miércoles, 12 de mayo de 2021

MARÍA, CORAZÓN DE AMÉRICA, EN EL BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA


MARÍA, CORAZÓN DE AMÉRICA, EN EL BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA

(Publicado en SIGNO , nº 297, Lima 2021, pp.18-20)

José Antonio Benito, historiador, docente en la FTPCL

 

Aprovecho este mes de mayo - mariano por excelencia-, mes en que celebramos las fiestas de Fátima (día 13), Nuestra Señora de la Evangelización (día 14), María Auxiliadora (día 24), mes en que recordamos a nuestras madres, para dedicarle mis "flores" desde el campo de la historia de América, en pleno Bicentenario de su Independencia.

 

El documento de Aparecida nos incentiva con este bello texto: "Alabamos al Señor Jesús por el regalo de su Madre Santísima, Madre de Dios y Madre de la Iglesia en la América Latina y el Caribe, Estrella de la Evangelización renovada, Primera discípula y gran misionera de nuestros Pueblos" (n. 25).  ¡Con qué singular acierto la primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, prevista del 21 al 28 de noviembre se celebrará en la basílica de Guadalupe de México al calor de la Reina y Señora de América!

 

Pocas obras tan eruditas y devotas a un tiempo sobre el tema como la escrita por el Monseñor  Esteban Puig  Aurora en América (María, estrella de la primera y de la nueva evangelización)[1]. Destaco sus palabras introductorias: Si "María es la Estrella matutina que precede al Sol que es Cristo… convirtiéndose en "el prototipo de la presencia viva de la mujer en la inculturación del evangelio" (p.7) así sucederá en la aurora de la evangelización americana y a lo largo de toda su historia. Destaca el autor cómo "el amor singular de Madre para con los hijos latinoamericanos, posee matices y rasgos maternales muy característicos y entrañables", tales como sus palabras y hechos llenos de profunda ternura, que "llegan a lo hondo del corazón porque van impregnadas de cariño" (p.7). Los destinatarios de sus palabras y de su mensaje son almas francas, sencillas, humildes, pobres, sin dobleces, muy buenas... ¡niños al fin! Todos los que recibieron estas "visitas" de María fueron auténticos evangelizadores enamorados de la Virgen. Se registran sus nombres: Guatícaba, bautizado con el nombre de Juan Mateo, de la República Dominicana, mártir en 1496 Los mexicanos Cristóbal (1527), Antonio (1529) y Juan (1539) oriundos de México, San Juan Diego (1531) el vidente de Guadalupe; Gregorio López, 1596, Sebastián Aparicio, "santo carretero", 1600, el "Negrito" Manuel de Argentina, Beata Mariana de Jesús (1645) "azucena de Quito", Tito Cusi Yupanqui, Sebastián Quimichu, en Perú.

 

En América surgieron advocaciones propias de cada país, en el modo y la manera más fiel a su identidad específica y culturas ancestrales, como lo muestran sus bellos y armoniosos nombres: Guadalupana, Aparecida, Suyapa, Coromoto, Treinta y Tres, Cobre, Cocharcas, Luján, Chiquinquirá...Esto le hará constituir un principio de identificación, unificación y surgimiento de la Patria amada. A Ella acudirán para reafirmar sus valores cuando están amenazados por intereses malsanos que quieran arrancarle el timbre de gloria de cristiana y católica. De ahí que por ejemplo Argentina o Cuba hasta en su misma bandera patria el color azul se deba al manto azul de la Virgen. "María es la Patrona, la Guardiana, la Mariscala, la que vigoriza la raíz de la unidad nacional en su identidad y en su destino" (p.151). María, Madre de Jesús y Madre nuestra "viene a ser como el nudo de seda que ata, fuertemente, sin apretaduras subyugantes, la cultura hispánica con la autóctona y la africana originando la cultura mestiza, hija vigorosa y espléndida del feliz entramado entre América, África y Europa" (p.11).

 

Dos siglos después del Descubrimiento, la genial poetisa Juana Inés de la Cruz, cumbre del barroco mexicano, dirá por toda Hispanoamérica «¡que no sé que se tiene el que en tratando de María Santísima se en­ciende el corazón más helado!". Lo sucedido en esta nación ha tenido lugar en la veintena de naciones engendradas a la fe por España y Portugal. Con razón pudo decir Juan Pablo 11 en Zaragoza el 10-­X-84: «Decir España es decir María... Y decir Iberoamericana, es decir también María, gracias a los misioneros españoles y portugueses". 

Con ironía y agudeza a un tiempo, el más célebre de los literatos mexicanos, Octavio Paz, escribía: «El pueblo mexicano, después de dos siglos de expe­riencias y fracasos, no tiene más fe que en la Virgen de Guadalupe y en la Lotería Nacio­nal». Quedémonos con lo primero. Hoy no tenemos otro factor más importante para buscar la identidad mexicana que la Mo­renita. Ella ha sido el corazón maternal que ha acogido a todos sin excepción, desde el humilde indiecito Juan Diego hasta Emiliano Zapata, sin olvidar a Cantinflas. El propio san Juan Pablo II llegó a decirles: "Los mexicanos son 80% católicos, 100% guadalupanos".

En estos años conmemorativos del Bicentenario de la Independencia de América, les animo a rescatar gestos de la persistencia de la devoción mariana como les brindo a continuación.

Uno de los grandes próceres del Perú, Hipólito Unanue (1755-1833), médico y político comprometido con los últimos virreyes y los libertadores San Martín y Bolívar. Fue Hermano 24 de la Cofradía de Nuestra Señora del Rosario de la iglesia de Santo Domingo, de Lima, por lo que rezaba diariamente el rosario en familia y solía participar en la devoción de tejer una corona de rosas espirituales para la Virgen.

Pablo de Olavide (1725 – 1803) ministro de Carlos IV, amigo de Voltaire, oidor de Lima, al volver al catolicismo escribe un bello poema dedicado a María, titulado "Magníficat" en el que nos comparte: "Cuando la Virgen María fue a ver a su prima Isabel entonó este dulcísimo cántico, que salió de su corazón inflamado de amor, y que debe servirnos de modelo para glorificar al Señor por la elección que hizo de ésta, la mejor de sus criaturas, y agradecerle los beneficios que le debemos".

El cura Miguel Hidalgo, pionero de la in­dependencia mexicana, el mismo día del Grito de Dolores en 1810, acudió con los insurgentes al San­tuario de Atotonilcó a tomar de la sacristía un lienzo con la imagen de Nuestra Señora de Guadalu­pe, que colocada en el asta de una lanza, enarbolará como en­seña delante de su ejército. Con ella, y al grito de «Viva la Virgen de Guadalupe», entrarán triunfan­tes en Celaya.

De igual manera el cura José María Morelos, su sucesor en la lucha, dirá en el bando que expi­dió en Omotepec, el 11 de marzo de 1813: «Por los singulares, especia­les e innumerables favores que debemos a María Santísima, en su milagrosa imagen de Guadalu­pe. Patrona, defensora y distingui­da Emperatriz de este reino, es­tamos obligados a tributarle todo culto."

 

Si en México destaca la advocación Guadalupana en el Sur destaca Nuestra Señora de la Merced, como madre de alivio y esperanza, como le aconsejó el General Manuel Belgrano al libertador José de San Martín, en Tucumán: "La guerra no debe usted hacerla solo con las armas, sino afianzándose siempre, en las virtudes naturales cristianas y religiosas en la fe católica que profesamos, implorando a Nuestra Señora de la Merced nombrándola generala" (indicar la referencia de la cita entre comillas).

Así, el 24 de mayo de 1822, el general Antonio José de Sucre, vencedor en Pichincha por la que se alcanzó la independencia de la gran Colombia, y encaminado hacia el Perú, propuso que esta nación reconociese a la Virgen de la Merced por patrona de sus ejércitos; de hecho, en 1823, fue declarada Patrona de las Armas de la República por el Presidente José Bernardo Tagle. Al cumplirse en primer Centenario de la independencia de la nación, el 24 de septiembre de 1921 fue coronada canónicamente y como recuerdo de esto, se colocó a la Sagrada imagen las insignias de su alto patronato militar, consistentes en una faja de Gran Mariscala y un cetro de oro, a partir de entonces, se ha llamado la Gran Mariscala del Perú. Desde entonces esta fecha del 24 de septiembre es declarada fiesta nacional. Cada año el ejército le rinde honores a su alta jerarquía militar de "Mariscala".

José de San Martín, pocos días antes de iniciar el cruce de los Andes, proclamó a la Virgen del Carmen patrona del ejército, junto a la iglesia de San Francisco en la que se formó la procesión que culminó en "misa solemne, panegírico y tedeum. Al asomar la bandera junto con la Virgen, el propio San Martín le puso su bastón de mando en la mano derecha. Tal devoción fue ratificada en otras ocasiones como la del 12 de agosto de 1818 en la que manifiesta la "decidida protección que ha presentado al ejército su patrona y generala, nuestra Madre y Señora del Carmen".

Me complace compartirles como conclusión, la dedicatoria de la obra titulada La proyección de la Universidad de Salamanca en Hispanoamérica:, tesis doctoral de Águeda Rodríguez Cruz, quien acaba de fallecer en Salamanca y es fiel reflejo de la devoción a María en las universidades de América:« Pongo este trabajo en ma­nos de Nuestra Señora la Virgen María, de quien la Universidad de Salamanca se complacía en lla­marse «su muy devota y aficiona­da» con una súplica para que la Universidad, hoy como ayer, la siga sintiendo Madre y Protecto­ra. Asiento de la Sabiduría, que brindó en sus claustros como Alma Mater solícita y vigilante, ¡y con la que formó el alma de la Hispanidad! Ella -que inculcó esta devoción en sus hijas de His­panoamérica, como lo mejor de su proyección -especialmente en el misterio de su Inmaculada Con­cepción, venerado con fervor continúe impartiendo con fidelidad esta lección magistral, en un ser­vicio incansable a la Verdad y a los supremos valo­res del espíritu».



[1] (Ediciones Paulinas, Lima, 2016, pp.151) Una primera versión de la misma pueden consultarla en la  USAT (Chiclayo, Perú, 2002,http://alicia.concytec.gob.pe/vufind/Record/UDEP_0efe9bdedcbe2754e1214f5df2d8c4b9/Details

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domingo, 9 de mayo de 2021

CARDENAL CISNEROS. Biografía del P. José García Oro, OFM

Archivo Secreto Vaticano. Expediente Cisneros: Los Secretos del Cardenal. Documental. La Luna TV. Excelente documental; bien documentado y presentado. https://www.youtube.com/watch?v=S0J-qdJSfbA&lc=UgzISrUTDdMx2g4IpS54AaABAg 

Jiménez de Cisneros, Francisco (Gonzalo). Cardenal Cisneros. Torrelaguna (Madrid), c. 1436 – Roa (Burgos), 8.XI.1517. Franciscano (OFM), cardenalarzobispo de Toledo, inquisidor general, mecenas y político regente.

Nació, según los mejores cálculos, en 1436 en la villa madrileña de Torrelaguna, perteneciente al arciprestazgo de Uceda, de una familia de pequeños comerciantes compuesta por Alfonso Jiménez, regidor de la villa, y Marina de la Torre, nacida en una familia de albergueros y rentistas de cierta notoriedad en la comarca.

Como algunos españoles de su tiempo, tenía cierto abolengo que expresaba en sus apellidos: el patronímico Jiménez, que aludía a raíces vascongadas, y el topónimo Cisneros. Éste aludía a la villa de Cisneros, en la palentina Tierra de Campos, en donde quedaba memoria de sus antepasados Gonzalo, Juan y Toribio (desde la segunda mitad del siglo XIV) y tenían protagonismo en los días del cardenal dos estirpes, los García de Cisneros y los Rodríguez de Cisneros.

Estas familias mantenían con calor su relación y en la vida pública de Cisneros reaparecerán sus vástagos con cierta intensidad, sobre todo el gran reformador benedictino y abad de Montserrat, fray García de Cisneros y el doctor Antonio Rodríguez de Cisneros, vicario general de Toledo. La estirpe tenía orgullo sobre su abolengo y en las iglesias de San Pedro y San Lorenzo de Cisneros estableció sus enterramientos y sus memorias funerarias. En Torrelaguna discurrió su infancia, en una casona con mesón de huéspedes, en una familia numerosa y emprendedora que engrandeció los apellidos La Torre y Huertos. En familia caminó Gonzalo al lado de sus dos hermanos menores Bernardino y Juan, el primero fogoso de carácter y extremoso en gestos; el segundo tranquilo y acaso algo apocado. El niño Gonzalo Jiménez, soñador y aventurero, dejó paso al estudiante. Durante los años 1450-1460, Gonzalo, a sus catorce años, marchó a la Universidad de Salamanca para ser legista. Pasaron tres años de rutina que remataron con el título de bachiller en Decretos. Hacia 1456 inició la segunda etapa de sus estudios, ahora centrados en el Derecho Justinianeo. Gonzalo repartía su tiempo en sus tareas de profesor auxiliar en una cátedra cursoria de vulgarización y resumen y sus estudios. Pero acaso en este segundo momento académico, de tanta dedicación, murió en Gonzalo el jurista y nació, entre brumas de utopías, el teólogo.

Hacia 1460 el voluntarioso bachiller Gonzalo regresó a su tierra de Torrelaguna, dispuesto a conquistar puestos y dinero. Gonzalo optó por lo más difícil: promovió en Roma una causa por irregularidades canónicas contra el arcipreste de Uceda, García de Guaza, que fue depuesto, y le sucedió en la silla arciprestal. Y se sintió grande, complaciéndose en su título "el honrado Gonzalo Jiménez de Cisneros, Bachiller en Decretos y Arcipreste de Uceda". Era un desafío que el arzobispo Carrillo no toleraba y propinó al altivo arcipreste de Uceda unos meses de cárcel. Pero el bachiller Gonzalo no desmayó y terminó instalándose en Sigüenza.

En Sigüenza lo tuvo todo: entreno político en sintonía con los Mendoza, fautores de la nueva Monarquía de los Reyes Católicos; jerarquía eclesiástica en calidad de capellán mayor; competencias civiles en el ámbito señorial; experiencia confesional al lado de una importante comunidad de judíos y conversos; inquietud intelectual en comunión espiritual con Juan López de Medina, fundador de la nueva Universidad de San Antonio de Portaceli; aprendizaje de mecenas cultural al lado del cardenal Mendoza que estaba realizando sus grandes fundaciones. Había llegado ya la década de 1480 y el bachiller Gonzalo podía jactarse de ser uno de los clérigos ricos de la Iglesia de Castilla.

En el otoño de 1484 estalló un volcán en el ánimo del prebendado seguntino. De repente se acordó del eremitorio de La Cabrera, que tanto atraía a su familia y donde se enterrará su padre y decidió que se haría ermitaño, pero no en su casa de La Cabrera, sino en otra más recóndita: La Salceda, el nido espiritual del reformador fray Pedro de Villacreces. Se escondió de todo y de todos: cambió su nombre por el de Francisco, renunció a sus bienes, asumió la disciplina de los oratorios villacrecianos, hecha de soledad meditativa y de oración afectiva, y se encerró en el anonimato. Fueron diez años de paz turbada a veces por imposiciones de los superiores, que le obligaban a ser guardián o superior de la casa y terminaron eligiéndole superior provincial de los franciscanos de Castilla en 1494, o por visitas de amigos, sobre todo de la casa de los Mendoza, que encontraron serenidad en su conversación. Eran "asechanzas del enemigo" que culminaron un día de 1492, nombrándole confesor de la reina Isabel, por sugerencia del omnipotente cardenal Mendoza. Y así, camino siempre de unas cumbres que daban vértigo, hasta aquel día 20 de febrero de 1495 en que una bula pontificia de Alejandro VI le declaraba con cierta fatalidad religiosa arzobispo de Toledo. Fue un designio personal de la reina Isabel que esta vez quiso pasar por encima de los cálculos políticos y se fió tan sólo de su intuición.

En el designio de la Reina había una idea y un afán: la Reforma de la Iglesia. Creyó tener a la vista el reformador de la Iglesia y se vio reforzada en su convicción por algunos de sus más eminentes consejeros: el cardenal Bernardino López de Carvajal, Antonio de Fonseca, el doctor Hernando, Fernando Álvarez de Toledo. Los prebendados de Toledo no esperaban tener un fraile observante a su cabeza y mostraron su reticencia animosa durante un largo período. En los años 1495-1496 el arzobispo hizo una larga ronda de espera y paciencia hasta que se le abrieron con gozo las puertas de su nueva casa.

La fruta amarga de los rechazos maduró al fin y en septiembre de 1497 todo se revistió de alfombras en aquel Toledo de los bandos para acoger y aclamar al arzobispo ermitaño. Fray Francisco dejó atrás su alma de asceta y peregrino y se dispuso a pilotar aquel barco gigantesco que era la Iglesia de Toledo, modelo de las Iglesias de España y plataforma del poder señorial de Castilla.

En la mirada del arzobispo había dos puntos rojos que absorbían sus desvelos: Toledo y Alcalá. Toledo era el desafío permanente a los arzobispos: una nobleza en permanente banderío; un Cabildo obsesivo de su autonomía y grandeza y desconfiado hacia sus prelados; una catedral en permanente reconstrucción; una ciudad que pretendía ser casa de la Monarquía y sede de las Cortes del reino. Alcalá era para los prelados la verdadera casa de campo. Pero para Carrillo, Mendoza y Cisneros era la Academia de la Iglesia de Toledo. Apenas se había puesto la primera piedra de ese gran sueño. En el corazón de Cisneros había llegado el día de Alcalá. Desde sus primeros meses episcopales, cuando no había logrado adentrarse en el Toledo de su título, ya se ocupaba de Alcalá. Así sí se clamaba en toda la Cristiandad desde siglos, pero con cierta urgencia histérica en la etapa conciliar del siglo XV. A lo largo del siglo XV se habían constituido las congregaciones y vicariatos de Observancia en las principales órdenes religiosas españolas. Era la hora de que estos focos de renovación se consolidasen, se estructurasen en instituciones y absorbiesen definitivamente los restos conventuales de sus propias familias. Al mismo tiempo parecía llegada la hora en que los monasterios femeninos abandonasen su estampa señorial y se convirtiesen en hogares fraternales en que se viviese enteramente la vida religiosa. Detrás vendría la atracción hacia grupos informales de beaterios y oratorios que adoptarían formas constitucionales más seguras. Fray Francisco creyó que este programa era posible y se situó a la cabeza de quienes lo impulsaban.

Tuvo éxitos indudables en su familia franciscana de Castilla que vio implantarse la Observancia como un nuevo Pentecostés. Vio con satisfacción cómo la Congregación benedictina de San Benito de Valladolid se asentaba lentamente en las grandes abadías peninsulares y que dominicos y agustinos reajustaban de urgencia sus cuadros conventua1es y provinciales. Pero hubo de persuadirse de que el proceso necesitaba más sedimentación y que sólo maduraría con decenios de silenciosas conquistas. Vio con asombro que no era la Reforma lo que se discutía en Roma, sino los proyectos de César Borja y los posibles matrimonios de Lucrecia Borja. De sus demandas poco iba a quedar en pie, porque el Papa no estaba dispuesto a "reformar su casa", sólo se mostraba generoso concediendo al toledano facultades para que reformase su propia iglesia y prosiguiera en su afán de reforma general. Se le autorizó a visitar a sus sufragáneos, a visitar las universidades y sobre todo a consumar la reforma en curso de las órdenes religiosas. Y se le dio una prueba de confianza mayor: una competencia privilegiada para proveer los beneficios de su Iglesia de Toledo para que pudiera realizar una selección de párrocos con miras a una aplicación de las Constituciones del Sínodo de Alcalá de 1497. Con ellos en la mano, podrá decir en adelante "éstos son mis poderes".

En los años 1497-1499 Cisneros tomó el pulso a la realidad material de su señorío y de los templos de su Iglesia de Toledo. Se encontró con infinitas casonas viejas, inservibles, que había que reconvertir dándoles un destino útil. En el complejo catedralicio toledano todo pedía reformas que respondieran al nuevo momento: en el claustro había que edificar aposentos donde hospedar a los numerosos visitantes que se acercasen, casi siempre para celebrar Cortes y en compañía de los Reyes, y el arzobispo no descansó hasta ver estos espacios acomodados en la primavera de 1497. Era apenas el primer paso para nuevas obras de envergadura en el ámbito catedralicio, en el que quedó como recuerdo eminente de Cisneros la Capilla Mozárabe. Los canteros y albañiles fueron llegando también a los demás recintos. Las obras gastaban rentas y dinero y el antiguo ermitaño hubo de hacer números.

En 1497 confeccionaba el primer instrumento económico para el gobierno temporal de su Iglesia: las Constituciones sinodales de rentas. En ellas se diseñaron las funciones de los oficiales: contadores mayores y menores, mayordomos y caseros. Y se marcaron los pasos sucesivos del hacimiento de rentas. En las cuentas de su gobierno episcopal quedó grabada para la posteridad esta faceta de administrador que resultaba sorprendente en fray Francisco.

En 1492 contempló asombrado el ultimátum real: o conversión o éxodo. Pensó que había que salvar sus textos y su saber religioso y soñó con su futura Biblia Políglota. Corrían los años y entró en el torbellino político a causa de su promoción arzobispal y se encontró con otro reto: el nuevo reino de Granada, que se incorporó a la Corona en 1492. Para Cisneros Granada era eminentemente compromiso toledano, como en su día lo fue el reino de Sevilla para el arzobispo Jiménez de Rada. Se esperaba una "conversión política" de las muchas que se habían realizado durante el proceso de la conquista: capitulaciones de conversión y castellanización. Para Cisneros era un nuevo desafío personal: debía ir en persona a Granada y realizar el antiguo valimiento toledano en este nuevo reino. La cita tenía su momento: el otoño de 1499. No era sólo el arzobispo; era la Iglesia de Toledo la que se desplazaba a la ciudad de la Alhambra con letrados, capellanes y catequistas. No había objeciones de fondo: el capitán general, conde de Tendilla, debía favorecer esta conversión política; el arzobispo de Granada, fray Hernando de Talavera, sabía que con este gesto comenzaba la cristianización inicial, a la que debía seguir un proceso de consolidación y castellanización que exigiría tiempo y sudores. Así llegó 1504, año de lutos. Doña Isabel atravesaba los meses de 1504 un tanto confinada en una casa de Medina del Campo, decaída y añorante. Tras "cien días continuos de gran enfermedad", se sumió en una hidropesía delirante y murió, el 26 de noviembre de 1504. Pocos estaban a su lado y menos querían ser sus confidentes. El propio Cisneros estaba ausente, en Alcalá, y vivía este momento con dramatismo religioso. Creía que servía mejor a la Corona con su silencio. En esta niebla política encendió otras luces: reorganizó la misión de Indias y programó la nueva edición de la Biblia Políglota que tanto había soñado. Y sin duda perfiló los nuevos caminos de su idealidad política.

Se abrió 1505 como un haz de interrogantes. Don Fernando fue nombrado gobernador del reino de Castilla y administrador de las Indias y quiso ejercer. Don Felipe, por consorte de doña Juana, la Reina titular, era de hecho Rey de Castilla y no quería competidores ni sombras en el Trono. Aragón y Castilla habían vivido yuxtapuestos con sólo una cita común en la Corona de sus Reyes. Las intrigas se agolparon a lo largo de 1505 y Cisneros se vio forzado a jugar de florentino: don Fernando logró confirmar sus pretensiones en la Concordia de Salamanca de 24 de noviembre de 1505 y en un nuevo acuerdo de 6 de enero de 1506 y aparentemente tenía a su lado, decidido, al arzobispo de Toledo. Cisneros se encontraba al lado de la Monarquía y no tanto de sus titulares. Tenía la suerte de que le necesitaran don Felipe y don Fernando y ninguno lo excluyó. Había atinado en su postura, porque lo que más se necesitaba era justamente arbitraje político. Se evidenció en septiembre de 1506, cuando murió inesperadamente don Felipe y se hubo de pensar con disimulo en la vuelta de don Fernando. Desde el Consejo Real, el arzobispo de Toledo sacó adelante la causa, sorteando con sutileza infinitos escollos. En agosto de 1507 don Fernando volvió a pasearse por Castilla. Fray Francisco se había encumbrado en el teatro político. En España y en Roma. Don Fernando le gratificó con las encomiendas más difíciles, como la de inquisidor general, y pidió para él capelo cardenalicio.

El nuevo papa Julio II lo necesitaba como valedor en España y sobre todo en Italia, donde sus enemigos le hacían la guerra e intentaban un cisma. Así llegaron los momentos de apoteosis: el 17 de mayo de 1507 fue creado cardenal de Santa Balbina; el 5 de junio fue nombrado inquisidor general del Reino de Castilla, en sustitución de Diego de Deza, arzobispo de Sevilla y confesor real; el 13 de septiembre recibía solemnemente el capelo cardenalicio.

Cisneros era celebrado como el conquistador de Orán y esta conquista se le puso en su haber de genialidad y estrategia política. En realidad se trataba de una aventura religiosa: el sueño de una África hispana y cristiana que llegaría hasta la misma Palestina. Esta utopía nació en él por los años de 1505-1507 y era compartida por el rey don Manuel I de Portugal. Se proyectaba una gran expedición que acabaría con los mamelucos de Egipto y aplastaría al Turco. La apadrinarían los reyes españoles, portugueses e ingleses. Sería la cruzada definitiva. Se desvaneció esta utopía, pero nació otra: la de una Berbería cristiana que comenzaría por los pequeños reinos y ciudades de la cercana costa argelina, Mazalquivir, Cazaza y Orán, que se ofrecían tentadoras. De hecho, cayeron a partir de 1505 en poder de conquistadores españoles que terminaron vinculándolas a la Corona de Castilla.

A la hora de idear un asalto a Orán, Cisneros quiso que la campaña fuese calculada en todos sus aspectos: geográficos, económicos, militares y religiosos. Sin embargo, la expedición se preparó con una celeridad inusitada y el día 13 de mayo de 1509 zarpó la armada desde Cartagena hacia Orán. El día 17 se produjo el asalto, acaso con complicidad de los moradores. El arzobispo regresó de prisa: tenía que asegurar el sustento militar y económico de la plaza, organizar su vida municipal y configurar su ordenamiento religioso dentro de la Iglesia de Toledo, que tendría allí una de sus colegiatas. Era apenas un proyecto, porque la realidad oranesa discurría desde el mismo año 1509 por los cauces normales de la administración de la Corona. Era un fortín militar y económico dentro del pequeño reino de Tremecén que se hacía vasallo de Castilla.

En 1510-1511 Italia se hizo de nuevo hoguera. Julio II il Terribile se enfrentó con todos, y estuvo a punto de morir en la refriega. En el ápice de la pugna, el 20 de mayo de 1511, una docena de cardenales capitaneados por el español y amigo de Cisneros, Bernardino López de Carvajal, se rebelaron públicamente contra el Papa, le convocaron ilegalmente a rendir cuentas ante un concilio general y le colocaron al amparo del rey de Francia. Julio contestó con las mismas armas: convocó el V Concilio de Letrán para la primavera de 1512 y proclamó que sería el anhelado concilio de reforma.

En la biografía de Cisneros los años 1512-1515 fueron un trienio otoñal. Presentía su fin y el de su Rey y, por lo tanto, pensaba en remates y epílogos. Se expresaron estas prematuras despedidas en dos documentos trascendentes: el testamento del cardenal, suscrito en Alcalá el 4 de abril de 1512, y el testamento del rey Fernando, otorgado el 2 de mayo del mismo año. En ambos textos se expresaba una definición de la Monarquía y de sus aspiraciones. En el de Cisneros había un tema predilecto: Alcalá.

En enero de 1516 Castilla estaba fría y sola: sin Rey, sin gobierno, sin normas. Esta vez los nobles de Castilla estaban de acuerdo y se conjuraron a establecer esta regencia que sería gobernación, continuando sin alteraciones la administración del rey Fernando. Su piloto indiscuto debería ser Cisneros.

La gobernación de Cisneros tuvo dos vertientes muy claras: la pragmática de gobierno diario y la política de afirmación de una nueva Monarquía española. En la primera faceta el cardenal-gobernador se vio sometido a fortísimas presiones de la nobleza local. Eran inquietudes que el toledano supo reconducir magistralmente a concordias entre las estirpes y colaboración estrecha con la gobernación: acogió con satisfacción las pretensiones de expansión económica que le presentaron los burgueses castellanos, sobre todo los artesanos textiles; supo moverse con destreza en el plano militar frente a una nueva invasión francesa en Navarra y a las sorpresas del corso turco y argelino; creó nuevos medios económicos para la manutención del Estado, ejecutando decisivamente la incorporación de las órdenes militares a la Corona y poniendo en marcha con diligencia los recursos que ofrecía a la Monarquía la recaudación de la Cruzada; contuvo la presión municipal que comenzaba a ser clamorosa a causa del vacío político que estaba causando la lejanía del Rey y el intrusismo flamenco en los recursos económicos de Castilla.

En el otoño de 1517 Cisneros tenía ante sí la realidad del relevo y del retiro. Era ya octogenario, privilegio que el cielo otorgaba entonces a muy pocos mortales. Todavía tenía vigor y esperanza: informó al nuevo Rey y le hizo ver lo que realmente era Castilla y la España soñada. Era un encandilamiento senescente que no contaba con la realidad de una nueva Corte eufórica y joven que no quería estorbos en su camino.

El nuevo rey don Carlos llegó a las costas cantábricas el 7 de septiembre de 1517. Se adentró lentamente siguiendo itinerarios aparentemente tortuosos, siempre afirmando que la meta era Valladolid, en donde se produciría el encuentro con el cardenal. Los días pasaban y la comitiva no llegaba a la ciudad del Pisuerga. El cardenal se inquietaba y se movilizó, a pesar de su extrema debilidad. Inició unas jornadas cansinas por tierras palentinas, camino de la villa de Roa. Apenas se sostenía en pie, porque sus facultades se iban apagando. Tenía una ilusión que le sostenía: el encuentro con el nuevo Rey, que estaba previsto con día y hora en el pueblo de Mojados (Valladolid, cerca de Olmedo).

Pero la vida se le quebraba plácidamente en la madrugada del 8 de noviembre de 1517. Llevaba una pena: no haber hablado de la Monarquía al Rey, y llevaba también un gozo: sus "obras" estaban terminadas. Un breve codicilo refrendó su última voluntad expresada con lucidez cinco años antes.

La creación de un nuevo tipo de Universidad: una academia muy completa en sus especialidades, inspirada en los mejores modelos humanistas cristianos, centrada en su colegio mayor de San Ildefonso, institución a la vez titular de los derechos económicos y rectora de la institución académica con capacidad para proseguir indefinidamente las fundaciones cisnerianas, buscando discretamente el patrocinio de la Corona a título de patronato, del Pontificado como legitimador jurídico y de las Iglesias de Castilla que debían dar preferencia en sus provisiones beneficiales a los graduados de Alcalá.

La configuración jurisdiccional y económica de la nueva institución tendría amplísima autonomía canónica y civil y dotación económica capaz de asegurar su continuidad, incluso acometiendo ingentes obras nuevas y reparaciones, pues los edificios escolásticos sufrirían inexorablemente deterioros y resultarían muy pronto inservibles. El estatuto constitucional y profesional de maestros y oficiales combinaba admirablemente exigencias de eficacia práctica con estímulos para iniciativas, como era la posibilidad de recibir encomiendas particulares, como la colaboración en la versión de la Biblia Políglota, de mejorar las casas de residencia, de ascender a beneficiados de la colegiata o editar los escritos de los profesores complutenses en la imprenta universitaria. Además, los profesores complutenses gozaron de entera libertad de opinión a la sombra del inquisidor general, que era su propio patrocinador, Cisneros, unas franquicias intelectuales que les fueron denegadas pocos años después, cuando nació la suspicacia hacia los erasmistas. La voluntad del fundador expresada en las Constituciones y estatutos tenía fuerza de testamento, incluso a la hora de reformarlas y reajustarlas, como aconteció con la conocida Reformación de Felipe II. Cuanto se hizo en Alcalá, se acuñó con el escudo del cardenal y quiso ser la expresión de su voluntad fundadora.

 

Bibl.: A. Gómez de Castro, De rebus gestis a Francisco Ximeno Cisnerio, Archiepiscopo Toletano, libro octo, Alcalá de Henares, 1569 (versión castellana de J. Oroz Reta, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1984); P. de Quintanilla y Mendoza, Arquetipo de virtudes, espexo de prelados, Palermo, 1653; Cartas del Cardenal Son Fray Francisco Jiménez de Cisneros, dirigidas a Don Diego López de Ayala, Madrid, Ministerio de Fomento, 1867; Cartas del Cardenal Don Fray Francisco Jiménez de Cisneros durante la regencia de los años 1516 y 1517, Madrid, Ministerio de Fomento, 1875; A. de la Torre y del Cerro, "La Universidad de Alcalá. Datos para su historia", en Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, n.º 21 (1909), págs. 48-71, 261-285 y 405-433; J. de Vallejo, Memorial de la vida de Fray Francisco Jiménez de Cisneros, Madrid, Centro de Estudios Históricos, 1913; Conde de Cedillo, El Cardenal Cisneros, gobernador del Reino, Madrid, Real Academia de la Historia, 1921-1928, 3 vols.; J. Urriza, La preclara Facultad de Artes y Filosofía de la Universidad de Alcalá de Henares, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1942; G. M. Colombas, Un reformador benedictino en tiempo de los Reyes Católicos, Montserrat, Scripta et Documenta, 1955; J. Meseguer Fernández, "Cartas inéditas del Cardenal Cisneros al Cabildo de la Catedral Primada", en Anales Toledanos (AT), n.º 8 (1973), págs. 3-47; A. Prieto Cantero, "Documentos inéditos de la época del Cardenal Fray Francisco Jiménez de Cisneros (1516-1517), existentes en el Archivo General de Simancas", en AT, n.º 7 (1973), págs. 1-130; J. García Oro, El Cardenal Cisneros. Vida y empresas, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1992, págs. 199-1993, 2 vols.; J. Pérez, Cisneros, el cardenal de España, Madrid, Taurus, 2014.

 

José García Oro, OFM

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viernes, 7 de mayo de 2021

Elbrazo que sostuvo a Dios. Acudamos a San José. P. Carlos Rosell(Paulinas, Lima, 2021, 114 pp)

El brazo que sostuvo a Dios. Acudamos a San José. P.  Carlos Rosell (Paulinas, Lima, 2021, 114 pp)

Tras una breve presentación en la que nos declara su intención de que sirva "para vivir con intensidad lo que nos pide el Papa" (p.3) al convocar el año de San José, el libro nos brinda de modo muy práctico el Triduo, la Novena, los Siete días con san José, Orar con las letanías a san José y el Catecismo breve sobre san José: Nociones generales; Sagrada Escritura; Tradición de la Iglesia; Magisterio de la Iglesia; Devoción; Otras cuestiones. Culmina con una selecta y asequible bibliografía

Gracias a la acuciosidad del gran comunicador que es Freddie Armando Romero (https://www.youtube.com/watch?v=Tq622hl-h2M) conocemos la personal motivación de esta deliciosa obra que transpira como todas las del P. Carlos Rosell, rigurosa documentación bíblica, magisterio eclesial y la particular gracia de saber llegar al corazón por su sencillez, amenidad y unción espiritual.

¡El mejor regalo para el día del padre y de la madre!

Pueden conseguirlo en todas las librerías de Paulinas

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miércoles, 5 de mayo de 2021

Mons. Luis Arrigoni, el nuncio del Perú, camino de los altares (1890-1948)

Mons. Luis Arrigoni, el nuncio del Perú, camino de los altares (1890-1948)

"Esta casa es la casa del Papa y de todos los hijos e hijas de la Iglesia, especialmente de los más humildes", dijo monseñor Fernando Cento, cuando inauguró la sede de la Nunciatura Apostólica en el Perú, el 29 de junio de 1942.

En el 2019, 75 años después, la casa del Papa tuvo el honor de recibir por tercera vez a un Sumo Pontífice, Francisco, después de haberlo hecho en 1995 y 1998 con San Juan Pablo II. Se ubica en el distrito de Jesús Maria, 6a cuadra, Avenida Salaverry, Lima 11, Peru

Hasta la fecha han sido 30 los nuncios, uno de ellos, a punto de ser elevado a los altares y el único enterrado en nuestro suelo patrio, en concreto en la Catedral de Lima, en la capilla titulada de los "santos peruanos". Les comparto los escasos datos que hasta la fecha he logrado recabar.

Monseñor Luigi Arrigoni nació el 2 junio 1890 en Morimondo, Provincia de Milán, Lombardía, Italia, originalmente se graduó en derecho, pero dejó la profesión legal a los 28 años para continuar sus estudios teológicos.

Ordenado sacerdote el 18 de enero de 1922, después de un breve período como párroco, fue dirigido al servicio diplomático de la Santa Sede, siendo asignado en Viena, como secretario del Nuncio Apostólico, y sucesivamente en Bucarest y Bruselas.

Dejó Bélgica tras la ocupación nazi en 1940, se trasladó a la Pontificia Academia Eclesiástica de Roma. A los 56 años de edad, el Papa Pío XII lo nombró Nuncio Apostólico en Perú, recibiendo su consagración episcopal en calidad de Arzobispo de la Sede Titular de Apamea en Siria de manos del cardenal Clemente Micara asistido por los arzobispos Angelo Rotta y Antonino Arata. Será el número 18 de los nuncios del Perú. Su ministerio resultó ser breve, exactamente desde el 31 mayo de  1946 al 5 de julio de 1948, fecha de su muerte.

Antes de ser ordenado sacerdote, ejerció como competente abogado que le llevó a distinguirse después como uno de los miembros más notables de la Diplomacia Vaticana.

Desempeñó con singular brillo puestos diplomáticos en naciones europeas y por último en Bélgica, de donde vino al Perú para suceder al ilustre Nuncio, Monseñor Fernando Cento, de tan gratos recuerdos para nuestra Universidad. Monseñor Arrigoni desempeñó durante corto tiempo tan elevado cargo en nuestro país, pero ese breve lapso fue suficiente para que todos en el Perú pudieran apreciar en lo que valla tan eminente diplomático, que fue, antes que todo, un santo y noble sacerdote.

A Monseñor Arrigoni se le recuerda como sacerdote de una extraordinaria humildad, siempre atento a oír a todo aquel que llegaba hacia él. Fue particularmente sensible ante las desgracias del mundo, frente a las cuales fomentó al máximo el cuidado y el fomento de las vocaciones sacerdotales en el Perú. Así lo manifestó en la carta-prefacio que dirigió al Rector de la PUCP, a la sazón el Padre Rubén Vargas Ugarte, quien publicó un libro acerca de su lamentable situación y los medios que estimaba necesarios para remediarla cuanto antes.

De su viaje al Sur del Perú, pocos meses antes de su fallecimiento, llegó sumamente entristecido tanto por las miserias humanas que había constatado, como de lo poco que podía hacer el Clero para combatirlas, en razón del número reducido de sacerdotes de que disponían los Obispos en las regiones visitadas.

 

La PUCP reconoce las numerosas atenciones que tuvo con la institución, especialmente la Facultad de Derecho, a la cual se sentía más ligado por haber ejercido como abogado y diplomático. Varios de sus docentes lo visitaron a la Clínica, dando testimonio de la cristiana resignación con que llevó la enfermedad y recibieron el encargo de trasmitir su "paternal saludo a catedráticos y alumnos, haciendo votos muy sinceros por el progreso de la Universidad Católica, a la que consideraba como uno de los principales elementos en el futuro progreso del Perú"[1].

Entre las celebraciones que presidió rescato la que tuvo lugar en Arequipa con motivo de la preparación de la coronación pontificia de Nuestra Señora de Cayma que presidiría el Cardenal Guevara como legado pontificio, el 11 de mayo de 1947. Días antes, todos los colegios, movimientos, instituciones participaron de las peregrinaciones preparatorias. Particular -por su número y calidad- fue la del templo de santo Domingo, la de las asociaciones marianas y la de las Terceras Órdenes Franciscanas. De igual manera la de Paucarpata, Tiabaya y Sabandía como coronación a las Misiones predicadas por los padres de san Francisco y la Recoleta. Con todo, la más impresionante fue la del Clero, secular y regular del 28 de abril de 1947; partió de la Catedral presidida por el Nuncio, Mons. Luis Arrigoni, y el Sr. Arzobispo con el Cabildo Catedralicio, los sacerdotes, seminaristas y todas las comunidades religiosas. El 11 de mayo de 1947 fue coronada canónicamente por el legado del Papa, Cardenal Guevara, y en presencia de todas las autoridades e instituciones arequipeñas, además del presidente de la República, José Luis Bustamante y Rivero.

La forma en que enfrentó su enfermedad y muerte misma, llamó la atención de muchos, de tal manera que los prelados del Perú iniciaron una investigación en cuanto a su vida con numerosas personas testificando que recibieron gracias a través de su intercesión. Miles de peruanos visitaron su cuerpo mientras yacía en el estado, tocando rosarios y objetos sagrados para guardar como reliquias.

Afligido por una grave enfermedad, murió en Lima el 5 de julio de 1948, a la edad de 58 años, siendo enterrado en la catedral de Lima.

Originalmente enterrado en la cripta de la catedral de Lima, en 1991, por iniciativa del cardenal Augusto Vargas Alzamora SJ., sus restos fueron trasladados a la capilla de los santos peruanos de la misma catedral, junto a los restos del Siervo de Dios Monseñor Lissón.  

SERIE DE NUNCIOS (1851-2021)

  1. Lorenzo Barili † (26 May 1851  - 17 Jun 1856 Resigned)
  2. Mieczyslaw Halka Ledóchowski † (17 Jun 1856 25 Jul 1861 Resigned)
  3. Francesco Tavani † (25 Jul 1861  18 Jul 1869 Resigned)
  4. Serafino Vannutelli † (23 Jul 1869 15 Mar 1875 Appointed, Apostolic Nuncio to Belgium)
  5. Mario Mocenni † (6 Aug 1877 27 Feb 1882 Appointed, Apostolic Internuncio to Brazil)
  6. Cesare Sambucetti † (30 Mar 1882 1883 Resigned)
  7. Beniamino Cavicchioni † (21 Mar 1884 4 Aug 1889 Appointed, Official of the Congregation of Bishops and Regulars)
  8. José (Giuseppe) Macchi † (12 Apr 1889 2 Aug 1897 Appointed, Apostolic Internuncio to Brazil)
  9. Pietro Gasparri † (18 Dec 1897 23 Apr 1901 Appointed, Secretary of the Congregation for Extraordinary Ecclesiastical Affairs)
  10. Alessandro Bavona (Bavaona) † (13 Jul 1901 13 Nov 1906 Appointed, Apostolic Nuncio to Brazil)
  11. Angelo Maria Dolci † (7 Dec 1906 Jan 1910 Resigned)
  12. Angelo Giacinto Scapardini, O.P. † (30 Aug 1910 4 Dec 1916 Appointed, Apostolic Nuncio to Brazil)
  13. Lorenzo Lauri † (4 Jan 1916 25 May 1921 Appointed, Apostolic Nuncio to Poland)
  14. Giuseppe Petrelli † (27 May 1921 1925 Resigned)
  15. Serafino Cimino, O.F.M. † (13 Apr 1926 4 May 1928 Died)
  16. Gaetano Cicognani † (20 May 1928 14 Jun 1936 Appointed, Apostolic Nuncio to Austria)
  17. Fernando Cento † (25 Jul 1936 9 Mar 1946 Appointed, Apostolic Nuncio to Belgium)
  18. Luigi Arrigoni † (31 May 1946 6 Jul 1948 Died)
  19. Giovanni Panico † (28 Sep 1948 14 Nov 1953 Appointed, Apostolic Delegate to Canada)
  20. Francesco Lardone † (21 Nov 1953 30 Jun 1959 Appointed, Apostolic Delegate to Turkey)
  21. Romolo Carboni † (2 Sep 1959 26 Apr 1969 Appointed, Apostolic Nuncio to Italy)
  22. Luigi Poggi † (21 May 1969 1 Aug 1973 Appointed, Apostolic Nuncio to Other)
  23. Carlo Furno † (1 Aug 1973 25 Nov 1978 Appointed, Apostolic Nuncio to Lebanon)
  24. Mario Tagliaferri † (15 Dec 1978 20 Jul 1985 Appointed, Apostolic Nuncio to Spain)
  25. Luigi Dossena † (30 Dec 1985 2 Mar 1994 Appointed, Apostolic Nuncio to Slovakia)
  26. Fortunato Baldelli † (23 Apr 1994 19 Jun 1999 Appointed, Apostolic Nuncio to France)
  27. Rino Passigato (17 Jul 1999 8 Nov 2008 Appointed, Apostolic Nuncio to Portugal)
  28. Bruno Musarò (5 Jan 2009 6 Aug 2011 Appointed, Apostolic Nuncio to Cuba)
  29. James Patrick Green (15 Oct 2011 6 Apr 2017 Appointed, Apostolic Nuncio to Sweden)
  30. Nicolas Girasoli (16 Jun 2017 )
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Video homenaje a Manolo

"¡Cómo no creer!. Señor de los Milagros

 

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