sábado, 18 de mayo de 2013

EN PENTECOSTÉS, 19 DE MAYO, FIESTA DE SAN CELESTINO V, EL PAPA DIMISIONARIO CANONIZADO HACE 700 AÑOS

Providencial que el día de Pentecostés, coincida con la fiesta de San Celestino V - último papa "dimisionario" antes de Benedicto XVI- canonizado el 5 de mayo de 1313, hace por tanto 700 años.

Les comparto la bella homilía de Benedicto XVI cuando visitó sus reliquias con ocasión de los 800 años de su nacimiento, así como un extenso artículo de "Enciclopedia Católica"

http://infocatolica.com/blog/buhardilla.php/1007040522-benedicto-xvi-y-celestino-v (4-julio-2010)

El Papa Benedicto XVI visitó hoy la ciudad de Sulmona, en Italia, y por segunda vez en su Pontificado, oró ante los restos de San Pedro Celestino V, el Pontífice que ha pasado a la historia precisamente por su renuncia al ministerio pontificio. Con ocasión de los 800 años de su nacimiento, Benedicto XVI quiso rendir homenaje nuevamente a su ilustre Predecesor; ya lo había hecho el año pasado cuando, al visitar L'Aquila luego del terremoto, se detuvo en oración frente a sus restos y dejó allí como don el palio que se le había impuesto el 24 de abril de 2005 en la solemne inauguración de su ministerio. Quisiéramos retomar la parte central de su bellísima homilía, en la que Benedicto XVI quiso recoger de la vida de San Celestino V algunas enseñanzas válidas para nuestros días.

***

¡Queridos amigos! Mi visita tiene lugar con ocasión del Año Jubilar especial convocado por los obispos del Abruzzo y de Molise para celebrar los ochocientos años del nacimiento de san Pedro Celestino. Sobrevolando vuestro territorio, he podido contemplar la belleza del paisaje y, sobre todo, admirar algunas localidades estrechamente ligadas a la vida de esta insigne figura: el Monte Morrone, donde Pedro condujo por mucho tiempo la vida eremítica; la ermita de san Onofre, donde en 1294 le llegó la noticia de su elección como Sumo Pontífice, que tuvo lugar en el Cónclave de Perusa; y la Abadía de "Santo Spirito", cuyo altar mayor fue consagrado por él después de su coronación, que tuvo lugar en la Basílica de Collemaggio en L'Aquila. A esta Basílica yo mismo, en abril del año pasado, me dirigí para venerar la urna con sus despojos y dejar el palio recibido en el día del inicio de mi Pontificado. Han pasado ya ochocientos años desde el nacimiento de san Pedro Celestino V, pero él permanece en la historia por las conocidas circunstancias de su tiempo y de su pontificado y, sobre todo, por su santidad. La santidad, de hecho, no pierde nunca su fuerza atractiva, no cae en el olvido, no pasa nunca de moda, al contrario, con el paso del tiempo, resplandece cada vez con mayor luminosidad, expresando la perenne tensión del hombre hacia Dios. De la vida de san Pedro Celestino quisiera por tanto recoger algunas enseñanzas, válidas también en nuestros días.

 

Pedro Angelerio desde su juventud fue un "buscador de Dios", un hombre deseoso de encontrar respuestas a los grandes interrogantes de nuestra existencia: ¿quién soy, de dónde vengo, por qué vivo, para quién vivo? Él se puso de viaje buscando la verdad y la felicidad, se puso a la búsqueda de Dios, y, para escuchar su voz, decidió separarse del mundo y vivir como ermitaño. El silencio se convierte así en el elemento que caracteriza su vida cotidiana. Y es precisamente en el silencio exterior, pero sobre todo en el interior, donde él llega a percibir la voz de Dios, capaz de orientar su vida. Hay aquí un primer aspecto importante para nosotros: vivimos en una sociedad en la que cada espacio, cada momento parece que tenga que "llenarse" de iniciativas, de actividades, de sonidos; a menudo no hay tiempo siquiera para escuchar y dialogar. ¡Queridos hermanos y hermanas! No tengamos miedo de hacer silencio fuera y dentro de nosotros, si queremos ser capaces no sólo de percibir la voz de Dios, sino también la voz de quien está a nuestro lado, la voz de los demás.

 

Pero es importante subrayar también un segundo elemento: el descubrimiento del Señor que hace Pedro Angelerio no es el resultado de un esfuerzo, sino que lo hace posible la propia Gracia de Dios, que le precede. Lo que él tenía, lo que él era, no le venía de sí mismo: le había sido dado, era gracia, y era por ello también responsabilidad ante Dios y ante los demás. Aunque nuestra vida sea muy distinta, también vale lo mismo para nosotros: todo lo esencial de nuestra existencia nos ha sido dado sin nuestra aportación. El hecho de que yo vivo no depende de mí; el hecho de que me hayan sido dadas personas que me han introducido en la vida, que me han enseñado qué es amar y ser amado, que me han transmitido la fe y me han abierto la mirada a Dios: todo esto es gracia y no está "hecho por mí". Por nosotros mismos no habríamos podido hacer nada si no nos hubiera sido dado: Dios nos precede siempre, y en cada vida hay cosas bellas y buenas que podemos reconocer fácilmente como gracia suya, como rayo de luz de su bondad. Por esto debemos estar atentos, tener siempre abiertos los "ojos interiores", los de nuestro corazón. Y si aprendemos a conocer a Dios en su bondad infinita, entonces seremos capaces también de ver, con asombro, en nuestra vida – como los santos – los signos de ese Dios, que está siempre cerca de nosotros, que es siempre bueno con nosotros, que nos dice: "¡Ten fe en mí!".

 

En el silencio interior, en la percepción de la presencia del Señor, Pedro de Morrone había madurado, además, una experiencia viva de la belleza de la creación, obra de las manos de Dios: sabía captar su sentido profundo, respetaba sus signos y sus ritmos, hacía uso de ella para lo que es esencial a la vida. Sé que esta Iglesia local, como también las demás del Abruzzo y de Molise, están activamente comprometidas en una campaña de sensibilización para la promoción del bien común y de la salvaguardia de la creación: os animo en este esfuerzo, exhortando a todos a sentirse responsables de su propio futuro, como también del de los demás, respetando y custodiando la creación, fruto y signo del Amor de Dios.

 

En la segunda lectura de hoy, tomada de la Carta a los Gálatas, hemos escuchado una bellísima expresión de san Pablo, que es también un retrato espiritual perfecto de san Pedro Celestino: "Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo" (6,14). Verdaderamente la Cruz constituyó el centro de su vida, le dio la fuerza de afrontar las duras penitencias y los momentos más comprometidos, desde su juventud hasta su última hora: él fue siempre consciente de que de ella viene la salvación. La Cruz dio a san Pedro Celestino también una clara conciencia de pecado, siempre acompañada de una también clara conciencia de la infinita misericordia de Dios hacia su criatura. Viendo los brazos completamente abiertos de su Dios crucificado, se sintió llevar al mar infinito del amor de Dios. Como sacerdote, tuvo experiencia de la belleza de ser administrador de esta misericordia absolviendo a los penitentes del pecado, y, cuando fue elegido a la Sede del Apóstol Pedro, quiso conceder una particular indulgencia, llamada "La Perdonanza". Deseo exhortar a los sacerdotes a que se conviertan en testigos claros y creíbles de la buena noticia de la reconciliación con Dios, ayudando al hombre de hoy a recuperar el sentido del pecado y del perdón de Dios, para experimentar esa alegría sobreabundante de la que el profeta Isaías nos habló en la primera lectura (cfr Is 66,10-14).

 

Finalmente, un último elemento: san Pedro Celestino, aún llevando una vida eremítica, no estaba "cerrado en sí mismo", sino que estaba lleno de la pasión de llevar la buena noticia del Evangelio a los hermanos. Y el secreto de su fecundidad pastoral estaba precisamente en "permanecer" con el Señor, en la oración, como se nos ha recordado también en el pasaje evangélico de hoy: el primer imperativo es siempre el de orar al Señor de la mies (cfr Lc 10,2). Y sólo después de esta invitación, Jesús define algunos compromisos esenciales de los discípulos: el anuncio sereno, claro y valiente del mensaje evangélico – también en los momentos de persecución – sin ceder ni a la fascinación de la moda, ni al de la violencia o de la imposición; el desapego de la preocupación por las cosas – el dinero y el vestido – confiando en la Providencia del Padre; la atención y cuidado en particular hacia los enfermos en el cuerpo y en el espíritu (cfr Lc 10,5-9). Estas fueron también las características del breve y sufrido pontificado de Celestino V, y estas son las características de la actividad misionera de la Iglesia en toda época.

 

(PIETRO de MURRONE) http://ec.aciprensa.com/c/celestino5.htm

Nació en 1215, en la provincia Napolitana de Molina; electo en Perugia el 5 de Julio, 1294; consagrado y Coronado en Aquila el 29 de Agosto; abdicó en Napoles el 13 de Diciembre, 1294; murió en el Castillo de Fumone el 19 de Mayo de 1296. Fue de humilde ascendencia, llegó a ser monje Benedictino a la edad de 17 aÑos y fue ordenado sacerdote en Roma. Su amor por la soledad le llevó a internarse en las grutas del Monte Murrone en los Abruzios (de donde tomó su sobrenombre), y más tarde se internó en la soledad del Monte Majella. Copió el modelo de Juan El Bautista, usando ropas ásperas atadas con un nudo y una cadena de hierro abarcaba su escuálida figura. Ayunaba cada día excepto los Domingos; durante la Cuarezma el guardaba cuatro días, pasando tres de ellos a pan y agua; el día entero y parte de la noche lo consagraba a la oración y al trabajo. Como ocurre generalmente en los casos de santidad, el deseo de Pietro por la soledad no era concedido. Habian muchos seguidores que imitaban su estilo de vida, antes de su muerte habían 36 monasterios, 600 religiosos, honrando su nombre papal (Celestino). La orden fue aprobada como una rama de los Benedictionos por Urbano IV en 1264. Esta congregación de (Benedictinos) Celestinos no debe ser confundida con la orden (Franciscana) Celestinos, llamados "espirituales" a quién el Papa Celestino permitió en 1294 vivir como ermitaños de acuerdo a la regla de San Francisco, pero dependientes de los superiores Franciscanos. En gratitud ellos se llamaron despues del papa (Pauperes eremitae Domini Celestine), pero fueron disueltos y dispersos en 1302 por Bonifacio VIII. quiénes legitimaron las disputas de los Espirituales. (Heimbucherm, Orden und Kongregationen 2nd ed. Paderborn, 1907); I, 280; II, 360).

En 1284, Pietro, cansado de gobernar, dejó a su vicario Roberto a cargo y se internó en las grutas. Sería bueno que algún estudiante Católico invirtiera tienpo investigando la vida espiritual de aquella época; por lo que es cierto que el ermitaño piadoso no aprobó los principios heréticos sostenidos por los líderes, e igualmente cierto que los fanáticios hicieron abundante uso de su nombre durante su vida y después de su muerte.

En Julio de 1294, sus piadosos ejercicios fueron interrumpidos súbitamente, por una escena sin paralelo en la historia de la iglesia. Tres eminentes dignatarios, acompañados de una inmensa multitud de monjes y laicos, ascendió la montaña, y anunció que Pietro había sido escogido Papa por votación unánime del Sagrado Colegio Cardenalicio y humildemente le solicitaron que aceptara ese honor. Dos años y tres meses habían transcurrido desde la muerte de Nicolás IV (4 de Abril, 1292) sin mucho prospecto de que el Cónclave en Perugia votara a favor de un candidato. De los doce Cardenales que componían el Sacro Colegio seis eran Romanos, cuatro Italianos y dos Franceses. El espíritu intrigante de los Guelph and Gibelinos, que era epidémico en Italia, dividía el Cónclave, así como la ciudad de Roma, en dos partidos hostiles el de los Orsini y el de los Colonna. Una visita personal a Perugia, en la primavera de 1294, de Carlos II de Nápoles, quién necesitaba la autoridad papal para gobernar Sicilia, solamente exasperó los ánimos, fuertes palabras fueron intercambiadas entre el monarca Angevin y el Cardenal Caetani, y al mismo tiempo con el intelectual líder de los Colonna el que más tarde sería el Papa Bonifacio VIII, su más acérrimo enemigo. Cuando la situación era desesperante, el Cardenal Latino Orsini amonestó a los Cardenales que Dios había designado a un santo ermitaño y que si los Cardenales no llevaban a cabo su tarea dentro de cuatro meses, Dios visitaría la Iglesia con severos castigos. Todos sabían que se refería a Pietro de Murrone. La proposición fue aprovechada por el exhausto conclave y la elección fue llevada a cabo por unanimidad. Piedro oyó de su consagración con lágrimas en los ojos; pero después de una breve oración, obedeció lo que parecía ser la voz de Dios, ordenándole a sacrificar sus aspiraciones personales en aras del bienestar del pueblo. Luchar era imposible, incluso si hubiese contemplado esa posibilidad. Muy pronto las noticias atrajeron multitudes que, (en número de 200,000) le rodearon. Su consagración fue particularmente bienvenida por los Espirituales, quiénes vieron la realización de las profecías de que el reino del Espíritu Santo había llegado y lo proclamaron como el "primer Papa rico" (Infierno, Canto XIX). El Rey Carlos de Nápoles, y su hijo Carlos de Martel, Rey de Hungría, tomaron al Papa Celestino bajo su honorable custodia.

En respuesta a la petición de los Cardenales, de que el llegaria a Perugia a ser Coronado, Pietro, bajo la instigación de Carlos, convocó al Sacro Colegio a encontrarse con el en Aquila, un pueblo fronterizo del Reinado de Nápoles. Pietro entró cabalgando un manso borrico, entre los dos monarcas, solamente tres de los cardenales habían llegado, el rey ordenó que fuese Coronado, ceremonia que se repitió en una forma tradicional algunos dias mas tarde (una doble coronación papal). El Cardenal Latino estaba tan desconsolado con el curso de los acontecimientos que se sintió enfermo y murió. Pietro tomó el nombre de Celestino V. Cometió muchos errores en el curso de cinco meses. No hay registro de ellos, porque los actos oficiales fueron anulados por su sucesor. El 18 de Septiembre el nombró doce nuevos cardenales, siete de los cuales eran Franceses, y el resto con una posible excepción, Napolitanos, anticipando el camino a Avignon y el Gran Cisma. Dies dias después el presiona a los Cardenales a que renueven la rigurosa ley de Gregorio X, regulando el Cónclave, que Adrian V había suspendido. En Monte Casino, en su camino a Nápoles, se esfuerza por varias las reglas de la hermita y se muestra complaciente con todos. En Benevento el nombra Cardenal al Obispo de la ciudad, sin observar las formas tradicionales. mientras los asuntos urgentes de oficina se acumulan, llega a nombrar a tres personas diferentes para un mismo cargo. En consecuencia, los asuntos de la Curia cayeron en un desorden extremo. Al llegar a Nápoles, se hizo construir una celda de monje, igual a la que el amaba en su retiro de Abruzzi. Los asuntos de Estado le tomaban mucho tiempo para poder dedicarse a sus ejercicios de piedad. El sintió que su alma estaba en peligro. El pensamiento de la abdicación parece haber ocurrido simultáneamente al Papa y a los descontentos Cardenales, a quiénes el raramente consultaba.

La idea de la abdicación fue originada con el Cardenal Caetani pero negada más tarde por el mismo. Los canónicos serios dudaban: Puede un papa renunciar? el no tiene un superior en la tierra, quién está autorizado a aceptar su renuncia? La solución al problema fue resuelta por el Cardenal Caetani, un jurista, reconocido conocedor del derecho de la iglesia quién busca los argumentos legales para la renuncia y quién basó su conclusion en el sentido común y los derechos de la preservación de la Iglesia misma.

En el "Liber Sextus" I, VII, 1 el Cardenal Caetani, quién llega a ser Bonifacio VIII, extiende el siguiente decreto : "Algunas personas curiosas, argumentan sobre asuntos no convenientes, precipitadamente, con poca prevision, contra la enseñanza de los Apóstoles, quieren conocer más de lo que está permitido con ansiedad y duda. Depende del Romano Pontífice, renunciar al papado con honor, especialmente cuando se reconoce el mismo incapaz de regir la Iglesia Católica Universal y considerando la carga que esto supone para el Sumo Pontífice. El Papa Celestino V, nuestro predecesor, deseando acabar con toda indecision acerca del asunto de la renuncia, y habiendo deliberado con sus hermanos de comunidad, los Cardenales de la Iglesia Romana, quiénes son uno, y con el visto bueno y asentimiento de todos nosotros y por la autoridad Apostólica establecida, se ha decretado de que el Romano Pontífice puede libremente renunciar. Por consiguiente, para que esta promulgación con el transcurso del tiempo, no quede en el olvido y para que cualquier duda pueda revivir la discusión, ha sido puesta entre otras constituciones, bajo perpetua memoria según el consejo de nuestros hermanos".


Cuando se conoció la noticia de que Celestino contemplaba renunciar, la excitación en Nápoles fue intensa. El Rey Carlos, quién había iniciado esta crisis, organizó una gran oposición. Una procesión de clérigos y monjes rodeó el Castillo, y con lágrimas en los ojos y oraciones imploraron al Papa a que continuara al mando. Celestino no estaba de acuerdo y dió una respuesta evasiva. Habia una multitud cantando el Te Deum la cual se retiró. Una semana más tarde (13 de Diciembre) la resolución de Celestino fue irrevocablemente firme; reuniendo a los Cardenales, leyó la constitución mencionada por Bonifacio en el "Liber Sextus", anunció su renuncia y proclamó a los Cardenales libres de hacer una nueva elección. Después de un período de nueve días bajo la legislación de Gregorio X, los Cardenales entraron al Cónclave y Beneditco Caetani fue proclamado Papa con el nombre de Bonifacio VIII. Después de revocar muchos de los cambios hechos por Celestino, Bonifacio trajo a Roma a Celestino vestido ahora con ropas humildes. Lo forzó a tenerlo bajo custodia. Celestino permaneció en una celda en Abruzzi, escapó a San Germano ante la alegría de los monjes que lo ven reaparecer en Majella. Bonifacio ordenó su arresto; pero Celestino evadió a sus perseguidores por muchos meses resguardándose en las montañas y bosques. Finalmente trató de cruzar el mar Adriático hacia Grecia, pero, impedido de hacerlo por una tempestad, fue capturado a los pies del Monte Gargano y devuelto a las manos de Bonifacio quién lo confinó en una estrecha celda en el Castillo de Fumone cerca de Anagni (Analecta Bollandiana, 1897, XVI, 429-30). Ahí, después de ayunar y orar durante nueve meses, cuidadosamente atendido y vigilado por dos monjes y rudamente tratado por los guardias, llegó al final de su extraordinaria vida a la edad de noventa y cinco años. Es una calumnia que Bonifacio le haya tratado duramente y que le haya asesinado. Algunos años después de su canonización por Clemente V en 1313, sus restos fueron transferidos de Ferentino a la Iglesia de su orden en Aquila, donde son objeto hasta la fecha de gran veneración. Su fiesta es celebrada el 19 de Mayo.

Acta SS. May, IV, 419; Bibl. hagiogr. Latina, 979 seq.; Analecta Bollandiana (1897), XVI, 365-82 (the oldest life of Celestine); CELIDONIO, Vita di S. Pietro del Morrone, Celestino papa quinta, scritta su' documenti coevi (Sulmona, 1896); IDEM, La non-autenticita degli Opuscula Coelestina (ibid., 1896; these opuscula edited by TELERA, Naples, 1640, may have been dictated, but not composed by Celestine); ROVIGLIO, La rinuncia de Celestino V (Verona, 1894); AUTINORI, Celestino V ed il sesto anniversario della sua coronazione (Aquila, 1894); RAYNALDUS, Ann. eccl. ad ann. 1294-96; HEFELE, Conciliengeschichte, V; also the histories of the City of Rome by VON REUMONT and by GREGOROVIUS.

JAMES F. LOUGHLIN 
Transcrito por WGKofron
Traducido por Nydia de Rayo

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