lunes, 1 de octubre de 2012

EL SIERVO DE DIOS P. TOMÁS MORALES SJ FUE “PROFETA DEL VATICANO II”, según Mons. Mario Taglaiferri

Amigos: 

Me complace compartirles hoy, en el XVIII aniversario de su partida para el Cielo- la homilía de cuerpo presente del inolvidable Mons. Mario Tagliaferri, nuncio de SS en Perú, España y Francia. En vísperas de la inauguración del Año de la Fe y celebración de los 50 años del inicio del Concilio Vaticano II, cobran mayor trascendencia sus palabras  al calificarlo como "profeta del Concilio Vati­cano II en su visión sobre la promoción del laicado en la Iglesia y en el mundo".

JAB


 

HOMILIA DE MONS. MARIO TAGLIAFERRI, NUNCIO DE S. S. EN ESPAÑA, EN EL FUNERAL POR EL P. TOMAS MORALES,

(MA­DRID, 13 DE OCTUBRE DE 1994)

 

 

Sacerdotes concelebrantes, queridos Cru­zados, Cruzadas y miembros de los Ho­gares de Santa María, hermanos y hermanas.

Nos reunimos en torno al altar para celebrar la Santa Misa en sufragio por el eterno des­canso de nuestro querido y admirado P. Tomás Morales, de la Compañía de Jesús.

En nombre del Santo Padre os bendigo y os transmito un mensaje de esperanza que es fuente de alegría en medio del dolor, porque nos apoyamos en la potencia salvífica de Dios, en su amor y misericordia, fuente de certeza en el cumplimiento de sus promesas.

Saludo con fraternal afecto y gratitud a los PP. Jesuitas, a los sacerdotes ligados a las obras apostólicas promovidas por el P. Mora­les, a los seglares del Hogar del Empleado, de los Hogares de Santa María, a los Cruzados, Cruzadas y Militantes de Santa María... y a tan­tos sacerdotes, religiosas y fieles que han re­cibido su orientación espiritual y doctrinal. No podemos olvidar su labor de promoción voca­cional al sacerdocio y a la vida consagrada, es­pecialmente contemplativa, como el mejor fru­to de la paternidad sacerdotal del P. Morales. Igualmente su inquietud misionera abierta es­pecialmente a los países de América.

Al mismo tiempo que pedimos por el eterno descanso del P. Tomás Morales, damos gra­cias porque ha tratado de ser hijo fiel de San Ig­nacio de Loyola, instrumento de Dios para ha­cer el bien, sintiendo con la Iglesia, en obe­diencia incondicional al Magisterio del Papa, buscando la salvación de todos, especialmen­te dedicado a la juventud, a la que entrega su vida y actividad formativa de múltiples mane­ras, y de un modo muy particular, por medio de los Ejercicios Espirituales ignacianos y de la di­rección espiritual. Y todo, "para mayor gloria de Dios", al calor del corazón de Santa María, Madre de Dios, Madre de los hombres, Madre de la Juventud.

Conocéis bien la sólida preparación universitaria y la vasta cultura del P. Morales. Pare­cía especialmente preparado para una labor docente de grado superior. Pero la obediencia religiosa le marcó otros caminos que él aceptó como expresión de la voluntad de Dios.

Hemos de reconocer su influencia religiosa, sacerdotal y apostólica en momentos difíciles del catolicismo español. Intuye que España necesita seglares católi­cos "virtuosos, cultos, re­sueltos, intrépidos, verda­deros apóstoles". Por eso se acerca a los trabajado­res y empresarios, a los jó­venes universitarios, a los profesionales, a las fami­lias... e irá surgiendo el Hogar del Empleado, los Hogares de Santa María, la Cruzada y la Milicia de Santa María. Podemos afirmar que es como un profeta del Concilio Vati­cano II en su visión sobre la promoción del laicado en la Iglesia y en el mundo.

¡Cómo saboreaba la doctrina del capítulo IV so­bre los laicos, o el V sobre la vocación universal a la santidad, de la Lumen gentium, o el decreto Apostoticam actuositaten: "A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios. Viven en el mundo. Allí están llamados por Dios para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento. Por tanto, de manera singular, a ellos corresponde ilumi­nar y ordenar las realidades temporales a las que están estrechamente vinculados, de tal modo que, sin cesar, se realicen y progresen conforme a Cristo y sean para la gloria del Creador y Redentor" (LG 31 b).

El P. Morales tenía una especial personali­dad y, por lo tanto, objeto de posibles interpre­taciones que superaba con obediencia y con elegancia espiritual. Tenía figura de profeta cuando en su predicación denunciaba lo que él llamaba "ese Madrid pagano". Tenía una im­presionante austeridad consigo mismo que aparecía incluso en su figura que, como Santa Teresa decía de San Pedro de Alcántara, pa­recía hecha de raíces. Pero era sorprendente la afabilidad que tenía para los demás. Nadie puede dudar de la coherencia y del testimonio de su vida. Busca apasionadamente el conoci­miento, amor e imitación de Cristo. Lo transmi­te principalmente a través de incontables tan­das de ejercicios espirituales de San Ignacio. Es también un enamorado de la fuerza con­templativa de Santa Teresa de Jesús. Son los pilares de la espiritualidad que infunde como "alma de todo apostolado".

Su pensamiento está en sus obras. Su in­tuición —como ya se ha mencionado— de que había llegado la hora del seglar en Laicos en marcha. Sus criterios formativos están más bien en Forja de hombres. Es un libro que se abre con lo que él mismo llama una "Mística de exigencia". Está convencido de que a los jóve­nes si se les pide poco no dan nada, si se les pide mucho dan algo, y sólo dan mucho si se les pide la entrega total. Su principio de «hacer­ hacer" para multiplicar la eficacia apostólica. "Escuela de constancia", una especie de pro­grama para lo que suele llamarse la "quinta se­mana" de los Ejercicios Espirituales de San Ig­nacio, la perseverancia en lo que se ha visto a la luz de Dios. Finalmente, "Cultivo de la refle­xión", que es una exaltación de la importancia del examen de conciencia. No podemos olvi­dar tampoco sus largas horas de confesonario, dirección espiritual y su numerosa correspon­dencia epistolar.

Desde la oración y el recuerdo del P. Mora­les nos acercamos a la Palabra de Dios que nos transmite un mensaje de confianza: cami­nar con la mirada puesta en el Cielo, peregri­nos de la esperanza, apoyados en Cristo Jesús.

El Profeta Isaías (25, 6a. ) anuncia el ban­quete que preparará "el Señor de los ejércitos" para todos los pueblos. La profecía se cumple en Cristo. En Él todos somos llamados a la gra­cia y a la santidad como condición para alcan­zar la salvación y participar en el banquete del Reino. Dios se nos hará presente cara a cara a la luz de la gloria, sin llanto ni oprobio. Es la promesa de Dios: "Lo ha dicho el Señor. Aquel día se dirá: aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara...".

Señor Jesús, tú llamaste al P. Morales con el don del Bautismo, lo fortaleciste en la Con­firmación, lo purificaste en la Penitencia, lo ali­mentaste con tu cuerpo y sangre en la Eucaris­tía, lo hiciste tuyo en la Compañía de Jesús, lo quisiste sacerdote eterno, apóstol infatigable, lo ungiste con la unción de los enfermos. Ad­mítelo a tu presencia para siempre, realizando en plenitud el ideal de su vida: Ad maiorem Dei gloriam.

Comprendemos el gozo que experimenta San Pablo cuando siente "inminente" el mo­mento de su partida (II Tim 4,6-8): "He comba­tido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la coro­na merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. A Él la gloria por los siglos de los siglos!"

Señor Jesús, nuestra oración por el eterno descanso del P. Morales también quiere ser alabanza y acción de gracias "por los siglos de los siglos". Lo hemos visto combatir por la de­fensa de la fe, en la vanguardia de la Iglesia, formando un ejército de hombres y mujeres que se alistarán —como pide S. Ignacio— bajo la bandera del Rey Eterno para hacer fermentar la masa del mundo y darles el sabor de Cristo.

Señor Jesús, desde esta oración y recuer­do, te pedimos por nosotros mismos. Ayuda a estos hombres y mujeres. A estos jóvenes in­fúndeles tu Espíritu para que sigan anuncian­do íntegro el mensaje desde dentro del mundo, como testigos valientes, en la fábrica, en la ofi­cina, en la Universidad, en los colegios, en el noviazgo, en la familia, en el campo, en la ciu­dad, en España, en Europa, en América, fieles a la llamada de la Iglesia. Lí­bralos de todo mal. ¡Cristo y la Iglesia os necesitan! Y cuando Cristo se siga fijan­do en vosotros y os llame al sacerdocio, a la vida con­sagrada, continuad dicien­do: Sí, Cristo, cuenta con­migo. Se trata de una acti­tud que es herencia precio­sa del P. Morales.

¡No tengáis miedo! Cristo sale a nuestro en­cuentro. Es el apoyo de nuestra esperanza. Por ello: nos gozamos en re­cordar la oración sacerdo­tal de Jesús (Jn 17,24-26): "Elevando los ojos al cielo, Jesús oró diciendo: `Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen mi gloria'".

Estas palabras, llenas de la promesa de la gloria, bastan por sí mismas para consolar a quienes experimentáis la dolorosa separación de la muerte del P. Morales. Son palabras de fe, de esperanza y de infinita caridad, dichas por quien ha vencido el pecado y la muerte, Je­sucristo, el Señor resucitado. Palabras de fe que nos recuerdan nuestra pertenencia a Cris­to. Somos de Cristo. Por el Bautismo hemos sido hechos miembros de su Cuerpo. Somos su propiedad. "Los que tú me has dado", dice Jesús al Padre. El P. Morales es de Cristo. Suyo por el bautismo; suyo por la ordenación sacerdotal; suyo porque le entregó la vida en­tera —y también su muerte— en el servicio al evangelio.

Son palabras de esperanza, porque nos re­cuerdan que, al morir, partimos para estar con Cristo, como decía San Pablo. "Quiero que donde yo esté, estén también conmigo". La muerte —hermanos— nos abre definitivamente las puertas de ese lugar donde Cristo está: la morada que Él mismo nos prepara. Por eso, ante la muerte, el cristiano no llora ni se aflige como los que no tienen esperanza. Nuestra es­peranza es Cristo, y Cristo en la Gloria. Y son, finalmente, palabras de caridad, de infinita ca­ridad, porque revelan que el Padre nos ha amado como ha amado a Cristo (cf. Jn 17,23), cuando ha querido hacernos partícipes de la Gloria de Cristo, que contemplaremos por toda la eternidad.

Que tu palabra, Señor, siga triunfando en nosotros: estos jóvenes, estos seglares; estos sacerdotes, somos tuyos porque el Padre nos ha puesto en tus manos. Danos tu amor, la fuerza de tu Espíritu, para que seamos santos y podamos estar contigo contemplando tu glo­ria. ¡Sed santos! ¡Sed santas! Que nada ni na­die os separe del amor de Dios Padre, mani­festado en Cristo por obra del Espíritu Santo.

¡Santa María! Te entregamos la vida, la muerte y la eternidad del P. Tomás Morales. ¡Cómo amaba a la Virgen! Sabía muy bien que ser totalmente de María es la mejor manera de ser totalmente de Cristo y de su Iglesia, de ser apóstol intrépido en todos los ambientes. El Rosario en el corazón, en los labios y en las manos, era su mejor arma. La Inmaculada Concepción el mejor modelo y fuente de pure­za en la juventud. Por eso, ¿recordáis cómo propagó por el mundo las Vigilias de la Inma­culada, cómo luchó por defender su fiesta?

Permitidme concluir con palabras del P. Morales que tienen sabor de testamento: "Per­maneceréis firmes en el Señor si, obedecien­do a Cristo vuestro Señor, tomáis a María como Madre. A Ella debéis invocarla con más amor y confianza conforme la noche va pasan­do y el día se acerca. Mirándola, seréis valio­sos pregoneros de las cosas que esperamos, si asociáis, sin desmayo, la profesión de la fe con la vida de fe" (Hora de los Laicos, 587).

Quisiera terminar con unas preguntas, ante el recuerdo reciente del "nacimiento para el cielo" de vuestro Padre en Cristo: ¿Cómo po­déis vivir vuestro carisma aquí y ahora? ¿Cómo vivir "el momento presente" de la Cru­zada-Milicia? Muy sencillo: en la obediencia amorosa a quien S. Ignacio llamaba "nuestra santa Madre Iglesia jerárquica", que tiene el carisma de gobernar y discernir los demás ca­rismas. El P. Morales, que nos ha dejado visi­blemente, seguirá siendo siempre para voso­tros un punto fundamental de referencia. Y la Santa Madre Iglesia jerárquica continuará siendo, en la sucesión de los Apóstoles, madre y maestra, guardiana de vuestro carisma y vuestra espiritualidad, y propul­sora de vuestra vida de santidad en pleno mundo.

Mis queridos hermanos y her­manas, abiertos a la esperanza teologal, oremos por el eterno descanso del P. Tomás Morales y, como el mejor homenaje a su memoria, renovemos nuestro compromiso de santidad, funda­mento de la Nueva Evangelización sentimos urgidos.

 

Fuente: Revista Estar, Diciembre 1994, nº 121.

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