martes, 27 de julio de 2021

ZEGARRA LÓPEZ, Dante Edmundo Bienhechora de almas. Sor Ana de los Ángeles Monteagudo. Una vida de virtudes heroicas

ZEGARRA LÓPEZ, Dante Edmundo Bienhechora de almas. Sor Ana de los Ángeles Monteagudo. Una vida de virtudes heroicas (Corporación Kaptiva SAC, Arequipa, 2021, 246 pp)

Gracias, amigo Dante, por ayudarnos a entrar en este cofre de santidad que es la santa (aunque el título canónico sea de Beata) arequipeña Sor Ana de los Ángeles. Lo haces tañendo la campana de tu saber histórico y tu sabor periodístico, pero con alma de poeta y corazón de creyente. Tan difícil amalgamar, sintetizar todo, pero lo has logrado, quizá por esa promesa interior motivada por el amor de tu vida, tu esposa Lourdes Mariel. Pero ya diste a luz esta bella criatura que has gestado por más de 40 años. Larga travesía que agradeces como peregrino en personas con nombre propio: Padre José María Gordo, secretario de Mons. J.L. Rodríguez Ballón; Guillermo Galdos, archivero; Madre Trinidad Ávila, priora del Monasterio de Santa Catalina; Diego Alejandro Dani Salas, diseñador de la carátula; Enrique Zavala, periodista y editor; Paulo Pantigoso Velloso da Silveira, mecenas; P. Jorge Carlos Beneito, SJ, y Mons. J.I. Alemany, espléndidos prologuistas. El capítulo 26 lo constata: "Gracias, infinitas gracias: En primer lugar, doy gracias a Dios por darme el conocimiento y el camino, por ser guía y luz en mi vida…Para todos ellos y para otros que llevo en el corazón, mi profunda gratitud y mis oraciones" (pp.233-235).

Lo dedicas al Papa Francisco, a tu esposa, tu hijo y tu nuera; en memoria de tus padres y en gratitud al bienhechor de la edición. Nos recuerdas que se publica en el 335 aniversario del tránsito de la Beata Ana de los Ángeles. Dejas bien claro tu objetivo: escribir una exhaustiva biografía de la mujer más importante de todos tiempos en la historia de Arequipa, tras tu opera magna "Monasterio de Santa Catalina de Sena de Arequipa y doña Ana de Monteagudo, priora" (551 pp) con motivo de la visita del Papa Juan Pablo II a Arequipa con motivo de su beatificación. Para ello has acudido a todas las fuentes, AGI de Indias en Sevilla, los archivos Regional, Arzobispal y Municipal de Arequipa, el General de la Nación, la Biblioteca Nacional de España y el del propio Monasterio.

 El gran reto era que "fuese muy legible y sin las características de los trabajos históricos en que se puntualizan las fechas y las referencias documentales". Para ello, optaste por una recreación histórica, con todo el rigor documental pero relatado de modo ágil y ameno. Ha bastado la genial idea de poner la historia en la boca y la pluma de una religiosa de velo blanco, Sor Petronila de Monserrat, quien vivió con la protagonista, para darle vida y fuerza al relato. Tu gran aporte ha sido en transformar el tedioso repositorio jurídico de los testigos en un variopinto contexto de chispeantes y animadas conversaciones sin convertirlo en ficción sino con la necesaria dosis de realismo que nos lo presenta tan creíble. Tanto que uno se queda con las ganas de seguir sus pasos. Porque, lejos de un retrato hagiográfico dulzarrón o tenebrista, se brinda una vida luminosa, de andar por casa, familiar, y "ésta fue su conversación más frecuente, contar las historias que en toda su vida le habían sucedido con las almas y siempre estuvo muy, muy contenta, en medio de dolores y enfermedades que sufrió" (p.93).

La obra se articula en 26 capítulos.  Los tres primeros se presentan como contextualización de la vida, misión y beatificación de sor Ana. Arranca con el tañido de campana del martes 29 de octubre de 1686, 290 días, del entierro de la sierva de Dios, y el proceso en el que tendrán que exhumar sus restos y declarar acerca de sus virtudes. El capítulo 4 se lo lleva la familia, su padre Sebastián de Monteagudo, de Villanueva de la Jara (Cuenca), su madre Francisca Ruiz de León -hija del fundador de Arequipa Juan Ruiz de León y la noble indígena Ana Palla; sus 7 hermanos Francisco, Mariana, Catalina, Juana, Inés, Andrea y Sebastián.

Los siguientes capítulos se dedican a caracterizar el ambiente arequipeño ("entre un terremoto y otro") y la trayectoria de su vocación (duro noviciado, profesión, dos primeras décadas de vida conventual), la "visita inesperada" de 1642 para inspeccionar la observancia monacal, su etapa de madurez y plenitud (como dedicada sacristana, maestra ejemplar, priora reformadora), su vida fervorosa (pobre, silenciosa, orante, penitente de férrea fe). El capítulo 17 nos permite profundizar en sus virtudes heroicas; como depone sor Francisca de la O "Sor Ana tenía puesta la esperanza en la misericordia de Dios de su salvación por los méritos de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Tenía toda su confianza, manteniéndose con mucha humildad profunda como una criatura inútil e inconsciente a los beneficios que recibió de la liberalidad de Dios…de donde surgió una ardiente caridad hacia el prójimo y sobre todo por los pobres necesitados…especialmente con las benditas almas del Purgatorio, por quienes ofreció todas las buenas obras que hizo" (p.116).

 Dos capítulos, el 18 y el 19 -entrañable y leal amistad- se refieren a la particular amistad vivida con el santo agustino Nicolás de Tolentino de quien toma su celo por las almas del purgatorio; cabe resaltar la simpática devoción para con otro santo agustino, Tomás de Villanueva, al que llamaba "tío". En "dones sin par" (cap.20) se presentan los excepcionales carismas de la beata dominica, sobre todo los de profecía y bilocación. Del 21 al 23 se nos da cuenta del atardecer de su vida ("retorno al Padre" que ella misma profetiza), su "despedida" en olor de santidad con sermón de campanillas por el P. Juan Alfonso de Cereceda, SJ, primer biógrafo. Después de casi trescientos años, -299 y 23 días-, el 2 de febrero de 195- "beata, al fin", nada más y nada menos que con la presencia del propio papa San Juan Pablo II y en su misma tierra.

 El penúltimo capítulo lo dedica el autor a contarnos los porqués y paraqués que suelen contarse en la introducción, dedicando el último a todo un magníficat o Te Deum por el regalo recibido y compartido. Como generoso final nos comparte los documentos básicos de la obra. Como post data una entrañable carta de la actual priora del Monasterio, Madre Rosa Elvira, OP, anima a leer el libro para que "sigan el buen ejemplo de la beata como cristiana ejemplar y sientan deseo de ser santos".

José Antonio Benito

Leer todo...

lunes, 26 de julio de 2021

José Manuel Valdés (1767 – 1843) Médico, poeta y hagiógrafo en tiempos de la Independencia

José Manuel Valdés (1767 – 1843) Médico, poeta y hagiógrafo.

 

Hijo de Baltasar Valdés, músico de profesión, y de María Cabada, de ascendencia africana. Gracias a sus padrinos pudo estudiar en el Colegio de San Ildefonso, en donde se perfeccionó en el latín, filosofía y teología. Al finalizar sus estudios optó por prepararse como cirujano y en 1788, con solo veintiún años se recibió como cirujano latino y continuó sus estudios de Medicina bajo los auspicios de Hipólito Unanue. Ya en 1792, se le concedió una licencia especial para ejercer la medicina, a pesar de no contar con el título. Con gran facilidad para los idiomas, dominó el inglés, italiano y francés.

Publicó tres artículos bajo el seudónimo de Joseph Erasistrato Suadel en el Mercurio Peruano y uno con sus iniciales, dedicándose a explicar sus conocimientos sobre la higiene, la disentería, la muerte ocasionada por hernia y sobre el veneno animal y sus remedios, llegando a traducir al latín la tesis doctoral de Unanue.

En 1807, y en presencia de Unanue, Miguel Tafur y José Manuel Dávalos sustentó su tesis de bachiller, Universidad de San Marcos; logrando el doctorado meses después. Con motivo de la invasión de Napoleón y la crisis suscitada en España y en América, participó en tertulias con otros médicos críticos del sistema virreinal, publicando numerosos artículos, al tiempo que ejerció como médico de varios hospitales como el célebre de San Andrés; su investigación «Cuestión médica sobre la eficacia del bálsamo de copaiba en las convulsiones de los niños» le valió ser incorporado a la Real Academia de Medicina de Madrid en 1815.

Fue el primer médico afroperuano de nuestra historia y un prócer de la Independencia ya que contribuyó con sus acciones a consolidar la incipiente República gracias a su obra científica y literaria. Así, con la llegada del general José de San Martín al campamento de Huaura, sitiando Lima, sufrió, al igual que todo el Ejército Libertador los males del cólera y las tercianas, la COVID de su tiempo. Fue Valdés uno de los estudiosos de la epidemia que azotó Lima en 1821 y que terminó por influir en la retirada del ejército realista a la sierra. Por tal razón, el propio San Martín reconoció -recién proclamada la Independencia- su apoyo, otorgándole la Orden del Sol. Además, fue designado médico de cámara del Gobierno. Al fundarse la Sociedad Patriótica en Lima el 10 de enero de 1822, tuvo como miembros a médicos insignes, tales como Unanue -vicepresidente-, Tafur, Paredes, Devoti y nuestro protagonista Valdés.

La historiadora Carmen McEvoy sitúa a Valdés como médico destacado en el apoyo a los expedicionarios de San Martín que morían en Huaura por las pestes, reivindicándolo como científico forjador de la República naciente. De hecho, al entrar en Lima el ejército expedicionario de San Martín, Valdés apoyó la causa de la Independencia, a la cual dedicó varios poemas, tales como sus odas a San Martín" (1821) y a Simón Bolívar" (1825).

Como señala Yobani Gonzales José Manuel Valdés fue el afrodescendiente más importante en la transición de la Colonia a la República. Transitó por la cultura letrada limeña como un miembro activo, escribió sobre medicina, realizó traducciones del latín al castellano, escribió sobre literatura y religión, y fue el médico de cabecera de la élite política y religiosa de Lima durante el siglo XIX. Llegó a ser un buen matemático, teólogo, filósofo y latinista, consiguiendo la estima y respeto de sus maestros, siendo uno de ellos el cosmógrafo Cosme Bueno, quien fue también uno de sus protectores.

 Para 1827 fue designado catedrático de Medicina y participó en la reorganización del Colegio de Medicina; así mismo, fue diputado por Lima en 1831. Valdés era un hombre creyente en la religión y sometía sus escritos a la revisión de la curia eclesiástica para no generar problemas. Parece que pensó ser sacerdote, pero tuvo que desistir por los prejuicios de la época.

En 1833 publica el Salterio peruano, su obra poética religiosa más estudiada. Varios de los estudiosos de la literatura peruana citan la famosa obra de Valdés. Entre ellos, el gran intelectual español don Marcelino Menéndez Pelayo señaló que era «muy notable por la pureza de la lengua y dulzura de estilo que sabe a Fray Luis de León», y concluye que el Salterio era una de las mejores obras que ha salido en América y la mejor en castellano. Profundamente religioso, sus trabajos están combinados con largos pasajes bíblicos; de hecho, Luis Alberto Sánchez lo considera como escritor místico, y la crítica literata Milagros Carazas lo considera como "el poeta místico de armoniosa lira más relevante de nuestra literatura. Otros trabajos escritos con devoción religiosa fueron "La Fe de Cristo Triunfante en Lima" de 1828 y la clásica biografía de San Martín de Porres de 1833, en la que -identificándose con la atractiva figura del donado mulato dominico- logra belleza literaria, rigor científico, fervor religioso.

A partir de 1835 hasta su muerte acaecida en 1843 fue protomédico general de Perú. Fue catedrático de la escuela de medicina desde 1811 y director desde 1840. Hizo compatible su ejercicio de la medicina con la literatura, llegando a ser considerado notable historiador y hagiógrafo por su biografía de san Martín de Porres, así como varios poemarios místicos.

El Comercio - en su edición del 31 de julio de 1843- no ahorró palabras para rendirle un agradecido homenaje en el momento de su muerte:

El doctor Valdez, prestó a la patria servicios eminentes ilustrando con sus escritos el nombre del Perú, y dándole fama y estimación aun en las naciones más cultas de Europa. Como ciudadano fue obediente a las leyes y fiel observante de los deberes sociales. Como cristiano ha sido su vida entera un modelo de virtud y de santidad: la moderación, la humildad, la caridad, la piedad, hacían resaltar más la profunda sabiduría de que estaba adornado. Como médico poseía cono- cimientos eminentes en su facultad, y algunas disertaciones escritas por él sobre este ramo, han sido acogidas por los sabios de Europa con aplauso y admiración. Como literato encantaba por la sublimidad de su elocuencia, por lo vasto de su erudición, por su finura, por su gusto, y por el inmenso caudal de conocimientos científicos, que en su larga y estudiosa carrera había atesorado. Dotado de un talento claro y penetrante, y de una aplicación inmensa logró sobresalir en casi todos los ramos de la bella literatura, mereciendo que algunas academias de Europa, se honrasen de contarlo en el número de sus miembros. Como poeta puede decirse sin exageración, que era árbitro de los corazones por la dulzura de su lira como hombre privado y como amigo, estaba dotado el señor Valdez de las prendas más distinguidas: un corazón noble y generoso, unos sentimientos llenos de lealtad y franqueza, una familiaridad moderada pero circunspecta; unido todo esto a las gracias de un espíritu cultivado i lleno de poco comunes conocimientos, hacían sobremanera agradable su trato y comunicación.

 

Leer todo...

domingo, 25 de julio de 2021

SERMÓN PATRIÓTICO DE 1947. P. RUBÉN VARGAS UGARTE

Oración Patriótica pronunciada en la Catedral de Lima el 28 de julio de 1947, al conmemorarse el 126 aniversario de la Independencia del Perú[1]

El gran historiador Rubén Vargas Ugarte, guiado del magisterio de Herrera, Huerta y Tovar, recuerda los deberes (respeto a la ley y a la autoridad y el anhelo de contribuir al bienestar de los demás). Fomentar las virtudes cívicas. Lograr la unión.  

Señor Presidente de la república[2]

Emmo. Señor Cardenal Arzobispo Primado[3]

Excmo. Sr. Nuncio de Su Santidad[4]

Excmos. Señores Obispos

Señores Embajadores

Representantes de los Poderes del Estado

No vengo a halagar vuestros oídos con vanas frases de pomposa retó9rica ni menos a prodigar elogios o engarzar fútiles guirnaldas de patriótico regocijo con motivo de esta celebridad, no; creería faltar al respeto debido a esta cátedra, ennoblecida por la elocuente palabra de un Herrera, de un Huerta, de un Tovar y de otros preclaros sacerdotes para quienes el aniversario patrio fue, sin duda, una fecha digna de ser exaltada, pero ante todo la ocasión de volver los ojos al presente y preguntarse con franqueza y lealtad, ante el Dios que nos concediera la dicha de sr libres, si hemos respondido cumplidamente al beneficio y nos hemos hecho dignos de la grandeza de esta dádiva.

En la hora solemne en que el Jefe de esta católica nación va a tributar a Dios el debido homenaje de su reconocimiento y el Pontífice que felizmente rige esta venerada Iglesia va a rendir gracias en nombre de su pueblo al Señor de los Ejércitos, es necesario y conveniente que nos recojamos un poco, que demos vida a la reflexión y, entrando dentro de nosotros mismos, pesemos en la balanza de una conciencia justa y ante el Tribunal de la verdad Suprema, los quilates de nuestro patriotismo y lo acendrado de nuestro afecto para con la patria.

Porque, amados oyentes, no es posible dar oídos a esa falaz y vocinglera sirena que sólo nos habla de derechos del hombre y olvida que por encima de esos legítimos derechos y como ineludible vínculo de toda criatura tenemos aquí en la tierra sacrosantos deberes que cumplir. Uno de esos deberes es precisamente el amor a la patria, al suelo en que nacimos, a la tierra en que yacen nuestros antepasados y nos sustenta con sus frutos y nos regala con la blandura de su temperie.

Deber es, como dice León XIII, impuesto por la naturaleza, amar a la sociedad en que nacimos y este amor en todo buen ciudadano deber ser tal que lo haga pronto a ofrendar la misma vida por la Patria. Ahora bien, hoy más que nunca es preciso hacer hincapié en este concepto, porque son muchas las causas que tienen a oscurecerlo en nuestra mente y debilitarlo en nuestra voluntad, haciéndole creer al hombre que o no existen lazos que nos vinculen a aquellos con quienes vivimos o que éstos no son de tal naturaleza que puedan razonablemente exigir de nosotros algún sacrificio. El egoísmo ese cierto helado que paraliza hasta en su raíz todo sentimiento generoso y la insaciable sed de bienestar material que rebaja los ideales de la felicidad humana son los dos mayores enemigos del patriotismo, porque éste como toda virtud moral se nutre de la caridad y no puede haber caridad allí donde el yo se erige a sí mismo en soberano y se fija como meta de la vida el placer.

Por eso juzgo que nada hay tan necesario como recordar esos deberes y todos, gobernantes y gobernados, poderosos y humildes, en este día en que celebramos la aurora de nuestra vida como nación independiente, los debemos traer la memoria, para excitarnos a su cumplimiento, como el mejor homenaje que podemos rendir a nuestra madre común.

Esos deberes los podemos reducir a dos: el respeto a la ley y a la autoridad que vela sobre ella y el anhelo de contribuir en la medida que nos corresponda al bienestar de los demás. No me detendré en probar, porque demasiado lo sabemos, que el respeto a la ley y a la autoridad que podemos llamar su encarnación es el nervio y fundamento de toda sociedad, pero no es menos cierto que nada hay tan difícil en la práctica como someterse a ella, sobre todo cuanto en la orden del superior hay algo que contraría nuestras miras privadas o no dice bien con nuestro modo de pensar. Pero ¿quién no ve que sería imposible la convivencia si en lugar de atender al bien general se hubiese de tener en cuenta sólo los intereses y pareceres de cada individuo en particular? No, el sometimiento a la ley por imperfecta que ella sea, como lo es De ordinario la obra del hombre, es tan necesario en la vida social que de él no pueden derivarse sino ventajas para la colectividad, en tanto que su desprecio no puede menos de acarrear la ruina de todo el edificio del Estado. Sin embargo, una larga y triste experiencia contradice esta verdad entre nosotros y todavía es el caso de repetir lo que dijera en otro tiempo la autorizada palabra de D. Bartolomé herrera: que el principio de obediencia pereció en las luchas de la emancipación: tan frecuente se hizo en la república al conculcarlo.

Más aún, si acaso nos doblegamos ante la ley, ello no se hizo por conciencia como querría san Pablo que lo hiciesen los cristianos sino a lo sumo por temor de caer bajo la amenaza de la sanción

Pero, ¿irán tras ese ideal los que cegados por la pasión política tienen por adversarios a los que no adoptan su mismo modo de pensar? ¿los que juzgan erradamente que el dominio del Estado es sólo patrimonio de una facción? ¿cómo decir que aman a la patria los que sólo atiende al logro de sus miras privadas y en el disfrute de los bienes que, pródigo nos brinda nuestro suelo, hacen uso de su exclusivismo irritante e injusto? ¿Cuál es la patria que aman los que desatienden a sus hermanos y nada hacen por mejorar la condición de los desvalidos?

¿Y de la autoridad no podemos decir hoy las palabras dichas por otro ilustre sacerdote desde esta misma cátedra? Lamentábase D. Juan Ambrosio Huerta al ver que en el Perú todos se creían con derecho a hacerla objeto de sus críticas y darle lecciones de buen gobierno, empleando para ello muchas veces una lengua maldiciente, como si para dar un consejo saludable a los que manda fuera necesario ultrajarlos. Oh y cuán grave daño infirió esta conducta a la sociedad y cuán funesto ejemplo se dio a la multitud incapaz por sí misma de pensar. ¡Y no se paró mientes en que cuando se combate o se prestigia a la autoridad por los mismos filos se hiere a todo el cuerpo social y se irroga una ofensa a todos sus miembros que de ella dependen como de su cabeza!

Por eso el Apóstol gravemente nos previene que el que resiste a la autoridad legítima resiste a un mandato de Dios, quien, como Dominador del Orbe, no puede dejar sin castigo un delito que amenaza de muerte a la misma sociedad. A ello se agrega que achaque antiguo ha sido culpar a las autoridades o las leyes de nuestras desgracias, pero basta un poco de buen sentido y avivar un tanto la memoria para comprender que no está allí la raíz del mal sino en nosotros mismos, porque no son los gobernantes ni las leyes los que hacen buenos y felices a los hombres, sino al contrario los buenos y virtuosos ciudadanos son los que dan sabias leyes y eligen autoridades dignas del poder.

Inculquemos el respeto a la ley, la obediencia a la autoridad, en una palabra, fomentemos las virtudes cívicas en nuestro pueblo y habrá desaparecido de entre nosotros una de las causas que retrasan nuestro desenvolvimiento como nación.

Pero no es esto solo, el hombre en sociedad no vive aislado de los demás y así como participa y disfruta de los bienes que la vida social lleva consigo, así también le corre la obligación de contribuir en la medida de sus fuerzas al bienestar común. Nada más funesto que ese egoísmo que sólo atiende al interés particular y ahora se oculta bajo el disfraz de una fría indiferencia, ahora llega con increíble descaro hasta la violación del derecho de los demás. Vicio es éste que así se hallará nen los de arriba como en los de abajo, olvidando los primeros que Dios los destina a ser la providencia del pobre y los segundos que el trabajo dignifica y es ley impuesta a todos hombres.

¿Y podrán los que de él se hallan contaminados hablar de patriotismo? ¿Es que acaso el amor a la patria se identifica con su propio interés?

Lejos, muy lejos de nosotros esa mezquina y rastrera concepción de la vida que no se propone otro blanco que la satisfacción de nuestros caprichos y tiende a hacer de la sociedad un violento entrevero de encontradas pasiones. O diré con Mons. D´Hulst: lamentemos la suerte de la nación condenada a escoger entre esas dos formas del egoísmo: la de los satisfechos que todo lo quieren para sí y la de los descontentos que sólo espían la ocasión echarse sobre su presa. Como en el sueño de Faraón los débiles devorarán a los fueres para ser devorados as su vez por otros en un turno inacabable y violento.

Pavoroso es el cuadro que a nuestra vista se presenta, pero es la consecuencia del olvido de los deberes que nos impone la justica social. No en vano quiso Jesucristo que la sociedad por él fundada se asentase sobre esas dos piedras sillares: la justica y la caridad: sin ellas no hay convivencia humana posible y se convierte en un mito el nombre de patria. Porque amar a la patria es servirla en todos y cada uno de sus hijos: des cooperar al bien común; es dar algo de si en beneficio de los demás; es, en una palabra, sentir la emoción ajena como si fuera propia y vivir en la práctica ajustando sus actos a ese ideal de fraternidad que nos legó Cristo y hace de todos los hombres y mucho más de los nacidos bajo un mismo cielo, miembros de una sola y única familia.

No, amados oyentes, la patria de la cual hemos recibido señalados beneficios y nos los dispensa continuamente, espera de nosotros algo más que vítores y aplausos; espera que todos cumplan con los deberes que Dios mismo nos exige para con ella y que hemos resumidos en el respeto y obediencia a la autoridad y a la ley y en una verdad y eficaz cooperación al bienestar de los demás. Ningún día más dichoso para el Perú, aunque aquél en que cada uno, desde el pastor indígena que guarda su ganado en las punas hasta el hombre de negocios que planea una gran empresa mercantil, llegue a persuadirse de estos deberes y se disponga a cumplirlos esforzadamente.

Entonces si que nuestra patria será firme y feliz por la unión y la inevitable diversidad de pareceres que da origen a los partidos políticos no convertirá a estos en instrumentos forjadores del odio y de la división. Meditemos en los deberes que nos impone el patriotismo y, echando un velo sobre los yerros y extravíos en que hayamos podido incurrir en el pasado, aunemos nuestros esfuerzos para hacer del Perú, una nación unida, virtuosa y fuerte. Sin reservas y con generosidad, hombre con hombro, sin más distinción que la señalada por la jerarquía social, apliquémonos a esta tarea a fin de que todos puedan gozar dl inefable placer de haber contribuido a la grandeza de la patria.

Oh, Señor, que riges los destinos de los pueblos y desde tu eternidad fijaste el día en que había de lucir para nosotros el sol de la libertad, mira esta nación que hoy eleva sus ojos hasta tu trono para agradecerte tus beneficios y por boca de sus Prelados y Sacerdotes te canta desde todos los ámbitos de su suelo el himno de la gratitud. Escucha nuestros votos y, al derramar tus bendiciones sobre nosotros, sean ellas prenda de una era de paz sobre la tierra y de gloria para tu nombre en los cielos. Así sea



[1] Publicada en revista Renovabis, Lima, julio-agosto 1947, pp.79-80[2] José Luis Bustamante y Rivero[3] Juan Gualberto Guevara  [4] Luis Arrigoni

Leer todo...

Fray Sebastián de la Cruz y del Espíritu Santo, mercedario (Callash, Cajamarca 1668- Lima, 1721)

Fray Sebastián de la Cruz y del Espíritu Santo, mercedario (Callash, Cajamarca 1668- Lima, 1721)

 

Sebastián de la Cruz González Ayala nació en 1668 en el caserío de Callash, primogénito de Sebastián González y Micaela Ayala, ambos indios caciques. Tuvo, otros dos hermanos, con los cuales compartió una infancia feliz al calor del cristianismo del hogar. Su padre era un hombre muy fervoroso, quien llevaba todos los días a sus hijos a participar en la celebración de la misa y les enseñó a rezar en casa; en concreto, al desayunar y rezar el Padre Nuestro, en llegando a la petición: "danos hoy el pan de cada día", sacaba un pan de la canasta y él mismo se lo daba dándoles a creer firmemente que de Dios lo recibían.

Tan gozosa vida familiar en los primeros años de su vida, se rompe por la muerte de su padre Sebastián primero y dos años después de su madre Micaela, quedando bajo la tutela de unos tíos que sobrevivieron.

La ocupación principal del niño fue la de pastor de las ovejas que sus padres habían dejado, y como ya no había quien lo llevase a la misa diariamente, cuando no podía asistir, mientras las ovejas pastaban, él, arrodillado en el mismo lugar del campo donde cuidaba el rebaño; y mirando en dirección a la Iglesia, como predestinado de Dios, tenía la capacidad de escuchar la Santa Misa que el señor cura celebraba todos los días en la iglesia del pueblo de Cajabamba

Parece que una vez se perdió en el campo, anocheció y estaba en ayunas. Sintió la tentación del Demonio que lo aterrorizó con una visión espantosa. Vio que un horroroso incendio se cerraba a su alrededor para abrasarle; pero Dios acudió a su amparo, ofreciéndole frente a sí una ermita con las puertas abiertas de par en par. Corrió a ella, y en el altar vio a Cristo crucificado, que con los brazos desclavados le mostraba su costado abierto y le invitaba a refugiarse en su Sagrado Corazón. En tal situación, se sintió provisto de alas y, lanzando un rápido vuelo se abrazó con el Cristo de la cruz, que, ensanchando la herida del costado, le introdujo en él; al volver en sí del sueño, se encontró cerca de su casa.

Pasada la infancia y aprendidas las primeras letras, leyó la vida de los santos y otros libros de espiritualidad, sintiendo lo que san Ignacio de Loyola "si ellos lo hicieron yo también puedo hacerlo". Así, el Espíritu Santo, iba inspirándole grandes deseos de ser santo.

Sus biógrafos cuentan sucesos prodigiosos como aquél de sus años de adolescente en que, ayudando en las faenas agrícolas, una yunta de bueyes cayó por un rodado; aunque la gente se lamentaba por la pérdida de los animales, él rezó por su recuperación y los encontró sanos y salvos. De igual manera, cuando contaba unos17 años de edad, una tarde de tormenta en la que estaba cuidando del rebaño de ovejas, un rayo las mató a todas quedando él, milagrosamente ileso, sin ninguna quemadura y sin ningún rasguño. Asustado corrió hasta su casa a contarle a sus tutores lo sucedido. Estos fueron al lugar y al ver a todo el rebaño sin vida, su tío lo reprendió duramente, como si la culpa hubiese sido de él. Decepcionado por esa dureza, se quedó junto a las ovejas muertas llorando amargamente por la incomprensión y egoísmo de sus propios familiares, y así llorando se acercó a cada una de las ovejas muertas. Cuenta la tradición, que las iba acariciando y sus lágrimas caían sobre ellas, una a una se iban levantando y balando vivas y coleando.

Parece ser que este incidente u otro parecido decidió a Sebastián ingresar en algún convento. Guiado por un padrino suyo decide irse a la costa por Araqueda, Huacamochal, Usquil, Otuzco y Trujillo. Fue en uno de los conventos mercedarios de la región donde posiblemente conoció al célebre maestro de espiritualidad, Padre Luis Galindo. Allí enfermó gravemente y estando en el templo, escuchó una voz interior que le decía: "¡Sebastián; a la empresa mayor!".

Alentado por la divina llamada, sin despedirse de nadie, abandonó su puesto y, en compañía de unos arrieros, se dirigió hacia Santa, donde pernoctaron. Aquella noche, tuvo un sueño tan real que despertó preocupado creyendo que sus tíos llegaban para prenderle y obligarle a casarse. Sin pensarlo dos veces, se arrojó a la rápida corriente del caudaloso río, a pesar de que nunca había nadado; como comenzase a hundirse, se le apareció La Santísima Virgen y tomándolo de la mano lo dejó en la otra orilla.

En su patria chica de Cajabamba, se narra una versión parecida en la que Sebastián a orillas del río Santa, de profundas y caudalosas aguas, temeroso de cruzarlo, pero suplicando al buen Dios que le ayudase, y, al cabo de un rato, con la sorpresa de los viandantes, vieron cómo Sebastián extendía su poncho sobre las aguas y subía en él trasladándose como si estuviera en una balsa. Sigue el relato popular, contando, que la mañana de su llegada a Lima, se escuchó el repique de las campanas de sin mano humana las moviera.

Todavía tuvo que sufrir un asalto en el camino por lo que fue ayudado por un rico comerciante que le ofreció su casa para trabajar. Ya en Lima, tocó la puerta del convento de la Merced, en concreto, la celda del recordado Fr. Galindo, quién le preguntó qué deseaba. Sebastián le contestó:

- Padre: vengo aquí, para que vuestra paternidad me enseñe a ser santo.

Cuentan las crónicas que el Padre Galindo se rió, contento, de oír aquella razón tan sincera y encantadora, y le repuso:

-En buena hora; entre al convento de la Madre de la Merced.

Era el padre Luis Galindo de San Ramón, un apóstol en el púlpito con el confesionario, en las cárceles y hospitales y un taumaturgo prodigioso en toda clase de necesidades espirituales y materiales; a todo lo cual añadía una laboriosidad infatigable para el aumento del culto divino y el esplendor del templo de Dios. Además, había alentado la formación de un grupo de devotos -terciarios- quienes portaban un hábito de devoción sin carácter canónico. Fue lo que propuso al saber que Sebastián quería ser donado, con noviciado y profesión. De este modo, siguió un año de noviciado y profesó con votos simples perpetuos como donado, rehusando la capilla de lego que P. Vicario General Fr. Rodrigo de Castro le ofrecía.

Posteriormente continuó al servicio del P. Galindo y le ayudó en la reconstrucción del templo en los terremotos que lo derribaron especialmente el de 1687, el mismo que fue profetizado por Fray Sebastián, no quedando en Lima ni templo ni edificio en pie, pues desde la catedral hasta el palacio virreinal quedaron hechas un montón de ruinas. Desempeñó también el cargo de Despensero, logrando dar de comer a diario a unas 300 personas -entre mercedarios y personal de servicio- que se alojaban en los cinco claustros del convento.

Simultaneó los trabajos administrativos que llevaba en el convento con una vida fervorosa de oración, pues dedicaba a ella pasaba hasta cinco horas diarias, recibiendo grandes favores del Señor; uno de ellos fue el haberse desprendido de la cruz para abrazarle diciéndole: "Hijo, tú me verás porque soy tu Padre". A esta imagen del Señor Crucificado, obra del célebre escultor Martínez Montañés, Sebastián le puso el nombre de "El Señor del Auxilio".

Sólo queda rescatar la gran caridad con el prójimo, como consecuencia de su íntimo amor a Dios, y, que fiel a su carisma mercedario, se explayó en los cautivos de su tiempo, enfermos y necesitados. Así se manifiesta en los numerosos milagros atribuidos a su mediación. Rescatamos dos:

- Un caballero limeño estaba preocupado porque no podía tomar la santa bula de Cruzada por falta de la limosna necesaria, se acercó Fray Sebastián y le entregó secretamente, envueltos en un papel, los trece reales que le hacían falta. El caballero quedó estupefacto por ser lo que necesitaba y porque no se lo había manifestado.

- Otro día, a las diez de la noche, con el convento, el Hermano tuvo revelación de que una familia numerosa no había probado bocado desde el amanecer. La madre había mandado a un hijo a la tienda por pan y sin dinero, cuando, por bilocación, fray Sebastián se presentó al muchacho y lo proveyó de pan abundante para todos.

Más adelante, conocida su vida virtuosa, los personajes importantes de la época lo quisieron tener como amigo y consejero; fue el caso de don Sebastián de colmenares, Conde de Palestinos, quien pidió a Fray Sebastián que llevara a su menor hija a la pila bautismal, niña que con el tiempo se convirtió en la condesa de San Juan de Lurigancho.

Su muerte fue serena, llena de paz, en olor de santidad. Puestos los brazos en cruz sobre el pecho y dilatando los labios con una celestial sonrisa, entregó su alma al Señor, un 17de julio de 1721, a los 53 años de edad. Sus funerales fueron honrados con la asistencia de todas las autoridades civiles y eclesiásticas, entre ellas el virrey-arzobispo Diego Morcillo Rubio de Aruñón, la Real Audiencia, los cabildos civil y eclesiástico, comunidades religiosas y un público tan numeroso, que muchos se volvían sin poder penetrar en la iglesia, en cuya capilla del Señor del Auxilio fue enterrado a una vara de la pilastra del arco del lado del evangelio, en donde se encuentra empotrado un azulejo que indicaba su epitafio, el cual reza así: "El día 17de julio de 1721 murió de edad 53 años el hermanos Fr. Sebastián de la Cruz. Religioso donado del orden de la Merced, de esta provincia de Lima".

En 1837, después de 116 años de su muerte, fue declarado venerable, sin embargo, falta llevar a cabo el canónico exigido por la Iglesia. En este empeño están la gran familia mercedaria al celebrar los 300 años de su partida para la eternidad.

Oración para su pronta Beatificación

Padre de infinita bondad, Señor de toda la creación, que no cesas de aumentar el número de tus santos. Te alabamos y glorificamos por tu gran misericordia. Te pedimos nos concedas la pronta Beatificación de tu siervo Fray Sebastián de la Cruz y del Espíritu Santo, quien en vida sirvió con alegría y sencillez a la Santa madre Iglesia, obedeciendo con prontitud y respeto a sus superiores, ayudando a las personas más necesitadas, practicando el ayuno, la oración y la penitencia, para llegar a ser Santo, como era su deseo y como Tú quieres que todos se salven y sean santos. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén. (Un Padre nuestro, Ave María y Gloria


BIBLIOGRAFÍA

 

CLOE ANGULO Violeta, Milagro en Callash: Fr. Sebastián de la Cruz y del Espíritu San- to. Lima, 2002, 96 pp.

 

SERRATOSA, Fr. Ramón en su libro: Vida de siervo de Dios, Fr. Sebastián de la Cruz y del Espíritu Santo Provincia Mercedaria del Perú, Lima, 2006, pp. 88-204

SÁNCHEZ-CONCHA B Rafael Santos y Santidad en el Perú Virreinal VE, Lima 2003, p.231

https://www.facebook.com/NuestraMadreDeLaMercedDeLima/posts/2299005010167651/

Leer todo...

viernes, 23 de julio de 2021

Siervo de Dios Joseph Walijewski, primer párroco de Villa el Salvador

Nuestro Perú ensantado no ha quedado congelado en el tiempo virreinal de los clásicos cinco santos. Gracias se va renovando. Pronto veremos beatificada a la ayacuchana Agustina Rivas, de las Hermanas del Buen Pastor, mártir de Sendero Luminoso en La Florida. Hoy me entero -de labios de Monseñor Gerardo Zerdin, obispo del Vicariato de San Ramón, que, al igual que la Hermana Aguchita, otro siervo de Dios acabó sus días en este vicariato misionero de la Selva Central.

Se trata del Padre José Walijewski, sacerdote misionero de la Diócesis de La Crosse, Wisconsin, EE.UU., quien vino al Perú en 1971 y pasó casi dos décadas en Villa El Salvador donde fundó la Parroquia Cristo el Salvador, la primera iglesia de Villa, hace 50 años. Demos gracias al Señor y recordemos su benéfico paso por nuestro Perú, en vísperas del Bicentenario patrio que nos convida a rememorar eventos y personas protagonistas. El emblemático distrito de Villa el Salvador le cuenta entre sus forjadores.

 

Siervo de Dios Joseph Walijewski

El P. Joseph Walijewski (pronunciado Wali-ES-ki), nació en Grand Rapids, Michigan, el 15 de marzo de 1924, rodeado de 9 hermanos de una familia numerosa de 10, formada por 1924, Frank y Mary, sus padres.  Recuerda que, de niño, cuando tenía 6 años, estaba viendo descargar un camión de plátanos y le preguntó a uno de los hombres que de dónde venían. "Me respondió que de Hispanoamérica. Desde entonces me vinieron ganas de venirme acá".

 Después de graduarse de la escuela católica, Joseph se mudó al estado de Wisconsin para ingresar al seminario.  Ingresó al postulantado franciscano porque tenían misiones en Hispanoamérica. Tras 4 años de estudios, sus superiores le dijeron que no podía ser sacerdote debido a sus problemas con el estudio. Algo parecido a lo que le sucedió al célebre Cura de Ars. Sin embargo, no se rindió, oró y acudió a un seminario para estudiantes de origen polaco que no conocieran suficientemente la lengua inglesa. Después le costó encontrar obispo estadounidense que lo quisiera incardinar. Finalmente, el obispo de La Crosse en Wisconsin lo acogió porque necesitaba sacerdotes que hablaran polaco para atender a los emigrantes de este origen. Allí. en abril de 1950, fue ordenado sacerdote de la diócesis de La Crosse, Wisconsin.

En la diócesis, sirvió parroquias en tres comunidades. Luego, en 1955, escuchó un discurso sobre la necesidad de misioneros en Bolivia, América del Sur.  Le preguntó a su obispo si podía ir a Bolivia, pero el obispo le dijo que orara por eso y que lo contactara en un año.  Luego, en 1956, el obispo accedió a su pedido de ir a Bolivia.

El p. José fue a la ciudad de Santa Cruz, donde se reunió con el obispo Brown. Él mismo relata con mucho afecto la década vivida allá: "Para construir una iglesia con cemento, tuve que coger el tren que iba hasta Brasil a través de la selva. En Bolivia no había fábricas de cemento. El calor era agobiante y el proyecto un tanto absurdo, pero yo iba confiando en el Señor. Cuando llego, era entonces el mes de julio, me dicen que hasta noviembre no me pueden servir las 2.000 bolsas de cemento. Yo ruego al cielo y a la tierra, hablo con los encargados y días más tarde me preparan las 2.000 bolsas. Ahora viene un nuevo problema: que llueva. El tren tenía tres clases de pasajes: en un cajón cerrado, pero con ventana; en un cajón cerrado sin ventana donde iban los animales y en un cajón sin techo. Las bolsas sólo podían viajar en el cajón abierto. Si llovía, todas se malograrían. Tras mucho pensarlo le dije al Señor: "si tú quieres la iglesia, ya te encargarás de que no llueva". Y me preparé para hacer el viaje con mi sotana blanca en uno de los tres vagones. No podía dejar las bolsas sin vigilancia por miedo a que me las robaran.

Ya de vuelta llegamos a un río y nos encontramos que no hay puente. Al otro lado nos espera otro tren y nos encontramos que ha desaparecido el puente. ¿Qué hago yo para pasar las 2.000 bolsas de cemento en los pequeños botes que nos esperan? Me hablan de una tribu nativa 30 km. río arriba que dispone de más botes y más capaces. Allí me presento yo para pedir su ayuda. Al principio no me quieren ayudar, pero les doy varias estampas de la Virgen y cambian de opinión. Dos días completos nos llevó el traslado de la las bolsas. 1.500 llegaron sanas.

La construcción del templo también tuvo sus problemas. Por tres veces se nos abrieron los muros al tratar de cerrar el techo. Yo, por entonces, vivía en un establo que se había quedado sin vacas. Cuando estábamos acabando el templo y la casa parroquial se presentó un capitán con más de cien soldados pretendiendo convertir el templo en cuartel. Se estaba preparando una revolución, me dijo. Le convencí para que no utilizara la iglesia, pero le dejé la casa parroquial. Allí estuvieron mes y medio. Meses más tarde, el capitán se convirtió y fue uno de nuestros mejores bienhechores.

En otra ocasión, el obispo le dio un machete, y los dos comenzaron a abrirse camino a través de la jungla a las afueras de la ciudad.  Finalmente, el obispo se detuvo y dijo: "Construye una iglesia aquí. La gente vendrá y construirá sus casas alrededor de la iglesia".  Entonces, eso es exactamente lo que el Padre Joseph lo hizo.  Construyó la parroquia de Holy Cross y permaneció allí durante una década antes de ser llamado nuevamente para servir nuevamente en la Diócesis de La Crosse.

Pero en 1970, un terremoto devastó el Perú, ocasionando la desaparición de poblaciones enteras como la de Yungay, en Huaraz, y provocando la muerte de más de 74,000 personas.  El Padre José, fue enviado a Perú para ayudar. En las afueras de la ciudad capital de Lima, fundó la parroquia de Cristo Salvador en Villa El Salvador.  Durante los siguientes años, la población de la parroquia creciendo aceleradamente y de los 80,000 de entonces se ha convertido en el distrito más numeroso del país con más de un millón de habitantes, exactamente 1 117 629, en 2021.  El Padre José fundó hasta ocho capillas en el área. Los terroristas pronto le echaron el ocho debido a su trabajo de apoyo a los pobres y escapó milagrosamente de varios intentos de asesinato, como cuando la dinamita empacada en un tractor que estaba usando para trabajar en su iglesia no pudo detonar. Él mismo nos lo cuenta:

Vine al Perú como párroco de un naciente pueblo joven en Lima: Villa Salvador. Entonces se iniciaba el éxodo de la sierra a las ciudades grandes. Miles de familias acudían buscando una vida menos dura y se encontraban en la ciudad deseada sin ni un mal cobijo donde dormir y guardar las cuatro cosas que poseían.

En Villa Salvador también tuve que hacer de todo, pero quizá lo más significativo que viví allí fue la visita del Papa en 1985. Aunque la cosa empezó antes. A poco de ser elegido, en 1978, por mi condición de polaco fui elegido por el cardenal de Lima para representar al Perú ante el Papa en Roma. Allí me presenté y toda mi ilusión era que el Papa, personalmente, me bendijera un pan que yo pensaba repartir entre mis huérfanos. Como tenía alguna amistad con el cardenal Marcinkos le pedí que me ayudara. Me dijo que era difícil, pero que tras una reunión importante con cardenales iba a pasar por un corredor con una ventanilla, que allí le podía esperar y probar suerte. Así lo hice. Cuando tras mucho esperar apareció, me dirigí a él con mi pan. Mi sorpresa fue muy grande cuando vi que se paraba a escucharme como si no tuviera nada más que hacer. Se interesó por mis huérfanos y bendijo el pan con las dos manos. Le invité a visitar mi parroquia de Villa Salvador cuando viniera al Perú y me dijo que sí que le gustaría.

Años más tarde, para sorpresa mía y de todos, el Papa vino a Villa Salvador. Casi dos millones de personas, sobre todo los pobres de los pueblos jóvenes le estábamos esperando. Yo estaba en el palco como párroco, pero el cardenal me animó a que le dijera unas palabras en polaco. Improvisé como pude y en una mezcla de polaco, inglés y algo de castellano le di la bienvenida. Él viendo mi apuro y reconociendo mi acento americano me respondió en inglés.

Años más tarde recibió la visita del entonces cardenal Ratzinger deseoso de conocer la pobreza de que le había hablado el Papa. Llegó a la parte alta de Villa Salvador. La policía secreta que le acompañaba se opuso porque podría ser peligroso, pero él impuso su voluntad. El P. José le llevó a ver a una buenísima señora que estaba muriendo de cáncer, descubriendo que -entre toda la miseria de Villa Salvador- la estaban visitando unos niños a los que ella enseñaba el catecismo. Conteniendo a duras penas la emoción, el cardenal la bendijo y se marchó con una conmoción interior como pocas veces había sentido. 

Efectivamente, en 1985, el Papa Juan Pablo II visitó Lima, Perú, y se reunió con el Padre José.  Antes de abandonar el país, el papa le dio al Padre José un regalo de $50,000. Pocos años después, en 1985, Padre José tuvo la oportunidad una vez más de visitar con el Papa Juan Pablo II, y contarle su sueño de construir una casa para niños pobres y huérfanos, durante su primera visita papal al Perú. El Papa, impresionado con el compromiso y entusiasmo de Padre José, donó $50.000.00, lo cual fue usado para empezar la estructura inicial de la casa que ahora lleva su nombre. Fue en este entonces, después de 17 años de párroco en Villa el Salvador, Padre José se mudó a Lurín para empezar su nuevo proyecto, la Asociación Juan Pablo Magno.

 

Padre José encontró su inspiración después de ver como tantos niños limeños que viven en pobreza extrema. Un día, mientras caminaba por los barrios pobres de Lima, Padre José percató unas hojas de periódicos que empezaron a moverse. Luego, las cabezas de un niñito y una niñita salieron por debajo. Esos niños, como tantos niños de las calles de Lima, habían pasado la noche con sólo aquellos periódicos para protegerlos del frío. Pensó para sí: "Cómo puedo yo regresar a una cama calurosa, cuando hay tantos niños que viven en estas condiciones?".

 

Con este dinero, el Padre José fundó un orfanato en Lurín que llamó Casa Hogar Juan Pablo II en 1986 y que albergó a 140 chicos. Como él mismo comenta: "Quería hacer hombres de bien de estos muchachos que han tenido tanto que pasar. Necesitaba unos 1.000 dólares al año para cada uno de ellos, pero nunca me preocupé, Dios era mi tesorero. A veces tenía que coger el avión a Estados Unidos para pedir ayuda, pero nunca nos faltó". Allí pasó 14 años.

Desde Lurín pasó al Vicariato de San Ramón, Selva Central, a Chontabamba. Allí también buscó a los jóvenes más necesitados, aquellos que, al cumplir 18 años, pudieran tener un trabajo formando una cooperativa y trabajando en el campo. También le ilusionaba que pudieran iniciar una comunidad cristiana al hacerse mayores.

Por último, se empeñó en construir un comedor que dé trabajo en plan de cooperativa a unas cuantas personas y que sirva de ejemplo para que otros monten algo parecido, con una limpieza y un gusto que pueda atraer a turistas. Como afirmaba el P. José: "La solución a la pobreza no está tanto en la llegada de dinero como en la educación que enseñe a la gente a trabajar y a plantearse las cosas de otra manera".

También colaboraba con el padre Lucho y los domingos hasta llegaba a celebrarle hasta 4 misas por diferentes pueblitos alejados de Oxapampa, en las comunidades ashánincas de la región del Gran Pajonal . Cuando le preguntaban al P. José si no le daba miedo a sus 80 años "coger el todoterreno e irse por esos montes solo", respondió seguro de que siempre cuenta con la providencia divina: "Nunca voy solo, "el de Arriba" siempre me acompaña y me ayuda. Pero si me quiere llamar, no me importa, ya sabe que viajo con el maletín listo".

Cada año, el Padre José regresaba a la diócesis de La Crosse, Wisconsin, para compartir lo que llevaba en su corazón misionero, motivar a sus paisanos, y recabar donativos para la obra.  Una persona que tuvo el privilegio de escuchar muchas de las historias del sacerdote fue el seminarista James Altman, que en la actualidad es sacerdote, y quien declara: "Con el P. José se podía hablar durante horas sobre las personas a las que servía, cómo era ser misionero y cómo tenía que tener mucho cuidado de no ser asesinado por terroristas y agentes del gobierno debido a su servicio a los pobres; era un hombre humilde con gran fe".  

Los últimos años de su vida El padre José murió justo lo que deseaba, mientras trabajaba con los pobres.  Después de enfermarse, fue llevado a un hospital en Lima, Perú.  Murió de neumonía y leucemia aguda el 11 de abril de 2006 a la edad de 82 años.

Su diócesis ha incoado el proceso de beatificación. Compartimos su oración.

ORACIÓN PARA PEDIR GRACIAS Y SU BEATIFICACIÓN

Santo y buen Dios, su servidor y sacerdote, el padre Joseph Walijewski, a través del celo sacerdotal y la santidad heroica, defendió la inocencia contra la tristeza del mal, especialmente a las familias rotas y los niños indefensos.

Imaginándose al Cristo compasivo, llevó a otros a la fuente de la vida sacramental y al conocimiento de Jesucristo como su verdadero y único Salvador.

Padre celestial, te rogamos humildemente que levantes a tu siervo, el padre Joseph Walijewski, cuyo gozoso corazón sacerdotal estaba resuelto en el Corazón de Cristo Jesús, a los atrios de los cielos; y, por tu Santo Espíritu, que guía y conduce a la Iglesia, dénoslo como santo y héroe de esta generación.

Que a través de su ejemplo haya una nueva urgencia de las almas por Cristo. Por su intercesión, humildemente te pido (haz tu intención aquí) por Cristo nuestro Señor. Amén.

https://sites.google.com/site/vicariatodesanramon/home/contactenos/p-jose-walijewski

https://frjoesguild.org/

Leer todo...

Video homenaje a Manolo

"¡Cómo no creer!. Señor de los Milagros

 

José Antonio Benito Copyright © 2009 Gadget Blog is Designed by Ipietoon y adaptado por ANGEL SANTA MARIA R. Sponsored by Online Business Journal