jueves, 22 de septiembre de 2011

JOSÉ ANTONIO DEL BUSTO: CATÓLICO, APOSTÓLICO, ROMANO...Y PERUANO

El Comercio está publicando la Obra Escogida del inolvidable Maestro de la Peruanidad, Dr. José Antonio del Busto. En sus “Memorias de un historiador” editadas el sábado pasado 17 de septiembre, nos brinda esta limpia y sincera confesión de su fe de Creyente, practicante y pecador

Capítulo XXII: La religión

La forma religiosa

Bautizado el 25 de setiembre de 19362; desde entonces pertenezco a esa Iglesia que es una, Santa Católica, Apostólica y Romana, como rezaba en mi niñez el Catecismo.

            Mi padre me enseñó a signarme y mi madre me hizo aprender el Padrenuestro y el Ave María, el credo y la Salve. Los dos eran creyentes y practicantes. Su hogar siempre siguió una línea moral. El ejemplo de mi padre y los consejos de mi madre me sirvieron toda la vida. Dios los tenga en su gloria, pues mejores no pudieron ser.

            Temprano conocí la Iglesias. Fue la parroquial de Barranco, mi templo bautismal. Escuché misa desde antes de tener uso de razón y salí de monaguillo en la procesión del Corpus Christi. Tenía entonces cinco años de edad. Lo malo fue que en plena procesión, por cuestión de quitarme allá esas pajas, me lié a golpes con otro monaguillo y tuvieron que venir a separarnos.

            Ingresando al colegio marista, el hermano Luis – que era el director – preparó un grupo de niños para la Primera Comunión, pero el terremoto del 24 de mayo de 1940 nos impidió hacerla. Por eso, recién pude ser reocomulgante el 20 de junio del año siguiente. Recibí la Hostia de manos de fray Conrado Juaniz, franciscano del convento de Barranco y Capellán del colegio. Fue en la capilla del plantel. Corrieron a la misma mis padres y mis abuelos. En esa capilla y ese año, recibí el sacramento de Confirmación. Fue el 12 de octubre, por la mañana. Me confirmó el también franciscano fray Francisco Solano Muente, Obispo de Ayacucho. Fue mi padrino Guillermo Avilés Shepelmann, primo paterno de mi madre.

            Por esos días hubo un momento en que, niño como seguía siendo, en la misa del colegio y durante la elevación, vi al Crucificado en la hostia sacerdotal. El “milagro” se repitió tres veces. Callé mi secreto varios días, me sentí privilegiado de Dios, pero no pudiendo guardarlo más tiempo, se lo comuniqué al hermano Luis, el que me había preparado para la Primera Comunión.

El Hermano me miró comprensivo, me sonrió con amabilidad y me condujo a la sacristía de la capilla. Abrió una alacena, sacó una caja de hostias mayores sin consagrar y tomando varias de ellas me las acercó. Todas tenían un crucificado estampado y relievado hecho en molde o a presión. Mi decepción fue grande y mi rostro debió evidenciarlo. Yo no era un privilegiado del cielo. Mas el hermano entendió la reacción y me dijo bajando la voz: los milagros existen pero no son tantos como uno cree, el que pan se convierta en el Cuerpo de Cristo, es milagro de Dios, pero que el Crucificado esté impreso en el pan, es obra del hombre. No me quedó huella negativa de esta dura experiencias, pero sí despertó en mí el espíritu crítico. Nunca he visto un milagro, pero desde entonces tomo con mucho recelo todo lo que pareciera ser supresión del orden natural por permisión divina.

            Me dictaban todos los días una clase de religión. Me interesó muchísimo. Me acostumbré a preguntar y a obtener respuestas. De niño fui lector del Catecismo y de adolescente del libro de Apologética. Por entonces leí los cuatro Evangelios y descubrí con especial deleite el Antiguo Testamento. Siempre busqué solucionar mis dudas. Mis profesores las supieron contestar. Excelentes maestros los maristas nunca insistieron en prácticas exageradas ni en climas subjetivos. Enseñaban sin fanatismos, su pedagogía era lógica y serena. Con ellos aprendí a ser ecuánime en materia de religión y a buscar a Dios serenamente.

            Mis lecturas de la Biblia me descubrieron el Pentateuco y en primer lugar el Génesis. El Génesis fue la lectura de mi adolescencia. Me intrigaba el origen del hombre, su expansión, las razas. La creación tuvo para mí un efecto inagotable. El Génesis y su relación con la ciencia se convirtieron en una obsesión . Ello me ubicó tempranamente en un terreno fértil. Entendí la evolución, el deísmo y el teísmo, la aparición del protozoario, de los vegetales y delos animales dentro de las eras Geológicas. Me impresionó el Jurásico y la Teoría de Wegener.Conocí a elPleistoceno. Aprendí a diferencia al Cromagnon del Neandertal y al Gomo Sapiens del Homo Sapiens Sapiens. LA evolución darwiniana no estaba reñida con el plano divino. Esta etapa de mi vida fue mi primera gran lección sobre el pasado humano y esta aproximación del pasado, inconscientemente, terminó adentrándome en la historia.

            Me detuve primero en la historicidad de Jesús. Leí los cuatro Evangelios auténticos (lossinópticos y el joánico), me aparecieron ajenos al error y al dolo. Las impresiones históricas eran salvables, explicables, no había contradicción, por el contrario, existía complementación, unificación. Leí también los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas de Pedro y Pablo, Santiago, Judas Tadeo y del evangelista Juan. En fin leí todo el Nuevo Testamento con singular atención, siempre conforme a mi saber y entender, porque no tenía estudios especiales. Empero, mi curiosidad me llevó más allá. Llegué a los Evangelios Apócrifos buscando su relativo valor en los nombres de Melchor, Gaspar y Baltazar, de la Verónica y de Longinos, de Dimas y de Gestas. Me expliqué entonces por qué la Iglesia Romana no les reconocía veracidad total y pocas veces los utilizaba en refuerzo de la tradición… El asunto religioso no era difícil. El origen histórico del cristianismo era simple, sencillo: se debió a doce pescadores de hombres  y al hijo de un carpintero.

            Finalmente, recién a estas alturas, apareció mi prójimo, mi “próximo”, en la segunda parte del Gran Mandamiento. Me mandaba este: primero Dios, después mi prójimo. Ante debía realizarme, luego servir a mis semejantes. Lo contrario era cumplir la Parábola de los Talentos. Nadie da lo que no tiene pero, a mayor realización, mayor fruto. Así lo pensé y no me arrepiento. Mis prójimos genéricos son todos los hombres, pero los prójimos inmediatos los nacidos en el Perú. Mi “proximidad” a ellos estaba más ligado por sangre, afinidad y cercanía. La caridad bien entendida debía empezar por casa. Y así, con pocas luces y ninguna duda, solucione este problema existencial. 

 

Creyente, practicante y pecador

Egresé del colegio inquieto en materia de fe. El claustro universitario, por su parte, estimuló mi espíritu  de búsqueda. Tenía hambre de Dios.

Por recomendaciónde mis catedráticos leí a Aristóteles, a San Agustínde Hipona y a Tomás de Aquino en sus obras más representativas. Me descubrí mal lector de filosofías, pero insistí hasta terminar los libros comenzados. Quedé contento mas  no saciado. No me fue mejor con los filósofos modernos a partir de Descartes: Kant, Hegel, Schopenhauer. Mi terreno, evidentemente, no era la filosofía.

Por este mismo tiempo profundicé la Historia de la Iglesia y entendí que, aunque de origen divino, era una institución humana. El dogma seguía incólume mas la continuidad, tampoco rota, presentaba personajes escandalizantes. No existía Juana Papisa, pero figuraban Teofilacto, Teodora la Mayor, Teodora la Menor, Guido de Toscana, protagonizando esa Edad de Hierro de la Iglesia que resucitó en parte Alejandro VI.

La Historia Universal me presentó otras figuras menos cercanas: Buda, Confucio, Mahoma. Todo eso lo aprecié de lejos, naturalmente, pero con la ayuda de Onorio Ferrero, Orientalista de viejo cuño que enseñaba historia con increíble erudición. Gracias a él entendí también a los griegos y romanos, a los egipcios y mesopotámicos… Me quedó muy claro que los pueblos fueron evolucionando del animismo al politeísmo, y del politeísmo al monoteísmo. Recuerdo que me detuve en el antiguo Egipto con los personajes interesantísimos: Moisés y Akhenaton.

Me interesaba una religión no afectiva, en lo posible racional. Quería verlo todo con frialdad científica. Sin duda era exigente, pero me sentía bien así. Desde mi pequeñez pedía grandeza y desde mi ignorancia, sabiduría. Perdonando mi soberbia, Dios me concedió el donde  de la fe. Acabado yo no quería creer, pero creía.

Mis interrogantes me condujeron entonces a monseñor Luis Lituma Portocarrero, el eclesiástico peruano más docto que he conocido. Piurano huancabanbino y Canónigo de la Catedrallímense, Catedrático de la Universidad Católica y Doctor en Sagrada Teología, era un talento superior. Había estudiado en la Universidad Gregoriana de Roma donde también fue profesor y en donde conservan en alto su retrato. Nunca pudo escribir obra grande por estar siempre entregado a los encargos de la Curia, a las labores docentes ya a su misterio sacerdotal. Leía mucho, tenía las soluciones precisas, conocía a los autores antiguos y modernos, era escriturista y preceptor de Patrística. Fue mi gran menor en materia de religión, resolvió sin dudas. Estas giraban en torno al pecado original, la Redención y al doctrina de la gracia. Mi fe se robusteció con su trato y palabra, de modo que cuando falleció mi mundo religioso estaba definitivamente resuelto. Fue una regalía haberlo conocido.

Hoy me siento más maduro. He tratado con varones convencidos de otros credos, así mismo con ateos y agnósticos honestos. Me explico su posición, no la justifico. También he descubierto que los judíos ortodoxos son mis hermanos mayores, que los cristianos heterodoxos son mis hermanos menores y que los musulmanes son mis primos carnales. Todos nos inspiramos en el Libro. Respeto a las múltiples creencias y a los hombres de buena voluntad. Confío en que todos nos encontraremos en la cumbre de la montaña. Sin embargo, mi camino es mi camino, me parece el mejor.

Hoy después de otras experiencias que silencio por ser muy íntimas o no interesar a nadie, creo en Dios y quiero amar a mi prójimo. Pero estoy muy lejos de ser perfecto. No me siento malo. Pero tampoco bueno. Por eso me sincero y confieso con humildad soy creyente, practicante y pecador.

El Dios de mi fe

El Dios de mi fe es el Dios de mi vida. No es el dios máximo de todas las religiones, como quiere la Teosofía ni el dios único de todos los credos monoteístas que predican filosofías complacientes. Tampoco es el dios máximo ante los demás dioses ni todo dios es el Dios único y máximo, como cree el Henotismo. Mi Dios carece de explicación física. No es la máxima energía sino el Autor de la energía misma. No hay que confundir al Creador con sus criaturas, eso es Panteísmo. Dios tampoco es Teogonía, aunque es Padre y es hijo, ni necesitamos, para creer en su existencia, de otra epifanía. Nuestro temor a Dios no es teofobia, nuestro culto a Dios sí es latría. El Dios revelado es Teología, el Dios razonado es Teodicea. A dios llega por la razón y la revelación, pero, sobre todo por la fe.

Para mi cerebro Dios es el origen y el centro de todo. Es lo perfecto y es lo santo. Es el Supremo Ser, el creador, el Hacedor, el Todopoderoso, el Eterno, el Autor. En él se explica todo lo existente por presencia o por ausencia, nada es casual, todo es causal, y Dios oficia de Primera Causa. Los hombres – no en vano hemos sido hechos a su imagen y semejanza- tenemos algo de Dios sin ser dioses; creamos. Los animales y vegetales procrean, el hombre además crea. Somos creadores de nuestras propias obras con mérito a con demérito.

Mi concepción teocéntrica se ha reforzado con el tiempo. Es la única que me convence. Mi Dios, más que el Dios de la razón es el Dios de la revelación. Aun así, no podemos comprenderlo plenamente. En realidad se le intuye, lago se le conoce, pero es imposible comprenderlo en su totalidad. Algo ayuda la presencia del Universo. Así como hay espacio sin objetos no hay objetos sin espacio y eso significa para mí, que puede haber Dios sin cosmos pero no cosmos sin Dios.

Dios es indefinible, tautológico. Es el Dios de la Biblia, el Dios de la Iglesias de Roma, el Dios de mi fe. Ese Dios incomprensible que para darse a conocer tuvo que decir: Yo soy el que soy.

 


Universidad Catolica Sedes Sapientiae

 

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