jueves, 16 de junio de 2016

Siervo de Dios P. Alonso de Barzana, SJ, misionero políglota en los Andes, discípulo de San Juan de Ávila (Cuenca, 1530-Cusco, 1598)

Siervo de Dios P. Alonso de Barzana, SJ, misionero políglota en los Andes, discípulo de San Juan de Ávila (Cuenca, 1530-Cusco, 1598)

 

Alonso de Barzana nació en 1530 en Belinchón (Cuenca), España. Hechos sus primeros estudios en Belinchón, los continuó en Baeza, Jaén, a donde se fue a vivir su padre, médico de profesión. En la universidad de Baeza obtuvo los grados de maestro en artes (filosofía) y bachiller en teología. Fue discípulo de Juan de Ávila, famoso predicador rural. Se ordenó sacerdote en 1555 en Baeza. Después de 10 años de ejercicio del ministerio sacerdotal entró a la Compañía el 28 de agosto de 1565 en Sevilla.

En 1568 don Francisco de Toledo fue nombrado virrey del Perú. Apenas nombrado, en carta del 5 de julio de 1568, escribió al P. general Francisco de Borja, amigo de su familia, pidiéndole que destinara al Perú cuatro o más jesuitas. Probablemente por insinuación de Toledo, el rey Felipe II, el 12 de agosto escribió al P. Borja pidiéndole expresamente que fueran destinados los P.P. Martín Gutiérrez y Gonzalo González. Añadía el rey que el P. Gutiérrez fuera nombrado comisario de todos los jesuitas en el virreinato del Perú. Se desestimó esa sugerencia. En carta del 11 de octubre Felipe II pidió al P. Borja que fueran enviados al Perú al menos 20 jesuitas. El P. Borja designó a los padres Bartolomé Hernández, Juan García, Hernán Sánchez, Alonso de Barzana y Rodrigo Álvarez; a los escolares Sebastián Amador, Juan Gómez. Juan de Zúñiga, Diego Ortuño y Antonio Martínez; y a los hermanos Diego Martínez, Juan de Casasola y Juan Hernández [1].

Destinado al virreinato del Perú, debido a las peripecias del viaje llegó bastante maltrecho a Lima en 1569. En Sevilla, en espera de un barco, y luego durante el viaje, estudió quechua en la gramática del dominico fray Domingo de Santo Tomás, publicada en 1560, y ya en Lima continuó asiduamente ese estudio. Muy pronto pudo trabajar entre los indios en las doctrinas de Santiago del Cercado, en las afueras de Lima, y en la de Huarochirí, también dentro de la jurisdicción de Lima.

En los diversos informes, desde 1571 a 1576, se dice de Barzana que es "muy siervo de Dios" y buen predicador, "con caudal para leer una cátedra, pero sin talento para gobernar". Se señala que no está amoldado al instituto de la Compañía de Jesús, aunque más tarde se le reconoce como muy afecto a él. Se destaca que sabe muy bien el quechua y el aymara. Estando en el Cusco en 1572, catequizó a Túpac Amaru, el último inca, condenado a muerte por el virrey Toledo. En 1573 fue uno de los fundadores del colegio de La Paz. En 1574 predicó en Arequipa y Potosí, en quechua, y en 1575 en aymara en la zona del lago Titicaca, en Chucuito y en La Paz.

En la primera congregación provincial (1576) se insistió en dar más importancia que la que se daba, al ministerio pastoral entre los indios. Dice el P. Rubén Vargas Ugarte, S.J.:

"Como se había resuelto en la Congregación Provincial, los jesuitas no descuidaron el ministerio de las misiones rurales, antes bien, se esforzaron en ayudar de esta manera a los indios y, ciertamente, con abundante fruto. En el año 1576, el P. Barzana, en compañía de otro padre y de un hermano, pasó los primeros días del año al repartimiento de San Pedro Mama, donde se detuvo unas cuatro semanas, logrando que se confesasen muchos indios e incluso los caciques, como sucedió en Guanchor. Pasó luego al distrito de Huarochirí, y en estos pueblos se detuvo hasta la Pascua, con grandes concursos (…..) Bajó luego a la quebrada de Lurín, y habiéndose detenido unos dos días en San Francisco de Sisicaya, pasó a Lima, llamado por el P. Visitador" [2] y se decidió la redacción de gramáticas y catecismos en quechua y aymara. En octubre de ese mismo año hubo otra congregación provincial para elegir procurador, y se encomendó a Barzana la tarea de redactar las obras citadas. Dicen las actas que se decidió que "el P. Maestro Barzana acabase de enmendar y corregir el catecismo breve, arte y confesionario en la lengua quichua y aymara con sus dos sumarios para los viejos y que el P. Procurador [3] los lleve e haga imprimir (….), dejados por agora los catecismos y vocabularios más copiosos para otro tiempo, que estén acabados y puestos en perfección" [4].

El 19 de noviembre de 1576 el P.General Everardo Mercuriano, en respuesta a una carta de Barzana, perdida, lo felicita por sus obras en quechua. Le dice, además, que su voto de ir a la China queda conmutado "en esa tierra, donde hay más disposición de predicar el evangelio que en la China". Las obras del P. Barzana nunca se imprimieron. En cambio, es muy probable que hayan servido de base a las traducciones al quechua y aymara del catecismo trilingüe del tercer concilio limense.

También en noviembre de 1576 la Compañía se hizo cargo de la doctrina aymara de Juli, en la región del lago Titicaca, hasta entonces atendida por los dominicos. Barzana fue uno de los cuatro designados para atenderla. Cuando tuvo que partir a Arequipa, para abrir allí una nueva casa, los indios no cesaron de llorar en toda la tarde.

Después de asistir a la tercera congregación provincial de 1578, Barzana fue enviado a Potosí. Probablemente fue uno de los revisores [5] de la traducción al quechua y al aymara del catecismo del tercer concilio limense (1582-1583), redactada principalmente por el P. José de Acosta. Los traductores fueron los jesuitas Bartolomé de Santiago y Blas Valera, y los sacerdotes seculares Juan de Balboa, Alonso Martínez y Francisco Carrasco. En 1583 la audiencia de Charcas nombró al P. Barzana catedrático y examinador diocesano de quechua, aymara y puquina, que debían aprender los párrocos por orden de Felipe II.

En 1585, a petición del obispo de Tucumán, Francisco de Vitoria, O.P., se abrió allí a la Compañía un nuevo campo de trabajo. El provincial Juan de Atienza envió a Francisco de Angulo, que se encontraba en Lima y a Barzana, y a Barzana, que se encontraba en Potosí, a Santiago del Estero, donde se les unieron en 1586 tres padres procedentes del Brasil. Con uno de ellos, Manuel Ortega, Barzana recorrió las tierras de los tobas, mocobíes, diaguitas y chiriguanos. En 1588 acompañó al gobernador de Tucumán, Juan Ramírez de Velasco, en una entrada a la región de los belicosos calchaquíes. Sobre esa su entrada a la región de los calchaquíes escribió el P. Barzana:

"El valle de Calchaquí, tan conocido a costa de tanta sangre en el derramada, corre trescientas leguas o más de norte a sur y catorce leguas de Salta por la parte del oriente. Es todo de riego y muchas comidas por los muchos ríos que lo atraviesan. Está poblado de diversas naciones, todas muy flecheras, que son; pulares, chucuanas, diaguitas, calchaquíes, y de esta última se llama todo el valle por un indio llamado Calchaquí, que lo mandaba todo. Este valle fue antiguamente rendido y conquistado por el inca y hasta ahora vemos caseríos y fortalezas suyas bien grandes. Nunca pudieron ser conquistados por fuerza de los españoles hasta que un capitán llamado Juan Pérez, con amor y buenas obras, redujo al capitán Calchaquí a su buena amistad, y pudo tanto con él, que le trajo a la ciudad de Santiago [6], y lo hizo cristiano. Vuelto este cacique a su tierra, conservaba la paz con los españoles hasta que vio que un fulano de Castañeda, que vino a tomar residencia a Juan Pérez, trató muy mal al residenciado, de lo cual tomó tanta rabia el calchaquí, que se alzó, y con él todo el valle, y ha estado no menos de 27 años alzada esta nación, sin poderla rendir, y era tanto el atrevimiento de los indios, que hasta a la mesma ciudad de Salta venían a pelear con los españoles" [7]. En 1591, después de dar misiones entre los lulas, pasó a la gobernación de Asunción. El P. Rubén Vargas Ugarte transcribe una carta del P. Barzana al P. Juan Jerónimo, sin indicación de fecha:

"Vuestra Reverencia se ría también de que un viejo de sesenta y tres años, al cabo de haber sabido las lenguas del Pirú y de las más principales de la gobernación de Tucumán, ando ahora muy ocupado en saber muchas otras lenguas bárbaras y particularmente la de los chiriguanos, gente feroz y sangrienta y que comen carne humana, y deseo que me tome la muerte predicándoles el evangelio de paz y de la vida. Estoy ya muy viejo y cubierto de canas, del todo sin dientes. He estado solo dos años en tierra de infieles en compañía de un padre tan hijo de mi corazón y tan cortado a la medida de mis deseos, como lo fue en otro tiempo para mí mi padre Juan Jerónimo. Nació en los reinos del Perú y diómelo Dios nuestro Señor, agora 23 o 24 años ha, recién venido yo de España. Ha que está en la Compañía más de 20 años. No sabe tanta teología como mi padre Jerónimo, pero sabe más lenguas de los indios para predicarles que no Vuestra Reverencia, y ha traído muchas almas a su Criador. Llámase el P. Pedro de Añasco, que en mi vejez es todo mi consuelo y alivio" [8]

En febrero de 1594 escribió desde Asunción, al provincial Juan Sebastián, que aunque estudiaba la lengua guaraní cada día, y sabía más preceptos de ella que de ninguna otra de las que estudiaba, no acertaría a pronunciarla en toda su vida.

El capitán Juan González de Acebedo, el 8 de abril de 1617 presentó al rey y al real consejo de Indias un memorial sobre "la disminución de los indios del Perú a consecuencia del trabajo en las minas". Yendo más allá del título del memorial, después de dar un informe detallado sobre la situación de los indios en las audiencias de Lima y Charcas (La Plata), donde propiamente se llevaba a cabo el trabajo de los indios en las minas de Potosí, pasa a informar sobre la situación de los indios en las gobernaciones de Tucumán, del Río de la Plata (Buenos Aires), y del Paraguay (Asunción). En uno de sus acápites menciona al P. Barzana. Dice así: "Los matarás eran 8.000, y los convirtió y juntó en pueblo el P. Alonso Bárcena, y en el alzamiento de los frentones y calchaquís contra la Concepción del Bermejo, en cuyas vecindades habitaban, transmigraron al Salado, donde se conservan como unos 300" [9] .

En el memorial de 1646, presentado al real consejo de Indias por el P. Juan Pastor, S.J. sobre "las provincias del Paraguay, Tucumán y Río de la Plata", hay una referencia a la labor del P. Barzana: "El año de 43 salió el P. Justo Mancilla por aquellos mismos montes, de donde los sobredichos infieles [10] habían venido, a reconocer la gente que por allí había. Llegó a un desierto o despoblado donde algunos dellos solían andar como fieras, y no halló a ninguno. Estando en este paraje, vieron de repente venir tres indios para ellos, mas entendiendo que eran españoles, arrancaron a huir metiéndose a toda priesa en el monte. Fueron a su alcance algunos de los nuestros, y todos tres vinieron muy alegres a ver al P. Justo, agradeciéndole hubiese entrado en su tierra, añadiendo que el P. Alonso de Barzana, apóstol de muchas gentes, había andado por aquellas tierras, habían deseado tener algún padre de la Compañía, el día siguiente trajeron sus hijos y mujeres y otras cinco familias con toda su chusma, y de allí avisaron a otros, y éstos a otros, y así fue corriendo la voz, y vinieron muchos, los cuales, en señal de que deseaban y querían tener en sus tierras padres de la Compañía y hacerse cristianos, se cortaron las cabelleras, que es la mayor hazaña que hacen estos indios en su infidelidad" [11].

Estando ya muy enfermo, a principios de 1597, el P. Sebastián lo mandó a Lima para ser mejor atendido. No llegó a Lima. Murió en el Cuzco el 31 de diciembre de 1597. Barzana se destacó por su espíritu apostólico y por su extraordinaria capacidad para el aprendizaje de idiomas. Aprendió quechua, aymara, puquina, chiriguano (variante del guaraní), tonocoté y kakán, sobre los que dejó apuntes manuscritos que fueron usados por los misioneros.

En la crónica anónima, de 1600, publicada por el P. Fernando Mateos, S. J. [12] se encuentra la biografía del P. Alonso de Barzana. La pronta redacción de esa biografía es ya una prueba de la opinión que se tenía de sus virtudes y talentos. Dice la crónica:

"Aunque en los demás colegios donde estuvo este insigne varón, se dirá lo que en ellos le pasó, por haber obrado en todos ellos cosas muy dignas de recordación, particularmente en Lima, Arequipa, Potosí y en las misiones de Tucumán y Paraguay, donde hizo cosas dignas de eterna memoria y de tanta virtud y ejemplo, que con razón fue llamado de todo este reino apóstol del Pirú, en este se dirá lo que le toca por haber muerto y vivido en él en su primera fundación, como arriba se dijo.

Estando el P. Alonso de Barzana en la misión del Paraguay, más de seiscientas leguas de esta ciudad del Cuzco, viendo los superiores ya que estaba muy viejo y cansado con tan largas peregrinaciones y dichosos trabajos, les pareció que se volviese al Pirú antes que llegase el término de su dichosa vida, para que la acabase en el cuerpo de la provincia, con grande consuelo de toda ella, que en una congregación provincial lo pidió con muchas veras, y aunque él reparaba en que su vocación y firme propósito que siempre había tenido era de vivir y morir en misiones, y dar la vida por los naturales, feneciendo en aquella latísima provincia, en la cual Dios nuestro Señor se había dignado de obrar por su medio cosas maravillosas, pero llegándole al fin orden del P. Juan Sebastián, provincial que a la sazón era de esta provincia, que se viniese a la provincia donde era tan deseado, y que para su morada y habitación escogiese el colegio que más gustase de toda ella, bajó la cabeza como verdadero obediente que siempre fue, y señaladísimo en esta virtud, y vino escogiendo este colegio del Cuzco, al cual llegó con mucho trabajo y cansancio por su mucha edad y vejez, en compañía de tres estudiantes que de allá trujo, naturales de aquel reino, pretendientes de la Compañía, criados a la leche de su sancta doctrina. Fue recibido en todos los colegios por donde pasó, con grandísimo consuelo de los nuestros y devoción que recibían de ver un tan apostólico varón, pero en particular pasó esto en este colegio y en toda esta ciudad, asé en españoles como en los naturales, los cuales todos recibieron notable alegría por ver en su ciudad a su común padre y apóstol, y aunque el consuelo y el regocijo fue universal a todos, muy en particular lo fue para los indios, recibiéndole con muchas lágrimas y postrándose a sus pies, llamándole el padre sancto. El los regalaba y consolaba a todos con entrañas de verdadero padre.

El poco tiempo que estuvo en este colegio antes de su muerte, fue lleno de achaques y de enfermedades causadas de sus grandes trabajos y vejez, particularmente de la perlesía, como adelante se dirá. Con todo eso, se animaba a predicar a los indios algunos domingos y hacía algunas pláticas a los de casa con mucho fervor y devoción, y siempre en ellas encargaba este ministerio de los indios, tan agradable a los ojos de Dios. Al cabo de un año poco más, fue nuestro Señor servido de llevalle para sí, dándole el premio de sus trabajos y largas peregrinaciones, las cuales hizo con grande espíritu y fervor por dilatar en estos nuevos reinos la fe de Jesucristo y su santo nombre. Murió víspera de la circuncisión, día para él muy alegre y regocijado por ser festividad a quien tenía gran devoción y reverencia. Levantose aquélla mañana como siempre tenía de costumbre para alabar a su buen Jesús, y visitándole el médico, como otras veces solía, le halló sin pulso. Avisó el médico al Padre Rector cómo estaba mortal. El Padre Rector dijo al buen Padre que se acostase porque estaba muy malo y con peligro de la vida. Aceptó la obediencia de muy buena gana y la dichosa nueva de su breve jornada cum gratiarum actione [13], diciendo: Sea el Señor glorificado. Hágase en mí su santa voluntad. Y esto con los ojos bajos y el bonete quitado en la mano, que era su ordinaria postura cuando hablaba o trataba con los superiores, por el respecto y rendimiento grande que les tenía. Pidió luego el santísimo sacramento de la eucaristía y extremaunción, los cuales recibió con extraordinaria devoción y ternura, y acabados de recibir y rezando, y adorando muchas veces con la mesma ternura y devoción una imagen pequeña de Nuestra Señora y cruz de reliquias que siempre traía, invocando también muchas veces de la misma manera el dulcísimo nombre de Jesús, dio el alma a su Creador y Señor, quedando todo el colegio ternísimo por la falta de tan gran varón, y por otra parte con mucho consuelo por el raro ejemplo que así en vida como en muerte había dado como verdadero hijo de la Compañía, y fue obrero de la viña del Señor incansable, en la cual trabajó cultivándola de día y de noche como buen labrador por espacio de 33 años que en ella estuvo. Varón sin duda perfecto y casa donde habitaba el verdadero Dios de Sión, en quien resplandecieron grandes virtudes acompañadas con muchas letras y doctrina. Fue maravilloso en la virtud de la caridad, porque después que Dios Nuestro Señor con su luz y conocimiento, se ofreció a la divina majestad en sacrificio para emplearse en la conversión de la gentilidad con un fuego encendidísimo del divino amor y de la reducción de las almas al conocimiento de su verdadero Dios, y de aquí procedían centellas muy abrasadas, cuales eran el júbilo y gozo que su alma sentía, cuando consideraba en Europa la copiosa y dichosa mies que Dios le tenía aparejada en las Indias, y el deseo eficaz que tenía de verse ya en ellas, y fue est en tanto grado que desde España comenzó a aprender la lengua general de este reino. Cumpliole Nuestro Señor sus deseos, y así, los superiores, a instancia suya le enviaron a estas partes. En el camino se comenzó a ensayar, porque sin perdonar trabajo ninguno ansí en la mar como en la tierra, hacía mucho fructo en las almas con los ministerios de nuestra Compañía principalmente, confesando y predicando con notable fervor y edificación de los prójimos en los puertos donde llegaba. Cogiose mucho fructo en este viaje por medio de este padre, y resultó dél gran bien para muchas almas.

Luego como llegó a Lima se comenzó a ejercitar en confesar y predicar con más fervor que nunca. Acudía a muchas obras pías y al remedio de almas muy necesitadas. Al cabo de muchos días, por acudir a su vocación, sabiendo que en esta ciudad del Cusco y su contorno había muy copiosa mies de la que él buscaba, y ésta muy necesitada, pidió con muchas veras a los superiores le diesen licencia para emplearse en ella, pues éste era el deseo que de Castilla le había traído. Acudieron los superiores a su gusto y petición por estar cierto que estaba fundada en espíritu del cielo y celo de las almas y honra de Dios, y así le enviaron a esta ciudad. Llegado que fue a ella, puso la proa en perficionarse en la lengua quichua, la más general que en este reino corre, que por ser esta ciudad cabeza destos reinos, asiento y corte, como dicho es, de los reyes ingas, se habla en ella con más pulicía y exacción que en parte ninguna. Y no por esto dejaba de acudir a la gente española desta ciudad, que es mucha y muy lucida. Hizo muchos sermones y de mucha importancia en presencia del virrey don Francisco de Toledo, que había subido a visitar la tierra, y de lo mejor del reino, y así, el virrey, como todo el resto del Perú le reverenciaban y acataban como a varón santo y apostólico. Hallose en la muerte de Amaro Inga [14], heredero por sucesión destos reinos. Baptizole y ayudole para la muerte, y como el fuego del amor de Dios y del prójimo, abrasaba su corazón en vivas llamas, siempre buscaba las cosas más arduas y dificultosas, que no alzaba la mano hasta salir con ellas.

Sería nunca acabar poner aquí por extenso las confesiones generales que hacía de todo género de gentes, el mucho número de almas de todos estados que por su medio y predicación se redujeron a su Criador y Señor, unas que con libertad de la tierra y poco freno con las muchas riquezas, poderío y mando, andaban como ovejas descarriadas, engolfadas en un piélago y abismo de vicios y pecados, sin saber qué cosa era Dios y sacramentos de la Iglesia, otras que con la falta de doctrina y enseñanza, y con el mal ejemplo de muchos, como mal habituadas a la embriaguez, idolatría y falso culto de dioses vanos, dejando el conocimiento de su verdadero Dios y la fe que habían profesado en el baptismo, se volvían a los ritos antiguos de su gentilidad . Visitó los Condesuyos del Cuzco y de Arequipa, que son provincias latísimas y de gran suma de almas muy necesitadas. Desbarató en ellas grandísimo número de guacas y adoratorios del demonio. Puso en toda ellas el verdadero estandarte de Cristo nuestro caudillo y verdadero capitán. Predicaba de ordinario contra los ritos gentílicos. Contra la adoración de cerros y valles, guacas y falsos dioses, y esto con tal fuerza de espíritu y fervor, que ponía admiración. Y con esto, el partido del demonio iba muy de rota, abatida, y el de Cristo en mucho crecimiento. Y en medio de estas ocupaciones y ejercicios tan importantes, compuso en la lengua de los indios un libro de sermones de las materias sobredichas, de gran provecho y trabajo, del cual se han aprovechado mucho los padres obreros de indios. Cuentan los nuestros que le acompañaron en algunas misiones como testigos de vista, el modo que en ellas tenía. Levantábase a medianoche, y hasta la mañana gastaba aquel tiempo en macerar su cuerpo con disciplinas y continua oración. Llegado el día se confesaba y decía misa. Luego predicaba, y después del sermón, que era con el fervor, espíritu y provecho ya dicho, se ponía a confesar hasta que le decían que era hora de comer, y en descansando media hora, rezaba las horas canónicas con mucha atención y devoción, y luego al punto se volvía al confesonario, en el cual se estaba hasta la noche, y muchas veces gastaba en esto dos o tres horas de la noche y más, y en acudir a las necesidades espirituales y corporales de todo género de gente, sin hacer diferencia de personas ningunas. Y antes que saliese de esta ciudad animó a los padres obreros para que llevasen adelante lo comenzado, y para ello dio medios eficaces, y por la misericordia de Dios, hasta hoy día ha ido y va en mucho crecimiento la buena semilla que el padre Alonso de Barzana sembró en esta ciudad y su contorno.

No contentándose con esto, pidió licencia a la santa obediencia para ir a la provincia del Collao, con deseo de aprender más lenguas para más ayudar a los naturales, y en el asiento que la Compañía tiene en Juli aprendió con gran facilidad la lengua aymara y predicó en ella mucho tiempo, e hizo gran provecho en las almas, como en la quichua, en muchas provincias, particularmente en el Collao, Chuquiago y Potosí. Y llamándole el Señor a cosas mayores y para almas más necesitadas, su Majestad le dio deseo de aprender la lengua puquina, que es dificultosísima, y salió de tal suerte con ella, que hizo grande fructo en las almas con nuestros ministerios, y la redijo a arte, cosa nunca vista. Y viendo los superiores lo mucho que la divina bondad obraba por medio deste su siervo, la grande fama y opinión que volaba por todas partes de su virtud y santidad, y del provecho que hacía en las almas por medio de la predicación, y cómo la divina Majestad de nuestro Señor Dios le había dado don de lenguas, le encargaron la misión de Tucumán, tierra muy ancha y remota y de almas muy necesitadas. Preparose aquellos días con oración más continua y prolija y con más fervientes y rigurosas penitencias, pidiendo instantemente a nuestro Señor encaminase aquella misión a mayor honra y gloria suya y exaltación de su sancta fe, y tratándolo con algunos padres de la Compañía, siervos de Dios y de experiencia, que a la sazón estaban en Potosí, a quienes con instancia pidió mirasen con atención negocio tan grave y le ayudasen a encomendarlo a Nuestro Señor. Hiciéronlo así, y al cabo de algunos días, tomando el parecer y consejo de los dichos padres, que le aseguraron ser la voluntad del Señor, se puso en camino con otros dos compañeros y anduvo más de cuatrocientas leguas por arenales, tierras ásperas y despobladas, entrando por provincias de indios infieles y de guerra, y esto andando de pueblo en pueblo y sin abrigo, y a veces por montañas ásperas y ríos caudalosos, y aun por atolladeros y ciénegas de grande riesgo, y durmiendo de ordinario en los campos con poco refrigerio y sujeto a las inclemencias del cielo, y por más regalo, debajo de los árboles y en las chozas de los indios, y sustentándose de sus manjares viles y groseros, y a veces estuvo en pueblos y provincias donde por mucho tiempo se sustentó con yucas silvestres, que son ciertas raíces, y la salsa o sal era carbón molido, que es el pan y carne y ordinario mantenimiento de los habitadores de aquellas partes. Muchas veces se vio en manifiesto riesgo y peligro de perder la vida, pero con todos estos trabajos, estaba como una roca firme a las borrascas y tempestades del mar. Era cosa de admiración a todos los que le veían con cuánta seguridad y firmeza estaba asido de Dios, poniendo en Él toda su confianza. Decía muchas veces: Vos, Señor, me enviastes. Vos me ayudarás y labraréis o haréis lo que más convenga a vuestra gloria y honra y a la salvación de las almas y ayuda de los que redimiste con vuestra preciosa sangre, muerte y pasión.

Determinó para mejor ayudar a aquella pobre gente tan desamparada, de aprender la lengua tonocoté y la guaraní, que son las que corren entre aquellas naciones. Y para decillo en breve suma, y para que se vea el don de lenguas que Nuestro Señor comunicó a este padre, y el celo que tenía de la salvación de las almas y la caridad encendida y abrasada con que las amaba, seis o siete fueron las lenguas que aprendió en estas partes, en las cuales catequizó, confesó y predicó, y de ellas hizo muchos preceptos, y de algunas compuso artes[15]. Y fuera de éstas, compuso con gran trabajo, en preceptos, la lengua de los frentones, que es muy ardua y dificultosa. Y con éstas, son siete las que sabía, en las cuales confesó y predicó más de diez y seis años con gran gozo y alegría espiritual suya y aprovechamiento de muchas y remotísimas naciones. Y fuera de los ministerios principales de confesión y predicación, se ocupaba con grande alegría y fervor, con tener muy lastimadas las piernas y llenas de llagas, cuyas bocas y señales duraron hasta su muerte, en buscar los indios por las punas y cerros, guacas y adoratorios, que allí estaban escondidos, adorando los falsos dioses, a los cuales catequizaba y enseñaba los misterios de nuestra santa fe de mil en mil y más. Provincia hubo en la cual catequizó por su persona pasadas de seis mil almas y las baptizó, y él mesmo dijo algunas veces que pasaban de diez y seis mil las personas que había baptizado en los reinos de Tucumán, después de catequizados y bien instruidos en las cosas de nuestra sancta fe católica. Refería también que la divina bondad de nuestro Criador y Señor milagrosamente le había guardado de mil peligros y dádole salud y conservádole las fuerzas corporales para poder llevar los increíbles trabajos que había padecido en aquellas provincias. Y bien se deja entender lo que trabajaría en catequizar, doctrinar y baptizar tanto número de almas, y más siendo tan corta la capacidad de la gente, por lo cual era necesario repetir infinitas veces una misma cosa, y estar en continuo ejercicio de catecismo de noche y de día, y aunque hartas veces sentía la cabeza muy flaca y fatigada con el mucho trabajo y cansancio, y el cuerpo muy debilitado por ser entonces de edad de sesenta y ocho años, y andar muy de ordinario a pie y casi descalzo, entre infieles y gente idólatra, sin regalo ninguno, con todo eso el fervor del espíritu era tal, que daba cada día nuevo esfuerzo y aliento al cuerpo cansado, y sacaba, como dicen, fuerzas de flaqueza. Fue al reino del Paraguay, en el cual hizo cosas no menos maravillosas, que se referirán en particular en la historia de aquella misión. Al cabo de tan loables trabajos, fue Nuestro Señor servido de ejercitar a su siervo con una grave enfermedad de perlesía.

Fue mucha la perfección que Nuestro Señor le dio en la virtud de la obediencia, y grande la sujeción, rendimiento, reverencia, y obediencia que a los superiores tenía, tanto que su común frasis y manera de hablar, así en cartas como fuera de ellas, era llamarlos su vicedios en la tierra. Fue siempre verbo et opere [16] un vivo retrato y dechado de esta virtud. Nunca jamás replicó a cosa ninguna que se le ordenase de parte de la obediencia, ni proponía, ni se sintió en él contradicción alguna, aun en las cosas mínimas, y mucho menos en las mayores, como cuando se le ordenó que se fuese a Tucumán, Paraguay y Río de la Plata, y otras partes semejantes. En las obediencias grandes y pequeñas, su ordinaria y común respuesta era: Hágase en mí la voluntad del Señor y Vamos donde nos enviaren, que allí hallaremos a Dios. De aquí procedía la grande indiferencia que tenía a los superiores. Dejábase en sus manos para que hiciesen lo que quisiesen y dispusiesen a su gusto y voluntad, como un cordero o una cosa sin juicio y sin sentido, como lo experimentamos todos en cosas bien arduas y difíciles. De aquí nacía la llaneza, verdad y claridad que con los superiores tenía, y por esta causa siempre se confesaba con ellos y no daba un paso que no fuese con su orden y licencia, y con la misma exacción y puntualidad seguía la dirección del superior en las cosas mayores que en las menores, comunicándolas todas con misa, dónde y a qué hora, cuándo había de comer, qué cosas y en qué partes, y otras circunstancias tales, que ponían admiración a los que tratan este lenguaje. Causábanos ternura y devoción ver a un hombre tan cano y venerable, todo calvo y más blanco que una paloma, de las partes y dones que todos sabíamos, estar delante de cualquier mozo, como fuese superior, como un niño de pie y desbonetado y con los ojos en la tierra, esperando su dirección. Y finalmente, para él no era menester expreso mandamiento. Bastaba cualquier señal o significación de la voluntad de su vicediós, como él decía. Y qué maravilla que tuviese tan perfecta obediencia a los superiores que están en lugar de Dios, el que la tenía con tanta puntualidad y exacción a los que estaban en lugar de los dichos superiores, o ellos nombraban y señalaban por sus inmediatos instrumentos, como el sacristán, enfermero, y otros oficiales semejantes. Y aunque pudiera probar esto con mucho número de ejemplos, sólo diré uno por haber sucedido un cuarto de hora antes de su muerte. Había prometido el buen padre a su enfermero, mucho antes, en sus achaques y enfermedades, que le había de obedecer hasta la muerte, y estando ya en aquel artículo, y vuelto hacia la pared, porque acaso no se nos quedase muerto en aquella postura, sin que lo viésemos expirar, le rogamos los circunstantes que nos hallamos presentes, que volviese el rostro hacia nosotros para nuestro alivio y consuelo, pero estábase como una piedra inmoble y sin respondernos cosa alguna, hasta que llegándose el enfermero, con voz alta le dijo: Padre Alonso de Barzana, Vuestra Reverencia se vuelva hacia nosotros porque así conviene. Y como si resucitara o despertara de un sueño pesado, volvió el rostro a la voz del enfermero, que tenía en lugar de su superior y de Dios, y volviéndose con el mayor ímpetu y ligereza que pudo, le dijo: Ea, hermano, que aquí estoy. Vea lo que quiere que haga. Y desta manera murió dentro de un cuarto de hora, obedeciendo hasta la muerte. Y como vir obediens loquetur victorias, como dice el Espíritu Santo [17] . Y este buen padre se señaló tanto en esta virtud, por medio de la cual confesaba y decía muchas veces haber recibido grandes misericordias y mercedes de la mano del Señor. Nacía como de una fuente o manantial la victoria grande que había alcanzado de sus inclinaciones y apetitos, con una paz y tranquilidad grandísima de su hombre interior y exterior, señalándose con gran perfección en la mortificación de sus sentidos. De aquí, una grande modestia y composición, sinceridad y llaneza columbina [18], con la prudencia y discreción necesarias. De aquí, la afabilidad que tenía y buen trato con todos, de suerte que ricos y pobres, grandes y pequeños, quería meter en sus entrañas. Y así, acudía a él todo el mundo con confianza de hijos a padre verdadero. De aquí la misericordia, piedad y compasión que tenía con los afligidos y desconsolados. Y en esta parte le había hecho el Señor tanta merced, que raras veces llegaban a él almas afligidas y desconsoladas, que no saliesen con notable alivio y consuelo. Sucedió a una persona virtuosa, entre otras muchas, que como se hallase turbada y afligida con una inquietud y tentación que la traía muy inquieta y desasosegada, y no aprovechándole varios medios y trazas que había tomado para alcanzar reposo y descanso, determinose descubrir su pecho al P. Alonso de Barzana y manifestalle la borrasca de olas y tempestades que el demonio había levantado en su alma, y los medios que para su remedio había buscado. El padre le oyó con mucha atención y respondió con la risa y la alegría acostumbrada: No se tomen esos medios, señor, que ha puesto, sino éstos que yo le daré. Sosegose luego la mar con ellos y cesó la tempestad, de tal suerte que el demonio nunca jamás le volvió a combatir, lo cual contaba esta persona virtuosa con mucha ternura y devoción.

De aquesta virtud también nacía la rara mansedumbre y humildad de que Dios dotó a este su siervo, procediendo como un manso cordero y sin hiel con todos, particularmente con los indios, que por ser gente humilde y pobre y de poca capacidad, necesariamente ha de tener mil importunidades y niñerías enfadosas, que no lo eran para el buen padre, teniéndose por el hombre más vol y bajo del mundo, y por indigno del pan que comía y del lugar que ocupaba, aunque estas virtudes y otras muchas también procedían del trato frecuente y comunicación que tenía con Dios nuestro Señor, y de la virtud de la oración, en que floreció mucho. Gastaba en ella largo tiempo, y cuando sentía mayores aprietos y necesidades, o en sí o en sus prójimos, vacaba más a ella, como lo hacía en las misiones, o cuando se le ofrecía alguna obediencia o empresa grave. Y en las cosas más grandes y dificultosas se daba con más veras y fervor a la oración, y casi toda su vida era una continua oración y trato con Dios, porque todo el día y en todas las obras que hacía era su ordinario ejercicio hablar con Dios con palabras afectuosas y oraciones jaculatorias. Y así andaba de día y de noche en la presencia de su Criador y Señor. En todos los peligros o negocios grandes o pequeños acudía a la fuente de la oración, y en ella le enseñaba el Señor lo que debía hacer. Contaron muchos que lo vieron por sus propios ojos, que saliendo una vez en Tucumán en compañía de muchos soldados, por indios infieles y de guerra que había por donde habían de pasar, y llegando a cierta sabana, de repente salió a ellos un ejército de indios, los cuales con grande denuedo comenzaron a flechar a los soldados que con el padre iban, y mientras los soldados se defendía varonilmente, él se retiró a una parte, y postrándose de rodillas ante su Dios, le pidió afectuosamente el remedio, y fue así, que con tardar la batalla buen rato, y ser sin comparación más los indios de guerra, los nuestros quedaron vencedores y los indios huyeron, la cual maravilla atribuyeron todos a la fervorosa oración del Padre Barzana. Su ordinaria oración era de los atributos y perfecciones divinas, de la hermosura de los ángeles, de los cielos, de la gloria y bienaventuranza. Y para esto tomaba ocasión de las criaturas. Entrándole a ver un padre en su celda, antes de su muerte, le halló muy embebido y ocupado en la consideración atenta de unos claveles que el enfermero había puesto por orden en su mesa, y preguntándole el padre que qué hacía, él respondió: "Padre, estoy considerando el orden y concierto de los querubines que están en presencia de mi Señor, abrasados y encendidos en su amor. En la ciudad de Guamanga un religioso grave le llevó por recreación a su jardín, que con mucha curiosidad había plantado. El P. Barzana viendo la hermosura y belleza del jardín, comenzó según su costumbre, a entrar en la consideración de las cosas divinas y celestiales, y dijo al religioso: Estas acequias de agua, con su riego, hacen florecer todas las rosas y claveles de este jardín, mas la divina gracia, con su rocío, sustenta las almas puras y las hace que sean un huerto y paraíso agradable a Dios, el cual sea glorificado. Esto contaba el religioso con grande concepto y estima de la santidad del P. Barzana. Y a este talle sacaba de todas las criaturas alabanzas del Señor, como la abeja cuidadosa miel dulce y suave con que obra su panal, de todas las flores del campo". 

[1] De la provincia de Castilla eran: Bartolomé Hernández. Juan García y Juan Hernández; de la provincia de Toledo: Rodrigo Álvarez, Juan de Zúñiga, Diego Ortuño, Juan de Casasola; de la provincia de Andalucía: Hernán Sánchez, Alonso de Barzana, Diego Martínez, Sebastián Amador, Juan Gómez.

[2] Vargas Ugarte, Rubén, S.J. Historia de la Compañía de Jesús en el Perú, I, p. 161, Burgos, 1963.

[3] Baltasar de Piñas.

[4] Arch. Per. Congregaciones Provinciales (1576-1620).

[5] Los revisores fueron Fray Juan de Almaraz, agustino; Fray Alonso Díaz, mercedario, Fray Pedro Bedón y Fray Lorenzo González, dominicos, y el presbítero Martín de Soto.

[6] Santiago del Estero.

[7] Barraza, Jacinto, S.J... Historia de la Provincia del Perú. Manuscrito, p. 637 y siguientes. Carta citada por el P. Rubén Vargas Ugarte. Historia de la Compañía de Jesús en el Perú, T. 1, p.p. 193-194).

[8] C.I. Organización de la Iglesia en el Virreinato del Perú, Vol.I, p. 363, nota. Carta citada por el P. Rubén Vargas Ugarte en: Historia de la Compañía de Jesús en el Perú, T. 11, p.p.383.111111

[9] Pastells Pablo, S.J. Historia de la Compañía de Jesús en la provincia del Paraguay. T. 1, p.285.

[10] Guaraníes de Aracayú.

[11] Pastells Pablo, S.J. Historia de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay. T. 2, p. 124.

[12] Historia General de la Compañía de Jesús en la provincia del Perú. Crónica anónima de 1600 que trata del establecimiento y misiones de la Compañía de Jesús en los países de habla española en la América Meridional. Edición preparada por F. Mateos, S..J. Madrid, 1944. T. II., pp.56-69).

[13] Cum gratiarum actione (En acción de gracias).

[14] Tupac Amaru (Tupaq Amaru).

[15] Arte (Gramática).

[16] Verbo et opere (De palabra y de obra).

[17] Vir obediens loquetur victorias (El varón obediente contará victorias) (Proverbios 21, 28).

[18] Columbina (De paloma).

Publicado por Javier Baptista Morales en 0 Etiquetas: Historia http://javierbaptista.blogspot.pe/2007/07/alonso-de-barzana-naci-en-1530-en.html

 

 

ICHARD DANIEL ALARCÓN URRUTIA, ARZOBISPO METROPOLITANO DEL CUSCO, POR LA GRACIA DE DIOS Y DE LA SEDE APOSTÓLICA.

EDICTO

Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Padre Alonso de Barzana, S. J.

El Siervo de Dios P. Alonso de Barzana, S.J., se ordenó de Presbítero diocesano en 1555 y fue primero enviado a predicar en los pueblos de la Región de Andalucía, España, Luego de 10 años de ministerio presbiteral, ingresó en la Compañía de Jesús y fue enviado al Perú integrando el segundo grupo de misioneros por mandato del entonces Superior General Francisco de Borja en 1569, donde los jesuitas realizaban especialmente un trabajo misionero.

Luego de los primeros años a las afueras de Lima, en la doctrina de Santiago del Cercado y en la de Huarochirí, poco tiempo después es enviado a la ciudad del Cusco para continuar su misión evangelizados y misionera. Se ganó el respeto de todos, españoles e indígenas, y fundó junto con otros dos Padres la Cofradía del Nombre de Jesús, con sede en la Capilla lateral del Templo de la Compañía.

También adoctrinó a los indígenas de la etnia de los Uros en Arequipa y su fama de apóstol ya era conocida por todo el Perú por despertar en aquellos que evangelizaba "la fuerza de la verdad en sus almas" y que provenían de lugares muy remotos para escuchar su predicación y recibir la gracia del sacramento de la reconciliación.

En 1577 fue enviado a la doctrina de Juli donde fue uno de los fundadores de esta importante misión que llevaban los jesuitas y en la que destacó de inmediato en su aprendizaje y manejo de la lengua aymara. Se le encomendó la predicación y confesión de los adultos en los pueblos de Chucuito, Yunguyo, Copacabana y en otros pueblos de la región. Las virtudes del P. Barzana resaltan de manera particular entre los padres de Juli. El Padre Barzana escribió manuales de gramáticas, diccionarios, catecismos, sermonarios y confesionarios en las distintas lenguas aborígenes que trabajó para su labor evangelizadora y para el dictado del curso de lenguas indias en Cusco y Puno.

Luego de un tiempo pasó hasta la actual República de Bolivia hasta que el Obispo de Tucumán, en Argentina, Fray Francisco de Vitoria, solicitó jesuitas para trabajar en su diócesis. En 1585 llegó a la provincia del Tucumán y más tarde al Paraguay. Su trabajo se extendió hacia la región de los Calchaquíes y el Gran Chaco. En el norte argentino y en el Paraguay se le llegó a conocer como "el Padre Santo".

Estando en Asunción del Paraguay escribió una carta al P. Provincial de la Provincia del Perú Juan Sebastián de la Parra, originalmente fechada en 8 de setiembre de 1594, donde da cuenta de todas las regiones por las que debió pasar y que para entonces ya se encontraban constituidas. Dichas regiones corresponden a la actual República de Argentina y son las siguientes: Santiago del Estero, Salta, Guairá, Tucumán, Rio de la Plata, Córdoba, Nueva Rioja, Jujuy, Las Juntas, Santa Fe, Concepción, Buenos Aires, Villa Rica del Espíritu, Santa Cruz de la Sierra, etc. Dicha carta da cuenta del profundo interés acerca de la cultura y lenguas indígenas, por medio de las cuales realizó su gran labor evangelizadora en estos territorios.

Por motivos de salud sus Superiores le ordenaron regresar al Perú para restablecer su salud y recuperar fuerzas y al pasar camino a Lima por la ciudad de Cusco falleció en la mañana del día 1 de enero de 1598, en olor de santidad, en el Colegio de la Compañía de Jesús, con gran paz y serenidad de consciencia a los 70 años de edad y 40 años de vida en la Compañía de Jesús. Su cuerpo fue enterrado en este Colegio. Fue un gran y reconocido apóstol y misionero ejemplar, siguiendo el ejemplo de San Francisco Javier.

Su testimonio fue pues el de un misionero entregado totalmente a su labor evangelizadora y con un alto sentido profesional que lo llevó a ver en el aprendizaje de las variadas lenguas indígenas un requisito fundamental para realizar su labor apostólica. Misionero incansable, abrió las puertas del trabajo de inculturación del evangelio en América del Sur. Entregó su vida de manera radical, predicando el evangelio de Jesucristo, con un notorio desgaste físico, fruto de su labor misionera, asumiendo con espíritu evangélico todas las dificultades que en aquellos tiempos ello significaba.

Destacó por su obediencia y respeto a sus Superiores, tuvo mucha movilidad por diferentes pueblos del Perú como resultado de las distintas "misiones" que aceptó sin reservas. También se destacó por su humildad, modestia y acentuado espíritu de pobreza, material y espiritual y marcado espíritu ignaciano, que se reflejó en el ejercicio de los diversos ministerios apostólicos que le confiaron. Fue hombre de oración y contemplación. Muy probablemente, catequizó y evangelizó a los indios apelando a la belleza del medio ambiente en el que vivían y al mundo creado por Dios. La persuasión de la palabra es un elemento importante a rescatar, como también su cercanía pastoral y su bondad para con los indígenas.

Por tanto, acojo la solicitud del P. Antón Witwer, S.J, Postulador de la Compañía de Jesús, quien me ha manifestado el deseo y voluntad del Papa Francisco de instruir la apertura de la Causa de Canonización del Siervo de Dios P. Alonso de Barzana, quien evangelizó a nuestros pueblos dando testimonio con el ejemplo de su vida y anunciando con alegría el Evangelio de Jesucristo, a imagen de Jesucristo Buen Pastor. Como dice el Papa Francisco: "De nuestra fe en Cristo hecho pobre y siempre cercano a los pobres y excluidos brota la preocupación por el desarrollo integral de los mas abandonados de la sociedad. Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que pueda integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo. Basta recorrer las Escrituras para descubrir cómo el Padre bueno quiere escuchar el clamor del pobre" (EG, 186-187), prestando " atención a las comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales" (LS, 146) y cuidando (el mundo y la calidad de vida de los más pobres, con un sentido solidario que es al mismo tiempo conciencia de habitar una casa común que Dios nos ha prestado" (LS, 232).

Invito a todos los fieles a comunicar o hacer llegar al Arzobispado toda noticia o información favorable o contraria que ayuden al proceso de investigación acerca de la vida, virtud y fama de santidad del Siervo de Dios P. Alonso de Barzana.

DECLARO que el presente EDICTO sea publicado en el sitio web de la Arquidiócesis y permanezca durante un mes en los medios informativos de nuestra Arquidiócesis.

Regístrese, comuniqúese y archívese.

Dado en el Arzobispado del Cusco, a los treinta días del mes de diciembre del año del Señor dos mil quince.

http://www.arzobispadodelcusco.org/noticia.php?idnoticia=1727

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