lunes, 13 de diciembre de 2010

ELOGIO DE LA CENSURA o "extraer lo bueno para dejar lo malo" de la mano de Plutarco y San Basilio







Sobre el libro de Julio Picasso sobre las lecturas convenientes en los jóvenes según Plutarco y San Basilio



Archivado en: Pensamientos cristianos — cesarbuendia @ 9:29 PM http://somosnecesarios.wordpress.com/



El profesor Picasso ha traducido dos pequeños opúsculos de Plutarco y San Basilio sobre la educación de los jóvenes que ha publicado la Universidad Sedes Sapientiae.
Algo así quise haber dicho cuando los presenté. el título de los mismos es el siguiente. Plutarco: Cómo el joven de leer los poemas.
Y San Basilio: A los jóvenes sobre la manera de sacar provecho de la literatura griega.
En primer lugar me ha impresionado la erudición y la perfección de la traducción del profesor Picasso. Heredero de una tradición de traductores e intérpretes, posee un conocimiento casi exhaustivo que nos admira, y maneja de forma maestra no sólo las lenguas clásicas sino la castellana.
Tales capacidades es muy difícil que coincidan en una sola persona. Y sólo a la honestidad y a la fidelidad a sí mismo debemos atribuir este resultado.
En el fondo aparece, sin quererlo, como en un espejo, en las obras de una persona, su propia imagen.
Felicidades, profesor.
Después quiero comentar la obra, no desde el punto de vista literario, que ya lo hará el profesor Rauf, sino desde el contenido teológico.
Comienza por Plutarco, escritor pagano considerado un autor filosófico de timbre moral, que en este caso diserta sobre la utilidad moral de los poemas y los mitos en la educación de los jóvenes. Homero es aquí el autor que está detrás de su pensamiento, así como los grandes dramaturgos griegos: Esquilo, Sófocles y Eurípides
Homero es escritor de una capacidad única. Su obra provoca en Plutarco una enorme admiración literaria y se pregunta si se puede despreciar este arte.
Plutarco reflexiona sobre si esa educación literaria le ha servido a él para lograr su equilibrio moral o no.
Plutarco piensa que la educación lo es en la virtud. El único valor es la virtud porque coincide con la verdad. Plutarco vive en la tradición platónica que ha llegado a pensar que lo único que hay que valorar es el bien y lo único a lo que se puede llamar realidad, y se pregunta si los mitos, con los malos ejemplos de los dioses, pueden servir a la educación de los jóvenes. Platón, hombre de un profundo amor al bien, que quiere el bien del mundo, piensa en general que no. Plutarco, sin embargo, con Basilio, piensa de otro modo.
Plutarco admira profundamente a los poetas, con ese arte que poseen para reconstruir la realidad. Por poetas entiéndase los escritores o los compositores clásicos. Pero se pregunta si su arte sirve para el fin que él quiere para la verdadera educación: hacer mejor al mundo, convertir a los jóvenes en protagonistas de un mundo mejor.
Se alegra mucho de que los poetas, en general, compensen con su juicio los malos ejemplos que no tienen otro remedio que ofrecer. Y, por eso, concluye, no es malo que los jóvenes aprendan de esos poetas a distinguir con ejemplos lo malo de lo bueno.
Para él, por tanto, hay valores en las obras literarias. Pocas veces, o ninguna, son alabados los antiguos o los dioses en las obras literarias por las faltas que cometen o por las maldades que consienten. De modo que el autor acepta por así decirlo las lecturas si el joven es capaz de discernir.



La obra de Basilio, que, según Picasso, no leyó ésta de Plutarco, es casi gemela, con la diferencia absoluta de la fe cristiana.
Picasso ha querido ofrecerlas juntas quizá según el esquema de las vidas paralelas. En este caso, de las lecturas paralelas. ¿Qué aporta la fe cristiana y qué estaba implícito en la reflexión del pagano?
Basilio, como Plutarco, piensa que puede ser útil esa lectura clásica de los grandes poetas. Por muchas razones. Dice que viene a ser como una gimnasia de la mente y de la expresión. Hay analogías entre los libros griegos y los libros cristianos.
Pero si la analogía ayuda a comprender, la diferencia aparece mucho más que la analogía.
Los autores paganos buscan la tierra, nosotros el cielo. Ellos enseñan a vivir en esta tierra, nosotros tenemos otra patria y la virtud nos prepara a ella. En realidad no consideramos “ni llamamos bien a lo que muestra utilidad sólo para esta vida” (Pg. 136).
Observa Basilio que la intención de la virtud en los paganos es terrena. Basilio desenmascara, con su inigualable estilo, el disfraz de una virtud que busca el homenaje del mundo o al menos la tranquilidad de conciencia. Lo había dicho de otro modo Plutarco cuando admira en los héroes homéricos griegos la “vergüenza” y el honor. Estos héroes pueden perder la vida antes que el honor. Por honor siguen las reglas del bien. No le es posible a Platón pensar del todo en el cielo. Porque no conoce a Cristo resucitado y, por eso, aunque el bien ha de ser buscado por sí mismo, Plutarco observa que muchas veces es buscado por el aplauso de los hombres.
Los cristianos, sin embargo, saben que su juez es el Señor. Y han renunciado a los honores de este mundo.
¿Qué puede aportar la enseñanza de los mitos o de las obras literarias a personas que viven la vida eterna?
Basilio contesta que nada decisivo, pero sí algo conveniente. Se trata de una especie de ciencia preparatoria, como preparan los tintoreros las telas antes del acabado con los colores definitivos.
“Si hay mutua afinidad entre las dos doctrinas, saberla nos puede ser útil. Si no la hay, ni siquiera en figura paralela, mostrar la diferencia no es poco servicio para robustecernos en lo mejor” observa Basilio (Pg 137). La literatura es a la fe lo que las hojas al fruto: lo adornan y le sonconvenientes, pero no se identifican con ella.
¿Qué hacer ante los escritos paganos? Cuando narran acciones o palabras buenas, amarlas e imitarlas, pero cuando narran acciones malas, “cerrar los oídos como Ulises ante el canto de las Sirenas”. Volvemos a notar que lo esencial es el discernimiento: discernir lo malo de lo bueno y discernir el lenguaje atractivo del veneno que lleva dentro, para no ser engañados.
Pero ya que evitar ser engañados es algo que se aprende, y aprendemos también lo débiles que somos, es decir, el atractivo de lo malo que encuentra su eco en nosotros, no podemos negar que el ejercicio de leer obras literarias sea también conveniente para los cristianos, para la prueba, para la humildad y para la oración.
Basilio invita, pues, a no mentir como los oradores, a no admirarse o envidiar a los dioses lascivos, a saber distinguir, como abeja, la miel, profundamente nutritiva, de los colores y los perfumes atractivos pero inútiles, o de las espinas que rodean la flor.
Basilio sabe que el amor a la virtud, si nace en la juventud, no se borra. Por eso quiere que las obras que encarecen los buenos ejemplos se les ofrezcan a los niños y jóvenes: nacerá una familiaridad y una costumbre que hará atractivo el bien y horrendo el mal (pg 140).
No deja Basilio de nombrar distintos autores paganos que enseñan con acierto a preferir la virtud a las riquezas, porque la virtud no se pierde con ellas, como Ulises no la perdió en su naufragio.
Pero los autores paganos coinciden con el Evangelio en señalar la dificultad y el esfuerzo que requiere todo lo valioso. Así, cita Basilio, razona el Hércules joven. La virtud, que habla de sacrificio, promete a Hércules ser un dios. El vicio, lleno de atractivos presentes, era de una falsedad absoluta. Hércules prefirió la virtud.
Los antiguos filósofos eran casi unos ascetas. La filosofía era un camino en la vida. Basilio reconoce, pues, en la hipocresía la gran trampa, que, por otro lado, habían denunciado también los filósofos paganos: “El último grado de la injusticia es querer parecer justo sin serlo” dice Platón (En la República, 361A. Pg. 143). Cuenta Basilio cómo Sócrates soportó la paliza sin responder, Pericles devolviendo honor al que le insultaba y Euclides al que le amenazó de muerte. Estos lo hicieron sin conocer el texto evangélico de “al que te abofetee en la mejilla derecha preséntale la izquierda” (Mt 5,39). Y, sin embargo, lo hicieron porque el mundo desea, y nosotros merecemos, el bien en vez del mal. Huyó Alejandro de la belleza de las hijas de Darío, que le habría vuelto esclavo, huyó Clinias, discípulo de Pitágoras, del juramento, incluso el juramento justo, que hubiera evitado una gran multa. Parecían haber escuchado los preceptos de no adulterar en el corazón o de no jurar en absoluto que el Señor nos ordena.
Basilio sigue su razonamiento. Si hay cosas buenas, también las hay malas. Lo importante, pues, es discernir. Si el arquero elige su blanco, si elige el navegante su ruta o el artista las líneas de su pincel, si elige el que come lo bueno de lo malo, la inteligencia debe ser propia del que lee y del que enseña, y, con ella, elegir lo mejor.
Estos paganos nos mostraron que la vida tenía un sentido, un objetivo, una dirección. Por eso se convierten en ejemplo para nosotros, los cristianos, que hemos conocido el verdadero sentido del mundo.
Basilio siente lo que sentía Justino. Hay elementos del Verbo en las criaturas. Especialmente en los hombres.
Pero reconozcamos una cosa. En los filósofos la honestidad es un vestido que viste su alma, en los músicos y poetas, en los atletas y en los luchadores, se busca no caer en la vergüenza o en la derrota. En nosotros lo que se busca es la corona que no se marchita. Las razones que nosotros tenemos para la virtud son mejores y mayores (Pg. 147).
En los cristianos la razón es una promesa fundada en una alianza, una respuesta a la revelación. La profundidad del diálogo con el Dios Encarnado establece una diferencia fundamental entre el filósofo y el cristiano, y Basilio lo ve desde el principio.
El castigo que deberían temer los que creen en la vida eterna no es el de este mundo. Y la diferencia entre este mundo y el que esperamos debería ser, según Basilio, la razón profunda de una elección maravillosa en la que, sin despreciar la propia alegría y paz de la conciencia recta, como dice San Pablo, el cristiano se deja juzgar por el Señor al que llama “único juez”.
Sin embargo, siempre tendemos más bien a la similitud, es decir, a seguir a este mundo. Hay que huir de ella pues es posible que el nervio paulino (“Yo sé de quién me he fiado”) se pierda si sólo estamos atentos a: la belleza de la virtud, a la bondad de esa belleza y a la verdad de las mismas. Porque nosotros no estamos en relación simplemente con valores, sino con una persona, el Señor.
Hoy, volcados como estamos a este mundo y a sus glorias, temiendo sólo la venganza de los hombres, es muy necesario que se vuelvan a oir las palabras de Basilio.
El alma es lo importante del ser humano. El cuerpo hay que servirlo, y no es malo. Pero cuando tiene mayor importancia para nosotros que el alma lo convertimos en dueño nuestro y nosotros en sus esclavos, y nos hacemos incapaces de seguir al Señor (IX. Pg 148).
Vivir de la opinión ajena es también otra esclavitud.
La guía de los paganos no era la opinión, sino la recta razón. Pero su incapacidad para la humildad provenía de que se juzgaban a sí mismos, se absolvían a sí mismos, se alababan a sí mismos.
El cristiano deja el juicio al Señor.
Basilio, en su afán por observar cómo es razonable la propuesta cristiana, presenta a Diógenes como aquel que era realmente libre, al contrario de quien cuida con exceso su cabello o vestimenta, propio, dice Diógenes, de deshonrados o de arruinados. En realidad es vergonzoso abandonarse a la pasión y eso hacen los que buscan por encima de todo la belleza física y no la belleza moral o los que viven para el espectáculo o el placer, es decir, para sí mismos.
Realmente, el hombre no es su cuerpo. Platón no odia el cuerpo. Auxiliar de la filosofía, le llama (Rep.498B). Es el auxilio y el compañero del hombre, pero nunca su dueño. Y cuando se vuelve dueño es su enemigo, y el de Dios.
No está lejos este pensamiento de aquel que habla de la rebelión contra Dios de ángeles y hombres, del desorden que anatematiza San Pablo en Romanos 1, (y 13,14) y que ha sido un enemigo que todos los hombres que han querido serlo verdaderamente han combatido.
La degradación del mundo moderno ha venido de ahí, de olvidar que el hombre es algo más que un animal.
El sentido del cuerpo, su significado, su valor, es el alma, como el sentido de un instrumento musical es la melodía. Quita una al otro y no vale nada.
Así como el arte castiga al instrumento para que produzca la melodía ansiada, así el alma debe castigar al cuerpo hasta que la sirva. El cuerpo debe sufrir de algún modo para dar el fruto que se espera de él. Su fruto no es la liviandad, sino la generosidad y la alegría en Dios.
Todo con medida, con discernimiento. Que las esclavitudes del alma, como la soberbia, son peores que las del cuerpo, y no pocos paganos ilustres han caído en ellas. Pero vemos en los paganos una dirección hacia el bien que no debe ser despreciada.
Por eso, para ellos la opinión ajena tampoco los esclaviza, al menos en muchos casos.
El dominio de sí mismos evitará una caída en picado por la senda inclinada del placer. El ser humano se vuelve no sólo esclavo, sino que se perjudica en su propio cuerpo al que pretendía servir cuando se deja llevar por esos señores, los placeres.
Lo recto es lo necesario. Lo excesivo, aunque sea oro, es malo. Captura al hombre y lo convierte en su esclavo que siempre le sirve. No le ayuda realmente, porque nunca se sacia el corazón de pedir. Siempre está vacío.
El que no necesita, como Diógenes, es rico con poco.
Pero guardar pan para mayo parece ser una buena recomendación.
Y ciertamente lo es. El que no quiere tener que pedir en su necesidad debe ser austero en la actualidad y debe evitar resultar una carga para los demás, lo cual no deja de ser una obra de misericordia.
Si Basilio se ríe de esta máxima pensando en la Providencia no es porque Basilio niegue que en el sacrificio presente está el bien futuro, sino porque ve que hay bienes mejores y que ese dicho nos mueve a la esclavitud del dinero, como si de él dependiera nuestra vida. Si hemos de ahorrar, ahorremos para el cielo.
No nos convirtamos, con nuestros pecados, en enfermos incurables. Curemos cuanto antes los defectos que nos esclavizan para que no se hagan crónicos, concluye Basilio.
Y también nosotros concluimos, deseando que esta reflexión haya sido de su agrado.



Gracias, profesor Picasso.



Sin embargo, quiero proponer una reflexión final, un elogio extraño. El elogio de la censura.



Elogio de la censura.
Picasso nos hace una pequeña historia de la censura. Ésta, en realidad, es necesaria y ha sido utilizada especialmente para la educación.
Qué, aun siendo bueno, podía perjudicar a los no preparados. Ésa era la pregunta.
La educación es la labor más importante de la sociedad, y, por eso, quizá, no debía de darse todo a todos. Algunas cosas, por demás preciosas, debían reservarse para algunas personas que debían orientar a los demás desde sus conocimientos y debían además reservar aquello que, en manos de otros, podía destruir más que construir.
Por eso, la primera censura fue qué cosa escribir y qué reservar para la oralidad. Y así los Vedas los conocemos sólo desde hace 250 años, y las lenguas han servido de frontera que recluía el saber, entiéndase que sólo algunos conocían las lenguas del saber, y sólo algunos las escrituras en que se vertían estos saberes. Entre los griegos se empezó a escribir a partir del siglo V antes de Cristo, y Platón, el artista de la lengua, reserva a sus discípulos las explicaciones importantes sólo a través de la palabra hablada y no la escrita.
Hoy, en la locura de la comunicación, estamos asustados justamente por la facilidad de la misma. Hemos puesto en manos de los niños las espadas, es decir, en manos de los irresponsables medios casi divinos.
Los autores que Picasso presenta y traduce son personas preocupadas precisamente por la educación en su doble incidencia: en cuanto que ésta sirva a la formación personal de estos jóvenes y que ésta sirva a formar una nueva sociedad precisamente que esos jóvenes deben lograr.
Toda educación es un enorme riesgo del que los antiguos tuvieron conciencia, es un riesgo que pocos tienen el privilegio de asumir y del que debemos ser responsables. Si algo se deduce de la lectura de estos dos clásicos que nos ofrece Picasso es justamente eso: que la educación es un camino, y que en ese camino el profesor es el filósofo que, conociendo el secreto de la felicidad y de la vida, también ofrece el camino exacto para llegar a ellas.
El segundo punto que a un sacerdote católico le llama la atención es la intención del traductor y del pensador erudito que es Picasso. Platón ataca de frente la poesía épica en su República y la ataca porque observa cómo los valores de los héroes se oponen directamente a los valores de los filósofos. Es cierto que los héroes atraen, pero se caracterizan por ser directamente esclavos de la violencia, o de la curiosidad, o de la astucia egoísta y cruel, como Ulises. No son casi nunca siervos de la paciencia, de la verdad, de la paz, único camino de la verdadera libertad.
Para Platón, según Picasso nos cuenta, ha comenzado con la filosofía una nueva época, la de la razón que se opone directamente a esta imitación de los héroes de los mitos, hija de la identificación emotiva.
Platón quiere que el ser humano sea libre y siga al bien. ¿Cómo hacerlo si es seducido, es decir, engañado, por poetas que buscan, más que el bien, el aplauso y el éxito? Los que no poseen valores no son dignos de educar a los jóvenes. El objetivo del filósofo es escribir sus palabras en el alma de los jóvenes, y esas palabras son el vehículo de la única verdad. Es claro que esto acerca la filosofía tanto a la religión como a la vida. Los filósofos parecían monjes. Los monjes, filósofos.
Ciertamente, Platón va a ser la luz que ilumine a los filósofos posteriores.
Hoy, Picasso nos presenta el ejemplo de Plutarco y de Basilio. Dos hombres cuya verdadera diferencia es la fe cristiana, pero cuyas similitudes son tan fuertes que su diferencia, la fe cristiana, tiene unas alas tan enormes que no sólo no separan, sino que integran las similitudes en una síntesis superior.
Ciertamente no tienen pérdida los comentarios de Picasso sobre los primeros momentos de la Iglesia: Por un lado, Justino, y, en general, los apologistas, que consideran y presentan al cristianismo como la mejor filosofía, dando testimonio de la coherencia interior del pensamiento cristiano, y de la profunda conveniencia entre éste y la más auténtica filosofía, pero, por otro lado, Picasso nos habla de aquellos que ven en el cristianismo una auténtica revolución que ha modificado sus vidas y les ha dado un valor del que carecían absolutamente hasta que conocieron a Cristo, como Taciano y Tertuliano. Creo lo que el mundo califica de absurdo. Éstos tienen la tentación de condenar todo lo anterior y decirnos que lo único verdaderamente educativo es aquello que se desprende de la palabra de Dios. Sólo los primeros fueron realmente aceptados por la Iglesia. Los segundos niegan la encarnación porque demonizan la carne. Son como gnósticos.
El elogio a Orígenes, tan cercano a los capadocios, entre ellos a Basilio, a quien se pone como ejemplo de educador cristiano, es un elogio a la fe irreductible, y sin embargo, flexible y capaz de dialogar con la verdad escondida en la literatura profana, y capaz de integrar la forma de comentar, con las armas literarias de Longino y Plotino, la Escritura que habían interpretado alegóricamente el alejandrino Filón sobre los setenta (pg 19).
Hoy las cosas han cambiado. Es difícil conducir a unos jóvenes que tienen como mentores a todos los que hubiéramos censurado como corruptores, puesto que, a través del Internet, están abiertos, misteriosamente, a todos los vicios y a todos los saberes, a todas las personas y a todos los horizontes.
Tenemos la responsabilidad de predicar el evangelio a estos destinatarios. Pero nos asusta la responsabilidad, nos desanima el enemigo al que vencer. Mas la Providencia tiene sus caminos, a veces difíciles de discernir, y nosotros no tenemos otra misión que otear en el mañana los signos de los tiempos.
Ahora el Señor quiere que eduquemos a los jóvenes y que creamos en la semilla lanzada. Por eso, la educación, sin duda, que pretende siempre que puedan elegir bien los que quizá comenzaron mal, sigue siendo, para nosotros, un camino a emprender, un camino en que creer. Dios ha puesto en todos el amor al bien. Sólo se trata, pues, de ofrecer ese bien a los que no lo conocen, pero tienen hambre de él.
Por eso es bueno escuchar a Plutarco y a Basilio. Ellos saben que no se pueden poner puertas al campo, y que, por eso, tampoco se puede prohibir a los jóvenes aquello que naturalmente les atrae, las historias, los amores, las guerras, los héroes, los santos… Pero sí es bueno que aprendan a extraer lo bueno para dejar lo malo.
Y de eso se trata. Es un padre que aconseja el que vemos en estos opúsculos. Es alguien que aconseja a quien pudiera aconsejar. Es alguien que señala, sobre todo Basilio, la novedad cristiana: tenemos esperanza. Vivimos para otra vida.



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