lunes, 11 de mayo de 2015

BOLÍVAR AMÓ “CON LOCURA” A SU MAESTRO SIMÓN RODRÍGUEZ

Mariano Ambrosio Cateriano ha recibido el honor de ser editadas por vez primera sus "Obras" de mano de la UNSA, institución en la que enseñó y de la que fue Rector en 1883. Entre las 453 páginas impresas, magistralmente comentadas por el Dr. Eusebio Quiroz, quiero fijarme en el opúsculo titulado "El Ayo del Libertador de medio día de América ante la sociedad actual"(pp.173-196) y que se refiere al "hombre gris" del Libertador Simón Bolívar, su educador, su ayo y maestro: Simón Rodríguez. De él dijo su discípulo predilecto, Bolívar:

"Yo amo a ese hombre con locura. Fue mi maestro, mi compañero de viajes, y es un genio, un portento de gracia y talento para el que lo sabe descubrir y apreciar. Todo lo que diga yo de Rodríguez no es nada en comparación de lo que me queda. Yo sería feliz si lo tuviera a mi lado, proque cada uno tiene su flaco. Empéñese usted porque se venga, en lo que me hará usted un gran servicio, porque este hombre es muy agradable y, al mismo tiempo, puede ser muy útil. Con él podría escribir las memorias de mi vida. Él es un maestro que enseña divirtiendo y es un amanuense que da precepto a su dictante" (Carta al Vicepresidente Santander, Huamachuco, 24 de mayo de 1824).

            Fue director del Colegio Municipal de Caracas donde tuvo como alumno al niño Bolívar. Visitó Europa y América del Norte en 1807, al tiempo que le ilustraba su privilegiada inteligencia, le enseñaba "a ser superior a sí mismo, fortificando su delicada organización en los rigores y asperezas de los climas de los diversos países cuyas distnacias le obligaba a recorrer a pie y retemplaba su ferviente amor a la patria". En Roma vivieron juntos y recordándole el ejemplo de Aníbal, a quien su padre le hizo jurar odio eterno a los romanos, él le hizo jurar el dar libertad a su patria.

            Cuando vino a Arequipa se encontró con el célebre Deán, Juan Gualberto Valdivia, de quien recibió las muestras del máximo respeto y alto encomio.

            Se propuso instruir a los hombres en sus deberes y derechos políticos, quiso civilizar a los pueblos con la fundación de colegios y escuelas de artes en todas sus esferas y escalas. De él se dijo que "poseía las dotes del maestro en grado eminente, unidos a un entrañable amor a la juventud".

            En 1850 regresó a Perú y en "La Huaca", un poblado de Piura, quemó sus últimas energías a la vocación de toda su vida, la enseñanza, hasta los 80 años.

            Entre sus escritos educativos hay que mencionar El libertador del mediodía de América y sus compañeros de armas defendidos por un amigo de la causa social, una defensa frente a los ataques vertidos por J. de la Riva Agüero y Vidaurre. En él dirá de su educando engreído, Simón Bolívar: "Hombre perspicaz y sensible, delicado, intrépido y prudente, generoso al exceso, magnánimo, recto, dócil a la razón, ingenioso, activo, infatigable, capaz de grandes empresas... Nacido para educar, principiando por sí mismo, el mundo fue su colegio; su curiosidad le dio libros y su discernimiento le sirvió de maestro". 

P.D. Les comparto la foto de la Revista ESCOCIA, Arequipa, Abril 1932, p.57

José Antonio Benito


¿ QUIÉN FUE? 

http://www.inpsasel.gob.ve/moo_news/Prensa_517.html

¿ Simón Rodríguez nació en Caracas el 28 de octubre de 1769. Pedagogo, pensador filosófico, escritor de densas obras de contenido histórico y sociológico, y conocedor a fondo de la sociedad hispanoamericana. Fue maestro y mentor del Libertador Simón Bolívar.

En 1794, presenta al Ayuntamiento sus Reflexiones sobre los defectos que vician la escuela de primeras letras de Caracas y el medio de lograr su reforma por un nuevo establecimiento. Se trata de un planteamiento crítico de la enseñanza colonial. En 1795, cuando el niño Bolívar se fuga de la casa de su tutor, es enviado a vivir en la casa de su maestro Simón Rodríguez, bajo la tutoría de éste.

Juntos parten en marzo de 1805, a un viaje que los lleva a Lyon y Chambery para luego atravesar los Alpes y entrar en Italia: Milán. El 15 de agosto de ese mismo año, suben al Monte Sacro, en Roma, y Rodríguez recoge para la posteridad el juramento que allí su discípulo hace: "Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor; y juro por mi patria; que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español".

Don Simón Rodríguez, precursor y animador de la inquietud bolivariana, es por antonomasia el Maestro del Libertador; antes de que éste independizara a América, Rodríguez (su "Maestro Universal") hace su tarea: independiza a Bolívar, lo divorcia de la realidad tradicional y lo acerca a la verdad futura; le ayuda a conseguir la perspectiva propia de un creador, a intuir su faena y a calcular las fuerzas de sus auxiliares y sus enemigos. Simón Rodríguez llama a Bolívar a ser terriblemente cuerdo entre aquellos mediocres que se autoestiman depositarios del buen juicio y de la sensatez, y a los ojos de los cuales la Independencia tenía que ser una locura singular.

Simón Rodríguez, en 1794 presentó al Cabildo de Venezuela un proyecto de Escuelas Públicas, donde analizaba el sistema educativo para aquel entonces y donde planteaba la necesidad de la participación activa de los alumnos en las cátedras, exponiendo sus ideas y aclarando sus dudas. Pero las autoridades coloniales no le prestaron ninguna atención.

Simón Rodríguez, además, de su conocimiento y talento como educador, sintió también la inquietud de la Libertad; participó en el movimiento revolucionario de Gual y España, y complicado en esta tentativa de independencia, abandonó el país al fracasar el movimiento y se traslada a Jamaica, suplantando su nombre por el de Samuel Robinson, para evitar cualquier vengativa por parte de las autoridades del rey.

Simón Rodríguez solía decir: "No quiero parecerme a los árboles, que echan raíces en un solo lugar; sino al viento, al agua, al sol, a todas esas cosas que marchan sin cesar".

En los años finales de su vida, Simón Rodríguez va a Guayaquil, donde se perderá buena parte de su obra a causa de un incendio que devastó a buena parte de la ciudad. En 1853, emprende un nuevo viaje al Perú, acompañado por su hijo José y su amigo Camilo Gómez, quien lo asistirá en el momento de su muerte, ocurrida en el pueblo de Amotape el 17 de julio de 1853. Setenta años después, sus restos fueron trasladados al Panteón de los Próceres en Lima, y desde allí, al siglo justo de su fallecimiento, fueron devueltos a Caracas, ciudad natal, donde reposan en el Panteón Nacional.

 

 

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