lunes, 1 de junio de 2020

Madre María Manuela de la Ascensión Ripa (1754-1824),OP oráculo místico dela resistencia realista en Arequipa

Madre María Manuela de la Ascensión Ripa (1754-1824),OP oráculo místico de la resistencia realista en Arequipa[1]

José Antonio Benito

En el face de la comunidad dominica de Santa Catalina de Arequipa se habla de ella y se presenta como "venerable" a quien se le reza y pide favores: "Monja Dominica de Arequipa, de virtudes notables de la cual se tienen cartas que escribió a su confesor., el R.P Fray Elías Passarell escribió la obra titulada "Vida y doctrina de la venerable madre sor María Manuela de la Ascensión Ripa y de otras religiosas que florecieron en el monasterio de Santa Catalina de la ciudad de Arequipa". De esta religiosa se conservan en el monasterio, dos pinturas de su rostro. Quiera Dios que pronto la honremos en los altares a una verdadera religiosa que siguiendo el ejemplo de la beata Ana de los Ángeles en procurar la observancia del monasterio y rezar por toda la humanidad".

La imagen que presentamos está tomada del retrato post mortem que figura en sala De Profundis con el rótulo "berdadero retrato de la madre sor Maria Manuela de la Asención y Ripa. Murió el dia 4 de junio de 1824".

Si el sacerdote P. Mateo Cosío encarna al doctrinario fidelista y José Gabriel Moscoso al militar defensor de la Corona en el campo de batalla, la madre María Manuela de la Ascensión Ripa, representa a la mística profética que sacraliza el discurso político-realista arequipeño con la coherencia y fama de su vida. A tanto llegó que aun a fines del siglo XX se corría como leyenda que en tiempos de la Independencia ella se enteraba de los resultados de los combates antes de que llegasen los correos. Ella misma nos dejó un epistolario y algunos escritos espirituales, donde plasmó sus visiones extáticas, así como algunos juicios históricos y políticos.

A pesar de su popularidad, a la fecha sólo se cuenta con lo aportado por Pedro José Rada y el P. Elías del Carmen Passarell (1839-1921), quien, en una nota a pie de página de su biografía de sor Ana de los Ángeles Monteagudo, confiesa haber "extractado" sus escritos y preparado una biografía de la madre María Ripa, que anhelaba ver publicada. "extractando las noticias de las cartas de la Madre Ripa a su confesor: empleando cuatro años; y esta es la obra que más trabajo nos ha costado, por ser mala letra, por estar los originales muy deteriorados y llenos de errores ortográficos. La obra no deja de ser muy curiosa e interesante y digna de ser leída. ¡Quiera Dios que se imprima cuanto antes!"

María Manuela Ripa y del Rivero nació el 22 de junio de 1754, en San Pedro de Aplao, en el valle de Majes, doctrina perteneciente entonces al obispado de Arequipa. Fueron sus padres Antonio Ripa y Juana del Rivero; sus hermanos: María Valeriana Ripa, Manuela Joseph, Augustina Castro Rivero (hermanastra de la Madre, nacida diez años antes que ella) y Juan Antonio Luis (nacido en 1759 y que posiblemente no sobreviviera).

Tomó hábito, ya con su nombre de religión María Manuela de la Ascensión, el 29 de julio de 1781 (cuarenta años exactos antes de la proclamación sanmartiniana de la independencia del Perú en Lima) y profesó al año siguiente, el 6 de octubre de 1782. Había renunciado a su herencia en favor de sus hermanas Valeriana Ripa y Augustina Castro un día antes.

Fue priora del monasterio de Santa Catalina de Arequipa, monja de velo negro, y murió el 4 de junio de 1824 poco antes del rezo del ángelus de mediodía, viernes. En la tradición conventual se guarda la memoria de haber tenido gran espíritu de oración y contemplación. Sus cartas hablan de gran e intensa unión mística y espiritual con Dios, su gran devoción a la Virgen Santísima y a los Santos Ángeles. Con toda su comunidad, prometió solemnemente por escrito en el año 1822 trabajar por la causa beatificación y canonización de la madre Monteagudo, a quien le tenía mucha devoción y quería verla honrada en los altares

El historiador Pedro Rada y Gamio en su biografía sobre Melgar[2] refiere algunos conceptos referidos en sus cartas acerca de la agitación entre los criollos a favor de la independencia y los múltiples argumentos con los que pretendían defenderla. Parece ser que de todo esto se enteraba la madre "en el locutorio [donde] mantenía conversaciones pertinentes con diversos sujetos". Las razones van desde la teoría de la usurpación del reino por parte de España y de la prescripción de esta usurpación, pasando por la supuesta religiosidad de los insurgentes de Buenos Aires y Chile, hasta profecías y visiones misteriosas de santa Rosa sobre la restauración de América por mano de los rebeldes. Hay también descalificaciones a los españoles, por su afán por enriquecerse y el hecho de que ellos mismos acabaron por traer la "herejía" separatista a América. De sus juicios místico políticos cabe resaltar su temor a que los patriotas traigan "un Emperador como Bonaparte y que se pierda la fe. Critica a los peninsulares y americanos que solo pensaban en adquirir honores y que se desentrañaban como la araña para subir de un puesto a otro. En visión intelectual, afirma, vio al Rey de España cerca del corazón de Dios y oyó que le decía: 'Hazte niño para entrar en mi reino'. Lo vio al Monarca, rodeado de buenos y malos consejeros y le anunció enviarle una carta de una indiana que quiere liberarlo de muchos males. En la carta anuncia al Rey el estado en que se halla su reino, le pinta su pobreza, anota que Dios descargaba sobre aquél [sic]; invoca la unión de los que luchan, obedeciendo al Monarca como legítimo gobierno para poner fin a la guerra. Los patriotas alegan derechos naturales, escribe, y esperan que Dios les ha de conceder el gozar del propio reino del Inca. Estima el caso oscuro, clama a Dios, que remedie la turbación de los entendimientos. He visto en la luz de Dios, exclama la sapiente Monja, amenazas de un borrascoso porvenir. Tiene luego una visión de gloria, la iglesia canta ese día el hosanna al que viene en nombre del Señor: contempló al Hombre-Dios repartiendo gracias desde Roma a toda la cristiandad, tuvo esperanza de que vendría[n] los arbitrios necesarios, de orden espiritual, para remediar el estado presente. En esa situación dilemática, entre seguir al Rey o seguir a los patriotas, la Madre Ripa se inclina a la causa del primero, a quien cree legítimo soberano. Se lamenta de la guerra, quiere la unión y la paz; teme, ante todo, por la fe católica, se desahoga en cartas con su director espiritual y espera en Dios". Narrar la procesión penitencial de la Virgen de la Asunción, patrona de Arequipa, a pedido suyo y con la ayuda del P. Mateo Joaquín de Cosío y otros eclesiásticos, en las angustiosas horas posteriores a la derrota del ejército del intendente José Moscoso y previas a la toma de la ciudad por parte del insurgente Pumacahua el 10 de noviembre de 1814. Acerca de su tendencia política dice que fue "goda resuelta, pero no empapó su pluma en la hiel de la injuria para los patriotas. Su alta preocupación era salvar la fe católica en el naufragio de las instituciones políticas […]. Han pasado los tiempos y en el templo de la reconciliación por la historia, Bolívar brilla en nuestro cielo por su genio incomparable y la Madre Ripa por sus excelentes virtudes".

Llama mucho la atención un dato que Pedro Rada y Gamio pone al finalizar su recuento En 2006 aparecieron algunos de los textos del epistolario de la madre María Ripa en un libro consagrado a estudiar manuscritos virreinales de religiosas[3]. Son tres cartas de la madre a su director espiritual, el padre Talavera, del 9 de mayo de 1821, del 12 de septiembre de 1822 y del 10 de agosto de 1822; la carta a Fernando VII que escribiera entre el 17 y el 19 de febrero de 1822 y, finalmente, un comentario del padre Elías Passarell sobre el anuncio de la madre de un castigo divino sobre España.

Rescatamos el parecer de la Madre que nos habla también del ambiente cultural que se vivía en los claustros, en particular su juicio sobre José de San Martín a quien consideraba como un nuevo Herodes, otro Atila:

"Ya están alucinando a las monjas haciéndolas creer que lo seguro es seguir a San Martín. Y que en España ya se descubre la herejía. Apenas hay cuatro monjas que quieran ir a España. ¿De dónde proviene esto? De que sujetos de letras están viniendo directamente a los locutorios y a las puertas a explicar mundanamente cuantos puntos heréticos traen las gacetas y cómo están comprendidos los principales sujetos de la clerecía, temiendo que les quiten las rentas. Todos defienden en público y sin temor lo cual hace que en los claustros esté ya la secta extendida. Unas mencionan a tal o cual sujeto, otras sin mentarlos dicen su parecer. Ayer se llegaron a mi cama, que está en el dormitorio y me dijeron: 'don fulano dice que San Martín tiene a su favor cincuenta mil hombres de los más principales, este sujeto es muy amigo de … es seglar'. No pude menos que contestarles, 'sí los tendrá, pero San Martín es un azote de Dios' ".

Ante las posiciones de sacerdotes simpatizantes de los insurgentes, que se congratulan con la toma de Lima por los patriotas, la madre María Ripa, escribirá que "San Martín, como otro Herodes, heredó de ese espíritu, piensa derrocar al monarca y como no es de familia real, solo hace la ostentación de ser americano y con este delirio trae a muchos en su seguimiento. Los entendimientos más agudos se hallan hoy confundidos entre las noticias de la España gobernada por la Junta, nuestro católico monarca precisado a ir con sus dictámenes por una prudencia que le inspira evitar mayores males […]".

Denuncia, por tanto, la ilegitimidad, la alianza con los ingleses y la "desmedida ambición" de una política liberal orientada meramente al crecimiento económico como contrarias a la justicia y, por tanto, incapaces de traer auténtico bienestar a las naciones americanas. Un temor frecuente en sus escritos es el "descubrirse la herejía en España", representada por la legislación anticlerical del Trienio Liberal y la agitación de tintes ilustrados, regalistas y jansenistas en ciertos sectores del clero. La desgracia principal de estas tendencias era tender a enmascarar la revolución y hacerla ver a la opinión pública criolla como protectora de la Iglesia: "Hoy les parece a todas que la fe está siguiendo a San Martín". Como se ve, la Madre no tiene pelos en la lengua a la hora de caracterizar a los patriotas; si a San Martín lo considera "otro Herodes" y un "azote de Dios", del otro gran libertador dirá: "sé de un hombre feroz llamado Bolívar".

Con todo, su gran preocupación es la Iglesia, y considera que el objetivo de la embestida revolucionaria es su destrucción y, a la vez, castigo y medicina para la humanidad: "Los hombres han olvidado a este gran Dios. Se hicieron merecedores de este diluvio de trabajos con que está castigando desde la prisión del sumo Pontífice, de la familia real de Francia y la de nuestro monarca el rey de España. Todos lo hemos visto cumplido con lo que la Santa Iglesia pidió a Dios diciéndole: Aquí quema, aquí corta, como no nos quites la fe como a otros reinos, no desampares a nuestros países".

De esta dimensión mística de la lucha contrarrevolucionaria nos habla la carta a Fernando VII del 19 de febrero de 1822, en la que, tras narrar la visión que tiene sobre su cautiverio y la invasión de España, varios años antes de que sucediese, describe su propia oblación: "El día de la Purificación de Nuestra Señora fui al coro y me dijo el Señor: Ayúdame a padecer por la Iglesia. Contesté que sí y al punto di un grito y caí en tierra. Me llevaron a la celda y esto fue mi prisión porque mandó la prelada que no volviese al coro para no perturbar el Oficio Divino".

Su vida y doctrina constituyen un testimonio de las connotaciones religiosas y místicas que revistió la guerra entre realistas e independentistas. Su mención a los "sujetos de letras" que en los locutorios del convento explican "mundanamente cuantos puntos heréticos traen las gacetas" revela el grado al que el debate político había llegado en los ámbitos urbanos del virreinato, penetrando, incluso, en la clausura de los monasterios y levantado allí también los ánimos. La cultura política y el discurso sagrado se entrecruzan, asimismo, con su gran temor: la herejía. Las alianzas inglesas de José de San Martín y el énfasis comercial y cosmopolita de los independentistas también parecen sublevar el espíritu tradicionalista de la religiosa.

Pero lo que más le angustia es la posibilidad de que la Iglesia sea perseguida y aniquilada en medio de las guerras revolucionarias como de hecho pensaban realistas católicos de la década de 1820. Así lo consideraban los iquichanos y el obispo José Sebastián de Goyeneche -único obispo que, junto al de Popayán, para 1825 permanecía en su diócesis en la Sudamérica hispánica- la defensa del Rey y la lucha anti insurgente estaban vinculadas de manera inextricable con la supervivencia y defensa de la religión.



[1]Los datos se basan en el face de la Comunidad dominica https://www.facebook.com/permalink.php?id=311173609469394&story_fbid=418608808725873 y en la obra de SÁNCHEZ-MARTÍNEZ, César Félix "En pos de una cultura política olvidada: El discurso sagrado de los realistas de Arequipa (1815-1824)" Historia (Santiago) vol.52 no.1 Santiago jun. 2019; https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0717-71942019000100217#fn76

 

[2] Pedro José Rada y Gamio, Mariano Melgar y apuntes para la historia de Arequipa, Lima, Imprenta de la Casa Nacional de Moneda, 1950

 

[3] Asunción Lavrin y Rosalva Loreto (eds.), Diálogos espirituales. Manuscritos femeninos hispanoamericanos. Siglos xvi-xix, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, 2006.

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domingo, 31 de mayo de 2020

La Virgen del Rocío del Perú (La Blanca Paloma). P. Alfonso Francia

La Virgen del Rocío del Perú

(La Blanca Paloma)

 

P. Alfonso Francia, sdb

 

La Virgen del Rocío se celebra en Pentecostés, se le llama también La Divina Pastora, La Blanca Paloma---); "almonteña" por ser del pueblo de Almonte, donde está el Santuario; las Marismas, tierras pantanosas que rodean al Santuario). El Rocío está a unos 70 kms. de Sevilla, cerca del Atlántico. Estos poemillas los hice sobre todo para Lima donde resido actualmente.

 

image

 

La Virgen del Rocío ya es ciudadana,

a un tiempo española y peruana.

Es guapa y morena, con aire de costa,

de sierra y selva, y vive muy cerca

de santa Rosa, Rosa de Lima,

A la gente alegra que sean vecinas.

La gente limeña le canta y reza,

igual que le canta la gente almonteña,

es que las Marismas son la Iglesia nueva,

que preside María en radiante espera,

de la nueva energía que traerá el Espíritu,

en forma de lenguas, en lenguas de fuego,

Que cantan y rezan, y griten al mundo

que Cristo está vivo, Cumplió su promesa.

 

Virgen del Rocío, Divina Pastora,

haz que siempre y todos desprendamos aromas,

aromas de vida, de paz y esperanza,

de amor y alegría, de fiesta y de pascua.

Tus hijos de España, tus hijos de Lima,

formamos la tuna que canta entusiasta

que eres Madre, Virgen pura, que eres vida,

eres dulzura, eres la llena de gracia,

Eres la puerta segura, la puerta en que nos aguarda

el Divino Pastorcillo que llevaste en tus entrañas,

y educaste como hijo: ¡que su Madre es la que manda!.

Mira a tus hijos de Lima, venimos a saludarte,

Y con tan solo mirarte, desbordamos de alegría.

Y con voz atronadora, todos juntos, y a porfía,

al unísono gritamos: ¡Viva la Blanca Paloma,

la Reina de las Marismas, Nuestra Divina Pastora,

que ha puesto su casa en Lima y bendice a todas horas!

¡Viva, viva, viva, viva, Viva la Blanca paloma!

La Virgen que me enamora la Virgen del Rocío es la Señora,

La que más entusiasma, la que más enamora,

lo mismito en Perú, que en su tierra española.

Quiero que sepas, quiero que sepas, mi Blanca Paloma,

que Perú te recibe como a su novia,

y que llenas de gracia y suavísimo aroma

al Perú de la selva, al Perú de la costa, al Perú de la sierra.

Y yo aquí, Señora, te rezo y te canto lo mejor de mi copla,

lo que ahora más siento, lo que más siento ahora:

Que tú eres mi encanto, que mi alma toda vibra por dentro.

 

Quisiera, Señora, tenerte a mi lado, siempre a mi vera,

para decirte guapa, y cantarte rocieras,

igual que las cantan, en Sevilla y Huelva.

Y quisiera gritarte a toditas las horas:

"¡Que viva el Rocío y la Blanca Paloma!

Peruana y limeña, la Reina y Señora,

la llena de gracia, que pone su casa,

y se hace vecina de Santa Rosa, Rosa de Lima.

Es pura y bella, siempre esperanza;

carne morena de peruana, que baila y canta,

igual marineras, que sevillanas, que rocieras,

Que el Rocío está siempre, donde está ella.

Las aves del cielo forman la tuna,

Que canta a la madre que nos acuna,

que nos hace familia, que nos llena de gracia y de alegría.

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martes, 26 de mayo de 2020

EL SENTIDO APOSTÓLICO DE LA ADORACIÓN. Dª. Nurya Martínez-Gayol Fernández, ACI.

EL SENTIDO APOSTÓLICO DE LA ADORACIÓN

Dª. Nurya Martínez-Gayol Fernández, ACI. "La dimensión apostólica de la adoración." Aula de Espiritualidad Pedro Fabro. 21/12/2017[1]

 

INTRODUCCION:

La adoración, hablar de la adoración hoy es complicad. La adoración pertenece a ese conjunto de términos, que a mí me gusta denominar, de términos difíciles, porque comprender su esencia y la realidad que palpita debajo de ello se ha convertido en algo complejo que nos exige taladrar muy hondo, ¿pero taladrar qué?

·         En primer lugar, las apariencias. En las apariencias lo que hay es una custodia, más o menos bella estéticamente, más o menos cara.

·         Taladrar también la realidad del grupo humano que está adorando que a veces nos puede atraer, podemos sintonizar con él, en otras ocasiones puede provocarnos rechazo.

·         También taladrar nuestro prejuicio, los que se deben a nuestra cultura, a nuestra experiencia personal, eclesial, la de cada uno, a las cosas que medio sabemos, o que medio sospechamos

·         Y, por fin, taladrar la historia para conocer el origen de esta palabra, para conocer cuál es la realidad a la que se refería originariamente, cuales son las vicisitudes históricas por la que esa realidad atravesó …y que fueron cambiándola y sin embargo seguimos utilizando la misma palabra para referirnos a ella.

El término adoración -y más el termino adoración referido a la eucaristía de la adoración eucarística- es uno de esos vocablos que tienen mucho que taladrar.

Vamos a rescatar una dimensión de esta realidad que posiblemente es una de las dimensiones que hayan sido más marginadas y más olvidadas a lo largo de la historia, incluso hoy y en los ámbitos donde se está intentando reactivar esta praxis de la adoración.

La idea de adoración en general nos habla de oración, de silencio, de reverencia, de reconocimiento de la presencia del misterio en medio de nosotros, en medio del mundo, encuentro con Jesús Eucaristía, como vivió el Beato Pedro Fabro que da nombre al aula.

Pero resulta más extraño reconocer en la adoración eucarística una dimensión apostólica; más bien asociamos naturalmente la adoración a la contemplación y además lo hacemos justamente como contrapunto de la acción, como contra cara de la acción apostólica. Una cosa seria la adoración -contemplación y otra cosa seria la acción apostólica.

Pues bien, el punto de partida que nos permite clarificar el por qué   la adoración tiene una dimensión constitutivamente apostólica es justamente el vínculo de dependencia que une adoración y eucaristía. Si algo es la adoración es   que es prolongación de la eucaristía. Obviamente prolongación de la celebración, pero no sólo prolongación de la celebración, nos quedaríamos muy cortos si cuando pronunciamos   la palabra eucaristía pensamos simplemente en la celebración, en ese ratito en el que celebramos la eucaristía. Por eso, la adoración prolonga la celebración eucarística, pero prolonga también el dinamismo eucarístico que brota de esta celebración, y que va mucho más allá de ella y que permanece en el tiempo y en el espacio, y que permanece en aquellos que habiendo comulgado a Cristo se insertan en ese dinamismo de su presencia y de su entrega eucarística.

Desde los comienzos del cristianismo se hace incontestable la presencia de una dimensión apostólica, de una dimensión social cuando hablamos de la Eucaristía Si la adoración es prolongación de la eucaristía necesariamente esa dimensión social de la eucaristía tiene que estar presente también en la adoración, puesto que la adoración la continúa.

Esto lo vemos desde los orígenes de la Iglesia. Pablo escribiendo a la Comunidad de Corintio, Pablo se pronuncia con claridad acerca de lo lógico de la pretensión de celebrar la cena del Señor estableciendo diferencias, marginando personas, generando divisiones, marcando desigualdades sociales o desde actitudes de discordia, desavenencia o rencor. Y, por otra parte, toda la tradición eclesial ha reconocido con profundidad que sin la comunión no habría amor a los demás. Cada comunión debería hacernos crecer en el amor a los otros. "El otro" decía S. Agustín debería ser nuestra Hostia diaria.

La Eucaristía debería crear en nosotras la decisión consciente de salir hacia los otros y de entregarnos a ellos porque en definitiva eso es lo que es la Eucaristía: entrega, entrega personal por amor y entrega hasta el extremo, y quien participa en la Eucaristía dejando que se apodere de él este dinamismo eucarístico, entonces participa de este dinamismo de entrega.

Por eso, nuestras eucaristías se tornan un escarnio que degrada la memoria de Jesús, cuando de ellas no surgen la solidaridad con los pobres, cuando de ellas no surge la pasión por la justicia, la pasión por la fraternidad, cuando de ellas no salimos con unas entrañas de misericordia mayores que con las que entramos, cuando no surge de ellas un compromiso claro con la salud de nuestros hermanos y hermanas. Es decir, si nuestras eucaristías no son espacios de fraternidad y de inclusión.

Pablo diría que, si esto no se da, entonces ya no es comer la cena del Señor, ya no estamos hablando de la Eucaristía. Pero, la Eucaristía también es falseada cuando olvidas que es el memorial de nuestra reconciliación y la celebramos con el corazón contrariado o enfadado con nuestros hermanos. Los textos aquí son muy claros. El evangelio de Mateo nos recuerda aquello de que, si vas a llevar tu ofrenda al altar y tiene algo contra tu hermano, deja la ofrenda, vete a reconciliarte con tu hermano y vuelve.

La Eucaristía es sacramento de comunión entre hermanos y hermanas que aceptan reconciliarse con Cristo-. Y todo esto se prolonga en la Adoración, se prolonga esta dimensión social, se prolonga esta necesaria justicia, se prolonga esta dimensión de reconciliación

¿Qué ha pasado? Que a  lo largo de la historia de la Iglesia, la devoción al cuerpo de Cristo  ha estado demasiado y peligrosamente  vinculada  a hechos históricos, políticos y sociales  que provocaron por una parte la separación de esta devoción, de la celebración  eucarística, la acentuación exagerada o casi unilateral de lo que es la relación  individual de la persona con Cristo eucaristía, el olvido de que la adoración al  cuerpo de Cristo al  prolongar la eucaristía  celebra la entrega de Cristo por todos, y tiene esa significación fuerte de entrega universal.

Como consecuencia de esto, el culto al cuerpo de Cristo, el culto eucarístico, termina convirtiéndose en una especie de arma arrojadiza o de instrumento de ataque contra otros, ¿contra qué otros? Contra todos aquellos que no reconocen la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y esto son los cátaros -por decir, los herejes de la Edad Media o, en el siglo XVI, son los protestantes.

Al convertir la eucaristía en un elemento de diferenciación  o en  un alma arrojadiza contra los otros , contra los que son distintos , hacemos que la adoración pierda su significación reconciliadora, y se convierte en un signo de identidad fuerte, pero  en un signo de identidad  que termina siendo a veces agresivo, incluso en ocasiones violento .De hecho  el repunte  de la adoración en la historia de la Iglesia se va a dar en momentos en los que la Iglesia está viviendo un momento de crisis o de dificultad fuerte; esto le va a dar una identidad muy grande a la adoración, pero tristemente cada vez más separada de la eucaristía por una parte y más vinculada a este deseo de defender la identidad, pero no por defender la identidad en sí, sino por defender la identidad contra otros, contra otros que no tienen esa identidad. La consecuencia es que la adoración deja de aparecer como un instrumento de comunión, como un vínculo de unión y se convierte en un dato de afirmación de la propia identidad religiosa y con ella como un rito diferenciador de confesiones y un rito generador de divisiones.

No obstante, la dimensión apostólica básica de la adoración va a permanecer a lo largo de los siglos en algunos elementos propios que sí se conservaron, como es el elemento de la intercesión: la adoración sea un espacio de oración por los otros (aunque esos otros sean pecadores, herejes) distintos, pero tienen esta referencia a los otros. Otro elemento es el de suplencia: suplencia por los que no están, por los que no adoran, que también a pesar de ese tono crítico no ha dejado de ser nunca un dato constitutivo de la adoración. Pero lo que podíamos llamar las dimensiones apostólicas más profundas de la adoración se van desdibujando y se van perdiendo. Por otra parte, la adoración lleva en sí misma una exigencia profunda de fe, de alguna manera podríamos decir que la adoración es un acto de fe, o es, fe en actos. Adorar no es más que reconocer la presencia del Dios infinito, del Dios absoluto, del Dios indisponible en lo finito, en lo perentorio, en lo caduco, en lo disponible de un pequeño trozo de pan.

Por esta razón, hablar de adoración es hablar de un acto de fe y hablar de un acto de fe como que espontáneamente nos lleva a acentuar con más fuerza la dimensión de relación personal, de encuentro con Dios en Cristo Eucaristía, aunque olvidamos que hablar de fe es hablar también de Iglesia, de Comunidad. El sujeto de fe es la comunidad creyente, es la   comunidad eclesial y olvidamos también que hablar de fe es hablar de algo que si es real se hace operoso por el amor.

No obstante, la dimensión apostólica de la adoración va a ser el centro de esta charla, como dimensión clave a la hora de entender qué es la adoración. Voy a tener como referencia algunos textos de Santa María Rafaela, cordobesa, fundadora de las Esclavas del Sagrado Corazón, del siglo XIX.  El carisma que ella recibe la va a conducir a acentuar este rasgo de la adoración, que a diferencia de otras formas de vivir la adoración y de entenderlas más volcadas en el aspecto de interioridad, o de relación personal con Cristo, ella va a poner de relieve esta dimensión apostólica. Este rasgo particular podría resumirse en esa expresión "Poner a Cristo a la adoración de los Pueblos".  Se trata de una potente invitación de llevar a los otros la experiencia de fe que es la adoración y de presencia que es el objeto de la misma, pero también se trata de que este encuentro y de que esta presencia nos lance hacia al mundo y nos lance hacia los otros, es como un elemento aglutinador que nos puede ayudar a conectar con este elemento constitutivo de la misma adoración

I.- ¿CÓMO Y POR QUÉ LA ADORACIÓN ES APOSTÓLICA?

La primera razón es que la adoración prolonga el dinamismo eucarístico y al prolongarlo prolonga todas sus dimensiones:  - Prolonga la dimensión de alabanza como liturgia, prolonga la dimensión de acción de gracias, la dimensión sacrificial, la dimensión de presencia, la dimensión de banquete y también esta dimensión social, esta dimensión   apostólica que es propia de la eucaristía. Pero, además, la adoración también la tenemos que entender como parte integrante de la misma eucaristía. Hay adoración en la propia celebración eucarística, la hay en la consagración (momento más evidente como reconocimiento reverente de esa presencia de Dios entre nosotros, en Cristo Eucaristía) y la hay también en la comunión.

Podríamos decir que la eucaristía es en sí misma el mayor acto de adoración de la Iglesia. Y el primer acto de la adoración es la comunión, porque adorar etimológicamente es "llevar a la boca", y este comer nos habla de comerlo y esto requiere un proceso, comerlo significa dejar que el Señor entre en mí, que yo sea transformada y me abra a ese gran nosotros de manera que lleguemos a ser uno solo con El y con todos los que participan. La comunión con Cristo, se nos da en la hostia, es un encuentro con el hijo de Dios y por eso comulgar, es adorar, y es reconocer quien es Dios y quien soy yo en referencia a ese Dios

Este reconocimiento reverente, está muy lejos de ser un mero gesto pasivo, implica en primer lugar consentimiento a ser transformado y habitado por ese dinamismo de entrega.

Dice S. Agustín: "Nadie come esta carne sin antes adorarla", como decía también con gran fuerza "esto es un alimento distinto, tú no debes asimilarte a mí, sino que debe ser asimilado por mí, "es decir: la comunión del cuerpo de Cristo no es una experiencia por la que asimilamos a Cristo, sino es la gran experiencia de dejarnos introducir dentro de Cristo y de introducirnos en su dinamismo de entrega, y esto dentro de la celebración eucarística.

¿Pero qué pasa cuando termina la celebración eucarística? ¿Qué pasa fuera de la Eucaristía? En primer lugar, no tendríamos adoración como prolongación de la eucaristía sin la reserva eucarística, y ahí en la reserva eucarística ya apunta con claridad esa dimensión apostólica propia de la adoración porque la razón y la finalidad de la primera reserva en los orígenes del cristianismo era aproximar la eucaristía a aquellos que no podían participar de la celebración: enfermos, presos, moribundos, etc  

La eucaristía se reserva como viático, este es el fin de la reserva eucarística : ser alimento que fortalece, ser alimento que sana, que cura, que perdona, que  libera , que  une, generando comunión  con los que no están …y esto quiere decir que desde sus inicios la reserva tenía una dimensión apostólica., y esto quiere decir que no se trata fundamentalmente de reservar las especies eucarísticas para conservar la presencia, es decir no se trata de retener esa presencia para tenerla a nuestra disposición, se trata justamente  de lo contrario, de dejarla salir, de significar que él se queda entre nosotros sobre todo como esa fuerza , reparadora sanadora, curativa  que alcanzan a los que no están y que alcanzan fundamentalmente a los más débiles, que cura al enfermo, que libera al oprimido, que reestablece al herido. De ahí que debamos decir que la dimensión apostólica de la eucaristía fuera de la celebración está presente desde los orígenes del cristianismo.

¿Qué pasó? Con el paso del tiempo se empezó a venerar este pan reservado, y no solo venerado, sino que se empezó a colocarlo en lugares cada vez más principales e importantes dentro de los templos y dentro de la Iglesia y así poco a poco el uso de la reserva eucarística se va ampliando a la praxis de la adoración explícita y la adoración explicita con dos formas expresivas, por una parte, la procesión y por otra la exposición eucarística.

La eucaristía sale del templo y hemos dicho que la reserva eucarística no tiene como finalidad primera quedarse dentro del tabernáculo, sino justamente lo contrario, este salir de Cristo hacia los que no están, a los que están lejos… Las procesiones de alguna manera acentúan también estos rasgos.

En la historia de la Iglesia sobre todo en la Edad Media la devoción eucarística trata de extenderse a través de una fiesta dedicada a la presencia eucarística de Jesús que se explicita en una procesión, que es la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo de Cristo.

Al comienzo del siglo XIII va a ser Juliana de Mont Cornillon (Lieja, Bélgica), monja agustina, abadesa de la Abadía de Cornillon, la que va a ser favorecida con una visión, lo que ella ve, es la iglesia en forma de Luna llena, y esa luna tiene una mancha y la lectura que ella hace de esta visión es que esa mancha está hablando de algo que le falta a la iglesia, y eso que le falta a la iglesia, es una fiesta dedicada al Cuerpo de Cristo. Ella empieza a dedicarle tiempo a intentar que esta idea o visión que ha tenido se acoja, con la idea de establecer dentro de la iglesia una fiesta dedicada a la veneración del cuerpo de Cristo. Esta idea, al principio, encuentra mucha oposición, pero casualmente se topa con el obispo Mons. Roberto de Thorete, obispo de Lieja y con Jacques Pantaleòn, archidiacono de Lieja. Juliana comunicó estas apariciones a Mons. Roberto de Thorete, el entonces obispo de Lieja, también al doctor Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos y a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Lieja, más tarde Papa Urbano IV y conectan con esta idea, primero se  establece la fiesta en esta diócesis y luego por estas cosas del destino , el que era  archidiácono de Lieja es nombrado Papa, con el nombre de Urbano IV, y es en 1264 mediante la bula  "Transiturus", proclama esta fiesta para la Iglesia universal del Corpus  Christi.

Donde me gustaría detenerme y lo que me gustaría poner de relieve de esta fiesta tiene que ver fundamentalmente con la procesión y con la adoración eucarística

En primer lugar, me gustaría señalar cómo en esta procesión es Jesús Eucaristía es quien toma la iniciativa y sale por las calles para decirnos que está en medio de nosotros, en medio de nuestra vida, en medio de nuestra realidad, en medio de las casas, lugares, lugares de paseo. Es El el que sale a nuestro encuentro.

Con la procesión de esta fiesta, la eucaristía sale del templo, la eucaristía se acerca al que está lejos, sale para buscar a los hombres. La eucaristía no solamente es una celebración en la que hay una mesa inclusiva, que acoge a todos, sino que también se extiende, rompe los muros, rompe las fronteras, y sale. Y en esta procesión también la celebración eucarística se prolonga y lo que pone de relieve esta prolongación es que parece que no bastan el espacio, ni el tiempo reducido de la celebración para alabar y dar gracias, que es necesario que este espacio se amplíe a todo lugar y tiempo. Además, también se pone de relieve en la procesión que Cristo se entregó por todos, no sólo por los que acuden a la Iglesia, no solo por los que le buscan, sino por todos, por la humanidad entera, y entonces también por los que están en sus casas, los que están en las calles y no salieron a la procesión, no salieron a buscarle

Esta idea debería animarnos a cambiar un poco nuestras formas, para que nuestras procesiones fueran un signo más elocuente de todo esto, para que transparentaran mejor que es Cristo el que quiere acercarse a nosotros, que no sale para ser aclamado, sino que sale para buscarnos. Esto es una invitación a sustituir expresiones y formas que suenan más a poder y a realeza por otras que transmitan esta proximidad, esta cercanía, este interés, esta invitación de Cristo al encuentro y que pongan también de relieve más esta dimensión universalista que nos recuerda que en nuestra cotidianidad nos visita el Sol que nace de lo alto y nos visita a todos.

En la procesión el Señor se sumerge en la cotidianidad de nuestra vida porque es allí donde Él quiere estar para caminar por donde nosotros caminamos, y para vivir por donde nosotros vivimos. Durante la procesión miramos esa hostia consagrada y lo que vemos es la simplificación sufrida por ese pan consagrado que ha quedado reducido a esa forma circular y que tal vez no ayuda mucho a hacer las conexiones con el pan que nos alimenta, con el pan de la última cena, con el pan eucarístico. Pero en esta forma externa actual que tiene la Eucaristía al menos podemos reconocer dos valores:

          Por un lado, la simplicidad: se trata de una forma extremadamente sencilla de pan y de alimento hecha de harina y un poco de agua y

Por otro lado, la universalidad: la Última Cena que contemplamos como primera eucaristía tiene lugar en un país, en una cultura  para la que el pan era  un alimento fundamental, básico y sencillo para el pueblo, pero cuando el cristianismo comienza a extenderse a otros países, a otras culturas la eucaristía comienza a celebrarse en otros lugares, donde el pan no es el alimento fundamental, sino donde el pan puede llegar a verse como un alimento extraño(ejemplo en Asia, América Latina donde sería el sustituto del pan seria el arroz, y en África por el Fu-fu). Esta deformación de la forma externa del pan actual puede verse como una oportunidad de utilizar un signo que es más universal, más polivalente, que todos podamos reconocer de algún modo ese signo del alimento que se entrega y se da para ser comido. En el fondo esa presencia santa de quien se queda con nosotros en una realidad pequeña, realidad humilde y finita que es el pan.

Al lado de esto, la Eucaristía pone ante nosotros una dimensión ecológica, que es importante no perder de vista. La Iglesia durante la liturgia de la misa, entrega este pan y lo presenta como fruto de la tierra y del trabajo de los hombres. De alguna manera en él queda recogido el cansancio humano, el trabajo cotidiano de quien cultiva la tierra, de quien siembra, de quien cosecha, de quien finalmente prepara el pan, pero también todos nuestros trabajos, cansancios, todo el esfuerzo, la dureza que sufren tantos hombres y mujeres para llevar alimento a su casa y familias. Sin embargo, el pan no es solo un producto nuestro, no es solamente algo que nosotros hacemos, es también fruto de la tierra y, por lo tanto, es también un don, porque nosotros no somos capaces de fecundar la tierra. Por eso podríamos ampliar esta oración de la  Iglesia  diciendo que el pan es fruto de la tierra y, al mismo tiempo, es fruto también del cielo, es decir que presupone esa sinergia entre las fuerzas de la tierra y los dones de lo alto., del sol, de la lluvia del agua, del agua  de la  que tenemos necesidad para preparar el pan y que tampoco podemos producir nosotros, en un momento en el que se habla tanto de la desertización  de la tierra, en el que escuchamos  cómo tantos hombres, tantos animales mueren por falta de agua, el peligro de que estas zonas sean cada vez más amplios, podemos darnos cuenta de la grandeza de este don del agua, que no nos  lo podemos proporcionar por nosotros mismos pero tenemos que darnos cuenta de la responsabilidad de este don para que este don sea cuidado y compartido de tal manera que llegue a todo.

Entonces, al contemplar más de cerca este pedazo de pan, el pan de los pobres se nos presenta de alguna manera como síntesis de la total creación y comenzamos a comprender por qué el Seño escoge un pedazo de pan como su signo

El cuerpo de CRISTO que adoramos reclama una mirada que tiene que extenderse a la totalidad de la creación y de ahí su dimensión ecológica y requiere también nuestra responsabilidad para con nuestros hermanos; de ahí también la dimensión de solidaridad que le es propia.

En la procesión seguimos este signo del pan y siguiendo este signo del pan, seguimos al Señor mismo, pero la procesión aparece también como una invitación implícita a una llamada silenciosa para que otros le descubran y le sigan, para que se sientan convocados por su presencia y de nuevo tenemos aquí la dimensión apostólica y evangelizadora de ese Cuerpo de Cristo adorado. Este seguir en la procesión es también en un caminar detrás del cuerpo eucarístico de Cristo, caminar detrás del cuerpo de Cristo resucitado. Y son los propios relatos de la resurrección los que nos dan una pista para entender que significa este ir detrás.

En todas las apariciones los ángeles dicen a los apóstoles: "El irá delante de vosotros a Galilea y allí le veréis". En Israel Galilea era considerada como la puerta al mundo de los paganos, de los no creyentes y en Galilea va a ser donde antes de la ascensión, el Señor envía a los suyos a hacer discípulos a todas las gentes. Por eso seguir al que adoramos nos envía a las gentes. La adoración del Señor reaparece con su carácter inseparable y fuertemente unido a la misión evangelizadora.

II.  DIMENSIONES APOSTÓLICAS DE LA ADORACIÓN

El sentido apostólico de la adoración brota en primer lugar del hecho de reconocer que la Eucaristía es el corazón pulsante de la misión, esto quiere decir que la eucaristía es fuente, cumbre de toda vida cristiana, el Vaticano II lo dijo con claridad en la Lumen Gentium 11 y así lo repite la Iglesia desde entonces.

Rafaela María lo entendió y da un paso más y destaca de esta afirmación de la LG11, no que la Eucaristía esté solo en el centro de nuestra vida, sino que también está en el centro de nuestra misión, y desde esta perspectiva la dimensión apostólica de la adoración emerge como un rasgo connatural también de la Eucaristía. Rafaela supo hacer de toda su existencia eucarística   el centro de su modo de vivir la misión y se transparentaba no solo en la vivencia de la adoración explicita, sino en un modo de existir que es adorante, y adorando va configurando su misión.

Por tanto, la centralidad de la Eucaristía en la vida se tiene que explicitar en una existencia eucarística y es esta existencia eucarística la que impregna la misión y la centralidad de la Adoración de igual modo se explicita en un modo de estar en el mundo adorando que necesariamente también impregna la misión.

Desde este presupuesto se comprende la afirmación que da título a este epígrafe: la eucaristía es el corazón pulsante de la misión. Esta es una afirmación que se vincula a una antigua tradición cristiana que contempla no solamente  la eucaristía brotando del corazón traspasado de  Cristo y que se convierte en el corazón del mundo y de nuestra misión apostólica, sino también  otra tradición que contempla en la eucaristía el corazón de cristo y que  arrastra detrás de seguir una  tradición de ritos eucarísticos , que más bien se   desarrollan en la Iglesia oriental por la cual en la eucaristía  no solamente se corta la parte derecha de la forma sino que se atraviesa  la propia forma en su centro intentando recordar este momento de la lanzada del corazón de Cristo en la cruz

La eucaristía es corazón en su condición de fuente, de origen y eso le posibilita ser el centro y el motor de la misión apostólica, pero es un corazón pulsante: un centro vital abierto, propulsor, dinámico  que al mismo tiempo dinamiza y lo que dinamiza es la misión, misión que se concentra en unos deseos: deseo de hacernos con Cristo pan que se entrega y vino que se ofrece por la redención del mundo : es el deseo de hacernos a  nosotros también eucaristía y este hacernos eucaristía de nuevo  pasa por incorporarnos a la entrega de Cristo, recibiendo de la propia Eucaristía la gracia que  hace esto posible. A esto se aprende en la Adoración: contemplando a Jesús eucaristía como el corazón pulsante de toda misión: EL nos centra, nos atrae, nos reúne, nos unifica, y al mismo tiempo nos expulsa, no envía fuera, nos hace salir para hacernos nuevamente retornar con otros.

Este es el dinamismo eucarístico que debería regir en nuestra vida de hombres y mujeres que adoran, y que reciben el impulso de este corazón que es el centro de nuestra vida y nuestra misión.

 Se nos apunta a la identificación del Jesús histórico y el Jesús eucaristía, quiere decir que tanto en cuanto actuamos según Jesús de Nazaret como si actuamos según Jesús eucaristía, lo que repetimos, en lo que nos incorporamos es en ese dinamismo de entrega, esa entrega que en el Jesús histórico se percibe en una vida que es toda ella existencia por los demás, dándose a los demás, y en esa presencia eucarística que en donde adoramos, contemplamos ese cuerpo de Cristo que se entrega. Contemplar a uno es contemplar al otro, la entrega a la que somos invitadas se realiza de igual manera en la acción histórica que en la contemplación eucarística.

Dos consecuencias surgen de aquí:

1.- La primera es que acción y contemplación constituyen un mismo movimiento. Constituyen el corazón de nuestra vida, y eso quiere decir que verdadera acción apostólica es aquella que brota de un desbordamiento, del desbordamiento de un amor que recibimos y que lo recibimos estando con Cristo en la intimidad de la Adoración. En esa intimidad comienzan a sentirse y a vivirse como propios los intereses de su corazón y por eso no hay verdadera acción apostólica fuera de la que nace de este desbordamiento, no hay verdadera acción apostólica si esa acción apostólica no nace de ese amor que previamente hemos recibido y en ese sentido podemos afirmar que la adoración es su fuente

2.- se sigue que la misión apostólica deba de ser adorante: es decir somos llamadas a ser contemplativas en la acción, no excluye el ser contemplativos en la adoración.

Cómo ser apostólicos en la adoración:

La santa de Córdoba (Sta. Rafaela) nos da otro texto que da   pistas "poner a Cristo a la adoración de los pueblos", para hacer que todos le conozcan y le amen"

Lo importante para nosotras es que se trata de dar a conocer el Amor de Dios, manifestado en la Eucaristía: llevar a los hombres a reconocer este amor, a sentirse rehechos, resanados, recreados por El. De ahí que todo su interés esté en llevar a Cristo a otros, a poner a la humanidad rota, herida con esta realidad, siendo fuente de vida y de luz

La Adoración es entonces un verdadero foco que alumbra en todas las direcciones los caminos que recorremos hacia el mundo, pero no menos es un centro de atracción que posibilita el encuentro personal de la Humanidad con Cristo.

Adorar no es solamente un acto privado de encuentro personal con el Señor en la Eucaristía, sino es situarnos en ese centro que nos convoca para extender esa presencia en el mundo y para atraer a todos a esa presencia.

Ser adorador es sentirse responsable de transmitir este don y no solamente de transmitirlo, sino de encarnarlo y de hacerlo historia concreta en nuestro hoy.

La Adoración es por eso ese corazón pulsante de la misión. La Adoración es un ritmo cardiaco que nos atrae hacia ella como centro y nos lanza hacia la misión en un armonioso ritmo que precisa de ambos movimientos que son indispensables e inseparables para dejar que fluya la vida que brota de ella: movimiento sístole y diástole, contracción, movimiento de expansión, movimiento de atracción, de inclusión, de convergencia hacia el centro y movimiento también de dilatación, de extensión, de universalización hacia afuera. Este es el deseo que Dios había sembrado en el corazón de Santa Rafaela como interés de su propio corazón.

Por eso la adoración nos invita a:

1.- Poner a Cristo en la adoración de los pueblos, invitación, a salir, acoger la palabra de Jesús que nos invita a darle vosotros de comer, a llevar a Cristo aquellos   y no lo conocen a sacar la Eucaristía fuera de nuestros templos y espacios sagrados, cada nuevo rincón del mundo, cada nuevo espacio donde se adore   será un pulso más en este movimiento de extensión y dilatación, de esta diástole, de este corazón pulsante, estaremos poniendo a Cristo a la adoración de los pueblos.

Pero este movimiento de dilatación, de extensión también es posible llevarlo a cabo con nuestra propia presencia, es decir haciendo de nuestras vidas una presencia y una existencia eucarística, acogiendo esa invitación a hacernos nosotros también un cuerpo que se entrega.

2.- Significa también el ser capaces de atraer al mundo hacia Él, de generar espacios donde se posibilite la experiencia de Dios, el encuentro de ese señor que se queda con nosotros, como compañero de camino, se trata de saber señalar a otros hacia ese centro: de ser testigos adorando delo que hemos visto, oído, de lo que, nuestras manos han tocado de por la causa por la que por nuestro corazón ha ardido. Se trata ahora de ese movimiento de concentración, de reducción de todo, a lo único necesario. de inclusión, del mundo de este corazón que es Cristo eucaristía.

3.- Nos habla de un modo peculiar de Adorar: de vivir adorando, de hacer de la Adoración un modo de existencia. Adorar a Cristo presente en cada ser humano que es su imagen, adorar a Cristo en los pobres, adorarlo en los marginados, en la humanidad sufriente, en sus   preferidos, en sus predilectos, encontrarlo ahí  , en los márgenes, en las fronteras de todo tipo, encontrarlo en las zonas de exclusión, donde están los que no cuentan y ahí adorarlo, y tras este movimiento de diástole, de extensión, tornar al origen en una nueva sístole, llevando nuestro corazón  lleno de rostros, de nombres, retornar a la presencia de aquel que dio su vida por ellos. Y entonces sí: Adorar con todos, adorar por todos y adorar para todos.

Recuperamos aquí este elemento de la suplencia que es tan típico de la Adoración y que nos pone ante unos de los mayores misterios y secreto de la dimensión apostólica de esta adoración.

En la Eucaristía que adoramos Dios se hace presente al mundo en una cercanía extrema: Dios se pone al alcance de nuestra mano, se pone al alcance de la mano del mundo y nosotros somos invitados a poner el mundo al alcance de su corazón.

Somos retados a asumir como nuestra, esta dimensión apostólica del dinamismo eucarístico, de la entrega de la propia vida por los otros, somos invitadas en fin a llegar a la adoración diciendo: "este es mi cuerpo, mi cuerpo cansado, fatigado, roto por el reino, lleno de situaciones dolorosas, de problemas, ante los que me siento impotente, de desesperanza, de debilidad, de pecado, de frustración, tantas veces de miedo propios y ajenos. Este es mi cuerpo cargado de mundo, cargado de rostros, cargado de pueblos, este es mi cuerpo que viene a ti para que tú lo moldéis, y lo acojas en ese tu cuerpo que se entrega.

En la cercanía del tiempo de Navidad, se nos hace más patente esta proximidad del Hijo de Dios que se hace carne débil en el niño de Belén, que se expone ante nosotros, invitándonos a adorarle, pero también invitándonos a ir a contar y a cantar esa buena noticia al Mundo, este nacimiento es la condición de posibilidad para que este hijo de Dios venga a nosotros nuevamente vulnerable, ahora ya no en la carne sino en un frágil trozo de pan. También Él se expone, también nos envía al Mundo, también nos envía a hacerlo presente como alimento que cura, que fortalece, que repara y recrea para que lo pongamos en la ADORACION DE LOS PUEBLOS.

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