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domingo, 15 de julio de 2018

Juan Pablo Viscardo y Guzmán por María Ángeles Eugenio Martínez

Juan Pablo Viscardo y Guzmán | Real Academia de la Historia

Juan Pablo Viscardo y Guzmán

Biografía

Viscardo y Guzmán, Juan Pablo. Pampacolca (Perú), 26.VI.1748 – Londres (Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte), 10.II.1798. Exseminarista jesuita (SI), humanista, precursor ideológico y promotor de la independencia americana.

Nace en Pampacolca (Arequipa), aunque se cuestiona si el nacimiento pudo tener lugar en algunas de las propiedades que los padres poseían en el valle de Majes y ser llevado a esta doctrina para su bautizo el 27 de junio de 1748. Perteneciente a una familia distinguida de Arequipa, su madre fue Manuela de Sea y Andia y su padre el maestre de campo Gaspar Vizcardo, fallecido con sólo treinta y cuatro años, lo que debió de influir en el envío de Juan Pablo y de su hermano mayor, Joseph Anselmo, al internado de los jesuitas en Arequipa, donde ambos ingresaron el 27 de junio de 1763. La orden de extrañamiento de los jesuitas, decretada por el monarca hispano Carlos III, les fue comunicada el 7 de septiembre de 1767, cuando los hermanos Viscardo estaban en el colegio máximo de la Transfiguración (Cuzco), donde Juan Pablo había comenzado los estudios mayores de Filosofía y ampliaba los conocimientos de las humanidades clásicas. Con otros miembros de su orden, los hermanos son embarcados en El Callao (Perú), posiblemente en el navío Santa Bárbara, que el 11 de marzo de 1768 zarpó rumbo a Cádiz (España). El 10 de agosto llegan al puerto español y permanecen en la cercana población de El Puerto de Santa María durante varios meses, en los que ambos solicitaron la secularización mientras esperaban ser trasladados a Italia.

El 6 de abril de 1769 los Viscardo llegan a Italia (La Spezia) en la fragata sueca Cristina Margarita y se establecen en Massacarrara, pequeña ciudad entre la Liguria y la Toscana, donde Juan Pablo dedicó gran parte de su tiempo a enviar múltiples instancias para obtener un permiso de regreso a Perú y recuperar una rica herencia familiar que les permitiera hacer frente a las dificultades económicas del exilio italiano, que compartió con su hermano hasta su muerte prematura. A mediados de 1781, al recibir noticias del alzamiento en el Cuzco de Tupac Amaru contra el régimen español, Juan Pablo Viscardo se entrevista con el cónsul inglés en Liorna, John Udny, solicitando la ayuda británica en favor de los rebeldes peruanos. El 30 de septiembre de este mismo año, confirmada la derrota de la revolución tupacamarista, Viscardo escribe al cónsul una extensa carta para fundamentar la viabilidad de la ayuda inglesa (armas y oficiales) a la independencia de Perú y ofrecer sus propios servicios (conocimiento del país, lengua y costumbres), con el ruego —decía— de "considerar las ventajas que resultaría para los ingleses si yo los acompañara en esta gran empresa".

El 30 de junio de 1782 Juan Pablo viaja por vez primera con su hermano desde Florencia a Londres, bajo los falsos nombres de Paolo Rossi y Antonio Valesi respectivamente. A la espera del final de la guerra de independencia de las trece colonias americanas, y posiblemente pensionados por el Gobierno británico, permanecieron hasta 1784 que regresaron a Massacarrara sin resultado alguno. Tras la muerte de su hermano el 29 de septiembre de 1785, Juan Pablo Viscardo reside en Florencia (de mayo de 1787 a febrero de 1789) y luego en el consulado de Nápoles en Liorna, quizás como empleado, hasta que vencido por la desesperanza de obtener un permiso para regresar a Perú e indignado de que Carlos IV mantuviera la orden de destierro, decidió dedicarse a defender la independencia americana en Inglaterra. A partir de entonces Viscardo, al que, según Batllori, "la miseria y los sufrimientos de trece años de exilio en Italia fueron capaces de convertir a un tímido introvertido en un pensador intervensionista y activo", se entregará plenamente a la causa independentista a través de sus escritos. Sus conocimientos de la vida y sociedad hispanoamericanas lo convertirán en portavoz ante el Gobierno británico respecto a la necesidad de autonomía política y económica.

A fines de 1791 o primeros de 1792, por segunda y definitiva vez, el abate Viscardo viaja a Londres, ahora solicitado por el Gobierno británico y protegido de inmediato por la Oficina de Asuntos Extranjero, recibiendo una pensión de 300 libras esterlinas que le permitió dedicar sus últimos años de exilio a la infructuosa tarea de convencer a Inglaterra de apoyar los movimientos hispanoamericanos en favor de la emancipación y la libertad. De idealista pasa a libertador, pero después de seis años de exilio inglés Viscardo va a entrar en una etapa de debilidad y de desconsuelo por su añoranza cada vez mayor, por su situación económica bastante precaria, y, sobre todo, por la actitud del Gobierno británico de seguir posponiendo toda ayuda a los revolucionarios americanos. En esta fase final de su vida, Viscardo conoce al embajador de los Estados Unidos en Inglaterra, Mr. Rufus King, quien desde años atrás estaba interesado en los movimientos de los patriotas americanos, inclusive había contactado con varios de los exjesuitas americanos que se encontraban al servicio del Gobierno británico. El diplomático norteamericano se convierte en el amigo y confidente de un Viscardo aislado y reconcentrado, resentido y definitivamente desengañado de que se llevaran a cabo sus proyectos tan ansiosamente elaborados. A los cincuenta años de edad, agotado y enfermo, Juan Pablo Viscardo fallece en Londres en febrero de 1798, después de tres décadas de exilio sin ni siquiera haber logrado que se publicara la Carta a los Españoles Americanos, su más valioso alegato en favor de la independencia de la América hispana pero sin duda un documento comprometedor para la diplomacia inglesa. Poco antes de morir, no contando Juan Pablo con otra persona que le inspirase confianza y que fuese simpatizante de la causa independentista de las colonias españolas, lega todos sus papeles y libros al diplomático norteamericano, quien los pasó a su íntimo amigo y precursor de la independencia venezolana Francisco de Miranda. Su testimonio da idea de la multiplicidad y valor informativo de los escritos del abate Viscardo, con el que compartió el compromiso por la independencia americana y la frustración por no conseguir el apoyo efectivo del gobierno inglés, pero que no tuvo oportunidad de conocer personalmente porque la estancia londinense del abate coincidió con la del venezolano en Francia.

Cuando Francisco de Miranda entró en posesión de los papeles de Viscardo y Guzmán, en julio de 1798, halló la Carta a los Españoles Americanos, manuscrita del jesuita peruano, uno de los textos pioneros en la construcción del pensamiento libertador al que, sin duda, debe su fama como precursor de la independencia, aunque no sea su única producción. Además de un sinfín de solicitudes, pleitos y cartas a diferentes autoridades, Viscardo escribió otros trabajos que permanecieron ignorados, uno de ellos el titulado Proyecto para independizar la América Española, fechado en Liorna, el 18 de septiembre de 1790, que fue conservado en la Sociedad de Historia de New York y se conoció en 1983. Este documento, además de proponer que Inglaterra asumiese la protección de las colonias españolas en América, presenta un minucioso plan estratégico para lograr la independencia muy similar al que años después el general San Martín llevó a la práctica en su campaña libertadora. El proyecto de Viscardo, que incluye un "Ensayo histórico sobre la América Meridional en 1780", proponía como primer objetivo la emancipación de la provincia de Chile y la necesidad de una escuadra y de cinco a seis mil hombres de buenas tropas para interceptar a las naves españolas que pasaran al Cabo de Hornos, asegurar el dominio en el Pacífico y llevar a cabo la independencia del Perú, con recomendaciones sobre la organización y avance terrestre hacia El Callao.

Pero la obra de Viscardo más conocida y estudiada hasta hoy es la citada Carta a los Españoles Americanos, un cuadernito de treinta y seis páginas que se convirtió en el escrito de mayor divulgación en su momento por el planteamiento separatista y la justificación ideológica que Viscardo hacía en un período revolucionario todavía embrionario y que ya había esbozado en la carta escrita al cónsul británico el 30 de septiembre de 1781. Entonces el abate se limitó a presentar las circunstancias histórico-políticas que podían inducir a Inglaterra a una acción concreta para restaurar la independencia en Perú, por eso defendió en ella la unión de indígenas y criollos, inclusive exageró el entusiasmo y el apoyo de éstos a la sublevación de Tupac Amaru; mientras que en la Carta a los Españoles Americanos, escrita probablemente en 1792, insiste en los fundamentos histórico-doctrinales para una completa independencia de toda la América española y radicaliza su posición separatista. En un tono de reproche constante hacia la Corona española, Viscardo se refiere a España como "un país que nos es extranjero, a quien nada debemos, de quien no dependemos y del cual nada podemos esperar"; critica ferozmente la colonización española, afirmando que la historia de tres siglos se podría reducir a cuatro palabras "ingratitud, injusticia, servidumbre y desolación"; denuncia la violación de los derechos fundamentales y no duda en proponer la independencia como solución cuando escribe "el despotismo que la corte de España ejerce con nuestros tesoros podría recibir con nuestra independencia un golpe mortal", exaltando el ánimo de los posibles lectores cuando añade "no hay ya pretexto para excusar nuestra apatía, si sufrimos más largo tiempo las vejaciones que nos destruyan se dirá con razón que nuestra cobardía las merece".

El independentista Francisco de Miranda comprendió la importancia de esta Carta para sus fines revolucionarios y la publicó por primera vez en junio de 1799, apenas un año de la muerte del jesuita arequipeño, con el título original Lettre aux Espagnols Américains par un de leurs compatriotes en Filadelfia, aunque impresa en Londres, y desde allí hizo varias ediciones.

En 1801 la publicó en español y distribuyó entre revolucionarios americanos (Gual, Pedro José Caso), gracias a lo cual en los círculos independentistas de la América española circularon clandestinamente ejemplares de la Carta o, en cualquier caso, se tuvo conocimiento de ella por fragmentos o alusiones hechas en proclamas o folletos. En 1803 las autoridades de Margarita y Trinidad informaban de la propagación de libelos como la Carta que "inducen a la subversión de estos habitantes".

El mismo Miranda en su Proclamación a los pueblos habitantes del continente Américo-Colombiano, difundida al desembarcar en Coro (2 de agosto de 1806) para iniciar su fallido proyecto independentista de Venezuela, adjuntó la Carta como prueba de las "crueldades y persecuciones atroces del gobierno español" y recomendaba su lectura, como sólido argumento de la causa, "a las personas timoratas o menos instruidas que quieran imponerse a fondo de las razones de justicia y de equidad". La primera edición inglesa se debe al periodista y escritor William Burke, que la incluyó en su "Additional Reasons for our immediately emancipating Spanish America", publicada en Londres (1808).

En México se difundió extensamente desde 1808 hasta que la Audiencia ordenó la prohibición absoluta y el requisamiento de todos los ejemplares tras el informe de los jueces inquisidores (11 y 24 de septiembre de 1810) que la calificaron de "falsa, temeraria, impía y sediciosa, injuriosa a la religión y al estado, a los reyes y a los pontífices". Pese a esta censura y condena, la sociedad secreta revolucionaria —los Guadalupes— enviaron el 17 de octubre de 1812 un ejemplar, impreso en los Estados Unidos, al líder independentista José María Morelos, capitán general y vocal de la Junta de América en México; una copia de la Carta se encontró entre los manuscritos del independentista rioplatense Mariano Moreno; en las páginas del Aviso al Público (Bogotá) se le dio cabida a primeros de noviembre de 1810. Ejemplares de la Carta, y en favor de los derechos de los americanos, se distribuyeron y quemaron en la plaza mayor de Caracas, al tiempo que desde la Gazeta de Caracas el periodista Burke difundía (1811) en varias entregas las ideas y principios de Viscardo; y en el Perú fue publicada en el Correo Mercantil, Político y Literario (Lima), n.º 16 (28 de febrero y 7, 14 y 22 de marzo de 1822).

Estos ejemplos no son más que una muestra de la divulgación e influencia en el proceso de independencia de la América española de la Carta del abate Viscardo, al que "virtud no le faltó sino fortuna" concluyen los versos del poeta y pensador venezolano, Andrés Bello, quien posiblemente supo de él y de su obra a través de su compatriota Francisco Miranda en cuya casa de Londres vivió hasta 1812. Una placa conmemorativa, homenaje del Consulado General de Perú en Londres y la alcaldía de Westminster, fue instalada en 1999 en la céntrica esquina de Marylebone Rd. y Baker St., donde se ubicaba la residencia de la familia Allsop, lugar donde falleció Juan Pablo Viscardo, calificado como "heraldo de la Independencia".

 

Obras de ~: Carta al cónsul británico, Massacarrara, 30 de septiembre de 1781; Proyecto para independizar la América española. Ensayo histórico sobre la América meridional en 1780, Liorna, 18 de septiembre de 1790; Lettre aux Espagnols Américains par un de leurs compatriotes, Filadelfia, 1792; "Carta Dirigida a los Españoles Americanos" (c. 1792), en Correo Mercantil, Político y Literario (Lima), n. 16 (28 de febrero y 7, 14 y 22 de marzo de 1822) (ed. de R. Vargas Ugarte, Lima, Pacific Press, 1971 y Editorial del Centro de Estudios Históricos Militares, s. f.); Obra Completa, 2 vols., Lima, Ediciones del Congreso de la República del Perú, 1998 (Lima, Banco de Crédito del Perú, 1998).

 

Bibl.: R. Vargas Ugarte, "Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, 1741-1798", en Revista Histórica, 8 (1925); Jesuitas peruanos desterrados a Italia, Lima, 1934; C. Parra Pérez, Historia de la Primera República de Venezuela, t. I, Madrid, 1939; M. Giménez Fernández, "Las ideas populistas en la independencia de Hispanoamérica", en Anuario de Estudios Americanos, 3 (1946), págs. 517-665; R. Vargas Ugarte, "Bibliografía de la Carta a los españoles americanos de don Juan Pablo Vizcardo y Guzmán", F. Mostajo, "¿Quién fue Vizcardo?", S. Martínez, "Juan Pablo Vizcardo y Guzmán" y A. Grisanti, "La personalidad de Juan Pablo Vizcardo y Guzmán", en Revista de la Universidad de Arequipa, 20 (1948), n.º 27, págs. 56-59, 41-43, 45-56 y 113-115, respect.; J. S. A lvarado, Dialéctica democrática de Juan Pablo Vizcardo: Notas sobre el pensamiento y la acción de un precursor peruano de la emancipación americana, Lima, Ediciones Fanal, 1955; B. Lewin, La rebelión de Túpac Amaru y los orígenes de la emancipación, Buenos Aires, Lib. Hachette, 1957; G. Furlong, Los jesuitas y la escisión del Reino de Indias, Buenos Aires, Sebastián de Amorrortu e Hijos, 1960; G. Vergara Arias, Juan Pablo Viscardo y Guzmán, primer precursor ideológico de la emancipación hispanoamericana, Lima, Imp. de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, 1963; O. C. Stoetzer, El pensamiento político en la América española durante el período de la emancipación (1789-1825): las bases hispánicas y las corrientes europeas, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1966, 2 vols.; J. M. Arguedas, "Razón de ser del indigenismo en el Perú", en Formación de una cultura nacional indoamericana, México, Siglo XXI Editores, 1975, págs. 189-195; C. Pacheco Vélez, "Tras las huellas de Viscardo y Guzmán", est. prelim. al t. I, v. I, de la Colección Documental de la Independencia del Perú, 1879-1884, págs. XLVIII-CXXVIII; "Juan Pablo Viscardo y Guzmán", en Los ideólogos, vol. 1, Lima, Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú, 1971-1976; G. Durand Flores, Influjo del pensamiento de Viscardo en la Libertad Americana, Lima, Sociedad Bolivariana del Perú, 1978; P. E. Cárdenas Acosta, El movimiento comunal de 1781 en el Nuevo Reino de Granada: reivindicaciones históricas, Bogotá, Tercer Mundo, 1980; M. E. Simmons, Los escritos de Juan Pablo Viscardo y Guzmán, precursor de la independencia hispanoamericana, Caracas, Universidad Católica Andrés Bello; Instituto de Investigaciones Históricas, 1983; G. Vergara Arias, Juan Pablo Viscardo y Guzmán, San Isidro, Empresa Periodística Visión Peruana, 1987; M. Batllori, El abate Viscardo: historia y mito de la intervención de los Jesuitas en la independencia de Hispanoamérica, Madrid, Mapfre, 1995; J. M. A rguedas, Los ríos profundos, ed. de Gonzáles Vigil, Madrid, Cátedra, 1995; D. Brading et al., Juan Pablo Viscardo y Guzmán (1748-1798). El Hombre y su Tiempo, Lima, Fondo Editorial del Congreso del Perú, 1999, 3 vols.; J. de Belaunde Ruiz de Somocurcio, Juan Pablo Viscardo y Guzmán, Lima, Fondo Editorial del Congreso de la República, 2003.

 

María Ángeles Eugenio Martínez


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Antonio José de Sucre, por Manuel Lucena

Antonio José de Sucre y de Alda | Real Academia de la Historia

Biografía

Sucre y de Alda, Antonio José de. Cumaná (Venezuela), 3.II.1795 – Berruecos (Colombia), 4.VI.1830.

Patriota venezolano, general del Ejército de Venezuela, Colombia y Ecuador, mariscal de Ayacucho y presidente de Bolivia.

Sucre es una de las figuras históricas más estimadas en los países grancolombianos e incluso suramericanos.

Es además un personaje muy complejo en sus facetas, que han suscitado numerosos y valiosos estudios.

Nació en Cumaná y fue hijo del teniente Vicente de Sucre y Urbaneja y de Manuela de Alcalá. Su familia paterna había sido tradicionalmente de militares, desde su padre a sus cuatro tatarabuelos, pasando por sus dos abuelos. Quedó huérfano de madre a los siete años y fue enviado a Caracas al cuidado de su padrino el arcediano catedralicio Antonio Patricio de Alcalá. En la capital inició los estudios de ingeniería con el coronel José Mires. En 1809 ingresó como cadete, junto con su hermano Pedro, en la Compañía de Húsares Nobles de Fernando VII en Cumaná, una unidad organizada por Manuel de Cajigal, gobernador de la provincia de Cumaná. En 1810 la Junta de Gobierno de Cumaná le nombró subteniente de Milicias Regladas de Infantería, grado que le confirmó la Junta Suprema de Caracas el 6 de agosto siguiente. En 1811 fue comandante de Ingenieros en la isla Margarita y el 31 de julio del mismo año ascendió a teniente.

En 1812 era ya comandante de artillería en Barcelona.

Combatió en defensa de la I República frente a la reconquista de Domingo Monteverde hasta la capitulación de San Mateo, tras la cual regresó a Cumaná, donde el gobernador realista Ureña le expidió pasaporte para que pudiera trasladarse a Trinidad. En dicha isla se encontraban, entre otros patriotas, Mariño, Bermúdez y Piar. Al sobrevenir la Campaña Admirable de 1813, Sucre pasó al continente por el golfo de Paria. Desembarcó en Güiria y organizó la resistencia oriental bajo las órdenes de Mariño, participando en la batalla de Maturín y en la rendición de Cumaná. En 1814 era Edecán de Mariño y desarrolló una gran actividad en lograr la concentración de tropas en Aragua con destino a la toma de Caracas. Ese mismo año muchos de sus parientes fueron ejecutados por los españoles, principalmente por Boves. En 1815 combatió bajo las órdenes de Francisco Bermúdez. Después de Maturín huyó de la isla Margarita y luego, al producirse la invasión de Morillo pasó a las Antillas (Martinico y San Thomás) y a Cartagena. Aquí colaboró con Lino Pombo en las obras de fortificación de la plaza de cara al posible asedio realista. En diciembre estaba en Haití, desde donde regresó a Venezuela pero con tan mala fortuna que naufragó en el golfo de Paria.

En 1816 Mariño le nombró su jefe de Estado Mayor y lo ascendió a coronel. Al año siguiente (1817) fue designado comandante de la provincia de Cumaná. Ese mismo año, tras el congreso de Cariaco (8 de mayo) se declaró en rebeldía con el Congreso, rechazando además la autoridad de Mariño. Fue uno de sus grandes virajes políticos y marcó su vida, pues abandonó el Oriente, su región natal, y se trasladó a la Guayana, poniéndose a las órdenes de Bolívar. El futuro Libertador reconoció su enorme valía y le nombró gobernador de la Antigua Guayana y comandante general del Bajo Orinoco (17 de septiembre de 1817), y le encargó organizar el batallón Orinoco.

A partir de entonces, Sucre figuró ya en el carro de las grandes empresas militares de Bolívar como uno de sus grandes jefes hasta llegar a ser presidente de la Republica en Bolivia. El 7 de octubre de 1817 fue nombrado jefe de Estado Mayor de la división de la provincia de Cumaná, bajo las órdenes del general Bermúdez, nombrado comandante de dicha unidad.

Bolívar conocía ya a Sucre y sabía que así evitaría las disidencias patriotas en Cumaná. En 1819, Bolívar diseña su ideal de una nación llamada Colombia en el Congreso de Angostura, donde se nombró a Antonio Zea como vicepresidente. Tras esto lanzó su operación sorpresa de ascensión al altiplano andino, donde derrotó a los españoles en la batalla de Boyacá, que permitió liberar Colombia. Bolívar volvió a Angostura y diseñó ya definitivamente lo que sería Colombia (se la denomina Gran Colombia para distinguirla) una nación que se crearía a golpe de batallas victoriosas uniendo Colombia, Venezuela y Ecuador (Panamá se uniría voluntariamente). Para esto contó con la ayuda insuperable de Sucre, el vicepresidente Zea había ascendido a general de brigada en agosto de 1819, lo que el Libertador confirmó el 16 de febrero de 1820.

Sucre fue enviado a las Antillas para conseguir material de guerra para la Gran Colombia, encargo que cumplió fielmente. Ese año de 1820 fue ministro interino de Guerra y Marina y jefe titular de Estado Mayor General. Se le seleccionó como comisionado para concertar los Tratados de Santa Ana de Trujillo o de armisticio y regularización de la guerra en noviembre de 1820 (Bolívar y Morillo). Fue su primera experiencia diplomática.

Bolívar se enfrentó entonces al gran problema quiteño, que era un baluarte realista, con un antemural como Pasto. Una campaña frontal podría haber sido desastrosa y decidió utilizar a Sucre como la pieza maestra de la operación. El 11 de enero de 1821 nombró en Bogota a Sucre comandante del Ejercito Sur, en reemplazo del general Manuel Valdés, que mandaba las tropas que combatían en Popayán y Pasto. Bolívar le encargó la misión de trasladarse por mar a Guayaquil (que se habia independizado de España en octubre de 1820) y conseguir que aceptase incorporarse a la Gran Colombia, para convertirla en vanguardia de la guerra de liberación de Quito (Ecuador).

Sucre llego a Guayaquil el 6 de abril y se presentó a la Junta de Gobierno, comunicándole la comisión de Bolívar. El 15 de abril de 1820 se firmó el tratado entre Sucre, por Colombia, y José Joaquín de Olmedo, Francisco Roca y Rafael Jimena por la Junta. Guayaquil mantendría su soberanía pero bajo la protección de la República de Colombia. El tratado no tuvo consecuencias, por la indecisión de Rafael Jimena y la hostilidad hacia Colombia de Francisco Roca. En septiembre Sucre emprendió en solitario la acción militar contra las tropas de Aymerich, pero fue detenido por los realistas en Huachi el 12 de septiembre.

Sucre se retiro a Guayaquil, donde reforzó sus tropas con nuevos efectivos del lugar y con las que le llegaron de Colombia en octubre del mismo año. En diciembre la situación se volvió más comprometida como consecuencia de la llegada del Perú de los generales Francisco Salazar y José de la Mar, el primero como embajador y el segundo para tomar el mando en la provincia. Tras intensos debates, el 16 de diciembre se declaró la incorporación de Guayaquil al Perú, ejemplo que siguieron Jipijapa y Manabí. La Junta nombró a La Mar jefe provincial y le encargó someter las poblaciones que se habían pronunciado a favor de la unión con Colombia. Intervino Sucre para señalar que lo importante era la lucha con los españoles. Envió a Lima al coronel Tomás Heres, que logró que se le enviaran refuerzos. Estas tropas, mandadas por el coronel Andrés de Santa Cruz fue la llamada División Peruana. Por otra parte Bolívar inició la campaña del Sur de Colombia, atacando Pasto, lo que cambió radicalmente la posición de Sucre, que pudo emprender las operaciones para liberar Quito.

La situación militar en Quito era equilibrada. Los españoles contaban con tres mil hombres, indios en su mayoría, distribuidos en Cuenca, Riobamba, Ambato y Quito. Los patriotas, Sucre en realidad, tenía el llamado Ejército Unido, con dos mil hombres, divididos en las dos divisiones colombiana y peruana. El plan de Sucre era concentrar sus fuerzas en el área comprendida entre Loja, Sangaruro y Oña, y amenazar con una fuerza secundaria Quito y las comunicaciones enemigas con Riobamba. Inició sus operaciones en enero de 1822 concentrando tropas en Sangaruro. Se tomó fácilmente Cuenca y luego el 21 de abril Riobamba.

Luego siguió avanzando hasta Latacunga en la que entró el 2 de mayo. Allí esperó que se le unieran los dos batallones panameños, y continuó por las faldas del Cotopaxi hasta alcanzar el valle de Chillo, separado de Quito por las alturas del Puengasi. Los realistas entraron en Quito el 16 de mayo. Sucre pensaba presentar batalla en Iñaquito, pero el general Aymerich decidió presentar combate de inmediato subiendo por la falda del volcán Pichincha, lo que le colocó en una posición muy desfavorable. El 24 de mayo Sucre obtuvo una gran victoria y Aymerich capituló al día siguiente. Los patriotas libraron Quito, pero además Guayaquil decidió ya unirse incondicionalmente a la Gran Colombia.

El 18 de junio siguiente Bolívar ascendió a Sucre a general de división y le nombró intendente del departamento de Quito.

Sucre hizo en Quito una acción sociopolítica importante, aunque breve. Estableció la Corte de Justicia en Cuenca, instaló la Sociedad Económica en Quito y se preocupó de crear algunas escuelas. No pudo hacer mucho más porque Bolívar le mandó al Perú, que había pedido ayuda al Libertador. Bolívar no pudo o no quiso ir de inmediato y envió por ello a su Delfín. Sucre llegó a Lima el 10 de mayo de 1823 y el 30 de mayo siguiente fue nombrado comandante del Ejército Unido. Las operaciones militares se reanudaron de inmediato. No fueron bien, aunque se produjo una victoria de Santa Cruz en Zepita, y Sucre tuvo que retirarse a Lima. El 1 de septiembre llegó a esta capital Bolívar, que asumió el mando de todas las operaciones, pero contando con la enorme colaboración de Sucre. Los patriotas obtuvieron la gran victoria de Junín (6 de agosto de 1824), que supuso prácticamente la liberación del Perú. Para completar ésta designó Bolívar a Sucre en Andahuaylas. A fines de octubre de ese año 1824 los realistas lanzaron desde Cuzco su ofensiva contra el Ejercito Unido Libertador.

Sucre maniobró para colocar sus tropas en un sitio ventajoso y se trasladó a Ayacucho, donde se enfrentó con los realistas el 9 de diciembre, obteniendo otra gran victoria, esta vez definitiva. Se firmó la rendición y la evacuación de las tropas españolas que quedaban en Suramérica. El Congreso de Colombia nombró a Sucre general en jefe y el Congreso de Perú le dio el título de gran mariscal de Ayacucho.

Sucre entró triunfante en Cuzco, libertó las provincias del Alto Perú y se trasladó a este ultimo territorio para gobernarlo provisionalmente Fue una de las épocas más difíciles de Sucre, pues pensaba que debía ser independiente, mientras que Bolívar dudaba en cederlo a Buenos Aires, ya que había pertenecido a su virreinato. Triunfó Sucre. En 1825 convocó a los representantes de sus provincias para convertirse en Asamblea y decidir el futuro de la nueva República, de la que sería presidente Bolívar, cuando estuviera en su territorio, y Sucre tendría el mando inmediato de los departamentos. En abril de 1826 se reunió en Chuquisaca el primer Congreso Constituyente de Bolivia que eligió a Sucre como presidente vitalicio, cargo que aceptó sólo por dos años.

El mariscal de Ayacucho trató de gobernar Bolivia mientras el Libertador trataba de redactar su famosa Constitución. Organizó la Hacienda Pública y la Administración; trató de liberar a los esclavos y de repartir la tierra, y mejoró la educación, creando numerosos colegios. Todo fueron dificultades. Hasta en el plan educativo, donde tuvo varios desencuentros con Simón Rodríguez, el antiguo maestro de Bolívar.

La anarquía política y militar se apoderó de Bolivia y surgió el motín militar de Chuquisaca (18 de abril de 1828) en el que Sucre resultó herido en el brazo derecho y hecho prisionero. Fue rescatado por el general López, que vino a marchas forzadas desde Potosí. El mariscal pensó que era hora de ocuparse de su propia vida. Envió poder para contraer matrimonio en Quito con Mariana Carcelán y Larrea, marquesa de Solanda (20 de abril). Presentó su renuncia a la presidencia y antes de abandonar Bolivia envió al congreso extraordinario de 1828 un magnífico mensaje, en el que renunciaba a todas las prerrogativas que le concedía la constitución de eximirle de toda responsabilidad en los actos de gobierno. Antes al contrario rogaba que se examinase minuciosamente su conducta, prestándose a someterse al fallo de la Cámara, si ésta encontraba que hubiera cometido una sola infracción contra la ley. En agosto emprendió viaje a la capital ecuatoriana, donde estableció su hogar. Ocupó su tiempo en la administración de los bienes de su esposa y en el estudio. El sosiego duró poco, pues en 1829 la República de Colombia requirió sus servicios militares para enfrentar la ofensiva peruana en el sur del Ecuador. Triunfó en Tarqui (27 de febrero) contra el general Lamar y firmó una capitulación honrosa para los vencidos. El 10 de julio del mismo año nació su hija Teresita (en 1826 habia nacido su hijo natural José María que tuvo en Rosalía Cortés).

La provincia de Cumaná le eligió como su representante al Congreso Admirable de 1830, en el que tuvo que actuar como presidente. En enero del mismo año se le dio otra comisión muy delicada, como fue negociar con Páez para evitar la secesión de Venezuela de la Gran Colombia. Fue a Venezuela en compañía de José María Estévez, obispo de Santa Marta y vicepresidente del Congreso y del diputado Francisco Aranda. Al pisar territorio venezolano se ordenó a los comisionados que regresaran a Cúcuta, donde se efectuarían las negociaciones pertinentes. Así lo hicieron prudentemente, pero las conversaciones fueron inútiles.

Sucre volvió a Bogotá, mientras la confederación de la Gran Colombia empezaba a saltar por los aires. Se dirigió a Quito para unirse con su familia y fue asesinado en la montaña de Berruecos (en Pasto, al sur de Colombia) el 4 de junio de 1830. Su muerte sigue siendo un hecho oscuro, aunque se ha atribuido a José María Obando, jefe militar de Pasto, como autor intelectual y a Apolinar Morillo como su ejecutor.

 

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Manuel Lucena Salmoral


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Simón Bolívar y Palacios, por Mario Hernández Sánchez-Barba

Simón Bolívar y Palacios | Real Academia de la Historia

Simón Bolívar y Palacios

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Simón Bolívar y Palacios
Biografía

Bolívar y Palacios, Simón. El Libertador. Caracas (Venezuela), 24.VII.1783 – Santa Marta (Colombia), 17.XII.1830. Político independentista, libertador.

Político criollo venezolano propulsor de la independencia política y de la unión de todas las naciones de la América española bajo sistema constitucional. Desciende de una familia española instalada en Venezuela en el último tercio del siglo XVI. En el siglo XVIII, los Bolívar adquieren un fuerte arraigo, pues cuando nace Simón cuenta con ciento treinta antepasados conocidos. Los Bolívar son, pues, criollos acomodados en la sociedad provincial venezolana, ricos y poderosos en sus plantaciones de cacao, con indios de encomienda y esclavos negros. El padre de Simón Bolívar fue Juan Vicente de Bolívar y Ponte, coronel del Batallón de Milicias de Blancos Voluntarios de los Valles de Aragua, que contrajo matrimonio con Concepción Palacios y Blanco, de cuya unión nacieron cuatro hijos: María Antonia, Juana, Juan Vicente y Simón. Quedaron huérfanos de padre el 19 de enero de 1786 y de madre el 6 de julio de 1792. Los cuatro quedaron bajo tutoría de su abuelo materno, Feliciano Palacios y Sojo y, de modo particular, Simón quedó bajo el cuidado de su tío, adinerado sacerdote, Juan Félix de Aristeguieta y Bolívar, que en su testamento dejó a Simón toda su inmensa fortuna. Es de destacar en la biografía de Bolívar la inexistencia de vida familiar; fueron sus tutores quienes se ocuparon de su educación que por epistolario de Bolívar se sabe que fueron el agustino fray Francisco de Andújar, el eminente humanista Andrés Bello y su verdadero maestro y mentor Simón Carreño Rodríguez, que fue uno de los empleados del abuelo y tutor de Simón. En la hacienda "San Mateo", Carreño Rodríguez llevó a cabo la etapa educativa más decisiva de Simón Bolívar, en los principios de la Ilustración, sobre todo tomados del Emilio de Jean Jacob Rousseau, hasta consolidar la personalidad de Simón Bolívar, que en esa época ingresó en las milicias de los valles de Aragua consiguiendo en un año el grado de subteniente.

La formación de Simón Bolívar alcanzó máxima dimensión con su viaje a las grandes potencias del mundo occidental: España, Francia, Italia, Inglaterra y Estados Unidos, en donde conoció una considerable variedad de ideologías políticas en un momento histórico en que las relaciones internacionales adquirían una nueva estatura como consecuencia de la tensa década 1773-1783 en la que, el año en que nace Simón Bolívar, se produjo la conjunción de comercio, guerra, diplomacia, en la que irrumpe la fuerte tensión intelectual gran colonialismo-descolonización que, en el orden político internacional, se corresponde con el doble término revolución-restauración (1776-1815) cuya doble onda long run tanto influyó en el pensamiento, comportamiento y acción históricos de Simón Bolívar. Los viajes —fueron tres— maduraron la personalidad política del criollo caraqueño desde el punto de vista político, intelectual, republicano, haciéndole decididamente partidario de las metas y caminos revolucionarios, de modo particular cuando quedó viudo de su joven esposa española María Teresa Rodríguez del Toro y Alaysa, con la que contrajo matrimonio el 15 de mayo de 1802 y de la que quedó viudo el 22 de enero de 1803. Este hecho fue determinante en la decisión final de Bolívar de romper con España, llevándole por el camino de la ruptura, sellada en el juramento del monte sacro de Roma que, a su vez, está inspirado en la estética revolucionaria del pintor David y muy concretamente en el cuadro El juramento de los Horacios.

Bolívar regresa a Caracas en 1807, a una sociedad criolla venezolana, que se asentaba en una estructura básica de cabildos, ayuntamientos y regimientos locales con una marcada pauta de fragmentación localista, y en la que había anidado el movimiento revolucionario. Bolívar se unió al movimiento de independencia seducido por la figura del "precursor" Francisco de Miranda que era, en realidad, un eslabón más de la cadena de revueltas que se dieron durante el siglo XVIII: Andresote (1730-1733); en 1740 el levantamiento de Juan Francisco de León; en 1781 la insurrección de los comuneros de Mérida; en 1795 la del mulato José Leonardo Chirinos y a finales de siglo la conspiración de Gual y España. Junto a intereses económicos, se defienden los principios de tolerancia, libertad, igualdad y fraternidad. Además, tienen incidencia los cambios que, desde España, se hacen con la idea de dar otra dimensión al dominio americano, lo cual ocurre en una doble vertiente: si durante la monarquía austriaca hubo una sujeción patrimonial a la Corona ampliamente sustentada por las universidades en las que, principalmente, enseñaban jesuitas y dominicos; en el siglo XVIII esta idea continuó con los Borbones, aunque con un sesgo liberal; las reformas de Carlos III concibieron las posesiones ultramarinas como un sector productivo cuyo principal fin era de subordinación a la metrópoli, objetivo logrado a través de una intensa labor reformista. Y es en este sistema productivo donde se configura el oleaje revolucionario, pues en América estaba controlado por los hacendados criollos propietarios de grandes plantaciones de cacao y café, "mantuanos" y "grandes cacaos", que ante la presión de España se situaron a favor de la revolución, lo que tuvo como respuesta que la población india y negra buscara el amparo en las instituciones españolas, lo que provocó una distensión en la sociedad americana y dificultó la posibilidad de reclutar más indígenas y negros para la causa revolucionaria. Quien sí tuvo posibilidad de hacerlo fue el asturiano José Tomás Boves que llegó a reclutar un formidable ejército de "llaneros". Bolívar reconoce este factor social en la Carta de Jamaica (1815), en la que explica la derrota inflingida por Boves en su primera intervención bélica en la guerra de independencia: "Seguramente la unión es lo que nos falta para completar la obra de regeneración".

La decisión e intervención de Bolívar en el discurso de la Independencia tiene dos etapas; una, en la que todavía no tiene formado un proyecto intelectual, consistente en conseguir para la América española peso en la política internacional. El proyecto bolivariano cristaliza en un esquema categorial que para el historiador venezolano Carrera Damas se estructura en tres niveles: primero "independencia", seguida de una "integración" multiterritorial para salir de la estrechez provincialista y lograr una ecuanimidad continental que condujese a un nuevo "orden constitucional".

Este proyecto adquiere consistencia mediante la interacción de tres factores históricos que obligan a Bolívar a entrar en un proceso de reflexión que condujo al esquema categorial señalado anteriormente, construido por Carrera Damas. Para comprender el esquema histórico de Bolívar hay que señalar dos etapas, separadas por el año 1815. Entre 1807 —fecha de su regreso a Caracas— y el año 1815, los acontecimientos son muy significativos para la incorporación de Bolívar al movimiento de independencia. Se centra en la acción revolucionaria de la burguesía criolla venezolana que había conseguido desarrollar —de modo especial en Caracas— un clima intelectual de opinión que reclamaba la formación de una Junta para proveer el nacimiento de la Primera República, como ha explicado en sus estudios el historiador venezolano Carracciolo Parra Pérez.

El 9 de julio de 1810 la Junta enviaba las misiones al mundo anglosajón: Simón Bolívar, Andrés Bello y Luis López Méndez, a Londres; Juan Vicente Bolívar y Tomás Orea, a Estados Unidos. Para participar y presidir esta misión, Bolívar sufragó los gastos del viaje con la esperanza de conseguir la reincorporación de Francisco de Miranda, instalado en Londres a finales de 1784. Tras un largo viaje por Europa, regresó a la capital del Támesis en junio de 1789, donde mantuvo una serie de entrevistas con William Pitt en el transcurso de las cuales proporcionó al primer ministro británico importante información sobre población, fortificaciones, estado de la marina, de las fuerzas regulares del ejército, las milicias provinciales, de las provincias americanas "sujetas a una opresión infame".

En el viaje a Inglaterra, Bolívar consiguió la promesa de Miranda de regresar a Venezuela, lo cual no fue muy del agrado del prudente conservadurismo de la Junta, vencido por el radicalismo bolivariano, mediante la presión ejercida desde la Sociedad Patriótica que se inclinó abiertamente hacia el federalismo de la Primera República. Una comisión integrada por Germán Roscio, Fernando Toro y Francisco Isnardi, redactó la Declaración de Independencia de la Confederación Americana de Venezuela, aprobada en diciembre de 1811. El federalismo condujo a discrepancias, disensiones y violentos levantamientos contra la República, en el oriente y occidente de Venezuela. La guerra civil termina con un tremendo fenómeno sísmico que asoló la región, destruyó varias ciudades y sembró el miedo en la población, mientras se producía una reacción del ejército español dirigido por el general Domingo Monteverde desde Coro, que avanzó por territorio venezolano recibiendo la adhesión de muchos pueblos. Bolívar perdió la plaza de Puerto Cabello y solicitó urgente apoyo a Miranda que no pudo dárselo. Caído el prestigio de Miranda, es el propio Bolívar quien lo hace prisionero, lo entrega en La Guayra al comandante del puerto y obtiene salvoconducto de Monteverde para regresar a Caracas, pero se dirige a Cartagena de Indias (en Nueva Granada) e inicia un desesperado intento de reunir un ejército. Con el Decreto de Guerra a Muerte comienza lo que se ha llamado la Campaña Admirable que es, en realidad, el comienzo de la Segunda República, centrada de una manera total en la figura, la voluntad y el pensamiento constitucionalista de Simón Bolívar y una inevitable guerra social pues, el enfrentamiento armado entre patriotas y realistas puso en movimiento importantes masas que, hasta entonces, estaban adormecidas o controladas en sus respectivos quehaceres. El carácter social de la guerra adquirió una gran ferocidad por el levantamiento de las montoneras de los Llanos de Venezuela, bajo el impulso del asturiano José Tomás Boves. A partir de 1813, la terrible caballería de los llaneros supuso el final de la Segunda República de Bolívar.

Las tropas de Bolívar quedan destruidas en el choque con los llaneros que obtienen una decisiva victoria en La Puerta, mientras un segundo choque en Aragua destroza los restos del ejército republicano mandado conjuntamente por Bolívar y Mariño, que se ven obligados a huir en un pequeño velero a la isla Margarita, desde donde Bolívar se dirige a Cartagena de Indias. En julio de 1814 los llaneros de Boves y Morales entran en Caracas, sometida al saqueo y el terror. En las batallas de la Sabana del Salado y Urica se consuma la destrucción final del ejército revolucionario, pero en la última muere Boves de un lanzazo.

Comenzaba un repliegue para los independentistas. En año 1814 es el del regreso al trono de España de Fernando VII. Pronto se organizó una expedición integrada por diez mil quinientos soldados en cuarenta y dos buques de transporte y dieciocho navíos de guerra, a cuyo frente figuraba el general Pablo Morillo. Bolívar renuncia a su mando y, en mayo de 1815, se exilia a Kingston, en la isla inglesa de Jamaica.

La estancia de Bolívar en Jamaica supuso, ante todo, una etapa de reflexión que se pone de manifiesto en un proyecto constitucional junto con un lineamiento de revolución continental, como puede apreciarse en el importante documento —eminentemente político— que es la Carta de Jamaica donde aparece el enérgico optimismo contestatario, junto a una poderosa llamarada profética en la que su pensamiento abandona, de hecho, el provincialismo para adquirir una visión continental, erigiéndose en el principal defensor de la soberanía hispanoamericana; el gran acto de cooperación y colaboración que se había alcanzado en Cádiz con la Constitución de 1812, frente al intento de Fernando VII de reconstruir el antiguo edificio absolutista.

En 1815 en la mente de Bolívar germinó la idea de cambiar de modo radical las bases sociales de la revolución de independencia. En la Carta de Jamaica (1815) y el Discurso de Angostura (1819) puede advertirse la teoría de la ruptura sin ninguna clase de entendimiento y la formulación de un Estado republicano de ámbito continental, sin duda inspirado en el modelo norteamericano de 1787. En todo caso, ambos documentos constituyen la expresión, de una potente energía política, de alcanzar como meta última la Independencia. El Discurso de Angostura es el documento de teoría constitucional de mayor densidad escrito por Bolívar. Inicia una línea que ya no se interrumpe y que, como advierte Carrera Damas, debe ser puesto en relación explicativa con el Mensaje al Congreso Constituyente de Bolivia (25 de mayo de 1826) y el Mensaje a la Convención de Ocaña (29 de febrero de 1828).

Se trata de una línea de pensamiento teórico simultánea con el desarrollo de la campaña continental que ofrece hitos muy característicos desde los Andes a Carabobo: Congreso Constituyente de la Villa del Rosario de Cúcuta; campaña sobre el virreinato de Perú; Pichincha, Conferencia de Guayaquil, con San Martín, hasta culminar el proyecto andino con la creación de Bolivia y las dos decisivas batallas de Junín y Ayacucho. La pasión política de Bolívar se ha explayado desde 1815 a 1824 en la doble empresa militar y constitucional de la vida nueva que quiso crear en la América española.

Al final de su vida, enfrentado con la realidad social, las ambiciones personalistas, tanto populares como elitistas, produjeron la entrada de Bolívar en una espiral de frustración que en su ideología política personal giraba en torno a una doble cuestión: por una parte, la Constitución de Bolivia que el 16 de agosto de 1826 consiguió fuese adoptada por Perú. Era una carta constituyente fuerte que, sin violar las tres unidades, revocaba desde la esclavitud para abajo, todos los privilegios, reforzando el poder presidencial. En ello se contiene el pensamiento republicano del Libertador, que no era el mismo de toda la opinión hispanoamericana. También el prestigio militar se resentía. El levantamiento de Páez contra el orden impuesto en Venezuela por Bolívar se había unido al rechazo de la unión con Colombia y existía un fondo permanente de tensión y antagonismo entre militares y civiles. Páez se hizo portavoz del descontento y convocó (6 de enero de 1826) una conferencia populista en el monasterio de San Francisco, creando una fuerte tensión con las instituciones gubernamentales —Congreso y Cabildo— pues ello suponía la violación de la constitución de Cúcuta y la inevitable toma por Páez del mando militar en la ciudad de Valencia. La segunda cuestión fue la convocatoria de la Asamblea de Panamá (1826) para conseguir la unión continental que debía mantenerse entre las repúblicas mediante una Confederación. La unión era para Bolívar el mejor remedio contra la anarquía. No consiguió, tras la convocatoria, respuesta unánime, quedando reducida la participación a Colombia, México, Perú, Chile y las Provincias Unidas de Centroamérica. El resultado principal de la Asamblea de Panamá fue demostrar la posibilidad de contraste de opiniones políticas, de modo que pudiesen fortalecer los vínculos y relaciones fraternales de las naciones que van apareciendo en el tejido histórico de Iberoamérica.

El edificio pensado por Bolívar concluyó cuando acabó la guerra. Ruptura con Páez, con Santander, con la aristocracia limeña que consiguió la anulación de la Constitución bolivariana. El edificio republicano construido por el Libertador se resquebrajaba. Los intentos por mantenerlo fracasaron en la Convención de Ocaña, donde la oposición que, sin serlo, se llamaba democrática, caracterizaba el otro polo, representado por Bolívar, la dictadura. El pronunciamiento de Bogotá hizo que Bolívar asumiese plenos poderes, prácticamente dictatoriales, lo que condujo a la rebelión colombiana contra su dictadura pretoriana. A ello se añadió la invasión del ejército peruano del general-presidente La Mar; la rebelión del general de su máxima confianza, José María Córdoba, como consecuencia del rencor. Bolívar, ya gravemente enfermo, presentó su dimisión ante el Congreso colombiano e inició su retirada con la idea de hacer un último viaje a Europa, cosa que tampoco pudo cumplir. Acompañado de un reducido número de amigos y ayudantes inició el lento descenso del río Magdalena recibiendo constantemente noticias de la fragmentación de la América española, la muerte de su más directo colaborador en la guerra, el general Sucre, y la disidencia de Venezuela, minaron más, si cabe, su delicada salud. A las doce de la mañana del día 17 de diciembre de 1830 murió en la finca de recreo del hidalgo español Joaquín de Mier en San Pedro Alejandrino, cura de Santa Marta.

 

Obras de ~: Colección de documentos relativos a la vida pública del Libertador de Colombia y del Perú, Simón Bolívar, para servir a la historia de la independencia de Suramérica 1826-1830, compilada por Cristóbal de Mendoza, Francisco Javier Yanes y Antonio Leocadio Guzmán, Caracas, Imprenta de G. F. Devisme, 1826, 22 vols.; Documentos para la historia de la vida pública del Libertador de Colombia, Perú y Bolivia, compilada por José Félix Blanco y Ramón Azpurcía, Caracas, 1875- 1877, 14 vols.; Simón Bolívar, obras completas, comp. y notas de V. Lecuna, con E. Barret de Nazaris, La Habana, Editorial Lex, 1947; Discursos, proclamas y epistolario político, ed., pról. y notas de M. Hernández Sánchez-Barba, Madrid, Editora Nacional, 1975; Obras completas, Caracas, Universidad Simón Rodríguez, 1975; Doctrina del Libertador, pról. de A. Mijares (compil.), notas y cronología de M. Pérez Vila, Caracas, Ayacucho, 1976; Simón Bolívar fundamental, compil. por G. Carrera Damas, Caracas, Monte Ávila Editores, 1992-1993.

 

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Mario Hernández Sánchez-Barba


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José de San Martín, http://dbe.rah.es/, por José María Gárate Córdoba

José de San Martín | Real Academia de la Historia 
http://dbe.rah.es/biografias/14659/jose-de-san-martin 

José de San Martín

Biografía

San Martín, José de. El Libertador. Yapeyú, Corrientes (Argentina), 25.II.1778 – Boulogne sur Mer (Francia), 17.VIII.1850. General argentino, caudillo de la emancipación de América del Sur.

Nacido el 25 de febrero de 1778, en el pueblo de Yapeyú (Corrientes), capital de su departamento y uno de los cinco en que se dividió el gobierno de los guaraníes, organizado por misioneros y mártires. Era el quinto y último hijo del ayudante mayor Juan de San Martín, teniente gobernador de la provincia, y de Gregoria Matorras, casados en Buenos Aires, pero ambos palentinos, él de Cervatos de la Cueza y ella del próximo Paredes de Nava. En 1781, se trasladó la familia a Buenos Aires y, destinado el padre a España, llegaron a Cádiz el 23 de marzo de 1784 con cinco hijos, el menor José Francisco, de seis años.

La niñez de José de San Martín se marcó por la ausencia de los jesuitas, expulsados de su Misión de Yapeyú y de su Colegio de Málaga, cuyo local ocupó la escuela civil a la que asistiría. Aprendió en Buenos Aires a leer y escribir, durante el largo año que la familia vivió en Madrid, esperando destino y el padre se quejó en sus instancias del año perdido, con sus hijos "sin educación ni carrera".

Luego, durante casi siete años, José iría en Málaga a la escuela gratuita de las Temporalidades, sucesora del Colegio jesuítico de la calle de la Compañía. Los alumnos admiraban su precoz inteligencia, su excelente caligrafía, visible a los once años en la instancia de ingreso al Ejército, y dotes para el dibujo, la natación y la equitación, entonces normal en Málaga.

Desde los seis años hasta los trece, vivió José en la sencilla casa paterna y en el rudo cuartel de aquella Málaga de cincuenta mil almas, alegre y movida cara al mar. Su cristiana castellanía recibió influjos del fatalismo oriental, arábigo o bereber, y de puertos exóticos, que contribuyeron a su vigorosa personalidad.

Por entonces llegó de Lima a Cádiz, con los cuadros de mando incompletos, el Regimiento de Infantería de Soria, "El Sangriento", donde fueron "cadetes de cuerpo" sus hermanos mayores. Hubiera querido don Juan que José se les uniese al año siguiente, con los doce exigidos a hijos de oficial; al no haber plaza, el 21 de julio 1789 fue admitido cadete del Regimiento Murcia, con plana mayor en Málaga.

Aquel año el Ejército entraba en transición. Con la pujanza de la burguesía, las nuevas ideas limitarían el clasismo. Las ordenanzas de 1768 advertían al oficial que su "nacimiento no debía granjearle esperanzas para el ascenso". El saludo de San Martín, también reciente, era con la "gorra de sombrero", casi mitra sueca, que sustituyó al "sombrero acandilado" —de tres picos, flexible y estrechado en candil— y la marina bandera roja y gualda desde 1785, popularizaría en el sitio de Gerona, y la vería José, como oía la marcha real, aún "marcha granadera", que desde 1761 alternaba en infantería con "la fusilera".

No fue cadete cinco años, como sus hermanos, lo normal, sino menos de cuatro, tal vez por la campaña. Viviría en su casa —era permitido— y su alma militar se forjaría en el espíritu y la letra de las "sabias ordenanzas", norma de vida del soldado y el oficial, que se las haría comprar a su ingreso el "maestro de cadetes".

Llevaría San Martín cerca de catorce meses en filas, aún sin cumplir trece años, cuando fue en un destacamento a Melilla. Debió partir de Málaga en septiembre de 1790, cuando el sultán de Marruecos, Muley Yasid, declaró la guerra. Pese a su corta edad, dadas sus cualidades, se le consideró útil para el servicio.

En las siete semanas de destacamento melillense, San Martín no hizo más que aprender, navegando en su batallón, ida y vuelta de Málaga a Cartagena y a Mazalquivir hasta el 7 de mayo de 1791, ya con trece años de edad y dos de cadete. Al fin a Orán, que, asolado por un terremoto en octubre anterior, dio ocasión al bey Mascara para sitiarlo con abundantes fuerzas. Llegó el II Batallón el 25 de junio y el 28 empezaron treinta y tres días de ataques. Allí fue el bautismo de fuego de San Martín, granadero por diestro en lanzamientos. El 30 de julio de 1791 se entregó la plaza, aunque el Batallón permaneció siete meses más, hasta el 27 de febrero de 1792, en que abandonó Orán, cuando José cumplía catorce años con buena experiencia acumulada.

El 21 de septiembre, proclamada la República en Francia, el Murcia navegó desde Cartagena al puerto de Los Alfaques, y por jornadas ordinarias, recorrió José unos 190 kilómetros hasta Villafranca del Panadés, al suroeste de Barcelona. De allí, otros 250 hasta Zaragoza, donde el 1 de diciembre quedó su Plana Mayor. Por buen tirador, en Seo de Urgel se incorporó a los cazadores del capitán Corts. En unos dos meses, aún cadete, anduvo casi 600 kilómetros con armamento y equipo. Aprendió a vivir en alta montaña por los valles de Arán y Tena. Su regimiento, el Murcia, fue de los que formaron la agrupación de maniobra del Ejército Pirenaico Central, del príncipe Castellfranco.

Cuando la Convención, declaró la guerra a España el 7 de marzo de 1793, el general Ricardos invadió el Rosellón con el Ejército Oriental. Con el Murcia, en el Central, protegiendo Jaca y el valle del Tena, intervino San Martín en un combate cerca de la venta de Brouset, y el 19 de junio recibió el despacho de segundo teniente. Tenía mando en su cuarta compañía y quince años de edad, cuando el Murcia fue a reforzar el Ejército de Ricardos, el más avanzado, teniendo que, volver a la Seo, para su larga marcha de montaña casi hasta Figuras y, tras la frontera, combatió en Creu del Ferr y Tour de Batere.

Las tropas de Ricardos, únicas en otoño de 1793, rechazaron a las de Dugommier, con fuertes pérdidas en Truillas, donde el Murcia venció en cinco encuentros, desde Mount Boulou hasta dos combates de Banyuls, el segundo con más de dos mil bajas francesas. En marzo de 1794 muerto Ricardos, el conde de La Unión mandó replegarse, el regimiento de San Martín, aún combatió del 3 al 27 de mayo, en Port Vendres, y luego en Puy des Dames y Collioure. Al capitular su general, Navarro, el Murcia fue prisionero a Barcelona, comprometido a no empuñar las armas hasta la paz.

En julio de 1794 San Martín fue primer subteniente y en mayo de 1795, segundo teniente. A lo dos meses firmó Godoy la Paz de Basilea, y se le nombró príncipe de la paz de Basilea, mal abreviado en príncipe de la Paz, que era exclusivo de Jesucristo. San Martín recobró su hipotecada capacidad de lucha.

El 27 de febrero de 1801, España declaró a Portugal la guerra llamada "de las naranjas" para la que el Murcia embarcó en la Santa Dorotea, que el año 1797 caboteaba la costa norteaficana. San Martín actuó en la captura de un jabeque en el cabo Falcón y en un combate cerca de Almería. La hoja de servicios cita su quinta campaña, primero en aguas de Toulón y al fin junto a Cartagena, contra el navío inglés Lión, que al fin apresó a la Santa Dorotea, y trasladó su tripulación a un bergantín de la república de Ragusa, que les desembarcó en Mahón en julio de 1798. Desde entonces los datos de San Martín son oscuros, se dice que volviendo a España como "prisioneros juramentados", a él y otros, les llevaron a Londres, donde quizá se viesen con las primeras logias americanas.

También consta en su hoja que el 19 de mayo de 1801 actuó como oficial del Murcia en la acción de Campo Mayor y que, a fin de año, yendo al mando de un destacamento de recluta, cerca de Valladolid, unos bandidos le robaron la caja militar con 3350 reales de vellón, quedando con graves heridas en el pecho y una mano, saliendo sin tacha del expediente que por ello se abrió el 6 de enero de 1802, mientras él actuaba en el sitio Gibraltar.

La brillante carrera que presagiaban sus méritos en los Pirineos inició su declive el 8 de mayo al fracasar la flotilla, por los siete años y medio prisionero juramentado, más la inocua guerra de Portugal y la afrenta administrativa por su encuentro con los bandidos, dura lección en aprendizaje militar.

José de San Martín llegó a Cádiz el 26 de diciembre de 1802, a raíz de su ascenso a segundo teniente, destinado al nuevo Batallón de Infantería Ligera de Voluntarios de Campo Mayor. En él se distinguió por su actividad humanitaria en la peste de 1804; el 2 de noviembre ascendió a capitán segundo, asistiendo a los preparativos y resultados de la batalla de Trafalgar. Allí recibiría ecos de los sucesos de Hispanoamérica, en contacto con las logias de inspiración británica, con noticias de la transformación de las juntas revolucionarias americanas, noticias que le irían interesando por la político-militar argentina.

En noviembre de 1807 formó parte de la desorganizada expedición a Portugal y al regresar a Cádiz se enteró del motín de Aranjuez y vivió su tragedia inicial de la Independencia, cuando el 26 de mayo de 1808, la Junta Revolucionaria exigió alzarse contra los franceses al gobernador de Cádiz, general Solano, quien estudiando el caso con sus generales, publicó un indeciso bando que soliviantó al pueblo, moviéndole a ir hacia Capitanía, San Martín, que estaba en casa de Solano, veía desde allí la guardia, que era del Campo Mayor, su batallón, al ver el cariz del pueblo llegando la plaza, debió absorber el mando del teniente de guardia, al que la tropa obedecía mal, y disparaba al aire al mandarle hacer fuego.

Solano se vio perdido y huyó por azoteas, hasta una casa próxima, y mientras San Martín, pugnaba por defender la puerta, los sublevados entraban en Capitanía por la de cocheras. Descubierto Solano el gentío le llevó hasta la plaza y le dio muerte. Algunos, confundiendo a San Martín con el general, muy parecido, iban a lincharle y no le lincharon por ocultarle un amigo, logró incorporarse en Ronda a su Batallón.

Era ya un experto capitán de treinta años, con temple palentino y ceceo malagueño, que hasta el 29 de mayo de 1808 actuó como ayudante del Batallón de Campo Mayor, a las órdenes del general Francisco Solano, marqués del Socorro, a quien conoció en Orán y en el Rosellón y, criollo como él, pronto obtuvo su aprecio, siendo su capitán de guías en la Guerra de las Naranjas. San Martín le recordó toda su vida llevando en su cartera el retrato de quien había sido su compatriota, jefe protector, amigo y acaso hermano de logia.

La Junta de Sevilla le nombró instructor de tropas en Jaén, pero al organizarse las unidades militares, volvió a su Batallón de Voluntarios de Campo Mayor, encuadrado ya en el Ejército de Andalucía del teniente general Castaños, que el 20 de junio inició sus operaciones con treinta y cinco hombres en tres divisiones mandadas por los generales Reding, Coupigny y Jones, y los destacamentos de flanqueo de Valdecañas y de la Cruz Mourgeón.

Castaños creó para Coupigny, una agrupación volante, de choque, al mando de Cruz Mourgeón, teniente coronel del Campo Mayor, formada por una compañía de su Batallón, otras de a pie y varios escuadrones. Para una operación de caballería, dio la vanguardia el capitán San Martín, experto jinete, a quien el 23 de junio, ordenó Mourgeón explorar el terreno, y San Martín, cerca de Arjonilla, organizó en cabeza veintiún húsares de Olivenza montados y caballería de Borbón, y detrás, cuarenta y un infantes del Campo Mayor.

La noche de San Juan, a las tres, San Martín inició en la oscura Aldea del Río un avance lento, que seguían los de a pie; y al verse el perfil del camino, destacó dos húsares a exploración, que vieron caballería en retirada. Mourgeón ordenó atacar, pero el enemigo ya lejos, hizo atajar por una trocha sobre el camino de Andújar. San Martín con los húsares, cargaron sobre una línea de caballería de la guardia imperial, formada en batalla ante unas casas de posta El parte de Mourgeón decía el 23 de junio decía: "Este valeroso oficial atacó con tanta intrepidez, que logró desbaratarlos, dexando en el campo diez y siete dragones muertos y cuatro prisioneros; emprendiendo la fuga el oficial y los restantes soldados, con tanto espanto que arrojaban sus morriones. Por nuestra parte herido leve un Cazador, pese a descargas de tercerolas y pistolas".

Fue la primera victoria española de la guerra y el primer mando de San Martín. El parte se hizo bando y edicto pregonado en las esquinas, con la sarcástica apostilla: "Los que así huyen son los vencedores de Jena y Austerliz". A Austerlitz le faltaba una "t". Se concedió a las tropas un escudo, boceto de San Martín, buen pintor, él ascendió a primer ayudante a las órdenes de Coupigny, y agregado a la caballería de Borbón, pues el cargo era de jinetes.

El capitán San Martín continuó en la agrupación de vanguardia de Mourgeón. Consta como desde el 27 de junio, A los cuatro días de Arjonilla era ya ayudante primero y el 7 de julio agregado al regimiento de Caballería de Borbón, como ayudante de campo de Coupigny, con misiones del aún inexistente Estado Mayor, De sus acciones en la complicada batalla de Bailén, da idea el informe del general Reding a Castaños sobre su jefe, Coupigny: "En la dirección de los movimientos contribuyó al acierto, eligió los cuerpos y acudió con ellos a los puntos más vivos de los tres ataques generales, y con sus conocimientos y valeroso ejemplo, proporcionó los felices resultados".

Así se reconoció en su grado de teniente coronel, distinguido el día 11 en el cruce del Guadalquivir; el 13 en el del río Salado; el 14 y 15 en los combates de Villanueva de la Reina; el 16 al levantarse el campo para marchar a Menjíbar, el 17 por los combates allí y el 18 y 19 por los de Bailén. Como ayudante asistiría con Coupigny, al encuentro de Reding con Dupont, donde hubo de observar y aprender, como demostró después: En el combate de San Lorenzo aplicaría su experiencia de Arjonilla al campo raso; en los Andes, la de las cumbres pirenaicas y en Chacabuco, la de la batalla clásica que vio y practicó en Bailén.

No consta una actuación masónica de San Martín en Cádiz; en 1810 sólo la logia "Lautaro" trataba de la emancipación americana, vinculada con "La gran Reunión Americana", su matriz de Londres. De la "Lautaro" argentina quedan aún enigmas. Dos años antes de morir, el 11 de septiembre de 1848 escribía desde Boulogne al general Ramón Castilla declarando: "Una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos... resolvimos regresar cada uno a al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha, pues calculábamos se había de empeñar." El 2 de septiembre de 1811 solicitó la baja en el ejército y pasaporte a Lima bajo el nombre de José Matorras, con intención secreta de ir a Buenos Aires Cuando dijo adiós a Cádiz, se despidió también de España. Esa llamada "traición" de San Martín, no se explica por "la voz de la sangre", cuando hijo de palentinos, el menor de cinco hermanos, salió de América, con cinco años, y sólo a él le "hirvió su sangre criolla". El motivo está en "el glorioso desencanto", la injusticia profesional con los méritos del padre, oficial "de tropa" muerto con sueldo de teniente; y con él, "cadete de cuerpo" por "hijo de americano" (militar en América), que fue postergado. Alfredo Villegas, el gran historiador sanmartiniano, vio en el Archivo de Simancas —y murió poco después— una lista de ascensos, con San Martín a teniente coronel efectivo, cuya noticia se cruzaría con su salida de Cádiz en glorioso desencanto.

El día 14 zarpaba a Londres, donde permaneció cuatro meses, en los que se supone que renovó los contactos con la logia iniciados en Cádiz. El 19 de enero de 1812 embarcó con otros "patriotas" americanos en la fragata George Canning rumbo a Buenos Aires. Llevaba una biblioteca con 126 títulos en 430 tomos, muchos prohibidos en España, acaso regalo de "ilustración" inglesa a Hispanoamérica. De ellos, en francés 83 y 126; militares 48 y 84, en español, 25 de los 48 y 30 de los 84. Llama la atención lo absurdo de estar en francés los 11 tomos de las Reflexiones Militares, de Santa Cruz de Marcenado, el clásico texto militar español de entonces.

Llegó a Buenos Aires el 9 de marzo de 1812 y ocho días después ofreció sus servicios a la Junta Gubernativa, donde, según su carta "todos los vocales menos uno, le recibieron con una desconfianza muy marcada". Siete días después, el 16, se incorporó al Ejército de la Revolución de Mayo y el Triunvirato le reconoció el grado de teniente coronel de Caballería. Le aceptaron formar un primer escuadrón de Granaderos a Caballo, cuerpo de aparente antítesis, ya iniciado en España en 1735 con la "Compañía de Granaderos a Caballo del Rey", con variantes de los Dragones de fines del siglo xviii. San Martín llegó a organizar con ellos un regimiento de tal nombre, en largo período de instrucción. El 12 de septiembre de 1735 se casaba con María Remedios de Escalada, el 8 de octubre actuó en la revolución que derrocó al Triunvirato, y el 7 de diciembre, ascendido a coronel, se le nombró jefe del ya instruido Regimiento de Granaderos.

El 3 de febrero de 1813. vencía a los realistas en San Lorenzo, combate de pequeña entidad, llamado "batalla" por ser la primera victoria contra los realistas, éxito semejante al de Arjonilla, famoso por su bando como éste por su himno, casi nacional: "Son las huestes que prepara/ San Martín para triunfar en San Lorenzo". Buenos Aires le envió al pueblo de San Lorenzo con sus Granaderos a caballo que, a marchas forzadas, esperaron a los realistas ocultos tras el convento de San Carlos y les vencieron, teniendo sólo ocho bajas. A San Martín, con la pierna presa por su caballo muerto, le salvó de morir el sargento Cabral con heridas mortales.

El 1 de junio de aquel 1813, moría en Orense Gregoria Matorras, madre de José Francisco, al que empezaban a llamar "El Libertador".

El general Belgrano, jefe del Ejército del Norte, vencedor en Tucumán y Salta, al ser vencido en Vilcapugio y Ayohuma, al retroceder a Salta para reorganizarse, el gobierno le envió refuerzos con el coronel San Martín, a quien luego dio el mando de aquel Ejército el 29 de enero de 1814, con cuartel general en Tucumán, donde planeó el proyecto del paso los Andes para liberar Chile y Perú. Cuando estaba entregado de lleno a organizar las tropas, se le agravó una enfermedad latente y hubo de pedir licencia, yendo a reponerse a la sierra de Córdoba.

En septiembre de 1814 se le nombró gobernador intendente de Cuyo y tuvo que acoger allí a los patriotas que buscaban refugio después de la derrota sufrida en octubre de ese mismo año en Rancagua. Con el apoyo del nuevo director supremo, Carlos de Alvear, a quien conoció en Cádiz, organizó un ejército con los refugiados, cuando el Congreso de Tucumán el 9 de julio de 1816 concedió la independencia a las Provincias Unidas del Río de la Plata. El director supremo Juan Martín de Pueyrredón le nombró general en jefe del Ejército de los Andes, al que durante dos años instruyó en Mendoza, en el campamento del Plumerillo, preparando la invasión de Chile. Desde allí inició el paso de los Andes el 18 de enero de 1817 con 5.200 hombres que, con en marchas forzadas los atravesaron durante veinte días.

No puede compararse con él, el paso de los Alpes por Aníbal, César, Alejandro y Napoleón, no puede compararse con el de los Andes por San Martín, ni por el obstáculo, ni por las circunstancias. Las tropas de San Martín franquearon alturas de 3200 a 4200 metros en ruta máxima 745 y mínima de 380, por zonas casi desérticas, clima riguroso, sin poblados ni refugios, y difíciles desfiladeros en la frontera con Chile; mientras que Napoleón no subió a más de 2500 metros, con recorrido máximo de 280 kilómetros y mínimo de cien, con algunas zonas fértiles y pobladas.

Los Andes sólo podían pasarse desde finales de diciembre a principio de febrero, por la inmovilidad que exigen las tierras inhóspitas en temporales de nieve y viento, marchando a veces de noche, mal abrigados y alimentados, con dificultad extrema para transportar la artillería. Sólo de "puna", mal de montaña, murieron unos trescientos soldados. Destaca la previsión y desarrollo operativo de San Martín, que con deficiente de cartografía, condujo sus columnas, casi sincronizadas, por seis rutas muy dispares: Planchón; Portillo; Guana; Comecaballos; La Cumbre y Los Patos, hasta reunirlas en Chile, casi en la fecha prevista, para ayudarse si era necesario, como así ocurrió.

Cuando el 12 de febrero de 1917, tras la ardua hazaña, las tropas de San Martín y el general chileno O'Higgins, bajando de las montañas de Chacabuco, entraban al valle próximo a la capital, cortaban el paso unos mil quinientos realistas al mando de Rafael Maroto, que rechazaron y contraatacaron un ataque de O'Higgins. Al atacar San Martín hizo retirarse al enemigo con grandes pérdidas. La victoria de Chacabuco restableció la libertad en Chile y pasados dos días, San Martín entraba triunfador en Santiago. Tres días después se reunían allí una comisión de notables proponiendo como gobernante al Libertador, pero San Martín declinó tal honor en el brigadier chileno Bernardo O'Higgins, que llevó el título de director supremo.

Entonces el Cabildo de Chile premiaría al vencedor de Chacabuco con 10.000 pesos, y San Martín, al rehusarlos, propuso fundar con ellos una biblioteca nacional "para que el pueblo se ilustrase en los sagrados derechos que forman la esencia de los hombres libres".

Reacción de los realistas el 19 de marzo de 1818 venciendo a los patriotas en Cancha Rayada, pero el 5 de abril, al mando vencieron éstos, al mando de San Martín, en la batalla de Maipú, de gran trascendencia, no sólo militar, pues al confirmar la independencia de Chile repercutió en todo el continente, despertando buenos augurios su influencia en la política europea.

Seguro ya Chile, San Martín organizó con tropas argentinas y chilenas el Ejército Libertador del Perú, con el que se trasladaría al Perú y para complementarlo creando una escuadra en el Pacífico, regresó a Buenos Aires. Viendo allí una situación de práctica guerra civil entre el poder central y las provincias, se negó a emplear sus tropas en ella, y volvió a Chile en el otoño de 1817, cuando empeoraba su salud, retrasando hasta 1820, la campaña de Perú. Con el apoyo de la flota que mandó el escocés lord Cochrane, los patriotas lograron controlar toda la costa del Pacífico, desde el estrecho de Magallanes hasta el Perú, estrechando el cerco a las tropas realistas.

Desembarcó en la bahía de Paracas el 8 de septiembre de 1820, anunciando a los peruanos que llegó la hora de su liberación. Al iniciar la campaña negoció una paz con el virrey absolutista Joaquín de la Pezuela, y en 1821 firmó el Pacto de Punchauca con el nuevo virrey, el liberal José de la Serna e Hinojosa, acordando la independencia de Perú, el establecimiento de una regencia de tres miembros y el envío de representantes a España, ofreciendo el trono a algún príncipe de la familia real, pero los oficiales realistas no aceptaban ese acuerdo. Reanudada la lucha, se coronó el 10 de julio de 1821, entrando San Martín en Lima, de incógnito y al atardecer, evitando alardes inmodestos, y demorando hasta el día 28 proclamar la independencia en la plaza mayor.

San Martín gobernó como protector de la libertad del Perú desde el 3 de agosto de 1821 hasta el 20 de septiembre de 1822. Creó el ejército, la marina de guerra, las instituciones del país, su bandera y su himno. Fundó la Escuela Normal y la Biblioteca Nacional, donándole la suya; decretó la libertad de los negros hijos de esclavos y eximió de tributos a los indígenas. Convocó un Congreso Constituyente que acabase con las discrepancias entre líderes y marchó a Guayaquil a entrevistarse con el otro general Libertador, Simón Bolívar, que estaba en Ecuador.

En la entrevista, el 26 de julio de 1822, los Libertadores trataron de la situación del continente, el régimen de Perú y la situación de Guayaquil: su independencia, pertenecer al Perú o integrarse en la Gran Colombia, como resultó al fin. San Martín, era partidario de una monarquía en Perú, pero al oponerse la burguesía limeña, optó por un Congreso Nacional, ante el que, en septiembre de 1822, pronunció un discurso de talla heroica resignando sus poderes en él, como expresión del pueblo soberano, pero, en realidad, quedando en Bolívar los asuntos del país.

San Martín abandonó enseguida la sala del Congreso para descansar unas horas en su quinta antes de ir a Chile, Le visitó un grupo de diputados ofreciéndole, entre otros títulos, el de generalísimo y fundador de la libertad del Perú, lo que aceptó como honor, no con autoridad en el Ejército. El 20 de aquél mes, yendo a Valparaíso, enfermó gravemente y quedó en Mendoza del 4 de febrero al 20 de noviembre de 1823 en que salió para Buenos Aires al saber la muerte de su esposa. Al llegar allí en diciembre, un ambiente hostil le atribuía absurdos proyectos. Decidiendo educar a su hija en Europa, embarcó con ella en febrero de 1824, aún con la salud quebrada.

Permaneció algún tiempo en Gran Bretaña y Francia, y al fin se instaló en Bruselas. En 1827 por la guerra con Brasil, ofreció sus servicios al gobierno argentino, y en 1829 quiso mediar en las tensiones entre centralistas de la capital y los federalistas de provincias, a quienes siempre se opuso, viajando a Buenos Aires, pero dado el mal ambiente político, sin desembarcar, volvió a Europa.

Durante largo tiempo vivió en Bruselas con decoro y escasos recursos. A comienzos de 1831 reanudó en Francia la vieja amistad del banquero Alejandro Aguado, marqués de las Marismas del Guadalquivir, que le invitó a instalarse en París, fue su benefactor y murió en 1842, habiéndole nombrado su albacea. En 1844 adquirió la casa de Grand Bourg, donde vivió hasta 1848, en que el agitado ambiente le movió a unirse a su familia a Boulogne sur Mer, dispuesto a ir a Inglaterra si lo aconsejase la inseguridad.

Mantuvo relación epistolar con el mariscal Castilla, presidente del Perú, que le invitaba a "pasar allí tranquilo el último tercio de su vida". Cuando dudaba de ir, murió en Boulogne el 17 de agosto de 1850, teniendo a su lado, su hija Mercedes y sus dos nietas, el enviado de Chile en Francia y el médico, doctor Jordán. Al trasladar sus restos a Buenos Aires, en 1880, se depositaron en un mausoleo de la Catedral, con símbolos de Argentina, Chile y Perú.

Mientras tanto, aún se mantiene la vieja pugna entre su posible adscripción a las sectas y su manifiesta devoción religiosa, como se considera misteriosa la entrevista de Guayaquil con su inexplicable sometimiento a Bolívar.

 

Bibl.: J. M. Gárate, El glorioso desencanto del capitán San Martín (inéd.); B. Mitre, Historia de San Martín, Buenos Aires, Editorial Anaconda, 1950; R. I. Gómez Carrasco, El general José de San Martín, Buenos Aires, Peuser, 1961; D. S. Sarmiento, Vida de San Martín, Buenos Aires, Emecé, 1964; C. A. Salas, El general San Martín y sus operaciones militares, Buenos Aires, Editorial Instituto Nacional Sanmartiniano, 1976; P. Otero, Historia del Libertador Don José de San Martín, Buenos Aires, Círculo Militar, 1978; D. Ramos Pérez, San Martín, el libertador del Sur, Madrid, Anaya, 1988 (Biblioteca Iberoamericana); A. Lago Carballo (coord.), Vida española del general San Martín, Madrid, Instituto Español Sanmartiniano, 1994; A. Pérez Pardella, El Libertador cabalga, Buenos Aires, Desarrollo Editorial, 1994; A. Henniti, San Martín y los libertadores de América, Madrid, 2000.

 

José María Gárate Córdoba

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