domingo, 29 de marzo de 2009

DIEGO CISNEROS, EL MONJE JERÓNIMO TRABAJANDO EN LIMA

Fue un monje jerónimo que vivió en Lima (1772-1812) administrando la venta de los libros litúrgicos y las rentas que el Monasterio del Escorial tenía en Perú por concesión de Felipe II y Felipe IV. Desempeñó cargos destacados en el ambiente cultural de Lima, como bibliotecario de la Universidad Mayor de San Marcos y redactor y editor del “Mercurio Peruano” de San Marcos y redactor y editor del “Mercurio Peruano”, siendo amigo de un grupo de ilustrados, lo que le hizo enfrentarse a la Inquisición, a través del Inquisidor General, el obispo de Jaén; se publicó en un periódico de Cádiz, y de ahí se tomó para publicarla en otro de Lima, en 1813. Un buen artículo es el publicado por F. Javier Campos y Fernández de Sevilla y que se titula “El monje jerónimo español fray Diego Cisneros, el Santo Oficio de Lima y el Inquisidor General” en el Anuario Jurídico y Económico Escurialense, XLII (2009) 511-530 y que el autor ha tenido la gentileza de enviarme. Está distribuido en 5 apartados: introducción, representante del Escorial en Lima, problemas con la Inquisición, carta póstuma al Inquisidor General (1813)

Como el propio autor me señala, está empeñado en la figura completa del Padre Jerónimo, con documentación desconocida e inédita que manejo, más las referencias archivísticas en una selecta bibliografía, tanto de Lima como de España: Bibliotecas Nacionales de Lima y Madrid, Archivo del Arzobispado y el General de la Nación de Lima, el de Indias y el de Palacio Real de Madrid, además de la Biblioteca Real de Escorial. El P. Javier Campos ha localizado su partida de bautismo y su licencia para pasar a Perú. En el último apartado aparece la carta póstuma del libro de J. Guillermo Leguía: El precursor. Ensayo biográfico de D. Toribio Rodríguez de Mendoza (Librería Francesa Científica y Casa Editorial E. Rosay, Lima, 1922), quien manifiesta gran simpatía por el liberal Padre Cisneros: “Felizmente, cuenta Rodríguez con amigos utilísimos para realizar la campaña cultural en que se halla empeñado. Y como entre aquéllos ninguno ha influido tanto en el Rector como el ´Muy Reverendo Padre Diego Cisneros, ni prestándoles mayor apoyo,...fraile preclaro, obsesionado con el fecundo propósito de la ilustración y del liberalismo” p.26

Gracias a la Biblioteca Virtual CERVANTES se puede disponer de la amplia semblanza en el Diccionario histórico biográfico de Manuel Mendiburu: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/peru/12472747622376051987435/p0000008.htm

CISNEROS. El padre fray Diego. Monje de la orden de San Gerónimo en el real sitio del Escorial. Ignoramos el lugar de su nacimiento y la fecha de su venida al Perú, dos datos que hemos solicitado sin haber conseguido obtenerlos.

Los Reyes de España, y principalmente Felipe IV, concedieron a dicho monasterio diferentes encomiendas de indios en el Perú. Tenemos noticias de que las poseía en los departamentos del Cuzco, Puno, Lima y Huaylas. Las rentas de sus productos no podían tocarse para ningún objeto aunque fuese piadoso: estaban exceptuadas de todo gravamen y en su remisión a España no pagaban ni el impuesto denominado «avería», ramo destinado a la conservación de la marina. Con este motivo el monasterio tenía en el Virreinato un administrador autorizado para la recaudación y demás funciones necesarias. Cuidaba de pagar al Rey el tributo correspondiente a los indios de esas encomiendas, sobre lo cual hemos visto una provisión en que así lo dispuso en 1675 el Virrey Conde de Castellar.

Por mucho tiempo residió en el Cuzco con aquel encargo fray Manuel de Rojas monje profeso de la citada orden. Sabemos de otros religiosos que desempeñaron la misma comisión en aquella ciudad, como fray Antonio Medel, fray Jacinto de San Andrés, fray Francisco de San Miguel, etc. Algunos documentos que están en el archivo nacional nos han dado a conocer que las rentas del Escorial no estuvieron bien manejadas, fuese por incapacidad e incuria de los administradores o por defraudaciones: pues es constante que existían cuantiosos rezagos por cobrar, como aparece de cierto expediente que hemos registrado importante más de diez y seis mil pesos, y de otro de treinta y seis mil seiscientos que adeudaba sólo el corregimiento de Huaylas. Las cajas reales del Cuzco debían siempre al Escorial considerables cantidades. Hiciéronse donaciones en favor del monasterio, según la costumbre dominante en los pasados tiempos, de aumentar los bienes de las órdenes religiosas: la Condesa de Lemos le cedió una crecida suma que se le debía procedente de las encomiendas de su pertenencia; don Blas de Ayesa Caballero de la orden de Calatrava se le obligó por un capital de 7.467 pesos, etc. Poseía el monasterio una finca en la calle del pozuelo de Santo Domingo en Lima: disfrutaba de un privilegio especial y exclusivo para vender misales, breviarios, -379- libros de devociones, y otros de nuevos rezos, cuya impresión o expendio, se hacía en esta ciudad por las personas encargadas al efecto.

Entremos ahora a recordar particularmente al padre Diego Cisneros, porque su venida y permanencia en Lima marca una época que puede decirse fue abierta y sostenida por él: hablamos de la introducción de trascendentales novedades en la enseñanza científica, que aunque iniciadas en tiempo del virrey don Manuel de Amat, vinieron a tener animación por la influencia del padre Cisneros. Hubo en el Perú hombres de profundo saber y de largos alcances que rodearon a ese Virrey, y que aprovechando de la oportunidad de haberse expulsado a los jesuitas, plantearon las bases de las reformas que pedía la grandiosa difusión de las luces. Pero faltándoles influencia y seguridad, limitaban con cautela sus conatos, arredrados ante el receloso Tribunal de la Inquisición, agitado siempre por los enemigos de las innovaciones que dieran cultivo al entendimiento.

Hay que agradecer a aquel Virrey que, aunque duro y arbitrario, no fue opuesto a la ilustración: no debe olvidarse al general de marina Guirior reconociendo sus buenas intenciones; ni la circunspección del Caballero de Croix, ni la inteligente tolerancia de otro General de Marina, don frey Francisco Gil, protector de las letras y del periodismo. La historia ha de ser justiciera, y al referir las malas obras de los gobernantes que fueron instrumentos del poder absoluto, no debe silenciar lo que con miras equitativas hicieran por el bien general, por lo mismo que su misión era la de luchar contra la libertad.

Mandaba el virrey don Manuel de Guirior, aquel recto funcionario perseguido hasta su muerte por el indiscreto y sombrío visitador Areche, cuando arribó al Perú el padre fray Diego Cisneros que había dejado sus claustros del Escorial impelido por una tormenta que contra él desató el odio envidioso de unos cuantos monjes. Desairáronle en su pretensión de obtener la prelacía de su orden, porque sus luces humillaban a los que nunca pudieran igualársele en el saber, y a los que no sufrían, por soberbia, las distinciones y predilección que le dispensaba la princesa María Luisa (después Reina como esposa de Carlos IV) de la cual Cisneros había sido confesor.

Afectada con el golpe de adversidad sufrido por el religioso a quien protegía, había conseguido se le presentara para un Obispado: mas no llegó a verificarse así por la absoluta negativa del padre Cisneros a admitir aquella elevada dignidad. Y conviniéndole alejarse del monasterio, alcanzó por medio de la misma Princesa se le permitiera residir en América. Tales fueron los antecedentes del nombramiento que se le otorgó de Administrador de las encomiendas y demás intereses de San Lorenzo del Escorial en el Perú, y con más facultades y atribuciones que sus predecesores. Uno de nuestros modernos historiadores refiere que el padre Cisneros había venido a Lima desterrado por celos de Godoy. Apartando lo sarcástico de semejante aserto, debemos tacharlo porque Cisneros llegó a Lima reinando Carlos III y algunos años antes de ser ministro Godoy quien no figuraba en ninguna escala, pues aun su ingreso en el cuerpo de guardias fue el año de 1784.

Cisneros no sólo organizó el negocio mercantil de libros, sino que abrió tienda pública en la calle del Pozuelo, vendiendo en ella otras obras en virtud de permiso que tenía; y por las recomendaciones que le favorecieron, creemos que sus cajones de volúmenes impresos, se librarían del riguroso escrutinio que en la aduana se practicaba. Edificó en la calle del Estanco viejo (conocida hoy por la del «Padre Gerónimo») una casa espaciosa para su habitación y despacho de asuntos.

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Era a la sazón Vicerrector del colegio de San Carlos el presbítero don Toribio Rodríguez de Mendoza natural de Chachapoyas, el mismo que pasó a la tienda del padre Cisneros e hizo apartar de su cuenta diferentes obras para mandar por ellas, y pidió se encargaran otras que no había en aquel depósito. Estando Rodríguez de regreso, llegó al colegio un carruaje en que el padre Cisneros personalmente condujo los libros encargados (por no hallarse de venta) y los obsequió a don Toribio Rodríguez. De esta manera principió la amistad de ambos sacerdotes que cada día se fue estrechando más. Es de suponer que los dichos libros serían prohibidos, desde que no se vendían públicamente, con lo que se prueba lo que antes hemos dicho sobre el pase de ellos por la aduana sin reconocimiento ni examen, tal vez en el concepto de que fuesen misales y breviarios.

Rodríguez de Mendoza dejó el colegio y volvió a Trujillo donde obtuvo el curato de Marcabal. Siguieron cultivándose a pesar de la distancia sus relaciones con el monje de San Gerónimo, quien maduraba su proyecto de operar un cambio en la instrucción por medio del entendido y diestro colaborador que había encontrado en el irreemplazable doctor Rodríguez. Cisneros, respetado de todos por el favor que tenía en la Corte, no fue menos considerado por el Virrey Caballero de Croix, natural de Flandes, que entró a gobernar en 1784. Amat había desacertado al nombrar por primer Rector del convictorio carolino al canónigo don José Laso que dio testimonios de su falta de idoneidad para tan delicado puesto. Le sucedió otro eclesiástico don José Francisco Arquellada cura de San Marcelo, Consultor de la Inquisición, después dignidad del coro, y cuya incapacidad y atrasadas ideas se pusieron de manifiesto con la decadencia del colegio donde el progreso de las luces era contrariado por invencibles trabas y errores.

El Caballero de Croix escuchaba al padre Gerónimo con mucha benevolencia, y había formado de él un elevado concepto: entendiéronse ambos, y en breve quedaron de acuerdo acerca de la protección que se debía dar a la juventud, facilitándola estudios que guardasen armonía con los adelantos científicos de todas las naciones. El padre Cisneros viendo que era llegado el instante de colocar a don Toribio Rodríguez en el rectorado vacante por la separación de Arquellada, empleó todo su influjo para lograr su deseo, y lo consiguió con doble satisfacción, porque habiendo querido el Virrey nombrar a don Mariano Ribero y Araníbar natural de Arequipa, que también había sido Vicerrector, y era persona de gran merecimiento, éste se excusó, y dijo que el llamado y más digno para servir ese cargo, era el doctor Rodríguez que fue maestro suyo.

Admitió Rodríguez tan importante destino y se posesionó de él después de renunciar el curato en que se hallaba al ser llamado por el Virrey. El padre Diego Cisneros fue el consultor y el confidente a propósito para sostener al que con su estímulo entró al rectorado resuelto a tomar el camino de las reformas, en que era indudable habría de tropezar con no pocos embarazos. Los dos trazaron la línea de conducta que les pareció conveniente, empleando al seguirla el mayor disimulo y la más meditada discreción, a fin de no alarmar con actos de violencia, ni con hacer comparaciones ni demostración alguna que hiriese la susceptibilidad de tercos antagonistas.

Proscribir el escolasticismo, sustituyéndolo con las nuevas doctrinas, era el paso primero y fundamental que había de darse, removiendo las dificultades que lo entorpecieron en la época del virrey Amat. Rodríguez acometió la empresa protegido por Cisneros, cuyo valimiento en la Corte y con el Virrey les fue de mucha utilidad. Sentado aquel principio, el -381- Rector llevó a efecto otras variaciones en el plan de estudios, y con ellas se hizo la enseñanza de las matemáticas puras y aplicadas, de la física de Newton, que había servido Ribero, y del derecho natural y de gentes, adoptando para el estudio de éste y para la lógica y ética, los textos del célebre Heinecio.

Rodríguez había trabajado en unión de Ribero unos «lugares teológicos» tomando por base los canonistas más afamados y la declaración de la iglesia galicana: si no se avanzó más, fue por no perderlo todo, peligro inmediato que a él y a Cisneros los hizo ser muy cautos.

Apenas puede creerse, mas es cierto, que no consiguió el Rector de San Carlos se le autorizara para traer máquinas e instrumentos a fin de formar un gabinete cuyos aparatos sirvieran en la aplicación y práctica de los estudios astronómicos y de las teorías del de mecánica.

En verdad las novedades y cambios hechos en el convictorio no agradaban a muchos, especialmente el estudio del derecho natural y de gentes. El virrey Gil no era hostil a la reforma, y O'Higgins y Avilés que gobernaron en seguida, no se atrevieron, como no se atrevió la Audiencia, a oponerse francamente a pesar de diligentes instigadores. Esta misma abstención o desentendencia en lo público observaron los inquisidores con harta repugnancia; y era porque estaba de por medio el padre Cisneros, punto de apoyo de todo aquel movimiento, y quien daba calor y protección resuelta al doctor Rodríguez ya canónigo lectoral del coro de Lima. A primera vista parece extraño fuese tan eficaz y poderoso el influjo del religioso Gerónimo; pero esta idea se disipa sin más raciocinio que el muy decisivo y concluyente de que ese monje era cada día más beneficiado y protegido de la princesa María Luisa ya Reina de España. Virreyes, oidores, inquisidores, clero y religiones, tenían que contenerse sin que ninguno se resignase a arrostrar el desagrado de la Reina y la consiguiente indignación que de otro modo les hiciera sentir el Primer Ministro y favorito de los Reyes, don Manuel Godoy Príncipe de la Paz.

El temor que anonadaba a esos funcionarios pudo más que las opiniones ultramontanas, y desarmaba el fanático furor con que en otras circunstancias se hubieran de un soplo desbaratado tales reformas que detestaban a pesar de su obligado silencio. En esta vez sus convicciones, verdaderas o no, cayeron a los pies del egoísmo y del espíritu de propia conveniencia y conservación.

Un adversario a quien sobraba la resolución que faltó a los otros, emprendió la lucha contra las reformas y textos del convictorio. Fue el arzobispo don Juan Domingo González de la Reguera cuyo prestigio revelaba las atenciones que merecía en la Corte. Había sido cura de Potosí y Obispo de una Diócesis de tercer orden, la de Santa Cruz de la Sierra: pero poseía riquezas y sobreponiéndolo a dignos prelados de los obispados más importantes de Suramérica, se le elevó en 1781 al Arzobispado de Lima. La Reguera se mostró progresista declarándose por las doctrinas modernas tocantes al beneficio de los metales sobre que hizo escribir en el Mercurio Peruano; pero se hallaba muy distante de favorecer el mejoramiento social poniendo los estudios en relación con el saber y los adelantos de la época. Se propuso combatirlos, y escribió a la Corte ponderando los grandes males que esas innovaciones ocasionarían en las colonias americanas. Nada tenía que recelar desde que le distinguía la misma reina María Luisa, a la cual había hecho valiosos obsequios. Contaba con el mismo Godoy y en 1794 recibió la gran Cruz de la orden de Carlos III no concedida hasta entonces a ningún Virrey ni Prelado de la América Meridional.

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Al rector Rodríguez que vivía temeroso de recibir un pesado golpe de desgracia, lo confortaba y le trasmitía su valor el monje Gerónimo tan entendido como astuto, por el conocimiento que tenía del mando, de los hombres y de la situación y estado de las cosas de España. Pero le alucinó su misma confianza, y aunque defendió las variaciones hechas y puso de por medio los recursos que creyó más positivos y adecuados, de nada le sirvieron y se expidió real orden reservada prohibiendo la enseñanza en San Carlos del derecho natural y de gentes de Heinecio.

No se esperaba golpe tan duro y repentino, y por eso causó honda impresión en el convictorio que tan preparado estaba para sostener diferentes tesis, y en actos universitarios, como el padre Cisneros lo sugirió al doctor Rodríguez, para que siendo públicos, se juzgase por la opinión general el fruto de aquella enseñanza, y los altos fines que estaba llamada a producir. Con esto los que la desacreditaban y combatían por ignorancia o malicia, hubieran quedado vencidos por la imparcial aquiescencia de cuantos comprendiesen las ventajas que se obtendrían en el estudio del derecho civil.

Hombres del temple y recursos de Cisneros y Rodríguez no se rinden al primer revés; y lejos de abatirse, apelaron al arbitrio de que el derecho natural y de gentes que ya no podía cursarse públicamente, continuase estudiándose en secreto. Llevose a efecto una determinación desde luego arriesgada, pero garantida por los alumnos de tan importantes clases, cuya gratitud y amor a las ciencias no se desmintieron con la violación del sigilo de que dependía su aprovechamiento y progresos. Y sin embargo, como era imposible dejase de traspirarse algo que cuando menos infundiera sospechas de lo que pasaba dentro del recinto de una corporación tan numerosa encaminada por muchos maestros, tenemos que confesar que ni el ilustrado arzobispo las Heras, ni la Inquisición, tan gastada y decadente, hostilizaron al convictorio de San Carlos, porque tampoco lo hacía el próvido Abascal, Virrey de extraordinarios alcances en política y tacto gubernativo.

El padre fray Diego Cisneros ocupaba en la buena sociedad de Lima el lugar distinguido que le correspondía por su talento, instrucción, ideas adelantadas e influencia en la Corte. Perteneció como miembro honorario y bajo el nombre de Archidamo a la sociedad de «Amantes del país» de que era protector el virrey Gil, y que publicó desde 1791 el memorable Mercurio Peruano, periódico de ciencias, literatura, historia y estadística, en que salieron a luz algunas interesantes producciones del padre Cisneros, ligado por los atractivos y vínculos de la inteligencia y del saber a Baquíjano, Unanue, Egaña, Calatayud, Arriz, Rodríguez de Mendoza, Morales Duárez, Arrese y tantos otros peruanos que componían aquella asociación bajo el protectorado del general Gil. En el artículo respectivo a este Virrey nos extenderemos lo suficiente al tratar de la sociedad de «Amantes del país» que aplaudió el rey Carlos IV al suscribirse al Mercurio y ordenar al Virrey propusiese a sus colaborares para destinos y recompensas. Cuando llegó para ese periódico la hora del decaimiento, después de haberse publicado once volúmenes de él, a costa de los esfuerzos de dicha reunión de literatos, el padre Cisneros aún hizo los últimos (propios de su tesón), dando a luz a su costa el tomo duodécimo.

Falleció fray Diego Cisneros el año de 1812, cuyo deplorable suceso dio lugar a que el doctor Rodríguez dijese que por momentos esperaba ser destituido del rectorado de San Carlos: pero no lo hizo el virrey Abascal que al concluir su tiempo de mando en 1816, dejó a aquel Canónigo en el mismo cargo de Rector en que lo encontró al empezar su gobierno. Por -383- Setiembre del año de 1813 se imprimió en Lima en varios números de El investigador una larga carta anónima que en 1794 dirigió el padre Cisneros al Inquisidor General, con respecto al índice expurgatorio y prohibición de libros que se expidió el año 1790. El investigador fue uno de los periódicos que salieron a luz favorecidos por la Constitución española de 1812, que autorizó y dio garantías a la libertad de la imprenta. Súpose entonces que fray Diego Cisneros era el autor de la mencionada carta, y que la había dictado al presbítero diputado don Juan José Muñoz más tarde cura de esta catedral y Diputado al Congreso constituyente de 1822. Muñoz que conservaba esos borradores, fue uno de los decididos admiradores de Cisneros que abrazaron muchas de sus doctrinas, buscando las luces para cultivarlas y recibir sus beneficios, y haciendo por destruir las preocupaciones y errores que las interceptaban.

No fue sólo Muñoz quien comprendió y aceptó en aquel tiempo las ideas del padre Cisneros para mejorar los estudios y abrir paso a los adelantos científicos: el presbítero don Felipe Cuéllar cura de Surco, los doctores Mariátegui, Carrión, Rolando, Herrera Oricain y tantos otros, merecen recordarse como los agentes modernos del desarrollo de la instrucción y de la libertad del pensamiento, sin la cual es vedado al hombre investigar las verdades que descubre la inteligencia humana para bien del universo.

Fray Diego Cisneros enriqueció la biblioteca de la Universidad de Lima obsequiándola su valiosa y escogida librería que en 1822 sirvió de base de la nacional que muchas personas notables aumentaron después, desprendiéndose generosamente de un crecido número de obras, a las cuales se agregaron las que tuvieron los conventos supresos. Era el padre Cisneros enemigo implacable del Tribunal de la Inquisición, y decía no haber instrumento más eficaz que él para embrutecer a los pueblos. Opinaba y con vehemencia por la extinción de las órdenes religiosas de ambos sexos, considerándolas muy perjudiciales por razones que aducía y que no tenemos a bien repetir para evitar glosas y calumnias. Últimamente abrigaba el monje del Escorial ideas que trasmitía en su círculo privado contrarias al poder pontificio, que titulaba anticristiano en sus amargas censuras sobre asuntos de la disciplina de la Iglesia Católica. En el artículo Rodríguez de Mendoza, el diputado don Toribio, tratamos de cómo el virrey Pezuela le destituyó del rectorado de San Carlos, con otras particularidades relativas a este colegio.

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