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jueves, 17 de enero de 2013

Taulichusco, bautizado, raíz india de Lima

Taulichusco, raíz india de Lima

 

En el marco del 477 aniversario de Lima, la Coordinadora de Ayllus y Panakas, junto a diversas organizaciones indígenas, campesinas y amazónicas rindieron este miércoles 18 homenaje a la memoria de y su esposa, Caxa Paxa, últimos gobernantes originarios del valle del Rímac.

Los asistentes se congregaron en el pasaje Santa Rosa, al costado de la Plaza Mayor de Lima, donde depositarán ofrendas en honor al último curaca de Lima. El acto se inició a las 9 horas con un ritual espiritual y concluyó al mediodía con un alegre y colorido pasacalle.

Según la parlamentaria andina Hilaria Supa Huamán, la fundación española de Lima provoca una reflexión a las poblaciones indígenas y enaltece la memoria de los pueblos que habitaron el valle del Rímac en tiempos ancestrales. "Se tuvo como último curaca a Taulichusco, quien dijo en su idioma originario: 'No vamos a desaparecer', cuando sus vecinos y los hombres blancos que recién llegaban le ofrecieron comprar el valle del Rímac", anotó. Sostuvo que Taulichusco estuvo consciente de los riesgos que corría su población con su negativa de vender las tierras del valle y sabía que esos hombres blancos llegaban a despojarlos de todo. Por ello, recordó, ideó un plan para proteger a su pueblo de los españoles que llegaban en "embarcaciones de madera". Varios señoríos vecinos habían huido frente a la amenaza y Taulichusco quedó casi solo y fue asesinado.

Además de las organizaciones mencionadas asistieron a este homenaje representantes del proyecto Pueblos Artesanos, Inta Perú, Movimiento Inka, Hatun Panaka Inka, Movimiento Tawantinsuyano, Kapaq Panaka Solar Kunturkanki, Chia Perú, Movimiento por la Madre Tierra, Movimiento Indio Peruano, entre otros.


Existen 15 documentos que datan de los años 1552 y 1562 y que son de trascendente valor histórico, porque nos revelan aspectos desconocidos sobre la vida del curaca de Lima don Gonzalo Taulichusco. 
Taulichusco, como son su labor como regidor de indios y el otorgamiento de escrituras en las que, en representación de su pueblo, se ve en la necesidad imperiosa de vender terrenos de propiedad curacal para cumplir con las obligaciones que le eran impuestas por el nuevo orden. 
Por ejemplo, la entrega de ocho solares a Juan de Pedraza, alguacil de la corte, por tan sólo 350 pesos. 
Otras transacciones se sucedieron, muy probablemente, debido a la necesidad de pagar tributos. Taulichusco tenía que pagar treinta pesos de oro, más la entrega de especies y prestaciones personales, pero le era imposible por el poco numero de indios que le quedaban desde la llegada de los españoles. A veces solía realizar préstamos, pero no siempre pudo obtenerlos, y tenía que vender las tierras. 
Pero no todo fue expoliación ni exclusión. Por ejemplo, la demanda creciente de productos agrícolas por la ciudad originó un mercado de tierras que dio ganancias a los indios que alquilaban las que les quedaron. 
Don Gonzalo no dominaba del todo el idioma castellano, pues siempre acude a todo acto valiéndose de un lengua (intérprete indio); y tampoco aprendió a firmar su nombre, pese a que existen tres documentos que lo probarían, pues, con estas excepciones, en los demás declara expresamente ante los escribanos no saberlo hacer. 
Don Gonzalo, en defensa de sus derechos, sabe además litigar ante la Real Audiencia de Lima, no sólo contra los colonos españoles, sino contra otros indios aliados de éstos. En otras oportunidades acude al rey de España para lo mismo. El 17 de mayo de 1562, por él y en voz de sus indios y nazionales, apodera a Pedro de Avendaño, que va a España, para que pida ante los oficiales del Consejo de Indias cuanto en su favor y de su pueblo fuere de derecho. 
El curaca de Lima, don Gonzalo Taulichusco, ordena su testamento el 29 de agosto de 1562 y ese mismo día su codicilo. Es enterrado en la capilla mayor de la iglesia de la Magdalena, en los terrenos que donó en 1557. 
Pizarro y su séquito decidieron fundar en el valle del Rimac la capital del nuevo reino. Por entonces estas tierras eran regidas por el cacique Gonzalo Taulichusco el cual con motivo de su bautizo donó estas tierras a la orden franciscana. Nacía así la doctrina de la bendita Magdalena, esto ocurrió un 14 de agosto de 1557 en presencia del virrey Andrés Hurtado de Mendoza.

La bendita Magdalena se constituyó entonces en la base de nuestro actual distrito, en esta reducción fueron ubicados los antiguos pobladores de los cacicazgos de Huatca y Maranga .

Les comparto el magnífico texto de don Raúl Porras Barrenechea  La raíz india de Lima

No es exacto que Lima sea exclusivamente española por su origen, por su formación biológica y social y por su expresión cultural. La fundación española, forjadora perenne de mestizaje, tuvo que contar con dos factores preexistentes; el marco geográfico y el estrato cultural indígena. Ambos influyeron decisivamente en aspectos y formas de la peculiaridad de nuestro desarrollo urbano.

Don Hipólito Unanue, vocero de la ilustración colonial y maestro de nuestra meteorología, definió ya el clima de Lima como el de una "eterna y continuada primavera". Los cronistas soldados del siglo XVI después de ambular por selvas y riscos y pantanos habían dicho ya su admiración al llegar a tierra de tanto sosiego y equilibrio atmosférico como la de Lima. Cieza de León en su crónica, hoy cuatro veces centenaria, publicada en 1553, expresó su contento viajero al decir: "Y cierto para pasar la vida humana cuando los escándalos y alborotos y no haciendo guerra, es una de las buenas tierras del mundo, pues vemos que en ella no hay hambre ni pestilencia, ni llueve, ni caen rayos, ni relámpagos, ni se oyen truenos; antes siempre está el cielo sereno y muy hermoso" . Y los poetas del siglo de hierro confirmaron el entusiasmo de los cronistas, entonando himnos a la benignidad del cielo de Lima y a la uniforme templanza de sus estaciones. Pedro de Oña el poeta de Arauco huésped limeño de los Virreyes dijo en su cántico a Montesclaros:

Soberbios montes de la regia Lima
que en el puro cristal de vuestro río
de las nevadas cumbres despeñado
arrogantes miráis la enhiesta cima,
tan extensa al rigor del almo estío
como a las iras del invierno helado.

Las constantes geográficas del clima limeño han sido señaladas precisamente por viajeros y geógrafos posteriores. Las preexistentes a la conquista fueron: la proximidad del mar, el suelo llano y desértico, los blancos arenales que conforman según el decir de Morand un paisaje lunar; el suelo de tierra arenisca delgada y fértil "que parece que la echó el Creador para hacerla habitable", la falta de lluvias que produce la esterilidad del suelo y el sistema de irrigación artificial por canales o acequias, el abono fácil en las islas vecinas, los sembríos de maíz, de yuca, de habas, de camotes, de frijoles, de maní y de algodón en los oasis verdeantes de los valles junto al curso rápido y torrentoso de los ríos, bordeados de arboledas frutales como los pacaes o huavas, las guayabas, paltas, chirimoyas, piñas, lúcumos y algarrobos; los bosquecillos de espinos, huarangos y algarrobos en las partes altas y en las bajas los sauces, chilcas y los juncales y aneas de los pantanos; la humedad ambiente condensada en la neblina y en la tenue garúa invernal; la fauna menuda y veloz, de gozquecillos, patos, palomas, cigüeñas, faisanes, perdices, venados y los clásicos gallinazos; sin animales temerosos como los lobos, salvo las águilas y astutas raposas, y los pumas sorpresivos. Los únicos fenómenos extraordinarios del ambiente costeño son el temblor cucuy y el hauyco o aluvión violento que desciende por las quebradas como un castigo de los cerros destrozando casas y sembríos.

La estructura geográfica original de suelo, clima, vegetación y vida animal, influye en primer término sobre el hombre y es reformada y definida por la acción de éste y por los recursos de su técnica. Del yunga costeño hablaban despectivamente los Incas, como lo comprobaron los cronistas primitivos Jerez, Sancho y Estete, que dicen de ellos ser "gente ruin y pobre", que no servía para guerra ni para gobierno. Esto, prescindiendo del alto nivel intelectual y artístico que revelan los vasos y dibujos estilizados de Nazca, las telas de Paracas y las esculturas chimúes. Coinciden en este desdén por el yunga u hombre de la costa, a través de los siglos, los amautas cuzqueños y los sociólogos marxistas de hogaño. Algunos geógrafos y viajeros han recogido también epidérmicamente, esa impresión deprimente del clima costeño sobre el hombre. Raimondi pensaba que el aire saturado de humedad hacía perder calor al cuerpo humano calentado por el sol. La tala de árboles suprimía las barreras a los vientos y favorecía el frío fisiológico. Middendorf creía que la falta de descargas eléctricas en el verano disminuía la capacidad de trabajo y el cielo plomizo cargado de nubes y la correspondiente falta de luz, más que la de calor, producían el decaimiento moral. En oposición a éstos, algunos científicos modernos afirman que el tiempo medio más favorable a la energía física e intelectual es el que va de 16º a 20ºC con 70º o 90º de humedad relativa y el de Lima oscila en 17º y 22º. El clima costeño, según Pedro Larrañaga, favorece en nuestros días, la vivienda y el taller baratos y ligeros, la suculencia de recursos alimenticios en que predominan las farináceas sobre las proteínas, permite el trabajo a la intemperie y ofrece reservas enormes de energía eléctrica proporcionada por los torrentes cisandinos.

Estas realidades geográficas básicas modelan las instituciones y las relaciones humanas. El yunga pescador y cazador obligado, se alimentó de carne y pescado crudo; se estacionó en los valles al borde de la fuente de agua única que recogió y distribuyó en canales para vivificar los sembríos de maíz y plantas alimenticias y construyó sus poblaciones agrícolas en las colinas o sitios encumbrados o cerros artificiales huyendo de la llanura o la tierra fértil por razones defensivas, económicas o mágicas. La huaca irguió su perfil en talud incorporándose a la visión del paisaje local. La templanza del clima, la amenaza del temblor y la falta de madera y de piedra determinaron los materiales de construcción: paredes de adobes o torta de caña y barro y techos de troncos de árbol, paja, ramajes o totora. El vestido fue ligero y de algodón y los trabajadores los simplificaban en el trabajo que hacían semidesnudos. La benignidad del clima, la facilidad de recursos, el ahorro de energías, deciden, según Bennet, la placidez necesaria para la creación artística y el refinamiento de la técnica. El yunga descubrirá sus calidades artísticas coloreando los muros con el ocre o granate de sus vasos y con los dibujos geométricos de sus tapicerías.

Las realizaciones urbanas y arquitectónicas alcanzadas por los yungas a la llegada de los españoles eran la aldea o marca, la pucara o fortaleza de adobes, la huaca o templo de piedra y barro, el tambo y la ciudad o hatun llacta como Pachacámac, Chincha, o Chanchán. El camino, las obras hidráulicas, la tendencia simétrica, el hermetismo de los lugares sagrados, los pozos sepulcrales revelan los progresos técnicos y las creencias. Son formas logradas y vivientes que supervivirán, algunas en la época española, junto con la toponimia que descubre las raíces étnicas y culturales. La casa yunga fue simplísima, de adobes y esteras y generalmente de tipo de ramada o vivienda de tres paredes y el cuarto frente descubierto, a la que se pone una reja y es un rancho republicano de Barranco o Chorrillos. Alonso Enríquez que recorrió la costa del Perú en 1534 dice que "no tienen casas sino setos de cañas, como corrales de gallina y ansi sucias desbaratadas". Y el contador Zárate que llegó en 1543 que "los indios de la costa no viven en casas, sino debajo de árboles o de ramadas". Cieza de León apunta, en 1548, que "los indios de los llanos y arenales no hacen las casas cubiertas como las de la serranía, sino terrados galanos o grandes casas de adobe, con sus estantes o mármoles y para guarecerse del sol ponían unas esteras en lo alto". El techo plano de estera, el adobe, la quincha son tradiciones que junto con el nombre indio recogerá la ciudad colonial, desalojando o reformando técnicas españolas.

La arqueología no ha aclarado, todavía, la extensión del cacicazgo de Lima y la importancia de los centros poblados alrededor de ella, como son Pachacámac, Ancón, Carabayllo, Armatambo, el Huarco y la misteriosa Cajamarquilla; lo que acaso aclaren las nuevas investigaciones del arqueólogo Stumer. El padre Cobo, el más ilustre historiador de Lima, nos dice que había tres pueblos grandes –Hatun Llacta– en la región de Lima que eran cabezas de tres hunus incaicos, de diez mil familias cada uno: Carabayllo, en el valle de Chillón; Maranga, huaca célebre y lugar arqueológico que ha cortado una irrespetuosa avenida republicana al Callao, y el más importante de todos, el pueblo de Surco o Armatambo, en las faldas del cerro solar, donde Hernando Pizarro se detuvo antes de llegar a Pachacámac. Este era el centro urbano más calificado de la región limeña y en la época de Cobo se veían aún "las casas del curaca con las paredes pintadas de varias figuras, una muy suntuosa guaca o templo y otros muchos edificios que todavía están de pie sin faltarles más de la cubierta". Los demás pueblos eran, dice Cobo, "lugarejos de corta vecindad". Cerca de Maranga estaba el "pueblo de Lima", que tenía aproximadamente media legua y se hallaba junto a la huaca o templo del dios Rímac, oráculo de la región. "Desde Limatambo a Maranga –dice el Padre Calancha– había una serie de enterramientos y casas o palacios, uno del rey Inca –la huaca de Mateo Salado– otro del cacique del pueblo y los demás de caciques ricos". Junto al río Rímac, a la banda del sur, había un lugarejo o tambo, en el mismo sitio que hoy ocupan la plaza y casas reales, que pertenecía, como las tierras colindantes, al cacique de Lima. Este lugar fue escogido por Pizarro para asiento de la ciudad, "por hallarlo ya proveído de agua, leña y otras cosas necesarias a una República y lo otro porque conjeturaba que sería más sano". La provisión de agua y su distribución por canales por el valle, es uno de los motivos determinantes de la elección del sitio de la ciudad. Las acequias juegan un papel decisivo.

Al fundarse la ciudad española el cacique de Lima era Taulichusco, "señor principal del valle en tiempo de Guayna Capac y cuando entraron los españoles". Un proceso judicial de la época revela las condiciones y extensión de su poder y la entraña del régimen incaico. Taulichusco, según los testigos indios, era "yanacona y criado de Mama Vilo, mujer de Huayna Cápac" y proveía los tributos que se enviaban al Inca y lo que éste mandaba. Un hermano de Taulichusco, llamado Caxapaxa era también criado de Huayna Cápac y "andaba siempre con el inca en la corte". El padre de Taulichusco, no obstante la sujeción del Inca y la protección de éste, tenía que luchar con los caciques "aucas", vecinos y rivales. Uno de ellos llamado Coli –acaso el de Chincha– entró por la fuerza en el valle, pero los indios viejos declaran que "había otros principales en el valle" y "tierras del sol y de las guacas" y de "otros caciques comarcanos". También se aclara el sistema de sucesión entre los curacas. Taulichusco, que alcanzó a recibir a Pizarro, "no gobernaba por ser viejo", en los últimos años, y ejercía el curacazgo su hijo Guachinamo, que se presentaba siempre ante los españoles "con gran servicio de indios". A Guachinamo le sucedió su hermano don Gonzalo que vivía en el pueblo de la Magdalena, que sustituyó a Limatambo, para alejar a los indios de sus idolatrías. En esa época, los indios del cacicazgo, que habían sido más de dos mil, se habían dispersado: unos se habían hechoyanaconas de los españoles en la ciudad, otros habían huido o se habían "desnaturado" de su tierra o se habían entregado "como vagamundos" a las borracheras. La mayor parte de las tierras y pastos que pertenecían al cacique, le habían sido arrebatadas y los indios estaban reducidos "a un rincón", según Pedro de Alconchel.

Una comprobación importante para la reconstrucción del marco geográfico limeño, en la época incaica, surge de este proceso, que abre ventanas al tiempo prehistórico. El cacique don Gonzalo pidió que declarasen los testigos sobre el hecho de que, al entrar los españoles en el valle de Lima, "había muchas chacras y heredades de los indios y en ellos muchas arboledas frutales: guayavos, lucumas, pacaes e otros todos" y que todos habían sido derribados para construir casas de los españoles y también los tiros de arcabuz. Pedro de Alconchel, el trompeta de Pizarro en Vilcaconga, declara que "avía muchos árboles de frutales y bosques dellos". El indio Pedro Challamay dice que, cuando entró el marqués, "hera todo de frutales de guavos e guayavos e lucumos y otros frutas y asimismo de camotales e donde cogían sus comidas". Y fray Gaspar de Carvajal, el cronista del descubrimiento del Amazonas, dice que, cuando él llegó a Lima, la primera vez "avía montes de arboledas e así lo era el sitio de esta ciudad e se iban los españoles dos leguas sin que les diese sol e todos estos árboles era frutales e agora ve que no hay ninguno". Marcos Pérez dice que Lima era "como un vergel de muchas arboledas de frutales". Y doña Inés de Yupanqui, la manceba india del Conquistador, recuerda el diálogo entre Pizarro y Taulichusco. Este protestó ante el Gobernador porque le quitaban sus tierras y "decía que adónde avian de sembrar sus yndios y que si le tomava las tierras se le irían los yndios y el marqués le respondía que no avia donde poblar la ciudad".

La extensión del cacicazgo de Lima era, sin embargo, muy corta. No alcanzaba a Carabayllo ni a Surco, que tenían jefes propios, ni al santuario de Pachacámac. Se concentraba al valle de Lima desde el puerto de mar de Maranga, llamado Pitipiti, antecesor del Callao, por el norte, hasta que el camino del Inca entra en el valle de Chillón; por el sur hasta Armendáriz, en que partiría términos con el cacique de Surco, llamado Trianchumbi; y, por el interior, abarcaría, acaso, hasta los caseríos menores de Late, Puruchuco, Pariache y Guamchiguaylas, que ascienden a la sierra. El área de atracción y de influencia de la aldea india de Lima era, pues, pequeñísima. Su cacique, uno de los más ínfimos régulos del Tahuantinsuyo, y aun el asiento de Lima, era parte de "la provincia de Pachacamac" como lo dice Pizarro en el auto para elegir el sitio de la ciudad. Hernando Pizarro y su hueste de jinetes, que pasaron en enero de 1533 hacia Pachacámac, no hubieran reparado en el cacique rimense si, en ese pueblo cuyo nombre no recordaba el cronista Estete, y en el que acamparon un noche, antes de llegar a Pachacámac, no les saludara, como Epifanía de la ciudad futura, un típico temblor de tierra. "Acaeciónos –dice el cronista– una cosa muy donosa antes que llegásemos a él, en un pueblo junto a la mar: que nos tembló la tierra de un recio temblor y los indios que llevábamos, que muchos de ellos se iban tras nosotros a vernos, huyeron aquella noche, de miedo, diciendo que Pachacámac se enojaba, porque íbamos allá y todos habíamos de ser destruídos". El mito del dios costeño y limeño se aclara así a despecho de antropólogos y lingüistas, como el símbolo de una cosmología popular que diviniza el mayor fenómeno telúrico y lo personifica en Pachacamac –el dios-temblor– como, más tarde, buscaría en el seno de la fe cristiana el auxilio divino, en Taitacha Temblores o en el Señor de los Milagros.

La raíz india de Lima está, pues, en el caserío de Limatambo y Maranga, regido por el Curaca Taulichusco. De él recibe la ciudad hispánica la lección geográfica del valle yunga, el paisaje de la huaca destacando sobre el horizonte marino; la experiencia vital india, expresada en las acequias, triunfo de una técnica agrícola avezada a luchar contra el desierto; el cuadro doméstico de plantas y animales, que el aluvión español modificará sustancialmente; algunas formas de edificación que podrían normar una arquitectura del arenal peruano y el nombre de Lima que tiene "sabor de mujer y de fruta", según Marañón, y que venció con su entraña quechua inarrancable, a la denominación barroca de Ciudad de los Reyes. Es el río Rímac, torrentoso, voluble y desigual, innavegable y huérfano de transportes, desconocedor del papel unificador de los cursos fluviales, camino frustrado, carente de paisaje y de alma, pero obrero silencioso en la fecundación de la tierra y creador oculto de fuerza motriz, el que impone su nombre a la capital indo-hispánica del Sur. Y hay, en la permanencia del nombre, acaso un sino espiritual. "Rímac –dice el padre Cobo– es participio y significa el que habla, nombre que conviene al río por el ruido que hace con su raudal". Rimani significa en quechua hablar, pero no sencillamente hablar, sino hablar de cierta manera. El habla natural o lenguaje se dice Simi yRuna simi es el lenguaje del hombre. Pero Rimani y sus derivados tienen un significado especial, como rimapayani que significa "hablar mucho, con presteza" o rimacarini, "hablar disparates", orimacuni, "murmurar" y rima-chipuni, cierta forma de celestinaje. Con lo que el nombre de Rímac encarnaría el destino parlero y murmurador de Lima, la tendencia a la hablilla y a la cháchara y también al ático placer de la conversación.

Lima, ciudad brumosa y desértica, de temblores, de dueñas y doctores, es un don del Rímac y de su dios hablador.

 

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Plan de Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de Lima presentado jueves 19 en Municipalidad

Municipalidad de Lima lanza "Plan de Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial". He tenido la suerte de estar y quiero felicitarles, sobre todo por rescatar el gran patrimonio religioso ofreciendo un calendario para que se agende y se participe. En el acto se presentó el video La Fe Mueve Montañas, Homenaje al Señor de Qoyllur Ritti en Lima, que recibió el Premio al Tercer Puesto del Concurso Latinoamericano de Fotografía y Video de Crespial (puede verlo en youtube). 

Además se ofreció en vivo lo que podemos ver en la grabación de un disco registro musical de "La Lomera", uno de los primeros productos del gran proyecto de salvaguardia del patrimonio inmaterial de Lima Metropolitana. Tras el rescate de "La Lomera" se guarda el testimonio de la compleja dinámica de las poblaciones de los territorios menos reconocidos de Lima. Espacios rurales que fueron reducidos en las últimas décadas, experimentando profundos cambios en su naturaleza y tradición. "La Lomera", fue interpretada aproximadamente hasta finales de la década de 1950, momento en que la práctica de la ganadería en las lomas disminuyó drásticamente. Antes que la extensión urbana redujera las zonas de Loma de Lima, los pastores de Jicamarca bajaban en épocas de verdor hacia las lomas (Mayo, Junio, Julio, Agosto), y como parte de sus actividades realizaban el conteo del ganado, evento en el que se tocaba "La Lomera". Los músicos Bartolomé Vilcapoma y Laudisinio Zavala comuneros de Jicamarca, participaron de la grabación del disco La Lomera y el video La Lomera de la Municipalidad Metropolitana de Lima.

 

Plan de Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de Lima protegerá danzas, fiestas y otras expresiones de la ciudad

 

•           Durante el 2012 se registraron 12 fiestas populares y este año se espera registrar el doble

•           Proyecto es impulsado por la Gerencia de Cultura de la comuna limeña en el marco del 478º aniversario de fundación de la ciudad

•           Se busca poner de manifiesto la riqueza de la diversidad cultural de Lima.

 

Lima, 16 de enero del 2013.- Comprometida con la salvaguardia de las expresiones del patrimonio cultural inmaterial de la ciudad, como lo son las fiestas tradicionales, la artesanía, la música, las lenguas, entre otros; la Municipalidad Metropolitana de Lima, en el marco del 478º Aniversario de fundación de la capital, ha elaborado el "Plan de Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de Lima". Así, respalda la investigación y difusión de la heterogeneidad de la población que actualmente reside en Lima.

Pedro Pablo Alayza, Gerente de Cultura de la comuna limeña, sostiene que las festividades realizadas en la ciudad no solo son organizadas para regocijo público, sino que son instituciones productoras de identidad y ciudadanía. "A través de ellas se crean lazos y vínculos entre individuos con intereses diferentes y que no necesariamente comparten el mismo espacio físico de forma cotidiana".

En este contexto, el municipio de Lima ha iniciado acciones de reconocimiento de la ciudad como espacio físico en el que confluyen diversas identidades. Una muestra de ello es la declaración de la ciudad de Lima como 'Lima Milenaria, Ciudad de Culturas', que tiene como objetivo integrar el pasado, como patrimonio histórico, a la cultura contemporánea. 

Durante el 2012 se registraron 12 fiestas populares mediante el uso de una ficha de registro diseñada para la recopilación de la información histórica y antropológica y el registro visual de las festividades tradicionales que se realizaron en Lima Metropolitana. Entre ellos el registro audiovisual La Fe Mueve Montañas, Homenaje al Señor de Qoyllur Ritti en Lima, que recibió el Premio al Tercer Puesto del Concurso Latinoamericano de Fotografía y Video de Crespial (puede verlo en youtube).

Asimismo, se llevaron a cabo los estudios de perfil de participantes de tres fiestas: Homenaje al Señor de Qoyllur Ritti en Lima, al Señor de los Milagros y el Día de los Muertos. Este año se registrará el doble de expresiones culturales, que nos permiten conocer los usos y cambios que se manifiestan en estas fiestas, entre otra información importante.

Finalmente, el interés principal de este proyecto cultural es generar un diálogo entre los promotores del patrimonio cultural inmaterial, difundir la riqueza de la diversidad cultural de Lima e investigarla a través del Observatorio de Cultura de la Municipalidad de Lima.

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martes, 15 de enero de 2013

Actualidad de Maxence Van der Meersch según Alfredo Méndiz

Alfredo Méndiz nos propone en el presente texto las coordenadas
vitales e intelectuales de la obra literaria de Maxence Van der
Meersch. Autor prácticamente imprescindible a mediados del pasado
siglo, poco después de su muerte prematura en 1951, a los 43 años, la
obra de este Premio Goncourt (1936) ha ido quedando rápidamente en la
oscuridad. Sus obras son sin duda testimonio directo de una época muy
concreta, pero también (lejos del populismo, del paternalismo o del
moralismo que la crítica le adjudica) forman de algún modo parte del
patrimonio que se nutre de las raices cristianas de la cultura europea
[JJGN].


UN ESCRITOR OLVIDADO: MAXENCE VAN DER MEERSCH
Por Alfredo Méndiz

Desde las campañas de Julio César hasta el desembarco de Normandía, la
franja de tierra que se extiende en torno a la frontera entre Francia
y Bélgica ha sido el gran estadio militar en el que de generación en
generación se han medido los ejércitos europeos: para el historiador,
topónimos como Azincourt, San Quintín, Waterloo, Sedan, Ypres,
Dunkerque y otros muchos evocan hechos de armas muy desparramados a lo
largo del tiempo pero muy cercanos en el espacio.

Ese perenne campo de batalla continental es la patria de Maxence Van
der Meersch, un escritor en el que el explosivo confín entre las
contradictorias aspiraciones de una Europa en crisis permanente parece
hecho no de tierra, mar y aire sino de carne y espíritu; o, por
decirlo con sus propias palabras, de cuerpos y almas. El escritor
obrero Maxence Van der Meersch es hijo de franceses pero nieto de
belgas. Nace en 1907 en Roubaix, muy cerca de la frontera. Los Van der
Meersch habían llegado a Francia en 1860, cuando el abuelo Louis,
persona sencilla pero sensible, se había establecido en la pequeña
localidad de Bondues como organista de la parroquia.

Tampoco el padre de Maxence, Benjamin, carecía de sensibilidad, pero
de hecho se había orientado hacia la actividad comercial. Más de fondo
eran, entre el padre y el abuelo, las diferencias en materia
religiosa: Benjamin Van der Meersch, incrédulo y anticlerical, era muy
distinto de su progenitor, un hombre piadoso que había transcrito a
mano un extenso libro de oraciones para que su mujer, que tenía muchas
dificultades con el francés y se atascaba ante la letra impresa,
pudiera rezar todos los días en neerlandés.

Durante la Primera Guerra Mundial, Roubaix fue ocupada por los
alemanes y sufrió las dramáticas penalidades que Van der Meersch
reflejará en Invasión 14 (1935), para muchos su mejor novela. Él lo
pasó en aquellos años realmente mal: mientras su padre, para
resarcirse de una quiebra infeliz que poco antes le había obligado a
huir a Bélgica, se dedicaba al contrabando, la madre, separada de
Benjamin y absorbida por su propio negocio (una taberna), había
delegado de hecho el cuidado de su hijo en la hermana y la abuela
paterna de éste. Ambas murieron durante la guerra. La pérdida de
Sarah, su única hermana, siete años mayor que él, fue para el pequeño
Max el golpe más duro de todos los de aquella época siniestra de
guerra, penuria económica y desavenencias familiares.

Terminada la guerra, los negocios del padre, con quien Maxence vivía,
levantaron el vuelo. También los suyos iban viento en popa: Vander,
como le llamaban los amigos, se demostró en la escuela un estudiante
excepcional, y a nadie extrañó que en el momento de ingresar en la
Universidad optara por estudiar dos carreras a la vez, Derecho y
Letras.

En 1927 conoce a una joven obrera, Thérèze Denis, y de inmediato se
enamora. Sabe que esa relación no agrada a su padre, pero no está
dispuesto a ceder. Llegado el día en que Benjamin le expone lo que
piensa, la discusión se encrespa y Max acaba haciendo las maletas y
abandonando su hogar para instalarse con Thérèze y sus dos hermanos
pequeños en la modesta casa que él mismo les ha conseguido. Seguirá
tomando a diario el tren de Lille para asistir a sus clases en la
Universidad, pero además se ha de poner a buscar trabajo.

"Trabajador de la pluma": así se describirá a sí mismo con frecuencia
algunos años después, en particular ante ese ser al que ha convertido
en objeto y destinatario de su obra, el trabajador de la fábrica. Al
tener que escribir para vivir, Maxence Van der Meersch descubre un
nuevo mundo: se siente metido en la vida real. Sus anteriores pinitos
literarios en publicaciones universitarias se le caen de las manos
como una frivolidad infantil. Ahora tiene algo que contar: se ha
asomado al pozo de la vida y ha observado su negrura. La vida de
Thérèze, breve aún pero terrible, está ahí para que él la dé a
conocer, y la da a conocer en El pecado del mundo (1934), primer
volumen de la trilogía La hija pobre. La guerra, con todo su horror,
también pide ser contada, y Van der Meersch la cuenta sin eufemismos
en Invasión 14. Desde que estudiaba en el liceo le había fascinado
Zola, con su naturalismo hecho de una observación exhaustiva,
"científica", de la realidad, y en especial de sus aspectos más
sórdidos: como él, Maxence Van der Meersch observa todo
minuciosamente, en la mejor tradición flamenca, se documenta, prepara
miles de fichas sobre lugares y personajes; y, también como él, no es
inmune, sobre todo en sus primeras novelas, a un cierto fatalismo
determinista. "En la casa del obrero, ya se sabe", escribe en Cuando
enmudecen las sirenas (1933): "sueños de honradez que se repiten de
madre a hija pero que jamás se cumplen".

Más aún, muchas veces Van der Meersch encontrará sus temas en los
mismos motivos que habían interesado al jefe de filas del naturalismo:
una huelga (Cuando enmudecen las sirenas), la guerra (Invasión 14), la
prostitución (Femmes à l'encan —en castellano, Una esclavitud de
nuestro tiempo—, 1945)... El editor Albin Michel, con cuya confianza
contaba desde su primera novela (La casa de las dunas, 1932), no hacía
ascos a ese tipo de literatura, y fue publicando uno tras otro todos
los títulos que salían de la pluma de Van der Meersch, que en esto fue
realmente afortunado. En 1936, Maxence Van der Meersch y Albin Michel
verán recompensados sus esfuerzos con la concesión del premio Goncourt
a La huella del dios, la conmovedora historia de Karelina, una
campesina frágil e inocente en un mundo hipócrita, tremendo, brutal.

En 1929 Thérèze ha tenido una hija que, en memoria de la hermana
difunta de Max, ha recibido el nombre de Sarah. Por su parte, los
hermanos de Thérèze se han independizado. Como, entre tanto, Benjamin
Van der Meersch no sólo se ha reconciliado con su hijo sino que se ha
convertido en su agente literario, nada parece impedir que la joven
pareja formalice su unión. En 1934 contraen finalmente matrimonio ante
el abbé Pinte, un sacerdote culto y abnegado que durante la guerra
había intervenido en actividades de resistencia y al que Van der
Meersch había acudido en busca de datos para Invasión 14.

Desde luego, el trato con el abbé Pinte tuvo mucho que ver con el
acercamiento de Van der Meersch a la Iglesia. En realidad, él siempre
había sido creyente —hay rastros evidentes de fe también en sus
primeras novelas—, pero sólo a mediados de los años treinta se
convirtió en el hombre graníticamente católico que sus biógrafos y
críticos actuales reconocen en él. La novela de su conversión es El
elegido (1937): el protagonista, Siméon, es el propio autor apenas
disfrazado. A continuación Van der Meersch escribirá Pescadores de
hombres (1940), sobre un militante de la J.O.C., una iniciativa de
origen belga con la que se entusiasma y que en cierto modo sintetiza
en tres palabras (Juventud Obrera Cristiana) el perfil del hombre
nuevo que él tiene en la mente como antítesis de ese hombre viejo,
burgués y agnóstico que ha envenenado a Europa, de ese personaje
nefasto cuya respetabilidad en tantas de sus novelas queda por los
suelos.

El Zola cristiano

Cuando se convirtió, Van der Meersch ya estaba formado literariamente,
era ya un escritor naturalista. Y no pensó que a partir de entonces
tuviera que dejar de serlo: su intención era claramente ser un
escritor naturalista y cristiano. Por eso se le ha llamado a veces el
Zola cristiano.

Sin embargo, al menos a primera vista no se puede decir que
naturalismo y cristianismo sean dos sustancias perfectamente
armonizables. Es más, algunos pasajes menos afortunados de las novelas
de Van der Meersch parecen más bien confirmar que son como el agua y
el aceite, incapaces de mezclarse: los abruptos sentimientos de
caridad cristiana de Van Bergen, en La huella del dios, al recibir un
disparo mortal, o las anónimas consideraciones morales de las últimas
páginas de Cuerpos y almas, a modo de oráculo, resultan incongruentes
y artificiales en el cuadro de conjunto de cada una de esas novelas,
en las que el naturalismo —un naturalismo muy material, muy pegado a
la tierra— forma parte, y parte importante, del pacto de lectura entre
el autor y su público (el cristianismo no: el cristianismo es punto de
llegada, más que de partida).

Entre los escritores católicos activos en Francia en la primera mitad
del siglo XX, la oposición al naturalismo era un rasgo común: el
naturalismo, había escrito Claudel en 1913, "lejos de utilizar al
hombre por entero, deja lo mejor en desamparo y no conduce más que al
pesimismo y a la tristeza de la impotencia". Para Van der Meersch, en
cambio, el espectáculo de una humanidad salpicada de prostitutas,
invertidos, tuberculosos, epilépticos, cretinos, sádicos..., no es una
bofetada para quien cree en la providencia de Dios, sino para quien
sólo cree en sí mismo ("sólo existe el Yo": tal es el credo de uno de
sus personajes, Jean Doutreval). En Cuerpos y almas, el hijo deforme
—un verdadero monstruo— de Valérie Géraudin, apartado de la familia y
atendido por personas de confianza en otra ciudad, es para la madre
como un sacramental intuido y rechazado: "Su hijo le daba miedo y
prefería no verlo [...]. Le tenía miedo, como tenemos miedo con
frecuencia de lo que nos puede salvar". Apuntes como éste son los que
mejor denotan la inspiración moral y religiosa de Van der Meersch:
decepcionante a veces en la enunciación explícita del misterio
cristiano, no le falta el don de hacerlo presente de modo implícito,
subrepticio, con una eficacia basada en el estímulo que representa
siempre para la mente del lector el desafío de lo apenas esbozado, de
lo que pide una sucesiva elaboración personal, unas conclusiones. Y a
ello contribuye decisivamente el hecho de que por lo general Maxence
Van der Meersch escoja la materia que va a ofrecer a la consideración
de su público precisamente entre lo que más puede conmocionar, incluso
por vía de repugnancia, su sensibilidad.

Naturalmente, no es sólo la deformidad física lo que Van der Meersch
utiliza como resorte, sino también, en medida mucho mayor, la
deformidad moral, la desviación del comportamiento que hace del hombre
una fiera salvaje. La animalidad del hombre tiene así en Van der
Meersch a uno de sus observadores más crudos, también en las ocasiones
en que recurre a "epifanías animales" de violenta expresividad para
iluminar los aspectos más brutales de la naturaleza humana. En Cuando
enmudecen las sirenas dos niños crueles torturan a conciencia a un
gato hasta que deja de respirar, y a continuación lo despellejan de
arriba abajo y lo cuelgan de un tendedero, momento en que el gato,
antes de morir definitivamente, emite un maullido aterrador que pone
en fuga a sus dos verdugos. El gato es aquí la imagen de los obreros
de Roubaix en huelga, protagonistas de la novela: despojado de todo,
hasta de su dignidad, al hombre le queda, al menos, la capacidad de
hacer oír su grito de muerte. En La huella del dios es una pelea de
gallos el trasunto animal de la trama humana, del conflicto de
pasiones enconadas entre Van Bergen y Gomar: el gallo de Gomar mata a
su contrincante, pero, maltrecho y agotado, apenas sobrevive unos
minutos a su propia victoria.

Sin embargo, no todo se resuelve en la autodestrucción del hombre por
el hombre. Van der Meersch también deja espacio al desarrollo de lo
mejor que el corazón del ser humano puede tener en reserva: muertos
Van Bergen y Gomar, queda en pie la abnegación de Wilfrida, viuda de
Van Bergen y tía de Karelina (Sublime perdón es el empalagoso pero
elocuente título con que será presentada en España la adaptación
cinematográfica de La huella del dios, rodada por Léonide Moguy en
1940). No es algo, de todos modos, que esté al alcance de cualquier
personaje. Por lo general, en las novelas de Maxence Van der Meersch
los corazones que se comportan con esa generosidad son femeninos: para
él, la mujer suele encarnar el lado mejor de la humanidad.

Las últimas batallas

En 1942, después de siete años de trabajo, Van der Meersch publica
Cuerpos y almas. La idea de la novela había nacido en él el día en que
había acudido con su mujer, siempre frágil de salud, al doctor Paul
Carton. Van der Meersch no quería que Thérèze muriera de tuberculosis
en plena juventud, como su hermana Sarah, y el abbé Pinte le había
hablado bien de aquel neumatólogo que propugnaba un tratamiento
revolucionario de las enfermedades de pulmón. El doctor Carton imponía
a sus pacientes, fundamentalmente, un original régimen alimenticio que
requería, por ejemplo, cocer tres veces ciertas legumbres y tomar
otras crudas, pero que sobre todo proscribía la sobrealimentación, el
recurso más socorrido —junto con otro no menos traumático, el
neumotórax— con que contaban los médicos de la vieja escuela para
combatir la tuberculosis. Carton, ideólogo aficionado, envolvía sus
teorías científicas en una filosofía propia, decididamente
antimoderna, que postulaba una recuperación de los valores morales y
religiosos y que influyó poderosamente en Van der Meersch. Éste cambió
a partir de aquella primera visita a Carton algunas ideas, pero
también algunos hábitos alimenticios, ya que, como el singular médico
le había demostrado, en realidad su salud no era mejor que la de su
mujer.

Cuerpos y almas afronta los dos filones del sistema de ideas de
Carton: por un lado, la crítica a la vieja medicina; por otro, la
defensa de los valores espirituales. El realismo con que Van der
Meersch describe las exploraciones médicas y las intervenciones
quirúrgicas, de una crudeza intolerable a veces para sensibilidades
delicadas, contribuye a hacer resaltar con gran viveza, con la viveza
del contraste, la dimensión moral y espiritual (el alma) de los
personajes, de toda esa galaxia de médicos, enfermeras, pacientes...
que se juegan todo no tanto en el quirófano como, sobre todo, en su
propia conciencia. El protagonista, Michel Doutreval, tiene mucho en
común con Van der Meersch: tiene, por ejemplo, una mujer tuberculosa
que le conforta en los momentos de angustia porque posee "la fuerza
que da el conocimiento de la miseria".

Cuerpos y almas, quizá la única novela de Van der Meersch que a pesar
del paso del tiempo ha seguido publicándose regularmente en los
principales idiomas, tiene un pulso narrativo firme, una historia
sólida y un repertorio de sentencias y máximas que podría haber hecho
las delicias de Pascal: más de lo necesario para merecer el enorme
éxito que alcanzó. Inevitablemente, la clase médica francesa reaccionó
contra lo que consideraba un ataque injusto. En aquella hora no fueron
pocos los médicos que confirmaron que el corporativismo del estamento
sanitario y los demás males que la novela denunciaba eran reales, pero
la ingrata polémica contribuyó a amargar los últimos años de la vida
de Van der Meersch.

Lo mismo se puede decir de la polémica que levantó otro libro suyo,
Santa Teresita (1947), una biografía que, en su afán de naturalismo,
escarba en los aspectos menos sobrenaturales del convento en que la
santa de Lisieux había vivido. No faltaban documentos que avalaban
aquella hagiografía desmitificadora, porque tiempo atrás una hermana
de Santa Teresita había escrito, entre otros testimonios en favor de
la canonización de ésta, uno en el que la superiora que la había
tenido bajo su autoridad salía muy mal parada. Pero en el momento de
la publicación del libro precisamente esa hermana, la Madre Inés
(Pauline Martin), era la superiora del convento de Lisieux; y
lógicamente no podía aprobar aquella versión cruda, áspera, de la vida
de Santa Teresita.

Van der Meersch no era insensible al peligro de que sus obras fueran
motivo de escándalo. En 1943, por ejemplo, había escrito La máscara de
carne, una novela sobre un homosexual, había entregado luego el
manuscrito a un sacerdote amigo suyo, el abbé Tiberghien, y ante el
parecer negativo de éste había decidido no publicarla (aparecerá sólo
en 1958, siete años después de su muerte). Tampoco había publicado el
último volumen de La hija pobre, por respeto a quienes se habrían
sentido identificados en algunos personajes menos amables (también
esta novela, La compañera, saldrá póstuma, en 1955). Al mandar a Albin
Michel el texto de Santa Teresita pensó en pedir la aprobación
eclesiástica, pero no estaba seguro de obtenerla y finalmente decidió
publicar el libro sin ella. Carente de respaldo oficial y boicoteado
por las carmelitas de Lisieux, el libro se convirtió en blanco fácil
de los ataques de muchos católicos, y sobre todo de un conocido
especialista en Santa Teresita, el abbé Combes. Llegó a intervenir el
Vaticano, por medio del Santo Oficio: el libro no fue condenado, pero
se invitó discretamente al autor, a través del cardenal Suhard,
arzobispo de París, a que moderara algunas expresiones, indicación que
daría lugar a un prefacio consensuado entre Van der Meersch y Suhard
que se añadirá en futuras ediciones del libro y que reconoce los
límites teológicos de una biografía escrita por quien no tiene más
credenciales que la de novelista.

Todo esto hizo mella en el ánimo de Van der Meersch. Sobre todo, sin
embargo, es en su cuerpo donde por aquellos años se iban advirtiendo
síntomas claros de derrota. La guerra recién terminada, en la que
había echado una mano a la resistencia, había sido nuevamente una
experiencia penosa. Con ayuda de los consejos de Carton, su mujer se
había curado, pero él no. En 1947 se traslada a Le Touquet, en la
costa, en busca de un aire más sano, pero la muerte, que en poco más
de un año se ha llevado a su padre y al doctor Carton, avanza
inexorable. Y tiene un nombre que él no quiere oír (de hecho, sólo
muchos años después se hará público): tuberculosis. No quiere médicos
a su lado, y sólo por carta mantiene el contacto con algunos amigos:
Tiberghien, Albin Michel, el pintor Simons... Su carácter se vuelve
agrio a medida que el físico se deteriora: le desespera no ser capaz
de seguir escribiendo, se queja, discute con Thérèze... Pero también a
veces se ilusiona con nuevos proyectos, se deja llevar por ráfagas de
optimismo, por arrebatos de ternura. Poco a poco, sin embargo, Maxence
Van der Meersch se apaga. Su cuerpo se rinde finalmente a la muerte el
14 de enero de 1951.

Medio siglo después, su fortuna entre los críticos es menos que
discreta: populismo, paternalismo o dolorismo son, según los casos,
las claves de interpretación habituales de sus novelas, por su
atención a la clase obrera y al tema del sufrimiento. Por lo demás, si
en los años inmediatamente sucesivos a la Segunda Guerra Mundial las
masas devoraban sus libros, hoy le leen sólo algunos pocos exóticos:
en estos momentos Van der Meersch es, en Francia, el escritor del
Norte, el retratista de una región y una época que tienen un interés
más folclórico que general, a pesar de los meritorios esfuerzos de
algunos, también en el mundo académico, por universalizarlo.

Sin embargo, el olvido en que ha caído Van der Meersch no está
literariamente justificado, y cabe pensar que obedece a motivos
reconducibles a corrientes de aguas mucho más profundas que las que
conforman las oscilaciones del gusto estético. En este sentido, hay
una frase suya en la biografía de Santa Teresa de Lisieux que, ante el
precipitado ostracismo de su propuesta de renovación del hombre,
sacrificada en beneficio de otros mensajes más conformistas, adquiere
tintes de testamento profético: "La humanidad lo acepta todo, lo
soporta todo, se deja pisotear sin sublevarse, cubrir de injurias, que
la traten como un vil rebaño de ilotas a quienes se desprecia, a
quienes se corrompe, a quienes se arrastra al lupanar, al matadero...
Todo, salvo que se intente levantarle la cabeza de su propia vomitona,
para enseñarle las luces del cielo. ¡Ay de quien, por medio de sus
esfuerzos, de sus escritos, de sus palabras, de su solo ejemplo, sueñe
con mejorar a los hombres!".
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lunes, 14 de enero de 2013

El hermoso destino de llegar a la verdad por la senda del amor. Van der Meersch: Cuerpos y almas

Maxence Van der Meersch Cuerpos y almas 2 t. Ediciones Orbis, Buenos Aires, 1983

La primera vez que supe de su existencia fue de labios de Abelardo de Armas en unos Ejercicios Espirituales, quien se refería a ella como muestra del amor auténtico del médico aristócrata protagonista Michel por Evelyne- la popular joven tuberculosa- a la que curó y desposó- y quien realmente salvó su alma del infierno del egoísmo al cielo de la caridad. "Le seré fiel aunque no la ame".

Por fin he tenido en mis manos la voluminosa novela y me la he leído de un tirón. Genial. Cuando tenga tiempo la leeré con calma. Me ha recordado a Proust y su anécdota del desayuno del bizcocho que le evoca todo un tiempo pasado lentamente y feliz. Las descripciones de personajes, escenas, actitudes son las propias de un médico y psicólogo que describe cinematográfica y espiritualmente a un tiempo. Me parecen magistrales.

Maxence Van der Meersch (Roubaix, 1907 - Touquet, 1951) fue uno de los escritores franceses más populares de principios del siglo XX. Su muerte prematura le privó del relieve que tuvieron algunos de sus contemporáneos como Mauriac o Bernanos, que compartían con él su inspiración religiosa.
Abogado, pero por encima de todo activista de lo que podríamos denominar «catolicismo obrero», Van der Meersch compaginó la escritura con el activismo en pos de mejores condiciones para los más desfavorecidos.
Escribió Cuando enmudecen las sirenas (1933), La huella de Dios (Premio Goncourt, 1936), El elegido (1937) y Una esclavitud de nuestro tiempo (1945). Cuerpos y almas (1943) fue su obra más popular y también la esencial a la hora de entender el universo.

Sinopsis: La acción sucede en el Hospital universitario de L' Egalité, finales de los años treinta. La vida del doctor Michel Doutreval, perteneciente a una ilustre familia de médicos de Anjou, es el hilo conductor que Van der Meersch utiliza para introducirnos en el microcosmos de la facultad de medicina: desde las vejaciones a las que son sometidas las prostitutas y tuberculosos por parte del equipo facultativo, hasta el corporativismo de los médicos de cuna y el arribismo de algunos doctores de procedencia humilde, que son capaces de todo con tal de mantener el estatus que tanto les ha costado conseguir.

Su dedicatoria es una declaración de principios:

"Dos ciudades han surgido de dos amores: del amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, la ciudad terrestre; del amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo, la ciudad celestial" (San Agustín, De Civitate Dei, XI, 28).

"Carísimos, amémonos los unos a los otros; porque el amor proviene de Dios. Aquel que ama es hijo de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque dios es amor" (1 Juan, 4, 7-8).

Transcribo algunos textos que me han impactado:

-          No lamente usted nada –repuso Domberlé- Soledad y silencio, éste es mi destino. Y no lo olvide: no reniegue, no sirva a dos amos, sea a su vez lo que yo he querido ser a rajatabla: el perro guardián de la verdad. Será usted infamado, vilipendiado, escarnecido y traicionado. En las horas de prueba recibirá usted inexplicables y prodigiosos socorros y se verá usted milagrosamente reconfortado, aliviado y apoyado. ¡NO lo olvide!

-          Levantó la mano. Había en sus ardientes ojos y en su barbuda faz de viejo profeta una gravedad y una solemnidad bíblicas:

-          Lucha por la verdad hasta la muerte. Y Dios nuestro Señor combatirá por ti (Lib. II, 2)

No es posible engañar a la que se ama. Diríase que las mujeres se enteran misteriosamente de lo que pasa por nuestro corazón, de nuestras tentaciones, de nuestros desalientos. Michel permanece un instante silencioso, como si tuviera el alma al desnudo. Ella ha penetrado en sus pensamientos. Michel no se explica cómo, pero se avergüenza porque es verdad y porque Evelyne ha calado hondo. Y se le oprime el corazón al pensar en lo que Evelyne ha debido de sufrir. No puede abandonarla, la toma nuevamente bajo su protección y acepta una vez más la pesa y querida carga que se impuso aquel día de su juventud y que se ya no puede abandonar. ¡Sea! Irá hasta el final y renunciará a todo. ¡Aunque sea sin amor! (Lib. II, 5)

No cabe duda de que a los ojos de los hombres se ha portado como un insensato. Evelyne ha traído consigo la mediocridad a su hogar. Pero en aquel momento, caminando solo a través de los campos, con el corazón oprimido por la muerte de Francine, Miduel, súbitamente lúcido, comprende que ha seguido la senda de la verdad y que debe a Evelyne el único y verdadero goce accesible al hombre. ..Han sido las miserias de Evelyne, su enfermedad y sus sufrimientos lo que le han hecho comprender a Domberlé; lo que le ha proporcionado, con la salud y la sensatez, el inestimable poder de consolar y curar. Después de Domberlé, ha sido Evelyne quien a su vez ha pagado por él y por todos los demás. Sólo gracias a ella Michel ha alcanzado el esplendor de la verdad. Es sin duda un hermoso destino llegar a la verdad por la senda del amor. Y también a la caridad. Evelyne ha salvado en él lo mejor del hombre: el corazón. (Lib. II, 3ª parte, cap.6)

Doutreval: - Lo inexplicable es esto. Que uno quiera perderse por otro, y que, perdiendo, salga uno ganando. ¡El amor! ¡Todo el misterio de la existencia! Que uno se avenga a perder y perdiendo gane. ¡Lo único que tal vez me haga creer un día…! (Lib. II, 3ª parte, cap.7)

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viernes, 11 de enero de 2013

PARA ENTENDER EL CONTEXTO HISTÓRICO DE LA CRISTIADA: “Sangre y Corazón de un Pueblo” (La historia de la persecución religiosa en México) del P. Fidel González

"Sangre y Corazón de un Pueblo"; compendio, en dos tomos, de la historia de la persecución religiosa en México. BUEN LIBRO PARA SITUARSE HISTÓRICAMENTE
 Narradores de la cronología tapatía se dieron cita
 Además del Purpurado, estuvo presente el propio autor del libro, el Padre Fidel González Fernández, Misionero Comboniano, de origen es pañol y quien funge como Consultor de las Congregaciones Vaticanas de las Causas de los Santos y de la Evangelización de los Pueblos, entre otras importantes encomiendas; asimismo, lo acompañaron el Pbro. Lic. Armando González Escoto, y el Pbro. Lic. Tomás de Híjar Ornelas, quienes, respectivamente, presentaron cada volumen de la Obra, ante una audiencia que estuvo conformada por personalidades de los ámbitos sociales, eclesiales e incluso políticos.
 Recrear la fe de un Pueblo
El evento se inició con la intervención del Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, quien presentó al autor, Padre Fidel González, el cual además de sus cargos en El Vaticano, se desempeña como Maestro en las Pontificias Universidades Urbaniana y Gregoriana de Roma.
El Cardenal afirmó que el Padre Fidel es un buen amigo de México, que entre otras cosas colaboró en el proceso de canonización de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, vidente de la Virgen de Guadalupe, e incluso publicó una obra que versa sobre la historicidad de este personaje y que lleva por título: "Guadalupe, pulso y corazón de un pueblo".
 Reconciliarse con la identidad mexicana
 "Sangre y Corazón de un pueblo", no es la primera obra que el Padre Fidel dedica a los Mártires Mexicanos, pues en el año 2000, en el marco de la canonización de San Cristóbal Magallanes y sus compañeros Mártires, el autor escribió una recopilación bibliográfica de los nuevos Santos, por lo que el Arzobispo de Guadalajara le pidió que escribiera algo más sustancioso y profundo, de acuerdo a sus amplios conocimientos, y que dado su carácter, de extranjero, "vería los hechos con ojos más desapasionados que los nuestros, pidiéndonos así ayudar a entender la confusa historia que tenemos en México, cuyos sucesos oficialmente aceptados no coiciden con la realidad, pues se han manipulado, resultan engañosos".
Incluso, el Centenario de la Revolución Mexicana y el Bicentenario de la lucha de Independencia, "serían un buen momento para purificar la memoria histórica y llegar a una visión serena y objetiva del pasado, con sus errores y aciertos" apuntó el Arzobispo, quien señaló, además, que la obra presentada es valiosa en ese sentido, y puede "ayudar a esclarecer la Historia de México".
 Víctimas del absolutismo
 Por su parte, el Padre Fidel González explicó que muchos países se vieron afectados por los totalitarismos, que en el siglo XX, afligieron a la Iglesia, y la relación de estos hechos servirá para que no se repitan, "o más bien, para que los mártires y las víctimas de esas tragedias nos hablen y nos ayuden a comprender más y mejor el destino del hombre y de la vida, y animarnos, como cristianos, a acercarnos al sentido fundamental de nuestra fe, que es Cristo".
El método utilizado para la elaboración del libro es en "espiral", que consiste en "describir los hechos, y documentarlos con los argumentos antiguos de quienes presenciaron los hechos: Cada testimonio es una perla, y tales joyas se acumulan en la historia y la adornan", afirmó el sacerdote.

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LUIGI GIUSSANI Apóstol incansable del hecho cristiano


"Sacerdotes que dejaron huella en el siglo XX", escrito por dos sacerdotes de Getafe. , Alberto Royo Mejía, José Ramón Godino Alarcón; BAC, Madrid, 2012, pp. 226- 233

De los 46 sacerdotes seleccionados, les comparto el texto de Monseñor Giussani, fundador de de Comunión y Liberación.

"¿Cuál es la primera característica de la fe en Cristo? ¡La primera característica es un hecho!", explicaba don Luigi Giussani. Un hecho que tiene la forma de un encuentro y que será lo que motive la obra del fundador de Comunión y Liberación. Don Giussani había nacido en Desio, cerca de Milán, el 15 de octubre de 1922. Procedía de una familia trabajadora en la que fue introducido en la fe católica por su madre, Angelina, a la vez que su padre, Benjamín, celoso anarquista, le introducía en la pasión por la música, afición que marcará toda su vida. Dentro de las escasas posibilidades que tenía la familia uno de los pequeños lujos que se permitió fue invitar a algún músico el domingo para escuchar en directo algunas piezas. De sus padres aprendió, además, algo que será radical para su comprensión del cristianismo: preguntarse el porqué de las cosas.
Los recuerdos de la vida familiar acompañaron a don Giussani. En múltiples ocasiones recordaba cómo creció, siendo educado en el respeto a la persona y en la atención a lo que sucedía, prestando atención desde pequeño a las noticias. Recordaba con especial intensidad cómo un día, yendo a Misa con su madre, se sorprendió ante el amanecer y su madre exclamó: "¡Qué bello es el mundo y qué grande es Dios!"
Este ambiente hizo que despertara desde pequeño su vocación sacerdotal. El 2 de octubre de 1933 entró en el seminario de Seveso, donde recibió la Enseñanza Media y el primer año de Enseñanza Secundaria, pasando después al seminario de Venegono. Allí estudió el resto de la Secundaria, la Filosofía y la Teología, recibiendo la influencia de profesores como Gaetano Corti, Giovanni Colombo, Carlo Colombo -que después fue obispo auxiliar de Milán- y Carlo Figini. Pero no sólo será importante la influencia de los profesores, la estancia en Venegono hará que
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conozca a compañeros de especial importancia en su vida como Enrico Manfredini, futuro arzobispo de Bolonia. Junto con él y otros amigos descubrió el valor de la vocación, que se realiza en el mundo y para el mundo.
En estos años, tienen lugar importantes descubrimientos para don Giussani, desde la poesía de Leopardi a la música de Beethoven, Mozart y Donizetti como expresiones vivísimas del sentido religioso del hombre. Consideraba el poema A su mujer de Leopardi como una introducción del prólogo del evangelio de san Juan y creció en la convicción de que la cima del genio humano es profecía -a menudo inconsciente- del acontecimiento de Cristo. Todas estas intuiciones formarían con la base del método educativo de la futura Comunión y Liberación. En la historia del movimiento destaca el reclamo de que la verdad se reconoce por la belleza con la que se manifiesta y don Giussani dará una importancia privilegiada a la estética en el sentido tomista del término, insistiendo en su reclamo ético.
Desde los años de seminario y de estudio, el joven Luigi aprendió que sentido estético y ético provienen ambos de una correcta y apasionada claridad en lo que concierne a la ontología, y que un gusto estético vivo es el primer indicio de dicha claridad, como muestra la más sana tradición católica y ortodoxa. La vida en Venegono supuso para él un fuerte crecimiento, además en el sentido del orden, algo en lo que le ayudó la disciplina del Seminario. El trato asiduo con superiores, profesores y alumnos hizo que destacase pronto su carácter vivo y su agudeza. Su capacidad de liderazgo hizo que promoviera la edición de un panfleto titulado Studium Christi como método de expresión de un grupo de estudiantes apasionados por la centralidad de Cristo en la comprensión de cualquier disciplina teológica.
Terminados sus estudios, fue ordenado sacerdote el 26 de mayo de 1945. Por su capacidad para la educación fue destinado como profesor en el mismo Venegono. Fueron años de estudio centrados en el estudio de la Teología fundamental, en especial la Teología
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protestante americana y la Teología oriental en su vertiente eslava. El motivo de su investigación era la profundización en las motivaciones racionales de la adhesión a la fe y a la Iglesia. En 1954, con 32 años, abandonó la enseñanza en el seminario para dedicarse a la Enseñanza Secundaria. Durante un viaje en tren Giussani se había sorprendido al encontrarse con un grupo de jóvenes que no conocían los fundamentos del cristianismo. La impresión que le causó este encuentro fue tal que comprendió que era necesaria una nueva educación que no diese por sentado el cristianismo de los alumnos.
Desde 1954 hasta 1964, dio clases en el Liceo Berchet de Milán. Desde allí promovió numerosas publicaciones dirigidas a centrar la atención en el problema de la educación, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Entre sus colaboraciones estaba la redacción de la voz "educación" para la Enciclopedia Católica. En estos años fundó y desarrolló Giuventú Studentesca (GS) junto con Francesco Rizzi, la reunión de estudiantes que, sin separarse claramente de la Acción Católica, plasmaría el nuevo método educativo del joven sacerdote. A la vez colaboraba con numerosas iniciativas educativas y, por mandato del cardenal Colombo, continuó sus estudios en Teología protestante estadounidense, llegando a pasar varios meses en Estados Unidos. En 1964, obtuvo el doctorado en Teología y en el mismo año la cátedra de Introducción a la Teología en la Universidad Católica de Milán, en la que pasó la mayor parte de su vida, desde 1964 hasta 1990. Ocasionalmente realizó viajes de estudio a Estados Unidos para seguir profundizando en el tema de la Teología protestante americana.
No se puede entender la vida de don Giussani sin el nacimiento de Comunión y Liberación, movimiento fundado por él en 1969. La finalidad del movimiento era ser testigos de la belleza de ser cristianos en una época en la que se concebía como algo pesado y opresivo. Quería despertar en los jóvenes de GS el amor de Cristo como el único que podía realizar los deseos más profundos del corazón subrayando que Cristo no nos salva a pesar de nuestra
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humanidad, sino a través de nuestra humanidad. Con ellos, el fundador se convirtió en un referente y a la vez un escándalo en el catolicismo italiano. Su forma de entender la fe era algo novedoso, apartado del método de Acción Católica imperante en el momento. La educación del movimiento chocaba con la visión clericalizada de la Iglesia, pero estaba en plena sintonía con el Concilio Vaticano II, cuyas propuestas serían para don Giussani la confirmación de sus intuiciones.
Durante el resto de su vida, fue el guía del movimiento, presidiendo el Consejo General (conocido como "centro") y a partir del reconocimiento pontificio en 1982, la Diaconía Central. El movimiento, reconocido por el Pontificio Consejo para los Laicos el 11 de febrero de 1982, pasó a denominarse oficialmente Fraternidad de Comunión y Liberación. Todo este proceso no fue sencillo, en gran medida fue profundamente difícil para don Giussani. Ya en la segunda mitad de los años 50, durante la enseñanza en Berchet, el cardenal Montini -futuro Papa- le advirtió de las quejas de algunos sacerdotes porque su método se alejaba de la Acción Católica, en la que tradicionalmente estaban separados hombres y mujeres y se tenía como medio privilegiado la parroquia. El cardenal, tras hablar con don Giussani, pronunció una frase que marcaría la relación del carisma con la jerarquía eclesiástica: "No lo entiendo, pero veo los frutos. Siga adelante".
Durante los años 60, las críticas seguían creciendo. Se llegó a decir que GS no era un movimiento de la Iglesia sino de un hombre y estaba destinado a desaparecer con él. La FUCI –los universitarios de la Acción Católica italiana- pidió al cardenal Montini la reducción de GS o del mismo Giussani; esta presión duró hasta 1965. Mientras GS comenzaba a alejarse definitivamente de la Acción Católica, don Giussani fue destinado a estudiar un tiempo a Estados Unidos para alejarse de la asociación. La estancia duró sólo cinco meses. Tuvo que volver a Italia para una operación quirúrgica y después comenzó con las clases en la universidad. En 1966 aumentaron las presiones; se quería volver a integrar GS en
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Acción Católica y desde ella se escribieron artículos contrarios al fundador.
En 1966, estalló una disputa en el Liceo Parin: el periódico del liceo publicó un artículo en el que criticaba la moral sexual cristiana y GS lo rebatió con un panfleto. La lucha no quedó en el seno del liceo, se extendió por toda Italia y pronto se hizo eco la prensa internacional. La prensa de izquierda y el Partido Comunista cargaron contra GS, el cual se defendió recogiendo más de 4.500 firmas de apoyo enviadas a los periódicos y a las autoridades de Milán. La situación estudiantil de esos años fue convulsa; en 1967 la Universidad Católica fue ocupada y numerosos seguidores de la Acción Católica y GS se pasaron a los movimientos izquierdistas. Al año siguiente, la revolución del 68 cambiaría la fisonomía de las asociaciones católicas completamente y propiciaría el surgimiento de Comunión y Liberación.
Durante todo este tiempo, se conservó la relación con la Acción Católica, cada vez con menor intensidad. Hasta casi principios de los 70, los responsables de Acción Católica eran en su mayoría miembros de Comunión y Liberación, como el actual cardenal Angelo Scola, presidente de la FUCI milanesa o Massimo Camissasca, elegido vicepresidente de la sección juvenil hasta 1972. El 18 de junio de 1971, la FUCI emitió un comunicado en el que manifestaba que lo más realista era considerar que Comunión y Liberación seguía un camino distinto con una organización distinta. El cardenal Colombo diría ese mismo año que Comunión y Liberación no era una alternativa a la Acción Católica sino un movimiento de apostolado libre. En menos de un año se habían distanciado totalmente ambos grupos eclesiales. Don Giussani manifestaría desde entonces que en ningún momento se trataba de crear una estructura contraria a otra estructura. La conclusión era que el nuevo movimiento debía revestirse pronto de una estructura jurídica.
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Comunión y Liberación tomaría fuerza rápidamente, mientras las demás estructuras católicas entraban en una profunda crisis. Causó enorme impresión que un movimiento que seguía a un simple sacerdote tuviese tanto éxito y se encargó un informe a la Conferencia Episcopal Italiana en el que se tildaba al movimiento de "integrista", etiqueta que acompañaría en los años sucesivos al movimiento.
Por un lado, se calificaba a don Giussani de integrista, por otro de carismático. Él afirmará que la extensión del movimiento tenía lugar como una amistad cristiana, no era nada preparado. Era algo incomprensible para la época, y por ello Pablo VI en 1975 volvió a repetir al sacerdote lo mismo que cuando era Arzobispo de Milán: "¡Ánimo, va por el buen camino!". El reconocimiento se irá fraguando en los años sucesivos y será una realidad en 1982.
Comunión y Liberación había pasado de la incomprensión y el ataque a ser un nuevo carisma reconocido por la Iglesia. Era el movimiento que no hablaba del Concilio, sino que vivía el Concilio y que promovía el Meeting en Rímini (Italia), que con el tiempo sería uno de los encuentros culturales más importantes de Europa.
La extensión del carisma centraría la vida de Giussani. En 1983, fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad y en 1989 trabajaba activamente para la creación de los Bancos de Alimentos. En 1987, fue creado consultor del Pontificio Consejo para los Laicos y en 1988 se aprobaron los Memores Domini, asociación laical que vive los consejos evangélicos. En 1994, fue nombrado consultor de la Congregación para el Clero y en 1997 su principal obra, El Sentido Religioso, que junto con Los orígenes de la pretensión cristiana y ¿Por qué la Iglesia? formarían el Curso Básico de Cristianismo, fue presentada ante la ONU.
En una entrevista concedida cuando cumplió los ochenta años, mirando hacia atrás, explicaba: "Espero que mi vida se haya desarrollado según lo que Dios deseaba de ella. Se puede decir que se ha desarrollado bajo el signo de la urgencia porque toda
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circunstancia, o mejor cada instante, ha sido para mi conciencia cristiana búsqueda de la gloria de Cristo".
En la misma entrevista, preguntado sobre su vida espiritual, abría su corazón de sacerdote santo: "Mi oración es la liturgia y la repetición continuada de una fórmula: Veni Sancte Spiritus, Veni per Mariam. Ven Espíritu Santo, ven por María, hazte presente a través del seno y de la carne de la Virgen. Esta antigua jaculatoria es síntesis de toda la Tradición y señala el método de Dios para darse a conocer a los hombres: la Encarnación. Todo el cristianismo está ahí. Dante habla en su himno a la Virgen del 'calor' del vientre de la Virgen: pensar que desde ahí se proclama el Misterio es verdaderamente lo más misterioso, y sólo en la experiencia de una comunión vivida se puede empezar a comprender algo de este inefable misterio de Dios. Por ello, la oración es el gesto más razonable que el hombre, implicado en la lucha cotidiana por la vida, puede realizar, la petición es el alfa y la omega de todo. Yo no he hecho nada, soy un cero. Todo lo hace el Infinito y nosotros no haríamos nada si no se nos diera".
A finales de los 90, empezó a enfermar gravemente. Era la época en la que abundaban los homenajes y agradecimientos, destacando la carta que Juan Pablo II le dirigió en 2002 con ocasión del vigésimo aniversario de la aprobación y otra en 2004 con motivo del quincuagésimo aniversario de Comunión y Liberación.
En 2005, año de su muerte, el reconocimiento de don Giussani era universal. Su salud era muy delicada, por lo que decidió que colaborase con él en la guía de Comunión y Liberación el sacerdote español Julián Carrón. Murió el 22 de febrero de 2005 y recibió un homenaje multitudinario, al que fue enviado como legado pontificio el cardenal Ratzinger, amigo personal de Giussani y cercano a Comunión y Liberación, que poco después sería elegido Papa. Con ocasión de su muerte, Carrón escribía en el periódico italiano Avvenire recordando su enfermedad: "Ha sido una mirada de las que marcan. Nunca la olvidaré. La llevaré
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en los ojos toda la vida, la mirada que don Giussani tenía la última vez que estaba lúcidamente consciente antes de descender a la profundidad del Ser, subiendo al cielo. Una mirada que nos ha conmocionado, fijándose en nosotros que estábamos a su alrededor. Era como si, de improviso, hubiese retornado de la otra orilla para decirnos: ¡Adiós!, antes de un largo viaje. Nos ha mirado, uno a uno, con aquella mirada penetrante que te conmueve hasta las entrañas..."
Su tumba en el Cementerio Monumental de Milán se ha convertido en un lugar de peregrinación y el 22 de febrero de 2012 se abrió oficialmente su proceso de canonización. De su carisma han surgido numerosas instituciones, signo de la potencia de su carisma. Aparte de los Memores Domini se debe a la inspiración de Giussani la Fraternidad Sacerdotal de los misioneros de San Carlos Borromeo, la Congregación de las Hermanas de la Caridad de la Asunción y la Fraternidad de San José. El carisma de don Giussani sigue vivo en los cientos de miles de miembros de la Fraternidad de Comunión y Liberación.
pp. 226- 233
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