domingo, 2 de marzo de 2014

EMERGENCIA EDUCATIVA Y NUEVA EVANGELIZACIÓN EN EL MUNDO POSTMODERNO por Mons. José Luis del Palacio


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Ponencia magistral de Mons.  José Luis del Palacio, Obispo del Callao en la inauguración del Congreso Pastoral Educativo

“Una nueva educación para un nueva evangelización”.

(Del 17 al 21 de febrero de 2014)

EMERGENCIA EDUCATIVA Y NUEVA EVANGELIZACIÓN

EN EL MUNDO POSTMODERNO

Atravesamos un cambio epocal y esto conlleva una crisis profunda que se proyecta en todos los ámbitos de la vida. No se trata simplemente de una crisis económica y financiera, sino también de una crisis cultural, ética y política, una verdadera crisis global.

Dice el Papa Benedicto XVI: “Cuando en una sociedad y en una cultura marcadas por un relativismo invasor y a menudo agresivo parecen faltar las certezas fundamentales, los valores y las esperanzas que dan sentido a la vida, se difunde fácilmente, tanto entre los padres como entre los maestros, la tentación a renunciar a su tarea y, antes incluso, el riesgo de no comprender  ya cuál es su papel  y misión. Así, los niños, los adolescentes y los jóvenes, aún rodeados de muchas atenciones y protegidos quizá excesivamente contra las pruebas y las dificultades de la vida, al final se sienten abandonados entre los grandes interrogantes que surgen inevitablemente en su interior”[1].

Por eso se habla de una gran emergencia educativa, de la creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento, dificultad que existe tanto en la escuela como en la familia y se puede decir que en todos los demás organismos que tienen finalidades educativas, la falta de transmisión de certezas y valores. Educar jamás ha sido  fácil y hoy parece cada vez más difícil. Padres, profesores y cuantos tienen responsabilidades educativas directas saben muy bien que es “cada vez más difícil proponer de manera convincente a las nuevas generaciones certezas sólidas y criterios sobre  los que construir su vida”.

En una sociedad en que prevalecen la insatisfacción y el vacío existencial, que pierde el sentido del creer, amar y esperar, que ha consumado los vínculos más sagrados y más dignos en la que las personas se han instalado en la fragilidad, la precariedad de relaciones, la desconfianza, “¿Cómo proponer a los jóvenes y transmitir de generación en generación algo válido y cierto, reglas de vida, un auténtico sentido, objetivos convincentes para existencia humana?”. Hay que reconocer lealmente que la “crisis de la verdad” enraizada en una profunda “crisis de fe” hace inevitable la crisis de la educación.

Decía Benedicto XVI: “Me parece necesario ir a las raíces profundas de esta emergencia para encontrar también las respuestas adecuadas a este desafío”. Y señala en primer lugar: “Una raíz esencial consiste a mi parecer, en un falso concepto de autonomía del hombre”.[2]

El Papa ha denunciado también firmemente el nuevo paganismo que llega precisamente como consecuencia del relativismo, un “Relativismo invasor  y a menudo agresivo”.[3]

“Se va constituyendo una dictadura del relativismo, que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sobre el propio yo y sus  antojos”, dijo en el discurso de la apertura del cónclave que le elegiría como Papa.[4]

Hay cuatro grandes pilares de la educación: aprender y conocer a pensar, aprender a hacer, aprender a vivir juntos, aprender a ser.[5] El edificio de la educación, que tiene como fundamento la persona, es sostenido por estos cuatro pilares: conocer y pensar, hacer, convivir y ser.

En un mundo marcado por el individualismo, la violencia, los fundamentalistas y la intolerancia, la educación tiene también como misión: aprender a vivir juntos; y aprenderlo con claridad. El “humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano”  (CV 78).

Enseñar a los jóvenes a tomar decisiones libres y responsables. Dice Benedicto XVI: “La relación educativa es, ante todo, encuentro de dos libertades y la educación bien lograda es una formación para el  uso correcto de la libertad.  A Medida que el niño crece se convierte en adolescente y después en joven; por tanto, debemos aceptar el riesgo de la libertad estando siempre atentos a ayudarle a corregir ideas y decisiones”[6].

Un paso importante es abatir con decisión las barreras del individualismo, del encerrarse en sí mismos, de la esclavitud de la ganancia a toda costa; y esto, no sólo en la dinámica de las relaciones humanas, sino también en la dinámica económica y financiera global. Pienso que es necesario, hoy más que nunca, educarnos en la solidaridad, redescubrir el valor y el significado de esta palabra tan incómoda, y muy frecuentemente dejada de lado, y hacer que se convierta en actitud de fondo en las decisiones en el plano político, económico y financiero, en las relaciones entre las personas, entre los pueblos y entre las naciones. Sólo cuando se es solidario de una manera concreta, superando visiones egoístas e intereses de parte, también se podrá lograr finalmente el objetivo de eliminar las formas de indigencia determinadas por la carencia de alimentos[7]

Por tanto, educar en la solidaridad significa educar en la humanidad.

¿Qué es el hombre? La educación es formar a la persona, ese es su fin esencial. Por ello, a las raíces de la emergencia educativa sólo es posible desde la antropología. Es decir, educar a la persona es hacer posible el desarrollo pleno e integral de la personalidad, enseñar y aprender a ser hombre cabal.

¿Qué es educar, formar? E. Stein responde a tal pregunta con suma claridad: Formar es dar forma a un material para que alcance una hechura según una imagen. Volveremos sobre la hechura en San Pablo.

La persona humana es una unidad articulada de tres dimensiones: somática, psíquica y espiritual. El fruto de la integración de todos los dinamismos de la persona es la tarea propia del auténtico educador.

La palabra educación procede de dos verbos latinos: educare que significa criar, nutrir, amamantar, etc., es decir, incrementar desde afuera y educere que significa sacar, extraer, dar a luz, etc., es decir, descubrir algo que ya está  “pero todavía no” se ha mostrado. Estas dos caras de la educación que nos proporciona su etimología son las que han permitido referirse a la acción educativa, metafóricamente como una actividad simultánea de alfarero, que trabaja la arcilla, y de jardinero, que cuida, protege, vigila la planta para que ella brille con todo su esplendor, llegado su momento; la actitud del jardinero es más contemplativa

El auténtico educador es Dios. Sólo Él conoce a todo hombre hasta su más profundo interior, sólo Él tiene a la vista con toda nitidez el fin de cada uno y sabe qué medios le conducirán a ese fin. Los educadores humanos no son más que instrumentos en las manos de Dios.

Por esto, “sin Dios el hombre no sabe dónde ir ni tampoco lograr entender quién es” (CV 78); y de manera más directa: “El hombre es incapaz de comprenderse plenamente a sí mismo y al mundo sin Jesucristo: sólo Él ilumina su verdadera dignidad, su vocación, su destino último y abre su corazón a una esperanza sólida y duradera”[8]

Cristo revela el ser y el obrar del hombre. Quien quiera comprenderse hasta el fondo a sí mismo, tiene que acercarse a Cristo (cf. RH 10); y quien quiera encontrar la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo, es necesario que se dirija a Él (cf. VS 8). Porque Cristo, nuevo Adán, “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (GS 22). Mostrar “la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos en la caridad para la vida del mundo” (OT 16), expresa no sólo el sentido más genuino de la ética cristiana, esto es el fin más noble de la educación.

Entonces, ¿Cómo has que educar?

Dice S. Pablo a los Efesios- hechura suya somos. Consideremos algunos sinónimos de la palabra hechura, palabra de uso habitual en el argot de sastres y modistas: composición, formación, configuración, disposición, figura, perfil, producto, fruto, resultado, creación, etc. La antropología cristiana para describir el meollo del ser humano, la trama fundamental de su hechura, su peculiaridad, no puede prescindir de la imagen bíblica que nos ofrece el Génesis: “Y creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó, hombre y mujer los creó”.

Con la ayuda del educador alcanzando por Cristo (Flp 3,12) y conocedor por tanto del lenguaje divino, el educando recorrerá su iter educativo de la mano de una persona (su maestro). La pedagogía cristiana tiene su fundamento último en el Maestro por excelencia, Aquel “en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2,3). De Él aprenden los maestros cristianos a discernir y estimular la “propensión interna “de su educando- al igual que un día otros maestros hicieron con ellos. Es por ello que el primer lugar en el proceso educativo cristiano no corresponde al educador, ni siquiera a su discípulo o alumno, sino al Maestro (quien, a su vez, entró en este mundo como un hijo, es decir, como un educando o alguien que es conducido por otro). La educación cristiana es cosa de tres.

Una cultura sin religión es un cuerpo sin alma, una religión sin cultura es un alma sin cuerpo[9]. No olvidemos que la palabra cultura viene del culto[10], vive del culto y se cultiva (del latín colore, cultivar, fomentar). La cultura implica todo lo que hace el hombre para realizarse plenamente como persona, puesto que al hombre la vida le viene dada, pero no hecha. En el cristianismo la cultura se ha hecho Palabra encarnada en Jesucristo.

Los educadores cristianos somos testigos en el tiempo de la posmodernidad, insertos en una transición que alguien bien podría calificar como “cultura del naufragio”. Esta lectura sin embargo, no debe encerrarnos en el pesimismo sino por el contrario nos propone un reto, un desafío y una vocación.

Hemos pasado de las cuatro instancias formativas tradicionales de carácter personal: la familia, la escuela, la lectura y la iglesia, a otras de carácter anónimo: la televisión, la calle, la música, la noche y el internet. Éstas se caracterizan por la informalidad, la oscuridad y el anonimato. ¿Cómo forjar hombres y mujeres en libertad, pero fuertes, con capacidad de existencia propia, abiertos al mundo y conscientes de  que la vida es misión?  Hay que preguntarse: ¿Es el hombre el que ha abandonado a la Iglesia o es la Iglesia la que ha abandonado al hombre? Ambas cosas a la vez.

Encontrar un buen maestro en la vida es una gran fortuna.  Confiar en un falso maestro es la peor desgracia.

Cuando el alumno es un número que recibe enseñanza, y el profesor otro número que la ofrece, todos quedamos reducidos al anonimato y la despersonalización.  La soledad resultante es la fuente de muchas violencias.

Si no se sabe qué es ser hombre verdadero, difícilmente se puede preparar para llegar a serlo. Preparar un ingeniero es fácil, hacer un ciudadano es difícil, forjar en cambio es tarea  poco menos que imposible, porque primero qué es objetivamente el hombre, para qué es el hombre, qué quiere y necesita, cómo debe responder para estar a la altura de su humanidad. Educar nunca ha sido fácil. Es formar a las nuevas generaciones para que sepan entrar en relación con el mundo proponiendo valores sólidos a partir de los cuales crecer hacia metas altas pero alcanzables para poder festejar.

La Iglesia propone la escuela católica como un nuevo ámbito de nueva evangelización, en comunión con los padres, evangelizando, que es humanizar, es ayudar a aprender el arte de vivir, de ser hombre, de convivir con los demás. Y para esto hay que presentar la verdad del hombre: Jesucristo. Una buena escuela educa integralmente a la persona en su totalidad, y una buena escuela católica, además de este aspecto, debería ayudar a todos sus alumnos a ser santos. Sólo quien se da a sí mismo crea futuro; quién sólo quiere enseñar, quién sólo desea cambiar interiormente a los otros, permanece estéril.

Nuestra época se ha empeñado en denigrar el criterio de autoridad, ha infundido en nuestros jóvenes la creencia absurda de que pueden erigirse en "maestros de sí mismos" y convertir en código de conducta sus impresiones más contingentes. Así el joven de nuestro tiempo queda abandonado a su suerte, zambullido en la incertidumbre y la dispersión. La misión educativa es infundir en el joven una verdadera libertad de juicio y de elección. Pero juzgar y elegir se convierten en tareas imposibles cuando falta un criterio unificador, que actúe a modo de levadura comprensiva de la realidad (tener discernimiento). Cuando esta autoridad falta, se condena al joven a dejarse arrastrar por la corriente precipitada de las modas, por la fascinación de la banalidad y la inercia. La destrucción de la auctoritas como cimiento del sistema educativo ha convertido las aulas en reductos donde triunfa la desidia flácida, la indisciplina petulante, la mediocridad que se pavonea, la ramplonería y la risueña estulticia.

En este cambio epocal, en el que es fuerte la fascinación de concepciones relativistas y nihilistas de la vida y en el que se pone en tela de juicio la legitimidad misma de la educación, la primera contribución que podemos dar es la de testimoniar nuestra confianza en la vida y en el hombre, en su razón y en su capacidad de amar en Jesucristo para vivir la auténtica fiesta.

La obra formativa se extiende también a la edad adulta, que no queda fuera de una verdadera responsabilidad de educación permanente. Nadie queda excluido de la tarea de ocuparse del crecimiento propio y del ajeno hasta "la medida de la plenitud de Cristo" (Ef 4,13). La dificultad de formar cristianos auténticos se mezcla, hasta confundirse, con la dificultad de hacer que crezcan hombres y mujeres responsables y maduros, en los que la conciencia de la verdad y del bien, y la adhesión libre a ellos, estén en el centro del proyecto educativo, capaz de dar forma a un itinerario de crecimiento global debidamente preparado y acompañado. Por esto, junto con un adecuado proyecto que indique la finalidad de la educación a la luz del modelo acabado que se quiere seguir, hacen falta educadores autorizados a los que las nuevas generaciones puedan mirar con confianza.

San Pablo dice, sed imitadores míos (1 Cor 11,1), son palabras valientes, pero un verdadero educador pone en juego en primer lugar su persona y sabe unir autoridad y ejemplaridad en la tarea de educar a los que me han sido encomendados. Y también san Pedro invita a apacentar la grey de Dios "siendo modelos de la grey" (1 Pe 5,3). En la auténtica educación festiva es importante la autoridad y la identidad del ser. Se educa más por lo que se es que por lo que se dice.Esto remite al refrán castellano: "El ejemplo es el mejor predicador". Y esto se observa con enorme claridad en la tarea de los padres hacia los hijos. Los primeros no pueden pretender que sus hijos vivan cosas que ellos no practican.

Hoy, más que nunca, el camino es la santidad: ser testigos veraces de lo que se cree y se ama y vivirlo en fraternidad. Educar es dar la vida.

La pedagogía y la fe han confiado siempre más en los ejemplos vivos de hombres vivos que en los escritos. “Las palabras enseñan, los ejemplos arrastran”.

Hace poco he leído la vida y obras de A. Schweitzer (1875-1965), uno de los exponentes máximos de la humanidad en el siglo XX y premio Nobel de la paz en el año 1953. Era doctor en teología, filosofía y medicina, autor de obras clásicas en historia de la exégesis, uno de los mejores intérpretes de Bach, que, poniendo distancia a Europa y a la teología, se marchó a África Central (Lambarene, Gabón) para construir un hospital y realizar el evangelio de la misericordia. Él vio en Goethe, Kant y Bach los grandes modelos para su realización personal, y en san Pablo el servidor de la verdad a todo precio, de acuerdo con el lema: "No podemos nada contra la verdad, sino solamente por la Verdad" (2 Cor 13,8) . Necesitamos identificación modélica. ¿Por qué tienen imitadores los santos y por qué los grandes hombres de bien han arrastrado tras ellos a las multitudes? No piden nada, y sin embargo obtienen. No tienen necesidad de exhortar, les basta existir. Su existencia es una exhortación. Porque tal es el carácter de esta moral. Mientras que la obligación natural es presión o compulsión, en la moral completa y perfecta hay llamamiento. Sabemos lo que es humanidad admirando hombres ejemplares, lo que es cristianismo conociendo a los santos y nos animamos a ser cristianos admirando sus acciones. No olvidemos que los santos son los grandes bienhechores y educadores de la humanidad.

Hoy existe un nuevo educador: la imagen, la televisión, el internet, con una influencia que suele ser dañina, ya que fabrica jóvenes pasivos, incapaces de criticar lo que ven y que se entregan en brazos de la imagen, por una especial atracción difícil de combatir. Surge así la filosofía de lo que me apetece ("es que no tengo ganas, es que no me apetece, eso me cuesta, aquello otro no me gusta…"). Por este derrotero se llega a una persona con voluntad débil: caprichosa, blanda apática, veleta, que gira según el viento del momento, inconstante, incapaz de ponerse metas y objetivos concretos: en una palabra, una persona sin educar, a merced del primer estímulo que le llega desde fuera y que le hace abandonar lo que estaba haciendo. Es la imagen del niño mimado que tanta pena produce al que lo observa, convertido en un muñeco de las circunstancias, traído y llevado y tiranizado por lo que en ese instante pide el cuerpo.

En una existencia sin trascendencia, las cosas se vuelven ídolos y los ídolos degeneran en demonios que asolan y devoran a los mismos que pretendían disfrutarlas. El que no tiene memoria se afinca en los ídolos, en la novedad de lo efímero, de la moda. Adorar ídolos es el castigo inherente a quienes olvidan (Dt 4, 25-31).

La gran novedad realizada por la resurrección de Jesucristo es la irrupción de la vida eterna en el tiempo, recibiendo el Espíritu Santo (Hech 1,8) para hacer fiesta. 

El futuro de la sociedad del siglo XXI depende en buena medida de la formación que sepamos dar a las jóvenes generaciones sobre la fiesta Cristiana y sus aspectos lúdicos del tiempo y del espacio, enseñándoles cómo afrontar bellamente con discernimiento y sabiduría la historia.

El hombre es creado para el infinito, necesita romper este muro que nos separa de la trascendencia, debe abrirse a una vida más grande, necesita del contacto con el infinito y si abrimos los ojos, en la figura de Cristo, el Dios desconocido se hace conocido, rompe, Él mismo, el muro que nosotros, con nuestras propias fuerzas no podríamos romper. Educar es enseñar a romper este muro para ser hombre responsable, formando a la persona para hacerla capaz de vivir en plenitud y dar su contribución al bien de la comunidad. Así pues, pienso que es necesario no dejarse encarcelar, por así decir, en el mundo inmanentista, en las cosas empíricas, sino responder a esta llamada más profunda de nuestra propia vida, llamada al infinito, y salir a su encuentro en cuanto nos sea posible, y escuchar la voz que nos viene de modo muy concreto en la Iglesia para vivir, transmitir y educar festivamente.

¿Cómo conseguirá la Iglesia atraer a los jóvenes? La Iglesia gana credibilidad en la medida que se yergue como una roca frente a los vientos cambiantes de las modas culturales. Hay un hambre de verdad cristiana, articulada, clara y valiente, en un número creciente de jóvenes. Tienen hambre de Jesucristo: hambre de una fe que signifique algo, cambie algo. Los jóvenes de ahora viven en una sociedad totalmente secularizada, materialista y hedonista desde su nacimiento. Para muchos de ellos, el cristianismo representa una alternativa radical y atractiva frente a una vida dedicada sólo al ego y a la búsqueda del placer. El papa Juan Pablo II atraía a los jóvenes porque era todo lo que no era su cultura pop: era auténtico, no egoísta, y sin miedo a decirles la verdad. También Benedicto XVI los llama a una vida de oración, de servicio a los demás; que rechacen los falsos dioses del poder, del dinero y de la promiscuidad sexual; que abracen a los pobres y desheredados; en definitiva, que sean santos. Es un mensaje radical: el mensaje del Evangelio. Tiene atractivo para cualquier generación, pero sobre todo para ésta.

Los jóvenes han crecido en una sociedad saturada de relativismo, una sociedad que declara que las verdades éticas y religiosas varían según las personas que las profesan, y están rechazando "el viejo, cansado, progresista" marco posmoderno; han sido engañados por la cultura secularista, y necesitan más. Lo que ansían es el Espíritu Santo, que hace vivir la vida festivamente.

Con la mejor voluntad del mundo, en vez de educar hemos intentado facilitar las cosas a los jóvenes lo más posible, hemos adecuado el culto a sus gustos y a sus horarios, hemos adaptado la predicación a su sensibilidad, desarrollando los aspectos humanistas y omitiendo las verdades fundamentales del cristianismo, aquellas que nos plantean las exigencias radicales de la llamada de Dios y las responsabilidades de nuestra libertad. Les hemos ofrecido una versión blanda y desvirtuada del mensaje de Jesús y de la vida cristiana, sin renuncias, sin esfuerzo, sin ideales de santidad y de heroísmo, sin cruz. Esta superprotección paterna ha engendrado en los jóvenes unas veces debilidad y otras una convicción interna de que todo les es debido y que tienen derecho a reclamarlo todo, como si fueran señores o centro del mundo. La experiencia humana es que nos perdemos entre las cosas y estas terminan enseñoreándose de nosotros y obligándonos a servirles como esclavos. La más insidiosa convicción de la juventud actual es que la vida no tiene fronteras, que todo puede ser poseído o que nos es debido, que se pueden hacer todas las experiencias, probar todos los sabores, llegar a todos los límites y quedar indemnes de sus efectos objetivos. Esto no es verdad, ya que se termina siendo lo que se hace. Escribía Paul Claudel: "No creáis a aquellos que os dicen que la juventud es para divertirse. La juventud no está hecha para el placer, sino para el heroísmo.”

Nuestra fe es revolucionaria.  Por lo mismo será continuamente tentada por el enemigo, aparentemente no para destruirla sino  para debilitarla, hacerla inoperante, apartarla del contacto con el Santo, con el Señor de toda la fe y toda vida. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de la victoria. Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar y se da entre los humildes. En cambio, la cara del soberbio es siempre una cara de derrota. No acepta la cruz y quiere una resurrección fácil. Separa lo que Dios ha unido. Quiere ser como Dios.

Junto a este sentido de lo combativo nuestra fe tiene su dimensión hierofánica: el contacto con lo santo. Se distingue del sacramentalismo mágico. Es la confianza profunda en el poder de Dios que se hace historia a través del signo sacramental.

 

 

 

 

[1] Discurso a la LVIII Asamblea General De La Conferencia Episcopal Italiana, 29 de mayo de 2008

[2] Discurso a la LXI  Asamblea General De La Conferencia Episcopal Italiana, 27 de mayo de 2010

[3] Discurso a la LVIII Asamblea General de la Conferencia Episcopal Italiana, 29 de mayo de 2008

[4] Discurso De Apertura del Cónclave en la Misa “Pro Eligendo Pontifice”: 18 de abril de 2005

[5] Cf. La Educación encierra un tesoro. Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la educación para el siglo XXI, presidida por Jacques Delors, Santillana Raya Ediciones UNESCO, Madrid 1996

[6] Mensaje a la Diocesis de Roma sobre la tarea urgente de la Educación, 21 de enero de 2008

[7] L´osservatore Romano, viernes 25 de Octubre de 2013, N° 43

[8] Discurso a los profesores y estudiantes de las Universidades Católicas y a los A teneos Pontificios de Roma, 19 de noviembre de 2009

[9] Cf. Ch. DAWSON, Historia de la Cultura Cristiana, Ed. Fondo de Cultura Económica, México 1997, pp. 19-55

[10] Cf. ACADEMIA ESPAÑOLA DE LA LENGUA, Diccionario de la lengua española, o. c. , p. 482; A. BERGAMINI, voz: Culto, pp. 501-510, en NDL


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