lunes, 5 de octubre de 2015

Jesús SÁNCHEZ ADALID nos habla de su novela "Y de repente, Teresa"

SÁNCHEZ ADALID, Jesús Y de repente,  Teresa Ediciones B, Madrid, 2015, 4ª ed. 570 pp

Conocí al autor por su novela El caballero de Alcántara y ciertamente me encantó por la excelente contextualización, por la caracterización de los personajes, por su rigor histórico y la agilidad del relato.

Cuando me enfrasqué en la presente novela, de repente, comencé con cierta prevención (¿qué aportará entre la selva de publicaciones en este V Centenario?) pero con muchas ganas de descubrir alguna dimensión de la sorprendente e inabarcable santa  como del fascinante siglo de oro hispanoamericano. Debo confesar que me he leído casi todo lo referente a la santa de Ávila y cientos de obras sobre su contexto.

Me la he leído con fruición, al paso, sin tomar notas, pero con deleite. He sentido viva la compleja sociedad en la que moró Teresa. El novelista sabe muy bien el terreno que pisa, maneja con acierto la historia, la teología, la espiritualidad en un mundo tan complicado y resbaladizo en el que la luz y la sombra, la verdad y la mentira conviven continuamente. Los alumbrados y reformadores, los inquisidores y los miembros de órdenes militares, los laicos y los religiosos se presentan con perfiles definidos.

Pocas veces he leído una descripción tan serena y objetiva de la Inquisición, con sus luces y con sus sombras. Me parece magistral el encuentro del joven dominico e inquisidor –fray Tomás Vázquez- con Teresa, quien no espera la visita sino que sale a su encuentro.

"Fray Tomás vuelve a reír. Le hace gracia cómo habla Teresa: sus gestos, su cara, el chisporroteo de su mirada; toda la naturalidad y la falta de artificio que descubre en ella. Ciertamente, él también se esperaba otra presencia, otra clase de persona: mayor afe3ctación, frases solemnes, hechas, expresiones elevadas; tal vez disimulo y reserva.

Teresa le mira fijamente, con asombro en los vivos ojos, y añade:

-          ¡Jesús, mi padre! ¿Os damos risa estas pobres monjas?

-          Él hace un esfuerzo para ponerse más serio y contesta sincero:

-          - Madre Teresa, ¡si supierais el consuelo que yo siento al teneros aquí, y que sin duda advertís en este pobre rostro! Si pudierais ver dentro de mi alma… ¡Qué feliz me siento! ¿Os parece que hubiera encontrado así ante la visita de un desconocido? Es vuestra caridad, madre Teresa de Jesús, quien me lo hace sentir…Soy yo, torpe, el que hubiera debido ir a buscaros…" (p.519)

Estoy completamente de acuerdo con el autor cuando nos confiesa que la obra es mucho más que "una simple narración de la peripecia de Santa Teresa de Jesús como sospechosa de alumbradismo para los inquisidores, es también una indagación sobre las distintas formas en que esos hechos fueron narrados en su momento, los cuales yo me he encontrado como de repente, y debo confesar que han dejado una gran impresión en mi alma y en determinados momentos me han provocado un gran sufrimiento" (p.559). Creo que este "sufrimiento" le da un plus de madurez y autenticidad a la obra, aportándonos una luz de esperanza que brota de esta mujer intrépida y fascinante, convertida hoy en un patrimonio de la humanidad.

Síntesis editorial: "La Inquisición contra Teresa de Jesús. Un proceso oculto durante siglos que por fin sale a la luz.

Durante el reinado de Felipe II, la Inquisición se lanza con denuedo y auténtica obsesión a controlar la sociedad española. Nadie está libre de sospecha.

Don Rodrigo de Castro es un inquisidor implacable, ambicioso y cauto, que se ha consagrado concienzudamente a realizar pesquisas sobre aquellas mujeres que caen en éxtasis o tienen visiones y misteriosas revelaciones, por si fueran "alumbradas", es decir, adeptas a la secta mística que tanto preocupa al Santo Oficio, que la considera herética y relacionada con el protestantismo.

Y para hacer las averiguaciones pertinentes, De Castro ha nombrado a dos comisarios, un fraile dominico y un caballero de la Orden de Alcántara, con atribuciones especiales y secretas.

En medio de todo eso, una mujer se afana por unir lo presente y lo eterno; separar la verdad de la apariencia y vivir una fe auténtica y una espiritualidad pura: Teresa de Jesús, la figura más grande y universal de la España del XVI, que no obstante su fina intuición, su magistral escritura y su virtud probada, fue acosada por los inquisidores, algo que se ocultó en los siglos subsiguientes y que hoy, por fin, es sacado a la luz

El autor: Jesús Sánchez Adalid

Jesús Sánchez Adalid nació en Villanueva de la Serena (Badajoz). Se licenció en Derecho por la Universidad de Extremadura y realizó los cursos de doctorado en la Universidad Complutense de Madrid. Ejerció de juez durante dos años, tras los cuales estudió Filosofía y Teología. Además, es licenciado en Derecho Canónico por la Universidad Pontificia de Salamanca. Colabora habitualmente en RNE. Gracias al apasionante tratamiento de los personajes, que emprenden fascinantes periplos espirituales, hoy un amplísimo público se ha convertido en seguidor incondicional de su obra, traducida ya a varias lenguas. Sus novelas "La luz del Oriente", "El mozárabe", "Félix de Lusitania", "La tierra sin mal", "El cautivo" y "La Sublime Puerta" (publicadas por Ediciones B) han sido acogidas con entusiasmo por la crítica y el público. En 2007 ganó el premio Fernando Lara por su novela "El alma de la ciudad".

http://www.abc.es/cultura/cultural/20150310/abci-entrevista-jesus-sanchez-adalid-201503091221.html

El 28 de marzo se cumple el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, una figura histórica y literaria de primer orden. Sánchez Adalid se ha acercado a ella para reconstruir la persecución a la que fue sometida por el Santo Oficio

«Vínome un arrebatamiento tan súbito, que casi me sacó de mí... Fue la primera vez que el Señor me hizo esta merced de arrobamiento. Entendí estas palabras: ''Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles''... Desde aquel día quedé yo tan animosa de dejarlo todo por Dios.» Así explica Teresa de Cepeda y Ahumada (Ávila, 28 de marzo de 1515-Alba de Tormes, 4 de octubre de 1582) lo que sintió en Pentecostés de 1556 mientras rezaba el Veni Creator. Ella lo llamó su desposorio espiritual. Una fuerza interior que le llevó a fundar la orden de las carmelitas descalzas; y que, al ponerla por escrito, convertiría a la religiosa en una de las cumbres de la mística española.

Pero sus obras también situaron a Santa Teresa de Jesús en el punto de mira de la Inquisición, que la consideró sospechosa de pertenecer a la secta de los alumbrados. «Váyase con tiento»: al principio fue sólo una advertencia, porque sus escritos, con Libro de la vida a la cabeza, podían contener engaños muy graves para la fe cristiana. Después, lupa en mano, los censores tacharon párrafos, arrancaron páginas y la obligaron a rehacer Camino de perfección. Hasta que en 1575 compareció ante el Santo Oficio en Sevilla.

«Teresa de Jesús tenía claro que el mundo tenía que ser cambiado»

A Jesús Sánchez Adalid (Don Benito, Badajoz, 1962) no le cabe la menor duda: «Fue interrogada, molestada, amenazada y estuvo a punto de ir a prisión». Lo cuenta en Y de repente, Teresa, libro que nace de un encargo de la comisión del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa. Con su autor nos adentramos en aquellos «años peligrosos» y recorremos una biografía –casi– de novela.

A los siete años Teresa de Jesús convenció a su hermano Rodrigo para que se fugase con ella de casa y se fueran a tierra de moros buscando el martirio. ¿Una niña imaginativa?

Sí. Tenía una mente muy lúcida con una serie de capacidades que se manifestaron prácticamente desde la infancia; también después, en la adolescencia y en la edad adulta. Además, era una persona insatisfecha: con su mundo, con la realidad que le tocó vivir. Es algo que se iría manifestando a lo largo de toda su vida.

De leer vidas de santos pasó a los libros de caballerías. Incluso llegó a escribir uno que se perdió.

Escribió muchas más cosas que desconocemos. Siempre he pensado –aunque no lo digo yo, lo dicen sus biógrafos– que lo más probable es que no empezara a escribir directamente el Libro de la vida. Habría otros escritos anteriores que, por desgracia, no han llegado hasta nosotros.

Con dieciséis años se declara «enemiguísima» de ser monja.

Por su condición, por su clase social de hidalga, lo más seguro es que pensara que estaba llamada a vivir la vida de una mujer de su tiempo: casarse con algún caballero. Pero, como ya he dicho, su propia insatisfacción con la realidad que le rodeaba le llevó a buscar otros mundos. Cambia de opinión y decide hacerse religiosa, en contra de la voluntad paterna, tras leer las Cartas de San Jerónimo, cuyo realismo le impacta.

Santa Teresa escribió cuatro grandes obras: «Libro de la vida», «Camino de perfección», «Moradas del castillo interior» y «Libro de las fundaciones». ¿Qué aportan?

«En el "Libro de la vida" lo que está desnudando es su alma»

Aportan muchísimo. El Libro de la vida, por ejemplo, es la primera autobiografía de la Historia de nuestra literatura; eso tiene un valor intrínseco enorme. Es verdad que hay un precedente: las Confesiones de San Agustín. Estamos totalmente seguros de que Teresa las había leído; también de que estaba bastante influida por ellas. Aunque no es una conversa, como el obispo de Hipona, sí sufre, en cierto modo, una catarsis, una conversión interior –entendida la conversión como un cambio de mentalidad–: pasa de ser una dama hidalga de una familia de clase privilegiada en Ávila a intentar cambiar el mundo conocido. En el Libro de la vida descubre sus motivos interiores, su alma. De hecho, cuando le da el Libro de la vida a su confesor, dice: «Aquí le entrego mi alma». Porque es su alma, su personalidad, lo que está desnudando. A ello hay que sumar una lírica portentosa. Si a la lírica de Santa Teresa le ponemos música, uno se queda fascinado, porque su obra va mucho más allá de lo que es la pura poesía.

¿Podría decirse que en «Las moradas» Santa Teresa hace psicoanálisis?

Desde luego que sí, sin duda, aunque la palabra «psicoanálisis» no se puede aplicar al tiempo en el que Santa Teresa escribe ni a las categorías que ella utiliza. Pero en Moradas del castillo interiorpresenta diversos estados del alma, como la psique o como la mente. Hay expresiones suyas muy reveladoras, muy intuitivas; por ejemplo, cuando dice que la loca de la casa es la imaginación. Es cierto que la imaginación trastoca nuestros sentimientos muchas veces, que nos pone la vida patas arriba.

Santa Teresa fue investigada por la Inquisición. ¿El Santo Oficio estaba en guardia por casos anteriores, como los de Magdalena de la Cruz, María de San Domingo y Catalina de Cardona?

Sin lugar a dudas. El codicilo del testamento de Carlos V es bastante explícito. Obliga moralmente a su hijo y heredero, Felipe II, a perseguir la «herética pravedad», una herejía de génesis española: el alumbradismo. Hay focos de luteranos y de protestantes en España, claro que los hay, pero ya Alonso Cano, una de las mentes más privilegiadas de la época, había advertido de que la herejía española no iba a ser la luterana. Se empieza a temer entonces que lo sea el alumbradismo. Por eso la Inquisición se perfecciona en la persecución de los alumbrados, que más que una herejía intelectual o teológica, eran una seudomística. Toda la sociedad estaba muy sensibilizada: había habido casos flagrantes de engaño y falsedad, como el de la diabólica y falsaria Magdalena de la Cruz, o el de la beata de Piedrahita, sor María de San Domingo, o el de Francisca de los Apóstoles.

¿Qué pretendían los alumbrados?

«En aquella España nadie estaba libre de sospecha. Ni siquiera Fray Luis de León»

No buscaban nada en concreto. El alumbradismo surgió de manera espontánea; no tenía detrás la racionalidad que pudo tener el luteranismo. El alumbrado lo que quería era presentarse como un santo, ganar relevancia en la sociedad, crearse fama y después, con esa fama, hacer lo que le diera la gana: obtener una buena posición, acercarse a los grandes de España, sacar beneficios económicos e incluso cosas más obscenas y bastardas, como lograr favores sexuales.

La sombra del alumbradismo alcanzó a Juan de Ribera y sus discípulos, fray Luis de Granada y Juan de Ávila. ¿Había alguien libre de sospecha?

En aquella España nadie estaba libre de sospecha. Quién iba a estarlo, si incluso Bartolomé de Carranza, arzobispo de Toledo y primado de España, había sido encarcelado. Él era, por decirlo de alguna forma, el patriarca de todas las Españas, pues al territorio de la Península Ibérica había que añadir América, Nápoles, Sicilia, Génova... Ni siquiera estaba libre de sospecha fray Luis de León, uno de los teólogos más eminentes de la época.

Los primeros problemas de Santa Teresa con la Inquisición datan de 1559, cuando se publica el Índice de Libros Prohibidos de Fernando de Valdés. ¿La obra de Santa Teresa podía resultar peligrosa?

Para los inquisidores, sí. Era una mujer cuyo abuelo, Juan Sánchez de Toledo –no un antepasado lejano, no: su abuelo paterno–, había sido condenado por criptojudío. Una mujer que, además, escribía y contaba sus intimidades en un libro sobre su propia vida que podía ser considerado un ideario. Claro que era peligrosa.

¿Fue el «Libro de la vida» la obra de Santa Teresa más cuestionada por la Inquisición?

Sí. Al Libro de la vida se le unieron, además, una serie de circunstancias accesorias que lo hicieron todavía más sospechoso. El hecho, por ejemplo, de que la princesa de Éboli, esposa del privado de Felipe II e íntima amiga del rey y de los secretarios del monarca, tuviera claro desde el primer momento que aquella obra era el ideario de una alumbrada. La princesa de Éboli se mofó del Libro de la vida, se lo leyó a sus criadas y a sus amistades, y lo puso en manos de los inquisidores, acusándolo directamente de hereje.

Santa Teresa es interrogada por la Inquisición y está a punto de ir a prisión después de ser denunciada por María del Corro, una beata expulsada de su convento.

«Por fin muero hija de la Iglesia», dijo Santa Teresa. Se había visto en peligro»

María del Corro era una mujer de la sociedad sevillana, lo que en aquel tiempo se conocía como una beata. El concepto, con el tiempo, ha adquirido otras connotaciones. Una beata, en el siglo XVI, era una mujer que quería vivir en la pureza de costumbres, que quería consagrarse y adoptar un género de vida acorde con el Evangelio. En otras palabras: María del Corro no había encontrado su sitio en la vida. Entre todos los lugares en los que podía ingresar como monja, opta finalmente por el convento de Santa Teresa. Y cuando entra allí no se siente a gusto, nota que ese no es su lugar, cree que no ha sido tratada con la deferencia que se merecía... y termina acusando a Santa Teresa de hereje, de alumbrada. Es el momento más peligroso en la vida de la santa, porque además dos grandes inquisidores de Sevilla, Carpio y Páramo –el primero de ellos, tío de Lope de Vega–, están plenamente convencidos de que es alumbrada. Se acababa de publicar en Sevilla un edicto contra los alumbrados y ambos convencen al arzobispo de que Santa Teresa lo es. Si no llega a ser por Diego de Espinosa, inquisidor general, Teresa seguramente hubiera ido a la cárcel.

«Cuentas de conciencia» son los escritos en los que Santa Teresa hizo su defensa ante la Inquisición. ¿Los ha leído?

Sí. Son unos escritos muy sinceros. En ellos Teresa no está dirigiéndose al común de los lectores, como cuando escribe «Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta». No. En este caso está dirigiéndose a unos letrados muy incisivos. En sus Cuentas responde a unas preguntas de la Inquisición bastante elocuentes y concretas: ¿qué experiencias místicas ha tenido?, ¿qué ha sentido?, ¿ha visto verdaderamente a Cristo?, ¿por qué ha hecho la obra fundadora?, ¿por qué ha escrito el Libro de la vida?

Frente a Santa Teresa, el inquisidor Rodrigo de Castro Osorio.

Un personaje renacentista nato: gran mecenas de las artes y las letras de su tiempo; un hombre que se pasó la vida viajando... Le tocaron unas responsabilidades tremendas; entre otras, meter en la cárcel a fray Luis de León y nada menos que al arzobispo de Toledo y primado de España, Bartolomé de Carranza. Ir a Torrelaguna a detener al arzobispo primado de España, en el siglo XVI, ¡ahí es nada! Todos los ojos estaban puestos en él. Un hombre frío, calculador, absolutamente aséptico, racionalista. Hizo lo que ni siquiera se atrevió a hacer el inquisidor general.

¿Tuvo en sus manos la vida de Santa Teresa?

No existe ningún documento que atestigüe que el Libro de la vidallegara a sus manos, pero yo estoy seguro de que lo leyó.

Me refiero a la propia Santa Teresa, a si su vida corrió peligro.

La suerte de Santa Teresa también la tuvo en sus manos el inquisidor Rodrigo de Castro Osorio, sí, porque era el responsable de actuar contra los alumbrados en España, y Santa Teresa había sido acusada de eso, de alumbrada. Era él quien debía decidir no si Santa Teresa era condenada –eso lo tenía que decidir el Consejo de la Suprema Inquisición–, sino si era encarcelada.

¿Qué pesó en su ánimo para absolver a Santa Teresa?

«Santa Teresa reúne en sí misma toda la realidad del siglo XVI»

No la absolvieron exactamente. El sobreseimiento –otra palabra que tampoco sirve–, el archivo de la causa contra ella no le correspondió a Castro Osorio, fue una decisión que tomó Diego de Espinosa, alguien bastante proclive a Santa Teresa. Lo que ocurrió fue una coincidencia histórica muy interesante: el hecho de que muriera el inquisidor Quiroga, que tenía absolutamente claro que Teresa era alumbrada, e inmediatamente nombraran a Diego de Espinosa, un hombre mucho más espiritual. Él comprendió no sólo que aquella mujer no era una hereje, sino que era una bienaventurada. También fue él quien nombró a un ministro plenipotenciario que se encargó de todo el proceso de Sevilla. Muy pocos años después murió ella. Lo hizo pronunciando unas palabras absolutamente reveladoras: «Por fin muero hija de la Iglesia». Eso quiere decir que se había visto en peligro.

Una vida apasionante, la de Santa Teresa.

Es un personaje tan rico que se podrían escribir muchas novelas sobre ella... Santa Teresa reúne en sí misma toda la realidad del siglo XVI: el inicio del Siglo de Oro de las artes y las letras españolas, la Contrarreforma, el descubrimiento de amplísimos territorios en ultramar, las guerras del Mediterráneo, la batalla de Lepanto, el cerco de Malta, el saqueo de Roma..., y todo eso está en la mente de Santa Teresa. Es excesiva la coincidencia, en sólo dos décadas, de tantos acontecimientos históricos y tantos personajes: Felipe II, el Duque de Alba, la princesa de Éboli, Diego de Espinosa, San Pedro de Alcántara, fray Luis de León, San Juan de Ribera, San Francisco de Borja, Lutero...

Era una mujer enferma: en el convento de la Encarnación de Ávila le prepararon su sepultura y hasta celebraron un funeral en vida. Se apunta incluso que algunos de sus éxtasis fueron crisis de epilepsia.

No lo sabemos con toda certeza. Puede ser. De todas formas, los arrobamientos pertenecen a unos estados propios de la época a los que yo no les daría ningún nombre relacionado con las categorías científicas que conocemos hoy. Ahora bien, lo de celebrar la fictio mortis era muy corriente en la Edad Media y en el siglo XVI. Muchos de estos místicos celebraron su funeral en vida. Con eso hacían una ficción de la muerte, una separación del mundo. Era una manera de decir: «Aquí estoy, Dios mío, para hacer Tu voluntad». No hay que verlo desde una perspectiva teatral, sino desde una perspectiva mística. No olvidemos que el hombre del siglo XVI padecía lo que se conoce como vesania: un estado de estrés emocional que le llevaba a tener percepciones extrasensoriales, intuiciones...

«Releo los epistolarios de Santa Teresa porque es donde aparece la santa más sincera», ha declarado usted. ¿La de los otros libros es menos sincera?

«Muchos de estos místicos celebraron su funeral en vida»

No. Pero las cartas no las escribe para que se publiquen: las escribe directamente para sus receptores. Como el receptor es tan concreto, las cartas son como hablar de cerca con un amigo. El género epistolar es muy sincero. Santa Teresa dirige las suyas a las autoridades, sí, pero también a las monjas de sus congregaciones, a sus familiares, a sus amistades. En ellas aparece la Teresa más genuina.

«Y de repente, Teresa» es su decimoquinta novela histórica. ¿Por qué afirma que es un género maldito en España?

No, maldito no; es un género que no ha tenido su lugar en España, a diferencia del mundo anglosajón. ¿Cómo se puede entender el corpus literario anglosajón sin la novela histórica? Sin embargo, nosotros no hemos tenido novela histórica, aunque nos hayamos hartado de oír que lo de Galdós es novela histórica. No, lo de Galdós ha adquirido valor histórico –no valor de novela histórica– con el tiempo. Pero él no escribió sobre acontecimientos que habían sucedido quinientos años atrás; escribió los Episodios Nacionales cuando apenas habían transcurrido catorce, quince años, de los hechos que narraba. Nosotros tenemos una Historia muy rica, muy compleja. Quizá por esa complejidad pocos autores, salvo excepciones, se han atrevido a escribir sobre ella. En España lo que ha primado siempre ha sido el realismo social, que es algo completamente distinto.

Usted no es historiador. ¿No le ha dado miedo acercarse a una figura como Santa Teresa?

No, no me ha dado ningún miedo. Lo que yo quería era hacer una reconstrucción del siglo XVI, que conozco muy bien por otras novelas mías anteriores. Es verdad que el personaje, en sí mismo, es tan fuerte, tiene tanta personalidad, que no resulta fácil acercarse a él. Lo que tuve claro desde el principio es que no iba a hacer una biografía, ni una novela biográfica, ni una historia novelada. Tenía que hacer algo completamente distinto: una novela histórica pura, un relato de ficción insertado en un escenario histórico.

¿Qué intención le ha guiado?

Yo no quería que el lector se encontrara con la Teresa de la infancia y la adolescencia, sino con la Teresa que dice estar «vieja y cansada». Quería reflejar esa parte de su vida, cuando tiene sesenta años y, encima, es sospechosa para la Inquisición.

Quinientos años después de su nacimiento, ¿qué puede aportar Teresa de Jesús?

«Me hubiera gustado mantener una conversación con ella, saber qué pensaba»

Muchas cosas. Sobre todo si tenemos en cuenta que nuestra sociedad es una sociedad necesitada de reformas, algo en lo que yo creo que estamos todos de acuerdo. Y Santa Teresa tenía claro que su mundo, su sociedad, tenía que ser cambiado y reformado; de hecho, ella pertenecía a la Contrarreforma, que es un movimiento genuinamente español. Creo que Santa Teresa era una inconformista, una mujer energética. No se pueden extrapolar las épocas. Nosotros no nos vamos a poner a hacer lo que hizo ella en su tiempo: ella hizo lo que había que hacer en el siglo XVI. Nosotros tenemos que hacer lo que toca hacer ahora, en los inicios del siglo XXI. ¿Qué va a ser? No lo sabemos. Seríamos unos iluminados si tuviéramos claro qué es lo que hay que hacer. Pero que hay que hacer cambios, eso está claro.

¿Cómo es su Santa Teresa?

Ha sido una santa muy presente en mi vida. Yo soy sacerdote católico y he vivido una conversión. Por decirlo de alguna forma, la mía es una vocación tardía. Estudié en la universidad y, antes de ser sacerdote, fui juez civil. Nunca pensé en ordenarme, pero al final acabé consagrado. Todo aquel proceso coincidió con la lectura de Santa Teresa. En cierto sentido, me sentí identificado con su figura. Con el paso del tiempo, he comprendido muchas de sus cosas. Otras, no; otras son un enigma todavía.

¿Qué cosas de Santa Teresa siguen siendo un enigma?

Uf, muchas, muchas... Es muy difícil de explicar. No es algo que se pueda decir con dos o tres palabras. Pero me hubiera gustado mantener una conversación con ella, saber qué pensaba realmente de la vida... Comparada con lo larga que es la Historia, la vida de una persona es muy corta. Veinte, veinticinco años: esa fue la vida activa de Santa Teresa. Muy poco, la verdad. Y ese es para mí el enigma de Santa Teresa: cómo pudo hacer tanto en tan poco tiempo.

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