice que Plutarco se convertía para sus amigos en “director espiritual y religioso” (p. 32). Su carácter amable no solo era una actitud o sentimiento, sino un deber, y así, trataba a todos con reverencia. La humana sabiduría, con  las virtudes y valores que refleja en sus obras, le hicieron granjearse la alta estima, incluso, de los Padres de la Iglesia. Las traducciones son abundantes y se suceden hasta nuestros días.

A los Moralia pertenece, especialmente, el De audiendis poëtis, como es conocido en latín, con fines didácticos, para enseñar a los niños y jóvenes cómo deben leer la poesía, y qué lecciones educativas sacar de ella. Es, por convicción, un muy noble esfuerzo de preocupación por la paideia aplicada, la educación moral a través de la lectura de los poetas.

Son más de 200 las citas de una cincuentena de autores las que encontramos a lo largo del libro. Suponen un conocimiento muy amplio de autores y lectura de muchas obras. Unas citas parecerían venir solo de refilón o fuera de su contexto. Pero como maestro y orientador de pedagogos, de todas intenta el autor extraer su lección o sacar su moraleja. Y no debe extrañarnos su erudición y variedad de citas, pues que el propio Plutarco escribió Septem Sapientium convivium, o simposio imaginario entre filosófico y nómico, en que los Sietes Sabios de Grecia exponen su enseñanza y enuncian sus máximas tan célebres hasta nuestros días.

 

2. Al hablar de un buen libro antiguo, parece un tópico el decir que su doctrina y enseñanzas son en nuestros días de plena actualidad, y aun más urgentes que nunca. Lo mismo dijimos, con idéntica convicción, del  De officciis de S. Ambrosio, también traducido por el Prof. Picasso. Y para verificar aquel aserto nos bastaría leer la primera página donde vemos la sabiduría, la ciencia, el consejo, la amenidad y el arte pedagógico al tratar de educar, o sea, conducir o guiar a los jóvenes.

3. Comienza con el dicho de que los platos más exquisitos entre pescados y carnes son los que no parecen ni carne ni pescado. El juicio culinario lo deja, sin embargo, y no sin cierta censura, ¡ojo!, a los que tienen más sensible el paladar que el corazón. Y ahora pasa a las aplicaciones. Sabemos, dice Plutarco, que los jóvenes prefieren, entre los libros de filosofía, a los que no parecen serios ni filosóficos. Entonces sí, los leen con atención y agrado. El placer los entusiasma cuando leen las fábulas de Esopo, o las sentencias poéticas u otras leyendas y, sobre todo, las teorías sobre el alma cuando contienen referencias a la mitología. Entonces –concluye Plutarco–  no debemos inculcar a nuestros jóvenes que sean comedidos solo en el placer de la comida o la bebida, sino que se acostumbren a serlo, aún más, en lo que les toca leer u oír. Acostumbrarlos a prestar un interés moderado a sus distracciones y a sacar de ellas lo útil y beneficioso. Que una ciudad amurallada ya no es inexpugnable si queda una puerta abierta por donde entrar el enemigo. Ni salvará al joven astenerse de ciertos placeres, si se entrega sin medida o sin precaución a lo que le llega por el oído.

Nadie dejará de valorar lo sabio y oportuno de estos juicios y consejos. Recurramos de nuevo a lo que arriba decíamos del aparente tópico “Y hoy más que nunca”.  Sí, hoy nuestros jóvenes están expuestos y, por desgracia, más que nunca, al campo, abierto o cerrado, de lo malo que de lo bueno. Lo que leen en periódicos y novelas con el mordiente, o con más propiedad, con el anzuelo (atención, comillas) “de históricas”;  lo que ven en películas y, sobre todo, en no pocos canales de tv, convertidos en el basural y desecho de heces antisociales; lo que oyen en discos, alejados de toda calidad musical y literaria, y sin olvidar la degradante y vulgarota “combi” de nuestras calles. Todos ellos son elementos destructivos de la mente, alma y corazón de nuestros jóvenes, y más poderosos que  los poemas inmorales de otro tiempo, que  necesitaban el arte de la ficción o de la narración para inocular el corruptor veneno. 

El maestro D. Antonio Machado dejó consignada en una tercerilla esta sentencia patética: ¡Qué difícil es, / cuando toda baja / no bajar también!  Y coincidentemente, –o no tanto–, a propósito de algunos premios de estos años, como el regalado al padrastro del llamado bebé-probeta, decía  L’ Osservatore Romano, este constatado titular: Intolerable carrera a la baja. Y citaba a Le Figaro que también denunciaba que en los últimos años se está excluyendo a varios estudiosos merecedores del Nobel. (10 0ct -10).

Plutarco, padre por natura, y en consecuencia, educador por deber, piensa en sus hijos y en los nuestros, y afirma que no es conveniente mantenerlos separados de manifestaciones culturales, ni es posible alejarlos de ciertos ambientes; sino vigilarlos con cuidado, y a sabiendas de que necesitan más una orientación sobre lo que puedan ver y oír que una dirección de las calles de la ciudad.

A su amigo Sedacio, a quien dedica el libro, le dice que estas reflexiones se las envía, convencido de que su valor no es menor que el de la amatista que algunos se cuelgan en los banquetes para prevenirse de ciertos estragos. Que lo lea tu hijo Cleandro, impetuoso e inteligente, para que no se deje seducir por tales agüeros.

 

4. Plutarco, en sus ocurrencias, dice que la poesía se parece a la cabeza del pulpo, que tiene algo de bueno porque es muy sabrosa, pero también algo de malo porque produce visiones extrañas y pesadillas. Igual la poesía, donde hay mucho de bueno para el oído y para la imaginación del alma juvenil; pero también puede tener no poco de perturbador e inconveniente si se lee sin la oportuna dirección del educador.

Siguiendo en su descripción colorista el autor compara la poesía con Egipto, país productor de drogas que, dosificadas debidamente, son saludables; de lo contrario resultan mortales. Efectivamente, allí, en la poesía, hay anhelos, amor, ternura, amena plática, pero también peligrosas seducciones que pueden volver loco al más cuerdo.

Entonces, se pregunta nuestro pedagogo, ¿taparemos con cera los oídos de nuestros jóvenes como Ulises ordenó a sus compañeros para evitar el canto seductor de las Sirenas? Hoy así: ¿Les cerraremos los ojos a nuestros niños y jóvenes,  y que no vean ni oigan el inmenso y maravilloso mundo audiovisual que poseen ya entre sus manos? – ¡No! Mejor será esclarecer gradualmente su entendimiento, darles prototipos claros y sólidos de práctica de los valores, y orientarlos rectamente en el camino de la vida que conduce seguro a puerto: el mejor maestro es Fray Ejemplo, se ha dicho siempre en castizo español.

No cortemos, pues, la vid o la vis poética de las Musas, cultivemos el valor de la estética, busquemos lo auténticamente agradable en la sana utilidad. Que la poesía no sea un frívolo jardín de seducción, ni un árido desierto la filosofía. Que a la filosofía no le falte su cuerda o vibración poética, que la poesía tenga su vuelo de filosofía. Otra vez el poeta-filósofo, Machado, en otra de sus tercerillas: da doble luz a tu verso / para leído de frente / y al sesgo.

El educador, enseña nuestro moralista,  debe lograr despertar en los jóvenes la admiración sobre los caracteres virtuosos y hacer el debido afeamiento de los viciosos. Loemos sin vacilación a los primeros, y hagamos el reproche valiente a los segundos

(p. 68).

Lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo están hoy pasados por la misma tecnología y empastados con el mismo formato. Hay que distinguirlos bien, y ejercer la decisiva elección del sabio, porque  –y otra vez Machado–  todo necio / confunde valor y precio. A veces oímos a jóvenes y a algunos adultos: “a mí me gusta toda la música”. Mala señal, porque hoy las yerbas que más suelen crecer en el huerto de los jóvenes, es lo antiliterario y lo antimusical o, con diccionario en mano, la música ratonera. El imperativo ético y estético de Plutarco es: Si lo agradable no contiene lo bueno, recházalo enérgicamente.

 

5. El opúsculo de S. Basilio Cómo sacar provecho de las lecturas griegas, abunda, de algún modo, estilísticamente incluso, en lo que podemos leer en Plutarco. La cultura, la literatura y, sobre todo, la filosofía griega, será una excelente propedéutica para la formación de apologistas y teólogos cristianos. Picasso consigna que el concepto de educación que tenía Orígenes fue el que dio pábulo a este famoso librito.

Y S. Gregorio Taumaturgo, contaba a la abuela de S. Basilio: “Orígenes nos hacía leer con todo empeño los textos de los antiguos filósofos y poetas” (p. 128).

“Sus principios pueden todavía inspirarnos hoy, dada la lamentable carencia de estudios humanísticos en universidades y seminarios desde hace décadas”, alerta el Prof. Picasso (p. 130).

Desde el principio establece claras y sencillas las bases de validez de lo que son los valores meramente humanos y la axiología cristiana.

La obrita de S, Basilio, diríamos que es como una continuación del libro de Plutarco, aunque desde la completa visión cristiana. Es tan didáctico y entretenido o más, que el anterior. Hay párrafos evocadores y actualísimos. El trasunto al basural televisivo es inevitable. En el lenguaje del campesino de nuestras tierras, se distinguía entre los sinónimos dar de comer, poner de comer, servir la comida, etc., y…  echar de comer, reservado para los animales. Hoy, muchos espacios de esos canales hacen de sucia pocilga donde, como a una nueva especie porcina, le echan de comer a sus instintos primarios las granzas y la inmundicia,  en lugar de dar lo bueno, poner lo edificante, servir la cultura, enseñar deleitando, como era consigna clásica. “Es una vergüenza, –dice S. Basilio–  que al comer rechacemos los alimentos nocivos, y con las ciencias, alimento del alma, no usemos el mismo criterio, sino que como un torrente arrastramos todo lo que se presenta para tragarlo” (VIII).

Debemos hacer como las abejas, escribe S, Basilio: les atraen el color y la fragancia de las flores. Ellas liban el polen, pero no de todas, ni se llevan las flores sobre las que liban, sino que toman lo útil de unas y abandonan las otras. Lo ponemos en forma de refrán: Si somos sabios, hagamos como la abeja, que unas flores coge y otras deja. Y al libar en la rosa, evita las espinas. Con no menos belleza, si la humana raíz es sana, nos lo enseñó Calderón: Del más hermoso clavel / pompa de un jardín ameno, / el áspid saca veneno, / la oficiosa abeja miel. Dice nuestro santo: Oigamos la verdad, que si es la verdad, es nuestra; lo demás sea desechado (IV).

 

6. Actualidad, finura y exigencia estética de S Basilio. Como el árbol se cubre de frutos en otoño, pero se ornamenta de hojas en primavera, así el fruto esencial del alma es la verdad y la belleza; pero hay gracia en envolverlas con sabiduría profana como las hojas, que al tiempo que abrigan el fruto, ofrecen también un espectáculo digno (III).

Qué lejos está la musicastra que soportan muchos de nuestros jóvenes de la que interpretaba el bien celebrado poeta y músico Timoteo, con capacidad para exaltar con brío el ánimo, o para serenarlo. Un día en un festín, hizo que Alejandro se levantara y tomase con ímpetu las armas; pero pronto regresó hacia los comensales al oír la dulzura de los suaves acordes (VIII).

También utiliza S. Basilio el pasaje de Ulises a orillas de Ítaca, con justo y acertado criterio, pero lo aplica de modo opuesto. “Cuando el poeta narra palabras o acciones de hombres de bien, hay que esforzarse por imitarlos. Pero cuando imitan a personajes viciosos, hay que taparse los oídos como ante el canto de las Sirenas” (IV).

En fin, valoramos sobremanera la traducción de Julio Picasso que, bien ilustrada de notas y de nombres, nos sitúa en el tiempo y topografía cultural de los autores. Y con la Univ. Sedes Sapientiae, ha puesto en nuestras manos este indispensable enquiridion para educar.

Significa manualito, pero, aplicándolo, sin duda elevaría la enana estatura cultural de nuestra sociedad, y llenará el indebido vacío en nuestros seminarios y universidades.

 

                                                                                    Universidad Católica Sedes Sapientiae

                                                                                    P. Donato Jiménez Sanz, oar

                                                                                                Lima, oct. 2010

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