miércoles, 22 de marzo de 2017

Venerable Vicente de Bernedo, de Navarra a Bolivia pasando por Lima

Les comparto la ilustrada y espiritual semblanza del P. J.M. Iraburu, acompañada de la simpática anécdota recogida en el Boletín de la Causa editado por los PP. Dominicos de Pamplona

Venerable Vicente Bernedo, apóstol de Charcas

Un muchacho navarro

En Navarra, las rutas del Camino de Santiago que vienen de Francia, una por Roncesvalles, y otra por Aragón, se unen en un pueblo de un millar de habitantes, Puente la Reina, que debe su nombre al bellísimo puente por el que pasan los peregrinos jacobeos. Allí, junto a la iglesia de San Pedro, en el hogar de Juan de Bernedo y de Isabel de Albistur y Urreta, nace en 1562 un niño, bautizado con el nombre de Martín, el que había de llamarse Vicente, ya dominico. Son seis hermanos, y uno de ellos, fray Agustín, le ha precedido en la Orden de Predicadores.

Conocemos bastante bien la vida del Venerable «fray Vicente Vernedo Albistur» -así firmaba él- a través de los testigos que depusieron en los Procesos instruidos a su muerte. Se perdieron los procesos informativos realizados en 1621-1623 por el arzobispo de Charcas o La Plata, pero se conservan los demás procesos (Pamplona 1627-1628, Potosí 1662-1664, La Plata 1663, Lima 1678).

Contamos también con una Relación de la vida y hechos y muerte del Venerable religioso padre fray Vicente de Bernedo, compuesta hacia 1620 por un dominico anónimo que convivió con él; y con las antiguas biografías publicadas por los dominicos Juan Meléndez (1675) y José Pérez de Beramendi (1750), así como con los excelentes estudios recientes del padre Brian Farrely, O.P., vicepostulador de su Causa de beatificación, que son la base de nuestra reseña.

De 1572 a 1578, aproximadamente, Martín estudió humanidades en Pamplona. Hay indicios bastante ciertos de que a los diez o doce años hizo «voto de castidad y religión», a la muerte, que le impresionó mucho, de un tío suyo capitán. A los dieciséis años de edad, fue Martín a estudiar en la universidad de Alcalá de Henares, y ya entonces, en el colegio universitario en que vivió, se inició en una vida de estudio y recogimiento. Recordando esta época, poco antes de morir, declaró con toda sencillez que «aunque en su mocedad y principios había tenido terrible resistencia, rebeldía y tentaciones en su carne, había vencido ayudado de Dios con ayunos y penitencias». Una vez que descubrió la inmensa fuerza liberadora del ayuno y de la penitencia, les fue adicto toda su vida.

Fray Vicente Bernedo, dominico

Tenían los dominicos en Alcalá de Henares dos casas, el Colegio de Santo Tomás y el convento de la Madre de Dios. En éste, fundado en 1566, y que vivía en fidelísima observancia regular, tomó el hábito en 1574 Agustín Bernedo. Y cuando Martín fue a estudiar en Alcalá, allí se verían los dos hermanos, y el pequeño sentiría la atracción de la comunidad dominicana. El caso es que en 1580 ingresó Martín en la Orden.

Los dominicos entonces vivían con un gran espíritu. A partir de la Observancia aceptada en España en 1502, y de la que ya dimos noticia, habían acentuado rigurosamente la pobreza, característica originaria de las Ordenes mendicantes, las penitencias corporales, y la dedicación a la oración, con una cierta tendencia eremítica, en cuanto ella era compatible con la vida cenobítica y apostólica. Taulero, la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis, así como los dominicos Savonarola y Granada, eran para ellos los maestros espirituales preferidos.

Dedicados los dominicos principalmente al ministerio de la predicación, dieron mucho auge a las cofradías del Rosario y del santo Nombre de Jesús. Por otra parte, su formación intelectual venía guiada por la doctrina de Santo Tomás de Aquino, declarado Doctor Universal en 1567.

En este cuadro religioso floreciente, Martín Bernedo hizo en 1581, el 1 de noviembre, su profesión religiosa, y adoptó el nombre de Vicente. Vino así a tomar el relevo de otro gran santo dominico hispano-americano, San Luis Bertrán, que había muerto en Valencia el 9 de octubre de ese mismo año. Uno y otro, como veremos, ofrecen unos rasgos de santa vida apostólica muy semejantes. Los dos venían de la misma matriz sagrada, la fiel Observancia dominicana.

Estudios y sacerdocio

La renovación de la Orden de los Predicadores, y el auge de la doctrina de Santo Tomás, trajo consigo un notable florecimiento de teólogos dominicos, como el cardenal Cayetano en Italia, Capreolo en Francia, o en España Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Domingo Báñez. Cuando fray Vicente Bernedo pasó a Salamanca, donde siguió estudios hasta 1587, encontró a esta universidad castellana en uno de sus mejores momentos, y pudo adquirir allí una excelente formación intelectual. Fue discípulo del gran tomista Báñez, y también probablemente del famoso canonista Martín de Azpilcueta, «el Doctor Navarro», tío de San Francisco de Javier. Compañeros de fray Vicente fueron por aquellos años salmantinos los dominicos Juan de Lorenzana y Jerónimo Méndez de Tiedra, y este último sería más tarde el Arzobispo de Charcas o la Plata que le haría el primer proceso de de canonización.

En 1586 llegó el día en que fray Vicente pudo escribir a su casa esta carta dichosa: «Señora Madre: por entender que Vuestra merced recibirá algún contento de saber (que ya bendito Dios) estoy ordenado sacerdote, he querido hacerla saber a Vmd. como ya me ordené (gracias a mi Dios, y a la Virgen Santísima del Rosario, y nuestro Padre Santo Domingo) por las témporas de la Santísima Trinidad».

Primeros ministerios

En el convento de Valbuena, en las afueras de Logroño, parece ser que en 1591 tuvo ministerio fray Vicente. Consta que predicó en Olite y que allí estableció una cofradía del Rosario. Se sabe por un testigo del Proceso de Pamplona (1627) que fray Vicente «hizo en este reino de Navarra muchas cosas que dieron muestras de su mucha virtud, religión y cristiandad, como es predicar la palabra de Dios en esta Villa de la Puente y en el valle de Ilzarbe, fundando en varios lugares de dicho valle cofradías de nuestra Señora del Rosario».

Predicaban por entonces los dominicos todo el Evangelio de Cristo a través de los misterios del santo Rosario. Un testigo del Proceso potosino, el presbítero Luis de Luizaga, afirmó que fray Vicente «le enseñó a rezar el rosario del nombre de Jesús», en el que se rezaba una avemaría en lugar del padrenuestro, y en lugar del avemaría se decía «ave, benignísimo Jesús».

Sabemos que en 1595 estaba fray Vicente en el convento de la Madre de Dios, de Alcalá. Para esas fechas ya había muerto su hermano mayor, en la expedición de la Armada Invencible, y su hermano dominico, fray Agustín. No quedaban ya más hermanos que Lorenzo, fray Vicente y Sebastiana. Y fue entonces cuando fray Vicente -en el convento madrileño de Atocha, donde había muerto el padre Las Casas treinta años antes- se inscribió en una expedición misionera hacia el Perú. Pasó a las Indias en 1596 o 1597, sin que podamos precisar más la fecha y la expedición.

Cartagena, Bogotá, Lima

Cuando fray Vicente llegó al puerto de Cartagena, vio un una ciudad fuertemente amurallada, de altos contrafuertes, al estilo de Amberes o de Pamplona. El Obispo, fray Juan de Ladrada, era el cuarto pastor dominico de la diócesis, y todavía estaba viva en la zona el admirable recuerdo de San Luis Bertrán. Poco tiempo estuvo allí fray Vicente, pues en seguida fue asignado como lector, es decir, como profesor a la Universidad del Rosario, en Santa Fe de Bogotá.

Esta importante ciudad de Nueva Granada tenía Audiencia, contaba con unos seiscientos vecinos y con cincuenta mil indios tributarios. El convento dominico del Rosario, fundado en 1550, pronto tuvo algunas cátedras, y en 1580 fue constituido por el papa como Universidad. Allí estuvo el padre Bernedo un par de años como profesor.

En 1600 fue asignado a Lima, hacia donde habría partido a pie, pues esto era lo mandado en las Constituciones actualizadas de 1556: «Como ir en cabalgadura repugne al estado de los mendicantes, que viven de limosnas, ningún hermano de nuestra Orden, sin necesidad, sin licencia (cuando haya prelado a quien acudir) o sin grave necesidad, viaje en montura, sino vaya a pie». Así pues, el padre Bernedo se dirigió a pie, por la cuenca del río Magdalena, y a través de un rosario de conventos dominicanos -Ibagué, Buga, Cali, Popayán, Quito, Ambato, Riobamba, Cuenca y Loja-, llegó hasta Lima, la Ciudad de los Reyes.

En 1600, la Archidiócesis de Lima era en lo religioso la cabeza de todo el Sur de América, pues tenía como sufragáneas las diócesis de Cuzco, Charcas, Quito, Panamá, Chile y Río de la Plata. En aquella sede metropolitana, en el III Concilio limense de 1583, se habían establecido las normas que durante siglos rigieron la acción misionera y pastoral en parroquias y doctrinas. Fray Vicente sólo estuvo en Lima unos cuantos meses.

Tenía entonces 38 años, y las edades que entonces tenían los santos vinculados a Lima eran éstas: 62 el arzobispo, Santo Toribio de Mogrovejo, 51 San Francisco Solano -que cinco años más tarde iba a producir en la ciudad un pequeño terremoto con un famoso sermón suyo-; 21 San Martín de Porres, 14 Santa Rosa de Lima, y 15 San Juan Macías, que llegaría a Lima quince años después.

En Potosí, Villa Imperial y «pozo del infierno»

Largas jornadas hizo fray Vicente, descansando con sus hermanos dominicos en Jauja, Huamanga -hoy Huancavelica- y Cuzco, caminando luego por aquellas tierras altísimas, hacia Copacabana, una doctrina de la Orden junto al lago Titicaca, y Chuquiabo, donde en 1601 se fundó el convento de La Paz, y siguiendo después hacia el convento de San Felipe de Oruro, para llegar finalmente al de Potosí.

Desde Cartagena de Indias había hecho un camino de 1.200 leguas, es decir, unos 7.000 kilómetros, mucho más largo que aquel otro viaje en el que acompañamos a San Francisco Solano desde Paita hasta el Tucumán. Por fin el padre Bernedo ha llegado al lugar que la Providencia divina le ha señalado, para que en dieciocho años (1601-1619) se gane el nombre de Apóstol de Charcas.

Potosí, a más de 4.000 metros de altura, fundada en 1545 al pie del Cerro Rico, o como le decían los indios Coolque Huaccac -cerro que da plata-, era ya por entonces una ciudad muy importante, llena de actividad minera y comercial, organizada especialmente a raíz de la visita del virrey Francisco de Toledo, en 1572, y de las célebres Ordenanzas de Minas por él dispuestas. En torno a la Plaza Mayor, hizo erigir Toledo la Iglesia Matriz, las Cajas Reales y la Casa de Moneda.

Contaba la Villa Imperial con conventos de franciscanos, dominicos, agustinos, jesuitas y mercedarios, situados en las manzanas próximas a la Plaza Mayor. Había varias parroquias «de españoles», trece para los indios que se agrupaban en poblaciones junto a la ciudad, y una «para esclavos», es decir, para los negros. Entre la ranchería de los indios y el Cerro se hallaba la tarja, casa en la que se pagaba a los mineros su trabajo semanal. En las minas los indios, obligados al trabajo por un tiempo cada año, según el servicio de mita o repartimiento, o bien contratados por libre voluntad -los llamados mingados-, laboraban bajo la autoridad del Corregidor, del alcalde de minas, de tres veedores y de ocho alguaciles o huratacamayos.

Por esos años en Potosí, a los treinta años de la fundación de la ciudad, las condiciones laborales de las minas eran todavía pésimas. Y también aquí se alzaron en seguida voces de misioneros y de funcionarios reales en defensa de los indios.

En 1575 tanto el arzobispo de Lima, fray Jerónimo de Loaysa, como el Cabildo de la misma ciudad elevan memoriales sobre la situación del trabajo en las minas (Olmedo Jiménez, M., 276-278). Unos años después, en 1586, Fray Rodrigo de Loaysa escribe otro memorial en el que describe así el trabajo minero de los indios, concretamente el que realizaban en Potosí: «Los indios que van a trabajar a estas minas entran en estos pozos infernales por unas sogas de cuero, como escalas, y todo el lunes se les va en esto, y meten algunas talegas de maíz tostado para su sustento, y entrados dentro, están toda la semana allí dentro sin salir, trabajando con candelas de sebo; el sábado salen de su mina y sacan lo que han trabajado». Cuando a estos pobres indios se les predica del infierno, «responden que no quieren ir al cielo si van allá españoles, que mejor los tratarán los demonios en el infierno... y aún muchos más atrevidos me han dicho a mí que no quieren creer en Dios tan cruel como el que sufre a los cristianos».

El mismo virrey Velasco, en carta de 1597 al rey Felipe II, le pide que intervenga para reducir estos abusos, y denuncia que los indios vecinos de Potosí son traídos a las minas «donde los tienen 2, 4, 6 meses y un año, en que con la ausencia de su tierra, trabajo insufrible y malos tratamientos, muchos se mueren, o se huyen, o no vuelven a sus reducciones, dejando perdidas casa, mujer e hijuelos, por el temor de volver, cuando les cupiere por turno [la llamada mita], a los mismos trabajos y aflicciones y por los malos tratamientos y agravios que les hacen los Corregidores y Doctrinantes con sus tratos y granjerías». Nótese que alude también a los abusos de los sacerdotes encargados de las Doctrinas. En efecto, poco antes ha señalado «la poca caridad con que algunos ministros de doctrina, particularmente clérigos, acuden a los que están obligados». Los culpables de todas estas miserias tenían todavía ánimo a veces para defenderse con piadosas alegaciones, como las escritas por Nicolás Matías del Campo, encomendero de Lima, en 1603, en su Memorial Apologético, Histórico, Jurídico y Político en respuesta de otro, que publicó en Potosí la común necesidad, y causa pública, para el beneficio de sus minas. En este engendro «maquiavélico», como bien lo califica hoy el padre Farrely, el sutil encomendero se atreve a alegar que «ni la deformidad de la obra se considera, cuando se halla sana, santa y recta la intención del operante». Sic.

Recogimiento inicial

En este mundo potosino, extremadamente cruel, como todo mundo centrado en el culto al Dinero, ¿qué podía hacer el padre Bernedo, si quería conseguir que Cristo Redentor, el único que puede librar del culto a la Riqueza, fuera para los indios alguien inteligible y amable? Comenzó por donde iniciaron y continuaron su labor todos los santos apóstoles: por la oración y la penitencia.

En aquellos años el convento dominico de Potosí tenía unos doce religiosos, y el recién llegado fray Vicente, antes de intentar entre los indios el milagro de la evangelización, quiso recogerse un tiempo con el Señor, como hizo San Pablo en Arabia (Gal 1,17). Durante dos años, según refiere la Relación anónima, «tuvo por celda la torre de las campanas, que es un páramo donde si no es por milagro no sabemos cómo pudo vivir». De allí, según Meléndez, hubieron los superiores de pasarle a un lugar menos miserable, a una celda «muy humilde, en un patiecillo muy desacomodado».

Y allí se estuvo, en una vida semieremítica, pues «amaba la soledad, de tal suerte que lo más del día se estaba en su celda encerrado haciendo oración, y si no era muy conocido el que llamaba a su celda no le abría». Un testigo afirmó que «todos los días se confesaba y decía misa con grandísima devoción». También «la devoción que tuvo con nuestra Señora y su santo rosario fue muy grande, el cual rezaba cada día y le traía al cuello». Igual que en San Luis Bertrán, hallamos en el Venerable Bernedo el binomio oración y penitencia como la clave continua de la acción apostólica fecunda.

Fray Vicente, concretamente, no comía apenas, por lo que fue dispensado de asistir al refectorio común. «Su comida -dice el autor de la Relación- fue siempre al poner el sol un poco de pan, y tan poco... que apenas pudo ser sustento de la naturaleza. En las fiestas principales el mayor regalo que hacía a su cuerpo era darle unas sopas hechas del caldo de la olla antes que hubiese incorporado a sí la grosedad de la carne... Certifican los que le llevaba el pan que al cabo de la semana volvían a sacar todo, o casi todo el que habían llevado, de donde se echa de ver lo poco que comía, y lo mismo afirman los que en sus casas le tuvieron en los valles», cuando comenzó a misionar, donde «los de aquella tierra no le conocieron más cama que el suelo».

Fue siempre extremadamente penitente, como se vio -sigue diciendo el Relator- «por los instrumentos de penitencia que nos dejó: dos cilicios uno de cerdas que siempre tuvo a raíz de las carnes, y un coleto [chaleco] de cardas de alambre que el Prelado le quitó en la última enfermedad de la raíz de las carnes, cuatro disciplinas cualquiera de ellas extraordinarias con que todas o las más noches se azotaba. La una más particular es una cadena de hierro de tres ramales, limados los eslabones para que pudiesen herir agudamente; unos hierros con que ceñía su cuerpo que le quitaron de él por reliquias los seculares que en su última enfermedad le visitaron». Y es que «siempre se tuvo por gran pecador», y con razón pensaba que no podría dar fruto en el apostolado si no mataba del todo en sí mismo al hombre viejo, dejando así que en él actuase Cristo Salvador con toda la fuerza de su gracia.

Estudio y pobres

El fámulo del convento, Baltasar de Zamudio, dijo que algunas veces que acudió a la celda de fray Vicente vio «que tan sólamente tenía una tabla y sobre ella una estera en que dormía, sin otra más cosa que unos libros en que estudiaba». Oración y estudio absorbían sus horas en ese tiempo. Lo mismo dice el presbítero Juan de Oviedo: «Siempre [que] entraba en la celda del siervo de Dios padre maestro fray Vicente Vernedo, siempre le hallaba escribiendo algunos cuadernos... y otras veces lo hallaba rezando hincado de rodillas».

Como veremos, era fray Vicente muy docto en Escritura y teología, y en su labor docente de profesor escribió varias obras. Pero no por eso se engreía, sino que «era muy humilde y pacífico con todos los que le comunicaban -según Meléndez-, y los hábitos que tenía eran muy pobres y rotos». Al amor de la pobreza unía el amor a los pobres, y en todas las fases de su apostolado tuvo un especial cuidado por ellos.

Cuando salía a veces a buscar limosna para el convento, «a la vuelta del viaje preguntándole el Prior cuánta limosna traía, respondía con sumisión que ninguna; porque la que había juntado la había repartido entre los indios que había en muchos parajes, necesitados de todo, y más que los mismos frailes, a quienes lo daba Dios por otros caminos... Y esto lo sabía decir con tales afectos de su encendido fervor y celo caritativo, que no sólo dejaba pagados y satisfechos a los prelados, sino contentos y alegres, teniendo su caridad en mucho más que si trajera al convento todas las piñas y barras del Cerro de Potosí».

La testigo Juana Barrientos «vio muchas veces» que cuando «le daba limosna por las misas que le decía, el venerable siervo de Dios iba luego a la portería, y la plata la daba de limosna a los pobres que allí estaban; y así le llamaban todos "el padre de los pobres" por grande amor y caridad». Y Juan de Miranda declaró que «lo poco que tenía [fray Vicente] lo daba de limosna a los pobres que a él acudían, y no teniendo qué darles se entristecía mucho y los consolaba con oraciones, encargándoles mucho a todos no ofendiesen a su Divina Majestad».

Sin embargo, como refiere Meléndez, «no era pródigo y desperdiciado, que bien sabía cómo, cuándo y a quién había de dar limosna; porque la misma caridad que le movía... a liberalidad con sus prójimos, le había hecho profeta de sus necesidades...; y así en llegando a su celda algunos de los que gastan lo suyo y lo ajeno en juegos y vanidades, y andan estafando al mundo, a título de pobreza, respondía ingenuamente: "Perdone, hermano, que no doy para eso"; y por más que le instaban y pedían significando miserias y necesidad, se cerraba respondiendo que no daba para eso; y esto pasó tantas veces, que llegaron a entender que por particular don de Dios, conocía los que llegaban a él por vicio, o por necesidad».

Fraile predicador con fama de santo

Por lo que se ve, en estos años de recogimiento casi eremítico, fray Vicente apenas salía de su celda como no fuera a servir a los pobres. Pero también salía, como buen dominico, cuando era requerido para el ministerio de la predicación. Predicaba con un extraño ardor, con una exaltación que, concretamente al hablar de la Virgen, le hacía elevarse en un notable éxtasis de elocuencia, hasta perder la noción del tiempo: «Sucedió en una ocasión -cuenta Meléndez- que predicando el venerable en una de las festividades de nuestra Señora, se explayó de tal manera en sus encomios, que de alabanza en alabanza, se fue dilatando tanto que predicó cinco o seis horas de una vez, con pasmo de los oyentes».

Ya por estos años el padre Bernedo tenía fama de santo, hasta el punto, dice el presbítero Juan de Cisneros Boedo, que «no salía de su celda, porque en saliendo fuera del convento no le dejaban pasar por las calles porque todas las personas que lo veían se llegaban a besar la mano y venerarle, y huyendo de estas honras excusaba siempre salir de su celda».

Y otro presbítero, Luis de Luizaga, añade que «si alguna vez salía era por mandado de los prelados a algún acto de caridad, y entonces procuraba que fuese cuando la gente estaba recogida, porque todas las personas que lo veían luego se abalanzaban a besarle las manos y venerarle por santo».

Doctrinero en la parroquia india de San Pedro

Se acabaron, por fin, los años de vida recoleta. Por los años 1603 a 1606, probablemente, fue fray Vicente doctrinero de la parroquia de San Pedro, la más importante parroquia de naturales que en la zona del rancherío tenía el convento potosino de Santo Domingo. Hubo de aprender el quechua para poder asumir ese ministerio pastoral, según las disposiciones del Capítulo provincial dominicano de 1553 y las normas de los Concilios limenses (1552, 1567 y 1583). Y es sorprendente comprobar, ateniéndonos a los testimonios que se conservan de estos años parroquiales, cómo el padre Bernedo en este tiempo continuaba sus oraciones y penitencias con la misma dedicación que en sus años de recogimiento.

Así, por ejemplo, un minero del Cerro Rico, Juan Dalvis, testificó que «siendo niño de escuela se huyó de ella y se fue a retraer a la iglesia de la parroquia del señor San Pedro... y allí estaba y dormía con los muchachos de la doctrina, donde estuvo ocho días, y en este tiempo conoció allí al siervo de Dios, el cual decía su misa muy de mañana, y como este testigo no podía salir de la iglesia le era fuerza el oír misa, y con la fama que el siervo de Dios tenía de hombre santo se la llegaba a oír este testigo con más devoción, y siempre que le oyó su misa le vio este testigo patentemente y sin género de duda que el siervo de Dios, antes de consagrar y otras veces alzando la hostia consagrada, se suspendía del suelo más de media vara de alto, y así se estaba en el entre tanto que alzaba la hostia y el cáliz, y a esto, con ser la edad de este testigo tan tierna, quedaba admirado porque no lo veía en otros; y el olor que el siervo de Dios despedía era muy extraordinario porque parecía del cielo, y de noche veía que dormía en la sacristía de la parroquia sin cama ni frazada ni otra cosa que le cubriese más que su hábito, y que todas las noches se disciplinaba con unas cadenas que este testigo conoció eran por el ruido que hacían, y que lo más del día y de la noche se pasaba en oración hincado de rodillas».

Fray Vicente, como Santo Domingo de Guzmán o como San Luis Bertrán, no sabía ejercitar otro apostolado que el enraizado en la oración, al más puro estilo dominicano: contemplata aliis tradere. Después de todo, éste es el modo apostólico de Cristo, que oraba de noche, y predicaba de día (Mc 6,46; Lc 5,16; 21,37).

Misionero itinerante

El padre Bernedo fue hombre de poca salud, según los que le conocieron. Cristóbal Álvarez de Aquejos «vio que el siervo de Dios andaba siempre con poca salud, muy pálido y flaco, y que padecía muchas incomodidades de pobreza, y todas éstas le veía que llevaba con grande paciencia y sufrimiento, resignando toda su voluntad en las manos de Dios». Al menos ya de mayor, según recuerdo de Juan de Oviedo, presbítero, «era muy atormentado de la gota, enfermedad que le afligía mucho».

Con esta poca salud, y con una inclinación tan fuerte al silencio contemplativo ¿podría este buen fraile dejar su convento, o salir del marco estable de su doctrina de San Pedro, y partir a montañas y valles como misionero entre los indios? Así lo hizo, con el favor de Dios, largos años, alternando los viajes de misión con su labor docente de profesor de teología.

En efecto, a partir de 1606 y desde Potosí, fray Vicente salió a misionar regularmente, por el sur hasta el límite de los López con la gobernación de Tucumán, por los valles subandinos de la región de los Chibchas, y al este por la provincia de Chuquisaca, hasta la frontera con los chiriguanos. Contra toda esperanza humana, anduvo, pues, en viajes muy largos, a través de alturas y climas muy duros y cambiantes. Y viajando siempre a lo pobre.

Juan Martínez Quiroz recuerda haberle visto en Vitiche, cómo «andaba tan pobremente por los caminos con un mancarrón [caballejo] y una triste frazada con que se cobijaba, y dondequiera que llegaba aunque le daban cama no la quería recibir y dormía en el suelo sin poner debajo cosa chica ni grande». Según un Interrogatorio preparado para el Proceso de 1680, se iba fray Vicente por las zonas indias «pasando grandísimo trabajo en todos los caminos, guardando en todos ellos el mismo rigor, y aspereza, silencio, y pobreza que en su celda, pasando las más de las noches en oración, y teniendo siempre ayunos continuos, y casi siempre de pan y agua, sin querer recibir de nadie otro regalo ninguno más que pan». Predicaba donde podía, fundaba a veces cofradías del Rosario y del Nombre de Jesús en los poblados de indios y españoles, «y a veces -dice el mismo Martínez Quiroz- se ponía junto al camino real y viendo que pasaba alguna persona se le llegaba a preguntar con toda modestia y humildad de dónde venía y del estado que tenía, y conforme a lo que le respondía contaba un ejemplo, instruyéndoles en las cosas de Dios y de su salvación».

El padre Bernedo, como sus santos hermanos mendicantes Luis Bertrán o Francisco Solano, aunque misionara entre los indios, llevaba su celda consigo mismo, y evangelizaba desde la santidad de su oración. Y esto lo mismo en la ciudad que en la selva o en las alturas heladas de la cordillera andina.

En los López, concretamente, según recuerdo del minero Alonso Vázquez Holgado, «en su cerro de Santa Isabel, que es un paraje en todo extremo frígido, por ser lo más alto, estaba también allí en un toldo el venerable siervo de Dios fray Vicente Bernedo, de noche; y llamándole los mineros que estaban allí en una casa pequeña, para que se acogiese en ella por el mucho frío que hacía y para darle de cenar de lo que tenían, se excusó cuanto pudo el dicho siervo de Dios, con que no tuvo lugar de que entrase en la casa. Y después, acabado de cenar, salieron fuera algunas personas de las que habían estado dentro, y este testigo se quedó en la casa; y de allí a un ratito volvieron a entrar diciendo cómo habían visto a fray Vicente... de rodillas, haciendo oración, sin temer el frío que en aquel paraje hacía, de que quedaron admirados porque el páramo y frío que allí hace era tan grande que algunas veces sucedió hallar muertas a algunas personas de frío en aquel paraje». A muchos miles de metros de altura, con un frío terrible, orando a solas, de noche, en un toldo... Ésta es, sin duda, la raza de locos de Cristo que evangelizó América.

Retiros largos y resurrecciones

A veces fray Vicente, durante sus travesías misioneras, se detenía una temporada en un lugar para hacer un retiro prolongado. Su «compadre» Pérez de Nava, en el Proceso potosino, comunica este recuerdo:

«Este testigo tenía su casa en el valle de Chilma, provincia de Porco, donde el siervo de Dios estuvo cinco o seis meses retirado en sus ejercicios, y en este tiempo vio este testigo que nunca salió de un aposentillo en que se hospedó, porque se estaba todo el día y la noche en oración y tan sólamente comía de veinte y cuatro a veinte y cuatro horas un poco de pan y agua; y estando en este paraje y casa sucedió que en un río que estaba allí cerca se ahogó un muchacho indiezuelo que sería de edad de tres a cuatro años, y con aquella lástimas sus padres, con la grande fama que el siervo de Dios tenía de hombre santo, se lo llevaron muerto y le pidieron intercediese con nuestro Señor para que le diese vida, y el siervo de Dios movido de piedad, cogió al muchacho y lo entró dentro de su aposento, y todos los presentes se quedaron fuera, y luego dentro de dos o tres horas poco más o menos volvió el siervo de Dios a salir del aposento trayendo al muchacho, que se llamaba Martín, de la mano, vivo y sin lesión alguna, y se lo dio a sus padres diciéndoles que diesen gracias a Dios por aquel suceso, de que todos y este testigo quedaron admirados y con mayor afecto lo llamaban "el padre santo"».

En otra ocasión, probablemente un año antes de morir, el padre Vicente Bernedo, en el valle de Vitiche, resucitó a la señora Francisca Martínez de Quiroz, y el proceso informativo potosino de 1663 recogió todos los datos del caso.

Los chiriguanos, sueño imposible

La zona misional más avanzada era la ocupada por los indios chiriguanos, grupo numeroso de la familia tupiguaraní, procedentes del Guayrá o Paraguay. Eran éstos muy aguerridos, y había sometido a los chanes o chaneses, a quienes tenían como esclavos. Por los autores de la época sabemos que eran antropófagos, y también sabía esto fray Vicente, como lo expresa en una carta a Felipe III: «Cuando un chiriguana se enoja, coge un hacha o maca y mata al esclavo; y cuando a una vieja le da gana de comer carne humana matan al esclavo que se le antoja y se lo dan a comer; y cuando muere algún chiriguana natural, o su mujer, o hijo, o hija, matan algunos esclavos para enterrarlos con ellos, demás que en unas tinajas grandes que tienen para este ministerio meten vivos a los muchachos y muchachas e indios mayores y alrededor de la sepultura ponen estas tinajas en cada una un esclavo o una esclava y con la chicha y maíz que les ponen les encierran allí hasta que mueran».

Eran los chiriguanos muy astutos y simuladores, como se vio en varias ocasiones, lo que les hacía aún más peligrosos. Una vez, parlamentando con una expedición de españoles, dijeron que, en tanto los soldados estuvieran con sus arcabuces armados, no podían atender las razones evangelizadoras del padre Rodrigo de Aguilar, que les hablaba en chiriguano. Fray Rodrigo pidió a los soldados que apagaran las mechas de sus armas, y en cuanto lo hicieron éstos, un chiriguana le abrió en dos la cabeza al dominico de un golpe de macana. Este bendito mártir, el padre Rodrigo de Aguilar, era precisamente el confesor del padre Bernedo.

Pues bien, fray Vicente intentó en varias ocasiones evangelizar a estos chiriguanos terribles, internándose muy adentro por sus zonas, más allá del Río Grande. Sufría mucho de verles cerrados todavía al Evangelio, y también le afligía mucho la suerte de quienes caían en sus manos. Pero lo mismo que Santo Domingo no pudo pasar a evangelizar a los cumanos, a pesar de su deseo, tampoco pudo fray Vicente llevar adelante su heroico proyecto. Otros hermanos suyos dominicos lo intentarían, animados por su ejemplo. En todo caso, este impulso suyo sostenido hacia los chiriguanos, es una confirmación de lo que aseguran, según Meléndez, los testigos que le conocieron: «Fueron grandísimas las ansias que tuvo de padecer martirio... Faltó al ánimo el martirio, pero no al martirio el ánimo».

Teólogo y escritor

Fray Vicente, que traía una excelente formación bíblica y teológica de las universidades de Alcalá y de Salamanca, tuvo el grado de lector, y en las Indias ejerció como profesor de teología primero en Bogotá (1598-1599), y posteriormente, ya asignado a Potosí y alternando con sus viajes misioneros, ejerció la docencia en la próxima ciudad de La Plata, o Chuquisaca (1609-1618), en el Estudio General que allí tenían los dominicos desde 1606.

Aquel fraile tan orante, que ya en su celda primera de Potosí estaba «siempre escribiendo cuadernos», tenía una muy considerable erudición teológica, y dejó escritos no sólo una serie de sermonarios y cartas, sino también unos comentarios a la Suma Teológica de Santo Tomás -al estilo de Báñez, con cierta originalidad a veces-, junto con «pareceres innumerables», como dice él mismo en su carta de 1611 a Felipe III.

Estos pareceres, que se escribían por iniciativa propia o en respuesta a consultas oficiales, eran sentencias, cuidadosamente argumentadas, sobre cuestiones candentes del momento. Era norma de aquella Provincia dominica que ningún religioso «que no fuese, o hubiese sido lector o graduado» dictara pareceres. El padre Bernedo, en una prosa más bien pesada y farragosa, muestran en estos escritos un espíritu lúcido y ardiente, atento a las cuestiones de su época, atrevido y duro a veces en la expresión, como cuando arremete contra ciertos jueces poco escrupulosos, que medran con sus granjerías. A éstos les llama a la restitución: y «si no lo hicieren, escribe, con la plata que llevaron o mejor decir sin ella se irán al infierno».

Siempre el mismo

Durante este último decenio, junto a sus labores docentes y sus viajes misionales, también ejercía fray Vicente, como buen dominico, el ministerio de las predicaciones festivas y ocasionales. Recogeremos sólamente un testimonio, el del maestro pintor Miranda, que según su declaración,

«conoció al siervo de Dios tiempo de cuatro años antes de que muriese, y siempre reconoció en él una vida ejemplar y santa, porque siendo este testigo mayordomo de la fábrica de la parroquia del señor San Pedro, que es de religiosos del orden de Predicadores [y de la cual fray Vicente estuvo encargado unos años], vio que el siervo de Dios fue a la parroquia a decir un novenario de misas a la Virgen en la Candelaria, el cual tiempo asistió en la sacristía, donde dormía y estaba todo el día, y que no tenía cama ni otra cosa alguna más de que dormía en el suelo, y este testigo, como tal mayordomo de la fábrica y que estaba todo el día en la parroquia, le asistía y servía, y así vio lo referido y que todo su sustento era de veinte y cuatro a veinte y cuatro horas dos huevos duros sin querer recibir otra cosa de sustento por tenue que fuese; y que con la grande opinión y fama que tenía de santo acudían a él los indios de la parroquia que estaban enfermos que sus hijos estaban ya desahuciados y sin esperanza de vida, y el siervo de Dios con mucho amor y caridad los recibía y consolaba, y vio este testigo en muchas ocasiones que con sólo una bendición que les echaba sanaban y se iban con entera salud dando gracias a Dios y aclamando en voces altas: "El santo padre nos ha dado salud", y esto era muy público y notorio en toda esta Villa».

Y sigue informando: «Todo el tiempo que el siervo de Dios asistió en la parroquia de San Pedro, este testigo le ayudaba la misa que decía sin perder ninguna, y que en ellas le veía que antes de consagrar, y otras veces habiendo ya consagrado, se suspendía del suelo más de media vara en alto, y así se estaba un gran rato, de que este testigo y todos los circunstantes quedaban admirados y dando gracias a Dios de tener en esta Villa un religioso santo y de tan loable vida. Y asimismo vio este testigo todas las noches las pasaba en oración, hincado de rodillas y a ratos en parte oculta se disciplinaba. Y estando haciendo oración una noche en la iglesia, vio este testigo que el siervo de Dios también estaba suspendido del suelo más de media vara. Y todo lo referido lo veía este testigo porque, como tiene dicho, le asistió como mayordomo de la fábrica, pues dormía dentro de la iglesia, con que tenía particular cuidado en reparar en las acciones del siervo de Dios».

Éxtasis final y muerte

Permite Dios a veces que hombres santos tengan intenciones que no coinciden con las divinas, y así ellos, que han mostrado con frecuencia dotes proféticas de discernimiento respecto de otras personas, yerran en alguna cosa sobre sí mismos. El 1 de enero de 1619 escribe fray Vicente una carta en la que manifiesta su intención de pasar a España con objeto de hacer imprimir allí sus escritos, y para ello obtuvo licencia del provincial y consiguió limosnas para costear el viaje y para editar sus libros. Pero el 10 de agosto de ese mismo año cayó enfermo. El autor anónimo de la Relación potosina, testigo directo, narra con todo detalle cuanto presenció aquellos días:

Aún celebró misa el día 13, pero sufrió un desmayo y apenas pudo acabarla. Hubieron de llevarle a su celda, «donde se estuvo el siervo de Dios recostado sobre la misma tabla en que dormía cuando sano, vestido todo éste. No bastaron con él razones ni ruegos a que se dejase desnudar ni para que tomase otra cama, hasta que el padre prior se lo mandó por obediencia, y luego sin replicar como obedientísimo consintió que le desnudásemos y que le pusiésemos sobre un bien pobre colchón que se tomó de la cama de otro religioso».

Próximo a la muerte, seguía siendo el mismo de siempre. «Su silencio fue el mismo que tuvo en salud, pues jamás habló si no fue respondiendo entonces sólo lo necesario, o en cosas precisas a las necesidades naturales o edificativas de sus hermanos. Y a los seglares que le visitaban su paciencia fue rarísima, que jamás se quejó ni aún dio señal por donde pudiésemos colegir que tenía algún dolor».

Siempre observante, procuró guardar las normas del ayuno, y hasta la misma víspera de su muerte rezó las Horas litúrgicas y se confesó diariamente con toda devoción. «El viernes [16] viéndose muy afligido y cierta ya, a lo que entendemos, su partida, al padre prior y algunos religiosos de este convento, entre los cuales por mi dicha me hallé yo, y con notable encogimiento, humildad y vergüenza, nos dijo que por la misericordia de Dios nuestro Señor y con su gracia, había guardado hasta aquel punto el precioso don de la virginidad». También confesó, para honra de Dios y de la Orden dominicana, que «hacía muchos años que se conservaba limpio sin mancha de culpa mortal, y preguntado si esto era así, por qué frecuentaba tan a menudo el sacramento de la penitencia, respondió que por los veniales, que era insufrible carga, y por el respeto que se ha y debe tener a la presencia de Cristo nuestro bien en las especies sacramentales del Altar... También declaró el insaciable deseo que reinaba en su alma de padecer martirio por su ley o su fe».

«El sábado [17] a poco más de mediodía le dio un parassismo, a nuestro parecer, que en realidad de verdad no fue sino rapto que él tuvo abstraído de los sentidos por espacio de media hora, poco más, que fue el tiempo en que el convento hizo la recomendación del alma según y como en el Orden se acostumbra. Tiróle el padre prior del brazo, y con esto volvió en sí, y dijo a su confesor que el padre prior despertándole le había quitado todo su bien; y en confesión le dijo y declaró que en aquel tiempo que estuvo sin sentidos había visto a la Santísima Trinidad, a la Virgen Sacratísima nuestra Señora y a nuestro glorioso Santo Domingo, que le habían consolado y animado». Y el lunes 19, poco después de que, convocada la comunidad, se hiciera la recomendación de su alma, «la dio él con extraña paz y serenidad a Dios cuya era».

Las exequias fueron las de un santo reconocido como tal por todos, desde el Cabildo de la ciudad hasta el último niño. «Los más no le sabían más nombre que "el padre santo de Santo Domingo"». Un año y cuatro meses después, poco antes del Proceso que se le inició, trasladaron sus restos para colocarlos bajo el altar de una capilla, donde mejor pudieran ser venerados. El arzobispo Méndez de Tiedra, su antiguo compañero de Salamanca, el Cabildo, Comunidades religiosas, caballeros y pueblo, asistieron al solemne acto, y «le hallaron tan incorrupto como si en aquel mismo día acabara de morir».

A comienzos de 1991 la Iglesia reconoció públicamente las virtudes heroicas del Venerable siervo de Dios, religioso de la Orden de Predicadores, fray Vicente Bernedo, navarro de Puente la Reina.

http://www.mercaba.org/FICHAS/gratisdate/hechos_america_600-3.htm

http://hispanidad.tripod.com/hechos27.htm

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viernes, 17 de marzo de 2017

La mujer que transforma el bien de cada día en noticia. LOURDES, CORREO MARIANO

MO CELEBRO ESTA NOTA! FELICITACIONES A MI ADMIRADA "OLA" (Olga, Lourdes, Ana) y a Esther que tan entrañablemente nos lo comparte. Gracias y ¡a multiplicar el bien por la buena prensa!
CÓMO CELEBRO ESTA NOTA! FELICITACIONES A MI ADMIRADA "OLA" (Olga, Lourdes, Ana) y a Esther que tan entrañablemente nos lo comparte. Gracias y ¡a multiplicar el bien por la buena prensa!HISTORIAS QUE INSPIRANCÓMO CELEBRO ESTA NOTA! FELICITACIONES A MI ADMIRADA "OLA" (Olga, Lourdes, Ana) y a Esther que tan entrañablemente nos lo comparte. Gracias y ¡a multiplicar el bien por la buena prensa!

La mujer que transforma el bien de cada día en noticia

© Lourdes Gómez Cataquispe
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Conoce la historia de la periodista peruana que brinda a sus lectores una mirada esperanzadora

Es una mañana intensa. No hay descanso, el trabajo en mesa de edición no lo permite. Se deben poner los cinco sentidos detrás de la noticia. Y así transcurren las jornadas de Lourdes Gómez Cataquispe, periodista peruana, quien después de trabajar 28 años para un reconocido diario local, decidió entregar su pluma a la "buena prensa".

"Hacemos de canillitas, mis hermanos y yo, dos de ellos periodistas, salimos todos los días a distribuir las ediciones. Es una labor de hormiga, sin embargo, hemos constituido una red de difusión local, y ahora a nivel nacional", reflexiona.

"La idea es llevar la buena noticia. Hemos alcanzado un tiraje de tres mil ejemplares. Lo importante es no desmayar en el intento de llevar información con esperanza", prosigue.

"Hace 16 años le dimos vida a este correo de informaciones, que dejamos comandar por la buena nueva", subraya.

¿Qué significa la "buena prensa"?

El tabloide con más de 20 páginas no vive de la publicidad, sino más bien de la lectoría de quienes deseen conocer situaciones positivas, "la otra cara de la información". ¿Se puede sembrar no sólo angustia y desolación a través de lo que se informa en un periódico?

"Con sol, o con lluvia llevamos bajo el brazo las informaciones. Armamos paquetes de 100 publicaciones para distribuir con cada uno de nuestros colaboradores", narra Lourdes para Aleteia. "Lo que buscamos es que más peruanos tengan acceso a informaciones positivas y cambien su mirada de desesperación por la de la esperanza", dice.

Durante su permanencia en la prensa local fue destacada como enviada especial en la beatificación de la Madre Teresa de Calcuta por el Papa Juan Pablo II, descubrió desde entonces que también se puede ser caritativo cuando se informa, y es que podemos llevar algo más que sólo informar lo que vemos. Es fácil transmitir lo que se ve. Pero, ¿por qué no nos aventurarnos a investigar lo que no se muestra? ¿El bien que se hace día a día puede ser noticia?

Servir a través de la noticia

"Avantti Fratelli en el Vaticano" fue el artículo de su autoría Premio Nacional "Juan Landázuri Ricketts" otorgado en 2004 por la Conferencia Episcopal Peruana, distinción que alcanza a todos los periodistas que con su pluma contribuyen al progreso de los pueblos.

¿Qué es lo que esconde el ser de esta mujer, que con tan fina percepción puede mover corazones detrás de una noticia?

El tabloide fundado y dirigido por esta pertinaz mujer de prensa "Correo Mariano", consiguió igual distinción al cumplir 16 años de circulación en Lima, ciudad capital y el Callao, primer puerto del Perú en 2016.

Este medio seguirá abrazando la buena noticia, regalándole a diario a la prensa peruana ese toque de sensibilidad que solamente se encuentra en la buena prensa.

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miércoles, 15 de marzo de 2017

ELOGIO Y CRÍTICA DE LA NOVELA DE JAVIER CERCAS EL MONARCA DE LAS SOMBRAS

Siempre me ha fascinado y preocupado  la Guerra española del 36. Quedan muchos asuntos todavía que resolver. Comparto uno, vinculado con lo vivido en mi pueblo salmantino de Rollán. Quizá en lo único que veo acuerdo es en querer "olvidar" como crudamente relata en la escena de la quema de todos los documentos sobre el héroe Manuel Mena de la novela de Javier Cercas. De este modo me sorprende que la Iglesia, los católicos, el pueblo en general no haya dedicado nada al joven sacerdote mártir, José Luis García Cuadradro –Pepito- de 29 años, martirizado atrozmente el 28 de octubre de 1936 en Campanario (Badajoz), donde está enterrado http://jabenito.blogspot.com.es/search?q=m%C3%A1rtir+de+roll%C3%A1n. Lo mismo sucedió con los 6 jóvenes –entre 19 y 29 años- obreros Rafael Rodríguez Pérez, Agustín Rodríguez Pérez,        David Alonso BlancoLuis Crespo Regalado, Cayetano Herrero Díez,           Baldomero Pérez Pérez, 4 de agosto de 1936, "paseados" en el monte de Gargabete (Pelabravo), hasta que por fin en el 2016 recibieron sepultura en su pueblo. http://jabenito.blogspot.com.es/2016/07/traslado-de-restos-y-homenaje-de-seis.html


La novela presente me cautivó de tal modo que no pude parar hasta llegar al final. Me encantó la manera de hilvanar los hilos de la historia (evidente por las fotos, los documentos, los protagonistas, especialmente los familiares) y la ficción recreativa.


Realmente que el protagonista -Manuel Mena, joven universitario, falangista, de 19 años, tío abuelo del autor, que muere en la sangrienta batalla del Ebro- se merece una exhaustiva biografía. Tengo la sensación de que el novelista ha proyectado en su protagonista sus ideas y valores –muy respetables, por supuesto-, como una suerte de liberación terapéutica de la carga familiar por su pasado "hegemónico" vinculado con el poder y la política de derecha.


Aunque el autor se ve tentado de decir qué pensaría o sentiría Manuel Mena, y responde que "un literato podría contestar a estas preguntas, porque los literatos pueden fantasear, pero yo no; a mí estas fantasías me están vedadas", creo que él cae en la tentación. Y, la verdad, que me sorprende su confidencia final que más bien parece una descarga confesional hacia su madre, y que -por no atreverse-  pone en boca de Manuel Mena:


"Que tío Manolo no murió por la patria, mamá. Que no murió por defenderte a ti y a tu abuela Carolina y a tu familia. Que murió por nada, porque le engañaron haciéndole creer que defendía sus intereses cuando en realidad defendía los intereses de otros y que estaba jugándose la vida por los suyos cuando en realidad sólo estaba jugándosela por otros. Que murió por culpa una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de los niños y los mandaban al matadero. Que en sus últimos días o semanas o meses de vida lo sospechó o lo entrevió, cuando ya era tarde, y que por eso no quería volver a la guerra y perdió la alegría con que tú lo recordarás siempre y se replegó en sí mismo y se volvió solitario y se hundió en la melancolía. Que quería ser Aquiles, el Aquiles de la Ilíada, y a su modo lo fue, o al menos lo fue para ti, pero en realidad es el Aquiles de la Odisea, y que está en el reino de las sombras maldiciendo ser en la muerte el rey de los muertos y no el siervo de un siervo en la vida. Que su muerte fue absurda."


Me cuesta aceptar tal conclusión en el protagonista. Sería aconsejable publicar sus escritos, recoger documentalmente sus acciones, motivaciones. Me sorprende su idealismo, su responsabilidad, tan poco coherente con esa declaración final.  Veo en su muerte el sentido de "evitar" otras muertes, buscar la "esperanza" de una patria mejor, en reconciliación y en paz.
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domingo, 12 de marzo de 2017

LA MARAVILLA DEL MATRIMONIO en CIEN PREGUNTAS, Andrés Jiménez

LIBROS CON ALMA

 El arzobispado de Pamplona y Tudela acaba de editar una pequeña joya titulada 100 preguntas para el matrimonio. Se trata de un libro necesario en tiempos de oscuridad por la extendida falta de certezas y de inseguridad, de crisis de sentido. Uno de los síntomas de esta crisis —también una de sus causas seguramente— es el alejamiento y la huida generalizada ante formas serias de compromiso y en particular ante el matrimonio. Ante sus exigencias, sí, pero al mismo tiempo ante la esencial fuente de alegría y de humanidad que es el matrimonio cristiano verdadero. Es el nuestro un tiempo al que caracteriza una mentalidad individualista, relativista, hedonista, en la que se rinde culto a la satisfacción inmediata del deseo, que ha pasado a convertirse en la medida de todas las cosas. En un ámbito así, asumir de verdad compromisos que sean para siempre es casi una locura. Pero es que ni siquiera entienden muchos qué es el matrimonio, qué debería ser. En especial el matrimonio católico... y que éste es «cosa de tres», incluyendo, por supuesto, a Dios. Los contenidos se dividen en cinco capítulos: 1) La creación del ser humano. 2) Pecado y misericordia. 3) El matrimonio. 4) La Iglesia y el sacramento del matrimonio. 5) Amor conyugal y paternidad responsable. Además, un capítulo conclusivo incluye aspectos prácticos relativos al papel de los centros diocesanos de orientación familiar, lecturas y ritual para la celebración del matrimonio, un guión para la preparación y confesión y algunas plegarias para el ámbito familiar. En particular es muy destacable el capítulo en el que se habla de la paternidad responsable, tanto en la transmisión de la vida como en la educación de los hijos, por su claridad, la hondura y la novedad que aporta frente a otras publicaciones análogas. Estamos también —se comprende después de todo lo que hemos venido diciendo— ante un libro valiente, detrás del que se aprecia un importante esfuerzo colectivo para presentar el sacramento del matrimonio a quienes se preparan para contraerlo o simplemente para conocerlo y vivirlo de manera profunda y sobre todo gozosa. Está basado explícitamente en el magisterio y las enseñanzas de la Iglesia, incluyendo algunos documentos tan importantes como la encíclica Humanae vitae, y las exhortaciones Familiaris consortio y Amoris laetitia. Se presenta de forma dialogada mediante preguntas y respuestas, lo que hace que el contenido sea especialmente claro y conciso. La presentación corre a cargo de Mons. Francisco Pérez, arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela. En su elaboración ha tenido parte importante el Centro Diocesano de Orientación familiar COSPLAN. El diseño de José Miguel de la Peña es particularmente hermoso, jalonado por obras de algunos grandes maestros de la pintura universal que acompañan los textos con una especial belleza Título: 100 preguntas para el matrimonio Autor: Arzobispado de Pamplona y Tudela Pamplona, 2016 159 págs. 10 €.

Pedidos: Librería diocesana de Pamplona www.diocesanadepamplona.es

LA MARAVILLA DEL MATRIMONIO POR ANDRÉS JIMÉNEZ

ESTAR, № 302 • FEBRERO • 2017 

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sábado, 11 de marzo de 2017

TESTAMENTO FILOSÓFICO ESPERANZADO Y SIMPÁTICO DE JEAN GUITTON

Acabo de "descubrir" este libro de Jean Guitton, Mi testamento filosófico, (Encuentro, Madrid 1998, 207 pp.) no me he resistido al encanto de "devorármelo" en lectura rápida.  

El original se publicó en 1997, poco antes de la muerte del autor, y sigue reeditándose en varios idiomas. Al inicio, Guitton se encuentra moribundo cuando recibe la visita de un personaje misterioso con quien dialoga sobre su propia vida e itinerario intelectual. Desde su lecho de muerte, pasando por su entierro hasta su juicio celestial, Guitton conversa con filósofos (Sócrates, Pascal, Bergson. Blondel), Papas (Pablo VI), artistas (El Greco), literatos (Dante), historiadores, santos y políticos (Senghor, De Gaulle. Miterrand) que ha conocido personalmente, o sobre quienes ha trabajado durante su vida. 

 

Tal como reza en su presentación: «La noche de mi muerte ocurrieron cosas extrañas en mi apartamento parisino...». Un Jean Guitton casi centenario imagina en Mi testamento filosófico su muerte, su entierro y su juicio. En su lecho de muerte dialoga con Pascal sobre las razones para creer en Dios, con Bergson sobre las razones para ser cristiano y con Pablo VI sobre las razones de ser católico. Durante su entierro conversa sobre el arte con el Greco, sobre el mal con de Gaulle, sobre el amor y la poesía con Dante y sobre la filosofía con Sócrates. En su juicio intervienen santa Teresa de Lisieux y François Mitterrand... Una obra de deliciosa lectura, en la que uno de los filósofos católicos más importantes del siglo XX renueva las cuestiones esenciales sobre el sentido de la vida y nos regala un testimonio lleno de sabiduría y humildad.

De modo espontáneo, ingenioso -a través de chispeantes preguntas, respuestas y otros comentarios- nos comparte sus razones para creer en Dios, para ser cristiano y católico, aportándonos su visión del arte, del problema del mal, el alma, el hombre, las relaciones fe y razón, etc. Destaca en particular el sentido común y el realismo filosófico del autor.

 

Me ha cautivado el diálogo con el hoy Beato Pablo VI en el que destaca como valor más importante de la identidad católica la obediencia.

 

Os comparto la web de José Javier Ruiz Serradilla, sus dos textos, y añado el delicioso final "Donde soy juzgado" pp.206-207

 

Cristo se quedó pensativo, la cabeza inclinada. San Pedro no decía nada. Todos los santos rezaban

Entonces Jesús me preguntó:

-Jean, ¿tiene algo que añadir?

Le respondí:

-Me encuentro ante vos. Jesús, mi Creador, mi Salvador y mi Juez.

Mientras decía estas palabras, intentaba sacar un papel de mi bolsillo. Por fin lo conseguí, pero estaba demasiado emocionado y el papel cayó a tierra. Al instante Teresa saltó, no sin antes lanzar una mirada a Cristo, que había movido imperceptiblemente la cabeza. Todo ello en menos de un minuto. Teresa recogió el papel. Yo estaba muy cansado. Le dije a Teresa, con voz neutra:

-         Lea esto usted misma. Es de Ruysbroek[1] el Admirable. Así es cómo me hubiera gustado vivir y morir:

Teresa leyó entonces: "Cuando el hombre considera en el fondo de sí mismo con ojos quemados por el amor la inmensidad de Dios…Cuando el hombre después, mirándose a sí mismo, cuenta sus atentados contra el inmenso y fiel Señor…no conoce un desprecio suficientemente profundo para satisfacerse…Cae en un estupor extraño, el estupor de no poder menospreciarse con la suficiente profundidad…Se resigna entonces a la voluntad de Dios…y, en la abnegación íntima, encuentra la paz verdadera…la que nada turbará…Nuestros pecados mismos se han convertido para nosotros en fuente de humildad y de amor…estar inmerso en la humildad es estar inmerso en Dios, ya que Dios es el fondo del abismo…La humildad obtiene las cosas que son demasiado altas para ser enseñadas; alcanza y posee lo que la palabra no alcanza".

Tras leer esto, Teresa se retiró a un lado. Entonces dije:

-         He vivido. Amén.

Cristo se levantó. El tribunal hizo lo mismo, menos Teresa, que cayó de rodillas, alzando las manos hacia la Madre de Dios, que acababa de entrar con Montini a su lado. El Papa cerró los ojos. La Virgen hizo a Teresa un singo imperceptible. Cristo levantó la mano derecha con ese gesto augusto que Miguel Ángel, profeta, le había visto y que atestiguó, cuando pintó el "Juicio final" de la Capilla Sixtina. La luz de Dios disecaba mi ser. La mirada de Cristo penetraba en mi corazón. Toda grandeza se había derretido como una montaña de cera. Cristo bendijo a su Padre. Y luego abrió la boca y pronunció el fallo".

 

https://sites.google.com/site/zudensachenselbstjavier/librosfilosofia/librosinteresantesfilosofia/mitestamentofilosoficojeanguitton

La mejor recensión de este libro es, a mi juicio, adjuntar un par de textos del libro mismo para animarse a leerlo. Un libro que invita a pensar, pero con ese pensamiento que no es ajeno a la vida, sino que brota de la vida misma y que intenta comprenderla. Un libro sugerente por lúcido y lúcido en tanto que invita a adentrarse en las grandes cuestiones. Merece la pena.


Contenidos

1.      DE CÓMO BLAISE PASCAL VINO A MI LECHO DE ENFERMO A PREGUNTARME SOBRE MIS RAZONES PARA CREER EN DIOS

2.      CÓMO DE GAULLE Y YO MEDITAMOS SOBRE EL MAL Y OTROS CUANTOS TEMAS


DE CÓMO BLAISE PASCAL VINO A MI LECHO DE ENFERMO A PREGUNTARME SOBRE MIS RAZONES PARA CREER EN DIOS

 

 

https://sites.google.com/site/zudensachenselbstjavier/_/rsrc/1279636151629/librosfilosofia/librosinteresantesfilosofia/mitestamentofilosoficojeanguitton/pascal.jpg?height=294&width=320

(…)

Hubo una pausa. La conversación me había cansado. Cerré los ojos. Sin embargo, el cansancio me había calmado. Mi médico siempre me recomendó el agotamiento. Llamaba a eso la agota- terapia. Agotarme sin parar y estar acostado la mitad del tiempo: es el secreto de mi longevidad. Rousseau quiso hacer una filosofía de la medicina. Spinoza también lo quiso. ¿Qué habrían escrito? Volví a abrir los ojos. Pascal me preguntó:

—Guitton, ¿por qué cree en Dios?

—Usted es el gran Pascal. Me darían vergüenza mis pequeñas respuestas. Usted que ve a Dios, ya no tiene necesidad de creer. Entonces, ¿por qué esa pregunta?

—La hago para usted, no para mí. Aún necesita usted responderla.

— ¿Cómo sabe usted que lo necesito?

—Lo vi en Dios.

— ¡Habló usted bien del hombre al llamarlo quimera incomprensible! Yo, que hablo con usted, no llego a encontrar esto absolutamente anormal. Y al segundo siguiente pienso en el más allá, en Dios, y tengo dudas, me hacen falta pruebas. ¿No bastaría mi vida, si supiese verla, para convencerme y para persuadirme?

—Esta noche no tengo que responder yo. Le toca a usted explicar. Guitton, ¿por qué cree en Dios?

—Ya le he dicho que no me gusta responder así. No es mi estilo. Prefiero lo borroso, lo difuminado, el sfumato. A mi edad no me voy a poner a fabricar definiciones, demostraciones, silogismos. Lo que me ha dado el éxito, en este bajo mundo, sobre todo en estos últimos años, es...

—Guitton, se trata de vuestra salvación. ¿Por qué cree usted en Dios?

Solté un largo suspiro. Había que responder a ese diablo de hombre.

— ¿Por qué?... ¡Porque me cuesta creer en él!

—A ver si le entiendo. ¿Dice usted que cree en Dios porque le cuesta creer en él?

—Sí. Y a esto añadiré, Pascal: si no me costase creer en él, pienso que no creería en él.

—Es curioso.

—Pero, sin embargo, es así.

—Supongo, Guitton, que ésta no es su única razón.

—No, pero sí es una de ellas. Si Dios fuese fácil, estaría al alcance de la mano. No sería trascendente y no sería Dios. Pero si Dios es Dios, hay una desproporción entre él y nosotros. No es de extrañar que, para verlo, tengamos que ponernos de puntillas sobre la punta del espíritu.

—Pero, ¿en qué sentido le cuesta creer?

—Me gustaría poder deducir su existencia a partir de mí. Compruebo que es imposible. En este sentido, me duele. Pero si creyese así, no creería en él, y el Dios al que me adheriría no sería Dios. Así, pues, no poder creer de esa manera me ayuda a creer.

—Pero, ¿si pudiese deducir Dios?

—Estaría a mi nivel y no sería Dios.

—Sí, pero todo esto es negativo. ¿Cómo le ayudan estas dificultades a creer realmente en Dios que es Dios?

—Porque de esta manera, Pascal, creo en el Absoluto. Luego, si no creo en un Absoluto que no es Dios, creo forzosamente en un Absoluto que es Dios.

—Para mí, está claro. Es muy original

—Tampoco lo es tanto. Descartes escribió en las Reglas para la dirección del espíritu: «Dudo, luego Dios existe». Dubito, ergo Deus est. Le he dicho lo mismo, a mi manera.

—Estoy sorprendido de que Descartes pudiese decir algo tan bueno. Si usted lo dice debe ser seguramente cierto. Lo que significa que no es tan inútil e incierto como lo escribí. ¿Podría explicarlo un poco más? ¿Qué quiere decir con esas palabras de «Dios que no sería Dios» y de «Dios que sería Dios»?

—Aquí está todo. Pasemos a responder. Le propongo hacer la distinción entre dos palabras que uno confunde con frecuencia: Absoluto y Dios.

— ¿Cómo? ¿Al Absoluto no se le puede llamar Dios?

—Sí, Claro que sí.

— ¿Y Dios no puede ser llamado Absoluto?

—Sí, claro que sí.

—Entonces, ¿por qué hacer la distinción?

—Estas dos palabras designan una realidad idéntica; y evocan dos ideas diferentes. El término de Absoluto es para nuestro pensamiento el Origen radical, el Principio fundamental del ser y del espíritu, el absolutamente Primero, Aquel que permanece eternamente, perdurable y sin el Ser cuya vida llevan todas las cosas. Nada más, aunque no sea poco. Sin embargo, la idea de Dios es aún más rica. Incluye todo lo dicho sobre el Absoluto, y algo más.

— ¿Qué más?

—Cuando uno pronuncia esa palabra enorme, «Dios», uno piensa en el Absoluto como en Alguien. Este Absoluto es un Ser que piensa, quiere, ama. Dios es alguien a quien se puede rezar.

—La idea de Dios es, pues, la de un Absoluto que es al mismo tiempo Personal.

—Exacto, Pascal. Dios en sentido amplio, es el Absoluto. En sentido estricto, Dios es más que el Absoluto, es Dios.

—Pero ¿puede uno concebir un Absoluto que no sea Dios?

— ¡Muchos han pensado en ello! La pregunta es justamente saber si el Absoluto es Dios o no. Déjeme contarle lo que pien­so en el fondo. Demostrar la existencia del Absoluto no me interesa nada, ya que, según creo, casi todo el mundo admite la existencia del Absoluto. En este sentido, todo el mundo cree en Dios en sentido amplio.

— ¿Por qué?

—Es un hecho. Ya hablaremos de ello, si quiere. Pero le repito, Pascal, que, en mi opinión, la existencia del Absoluto no es el gran problema. Al estar realmente fuera de duda la existencia del Absoluto, la cuestión verdadera es saber si Dios, en sentido estricto, existe o no.

—Guitton, resumiendo: Dios en sentido amplio está admitido por todos. Lo que se nos plantea es Dios en sentido estricto.

—Perfecto.

—Admitámoslo, a ver qué pasa. Pero volveremos sobre ello. La elección no está, pues, según usted, entre creer en Dios y ser ateo, sino entre dos creencias: la una en un Absoluto no Personal; la otra en un Absoluto Personal.

—Es exactamente eso: entre, por una parte, el Absoluto Personal y Trascendente y, por otra parte, el Absoluto no Personal y no Trascendente. En términos técnicos, se trata de escoger entre el teísmo y el panteísmo. Reflexionar sobre ello me ha llevado toda la vida, así, por ejemplo, cuando comparé, en mis tesis, las relaciones del tiempo y de la eternidad en Plotino y san Agustín, o el concepto de desarrollo en Hegel y Newman. Dos ideas de Dios, dos ideas del hombre, dos ideas de las relaciones entre la eternidad y el tiempo, es decir, dos ideas sobre el destino.

—Explique mejor los términos de esa elección. ¿Qué entiende usted por panteísmo?

—Deseoso de agruparlo todo en la unidad de una sola representación, el panteísmo encierra en sus redes todo lo que es, todo lo que puede ser, y reúne esta inmensa masa, esta infinidad de «puede ser», en el único concepto de totalidad. El Gran Todo. Para comprender mejor cómo ese Gran Todo puede ser una unidad inteligible, imagina una Sustancia única o un Sujeto único, donde todo se agruparía, se comunicaría y, en definitiva, se fundiría. La Totalidad infinita, al no dejar nada fuera de ella, se apoya en sí misma, basada en su propia Sustancia.

— ¿Y nosotros en todo esto?

—Un engranaje insignificante en sí mismo, divino por su fondo y por su esencia. Podríamos ser el Absoluto, pero no lo sabemos. Mientras no lo sepamos, existimos. Cuando lo sepamos, no existiremos y no habrá más que él.

— ¿Y qué es el teísmo, Guitton?

—Es la otra concepción. Dios no es la totalidad ni la sustan­cia de la totalidad ni el sujeto de la totalidad. No se define en relación a la totalidad. Además, esta totalidad no es divina, no tiene derecho a la mayúscula. Dios es trascendente, personal, libre, creador. Creó libremente, sin que nada lo forzara a hacerlo. Nada se parece más a Dios que los seres personales. De una materia sublime, pero real, Dios conoce, Dios quiere, Dios habla, Dios ama.

— ¿Este Dios teísta no es una imaginación antropomórfica?

— ¿Y el hombre no es una realidad teomórfica?

—Hacemos a Dios a nuestra imagen.

—Y Dios nos hace a la suya. Un cierto antropomorfismo, Pascal, está basado en la realidad del teomorfismo. Un cierto antropomorfismo. No uno cualquiera.

— ¿Se trata, pues, según usted, Guitton, de escoger entre estas dos ideas del Absoluto?

—Sí, y también entre dos ideas del hombre y de su salvación. Cómo escoger es en mi opinión el único problema importante. Hude, uno de mis discípulos, ahondó en la cuestión en un libro, Prolégoménes, donde todo es excelente, menos el título, que es absurdo.

—Pero, ¿es de esta manera como suelen plantear el problema nuestros filósofos?

—Creo que es así cómo hay que plantearlo, si queremos estar a la altura del mundo presente.

—Tiene usted razón, Guitton. Poner en primer plano la elec­ción entre teísmo y ateísmo es un punto de vista demasiado occidental. Semejante elección pone frente a frente sobre todo al occidental cristiano y al occidental no cristiano.

—Es evidente. El ateo es un teísta que ha dejado de creer en Dios e imagina no creer ya más en el Absoluto. Si quisiera reflexionar, comprendería que dejando de creer en Dios se ha puesto automáticamente a creer en una de las formas del Absoluto no Personal. En este sentido, no es ateo en sentido amplio, ya que no es ateo de Dios en ese mismo sentido amplio, es decir, ateo del Absoluto. No es más que ateo en sentido estricto, es decir, ateo de Dios en ese mismo sentido estricto.

—Pero es ateo de todas maneras.

—Sí, pero no más que otros. Yo también soy ateo y usted también es ateo. Es usted ateo del Dios de los estoicos, del Dios de

Giordano Bruno y del Dios de Pomponazzi como yo lo soy del Dios de Spinoza, del Dios de Hegel, del Dios de Taine y de Renán.

—Hay que resignarse. Siempre se es ateo de algún Dios.

—Y también incrédulo de alguien. Pero siempre se es dema­siado piadoso y entonces uno no se da cuenta. Lo que más les falta a nuestros cristianos, Pascal, es ser ateos. Yo soy ateo del Dios de Nietzsche, del Dios de Marx, del Dios de Freud. Un ateo jubiloso, un ateo impío.

—El Devenir, la Historia, el Inconsciente, son también Absolutos.

—Y la propia Nada es también un Absoluto. Aquí donde me ve, Pascal, soy un ateo de remate de la Nada. Y Bergson era como yo.

—Habría que decirles a los sacerdotes de París que predicaran sobre este tema.

—Si les dijésemos a los buenos cristianos que son ateos, ya no tendrían tanto miedo de decir que creen en Dios.

—Se sentirían bien orgullosos. ¡Imagínese, ateos como las grandes mentes!

—Me gusta Voltaire. Además, él lo tomó todo de sus Provinciales y le dio las gracias con un buen puntapié. A pesar de ello, sigue siendo mi modelo de escritura —y hasta de pensamiento—. Vea, soy volteriano hasta la médula.

—Pero es usted ateo de los Dioses de Voltaire.

—Naturalmente.

—Guitton, ha distinguido usted el Absoluto que es Dios del Absoluto que no es Dios. Éste ha sido su primer paso. ¿Cuál será el segundo?

—Éste, Pascal: afirmo que todo el mundo admite el Absoluto.

— ¿Es seguro?

—Esto se demuestra por una inducción perfecta. Coja una tras otra las diversas escuelas de pensadores que podemos considerar ateos y vea cómo admiten el Absoluto. Los materialistas conciben la materia como un Absoluto no engendrado e imperecedero o como un Devenir eterno o como una Muerte inmortal o también como una Vida universal o una Naturaleza infinita, pero siempre como un principio primero, radical e irreductible en ninguna otra cosa: el Absoluto. En cuanto a los idealistas, reducen la materia a ser nada más que un correlato del espíritu y, entonces, para ellos el Espíritu o el Yo o la Razón son como el Absoluto.

—Para terminar, Guitton, ¿qué piensa usted de los escépticos?

—Ellos dudan entre varias ideas del Absoluto. Eso demuestra que no dudan sobre el Absoluto mismo.

— ¿Hay otro tipo de candidatos al ateísmo?

—No, Pascal.

—Entonces la inducción es perfecta. Pero me queda una preocupación acerca del escéptico. ¿Y si dudara realmente del

¿Absoluto en vez de simplemente vacilar entre varias ideas del Absoluto?

—En tal caso, Pascal, admitiría por añadidura la hipótesis de que sólo pueden subsistir la ilusión del ser y la nada. Esto sería el nihilismo.

—Pero, en este último caso, Guitton, ya no habría Absoluto.

—Al contrario. La nada llevaría inmediatamente una mayúscula y estaríamos en presencia de una metafísica nihilista donde el Absoluto estaría concebido como Nada. Una Nada que no sería nada y que no sería probablemente lo que entendemos simplemente por esa palabra.

—Y, por consiguiente, todo el mundo admite el Absoluto. Pero, perdóneme, querido Guitton, tengo otra duda. ¿Y los que no quieren Absoluto? ¿Qué pasa con ellos?

—Hay que distinguir. O bien se han rebelado contra el Absoluto y, por tanto, no lo admiten como real, sin por ello querer amarlo u obedecerlo (primer caso); o bien se imaginan que su rechazo podría impedir ser al Absoluto, y en este caso imaginan su voluntad como un Absoluto que sería la Voluntad con mayúscula. Con lo cual admiten también como real un Absoluto: la Voluntad (segundo caso); o bien (tercer caso) quieren simplemente que no haya Absoluto, pero, entonces, o es un deseo ineficaz y estamos de nuevo en el primer caso, o es más que eso y volvemos al segundo caso.

—Bien. Ahora estoy de acuerdo con usted, todo el mundo admite el Absoluto. Era su segunda parte. Pero, ¿tenemos razón en admitir ese Absoluto que todos admitimos? Ésta será la tercera parte.

—Lo será, Pascal, si Dios me concede más vida

—Esperemos, y más sabiendo que después tendrá que volver a poner los pies en la tierra y demostrar que todo esto nos conduce a creer en Dios. Pero dígame, pues, por qué tendríamos razón en admitir ese Absoluto que todos admitimos.

—Gustoso. Todos lo admitimos. Así, pues, si estuviésemos todos cometiendo un error al admitirlo, estaríamos todos equivocados.

—Bien lo sé, Guitton, ¿pero es algo imposible tener un con­sentimiento universal erróneo?

—Espere. Pregunta usted si tenemos razón en admitir todos el Absoluto. Pero, para tener razón, aún haría falta tener una razón que funcione. ¿Sería éste aún el caso si no lo admitiésemos? Pascal, sin la idea de la verdad, ¿qué es la razón?

—Un pez fuera del agua, Guitton, un pez fuera del agua. Y veo cómo va a sacarle partido a esta idea. Ya que sin la acción profunda y oculta de esta idea del Absoluto, ¿qué sería de la idea de la verdad?

—Más débil, mi querido Pascal, que los relojes de bolsillo en las pinturas de Salvador Dalí, incapaces de servir de norma al avance del espíritu. Pero hay que reflexionar un poco para estar convencido.

—Entonces, Guitton, si resumo bien su pensamiento, sin la idea de Absoluto no hay idea-fuerza de verdad, y sin idea-fuerza de verdad, no hay razón que tenga de manera alguna una idea del Absoluto y funcione gracias a ella. Pero, ¿no podría esa idea del Absoluto no ser más que una estructura de nuestra razón? En este caso, ¿lo real y el Absoluto no serían incognoscibles?

—Ilusión. Cuando pensamos así, Pascal, dejamos de lado una cierta idea del Absoluto, que se convierte en efecto en incognoscible y hasta en absurda, y no es más que para plantear inmediatamente otra.

—Es exacto. En este caso, Guitton, lo que llamamos nuestra razón llevaría inmediatamente una mayúscula y vendría a ser para nosotros el Absoluto.

—Eso es. Basta con reflexionar sobre nuestro propio pensa­miento para darnos cuenta. Pero, ¿cómo hacérselo comprender a aquel que no reflexiona?

—En resumen, Guitton: o bien tenemos razón en admitir el absoluto; o bien estamos equivocados al admitirlo, pero aun en este segundo caso tendríamos también razón al admitirlo. Tenemos, pues, en todos los casos, razón al admitirlo.

—Es exactamente eso.

—¿Pero si a pesar de todo estuviésemos completamente equivocados al admitirlo?

—En ese caso, volveríamos a la metafísica nihilista y entonces tendríamos otra vez y siempre razón al admitirlo.

—Guitton, ¡es usted diabólico!

—¿Anda? ¿Usted también me dice eso?

—¿Le extraña?

—Oh no... Ya nada me asombra.

Y nos callamos.

Pascal prosiguió:

—¿Me permite usted resumir toda su declaración?

—Por favor.

—En un primer momento define usted los términos de Absoluto y de Dios. En un segundo momento establece que, de hecho, todos admitimos el Absoluto. En un tercer momento demuestra usted que todos tenemos razón en admitirlo, lo que también quiere decir que necesariamente hay en cierta manera un Absoluto. Todo esto está muy claro. Pero si todo el mundo puede admitir ya con razón la existencia del Absoluto, no todo el mundo admite la existencia de un Absoluto que sea Dios. ¿Cómo va usted ahora a pasar a la existencia de Dios?

—Será en un cuarto momento. Se trata de escoger entre el Absoluto no Dios y el Absoluto Dios. Sin embargo, cuando observo el mundo, me parece ver unas características de contingencia: por ejemplo, las grandes constantes físicas universales. ¿Por qué esos números y no otros? Encuentro más verosímil que un mundo como éste sea el resultado de una elección, y no el resultado de un desarrollo necesario.

—Le dirán que es el azar.

—Todas estas «decisiones» concurren a hacer posible la existencia de la vida y de la vida personal. Bastaría con una variación mínima, por ejemplo, de la constante de gravedad, y la vida no existiría. ¿Por qué esto es así? Me parece racional pensar simplemente que la materia está ordenada en función de la vida que ha de llegar.

—Le responderán que ese ordenamiento de la materia es fruto del azar, como la vida.

—Personalmente, no creo para nada en ello. El concepto de azar conlleva la idea de no-coordinación de diversas causas. Sin embargo, el mundo viviente manifiesta sin duda alguna una coordinación entre evoluciones y hechos que la posición del azar obligaría a creer independientes. Mire, por ejemplo, los instintos de los animales, sobre todo los de los que son más mecánicos, como los insectos. Vea el ejemplo del sphex que da Bergson en La evolución creadora, y que inyecta un líquido paralizante exactamente en tres centros nerviosos del grillo donde pondrá sus huevos, y sin haberlo visto anteriormente. Esto significa que, de una manera u otra, la anatomía de la especie parasitada estaría codificada con gran precisión en los genes del insecto parasitario. ¿Cómo hace usted para no ver la coordinación ahí?

—Le dirán a usted, Guitton, que es otra vez y siempre el azar.

—Pues toda la naturaleza es así. Los instintos de los pájaros migradores, la estructura de la corteza cerebral, el código genético... Todo esto es asombroso. Si usted gana una vez la lotería dirán: es el azar. Gana usted dos o tres veces: dirán que tiene una suerte increíble. Si usted gana todos los domingos, nadie le creerá, está usted haciendo trampa y terminará usted en prisión.

—¿Cómo explica usted que haya gente que continúe creyendo en ello?

—No tengo ni idea. Pregúnteselo a ellos.

—Es a usted a quien se lo pregunto, Guitton.

—Yo diría que son como los antiguos galos. Tienen miedo de que el cielo les caiga sobre la cabeza.

—Quiere usted decir: que Dios entre en sus vidas.

—Supongo que, para ellos, será más o menos lo mismo.

—Ahí está el problema, en efecto.

—Estos mismos hechos excluyen, según creo, la idea de que el mundo sale de Dios por una evolución necesaria y fatal, como si el Absoluto fuese una planta que crece y se espiga, o una definición que desplegaría sus teorías. El carácter contingente y coordinado del mundo implica en su origen una libertad organizadora y una creación a partir de la nada, ex nihilo.

(…)

GUITTON, JEAN. Mi testamento filosófico.

Encuentro. Madrid, 2009, pp. 26-35.


 

CÓMO DE GAULLE Y YO MEDITAMOS SOBRE EL MAL Y OTROS CUANTOS TEMAS

 

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(…)

 

Subí volando a la tribuna. El general me esperaba.

— ¿Corteja usted a las mujeres bellas?

—En absoluto, mi general. Fui a ver a Janissar, mi antiguo alumno.

— ¿Cómo está?

—Envejece mal.

—Vine para hacerle una pregunta y nos hemos desviado. Guitton, ¿y el mal?

—Es la prueba más fuerte de la existencia de Dios.

—Paradoja. Sea. Explique.

—Un día, Leibniz se prendó de una viuda guapa, joven, rica. La pidió en matrimonio. La dama le pidió tiempo para refle­xionar. Eso permitió reflexionar también a Leibniz y no se casó con ella. Pero, a veces, la echaba de menos, soltaba una lágri­ma. Tres años después, se la volvió a encontrar, ya casada; charló con el marido, comprendió. Se libró de una buena. Ya no lloró más.

— ¿Moraleja?

—Espere el final de la historia.

— ¿El mal no existe? ¿Ha leído usted Cándido?

— ¿Qué quiere que le diga? Espere el final de la historia. Todo está en función del más allá.

—El problema, Guitton, es que la gente no quiere creer en Dios a causa del mal; y que no creen en el más allá porque a causa del mal no creen en Dios.

—Es razonar como un tambor.

—Yo no digo que razonen bien. Le digo cómo razonan.

—Por una vez, mi general, es usted el intelectual. Sea prácti­co. Pensamos en el mal cuando estamos mal. Luego el problema del mal se plantea siempre mal. Para ser racional, hay que tornar distancias. Pero cuando uno puede tomarlas, todo va bien y ya no pensamos en el mal. De ahí que, en la práctica, o pensamos mal en el mal, o no pensamos nada en él.

—Buen argumento. ¿Qué hacer?                              V

—No pensar en ello cuando estamos mal y pensar en ello cuando no estamos mal.

—Lógico. ¿Lo que nos permite esperar el final de la historia?

—Exactamente.

—Pero entonces no pensamos, esperamos.

—Nada de eso. Pensamos mientras esperamos. El proble­ma del mal debe plantearse con el del destino. No por sepa­rado.

—Dice usted eso porque es católico, no piensa usted de manera autónoma.

— ¡Mi general, usted también no! Usted sabe bien que soy católico porque soy librepensador.

—Le estaba pinchando. Continúe.

—Entonces, una de dos. O es el más allá o es la nada.

—De acuerdo.

—Y si es la nada para el hombre, de nuevo una de dos sobre Dios. O hay un dios, o no lo hay.

—Le sigo. Y le adelanto. Si es el más allá para el hombre, entonces de nuevo una de dos sobre Dios. O existe o no existe. En resumidas cuentas, cuatro combinaciones posibles. Dios y el más allá, Dios sin el más allá, el más allá sin Dios, ni Dios ni el más allá. Hacen realmente cuatro.

—Sócrates no tuvo mi suerte. Sus interlocutores eran buena gente, pero nulos. Sólo sabían decir: «Sí, Sócrates», «Bravo, Sócrates», «Tienes razón, Sócrates», menos Calícrates, que se enfurruñaba y no abría el pico. El pobre viejo Sócrates estaba obligado a hacerlo todo. Por eso uno se aburre con Platón.

—Tendría que haber vivido en el siglo XX. Hoy día, cuando uno aburre al público, se muere de hambre. Se necesita cambio e interactividad.

—En su época pasaba lo mismo, pero tenía esclavos para ali­mentarle y admiradores dispuestos a aburrirse.

—Volvamos al mal. Vamos, Guitton.

—Caso nº 1. El más allá sin Dios: se admite al mismo tiempo el ateísmo y la supervivencia de la individualidad personal.

—Es bastante original. ¿Conoce usted a muchos ateos de ese tipo?

—Depende de lo que entienda usted por ateo, mi general. Primero, están aquellos que no creen en un Dios personal. Pero en conjunto no creen tampoco en el más allá.

—Se puede decir, Guitton, que a ninguno le concierne real­mente el caso nº 1.

—Es lo que me parece, mi general. Después, están aquellos que admiten un Absoluto impersonal y que podemos llamar ateos, en el sentido de que no creen en un Dios personal. Pero éstos no admiten la supervivencia de la persona. Más bien ima­ginan en nosotros mismos una parte impersonal de nuestro ser que podría fundirse después de la muerte en el Absoluto imper­sonal.

—Mientras tanto, creen de todas maneras en la transmigración de las almas.

—No es creer en el más allá. Si usted renaciera en una balle­na, mi general, no estaría usted en el más allá, que yo sepa.

—Es incontestable. Con lo cual, tampoco se sienten concerni­dos por el caso nº 1. Vamos a encontrárnoslos en uno de los otros tres. Conclusión: el caso n2 1 está vacío y es puramente teórico. Inútil detenerse en él. Pasemos al nº 2.

—Como usted guste, mi general. Caso nº 2. Ni Dios, ni el más allá. Si esto es así, ¿de qué quejarse? Y, sobre todo, ¿a quién que­jarse? No hay nadie a quien quejarse. Las cosas no tienen ni inten­ción, ni sentido, ni lenguaje. No son en sí mismas ni buenas ni malas, son lo que son y nada más. ¿Dónde está el mal?

— ¿Si el león me devora?

— ¿Por qué quería usted que le devorase? Si no está contento, mi general, mátelo o enjáulelo. ¿Dónde está el mal?

—Luego, no hay problema filosófico del mal en el caso nº 2, sino un problema técnico de seguridad o de analgesia.

—Exactamente. El caso nº 1 carecía de sentido. En el caso nº 2 aparece el mal, pero no el problema del mal.

—Sin embargo, se sufre también la ausencia de sentido.

—Fabrique, pues, sentido con la ausencia de sentido, Nietzsche llama a eso heroísmo. A lo mejor se vuelve usted un superhombre...

— ¿Y si le busco otro sentido?

—Es que considera usted que se puede encontrar.

— ¿Y qué significa eso?

—Que está usted en los dos últimos casos.

—Convincente. Guitton, esto empieza a ser interesante. ¡Ade­lante!

—Caso n2 3, mi general. Dios sin el más allá. Esta vez tiene* usted a alguien a quien quejarse. ¿Qué bien que no tuviese le pediría usted?

—La felicidad antes de morir.

—Sea usted más preciso. La felicidad antes que la nada. ¿Qué le parece?

—Es una idiotez.

—Estoy realmente de acuerdo con usted, mi general. En esta hipótesis, cuanto más feliz es uno, más desgraciado es, menos en el caso de las avestruces y los amnésicos.

—Entonces, Guitton, ¿qué hacemos?

—Mi general, puede escoger: o Dios es malo y uno se rebela. O Dios es bueno y maximizará nuestra felicidad mientras espera­mos la nada.

— ¿A esto lo llama usted bueno?

—No, mi general. Luego uno se rebela en todos los casos.

—No se lo he hecho decir yo.

—Pero uno se rebela forzosamente al admitir la verdad de las dos hipótesis que definen el caso n2 3 (Dios existe, el más allá no).

—Por definición.

—Sin embargo, mi general, me he dado cuenta de que, cuan­do uno se rebela así, se hace llamar ateo.

—Diantre, Guitton, a pesar de todo es verdad. Pero razona­mos como campanas...

—Pues sí, mi general. Vuelta al caso nº 2. Y uno no se rebe­la más.

—Otra vez atrapados. Espere. Supongamos que uno se diga agnóstico.

—Si así lo quiere, mi general. Veamos lo que nos da.

—Yo lo veo muy bien. Uno se abandona a una revuelta hipo­tética contra Dios, si existe. Es como si uno fuese a manifestarse bajo las ventanas del castillo, por si acaso hubiese un rey dentro.

—Ante este tipo de manifestación, mi general, usted habría conservado el poder. Pero bueno, admitámoslo. En su manifesta­ción, ¿qué le pediría al rey, si éste existiera? ¿Hacernos felices antes de la nada?

'' —Supongo. ¿Pero qué significa eso, Guitton?

—La ablación de la memoria.

—O entonces, Guitton, ¿le pedimos no pensar en ser felices?

—Dicho de otra manera, la ablación de la conciencia.

— ¿Y si le pidiésemos ser felices antes del más allá?

—Pero si no hay más allá (hipótesis 2 del presente caso nº 3).

—Lo había olvidado. Estamos en lo mismo. ¿Qué pasa ahora?

—Supongo, mi general, que le pedimos a Dios el más allá, para ser felices antes del más allá.

—No hay otra solución. De acuerdo, pero ya que estamos, le pedimos también la felicidad en el más allá. ¿Conclusión?

—Conclusión, mi general, en el caso nº 3, tenemos el mal, pero no el problema del mal.

— ¿Y por consiguiente?

—Caso n° 4. Dios y el más allá. Vayamos a ello. En este caso, tiene usted el mal, ¿verdad?

—Sin duda alguna, Guitton.

—Y también tiene el problema del mal.

—Me parece.

—Mi general, ¿en qué consiste precisamente?

—En esto, Guitton: nos preguntamos por qué Dios nos deja ser desgraciados con tanta frecuencia antes del más allá.

—Es exactamente eso.

—Entonces, Guitton, el problema del mal no es una objeción a la existencia de Dios. Sería más bien una consecuencia.

—Es lo que me mato a decirle. Si niega ya sea el mal ya sea el problema del mal, niega usted a Dios.

— ¡No me diga! Es inaudito. ¿Pero resuelve usted el problema del mal?

—No le digo que lo resuelva. Le digo que lo planteo.

—Pero si plantea la existencia de Dios, resuelve usted el pro­blema.

—Nada de eso. Si planteo la existencia de Dios, planteo al mismo tiempo el problema del mal. Pero no estoy seguro de Dios a priori, mientras que estoy seguro de mi problema del mal.

—De manera que, al plantearlo, plantea la existencia de Dios y del más allá. Guitton, es usted diabólico.

—Ya me lo han dicho otros, mi general, y si supiera quién, se sentiría halagado.

— ¿Ah?... No, pero... espere. Dicho de otra manera, al plantear simplemente un problema, resolveríamos otro.

—Perfectamente.

—Quien pierde gana.

—Bienaventurados los pobres de espíritu.

—Pero, después de todo, ¿cómo sabe usted si el problema se plantea?

—Fue usted el que me dijo que se planteaba.

— ¡Pues habría que demostrármelo!

—No me lo pedía usted antes, mi general.

—Tenía que haberme avisado usted. No veía hacia dónde iba.

— ¡Bueno! Mire el sufrimiento de los niños pequeños, o el genocidio. E inmediatamente surge la pregunta.

— ¿Pero ¿cómo quiere usted obtener la respuesta a tal pregunta?

—Es sencillo. Pregúntese quién puede responderla. ¿Existe en este mundo un solo hombre, en tanto que simplemente hombre, que posea la respuesta?

—Improbable.

—Y, sin embargo, hace usted la pregunta. Entonces, ¿a quién se la hace?

—A Dios.

—Es evidente.

(…)

GUITTON, JEAN.  Mi testamento filosófico.

Encuentro. Madrid, 2009, pp. 94-99.

 



[1]  Beato místico y erudito flamenco (1293-1381).

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