lunes, 31 de octubre de 2016

Camino a la santidad: siervos y beatos en el Perú. El Comercio 31 de octubre 2016

Camino a la santidad: siervos y beatos en el Perú

Místicos, mujeres humildes, la hija de un expresidente y hasta un sencillo sastre esperan ser coronados santos en el Perú.

Camino a la santidad: siervos y beatos en el Perú

Tres adoradas figuras de la religiosidad popular en el Perú: la Melchorita, el padre Urraca y la 'beatita' de Humay. (Ilustración: Rolando Pinillos Romero)

Camino a la santidad: siervos y beatos en el Perú

La casa de la Melchorita, en Grocio Prado, Chincha, es hoy un lugar de peregrinación. (Foto: Juan Ponce)

En el ala derecha del templo de La Merced hay una cruz inmensa totalmente cubierta por pequeñas placas doradas. Cada una de ellas representa un milagro. Cada una de ellas ha sido dejada ahí por algún agradecido fiel que asegura haber sido bendecido, sanado de un mal incurable, o salvado del suicidio o del divorcio por la intervención milagrosa de un religioso que vivió en Lima en el siglo XVII, un mercedario que solía torturar su cuerpo con pesados cilicios y que alguna vez —cuentan sus hagiógrafos— hizo que se abrieran las paredes del templo para pasar por ahí y escapar del acecho del demonio. Cada día siete —en recuerdo de su muerte ocurrida el 7 de agosto de 1657—, las colas en La Merced son interminables. Ese día, todos quieren tocar la cruz del padre Urraca o llegar hasta su tumba, ubicada al fondo del templo, y alcanzar algún tipo de favor celestial. Dejan cartas, fotografías de sus hijos, buqués de boda y regalos. Ese día se canta y se reza también por su canonización. Fray Pedro Urraca de la Santísima Trinidad, a pesar de la fama de santo que tuvo en la mística Lima de su tiempo, lleva ya esperando cuatro siglos para ser aceptado en el santoral católico. Alguien que se sentía indigno de ser sacerdote, ha llegado a la condición de venerable siervo de Dios; es decir, le faltan dos peldaños más —ser beato y luego santo— para alcanzar la gloria. Como él existen otros 36 aspirantes a santos en el Perú, siete beatos y 29 siervos. Sus causas de beatificación y canonización están abiertas, y aunque unos son más populares que otros, podría decirse que en esta larga lista de espera están representadas todas las sangres.

Entre los candidatos al santoral peruano hay desde extranjeros que han paseado sus virtudes y milagros por nuestro país, como el mencionado padre Urraca, que era de Jadraque, España; el religioso italiano Luis Tezza, que impulsó hospicios para pobres en el siglo XIX; o los más contemporáneos mártires de Chimbote, los sacerdotes polacos Miguel Tomaszek y Zbigniew Strzalkowski y el italiano Sandro Dordi, asesinados por Sendero Luminoso en 1991 y beatificados en diciembre del 2015. También hay mujeres humildes como las iqueñas Melchora Saravia Tasayco, llamada Melchorita por sus fieles; y Luisa de la Torre, conocida como la Beatita de Humay, quien daba de comer a los pobres de una pequeña olla de barro de la que nunca se acababa la comida; así como religiosas de alcurnia, como la madre Teresa Candamo —hija de Manuel Candamo, presidente de la República—, fundadora de la peruanísima orden de las Canonesas de la Cruz. En este grupo sobresale, además, un sastre chiclayano de origen indígena llamado Nicolás Ayllón, que aunque era un hombre casado y tenía un hijo, a su muerte se le inició un expediente por su vida caritativa —devoto de la Inmaculada Concepción, abrió un hospicio para mujeres españolas pobres que más tarde se convertiría en convento—. Por lo visto, algunos cronistas españoles no se equivocaron cuando dijeron que el Paraíso estaba en el Perú.

Camino a la santidad: siervos y beatos en el Perú

(Foto: Alessandro Currarino)

 

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Ser santo no es fácil. Aunque siempre hay excepciones —como las sumarísimas canonizaciones de Juan Pablo II y la madre Teresa de Calcuta—, el camino al cielo está casi siempre lleno de obstáculos. El Vaticano exige que todo proceso de beatificación sea iniciado como mínimo cinco años después de la muerte del candidato. Entonces el obispo de la diócesis donde falleció el piadoso comunica a Roma que se ha iniciado la causa. Desde ese instante, el personaje será llamado siervo de Dios. Se nombra a un promotor (generalmente un religioso) para que recoja testimonios e indague en la vida y milagros del postulante. Si luego de este proceso se reconoce que, efectivamente, este ha llevado una existencia heroica y de sacrificio, y que sus actos han reflejado la fe y la caridad cristianas, se le pasa a la condición de venerable. Antes, debe sortear a un fiscal conocido como el 'abogado del diablo', quien verifica con gran celo la documentación presentada y, en palabras sencillas, trata de hacerle difícil el camino al futuro consagrado.

La etapa más complicada del proceso es el paso de venerable a beato, pues se debe probar un hecho milagroso (para ser considerado santo se requiere de otro milagro más). Todo es más rápido si el candidato murió como mártir —como ocurrió con los tres sacerdotes europeos en Chimbote—, pero normalmente lo que se exige es la realización de un evento sobrenatural, ya sea una curación inexplicable para la ciencia o un acto extraordinario, como ocurrió con el padre italiano Luis Tezza. En su caso, el milagro se concretó siglo y medio después de su muerte. La mañana del 5 de enero de 1994, frente a la clínica que lleva su nombre, en Surco, el albañil Domingo Nieves se encontraba trabajando en un foso de cinco metros cuando se le vinieron encima varias toneladas de piedras. En su desesperación, el hombre invocó al padre Tezza y para sorpresa de todos los presentes no solo salió vivo del percance sino que su cuerpo no presentó ningún rasguño. El papa Juan Pablo II no puso más objeciones y beatificó al sacerdote italiano que pasó sus últimos 23 años de vida en el Perú, dedicado a sanar moribundos y a expandir la congregación benéfica de las Hijas de San Camilo.

El padre e historiador jesuita Armando Nieto resume así las tres cualidades que debe presentar todo candidato a santo: "Debe tener como característica el amor a Dios, exhibir una virtud heroica y haber dedicado su vida al servicio del prójimo". En su oficina, en la parroquia Nuestra Señora de Fátima, en Miraflores, el religioso muestra el "Index ac Status Causarum", un voluminoso libro del Vaticano en el que están compendiados todos los postulantes a santos, más de un millar de casos, de los cuales una treintena pertenece al Perú.

El padre Nieto ha sido propulsor de la beatificación de Francisco del Castillo, un religioso conocido como el apóstol de Lima, quien allá por el siglo XVII se dedicó a predicar el Evangelio a los esclavos en los extramuros de la ciudad, en el antiguo mercado de Baratillo. Era un hombre que utilizaba métodos histriónicos para celebrar la liturgia y así atraer al culto a la población de origen africano. Es probable que en medio de esas intensas jornadas se le haya ocurrido crear un sermón que narrara el dramático momento de Jesús en la cruz. Conocido hoy como el 'Sermón de las siete palabras', esta prédica se expandió por el mundo católico y cuatro siglos después representa el momento cumbre de la Semana Santa, cuando se interpreta lo expresado por Cristo en el calvario. El expediente del padre Del Castillo se encuentra en Roma y solo falta comprobarle dos milagros para elevarlo a los altares. "Se han registrado curaciones prodigiosas pero hasta ahora no califican como milagros", agrega con cierta desazón el padre Nieto.

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Un estudioso de las vidas y prodigios de los santos, beatos y siervos peruanos es el historiador y americanista español José Antonio Benito, quien ha publicado un libro titulado "Peruanos ejemplares" (Paulinas, Lima, 2006), en el que compila las biografías de estos seres tocados por la gracia, donde lo imposible se confunde con lo normal. Por él nos enteramos de la existencia de un mártir español que tuvo horrible muerte a manos de los incas, en Vilcabamba, durante la época de la Conquista. Su nombre era fray Diego Ruiz Ortiz y podemos decir que fue el primer candidato a santo en estas tierras. Su expediente de beatificación se inició a mitad del siglo XVII cuando se publicó su biografía y se conoció su martirio. Benito lo cuenta con lujo de detalles. Ruiz Ortiz llegó al Perú en 1548. Tenía 16 años y acababa de ordenarse como sacerdote. Con el tiempo, aprendió el quechua y el aimara, y con un grupo de misioneros llegó hasta los pueblos de Vilcabamba, una región controlada por el inca Tito Cusi Yupanqui. Según narra el investigador, los religiosos se ganaron la confianza del inca y, con su permiso, fray Diego edificó una iglesia, predicó el Evangelio y sanó a los enfermos en un pequeño hospital levantado por él. "Sin embargo —narra Benito—, un día predicó contra el adulterio de Tito Cusi, quien se había separado de su esposa Evangelina para unirse con Angelina Polanquilaco. Esto mismo se daba entre sus militares y capitanes". La paz se rompió y los religiosos comenzaron a ser hostigados.

Un día el inca invitó a fray Diego a un banquete y este se negó a asistir pues sospechaba que se iba a beber en demasía. "La gente se embriagó. Tito Cusi cogió tamaña borrachera y apoplejía", cuenta Benito. Entonces, fray Diego le pidió que se arrepintiera de sus pecados y en represalia fue apresado. "Los capitanes comenzaron a insultarlo y golpearlo, le sacaron al campo y lo molieron a palos, le quitaron la ropa, ataron sus manos con sogas que cortaban la piel como cuchillo y lo dejaron a la intemperie desnudo y casi muerto de frío", relata el autor español. El martirio siguió por un día más hasta que le descoyuntaron los huesos, le clavaron espinas, lo azotaron y lo arrastraron por varios pueblos. El cadáver de fray Diego, pisoteado y sin cabeza, fue puesto en un peñasco para que lo devoraran las fieras. Era 1571 y a su muerte el religioso tenía 39 años. Con el tiempo, Vilcabamba pasó a dominio español y en el lugar se levantó una iglesia, donde permanecieron sus restos hasta 1595. Después fueron llevados a un convento del Cusco, donde se perdieron a inicios del siglo XIX.

Otros casos legendarios recogidos en "Peruanos ejemplares" se refieren al español Francisco Camacho, quien deja la carrera militar para ponerse los hábitos de los hermanos de San Juan de Dios, atraído justamente por uno de los sermones del ya aludido Francisco del Castillo. El padre Camacho se somete a humillaciones, se hace pasar por loco, y es internado en un hospital. Termina sus días predicando el Evangelio y pidiendo limosna para los pobres y menesterosos. Y no menos sorprendente es lo que se cuenta de Luisa de la Torre, la Beatita de Humay, quien también castigaba su cuerpo con cilicios y disciplinas, y curaba enfermos con solo ponerles las manos encima. A su muerte, a los 50 años, su rostro "se conservó fresco y rosado y su cadáver despidió un dulce olor".

 

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En el silencio de la casa Riva-Agüero, en el Centro de Lima, el historiador José de la Puente Brunke recuerda con cariño a su tía abuela Teresa Candamo. "Siempre se habló de ella en la casa, existían retratos suyos en la sala y en los cuartos", dice. Era una mujer bella, de ojos grandes y vivaces. En su niñez y juventud nadie imaginó que iba a ser religiosa. Había recibido una educación inusual para las mujeres de su época, hablaba francés e inglés, gustaba de la lectura y escribía poesía. Sus cualidades poéticas quedan reflejadas en la siguiente anécdota contada por De la Puente: "Después de la muerte de su padre [el presidente Candamo], ella viajó a Europa y en el barco en el que iba se realizaron unos juegos florales. Teresa participó y ganó el concurso. En el jurado estaba el poeta José Santos Chocano".

Camino a la santidad: siervos y beatos en el Perú

(Foto: Archivo Familiar de la Puente Candamo)
 

Aunque no provenían de un hogar singularmente piadoso, dos de las cuatro hijas del presidente Candamo se convirtieron en monjas: Teresa y María. Al parecer en algún momento de su estadía europea, Teresa decidió dedicarse a la vida religiosa y fundar una orden nueva. "Eso no fue bien comprendido en un inicio por el arzobispo de Lima, quien pensaba que ella tenía algún sentido de figuración", dice De la Puente. Después de meses de espera, por fin el 14 de setiembre de 1919 Teresa Candamo recibió el permiso papal para crear la nueva orden. Así nacieron las hermanas Canonesas de la Cruz, que llenaron un vacío en la vida pastoral limeña, se dedicaron a asistir a los sacerdotes en las liturgias y con el tiempo impulsaron la educación. El presidente Leguía, antiguo amigo de Manuel Candamo, le donó a Teresa un terreno en Santa Beatriz donde las canonesas construyeron su convento. "A ese lugar iba mi padre cada semana a visitar a su tía, pues con el tiempo ella ya no salía de ahí", recuerda el historiador.

La orden se extendió por el Perú, luego por Sudamérica y ahora tiene una casa en Roma, donde se impulsa la beatificación de la madre Teresa Candamo, iniciada en 1980. "En aquellos años —cuenta De la Puente— se produjo un gran revuelo en la familia. De Roma llegó el padre Tarsicio Piccari para entrevistar a todos los parientes y a quienes habían conocido a mi tía abuela. Eran unos cuestionarios muy largos que todos debían responder". Finalmente, fue entronizada como venerable sierva de Dios. "Por todo lo que he escuchado, por su bondad natural y por su vocación, merece ser santa", dice su sobrino nieto con un suspiro. "Pero faltan los milagros", le decimos. "Ah, esas son ya palabras mayores", agrega. 

Los mismos milagros que también le faltan a Pedro Urraca, a pesar de las decenas de placas que adornan su cruz. Por teléfono, la voz del padre Milko García Valladares suena tranquila. Es el vicepostulador de la causa y cuenta que el proceso después de haberse truncado en varias ocasiones a lo largo de los siglos, recién rindió sus frutos en 1981, cuando Juan Pablo II aceptó las virtudes heroicas del mercedario y lo declaró venerable. Por eso lo único que falta es conseguir un milagro. Algo que no es poca cosa. "Cuando les comento a los padres romanos que alguna vez una señora se presentó y dijo que gracias al padre Urraca había obtenido su jubilación en la ONP en un mes (presentó sus papeles un 7 de julio en su honor y el 7 de agosto la llamaron para decirle que el trámite había concluido), ellos creen que es algo normal. Solo los peruanos sabemos que eso es un milagro", asegura García.

En cuestiones celestiales nunca se sabe. Por ahora, el padre Urraca, el religioso que curaba enfermos y se sometía a severos ayunos tras largas horas de oración, y que solía hablar con la Virgen 'continuamente' y espantar al demonio con su pesada cruz, debe seguir esperando el milagro final que lo lleve al cielo. No por gusto —dicen— otro de sus grandes dones era la paciencia.

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jueves, 27 de octubre de 2016

Juan Ginés de Sepúlveda, recuperación de un humanista

Me complace compartir esta nota sobre el humanista Ginés de Sepúlveda

Para entender el DEBATE DE VALLADOLID con el P. Las Casas, es fundamental leer su obra que aquí nos presenta nada menos que don Marcelino Menéndez Pelayo:  http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/j-genesii-sepulvedae-cordubensis-democrates-alter-sive-de-justis-belli-causis-apud-indos--demcrates-segundo-o-de-las-justas-causas-de-la-guerra-contra-los-indios-0/html/0095ca52-82b2-11df-acc7-002185ce6064_14.html#I_0_

Juan Ginés de Sepúlveda, recuperación de un humanista

Por:  28 de junio de 2013

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Monasterio de Yuste, donde Sepúlveda visitó a Carlos V por última vez.

 

Por Santiago Muñoz Machado

La vida y obra de Juan Ginés de Sepúlveda es poco conocida.  Desarrolló su actividad intelectual durante muchos años del siglo XVI. Nació en 1490 y murió en 1573. Tuvo, por tanto, una larga vida para lo que era normal en la época, que le permitió culminar una obra amplísima, comprensiva de muy diversas preocupaciones y registros intelectuales.

La parte más citada se refiere a un famoso debate que se desarrolló en Valladolid en 1550 acerca de los títulos que tenían los reyes castellanos sobre las tierras y gentes de las Indias descubiertas poco más de medio siglo antes. Se desarrolló ante una comisión de teólogos y juristas a quienes el emperador Carlos V encomendó que analizara el asunto y le elevara sus consejos. El oponente de Sepúlveda fue fray Bartolomé de las Casas. Este sí conocidísimo en todo el mundo desde entonces y hasta el presente. Nunca se han dejado de reeditar sus obras y muy especialmente un texto, de intenciones divulgativas, titulado Brevísima historia de la destruición de las Indiasque se editó, por primera vez, en Sevilla en 1552 y fue traducido en seguida a los principales idiomas europeos.220px-Juan_Ginés_de_Sepúlveda

381890_310754112277887_2129613280_nFrente a Las Casas, ensalzado o vituperado, la historia del debate de 1550 sitúa a Juan Ginés de Sepúlveda. La opinión más generalizada acerca de quién era este personaje es peor que la menos favorable sostenida sobre su oponente. Esquemáticamente se asegura, por sus críticos, que Sepúlveda era un sacerdote oscuro, oficialista, de pensamiento muy conservador y rocoso, que asumió el trabajo de defender los derechos de los reyes de Castilla sobre las Indias, sin tener el menor empacho en justificar el sometimiento de los indios a esclavitud, su utilización como trabajadores forzosos y el empleo de la violencia y la guerra cuando fuera preciso para ocupar aquellas tierras nuevas.

El pensamiento de Sepúlveda trascendió, en efecto, a los siglos posteriores con muy inferior fortuna. Ya en el quinientos Las Casas y sus partidarios se las arreglaron para que no se publicara la obra dedicada al problema americano, el Democrates secundus Democrates alter. Consiguieron que no se autorizara la edición, lo que determinó que nadie supiera a ciencia cierta qué era lo que verdaderamente había dicho. El eminente humanista Antonio Agustín, amigo de Sepúlveda, publicó en Roma un resumen o Apología del Democratesen 1550. Pero los lascasistas consiguieron que se recogieran los ejemplares que llegaron a España.

El afortunado hallazgo por un paleógrafo de un manuscrito de una de las obras fundamentales de nuestro personaje, la Historiarum rebus regis Caroli V, es decir la crónica del reinado del Emperador, determinó a la Academia de la Historia a la publicación de sus obras completas. La edición es de 1790 y todos los textos se imprimieron en latín, el idioma que siempre utilizó Sepúlveda. Por primera vez quedó a disposición de los interesados el enorme y variadísimo trabajo intelectual del humanista. Pero, considerando que a finales del siglo XVIII pocos eruditos leían en latín, y que la idea que se había establecido sobre la obra sepulvediana era tan poco atractiva, no fueron muchos los que leyeron sus tratados y, por consiguiente, la opinión establecida sobre su pensamiento no cambió.

En ese desierto irrumpió la insaciable curiosidad intelectual de  Marcelino Menéndez Pelayo. Había dado muestras de que había leído en latín la obra de Juan Ginés, que usó mucho, con manifiesta simpatía hacia sus ideas, en la Historia de los heterodoxosPero, aunque don Marcelino no expuso sistemáticamente sus propias opiniones sobre la acción española en América (fácilmente deducibles, sin embargo, por quien conozca su obra y pensamiento), hizo un favor complementario a Sepúlveda al propiciar la traducción del Democrates secundus cuya publicación se había prohibido en el siglo XVI.

En el prólogo que hace para la edición castellana, la primera en la historia del Democratescomo ya he dicho, dejó bien claro cuál había sido su intención al promoverla. Afirmó que fray Bartolomé de las Casas "tenía más de filántropo que de tolerante", y que "procuró acallar por todos los medios posibles la voz de Sepúlveda impidiendo la impresión del Democrates alter…". A base de no leerlo, se habían imputado a su autor muchas ideas y propuestas que nunca había sostenido en verdad, por lo que el prologuista concluía: "Justo es que ahora hable Sepúlveda, y que se defienda con su propia gallarda elocuencia ciceroniana, que el duro e intransigente escolasticismo de su adversario logró amordazar para más de tres siglos".

Juan Ginés de Sepúlveda había nacido en 1490. Hay pocos rastros que permitan determinar cómo y dónde comenzó su formación. Había nacido en una familia con pocos recursos, de modo que buscó pronto cobijo en las instituciones eclesiásticas para formarse. Se manifestó en seguida su ambición intelectual y buena disposición para el estudio. En 1510 ingresó en la Universidad de Alcalá, recién fundada por el cardenal Cisneros, que había empezado a recibir sus alumnos dos años antes. Permaneció en ella tres años y en sus escritos posteriores recordaría que entre sus profesores más admirados estuvo Sancho Carranza de Miranda, de quien dijo haber recibido clases de "Dialéctica y Física y, posteriormente, de Teología" durante un trienio. Salió de Alcalá para ir a estudiar otros dos años de Teología al colegio de San Antonio de Portaceli en Sigüenza, que había fundado el arcediano Juan López de Medina emulando el modelo de San Clemente de Bolonia. El aprovechamiento del joven estudiante fue lucidísimo en esos años de 1510 a 1515 porque este último ingresó en el colegio de San Clemente de los Españoles de Bolonia, para el que fue propuesto por el cabildo de Toledo y recomendado personalmente por Cisneros, que se refiere al joven estudiante como "dilectus" en la carta que dirige al rector de Bolonia. En el colegio de San Clemente ingresó en 1515 y permaneció hasta 1523. Sus impresiones sobre compañeros y maestros están recogidas en el primero de los escritos que publicó, el Liber gestorum Aegidii Albornotii, es decir la historia del cardenal Gil de Albornoz, fundador del colegio. En las páginas finales de esta biografía, que escribió por encargo de la propia institución siendo colegial, incluyó una Brevis colegii descriptio,sencilla pero entrañable, en la que describe las instalaciones, las costumbres y hábitos, y alude con orgullo a sus compañeros más destacados.

El hecho de que para entonces ya se reconociera el elegante y correcto estilo latino de Juan Ginés determinó que le hicieran el indicado encargo. Pero también destacó su dominio del griego, la familiaridad con los principales filósofos y escritores de la época clásica, sobre todo Aristóteles, entre los griegos, y Cicerón entre los latinos. La identidad de gustos e inclinaciones con los mayores humanistas italianos de los siglos precedentes, de Petrarca a Valla o Poliziano, y la diversidad de sus intereses como intelectual, capaz de opinar con solvencia sobre literatura, teología o filosofía, derecho, epigrafía, astrología, historia y, desde luego, sobre los pensadores y escritores clásicos.

Pocos años después de llegar a Bolonia fue enviado por el colegio a una misión cerca del cardenal Julio de Medici. Ocurrió en 1519 y se trabó a partir de entonces una relación que duraría hasta la muerte del cardenal Medici, elegido años después papa con el nombre de Clemente VII. Este papa fue el mayor mecenas con que contó Juan Ginés en su estancia italiana. Pero tuvo otros protectores. A través de su maestro de filosofía en Bolonia, Pietro Pomponazzi, conoció en la vecina ciudad de Carpi a Alberto Pío, príncipe de dicho pequeño Estado, que lo acogió en su corte y le encargó diversos trabajos. También entabló buenas relaciones con dos cardenales de extraordinario prestigio e influencia, Cayetano, dominico, de quien Sepúlveda dijo que era el teólogo más respetado de su tiempo, y Quiñones, franciscano, discípulo y admirador de Cisneros, que contaba al mismo tiempo con la confianza del Papa y del Emperador Carlos V.

Fue el cardenal Francisco de Quiñones quien pidió a Sepúlveda que le acompañara, con otros dignatarios españoles residentes en Italia (entre ellos, Garcilaso de la Vega, a quien conoció entonces Sepúlveda) a recibir al Emperador, que desembarcó en Génova en 1529 camino de su coronación en Bolonia por el Papa, que tendría lugar en febrero de 1530. En aquel encuentro fue presentado al Emperador por primera vez; sin duda tendría Carlos idea de ese joven filósofo que aquel mismo año de 1529 se había atrevido a escribir una exhortación dirigida al monarca animándole o exigiéndole que emprendiera inmediatamente la guerra contra los turcos. Esa oportunidad del encuentro la aprovechó Sepúlveda para entregar al Emperador dedicada su traducción de la Meteorología de Aristóteles. El personaje llamó la atención de Carlos. Volvieron a verse otra vez en 1533.PeticionImagenCA5FEBD1

 

La relación se siguió estrechando hasta que, en 1536, el Emperador nombró a Sepúlveda cronista oficial con el encargo de que escribiera los acontecimientos de su reinado. Esta designación determinó que Juan Ginés viajara con el monarca (no mucho, en verdad) y, sobre todo, que se estableciera en la corte para poder recibir noticias y analizar la documentación necesaria para desarrollar su labor. Había designado Carlos V otros cronistas y, después de Sepúlveda, haría otros nombramientos, pero el único que acabó la crónica del Emperador fue Sepúlveda, que además la escribió en latín.

También encargaría Carlos a Juan Ginés la educación de su hijo, Felipe II, junto con otros clérigos y humanistas; y el propio príncipe, al llegar al trono, prorrogó el nombramiento de cronista y le encargó que escribiera la historia de su reinado.

Estos breves datos biográficos son suficientes para poder concluir que Sepúlveda fue, durante toda su vida y desde muy joven, un personaje muy reconocido y considerado que tuvo la confianza de cardenales, príncipes, nobles, papas y reyes.

En cuanto a su obra, además de las traducciones de la mayor parte de los tratados de Aristóteles del griego al latín y los comentarios a los mismos, que fue la tarea que, según confesión propia, más gustosamente desarrolló en su vida, la variedad de los registros intelectuales de Juan Ginés de Sepúlveda se puede valorar considerando que escribió sobre las siguientes materias:

a) ética y filosofía: el primero de sus tratados, compuesto en plena juventud, aborda la grave cuestión de si es compatible con la moral cristiana el deseo de gloria; a este tema, principalísimo entre los humanistas cristianos de primeros del XVI porque implicaba el problema de la ética de la guerra, dedicó su Dialogus de appetenda gloria qui inscribitur Gonsalus, escrito en 1522. También se refiere a la cuestión la Cohortatio ad Carolum V ut bellum suspiciat in turcas, de 1529, y su primer Democrates publicado en 1535.

b) Teología: el primero de sus tratados lo publicó para contradecir las tesis de Lutero sobre la 
predestinación (De fatto et libero arbitrio adversus Luterum, de 1526), y el segundo corrigiendo nada menos que a Erasmo (Antapología en defensa de Alberto Pío contra Erasmo).

c) Tratados sobre cuestiones jurídicas, como su De ritu nuptiarum et dispensatione, escrito en 1531 en defensa de la validez del matrimonio de Enrique VIII y Catalina de Aragón; el Teófilo, sobre la prestación de testimonio en el caso de delitos ocultos, que terminó en 1537; Democrates secundus sobre los justos títulos de la conquista española de América.

d) Libros de historia, entre los que están sus composiciones más extensas: publicó muy joven la historia del cardenal Gil de Albornoz, ya citada, y luego dedicó muchos años de su vida a escribir las crónicas de Carlos V y Felipe II. También escribió De orbe novo,centrado casi exclusivamente en la conquista de México.

e) A la teoría del Estado, en fin, dedicó la última de sus obras, De regno et regis officio, publicada en 1571; fue la última, dos años después murió.

A estas obras principales y las traducciones hay que sumar una gran cantidad de escritos menores en los que trató de los fenómenos naturales, meteorología, astronomía, epigrafía, geografía, comportamiento de los animales, agricultura, etc.

Este breve recordatorio bibliográfico pone de manifiesto un par de circunstancias que han sido objeto de desconsideración permanente: la primera, que Sepúlveda fue un sabio, un humanista eruditísimo, intelectual muy solvente en muchos temas, y polemista siempre dispuesto a participar en los grandes debates de la Europa de su tiempo. Y la segunda, que olvidarse de toda esa obra inmensa y presentar a Juan Ginés de Sepúlveda como un oscuro clérigo cuya única actividad relevante fue oponerse a Las Casas en el debate de Valladolid de 1550, resulta completamente inadmisible.

Santiago Muñoz Machado, jurista y académico de la Lengua, es autor de Sepúlveda, cronista del Emperador, publicado en 2012 por Edhasa. La biografía también se incluye en las Obras completas de Sepúlveda, elaboradas gracias al trabajo de un nutrido equipo de filólogos e historiadores y publicadas por el Ayuntamiento de Pozoblanco

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martes, 25 de octubre de 2016

LA INFANCIA DESCUBIERTA EN LOS PINTORES DEL MUSEO DEL PRADO

https://www.museodelprado.es/actualidad/exposicion/presentacion-especial-la-infancia-descubierta/588a0be0-fe6a-4a4a-a752-dd00f3455458?_ga=1.40616353.220573135.1477381593


Presentación especial: La infancia descubierta

Museo Nacional del Prado18/10/2016 - 15/10/2017

 

Retratos de niños en el Romanticismo español

El Museo del Prado reúne una selección de ocho obras, fechadas entre 1842  y 1855, que han sido elegidas entre los numerosos retratos infantiles del período isabelino que conserva en sus colecciones, para mostrar al visitante dos de los núcleos más importantes del Romanticismo en España: Madrid y Sevilla.  La presentación de esta selección servirá también para presentar por primera vez al público del Museo el apenas conocido retrato de Esquivel incorporado a sus fondos recientemente.

El conjunto de retratos refleja diferentes interpretaciones de la infancia, tema que, durante el Romanticismo, se convirtió en asunto predilecto de los artistas conforme a los nuevos intereses de su clientela.

La idea iniciada en la Ilustración acerca de la infancia como edad con valor en sí misma, y no solo como proyecto de futuro, alcanzó su máxima expresión con el Romanticismo, ya que encarnaba cualidades muy apreciadas como la inocencia, la proximidad a la naturaleza y la sensibilidad no contaminada. Razones por las cuales, las pinturas de niños se convirtieron en encargos frecuentes de la clientela burguesa.

Durante este período, los mejores retratos se realizaron en la corte madrileña. Vicente López en su retrato de Luisa de Prat y Gandiola, luego marquesa de Barbançon reproduce aún el modelo clasicista representando a la niña como mujer a pequeña escala aunque la evocación de la naturaleza como lugar asociado a la niñez resulta moderna, lo mismo que en Rafael Tegeo. Sin embargo, este, enNiña sentada en un paisaje, se muestra más fiel a la condición infantil de la retratada. Federico de Madrazo, que alude a los modelos históricos de Velázquez en el retrato de Federico Flórez Márquez, y Luis Ferrant, que recoge la tradición española del Siglo de Oro en Isabel Aragón Rey, por su parte, adaptan este estilo con maestría a las fórmulas académicas del Romanticismo. En el caso de Carlos Luis de Ribera y de Joaquín Espalter la representación de sus modelos se realiza al modo burgués europeo, en parques, el primero en Retrato de niña en un paisaje, y el segundo en Manuel y Matilde Álvarez Amorós.

Otro núcleo importante del Romanticismo español fue Sevilla, donde se formaron artistas como Antonio María Esquivel y Valeriano Domínguez Bécquer influenciados por la tradición de Murillo y sus atmósferas doradas, sobre las que podían destacar las calidades de sus rostros y manos infantiles, y el retrato británico y su predilección por las actitudes graciosas y fondos naturales.

Se trata una obra apenas conocida que se presenta ahora por primera vez al público tras su adquisición en 2016.

Una obra singular en el panorama de la pintura romántica que encarna por sí sola los ideales liberales, de raíz rousseauniana, acerca de la educación libre –adjetivo que aparece inscrito en el collar del perro- defendida por el padre de los niños retratados, el escritor y periodista cubano José Güell (1818-1884), quien en su libro Lágrimas del corazón dedica a su hijo Raimundo un poema, algunas de cuyas estrofas podrían haber inspirado la composición de esta obra: "No te importe vivir en la pobreza./Si puedes aspirar al aire puro./Y ver la luz del sol y la grandeza/De la noche que llena el cielo oscuro/[…] Y no adornes tu frente con laureles./Ni que la luz del sol nunca te vea, /Ridículo, vestido de oropeles/Ni del poder llevando la librea."

Los protagonistas aparecen representados como pastores arcádicos, vestidos solo con pieles y convertidos en la proclama del liberalismo por su acción de poner en libertad a unos jilgueros.

Ejecutado con un claro sentido escultórico, propio de los últimos años de la trayectoria de Esquivel, este retrato fue elegido por el artista para tomar parte en 1856 en la primera de las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes.

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LA INMACULADA EN EL MUSEO DEL PRADO, NUEVA EXPOSICIÓN

https://www.museodelprado.es/actualidad/exposicion/presentacion-especial-inmaculadas/34b5f40a-53d3-49e4-a4f9-a3df1fd67402

EXPOSICIÓN

La exposición

La exposición
Inmaculada Concepción
Francisco Zurbarán (1598-1664)
Óleo sobre lienzo, 128 x 89 cm h. 1630
Madrid, Museo Nacional del Prado. Adquirido en 1956

Tras la generosa donación que realizó el pasado año Plácido Arango Arias, el Museo del Prado organiza una nueva presentación especial que, en esta ocasión, reúne el conjunto de obras donadas con una personalidad temática más acusada, el formado por las Inmaculadas, uno de los temas más habituales entre los artistas españoles del Siglo de Oro para expresar los sucesivos ideales de belleza femenina.

La selección de estas obras, fechadas entre las décadas de 1630 y 1680, permite comprobar cómo la representación del tema de laInmaculada Concepción osciló entre dos versiones: la que subraya la intimidad, el recogimiento y la concentración, y la que presenta fórmulas barrocas mediante composiciones dinámicas y coloristas. En exposición se reunirán la Inmaculada más temprana de la donación y la que custodia el Prado, ambas de Zurbarán, cuya comparación permite conocer las distintas alternativas iconográficas y compositivas que se planteó el pintor al principio de su carrera: frente a la concentración formal y la introspección emotiva de la que ingresó en el museo en 1956, la procedente de la donación Arango es expansiva y destaca por el amplio vuelo de su túnica.

La segunda Inmaculada de Zurbarán de la donación, fechada en 1656, constituye un puente con la rica tradición de representaciones concepcionistas sevillanas de la segunda mitad del siglo XVII y puede compararse con la Inmaculada de uno de los grandes representantes de esta escuela, Juan Valdés Leal, que en su obra, fechada en 1682, evita el dinamismo compositivo y la expansión comunicativa que le son característicos, y compone una obra introspectiva y delicada, en la que la joven María se encuentra rodeada por un elaborado contexto teológico.

Otro foco importante de producción de imágenes concepcionistas fue en Madrid que se encuentra representado en la donación una Inmaculada de Mateo Cerezo fechable en torno a 1660 cuyo dinamismo y amplia gama cromática son características que contribuyeron a que la pintura madrileña avanzase en una dirección plenamente barroca.

Además, esta muestra presenta una nueva incorporación a la donación inicial de Plácido Arango. Se trata de una Inmaculada deFrancisco de Herrera el Mozo, uno de los nombres fundamentales en Sevilla y Madrid a mediados del siglo XVII aunque con un catálogo relativamente escaso, y que se integra, en usufructo, como un aporte significativo a las colecciones del Prado.

Coincidiendo con esta presentación, el Museo del Prado ha editado una publicación en la que se estudian de manera individualizada el total de 26 obras que forman la donación Plácido Arango y en la que se incluye un texto en el que se valora la aportación del conjunto a las colecciones del Prado.

La Inmaculada Concepción de Francisco Herrera el Mozo

La Inmaculada Concepción de Francisco Herrera el Mozo
Inmaculada Concepción
Francisco de Herrera el Mozo (1627-1685)
Óleo sobre lienzo, 165 x 105 cm. h. 1670
Donación Plácido Arango Arias, 2016

Nueva incorporación a la donación Plácido Arango

La incorporación de esta Inmaculada de Francisco Herrera el Mozo, autor de una de las obras maestras de la donación (El sueño de san José), supone una aportación relevante a la colección del Prado ya que no se conoce ninguna otra obra de Herrera con tema concepcionista, un asunto de los más frecuentados por los pintores españoles de su generación.

En esta obra, Herrera ofrece una alternativa a los modelos más habituales de iconografía mariana española en la segunda mitad del siglo XVII planteando una contención formal y emotiva no habitual en la época, pero que también aparece en algunasInmaculadas contemporáneas como la de Valdés Leal procedente de esta donación.

Destacan en ella tanto la nitidez cromática, resuelta a base de la combinación de los tonos marfil de la túnica y el azul profundo del manto, como el esmero descriptivo y el cuidado con el que se ha concebido la composición.

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