viernes, 26 de julio de 2013

Raimondi, el sabio que tanto amó al Perú

Raimondi, el sabio que tanto amó al Perú
Por: Wilfredo Pérez Ruiz (*)
El naturalista, geógrafo, escritor y botánico Antonio Raimondi (Milán, 1824 – San Pedro de Lloc, 1890) -una celebridad fascinada en averiguar, recorrer y difundir nuestro bagaje natural- se enamoró de esta tierra milenaria caracterizada por sus contrates, analogías, ancestros, abundancias, inspiraciones y, además, poseedora de un futuro promisor.
Durante los siglos XVIII y XIX expertos de variadas disciplinas nos visitaron atraídos por la amplitud de posibilidades para la investigación brindadas por nuestra nación. Acogemos, que duda cabe, una inmensurable 'cantera' de recursos naturales y un imponente patrimonio histórico que ha despertado el asombro de prominentes sabios involucrados en el estudio de la peruanidad. Seguidamente solo tres ejemplos: El profesor y botánico alemán Augusto Weberbauerel, el escritor y geógrafo inglés Clements Markham, el médico y antropólogo alemán Ernst W. Middendorf.
Raimondi arribó al puerto de El Callao el 28 de julio de 1850, huyendo de los horrores de la guerra por la independencia y la unidad de Italia, para comprometerse en una misión que se impuso: escrutar y transitar por el territorio hasta los últimos instantes de su vida. Corresponde divulgar su singular empeño a las nuevas generaciones de compatriotas, desconocedoras de nuestra historia, con la finalidad de gestar un sentimiento de pertenencia e identidad.
Según precisa Teresa María Llona, en su interesante libro "Raimondi y Llona",  motivó su llegada al Perú ver en el invernadero de Milán la mutilación de un "Cactus peruvianus" que amenazaba romper la estrechez de la techumbre y de sus paredes transparentes. Influyó en su decisión imaginar que nuestra república ofrecía amplias perspectivas por abarcar, su extensa geografía y proverbial opulencia, todos los climas y haber sido poco examinado.
Fue acogido por el médico Cayetano Heredia quien le encomendó la codificación de las colecciones de geología y mineralogía del Gabinete de Química e Historia Natural del Colegio de la Independencia -posteriormente convertido en la Escuela de Medicina del Perú- y lo nombró titular de la cátedra de Historia Natural de ese centro educativo. También, fundó la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (1856). Sin intimar bien con la metrópoli, gustaba incursionar por sus alrededores en busca de plantas desconocidas para clasificar.
Por aquellos años, realizó una eficaz labor en la Gran Exposición Mundial de París. Preparó –sin interés económico alguno- una exitosa muestra de los minerales del Perú. Esta exhibición suscitó el asombro de las naciones europeas. Tiempo después confeccionó una nueva presentación mineralógica bastante amplia que acompañó con un volumen analítico y descriptivo que reflejaba una parte de su impresionante tarea cumplida en la recolección e indagación de las más heterogéneas riquezas minerales.
Inició sus primeras andanzas contando sólo con su propio peculio. Recién en 1858 recibió una asignación de 2,000 pesos anuales por iniciativa del Congreso de la República. Esta suma se elevó –dos años más tarde- a 3,000 pesos por considerarse necesario ayudarlo en sus gastos. De esta manera, emprendió un viaje de extenso periplo que comprendió millares de kilómetros -avanzando por regiones inhóspitas-debiendo bordear abismos y cruzar ríos tormentosos sin contar con los puentes más primitivos para hacerlo. Dos años y medio duró ese peregrinaje inverosímil y apenas reposó en Lima seis meses antes de emprender otro hacia la parte central del territorio.
Llegó por primera vez a la cordillera de los Andes, ingresando hasta Vitoc y Chanchamayo, para retornar por la misma ruta un año después; internándose hasta Tingo María, dejando atrás la costa y la sierra. Documentó los yacimientos de carbón mineral del literal piurano, analizó el guano de las islas Chincha, verificó las reservas salitreras de Tarapacá, recorrió las remotas provincias auríferas de Carabaya y Sandia, navegó el Marañón, Ucayali y Amazonas, entre los ríos orientales más representativos.
La autora de "Raimondi y Llona" precisa: "Fue ese amor al Perú el que lo obligó siempre a partir de nuevo, sin descansar en Lima sino períodos breves entre uno y otro viaje, no obstante gustarle la vida limeña y tener aquí amigos entrañables, italianos unos como ese Arrigoni que llegara con él al Callao un 28 de julio de 1850 y que estaba destinado a cerrarle los ojos, muchos años más tarde en el sencillo pueblo norteño de San Pedro de Lloc, así como muchos otros amigos peruanos que lo apreciaban de corazón y reconociendo los altos quilates de su valía, lo rodeaban siempre. Amaba asimismo la labor docente, técnica y de investigación que desarrollaba en la capital, pero como la aguda imantada se vuelve siempre hacia el norte, él se volvió siempre hacia los horizontes de ese Perú desconocido que parecía atraerlo con el ímpetu de una primera pasión juvenil".
Marchó hacia su fin orientado por el anhelo de mostrar la conclusión del esfuerzo de su existencia. Luego de superar incontables adversidades apareció el primer tomo de su obra "El Perú" (1874) -dedicada a la juventud- en donde escribió: "…Confiado en mi entusiasmo he emprendió un arduo trabajo superior a mis fuerzas. Pido pues vuestro concurso. Ayudadme, dad tregua a la política y consagraos a hacer conocer vuestro país y los inmensos recursos que tiene".
Este monumental texto incluye descubrimientos, asientos mineros, haciendas de la costa y sierra, fundación de pueblos y ciudades, entre otras nutridas revelaciones. Es un versado recuento de nuestro admirable -y por aquel entonces poco conocido- acervo ambiental, cultural y social. Se trata de una publicación, elaborada con rigor científico, de obligada consulta a fin de apreciar un pormenorizado inventario de nuestra naturaleza, entre otros temas.
Logró avanzar en la edición de sus trabajos; sin embargo, quedó sin redactar ni editar bajo su dirección muchos de ellos. Dejó numerosos libretas (algunas desaparecieron) con la recopilación de sus anotaciones sobre el paisaje visto a su paso. Plantas, animales, insectos y minerales fueron colectadas; mientras medidas barométricas, observaciones meteorológicas, planos y croquis precisos complementaban la información de las distintas regiones por las que anduvo.
Existe un episodio poco percibido de Raimondi durante la ocupación chilena de Lima, luego de la guerra con Chile: El gesto enaltecedor de salvaguardar en su casa las invalorables colecciones cedidas por él al estado peruano con el propósito de protegerlas de los saqueos perpetrados por el ejército invasor, amparándolas en la bandera italiana. No obstante, los chilenos le ofrecieron comprarlas a un alto precio. Al hacerlo demostraron desconocer la nobleza de este científico, quien tampoco accedió visitar el país del sur en óptimas condiciones para cumplir trabajos de exploración técnica. Este acto de fidelidad nos recuerda la grandeza del honor, la dignidad y la lealtad en estos tiempos de valores quebrantados en los que, con especial énfasis, es conveniente hacer memoria de los principios que distinguen a los hombres de bien.
Aceptó el sacrificio de permanecer en nuestra nación a pesar de la muy difícil situación económica que afectó el financiamiento de sus descubrimientos, lo que hizo peligrar la culminación de sus memorias. La etapa de la post guerra fue dura, azarosa y triste para él. Así dejó constancia: "Me encuentro continuamente atormentado por la desconsoladora idea de haber empleado inútilmente 19 años de mi vida en viajes penosos por todo el territorio de la república, sin ver el fruto de tantas privaciones sufridas".
De actitud serena y poco apego a la ostentación pública. Fue el principal referente científico serio e indiscutible en nuestro país durante la segunda mitad de siglo XIX. Su entrega representa uno de los capítulos más hermosos en la historia universal de las ciencias naturales y que, por cierto, debiéramos procurar recoger e imitar. La divulgación de su hazaña se renueva entre quienes encuentran inspiración para conocer, comprender y fortalecer su filiación con el Perú.
Me interesé por Antonio Raimondi influenciado por mi recordado amigo Augusto Dammert León, quien me prestó –hace casi 25 años- un ejemplar de la colección "El Perú". Su lectura me facilitó ampliar mi juvenil e imprecisa visión de una patria que amerita tantos asombros y revelaciones. Con viva emoción dediqué mi primer libro "Conservación de la naturaleza ética e intereses" (1990) a este excepcional personaje a lo largo de cuya existencia exhibió impecables credenciales éticas que debe retomar una sociedad lesionada por la miseria moral. Tengamos como aliciente y estímulo su profético mensaje: "En el libro del destino del Perú, está escrito un porvenir grandioso".
(*) Docente, conservacionista, consultor en temas ambientales, miembro del Instituto Vida y ex presidente del Patronato del Parque de Las Leyendas – Felipe Benavides Barreda. http://wperezruiz.blogspot.com/








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