viernes, 14 de agosto de 2009

¡QUÉ BELLA FIESTA, NUESTRA SEÑORA DE LA ASUNCIÓN! ¡AHORA SÍ QUE GANAMOS!

La fiesta de Nuestra Señora de la Asunción el 15 de agosto es una de las fiestas más entrañables para el pueblo cristiano. Celebramos la subida al Cielo de la Virgen, su “dormición”, la “Asunta”...Todavía recuerdo cómo en el verano español (de junio a septiembre), los pueblos agrícolas con el fin de avanzar la cosecha recibían de los obispos la posibilidad de trabajar hasta en domingo; sólo quedaba la fiesta de Santiago el 25 de julio y la de Nuestra Señora, el 15 de agosto.

Les adjunto la historia de la fiesta y la sabrosa homilía que cada semana nos prepara don José María Yagüe desde Chimbote, aunque no olvida a sus feligreses de Villarino (Salamanca) y la fiesta de san Roque, el 16.

La más antigua de las fiestas marianas es la que toda la Iglesia sigue celebrando. Toda, en el sentido pleno, siendo común, también, a los orientales, a los greco-eslavos, a los llamados "ortodoxos" quienes, además, le dedican la primera mitad del mes, como preparación, y la segunda como acción de gracias, confirmando el lugar que ocupa, para ellos, la Theotókos. Llamada durante muchos siglos "Dormición de la Bienaventurada Virgen", ha recibido una confirmación aún más solemne con el último dogma proclamado, el de la Asunción de María al Cielo en cuerpo y alma en 1950. Al definir este dogma, Pío XII no hizo más que definir solemnemente una verdad que los fieles siempre habían creído, es decir, la "necesidad" de que la carne de la Mujer que había dado carne al Hijo de Dios escapara a la corrupción de la carne. 
En Oriente hablan de "la dormición de la Virgen": María quedó dormida y su cuerpo desapareció, siendo llevado al Cielo; la Iglesia católica da libertad para creer una de las dos opciones: ¿murió o no murió, antes de ser llevada en cuerpo y alma al Cielo?

FIESTA DE LA ASUNCIÓN A PESAR DE “SAN NAPOLEÓN”

El 15 de agosto de 1769 nació en Córcega, en Ajaccio "Napolione"  Cuando aquel niño fatal creció consideró embarazoso para él ---y para sus cortesanos--- un cumpleaños que coincidía con la fiesta religiosa más sentida por el pueblo francés. Además, el apuro aumentaba por el hecho de que, precisamente, en la festividad de la Asunción se celebraba la "coronación de Luis XIII", el rey que el 15 de agosto de 1637 había proclamado un decreto solemne y oficial en el que ponía a toda la nación bajo la protección explícita de María.

 Por tanto, con la complicidad de algunos obispos cortesanos (y con la del débil legado pontificio en París), se puso a buscar entre los antiguos listados litúrgicos, descubriendo que, en una época, en Roma se celebraba el martirio de un grupo de cristianos: Saturnino, Germano, Celestino y Neopolo. Descubierto esto, se pusieron a trabajar filólogos que intentaron demostrar "científicamente" como, empezando por aquel "Neopolo", por una serie de improbables modificaciones fonéticas, el nombre del santo llegó a pronunciarse "Napoleo", del cual, en todo caso, nada se podía saber ni sabemos. De este mo, el 19 de febrero de 1806 se imponía en todo el Imperio la sustitución  de la celebración de la Asunción con la del honor al inédito "San Napoleone".

En Roma, el valiente cardenal Michele di Pietro (que sería encarcelado por oponerse al emperador) redactó, por orden del Papa Pío VII, un enérgico memorial de protesta y de condena, en el que se declaraba "inadmisible que el poder civil sustituya el culto a la Asunción de la Virgen al Cielo con el de un santo desaparecido, con una ingerencia no tolerable de lo temporal en lo espiritual".

Naturalmente, el fin de Bonaparte marcó también el fin del culto al "santo" que se le había construido a su medida. Y los pueblos subyugados al general pudieron volver a celebrar a la Virgen a mitad de agosto, tal como cuenta el historiador Gérard Mathon:

el culto a ese San Napoleón nacido más de la labor interesada, lenta y continua de aduladores que de la historia, reveló un mérito sorprendente e inesperado; en efecto sirvió para mantener el 15 de agosto como fiesta de precepto pues, si no, seguro que habría sido suprimida, como muchas otras, en los artículos orgánicos anexos al Concordato del 1801

Todavía hoy, después de muchas décadas y acontecimientos, toda Francia cierra por vacaciones cada 15 de agosto, pues el carácter festivo de este día fue reafirmado por un emperador que pensaba así actuar para su gloria eterna. Una eternidad que no duró más que los ocho años transcurridos desde el decreto sobre el 15 de agosto dedicado a "san Napoleón" y la abdicación de marzo en 1814.

LA ASUNCIÓN DE MARÍA, ¡QUÉ HERMOSA FIESTA!

La idea no es mía y por eso puedo decir que me parece brillante. Se la debo a Javier Gafo, en su precioso libro de homilías del Ciclo B. ¿Recuerdan aquella fenomenal película italiana, La vida es bella? Tras el juego fantástico de contrastes entre la primera parte llena de encanto, de alegría, de imaginación al servicio del disfrute familiar, y la segunda tan opresora y dramática que parece terminar en el campo de concentración con la ejecución del protagonista, llega la fiesta final. El niño, después de haber sido recogido por el tanque americano su premio, abrazado a su madre grita con júbilo indescriptible: “hemos ganado, hemos ganado”. Final feliz, después de más de una hora con el corazón oprimido y el apunte de no pocas lágrimas.

Eso es La Asunción. “Hemos ganado, hemos ganado”. A esta idea de Gafo,  ampliada en honor de quienes no tuvieron la suerte de ve la película, añado yo que la Liturgia de esta Fiesta, como la vida misma, es rica en contrastes. La Asunción de María es representación e icono del triunfo final de quienes vivimos el juego dramático de la Historia. La Liturgia parece poner el énfasis en los contrastes y paradojas. Veamos:

La mujer coronada de doce estrellas que da a luz pero amenazada por el dragón. Muerte del hombre y resurrección del hombre, en la segunda lectura. María embarazada de Dios y, a la vez, servidora de una humilde aldeana en la montaña. Pequeñez de la esclava y exaltada hasta el punto de ser llamada dichosa por todas las generaciones. Paradojas que ella lleva a su paroxismo en su Cántico: hambre para los ricos y dádivas para los pobres; derribo de los poderosos y exaltación de los humildes. Tal es la lógica evangélica: últimos primeros y primeros últimos. Todo eso es la Asunción de María. Que nos hace mirar al cielo, nuestra meta, sin olvidarnos ni por un instante de la historia presente, que esta exigiendo dolores de parto para instaurar el Reino de Dios siempre amenazado por el mal.

En María madre, Dios se ha hecho el Emmanuel, el Dios con nosotros. Exaltada al cielo, es el anticipo de nuestra condición humana glorificada hasta el punto de que ya toda la tierra se hace morada de Dios y ya no hay lágrimas, ni luto, ni dolor, que eso es cosa pasada. Lo que a ella le ha sucedido, nos sucederá a nosotros. El dragón rojo no puede con el Mesías, que es entronizado. La serpiente no nada puede nada contra la mujer. El mal, entre nosotros, es mucho y amenazador. Faraones y Herodes no han desaparecido. Al contrario, parece que cada vez fueran más y más fuertes. Pero, para quien resiste con fe, esperanza y amor, con la mirada fija en El y en la transformación de este mundo, el “hemos ganado” final está asegurado. María nos acompaña hasta el cielo. Ésta es nuestra fe, ésta es nuestra esperanza. María es manantial inagotable de amor y compromiso en la lucha contra el mal.

 

 

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