miércoles, 27 de julio de 2011

PERÚ, PAÍS ELEGIDO PARA CONSTRUIR MIS SUEÑOS

En mi visita al Museo de Pueblo Libre, me encontré con este sencillo y
espléndido poema de Marco Martos:

No es este tu país
Porque conozcas sus linderos,
Ni por el idioma común,
Ni por los nombres
De los muertos.
Es este tu país, porque si tuvieras que hacerlo,
Lo elegirías de nuevo
Para construir aquí
Todos tus sueños

"Tradición y originalidad en la poesía de Marco Martos" por Luis Jaime
Cisneros
(Luis Jaime Cisneros fue un maestro universitario peruano, doctorado por la
Universidad de San Marcos, donde fue catedrático así como en la Pontificia
Universidad Católica del Perú. Es el Director de la Academia Peruana de la
Lengua. Fue conferencista invitado en universidades norteamericanas,
europeas y latinoamericanas. En su ejercicio del periodismo ha sido director
de los diarios "La Prensa" y "El Observador" de Lima. Al final de su vida,
mostró una deferencia especial por mi Universidad Católica Sedes Sapientiae,
gracias a la amistad con la Dra. Giuliana Contini, Decana de Ciencias de la
Educación y Humanidades, y que enriqueció notablemente al claustro de
profesores por sus enseñanzas de auténtico maestro).

http://www.resonancias.org/content/read/286/marco-martos-la-creacion-poetica
-como-un-milagro/

El 2 de setiembre de 1999 Marco Martos fue incorporado a la Academia
Peruana de la Lengua. En aquella oportunidad Luis Jaime Cisneros, presidente
de dicha institución, dio el discurso de bienvenida al nuevo académico. He
aquí sus palabras que han sido tomadas de la revista "La casa de cartón" N°
24, Lima, primavera de 2001). El mismo año en que se conmemora el centenario
de Jorge Luis Borges, poeta eximio de este siglo de lengua española, y
reflexionando sobre la obra de Vallejo, nuestra Academia incorpora a Marco
Martos, poeta y profesor universitario, y lo acoge entre sus miembros de
número. Y me toca, tras haberlo recibido en el aula universitaria y haber
descubierto ahí tajante muestra de su excelencia espiritual, recibirlo
oficialmente en la corporación tras haber seguido con vivo interés estas
reflexiones suyas sobre Vallejo, la tradición y la innovación. Borges y
Vallejo, la tradición y la originalidad. En ese marco de resonancias y
estridencias podemos descubrir cómo los textos de Marco Martos han sido
fieles a esta idea que nos ha trazado sobre la poesía vallejiana. Esta
preocupación por lo que hay de tradicional y de original en la obra de un
poeta no es asunto exclusivo de los críticos literarios sino que ha sido, y
es, felizmente, preocupación frecuente en todo auténtico creador. En un
antiguo ensayo sobre la tradición y el talento individual analizaba T. S.
Eliot el significado amplio y complejo de la tradición, recordando cómo
estaba implícito en ella el sentido histórico, el cual no solamente
implicaba "una percepción, no sólo de lo que en el pasado es pasado, sino de
su presencia". Eliot remarcaba además que ese sentido histórico: "empuja al
hombre a escribir (...) con un sentimiento de que el conjunto de la
literatura de Europa desde Homero, y dentro de ella el conjunto de la
literatura de su propio país, tiene una existencia simultánea y constituye
un orden simultáneo. Ese sentido histórico, que es tanto un sentido de lo
eterno como de lo temporal y de lo eterno y de lo temporal juntos, es lo que
hace tradicional a un escritor". (Cf. Los poetas metafísicos. Buenos Aires:
Emecé, 1944, 2 vols., I, 13), Y claro está -como bien lo ha destacado Martos
en su exposición- que Vallejo se halla inserto dentro de la tradición y
dentro de ella destaca su yo creador con potencia extraordinaria. Por un
lado, huellas de lecturas rubendarianas y de Herrera y Reissig, huellas
ciertas de Baudelaire; pero también alguna que otra característica no
compartida, como "la radical desnudez de la palabra". Y cruzando el
escenario aparentemente contestatario, su yo romántico busca hacerse un
sitio. Y es que no le falta razón a Eliot cuando afirma que el poeta
necesita "lograr la conciencia del pasado" porque en el fondo "está obligado
a continuar desarrollando esa conciencia durante toda su carrera" (ibid.,
16). Tradición y originalidad van jalonando desde 1965 los varios
testimonios que Marco Martos nos ha venido ofreciendo de su quehacer
poético. Desde la hora primera nos explica cuál es el compromiso fundamental
asumido: Mi oficio es el canto / el canto de las palabras / el dulce embrujo
/ de las sílabas / y las asonancias. Sabe que el poeta tiene una directa
obligación con su lenguaje; y parece reconocer que esa obligación de
conservarlo se enriquece al ampliarlo y perfeccionarlo: Cojo la pluma y digo
digo / y me río de los que piensan / que debí decir otras palabras. Casa
nuestra es el libro de la juventud donde el ambiente hogareño reclama
atención tierna, pero donde la edad pugna también con sus exigencias y sus
letargos: Con César, con Elías, con Elio o con Tucán / olor a manzanas y
fresas dolientes / y nunca / nunca deprisa llegar / y los libros sin las
aulas / y mamá en el hogar / y compramos cigarrillos a escondidas / y a
escondidas empezamos a fumar. Y con la juventud, Martos nos asegura el
estallido triunfal del amor universal, romántico: Aunque sea redundancia, /
lo repito una y mil veces: / amo al verano, / amo al amor / eterna
primavera, / amo al amor endomingado, / amo al amor sencillo / de los días
de la semana, / amo al amor, / eso me salva. El amor a los hombres, el amor
a la vida y a la naturaleza es lo que, en realidad, consagra nuestra
condición humana. Su segundo libro, una casta manifestación de adolescencia,
es el puente imprescindible que conduce al Cuaderno de quejas y
contentamientos, de 1969, escrito entre Lima y Ayacucho y en el que se
adivina la voz de Italo Calvino como lejana, pero firme, inspiración. Ahí el
arte rupestre se muestra en todo su sereno esplendor. Y un rico venero
tradicional va asomando e iluminando los intersticios del poemario. Las
circunstancias lo llevan a ser visitado por la lectura política del paisaje,
pero Martos logra que, sobre lo instantáneo y temporal, triunfe el quehacer
poético: Mi sueldo (y el tuyo, lector), / no alcanza. / Muchos miran con
envidia estos ingresos. / Y hay en este Perú varios millones, peor que
nosotros. / ¡Quiero una casa! Sueño. / Engels, de profeta, opinaba que aquí,
/ con este sistema, no hay solución al asunto. Con rabia y sin vergüenza, /
sobre las páginas de Engels, / salen con duelo mis lágrimas corriendo. /
Quiero una casa. Sueño. Io sono stanco./ Maldigo. Yo soy el muerto en vida./
El que hace reglamentos. Dos toques de extraordinaria factura poética (el
eco de la égloga de Garcilaso, por un lado, y la viva presencia actual de la
lengua romana) han sido suficientes para que la protesta se destiña de
colores políticos accidentales y asuma el carácter de una protesta a favor
de nuestra condición humana. El libro acoge también la presencia hispánica
teñida de la buena inspiración de Melville:

ayer, casi en la madrugada vi a Bartleby echando espuma, candela por los
ojos: / en la aldea capital no había sino una librería abierta, / en la
librería abierta no había un libro de Juan Ruiz, / Arcipreste de Hita,
benemérito. / ¡Arcipreste vago del corazón, / reseco y quemado del poco
placer, / Bartleby del Perú y no de Hita, / aun en ausencia de Pitas Payas,
poco celoso y guardián / espuma y candela, incapaz de hablar a una hermosa
serrana/ para el feroz combate consolador! Estupenda lengua española, en
cuyas briosas huellas medievales encuentra Martos aliento para dar a su
discurso poético la envergadura deseada y para ofrecer a su repertorio esta
auténtica prueba de destreza literaria. Ayacucho no solamente ha sido tierra
por cuyos campos atravesaron ayer los libertadores. Eso es dato para los
libros de historia. Pero los datos que guarda el corazón son otros y
distintos. Martos ha sabido en la cálida Piura apreciar lo que el paisaje
tiene de humano y no duda de cómo el amor al paisaje enriquece y decora la
propia biografía. Y la biografía está hecha de soledad y de presencias. Para
quien busca compañía, / para quien busca soledad, dura es la tierra de los
molles; / vocingleros crucen junto a las pencas / y poco más tarde canes
acezantes vigilan tu morada. Vate llamaban los antiguos al poeta y el
término adquirió valor etimológico en la hora romántica. El poeta presagiaba
de alguna manera el porvenir: los románticos, sin ir más lejos, llegaron en
el Perú a predecir la llegada del avión. Diez años antes de que la tierra
ayacuchana se ensangrentara, la voz de Martos nos previene: La cárcel
espera, con las puertas bien abiertas / a quien quiera cambiar la miseria de
Huamanga. Pero en 1969 no era la hora del retorno simbolista, y el poeta lo
confirma: No es la hora de Rimbaud, no es su hora. Pero ciertamente él lo
añora, lo extraña: Rimbaud sí era un místico; / hermosísimo su camino, /
árbol de triunfo silente su pereza, / árbol también su voluntad. / ¡Qué
manera de velar! / ¡Y cómo rampan ahora tras sus huellas! La originalidad en
busca de la tradición. No importa que el poeta se vea desatendido por muchos
lectores. Son cosas a las que las variantes de la sensibilidad lingüística y
literaria nos tienen acostumbrados. Esos cambios -lo dijo con agudeza T. S.
Eliot hablando sobre la poesía y los poetas-: "paulatinamente irán
penetrando en el lenguaje mediante su influencia en otros escritores más
fácilmente populares; y cuando haya llegado a establecerse se hará sentir la
necesidad de otro paso hacia adelante. Además, a través de los escritores
vivos sobreviven los muertos". (Sobre la poesía y los poetas. Buenos Aires:
Sur, 1959; pp. 14-15). La tradición ha de mostrar su presencia vivificante
en 1974: Donde no se ama es el libro en que la voz de Pedro Salinas (el eco
de su música interior) llega hasta los textos de Martos, por sigilosas
lecturas de Leo Spitzer, el viejo maestro de Princeton. No solamente de
Spitzer. Martos se ha contagiado de sus lecturas europeas: Cuando sueñas, no
existes, / ni siquiera cuando balbuceante / me cuentas algo de esa noche /
llena de luces de bengala y fuegos fatuos. Y está en el libro la
preocupación por América, tierra de temblores no solamente debidos a
movimientos desbordantes de la geografía. El poeta no puede callar su
solidaridad con quienes han aprendido a frecuentar el dolor cívico: A tantos
han matado en Chile / que es ridícula tu pena/ y la de tantos,/ ridículo y
mezquino tu dolor individual,/ ridículo y mezquino el dolor del poeta que
sueña un verso que al despertar/ olvida.

El recuerdo de los modelos horacianos preside el Carpe diem de 1979. Eliot
había previsto el poder transformador de la poesía cuando afirmó que la
poesía: "transforma el habla, la sensibilidad, la vida de todos los miembros
de una sociedad, transforma a todos los miembros de la comunidad, al pueblo
entero, lean o no poesía, gusten o no de ella; y aunque no conozcan siquiera
los nombres de sus mayores poetas". (Sobre la poesía y los poetas; p. 15).
La tímida afirmación con que inauguró su canto en 1965, proclamando el valor
de la palabra, alcanza ahora en Martos resonancia inusitada: Hoy, ayer y
mañana, hoy, en este instante, / en el punto inmóvil donde todo y nada
sucede, / para purificar el dialecto de la tribu / colocando cada palabra en
su lugar, / habla la poesía, habla poco, cumpliendo / su obligación, y sin
que nadie la invente, / esparza o desordene, evidencia el orden, orden y
desorden y furor / para que la tribu quede contenta / usa palabras del
lenguaje de hoy / pues las palabras del año pasado / pertenecen al lenguaje
del año pasado / y las palabras del próximo año / esperan otra voz. Y en el
punto inmóvil / donde todo y nada sucede, esa voz es esta voz. Martos está
consciente ahora de su fuerza, conoce los mecanismos secretos de su discurso
poético, reconoce cuánto le debe a la buena tradición románica que ha venido
nutriendo sus textos hasta entonces. Y por eso no ha de extrañarnos que, en
1983, El silbo de los aires amorosos nos lo presente de pronto envuelto en
un simulacro de babel románico: el poeta está necesitado de interlocutores,
ávido de comunicarse, urgido de hallar la lengua apetecida para alcanzar la
meta: Como hablando francés a quien entiende / castellano, / o balbuciendo
castellano a una oreja/ italiana, / o como gritando italiano en una plaza de
/ Lisboa, / o como leyendo portugués en un congreso / rumano así
permanecimos nosotros, duros para lenguas, / extraños, juntos sin embargo
durante un día/ un mes, un siglo de pesadilla o sueño. No es el idioma
histórico de las sociedades, que aísla a los hombres e impide juntarlos de
verdad en la armonía, sino el lenguaje del hombre, que, como enseñan los
viejos textos castellanos, sólo dice su canción a quien con él va. Martos
tropieza una vez más con la tradición y en ese maravilloso camino encuentra
cómo ir modelando su originalidad. Y estamos otra vez en su terruño, en
Piura. Es la hora del reencuentro y de la evaluación. Este ejercicio de
anagmórisis desfilarán el caballo y la dama, el mar y los momentos distintos
de la naturaleza, y viviremos el antiguo amor y el desaliento: ¡Han pasado
años de años; me he mezclado / en tantas cosas! y ahora que el sol /
reverbera sobre el asfalto, no extraño / a esa patria, distante y diminuta /
o tal vez la extraño y por eso escribo. A partir de este libro de 1990,
"Arte rupestre", iremos reconociendo cuánto debe Martos, a lo largo de sus
propias innovaciones, a una tradición por él mismo frecuentada en su hora
inicial. Cabellera de Berenice, de 1992, nos brinda variado testimonio:

Pero los nombres de la costa cuando mueren / tienen un nombre, una lápida, /
recuerdos, flores; los campesinos / cuando mueren son jóvenes asesinados. Es
la hora difícil para el corazón de los peruanos, hora que el poeta no puede
vivir sin mostrar también su corazón acongojado: Ayacucho es la sombra de la
muerte, / una escalera interminable de cadáveres, / la muerte misma trepando
hasta mi corazón / que vive todo el tiempo agonizando. Pero, junto al
compartido dolor por desgracia, hemos de oírle otra cara de la verdad viva,
el claro convencimiento de saberse peruano: No es éste tu país / porque
conozcas sus linderos, / ni por el idioma común, / no por los nombres / de
los muertos. / Es este tu país, / porque si tuvieras que hacerlo, / lo
elegirías de nuevo / para construir aquí/ todos tus sueños. Pero este libro
de 1992 significa para Martos el retorno a todas sus fuentes de inspiración,
sobre todo a las de estirpe andaluza, que por un lado significan la antigua
España, pero significan también, por otro lado más sutil, la voluntad de
asumir toda lengua que haya frecuentado el saber de la poesía, la jerarquía
del arte, de la música y el color. En 1996 Leve reino confirma un rasgo
persistente de su conducta poética; huir de la política casera, de los
sucios trajines electoreros: Subir y bajar la corriente / no es oficio a mis
huesos consagrado No es que huya de multitudes y de fervores ciudadanos:
Confieso que me gustan los desfiles, / las hermosas banderas, / los feriados
triunfales, / pero de allí a otros rumbos existen las distancias. Esas
distancias lo muestran entroncado en la vieja y buena tradición latina: En
la puerta del olvido / mal que bien, luzco mi linaje de romano, / romano de
los malos. / Así porque sí, no me cambio.

Podemos afirmar, sin duda alguna, que Leve reino representa la fiesta total
de la poesía. Ritmo y movimiento en la imagen y en la voz confirman que el
poeta ha asumido la posesión cabal de su instrumento. En ese sentido,
"Danza" es un breve texto carismático de la nueva voz que va modulando,
ayudado por la disposición tipográfica, el modulado ritmo de la danza.
Imagen y lenguaje se confunden para que la danza sea la muchacha y la
muchacha sea la danza: La palabra / quiere ser / fotografía / y capta / el
preciso / instante / en / el / que / la muchacha / se levanta / levemente /
el vestido / amarillo / y sonríe / mientras / danza. Claro que descubrimos,
y reconocemos, el lejano influjo del ritmo lingüístico que Fray Luis impuso
al verso y a la prosa, ritmo que Marco recrea a medida que lo va ajustando a
una sensibilidad nueva. Y cuando no está acogido Fray Luis por el ritmo, el
eco de su entera biografía asoma en el poeta piurano: Sicut dicebamus
hesterma die lo confirma. Un viejo rumor del romancero español preside
muchos. El autor de estos textos es el que ha sido escogido por la Academia
para que comparta con nosotros la tarea de vigilar la hermosa herencia de
nuestra lengua española. Nos ha dicho su orgullo porque el nombre de Vallejo
pueda correr paralelo al de Góngora o Quevedo, que es el lado de la
tradición. Pero nos lo ha presentado también compañero de ese innovador que
fue Huidobro. Tradición y originalidad constituyen el marco de la
conferencia que acabamos de escucharle. Tradición e innovación nos revela la
obra entera de Marco Martos. Cuando, ahora en este mismo año, recorremos los
textos de El mar de las tinieblas, vemos qué ha significado para él la
poesía como palabra en el tiempo. De esta concepción de Machado no ha
querido sentirse lejos nuestro flamante académico. Y por eso rastrea a la
palabra en la voz de aquellos a quienes de alguna manera debe inspiración o
estímulo. Cuando no es el Arcipreste o el propio Lope, es algún otro poeta
español. Él sabe -porque lo ha verificado en su diario trajín profesoral-
que: Ser eminente en letras cuesta mucho, / el tiempo se nos gasta en las
vigilias. Las páginas de 1999 nos lo van confirmando: la generación del 98
supone la presencia simultánea de lo tradicional y de lo innovador. Las
coplas de pie quebrado anuncian su no perdida fe en la voz antigua del
romancero, pero también el vivo anhelo de darle a su discurso un sello
particular y novedoso, que Marco Martos descubre en voces de otros mundos,
en el marco de otras culturas: Rilke viaja a ninguna parte, / juntante lo
próximo y lo lejano. // Lo desconocido le atrae, el riesgo. / Así va
entrando lentamente / en el libro de las horas. No han servido, sin embargo,
todas estas voces eminentes, ese vasto mundo aleccionador para que el poeta
olvide su ser esencial que con la peruanidad lo enlaza. Los viajes estelares
de Martos no han perdido nunca los rasgos del Perú. El Perú existe en la
realidad y en el poema. Y por eso: Hablamos del Perú. / De la necesidad de
quererlo / Diciendo pocas palabras. Y es que, como lo anunció en su libro
inicial de 1965, su tarea se cumple en el canto, en el juego acertado de las
sílabas y las asonancias. El canto es la vida auténtica que al poeta
compromete y que lo vivifica. No importa que la vida pueda parecer un
garabato, o que muchos puedan pensarla como un: camino en el que nada pasa /
dos veces, / o un interminable ensayo / para una noche de estreno/ que nunca
llega,/ hasta que muere.

Esta noche de estreno explica por qué la Academia ha reconocido en la obra
de Marco Martos virtudes que ameritan su presencia. En sus poemas hemos
aprendido a reconocer su amor por el mar y hemos advertido que los paisajes
marinos le vienen asegurados en la propia genealogía que el poeta se ha
adjudicado con ingenioso esmero: Venimos del tiburón. / El ojo del tiburón /
en el ojo de mi padre, / vive el tiburón en el ojo de mi abuelo, / y en el
abuelo de mi abuelo / y en todo mi árbol. A la sombra de ese árbol se acoge
hoy la Academia Peruana para celebrar, en el centenario de Borges, el
ingreso de un nuevo poeta que nos ha de ayudar a enriquecer el espíritu. Él
se ha preocupado de "dar la palabra a héroes literarios como si vivieran
ahora"; es decir, ha rendido tributo a las "formas tradicionales de
versificación" y las ha vinculado, por gracia de su viva fuerza y de su
significación, con el verso libre, es decir no se ha resistido a frecuentar
las "formas escritas propias del fin del segundo milenio". Por eso
encontramos en sus textos al Arcipreste y a Kafka, a Kawabata y a Martín
Adán. La viva y escondida voz de quienes fueron lustre de la lengua antigua
junto con la de quienes irrumpieron con lujo en la historia de la lengua
artística. Sus textos (éstos que le aseguran un sitio aquí donde estuvieron
Enrique Peña, Martín Adán) son -como él mismo acaba de expresarlo-
"fogonazos que quieren eliminar el enigma en medio de la noche".

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