jueves, 16 de febrero de 2012

Isabel la Católica y Cristóbal Colón, un amor imposible

§  La profesora estadounidense de la Universidad de Georgetown Estelle Irizarry, asegura en su último libro, "La carta de amor de Cristóbal a la Reina Isabel" que una carta demuestra que existió una relación amorosa entre las dos figuras históricas.

§   He leído varias biografías de sendos personajes sin que ninguno de los autores asevere algo contundente. Les comparto un artículo esclarecedor de una de las grandes expertas en Colón, Consuelo Varela, quien en su estudio “Isabel la Católica... y Cristóbal Colón” publicado en http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/isabel-la-catlica-y-cristbal-coln-0/html/00abcd0c-82b2-11df-acc7-002185ce6064_2.html

  • La ilustración es un detalle del monumento en Granada: La reina apoyó con entusiasmo los planes de Cristóbal Colón para llegar a las Indias por una nueva ruta oceánica. Tuvieron gran influencia los hombres de las Iglesia, Fray Juan Pérez, monje del monasterio de La Rábida animó a Colón a entrevistarse con ella, de la que había sido su confesor. En Granada, fue la primera en aceptar las exigencias de Colón, en las Capitulaciones de Santa Fe.

§   

Isabel la Católica y Cristóbal Colón

Consuelo Varela



El 1.º de diciembre de 1504 escribía Colón a su hijo Diego, «Muchos correos vienen acá cada día y las nuebas acá son tantas y tales, que se me increspan los cabellos todos de las oír tan al rebés de lo que mi ánima desea. Plega a la Santa Trinidad de dar salud a la Reina, nuestra Señora, porque con ella se asiente lo que ya va lebantado».

Se encontraba el Almirante en Sevilla aquejado de un fuerte ataque de gota y los males de la artritis se le habían acrecentado con los fríos de aquel invierno que hubo de ser más duro de lo habitual. El Guadalquivir se había desbordado, «entró en la ciudad», le decía a Diego en su carta que a duras penas logró terminar por el dolor en las manos que le impedía tomar «la péndula». D. Cristóbal estaba inquieto. Hacía poco que había regresado de su último viaje al Nuevo Mundo que había sido un desastre. Había perdido todos sus barcos. Más de la mitad de su tripulación o bien había muerto o no había querido regresar con él a la Península. No había encontrado el estrecho entre los dos océanos que buscaba tan afanosamente y, para colmo, había sufrido varios motines capitaneados por los hermanos Porras: Francisco que iba por capitán de la nao Santiago y Diego con el cargo de escribano y oficial de la armada.

Colón estaba en Sevilla solo. Sus hijos y sus amigos más íntimos se encontraban en la Corte. Los chicos como pajes de la Reina y los amigos ocupándose de resolver sus negocios. El Almirante estaba seriamente preocupado. No tenía problemas económicos, en un navío que estaba a punto de llegar a Sanlúcar de Barrameda su contador le enviaba una buena remesa de oro y palo de brasil, sus tribulaciones eran de otro tipo. Hacía 5 años que había sido desposeído de la gobernación de las Indias y a toda costa quería regresar. El Almirante, pues aún conservaba este cargo, deseaba volver al Nuevo Mundo no solo para intentar de nuevo encontrar el Estrecho sino también para continuar su misión, para que no se perdiese «lo que ya va lebantado». Colón había visto el mal gobierno de Ovando y sabía que no había gente dispuesta a enrolarse en nuevos viajes. Las Indias, en palabras del genovés, «se perdían».

Para poder regresar con todos los honores necesitaba, o eso creía él, del apoyo de D.ª Isabel y más en aquel momento en el que acababan de llegar a Castilla la pesquisa -que se le había efectuado años atrás- y una carta a los Reyes de los Porras acusándole, sabe Dios de qué delitos. Los Porras, parientes de la amante del poderoso Tesorero de Castilla Alonso de Morales, gozaban por causa de esta relación de un gran predicamento en la recién creada Casa de la Contratación, del que el Almirante carecía.

Hasta el 2 de diciembre de 1504 no supo Colón el fallecimiento de la reina. Es evidente que D. Cristóbal sintió un profundo pesar solo aliviado por la certeza de que estaba en el Cielo, «Su vida siempre fue católica y santa y pronta a todas las cosas de su santo servicio, y por esto se debe creher que está en su santa gloria y fuera del desen d'este áspero y fatigoso mundo» escribía a Diego en una carta del 3 de diciembre. A esta carta siguieron otras en las que el padre no dejaba de preguntarse por su situación, «acá mucho se suena que la reina, que Dios tiene, ha desado que yo sea restituido en la posesión de las Indias», y en recordar al hijo su deber en procurar que el padre fuera repuesto en la gobernación. Mas las noticias no llegaban. Diego escribía menos de lo que el padre deseaba y D. Cristóbal, impaciente, le conminaba a actuar, «As de trabajar de saber si la Reina, que Dios tiene, dexó dicho algo en su testamento de mi».

Nada dejó dicho de Colón D.ª Isabel y el Almirante nunca fue repuesto en sus cargos ni volvió a navegar. Los nuevos reyes, D.Felipe y D.ª Juana, tenían otras preocupaciones más urgentes y D. Fernando, regente de Castilla hasta que estos llegaron a hacerse cargo del reino, tenía otros planes en los que Colón no entraba. Quería el Católico a otros hombres para emprender la ruta a las islas de la Especiería para cuya realización sería llamado, entre otros, Américo Vespucci. Fue el florentino el portador de una de las últimas cartas que Colón escribió a su primogénito desde Sevilla el 5 de febrero de 1505. Se preguntaba Colón para qué había sido llamado Américo a la Corte a la vez que se lamentaba del poco éxito que su amigo había tenido en los negocios. «Ha tenido mala suerte», le dice a Diego, pero es un buen amigo y de seguro intercedería por sus intereses como le había pedido el Almirante que, al parecer, no dejaba de solicitar la ayuda de todos cuantos acudían a ver al monarca.

Ahora sabemos que a Vespucci le encargarían preparar junto con Juan de la Cosa un viaje a la Especiería, que no llegó a realizar, que acabaría su vida como Piloto Mayor de la Casa de la Contratación y que, por un azar del destino, daría su nombre al Nuevo Continente descubierto por Colón.

Entre Colón y los Reyes hubo muchos encuentros y desencuentros. No podía ser de otra forma. Hubo épocas en las que coincidían los intereses y otras en las que discrepaban en la forma y manera de actuar en la colonia.

Hoy en día nadie parece dudar que entre Colón e Isabel existió una cierta complicidad. Una sintonía entre ellos que, incluso, ha llevado a la novela histórica hasta el extremo de presentárnoslos como amantes. Desde luego D. Cristóbal y D.ª Isabel nunca estuvieron enamorados. Hubiera sido imposible: la Católica bebía los vientos por su marido y el Almirante sólo estuvo enamorado de sí mismo.

La cuestión que nos ocupa aquí es tratar de averiguar cuáles fueron las relaciones entre esos dos personajes tan parecidos y tan distintos. Tan parecidos porque ambos eran tesoneros y firmes en sus convicciones y tan distintos porque ambos discreparon casi siempre en el modo en que éstas debían de ser llevadas a cabo.

Varios puntos nos van a ir dando las pautas para analizar la naturaleza de esas relaciones no siempre fáciles entre el Almirante y su reina.



La financiación de viaje y las joyas de la Reina

La historiografía tradicional ha sostenido que la reina fue el principal apoyo con el que contó Colón para poder realizar su proyecto descubridor. Fue el propio Hernando Colón quien en La Historia del Almirante, la biografía que hizo de su padre, lanzó la pintoresca historia en la que aparece la reina católica ofreciendo empeñar sus joyas para financiar el viaje colombino. Una imagen sin duda muy bella que recogió gustoso fray Bartolomé de Las Casas -siempre ávido de adornar con bonitas anécdotas las noticias sobre la vida de Colón- en su Historia General de las Indias.

Todo parece indicar que se trata de una leyenda que contrasta con la visión más generalizada que presentaron los primeros cronistas de la Historia de Colón y el Descubrimiento. En efecto, mientras que los cronistas castellanos López de Gómara y Fernández de Oviedo no dudaron en afirmar que los dos reyes ayudaron a Colón por igual, los círculos catalanes e italianos se decantaron por Fernando. Así, por ejemplo, Zurita no mencionó para nada la intervención de la reina y Gerolamo Benzoni, aun concediendo que la reina Isabel fue quien primero se encandiló con Colón afirmó taxativamente que fue Fernando, una vez convencido por su mujer, quien tomó la iniciativa de ayudar al extranjero. Por su parte Pedro Mártir, que estaba ya en la corte cuando el navegante acudió en ayuda de los monarcas, escribió que Colón, «propuso y persuadió a Fernando e Isabel [y] ante su insistencia se le concedieron de la Hacienda real tres bajeles». Ante estas y parecidas afirmaciones Gómara se encargó de advertir: «sospecho que la reina favoreció más que el rey el descubrimiento de las Indias; y también porque no consentía pasar a ellas sino a castellanos».

Por otro lado, como se ha señalado en repetidas ocasiones, la reina no podía pignorar sus joyas porque hacía tiempo que las tenía empeñadas a los jurados de Valencia como garantía de un préstamo para financiar la guerra de Granada. Y tampoco conviene olvidar que el viaje no supuso un coste importante. En las cuentas del escribano de ración Luis de Santángel y del fiel ejecutor de Sevilla Francisco Pinelo se anotó que habían entregado al obispo de Ávila, Fernando de Talavera, 1.157.100 mrs. «para el despacho del Almirante». El resto se saldó para la Corona sin gastos ya que se aprovechó la sanción a la villa de Palos obligándola a poner a disposición del Almirante dos naves. Colón financió la parte que le correspondía con un préstamo de su amigo y factor el florentino Juanoto Berardi.

Colón debió de congeniar mejor con D.ª Isabel que con D. Fernando y no es difícil imaginar a la reina escuchar asombrada las propuestas del navegante que debía de gozar de gran labia y un indudable atractivo personal. La decisión de llamarle para que se apresurase a regresar a Granada para firmar en el Real de Santa Fe las Capitulaciones, el 17 de febrero de 1492, hubo de haber partido de ambos monarcas. No es concebible que el resultado de una negociación, que había durado nada menos que 7 años, fuera acordada tan solo por la Reina. Otra cosa fue el texto de la Capitulación colombina -cuya elaboración debió de ser sin duda laborioso y costoso de tiempo- que hubo de ser pactado y firmado por fray Juan Pérez, el representante de Colón, y Juan de Coloma, el eficiente secretario aragonés, por parte de los reyes. Desconocemos quiénes intervinieron en la redacción de ese texto, tan favorable a Colón, que consagraba un monopolio entre el Almirante y los Reyes.

En cuanto a la posterior adscripción de las tierras descubiertas a la Corona de Castilla, bien pudo tratarse de un interés personal deD.ª Isabel, ansiosa de convertir infieles, pero no hay que olvidar que en los mismos días que Colón firmaba su capitulación, otros marinos firmaban las suyas para continuar la conquista de las islas Canarias que, entre otras cosas por razones de proximidad geográfica a los lugares de partida de las naves, era la lógica expansión oceánica castellana. Por otro lado, conviene recordar que la tradicional expansión de la Corona de Aragón se proyectaba en el Mediterráneo y ya bastantes problemas tenía D. Fernando con controlar los reinos de Nápoles y Sicilia.

Hasta las Cortes de Valladolid de 1518, cuando fue jurado Carlos I, no se produjo la plena incorporación de las Indias a la Corona de Castilla.





El recibimiento en Barcelona

El regreso triunfante de Colón tras su viaje de Descubrimiento y el posterior encuentro con los Reyes en Barcelona supuso el mejor momento de las relaciones del flamante Almirante con sus monarcas. Todos los cronistas cuentan maravillas. Oviedo incluso da el nombre cristiano que se dio a tres de los seis indios que Colón se trajo consigo: Fernando de Aragón, Juan de Castilla y Diego Colón. Según Gómara los reyes permitieron a D. Cristóbal estar de pie en su presencia «que fue gran favor y amor; ca es antigua costumbre de nuestra España estar siempre en pie los vasallos y criados delante del rey». Fue Hernando, como siempre, quien nos dejó una descripción más amplia y detallada de la visita. Según nos cuenta, en Portugal D. Juan II le mandó cubrirse y le hizo sentar en una silla y en Barcelona los Católicos incluso se levantaron para saludarle y le permitieron sentarse a su lado en el estrado; además, sigue diciendo Hernando, cuando Fernando cabalgaba por Barcelona, Colón le acompañaba siempre a su lado.

Mientras que Colón se ocupó de reseñar en su Diario que, tras su llegada a Portugal, visitó por separado a la reina portuguesa D.ªLeonor y a D. Juan II, para nada recordó una entrevista privada con D.ª Isabel y ninguna mención especial a la reina figura en los textos de nuestros cronistas. Tan solo un autor, el aragonés Zurita, nos sorprende al añadir una noticia sorprenderte: ya antes de que Colón llegara la ciudad Condal, antes de que se recibiera en la corte su carta anunciando el descubrimiento, la noticia era ya conocida por otra carta, remitida desde Galicia, por «alguien» que venía en uno de los barcos que se había separado del convoy, en clara alusión a Martín Alonso. Una vez más los cronistas catalanes dan una versión diferente a la ofrecida por los castellanos.

Sin embargo y, pese a estas descripciones que nos dejaron los cronistas, de ninguna manera hemos de pensar que Colón recibió en Barcelona un recibimiento apoteósico por la sencilla razón de que, de haber sido así, no hubieran dejado de señalarlo los dietarios y los libros de ceremonias barceloneses que callan la estancia de Colón en la ciudad Condal. El encuentro, sin duda emotivo y cordial, hubo de limitarse a un sencillo acto cortesano.

Años más tarde, en la única carta que conservamos de Colón dirigida a la Reina sin firma y sin fecha y que hemos de datar en los meses de agosto o septiembre de 1502, el Almirante recuerda insistentemente a D.ª Isabel aquella entrevista, «las llaves de mi voluntad yo se las di en Barcelona... yo me di en Barcelona a Vuestra Alteza sin desar de mi cosa».

Cuando redactaba D. Cristóbal esta carta, que quizá no llegó nunca a enviar, estaba pasando un mal momento: con su prestigio seriamente dañado aún no había recibido la autorización para realizar el que sería su último viaje al Nuevo Mundo. Deseaba el navegante ser recibido y por ello recurrió a los argumentos habituales: las Indias eran ricas y él era un buen y leal servidor pese a todas las infamias que contra él se habían levantado.

¿Por qué recordar Barcelona y no por ejemplo Santa Fe, tan cerca de la ciudad desde donde escribía y donde había firmado sus Capitulaciones para descubrir y donde en 1492 la reina había nombrado paje del príncipe D. Juan a su hijo Diego? Sin duda porque aquella entrevista fue la más exitosa que mantuvo con sus monarcas.





Colón informante de la Reina Católica

En Barcelona se iniciaron los preparativos del segundo viaje y desde Barcelona se organizó la propaganda que los monarcas necesitaban para conseguir el pleno dominio de las nuevas islas descubiertas.

En primer lugar había que anunciar a los cuatro vientos la buena nueva y así se procedió al ordenar imprimir la Carta que el Almirante les había dirigido anunciándoles su descubrimiento desde Lisboa el 14 de marzo de 1493. El interés de la corona hizo que la carta alcanzara una difusión desmesurada para entonces. Desde abril de 1493 a fines de siglo tuvo catorce ediciones: 2 en castellano, una en catalán, nueve en latín, tres en italiano y una en alemán. Aunque muy similares, el texto, salvo en las ediciones en castellano, se presenta a D. Fernando como el gran impulsor del descubrimiento sin mencionar para nada a la reina. Por lo demás no difieren: Colón fue el artífice único de aquel hecho. Un claro ejemplo de cómo dominaba la propaganda el Católico.

Había que conseguir, además, una bula papal que confirmara la legitimidad de esas islas descubiertas y es muy probable que D.Cristóbal fuera uno de los asesores de los monarcas. Y sin lugar a dudas, antes de partir para su segundo viaje, hubo de dejar algún informe -cuyo texto hoy desconocemos- que manejaron los científicos que se ocuparon de la redacción del Tratado de Tordesillasque en julio de 1494 demarcó el océano Atlántico entre España y Portugal. Así se desprende de la carta que en agosto de 1494 escribió el cosmógrafo catalán Jaume Ferrer de Blanes a los reyes exponiéndoles su parecer sobre el Tratado recién firmado en donde comentaba la consideración profesional que D. Cristóbal le merecía: «y si en esta mi determinación y parecer será visto algún yerro, siempre me referiré a la corrección de los que más de mi saben y comprenden, especialmente del Almirante de las Indias, el cual,tempore existente, en esta materia más que otro sabe; porque es gran teórico y mirablemente plático como sus memorables obras manifiestan».

Se ha discutido mucho acerca de los conocimientos náuticos de D. Cristóbal y no es este el lugar para contribuir a la polémica. Lo que es evidente es que Colón no era un «lego marinero» y que los reyes le consultaban sobre diversas materias no siempre relacionadas con las Indias. Así, por ejemplo, es significativa la carta que D.ª Isabel le dirigió desde Laredo el 18 de agosto de 1496 agradeciéndole los consejos que les había dado referente al viaje que había de hacer doña Juana a Flandes para desposarse con D. Felipe. La reina tomó muy en cuenta las advertencias del marino al que, al menos en esta ocasión, tildó cariñosamente de, «home sabio e que tiene mucha plática e experiencia en las cosas de la mar». A la consulta de otro viaje, el que traía a la infanta Margarita para casar con el príncipe D.Juan, se refiere Colón en una carta a los reyes escrita en Granada el 6 de febrero de 1502. D. Cristóbal, que estaba entonces preparando su cuarto viaje al Nuevo Mundo, les dirigió una misiva curiosa en la que advertía de los peligros de la mar. Como si se tratara de una premonición habla de huracanes y de vientos contrarios y, para darse postín, les recordaba cómo en el año de 1497 había atinado en la fecha de la llegada de la infanta a Laredo y, como tras sus doctas explicaciones, los monarcas cambiaron su itinerario previsto para dirigirse al puerto cántabro justo a tiempo para recibir a su futura nuera. Colón también acertó cuando, meses más tarde, aconsejó al gobernador Ovando que no partiese la flota del puerto de Santo Domingo pues se avecinaba un terrible huracán. Como sabemos, sus consejos no fueron oídos y gran parte de aquella armada naufragó frente a la costa. Se perdieron hombres, barcos, mercancías y los papeles que acusaban a D. Cristóbal del desgobierno de la colonia.

Colón era un hombre muy dado a dar consejos y en sus cartas a los Reyes no dejó de señalar cuanto se le pasaba por la cabeza. Y así le vemos constantemente dar su opinión en toda clase de asuntos tanto de los que correspondían a su cargo de Virrey, como de otros que excedían a sus competencias. Sin duda en muchas ocasiones sus advertencias fueron atendidas pero, también en otras muchas, sus cartas hubieron de ser tiradas a la papelera. Pese a que poseemos muchas cartas y cédulas reales a Colón, desconocemos muchas de las consultas que hubieron de hacerle desde la corte. Así nos consta por cartas de los Reyes que fue consultado cuando se estaban haciendo las negociaciones con Portugal y, ya firmado el Tratado de Tordesillas, los monarcas le urgen a que envíe desde las Indias sus comentarios sobre la raya, «por palabra y por pintura».

Es evidente que hasta bien entrado el año de 1494, cuando empezaron a llegar a la Península otras voces discordantes, fue Colón el principal informante de los Reyes acerca de las tierras descubiertas. A partir de 1495, si bien no se desoyeron del todo sus peticiones, sí se tuvieron en cuenta otras opiniones: el Almirante ya no era intocable. Sus conocimientos sirvieron, sin embargo, para otro tipo de consultas como las que hemos visto más arriba.





Los desacuerdos

Como no podía ser de otra forma, no siempre estuvieron de acuerdo los reyes con su Almirante que, en ocasiones, llegó a indignarles de tal manera que se vieron obligados a cesarle en sus atribuciones como Virrey y Gobernador en 1500. Hasta ese momento varios fueron los motivos que fueron colmando la paciencia de los monarcas. Veamos los más significativos.



1. Carencia de información

Tan pronto como Colón partió de Barcelona para Sevilla para preparar su segundo viaje comenzaron los disgustos. El Almirante no entregaba ni las cuentas ni el Diario ni los mapas que los monarcas le solicitaban constantemente. ¿Quería ocultar la información a otros posibles competidores?, ¿a qué se debía esa política de sigilo? Parece evidente que el Almirante quería guardar un secreto a voces, algo imposible de mantener dada la calidad de los marinos que le habían acompañado en su primer viaje. Tal vez, disgustado por la elección del arcediano Rodríguez de Fonseca como encargado de preparar junto con él mismo la segunda expedición, optó por hacerle el trabajo lo más difícil posible negándole todo tipo de información: sólo él sabía lo qué convenía llevar y el camino a seguir.

Mantuvo Colón esta actitud todo el tiempo que le fue posible y, todavía en agosto de 1494, recibía en la Isabela una carta de los reyes en la que le recordaban, una vez más, que debía de escribirles especificando cuántas islas había hallado, a cuántas había puesto nombre, cómo las denominaban los indios y las distancias entre ellas. Hasta bien entrado el año no especificó cuanto los reyes querían saber: «Todas estas islas que agora se han fallado enbío por pintura con las otras del año pasado... con él... verán V. A. la tierra de España y África y, enfrente d'ellas todas las islas halladas y descubiertas este viaje y el otro». No sabemos cuándo recibieron los reyes esta comunicación del Almirante que quizá no les llegara hasta 1495, un lapso de tiempo excesivamente largo. A partir de esta fecha los reyes no volvieron a reclamarle este tipo de noticias lo que nos permite asegurar que en este sentido la comunicación fue satisfactoria para la Corona.





2. El mal gobierno

Los verdaderos problemas de Colón con la Corona surgieron su mal gobierno en el Nuevo Mundo, tanto en su política esclavista como en su pésima relación con los colonos.



La política esclavista

Colón que no conseguía enviar grandes cantidades de oro ni de especias, pese a los tributos que había impuesto a los indios, optó por enviar indígenas a la Península para que fueran vendidos como esclavos. El Almirante, al menos, cumplía una de sus promesas. La venta de esclavos era un negocio permitido en Castilla y además en auge y a este tráfico se dedicaba, entre otros, su factor y amigo Juanoto Berardi. Nada hacía presagiar el problema que se avecinada cuando, a comienzos de 1495, envío Colón un primer cargamento de 300 indios a Sevilla. Tan pronto como los reyes conocieron la noticia ordenaron a Fonseca que los vendiese en Andalucía, pues era en aquella provincia donde pensaban que podrían tener mejor salida. Mas muy pronto comenzaron los escrúpulos a la real pareja pues apenas 4 días más tarde de esta carta, el 16 de abril, escribían de nuevo al arcediano pidiéndole que reservase el dinero de la venta de los esclavos hasta averiguar si el tráfico era lícito, pues antes de nada querían informarse de «teólogos y canonistas de buena conciencia».

Naturalmente esta orden chocaba con los intereses del Almirante cuyo factor pidió, el 1.º de junio, que se le entregase el tanto por ciento que le correspondía recibir. Los reyes, aún sin saber qué hacer, escribieron a Fonseca ordenándole que, en secreto, dijera a Berardi que el asunto estaba suspenso y que no procediese a la liquidación. Dado que los esclavos habían sido vendidos en su totalidad no convenía alertar a sus propietarios en tanto en cuanto no se hubiera tomado una determinación en firme.

El Almirante, que vio peligrar una parte del negocio, escribió entonces a los reyes una larga carta, fechada el 14 de octubre en la Vega de la Maguana de la isla Española. Tenía que asegurar a los reyes que aquellos indios podían y debían de ser vendidos como esclavos y para ello nada más contundente que asegurarles que los indígenas que había enviado a Castilla no eran cristianos, luego se podía proceder a su venta. Aclarada esta primera e importante premisa, el Almirante creyó conveniente hacer algunas aclaraciones, por si los reyes tenían alguna duda respecto al carácter y a las necesidades de los indios. En primer lugar lo compradores no debían de preocuparse por la diferencia climática: el frío no les iba a sentar mal pues también en su isla las heladas eran frecuentes. Así que podían ser vendidos en cualquier lugar de la Península. En cuanto al trabajo y a su manera de llevarlo a cabo, el Almirante consideraba que las mujeres no parecía que estuvieran bien dotadas para ser esclavas domésticas pero sí, en cambio, para las labores artesanales y en especial para tejer el algodón; en cambio los hombres estaban adornados de tantas habilidades que, incluso, se les podía dedicar a las letras. Y, por último, una advertencia: no convenía darles mucho de comer pues en su isla comían muy poco «y si se hartan, escribe Colón, se enfermarían».

Los reyes no sabían qué actitud tomar como demuestra que en 1498, tres años más tarde de aquel primer cargamento, Colón continuara defendiendo la trata en sus cartas a los monarcas. Acaba de regresar a las Indias, en su tercer viaje, y al pasar por las islas de Cabo Verde había vuelto a comprobar los pingües beneficios de los negreros portugueses. «Me dicen que se podrán vender cuatro mill que, a poco valer, valdrán veinte cuentos». A Colón le salían las cuentas redondas. Frente a los portugueses que por el más ruin pedían 8.000 mrs., ellos podrían venderlos a 5.000 mrs. puestos en la Península y, para abaratar costes, propuso que a los maestres y marineros de los cinco navíos con los que acaba de llegar al Nuevo Mundo se les permitiese regresar con esclavos valorados en 1.500mrs. De esa forma, los marineros se harían ricos y la Corona se ahorraría pagarles los salarios y el mantenimiento. Es verdad, seguía diciendo el Almirante, que algunos podrían morir en el camino, como pasaba en un principio con los negros y los canarios, mas «así no será siempre d'esta manera», pronto se encontraría la fórmula para organizar el transporte con eficacia.

Las Casas, que copió esta carta de Colón a los Reyes en su Historia, no dudó en glosarla aunque su texto no ofrece lugar a dudas:«Tenía determinado de cargar los navíos que viniesen de Castilla de esclavos y enviarlos a vender a las islas de Canarias y de los Azores y a las de Cabo Verde y adonde quiera que bien se vendiesen y sobre esta mercadería fundaba principalmente los aprovechamientos para suplir los dichos gastos y excusar a los reyes de costa, como en principal granjería».

Desconozco en qué momento se decidieron por fin los monarcas a prohibir el tráfico con los indígenas americanos considerados ya como sus vasallos. Quizá la espoleta que les decidió a actuar fue la decisión del Almirante, justo en los días en los que escribía la carta antes mencionada, de entregar a cada uno de los 300 colonos de la Española un indio como esclavo. El genovés se había excedido en sus atribuciones y la reina, al decir de Las Casas, se indignó profundamente, «¿Qué poder tiene mío el almirante para dar a nadie mis vasallos», parece que exclamó airada cuando supo la noticia.

El descontrol en la colonia era insoportable y los reyes tomaron las medidas oportunas. Se puso en marcha la destitución del Almirante con el nombramiento de Francisco de Bobadilla, nombrado nuevo gobernador con plenos poderes, y se dictaron una serie de cédulas tendentes a reorganizar el tráfico. Fue entonces cuando los reyes mandaron pregonar que todos los indios que había enviado el Almirante a Castilla fueran devueltos en los primeros navíos que tornasen al Nuevo Mundo. Los oficiales reales actuaron con prontitud. Ya en abril se entregaron a Bobadilla los primeros 25 esclavos que habría de llevar consigo cinco meses más tarde y nos cuenta fray Bartolomé que su padre hubo de devolver uno, que le había traído años atrás, al contino de los reyes Pedro de Torres encargado del secuestro y entrega de los indios a Bobadilla.

Nos dice Las Casas que la reina creía, por las informaciones erradas que les enviaba el Almirante, que los esclavos que éste les remitía eran de los tomados en buena guerra que sí podían ser vendidos como esclavos. Si a los capitanes que habían adquirido una capitulación para descubrir, se les permitía hacer esclavos bajo esa condición, ¿cómo no beneficiarse de esa cláusula cuando era el negocio más fructífero y rápido que se podía hacer en breve espacio de tiempo?, ¿qué información llegaba a la Península acerca de la trata? ¿Engañaban los capitanes -y también el Almirante- al declarar indios de guerra a todos cuantos tomaban por la fuerza?

A la reina le interesaba proteger a los indios vasallos, pero también quería que las Indias rentasen. En una situación complicada se eligieron dos vías. Por un lado, se dieron instrucciones a Ovando, nombrado gobernador en 1501, para que los indios de la Española ayudaran a los cristianos en las «labores y granjerías» pagándoseles un salario adecuado y, por otro, ya jurados príncipes herederos D.ªJuana y D. Felipe, no dudó D.ª Isabel en otorgar una carta acordada para que todos los capitanes que fueren a descubrir pudieran cautivar a los caníbales especialmente en las islas de San Bernardo, isla Fuerte, el puerto de Cartajena y las islas de Baru. Como se ve, las cédulas reales parecen contradictorias, aunque en sí no lo sean, y si a Cristóbal Guerra se le obligó en diciembre de 1501 a repatriar a los indígenas que había traído para vender a Castilla, a otros muchos se les autorizó esa venta. Así, puede resultar significativo el caso de un esclavo que trajo a la Península Rodrigo de Bastidas del que, por acuerdo de su capitulación, a él le pertenecían la tercera parte siendo la cuarta para la corona. Reclamó Bastidas el esclavo y los reyes aceptaron gustosos que el sevillano, previo pago, se quedara en entera posesión del infeliz.

En esto de los esclavos Colón no hacía más que seguir las pautas establecidas en su Capitulación en las que «el rescate» ya figuraba en aquel texto. El Almirante no trajo ni un solo esclavo en su primer viaje, los seis indígenas que le acompañaron y que fueron bautizados en Guadalupe no venían con esa condición. Cuando, tras su regreso al Nuevo Mundo, Colón tuvo noticia de la matanza de los cristianos que allí había dejado en el Fuerte de la Navidad, se encontró por primera vez con indios de guerra. Si ya antes había sugerido hacer esclavos a los indios de otras islas, que eran caníbales, ahora lo tenía más fácil, ya que los de la Española se le resistían. Se equivocó al no considerar a los indígenas de la Española como vasallos de los reyes y fue presa de su propio error, ya que él mismo en su carta anunciando el Descubrimiento había dicho a los reyes que allí, en aquella isla, tenían sus mejores y más leales vasallos.





La administración de las Indias

Desde muy pronto se supo en la metrópoli que Colón y sus hermanos eran malos gobernantes. Cada flota que regresaba de las Indias era portadora de un sin fin de cartas con quejas de los colonos. No cobraban su sueldo, pasaban hambre y toda clase de penalidades. Muchos hombres que querían regresar no recibían permiso del Almirante para embarcarse; otros, como el contador Bernal de Pisa, fueron enviados engrillados... y fray Buil, el mínimo que dirigió la primera misión evangelizadora en el Nuevo Mundo, no paró hasta que consiguió volver a Castilla.

El Almirante no imponía su autoridad. Hacía nombramientos irregulares, como hizo cuando dio a su hermano Bartolomé el título de Adelantado que los reyes reconfirmaron. No supo elegir a las personas idóneas para desempeñar los cargos de alcaldes y justicias. Tuvo que soportar una rebelión, la del alcalde Francisco Roldán, que duró más de dos años y terminó con un acuerdo beneficioso para el rebelde. Repartió tierras, indios y caballerías a sus hombres más cercanos olvidando a todos los demás. Para él mismo -y para su hijo Diego- mandó amojonar las mejores tierras de labranza. Impuso unos impuestos en especie a los indios que eran excesivos a todas luces. Poco hábil, impartió justicia sumarísima, al parecer muchas veces sin juicios previos, empleando incluso la pena máxima: varios cadáveres, «aún frescos», vio Bobadilla cuando llegó en septiembre de 1500 para destituirle y otros presos, que estaban en espera de ser ejecutados, se salvaron gracias a la intervención del nuevo gobernador.

Las buenas obras, que también las hizo, quedaban oscurecidas por su mala gestión y los reyes se vieron obligados a destituirle. Nunca más volvería a gobernar las Indias.









Los reyes siempre le fueron «constantes»

La destitución de Colón fue un acto lógico. La crisis en la colonia había alcanzado límites insospechados e insoportables que Bobadilla tampoco fue capaz de controlar y la prueba es que, apenas un año más tarde de su llegada, era nombrado frey Nicolás de Ovando como nuevo gobernador.

Nada más llegar a la Península el Almirante fue puesto en libertad y, una vez oído, se le renovaron la mayoría de sus privilegios: ya no sería Virrey de las Indias pero continuaría siendo el Almirante de la Mar Océano y se le seguirían manteniendo los derechos económicos.

La actitud de los reyes para con Colón fue siempre, incluso en los momentos más duros, de un trato exquisito. Siempre que pudieron estuvieron dispuestos a disculparle. Baste recordar que cuando, allá por 1493, empezaron los desavenencias entre Colón y Fonseca, los reyes no dudaron en escribir el arcediano rogándole que procurara no importunarle y que se aviniera con él. Procuraron tomar su partido en las diversas disputas que el Almirante tuvo con los oficiales encargados del avituallamiento de las flotas y, siempre que pudieron, reconvinieron a los que le ofendieron. Otra cosa es que algunos de ellos fueran más tarde elevados a puestos de confianza, como pasó con los hermanos Porras, que sin duda obtuvieron los cargos no por decisión real, sino por orden de los oficiales de la Casa. Todo cuanto Colón solicitó, ya fuera para él, sus hijos o sus criados fue tratado con delicadeza. Incluso cuando pretendió hacer alguna trampa, como cuando quiso enviar a las Indias mercaderías para vender a precios abusivos, los reyes escribieron a sus oficiales de la Casa de la Contratación pidiéndoles que aclarasen la situación, pero nunca con palabras de crítica para su Almirante. Atendieron los monarcas a los hermanos e hijos del Descubridor en todo cuanto pudieron. Diego y Hernando fueron sus pajes, sus continos y a D. Diego, el hermano del Almirante, cuya actuación en las Indias no había sido ejemplar, otorgaron carta de naturaleza en 1504. Cuando en 1502 Hernando acompañó a su padre en su cuarto viaje, el Almirante solicitó que se le siguiera manteniendo su ración en la Corte y así fue: el muchacho cobró los dos sueldos sin rechistar.

No conocemos ninguna carta de los reyes a Colón que no sea afectuosa y cordial e, incluso, parece que se disculpan del trato que recibió de Bobadilla cuando le escribían: «Y tened por cierto que vuestra prisión nos pesó mucho y bien que lo vistes vos y lo conosçieron todos claramente pues que luego que lo supimos lo mandamos remediar y sabeys el favor con que os avemos mandado tratar siempre y agora estamos mucho más en vos honrar y tratar muy bien y las merçedes que vos tenemos fechas vos serán guardadas enteramente».

Bobadilla había actuado con un rigor excesivo y, por ello, la mayoría de sus actuaciones con respecto a Colón y a su familia fueron revocadas más adelante. Ordenaron los reyes que, tanto a él como a sus hermanos, se les devolvieran los bienes que el comendador les había confiscado y sabemos que les fueron devueltos una vez que los oficiales comprobaron la exactitud de las reclamaciones de los Colón. Hubo, sin embargo, algunos cabos sueltos que fueron subsanados años más tarde. Así, por ejemplo, hasta 1511 no se le abonaron a D. Bartolomé Colón el valor de las 100 ovejas que había llevado en 1494 a las Indias y que le habían sido arrebatadas por Bobadilla que, a su vez, las había vendido.

El 23 de febrero de 1512 escribía D. Fernando una larga carta a D. Diego Colón en respuesta a otras de éste de los días 20, 21 y 22 de diciembre de 1511 que infortunadamente desconocemos y que debían de ser durísimas por el tono de las respuestas del monarca. En uno de los párrafos le recuerda D. Fernando a D. Diego:

«... porque vos sabéis muy bien que cuando la reina, que santa gloria aya, e yo lo enviamos [a Bobadilla] por gobernador a esa isla a causa del mal recaudo que vuestro padre se dio en ese cargo que vos agora teneis, estava toda alçada y perdida y sin ningund provecho y por esto fue necessario darle al comendador mayor el cargo absoluto para remediarla, porque no avía otro remedio ninguno ni avía vaso para que se pudiese dar ningún orden ni concierto desde acá para las causas susodichas; y también porque no tenía yo noticia ni información ninguna de las cosas de esa ysla para poderlas proveer. Ahora, que gracias a Nuestro Señor las cosas desas partes las entiendo... he de mandar proveer las cosas de allá como viere que convengan... y cuando mandé que se os diese la provisión conforme a la del comendador mayor, ya sabéis que entonces fuisteis como fue el comendador mayor y no por virtud de vuestros privilejios... Y pues agora estáis por nuestro visorrey e gobernador por virtud de vuestros privilejios, lo cual yo mandé, aunque avía hartos caminos para escusarlos sin haceros agravio, pero sed çierto que sirviendo vos bien... os haré merçedes y no he de dexar de proveer todo lo que convenga en serviçio de Dios, Nuestro Señor, e nuestro e al bien d'esa tierra».


D. Fernando, que no olvida por qué hubo de ser destituido D. Cristóbal, sigue otorgando favores a los Colón después de muerto el Almirante Viejo. Fue él y no otro quien mandó dictar la provisión y, más adelante, los nombramientos de visorrey y gobernador a D.Diego pese a que, como bien señala en la carta, podía haberse negado; e, incluso le promete mercedes si actúa correctamente.

Decía en una ocasión Tarsicio de Azcona que Isabel la Católica nunca dejó a ninguno de sus criados en la estacada y que siempre defendió a machamartillo a los hombres que ella había elegido. Desde luego en el caso de Colón, sus hermanos y sus hijos siempre «estuvo constante», pero también lo estuvo D. Fernando que, cuando ya habían transcurrido unos cuantos años después de la muerte de su mujer, nombró a D. Diego, que no parece que tuviera una disposición idónea para gobernar, Visorrey y Gobernador de las Indias.

Los reyes cuidaron a Cristóbal Colón, lo mimaron y le atendieron en todo cuanto estuvo a su alcance y, cuando las circunstancias les obligaron a destituirle, procuraron causarle los menos daños posibles. Por el aprecio y agradecimiento al marino -que sin lugar a dudas sentían los monarcas- los hijos y hermanos del Descubridor gozaron de múltiples privilegios que, de no haber sido por su filiación, nunca hubieran alcanzado.

 

0 comentarios:

Video homenaje a Manolo

"¡Cómo no creer!. Señor de los Milagros

 

José Antonio Benito Copyright © 2009 Gadget Blog is Designed by Ipietoon y adaptado por ANGEL SANTA MARIA R. Sponsored by Online Business Journal