miércoles, 4 de septiembre de 2013

TORQUEMADA SIGUE “TORQUEMADO”. ¿Por qué se sigue calumniando a este dominico e inquisidor ejemplar? Datos sobre la Inquisición y Tomás de Torquemada

TORQUEMADA SIGUE "TORQUEMADO".

¿Por qué se sigue calumniando a este dominico e inquisidor ejemplar? Datos sobre la Inquisición y Tomás de Torquemada

José Antonio Benito Rodríguez, UCSS

"Torquemada en la hoguera" (1889), es el título de una célebre novela de B. Pérez Galdós, quien recrea la figura de un infame usurero, que ya había aparecido en sus novelas "Fortunata y Jacinta" y en "Lo prohibido"), y que volverá a cobrar vida en las tituladas "Torquemada en la hoguera" "Torquemada en el Purgatorio"(1894) y "Torquemada y San Pedro"(1894).

En recientes eventos académicos me ha tocado escuchar el nombre de Torquemada como sinónimo de tirano, corrupto, inescrupuloso, maquiavélico. También he leído los mismos epítetos en artículos como el de nuestro célebre constitucionalista Enrique Bernales Ballesteros y que tituló "La cultura de la sospecha. La herencia de Torquemada" ("El Comercio" Lima, lunes 2 de setiembre del 2013, Opinión). Cito:

"El humanismo careció de poder para impedir que, al amparo de la Contrarreforma, se fortaleciese una práctica de represión de la libertad, que fue acompañada de crueles métodos de tortura y muerte. Instrumento principal de este oscurantismo fue la Inquisición, un tribunal eclesiástico que impuso sus reglas sobre cualquier autoridad secular. El más caracterizado inquisidor fue Tomás de Torquemada, fraile dominico cuya profunda desconfianza del ser humano lo llevó a convertir la sospecha en la regla de la que nacían la persecución, la presión, la tortura y la muerte".

No entro en el análisis del por cierto brillante ensayo de nuestro destacado jurista. Tan sólo quiero poner en solfa que los culpables de que "la calumnia se vuelve verdad, el honesto deviene en cínico al descubierto, los gobernantes se convierten en incapaces" sean Torquemada y la Inquisición.

INQUISICIÓN ESPAÑOLA

Decía San Agustín "qué malo cuando me miro a mí mismo y qué bueno cuando me comparo". El Tribunal hay que estudiarlo en el contexto histórico, comparándolo con los tribunales del momento; fueron varios los procesados por la justicia civil que buscaron ser juzgados   por delitos religiosos y acogerse a la menor dureza de la Inquisición. Los indios y negros estaban exentos por considerárseles "tiernas plantas en la fe".

Todavía hay plazas o calles "cruz verde", el color de la Inquisición, cuyo significado es esperanza, salvación... y que venía dado por el hecho de vivir allá alguien relacionado con la institución como puede ser en Arequipa[1], o como el caso de Valladolid (España), por ubicarse allá el Tribunal.

La historiadora sanmarquina Cristina FLÓREZ rescata alguno de los sermones pronunciados en los "autos de fe", y en ellos el Tribunal de la Inquisición es considerado en toda su importancia puesto que "defiende, ampara y purifica la verdad, en él halla el errado, enmendado y convertido misericordia y en él es también castigado el pertinaz rebelde y duro con equidad de justicia"[2]

Dejo de lado la Inquisición Medieval (siglo XIII) y Romana (1542) para centrarme en la Inquisición española, que fue fundada por el Papa Sixto IV en 1478. En la bula de fundación se establecía, entre otras cosas, la obligación de los reyes, de luchar contra los musulmanes, que amenazaban Europa y estaban dentro de las fronteras españolas. También era preocupante el problema de los falsos conversos judíos o judaizantes, que seguían viviendo su fe y predicándola a otros. Todo lo cual iba en contra de la unidad nacional. La Inquisición nunca se entrometió con los judíos y musulmanes que vivían su fe, ni tampoco en América con los nativos, sino con los que se habían convertido a la fe católica para obtener ventajas sociales y no la practicaban. Además, hay que tener  en cuenta que los judíos eran mal vistos por la población, debido a los altos intereses que imponían en sus préstamos. En varias oportunidades, había habido linchamientos de judíos por parte del pueblo. En cuanto a los moriscos o convertidos del islam, que no vivían su nueva fe, eran un peligro constante, porque se podían aliar con los piratas musulmanes, que asolaban las costas españolas. Incluso, se rebelaron contra el Estado y hubo que reprimirlos con las armas hasta que fueron expulsados.

El tribunal de la Inquisición española era mitad civil y mitad eclesiástico. El rey proponía al inquisidor general, que era aprobado por el Papa, y el inquisidor general con su Consejo (llamado la Suprema), nombraba a los demás inquisidores. El primer inquisidor general de España, nombrado por el rey y aprobado por el Papa, fue el famoso Torquemada, del que tanto se ha hablado maliciosamente, en contra de la verdad. Según las investigaciones actuales como veremos a continuación, era un hombre bueno, humano y austero[3].

LA INQUISICIÓN EN EL PERÚ

En el Perú, la Inquisición fue creada por el Rey Felipe II en 1569 y no era sino una filial provincial del Consejo de la Suprema y General Inquisición española. Debe mencionarse que en toda la América hispana sólo funcionaron tres: México, Lima y Cartagena de Indias; en provincias sólo existían, representantes como los "familiares" de la Inquisición, encargados de velar por los objetivos de la Suprema.

La Inquisición de Lima entró en funciones en 1570, siendo Virrey del Perú Francisco de Toledo. Los primeros inquisidores fueron Serván de Cerezuela y Andrés de Bustamente; pero este último, falleció cuando se hallaba en pleno viaje desde la metrópoli hacia Lima, quedando Cerezuela a cargo del distrito limeño. El Tribunal comenzó sus acciones en un local alquilado que se ubicaba al frente de la Iglesia de la Merced, en el actual jirón de la Unión; pero, como este era muy céntrico y resultaba poco propicio para su funcionamiento, en 1584 se trasladó a la casa de Nicolás de Rivera "El Mozo", donde funcionó hasta que fue abolida.

Una revisión de las cifras dadas por J. Escandell nos indica que en sus inicios el Tribunal se dedicaba al control de la población blanca. En los dos siglos y medio de la Inquisición en Lima (cuya jurisdicción comprendía los territorios actuales del Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Uruguay y Paraguay) el Tribunal sentenció a 1474 personas, aproximadamente, la mayoría de las cuales fue condenada a pagar multas, rezar oraciones, colocarse el sambenito, etc. El total de los casos en que se aplicó la pena de muerte fue de 32; la mitad de ellos quemados vivos y otros tantos condenados al garrote. De los condenados a muerte, 23 lo fueron por judaizantes (15 portugueses, 7 españoles, de los cuales 4 eran hijos de portugueses  y un criollo, también hijo de portugueses; 6 por luteranos (3 ingleses, 2 flamencos y 1 francés); 2 por sustentar y difundir públicamente proposiciones heréticas.

¿QUIÉN FUE TOMÁS DE TORQUEMADA?

Primer Inquisidor general de Castilla y Aragón; nacido en Valladolid hacia el año de 1420 y  muerto en Ávila el 16 de septiembre del 1498. Sobrino del cardenal Juan de Torquemada, ingresó a los 14 años en el convento dominico de San Pablo de Valladolid (el mismo en el que fue consagrado obispo Jerónimo de Loaysa y donde vivió los últimos años de su vida el P. las Casas), donde se formó en la estricta observancia, alcanzando el grado de bachiller en Teología. Por sus virtudes y dotes de gobierno fue elegido prior del convento de Santa Cruz de Segovia, cargo que desempeñó durante 22 años consecutivos. Erigió el convento de Santo Tomás de Ávila, en el que está sepultado.

Con el beneplácito del cardenal Pedro González de Mendoza gozó de la confianza de los Reyes Católicos. Establecida en Castilla la Inquisición y tras algunos abusos de los inquisidores sevillanos, a propuesta de los Reyes figura entre los inquisidores nombrados por Sixto IV el 2 feb. 1482 para que encauzaran jurídicamente las actividades inquisitoriales y, al mismo tiempo, actuaran con energía ante los falsos conversos del judaísmo. Un año después fue nombrado inquisidor general, primero de Castilla y, poco después, de Aragón. Actuando como tal, creó el Consejo Supremo de la Inquisición, la Suprema, que en adelante sería uno de los tradicionales consejos del reino. Estableció y organizó con gran diligencia varios tribunales inquisitoriales en las ciudades más destacadas por sus focos de judaizantes Ciudad Real (trasladado pronto a Toledo), Jaén, Valencia, Teruel, Barcelona, Zaragoza; y creó las circunscripciones de Valladolid, Sevilla, Toledo, Jaén y Ávila. A fines de 1484 y principios de 1485 redactó en Sevilla, asesorado por un nutrido grupo de inquisidores, las primeras Instrucciones de la Inquisición española, base del peculiar derecho procesal inquisitorial; él mismo las completó en 1485, 1488 y 1498. Constituyen un monumento de prudencia y de justicia en el procedimiento procesal, aunque a costa de una lamentable lentitud, como demostraría la experiencia. (Quien desee consultarlas puede ver un facsímil de ellas que obsequié a la biblioteca del Museo del Congreso y de la Inquisición de Lima en la persona de su director Dr. Fernando Ayllón).

La actitud insobornable de Torquemada hubo de superar intrigas y revueltas de los judeoconversos, quienes pusieron en juego su poder político y económico para impedir que se consolidara la Inquisición o, al menos, lograr modificar sus métodos, sobre todo en cuanto al «secreto de testigos». Los focos de oposición más intensa fueron Sevilla, Toledo, Barcelona y Zaragoza. En esta última ciudad los conversos llegaron hasta el asesinato del inquisidor S. Pedro de Arbués (14 sept. 1485).

Con tenacidad y firme sentido del Derecho, respaldado por los Reyes y por los Papas, Torquemada consolidó el estilo y garantizó la eficacia del Santo Oficio en España, contribuyendo así a la creación de una fuerte conciencia nacional de unidad católica. En busca de esa unidad, fue uno de los que aconsejaron a los Reyes Católicos la expulsión de los judíos en 1492, como lo habían hecho la práctica totalidad de naciones europeas[4].

 

JUICIO DE LOS HISTORIADORES Y TEÓLOGOS

Miguel de la Pinta Llorente, Historiador de la Inquisición, 1948: Durante cuatro siglos, la propaganda antiespañola, la extranjera y los liberales españoles encarnaran en Tomás de Torquemada la solera de todo lo antihumano…No existe ningún documento fidedigno, donde pueda sustentarse que fuera inhumano y cruel. El colaborador de los Reyes Católicos era un observante fraile dominico. No era un fanático ni un intransigente. Era un hombre recio y sano, exponente de una edad eminentemente cristiana, donde todo el mundo creía y, por consiguiente, donde no tenía vigencia la heterodoxia condenada por todas las leyes civiles de aquella sociedad[5].

Vicente Palacio Atard, Academia Nacional de la Historia de España , 1954

Sus detractores, que desean convertirlo en el símbolo del fanatismo católico, lo han considerado como a un hombre piadoso y tenebroso, de una piedad tenebrosa. Fue sin duda un hombre riguroso, pero no un perseguidor implacable; un hombre ferviente, pero no inhumano. Esto es lo que podemos deducir a través del solo examen de sus instrucciones, que él mismo hizo publicar[6].

Nicolás López Martínez, Doctor en Teología de la Facultad del Norte, Burgos (España), teólogo, 1991

La caricatura y la calumnia de Torquemada, personificación de la Inquisición española, han venido a ser casi un tópico. Sin embargo, la realidad histórica, amplísimamente documentada, nos presenta a Torquemada como a un religioso observante y carente de ambiciones terrenas, íntegro, celoso de la pureza de la fe, gran organizador y con un estricto sentido de la justicia. Juzgado a la luz de los criterios históricos y al margen de burdas leyendas, Torquemada no es ni un fanático ni mucho menos un sanguinario, sino un hombre altamente ejemplar, muy superior, por supuesto, a sus enemigos.[7].

Fernando Ayllón, Director del Museo del Congreso y de la Inquisición del Perú, 1997

Hizo más suaves los procedimientos. Se esforzó en todo lo posible en evitar los errores y abusos cometidos por los primeros inquisidores. Y no pueden ser tachadas de hipocresía las actas de Torquemada en las que recomendaba justicia y misericordia, pues estos documentos, destinados a ser estrictamente confidenciales, permanecieron ignorados durante siglos[8].

Conclusión:

Ojalá, dejemos el prejuicio y la leyenda, cuando no la "sospecha" y la calumnia, y nos abramos a la verdad. Como certeramente escribió el historiador Ignacio Tellechea Idígoras[9] "al emitir juicios sobre el pasado, es importantísimo situarnos en el contexto". Una cosa es el "uso" habitual y otra el "ab-uso". La Iglesia misma ha sido la primera en evaluar las prácticas inquisitoriales y reconoce que en ocasiones el fin (preservar la unidad de la fe) justificó medios por lo menos inmorales.  Como fruto del Congreso Vaticano impulsado por Juan Pablo II, escribirá el mismo Papa «De estos rasgos dolorosos del pasado emerge una lección para el futuro, que debe inducir a cada cristiano a permanecer muy firme en el áureo principio dictado por el Concilio (cf. Declaración sobre la libertad religiosa, n. 1): "La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra, con suavidad y firmeza a la vez, en las almas" (cf. «Tertio Millennio Adveniente», 35)



[1] En la ciudad de Arequipa, en el centro de la ciudad, existe una calle denominada "Cruz Verde".

[2] "El poder de la palabra", en Scientia et Praxis, 22-23, Lima: Universidad de Lima, 1999

[4] En Inglaterra en 1290, en Alemania en 1375, en Francia en 1394, en Portugal lo fueron en 1496 y así en otros países. Muchos de estos judíos expulsados fueron recibidos en los Estados pontificios, país que nunca los expulsó.

[5]       De  la Pinta Llorente Miguel, La Inquisición española, 1948, pp.  48-49.

[6]       Palacio Atard Vicente, Razón de la Inquisición, 1954, p. 31.

[8]       Ayllón Fernando, El tribunal de la Inquisición.  Ed. Congreso del Perú, Lima, 1997, p. 133.

[9] Agencia ZENIT, Vaticano, 3 noviembre, 2000: "Cuando pensamos, por ejemplo, en el derecho penal y que había legislaciones medievales que obligaban a cortar la mano al ladrón o la lengua al blasfemo, nos damos cuenta de que el derecho penal ha evolucionado mucho. Cuando vemos que la tortura era un procedimiento normal, legal, admitido hasta el siglo XIX, nos damos cuenta de que es necesario tener una sensibilidad por los métodos del pasado para poder valorar y juzgar el pasado. Nunca podemos afrontarlo con nuestros criterios, eso es una atrocidad contra la historia. En el siglo XVIII, en nombre de la tolerancia y del respeto de las opiniones, se hace una crítica más profunda. Y, como es una institución que dura todavía hasta el siglo XIX, resulta mucho más anacrónica.

 

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