domingo, 27 de diciembre de 2009

MADRID, CAPITAL DE LAS FAMILIAS

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La fiesta de la Sagrada Familia. En el día en el que la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia, Madrid vive con intensidad una suerte de capitalidad europea de la familia cristiana que nos trae los ecos de aquella memorable jornada de 1982, en la que Juan Pablo II, también en la Plaza de Lima, nos mostró el camino para entender que el futuro de Europa pasa por la familia cristiana. Ya entonces, el venerable Papa polaco fue muy claro al defender el derecho de los padres a la educación religiosa de sus hijos y al afirmar que la educación religiosa es el cumplimiento y el fundamento de toda educación que tiene por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana. En esa misma línea, los obispos españoles, sabedores de que el derecho a la libertad religiosa quedaría desvirtuado en gran medida si los padres no tuviesen la garantía de que sus hijos reciben en la escuela la enseñanza y la educación religiosa, han centrado este año su mensaje de la Jornada de la Familia en el apasionante y urgente reto que supone la educación. No en vano, Benedicto XVI ha hablado de "emergencia educativa", confirmada por los fracasos en los que con demasiada frecuencia desembocan los esfuerzos por formar personas sólidas que colaboren al bien común y sean capaces de dar sentido a sus propias vidas. La familia debe afrontar este inmenso reto con esperanza. Dar razones de la esperanza constituye un elemento básico en la labor educativa que los padres tienen que realizar. Y en concreto, la familia cristiana, debe presentar la fuente de toda esperanza: el Amor de Dios que acompaña a la persona durante toda su vida.

PALABRA DEL PAPA BENEDICTO XVI

Saludo cordialmente a los pastores y fieles congregados en Madrid para celebrar con gozo la Sagrada Familia de Nazaret. ¿Cómo no recordar el verdadero significado de esta fiesta? Dios, habiendo venido al mundo en el seno de una familia, manifiesta que esta institución es camino seguro para encontrarlo y conocerlo, así como un llamamiento permanente a trabajar por la unidad de todos en torno al amor.
De ahí que uno de los mayores servicios que los cristianos podemos prestar a nuestros semejantes es ofrecerles nuestro testimonio sereno y firme de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, salvaguardándola y promoviéndola, pues ella es de suma importancia para el presente y el futuro de la humanidad. En efecto, la familia es la mejor escuela donde se aprende a vivir aquellos valores que dignifican a la persona y hacen grandes a los pueblos. También en ella se comparten las penas y las alegrías, sintiéndose todos arropados por el cariño que reina en casa por el mero hecho de ser miembros de la misma familia. Pido a Dios que en vuestros hogares se respire siempre ese amor de total entrega y fidelidad que Jesús trajo al mundo con su nacimiento, alimentándolo y fortaleciéndolo con la oración cotidiana, la práctica constante de las virtudes, la recíproca comprensión y el respeto mutuo. Os animo, pues, a que, confiando en la materna intercesión de María Santísima, Reina de las Familias, y en la poderosa protección de San José, su esposo, os dediquéis sin descanso a esta hermosa misión que el Señor ha puesto en vuestras manos. Contad además con mi cercanía y afecto, y os ruego que llevéis un saludo muy especial del Papa a vuestros seres queridos más necesitados o que se encuentran en dificultad.
Os bendigo a todos de corazón.

15 frases de la homilía del cardenal Rouco en la Misa de las Familias de la Plaza de Lima


1.- Acción de Gracias eucarística con alegría jubilosa por el inmenso don de la familia cristiana: familia que se mira en la Sagrada Familia de Nazareth como el modelo insuperable y decisivo para poder vivir en plenitud la riqueza de la gracia del matrimonio cristiano en el día a día del crecer y del quehacer de la propia familia. La familia cristiana sabe, además, que en Jesús, María y José, encuentra el apoyo sobrenatural necesario que le ha sido preparado amorosamente por Dios para que no desfallezca en la realización de su hermosa vocación.
2.- Vuestra multitudinaria presencia, queridas familias, y vuestra participación atenta, piadosa y activa en esta celebración eucarística habla un claro y elocuente lenguaje: ¡queréis a vuestras familias! ¡queréis a la familia!; ¡mantenéis fresca y vigorosa la fe en la familia cristiana!; estáis seguras, compartiendo la doctrina de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de que el modelo de la familia cristiana es el que responde fielmente a la voluntad de Dios y, por ello, es el que garantiza el bien fundamental e insustituible de la familia para sus propios miembros –los padres y los hijos en eminente lugar–, para toda la sociedad y, no en último lugar, para la Iglesia.
3.- Sois muy conscientes, incluso en virtud de vuestras propias experiencias de la vida en el matrimonio y en vuestra familia, de que ese otro lenguaje de los diversos modelos de familia, que parece adueñarse, avasallador y sin réplica alguna, de la mentalidad y de la cultura de nuestro tiempo, no responde a la verdad natural de la familia, tal como viene dada al hombre “desde el principio” de la creación y de que, por ello, es incapaz de resolver la problemática tantas veces cruel y dolorosa de los fracasos materiales, morales y espirituales que afligen hoy al hombre y a la sociedad europea de nuestro tiempo con una gravedad pocas veces conocida por la historia.
El luminoso ejemplo e intercesión de la Sagrada Familia
4.- Con la Sagrada Familia, formada por Jesús, María y José, se inicia el capítulo de la nueva y definitiva historia de la familia: el de la familia, que, fundada por el Creador en el verdadero matrimonio entre el varón y la mujer, va a quedar liberada de la esclavitud del pecado y transformada por la gracia del Redentor.
5.- Queridas familias cristianas de España y de toda Europa: miraos a vosotras mismas como esposas y esposos, padres e hijos, en el límpido espejo de ese prototipo de la nueva familia querida y dispuesta por Dios en su plan de salvación del hombre, que es la familia de Jesús, María y José.
Solo la familia verdadera nos saca de las crisis
6.- ¿En quién y en dónde podrán encontrar los niños, que van a nacer, los discapacitados, los enfermos, los rechazados… etc., el don de la vida y del amor incondicional sino en vosotros, padres y madres de las familias cristianas? ¿Hay quien responda mejor y más eficazmente a las situaciones dramáticas de los parados, de los ancianos, de los angustiados por la soledad física y espiritual, de los rotos por las decepciones y fracasos sentimentales, matrimoniales y familiares, que la familia verdadera, la fundada en la ley de Dios y en el amor de Jesucristo?
La inaceptable lacra del aborto y las otras amenazas sobre la familia
7.- “Además, según el plan de Dios, –afirmaba el Papa Juan Pablo II en esta misma Plaza de Lima de Madrid– el matrimonio es una comunidad de amor indisoluble ordenado a la vida como continuación y complemento de los mismos cónyuges. Existe una relación inquebrantable entre el amor conyugal y la transmisión de la vida, en virtud de la cual, como enseñó Pablo VI, “todo acto conyugal debe permanecer abierto a la transmisión de vida”. Por el contrario, –como escribí en la Exhortación Apostólica “Familiaris Consortio”–“al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal.
8.- “Pero hay –proseguía diciendo Juan Pablo II hace 27 años- otro aspecto aún más grave y fundamental, que se refiere al amor conyugal como fuente de la vida: hablo del respeto absoluto a la vida humana, que ninguna persona o institución, privada o pública, puede ignorar. Por ello, quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad.”
9.- Benedicto XVI nos enseña hoy, en medio de una crisis socio-económica generalizada, un cuarto de siglo después de la homilía de la Plaza de Lima, en su Encíclica “Cáritas in Veritate”: “La apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y económica… Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En esta perspectiva, los estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad”.
10.- La actualidad del matrimonio y de la familia en los países europeos está marcada por la facilitación jurídica del divorcio hasta extremos impensables hasta hace poco tiempo y asimilables al repudio; por la aceptación creciente de la difuminación, cuando no de la eliminación, primero cultural y luego legal de la consideración del matrimonio como la unión irrevocable de un varón y una mujer en íntima comunidad de amor y de vida, abierta a la procreación de los hijos; por el crecimiento, al parecer imparable, de las rupturas matrimoniales y familiares con las conocidas y dramáticas consecuencias que acarrean para la suerte y el bien de los niños y de los jóvenes. A esta situación se ha añadido la crisis económica, con la inevitable secuela del paro y el desempleo como factor sobrevenido a la situación ya muy extendida de la crisis del matrimonio y de la familia.
11.- El derecho a la vida del niño, todavía en el vientre de su madre –del “nasciturus”–, se ve lamentablemente suplantado en la conciencia moral de un sector cada vez más importante de la sociedad, y en la legislación que la acompaña y la estimula, por un supuesto derecho al aborto en los primeros meses del embarazo.
12.- La vida de las personas con discapacidades varias, de los enfermos terminales y de los ancianos, sin un entorno familiar que las cobije, se ve cada vez más en peligro.
Tiempo para la esperanza: El futuro pasa por la familia auténtica
13.- Un panorama a primera vista oscuro y desolador. Sólo a primera vista. En el trasfondo alumbran los signos luminosos de la esperanza cristiana: Aquí estáis vosotras, las queridas familias cristianas de España y de toda Europa, para dar testimonio de esa esperanza y corroborarla. Con el “sí” gozoso a vuestro matrimonio y a vuestra familia, sentida y edificada cristianamente como representación viva del amor de Dios –amor de oblación y entrega, ofrecido y fecundo también en “vuestra carne”– y con vuestro “sí” al matrimonio y a la familia como “el santuario de la vida” y fundamento de la sociedad, estáis abriendo de nuevo el surco para el verdadero porvenir de la Europa del presente y del futuro.
14.- Europa, sin vosotras, queridas familias cristianas, se quedaría prácticamente sin hijos o, lo que es lo mismo, sin el futuro de la vida. Sin vosotras, Europa se quedaría sin el futuro del amor, conocido y ejercitado gratuitamente; se quedaría sin la riqueza de la experiencia del ser amado por lo que se es y no por lo que se tiene. El futuro de Europa, su futuro moral, espiritual e, incluso, biológico, pasa por la familia realizada en su primordial y plena verdad. ¡El futuro de Europa pasa por vosotras, queridas familias cristianas!
15.- Habéis recibido el gran don de poder vivir vuestro matrimonio y vuestra familia cristianamente, siguiendo el modelo de la Familia de Nazareth, y, con el don, una grande y hermosa tarea: la de ser testigos fieles y valientes, con obras y palabras, del Evangelio de la vida y de la familia en una grave coyuntura histórica de los pueblos de Europa, vinculados entre sí por la común herencia de sus raíces cristianas. Unidas en la Comunión de la Iglesia, alentadas y fortalecidas por la Sagrada Familia de Nazareth, por Jesús, María y José, la podréis llevar a un buen y feliz término. ¡Sí, con el gozo jubiloso de los que han descubierto y conocen que en Belén de Judá, hace dos mil años, nos nació de María, la Virgen y Doncella de Nazareth, el Mesías, el Señor, el Salvador, lo podréis!

Familias como antorchas José-Fernando Rey Ballesteros. Escritor

Por más que nos empeñemos, el mal humor no nos sienta bien. En Navidad, menos aún.
Aprovechar la fiesta de la Sagrada Familia para realizar un ejercicio de victimismo y acusar a nuestros gobernantes de un diabólico “familicidio” desentona con la fiesta. Si alguien entra en mi parroquia durante la Misa, y escucha cómo echo pestes de los políticos, cómo vomito fuego por la boca contra bibianos y zerolos, contra ateos y maleantes, y contra todo rubalcaba viviente, va a preguntarse si de verdad estamos de fiesta, o si es que nos han puesto una multa y nos han amargado las navidades. No queda bien. Además, no es verdad.
No niego que las cosas estén difíciles; lo están. Existe, desde luego, un intento de imposición de pensamiento único, y quien se niegue a verlo es el peor de los ciegos. Tanto los planes educativos de este gobierno, con su EpC y su formación sexual desde temprana edad, como la tiranía de lo políticamente correcto pueden llenar España de indigentes intelectuales y convertirla -lo he dicho en alguna otra ocasión- en un kibutz repleto de bobos con emblemas, fácilmente manipulables e indefensos ante cualquier consigna. De acuerdo: intelectualmente, en España hace mucho frío.
Tenemos, entonces, dos opciones: o nos dedicamos a vociferar como corderos en degüello y, al menos, soltamos la “mala leche”, o buscamos soluciones y nos ponemos a trabajar con buen humor, a pesar de todo. A estas alturas del partido, quien piense que la solución a este panorama va a venir del Parlamento, y que con firmas o protestas va a conseguir algo, es el peor de los ingenuos, amén del más infame entre los perezosos. La solución la tenemos nosotros, está en nuestras manos, y cuanto más tiempo perdamos vociferando, más tiempo regalamos al Enemigo.
Hace mucho tiempo, Kiko Argüello lo dejó escrito en el Icono de la Sagrada Familia: “hacen falta comunidades cristianas como la Sagrada Familia de Nazareth, que vivan en humildad, sencillez y alabanza”. Ésa, y no otra, es la solución.
Y es que ése, y no otro, es el verdadero problema, y cuanto más tarde lo reconozcamos, más tiempo perderemos gritando. Desde que, en 1968, Pablo VI promulgase la encíclica Humanae Vitae, han sido muy pocos los cristianos que obedecieran a esa voz profética del Buen Pastor. Durante más de cuarenta años, se ha convertido en lugar común entre los matrimonios católicos la idea de que con dos o tres hijos y un perro la familia está formada, los puestos de trabajo de papá y mamá están asegurados, y las vacaciones más o menos resueltas, con la holgura suficiente para gozar de adsl, de teléfono móvil, de televisor con pantalla plana, y de alguna escapada de fin de semana. Los más “adelantados” hicieron directamente oídos sordos ante la encíclica; y otros, más “devotos”, decidieron interpretarla a su favor, empleando, a partir del segundo o tercer hijo, los “métodos naturales”, y pensando que con ello cumplían, a la vez, con su status económico y con la encíclica. Pocos, muy pocos, se atrevieron a obedecer el espíritu de esa carta, según el cual todo acto conyugal debe estar abierto a la vida. A ello debemos sumar la terrible proliferación de divorcios entre quienes se casaron en la Iglesia. Al igual que ha sucedido con el seguimiento de la Humanae Vitae, lo más “adelantados” decidieron divorciarse sin más, pensando que Dios les daba la razón y que es una ignominia el que la Iglesia les niegue la Comunión Eucarística. Y otros, más “devotos”, optaron por buscar, a toda costa, la nulidad canónica, pensando que, de este modo, cumplían con su “libertad” a la vez que con su fe. El resultado, cuarenta años más tarde, está a la vista: nos quedamos sin familias cristianas, y preferimos culpar de ello a los políticos.
La Eucaristía de la Sagrada Familia es, esencialmente, una acción de gracias a Dios por el don de la familia cristiana. Y es también, en el mismo grado, un acto de conversión, que conlleva hacer penitencia por nuestras culpas y resolvernos, de una vez y con la ayuda de Dios, a fundar familias verdaderamente cristianas, fértiles y cimentadas en la Cruz de Cristo, fuente de toda fecundidad. Allí, en la Plaza de Lima, le pedimos a la Sagrada Familia las fuerzas necesarias para obedecer la voz de Dios: “multiplicaos y llenad la tierra”. Y, como trabajamos a largo plazo, nos alegramos con la esperanza de un mundo poblado por familias cristianas, según el modelo de la Familia de Nazareth. Ése debe ser, y no otro, el mundo que leguemos a nuestros hijos.
Pero, primero, ya saben, hay que tenerlos.

 

 

 

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