lunes, 30 de septiembre de 2013

CLARA CASELLI, MAESTRA EN LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA, EN LA CASA DEL PADRE

http://www.campucss.edu.pe/in-memoriam-clara-caselli/#comment-417423

La Dra. Clara Caselli, directora de la Escuela de Postgrado de la UCSS y miembro fundador de nuestra casa de estudios, partió a la Casa del Padre el día 30 de setiembre, en la ciudad de Milán, Italia.

Clara Caselli se doctoró en en Economía y Comercio por la Universidad de Genova, de la cual ha sido docente hasta la actualidad, ocupando desde 1993 la cátedra de Profesor Ordinario de Economía y Gestión de las Empresas. Especialista en Finanzas y Desarrollo, asesoró diversas administraciones provinciales y regionales italianas e integró comités científicos y misiones europeas en países en desarrollo, conduciendo estudios sobre problemas bancarios y financieros, así como proyectos empresariales. En el año 2000 fue invitada a formar parte de la comisión de gobierno de la entonces recién fundada UCSS, asumiendo el Decanato de la Facultad de Ciencias Económicas y Comerciales que dirigió hasta el año 2011, cuando se formó la Escuela de Postgrado, de la que fue su directora a la fecha.

Su labor investigadora ha quedado plasmada en numerosas publicaciones italianas y extranjeras donde destacan sus trabajos sobre las economías de países en vias de desarrollo, ética empresarial y globalización, e internacionalización de las empresas. A través del Fondo Editorial UCSS publicó títulos, como "El desafío del comercio justo en América Latina. El caso del sector artesanal" y "Non profit, universidad y desarrollo. El caso de Lima Norte" (2006).

La Comunidad Universitaria de la Universidad Católica Sedes Sapientiae se une en oración por el alma de la Dra. Caselli, por su descanso eterno en la paz del Señor quien infundió en ella su vocación de servicio y dedicación hacia la persona, por las cuales fue ejemplo, guía e inspiración profesional para quienes tuvieron la dicha de ser sus alumnos y colegas.

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LES COMPARTO DOS ARTÍCULOS SUYOS SOBRE LA ECONOMÍA Y LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA. Guardo con verdadera gratitud y gran afecto la entrevista que le hice en EL PUENTE, con motivo de las Elecciones Generales del 2011, en PAX TV. 
  1. Testimonio de Clara Caselli sobre la UCSS a los 10 años http://www.youtube.com/watch?v=8lyYrP_bZ4o

 

  1. LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA EN EL PERÚ ANTE LAS ELECCIONES 2011.

Al aproximarse las elecciones generales para congresistas y para presidente del Perú, invitamos a  la Dra. Clara Caselli, economista, directora de la Unidad de Postgrado de la UCSS, quien nos habló en términos muy sencillos y hondos los conceptos básicos de la última encíclica: la vocación en el hombre, el don, la gratuidad, la confianza; el papel subsidiario del Estado; el mercado… para lograr un desarrollo integral (de todos y en todo). .

 

  1. Estado, mercado y organismos no lucrativos:el punto de vista de un economista de empresa

Por Clara Caselli (Universidad Católica Sedes Sapientiae – Lima)

 

1. El mercado no existe por naturaleza, el mercado es el resultado de una actividad   humana

 

El mercado no se encuentra por naturaleza, pues es el resultado da la actividad de los hombres en el curso del tiempo. El mercado es algo humano, histórico, cultural.

            Todos conocen la definición de mercado: un punto de encuentro de compradores y vendedores, que compran y venden bienes y servicios. En esta definición hay un punto que querría subrayar: para intercambiar cosas los individuos tienen que comunicarse entre ellos. El intercambio de bienes presupone un intercambio de informaciones. En un mercado que funciona bien este proceso es fácil, rápido y eficiente.

            La conclusión es que el mercado no existe por naturaleza, pues es el resultado de una experiencia histórica, la experiencia de individuos que poseen bienes, es decir algo interesante para otros individuos, y que por lo tanto se relacionan entre ellos. El mercado es una forma de relación humana, una construcción hecha por los hombres, que está basada en un complejo de reglas que definen cómo las relaciones de intercambio de bienes tienen que ser desarrolladas.

            Por lo tanto, el mercado cómo estructura de relación y comunicación implica que el aspecto normativo-jurídico sea tomado en cuenta desde el inicio, porque no es simplemente complementario sino constitutivo, esencial para la existencia del mercado mismo. No podría existir un mercado sin reglas, así cómo no pueden existir relaciones interpersonales sin reglas.

            Pero, hay reglas y reglas. ¿Cómo tienen que ser las reglas del mercado?

 

2.El mercado y sus fracasos

Muchos economistas (hoy como en el pasado) opinan que el libre mercado es la forma más eficiente para organizar la vida económica de un país y que el estado no tiene que poner reglas porque si todos los sujetos económicos persiguen su interés, la consecuencia es el bienestar general, gracias a la intervención de una "mano invisible" que equilibra todo y transforma los egoísmos en virtudes.

¿Pero, es así? No, no es así. Muchas veces el mercado fracasa y sus fracasos son debidos a varios motivos. Limitémonos a los más importantes.

 

Primero. Hay bienes de naturaleza pública. El mercado no logra producir todos los bienes públicos que necesitan, es decir, los bienes para los cuales no hay competencia ni rivalidad entre los individuos porque el uso por parte de uno no excluye el uso por parte de otros. Por ejemplo, este es el caso de las carreteras, de la defensa, de la justicia. No existe un mercado de esos bienes, porque nadie puede ser excluido.

 

Segundo. Hay bienes sin precio. A veces la actividad económica de una empresa produce consecuencias sobre otras empresas o personas, pero estos efectos no pueden ser medidos, porque no hay precios que puedan medirlos. Este es el caso de la contaminación del medio ambiente: hay un daño económico, pero no hay un precio.

 

Tercero. A veces el mercado no funciona porque las informaciones relativas a la calidad, a la cantidad y al precio de los bienes no circulan bien: unos sujetos las poseen y a otros les faltan. Si en un mercado hay alguien que sabe mucho y otros que no saben nada, las relaciones económicas no están equilibradas y no son eficientes (por ejemplo: este es el caso del mercado laboral, del mercado del crédito, del mercado de los seguros).

 

Cuarto. Además, los mercados tienen muchas imperfecciones: no siempre hay una verdadera competencia entre las empresas, al contrario prevalecen empresas monopolistas que pueden aprovecharse de su posición para ganar más; no siempre el acceso al mercado es posible para todos y se encuentran obstáculos e la entrada; etc. Todos estos casos nos hacen entender que no siempre la "mano invisible" equilibra mágicamente las cosas. Pero, no podría ser diferente. Permítanme una consideración de tipo antropológico: ¿cómo es posible que la suma de los egoísmos individuales produzca un bienestar general?

 

3.El estado como remedio a los fracasos del mercado y los fracasos del estado

            Cuándo los economistas y los políticos se dieron cuenta de los límites del mercado, la solución que imaginaron fue la dilatación del papel del estado.

Desde el período entre las dos guerras mundiales, en todo el mundo el estado empezó a ocuparse de economía (directa o indirectamente), de educación, de salud, de cultura, etc. El fin declarado era remediar un mercado ineficiente, pero con el modelo del welfare state (estado de bienestar, estado social) el fin se volvió en la gestión de actividades que las empresas y los individuos pueden desarrollar muy eficientemente, pero el estado las hace para conseguir un control político, social y cultural de la sociedad.

En conclusión, el estado – como también el mercado – no es eficiente, ni tampoco justo y equilibrado. ¿Porqué el estado fracasa?

 

Primero. No siempre los políticos y los funcionarios públicos toman decisiones y tienen comportamientos correctos, al contrario a veces se aprovechan de su posición de poder para conseguir más poder y también ganancias ilegales. Estos comportamientos son más probables si el papel del estado es muy amplio.

 

Segundo. Si es verdad que no siempre las decisiones tomadas gracias al mecanismo del mercado, es decir, a través de los precios, son racionales, ¿cómo es posible que decisiones políticas tomadas sin mecanismos que no tengan una sólida base objetiva sean más racionales y eficientes?

 

Tercero. El sector público es mucho más burocratizado que el sector privado. La presencia de la burocracia no elimina la asimetría informativa, al contrario, hay funcionarios que saben mucho y ciudadanos que están en una posición de inferioridad muy grande.

 

Cuarto. Si el estado dilata su actividad necesita más recursos y, por lo tanto, pide más impuestos, sustrayendo recursos a las empresas privadas y a los particulares que podrían usarlos más eficientemente.

 

Quinto. En la lógica del mercado el objetivo es económico (el provecho propio). En la lógica del estado el objetivo es político, es decir, el crecimiento del poder, lo que implica una lógica que no es económica. Muy probable que asenso político y parsimonia no estén de acuerdo.

 

Sexto. No siempre las decisiones tomadas según el principio de la mayoría son verdaderamente democráticas. Hay una paradoja muy famosa, conocida cómo la paradoja de la mayoría. Supongamos que tenemos que hacer un sondeo para saber cuales son los colores favoritos por la mayoría de la gente. Entrevistamos tres personas: A, B y C. A prefiere el blanco al negro y al amarillo, mientras que a B le gusta más el amarillo que el blanco y el negro, C indica en el orden negro, amarillo y blanco. Bueno, entre el blanco y el negro, la mayoría prefiere el blanco; entre el negro y el amarillo el favorito es el negro. Por lo tanto, se podría concluir que el orden de preferencia por la mayoría es el siguiente: blanco, negro, amarillo. Al contrario, B y C prefieren el amarillo al blanco (¡es todavía la mayoría!).

 

Séptimo. El desarrollo del estado social, cómo ya dicho, implica el uso de recursos económicos para brindar servicios que muchas veces no tienen una calidad alta y que, además, cuestan mucho. La experiencia de los países más desarrollados enseña con mucha evidencia las contradicciones de este modelo de estado.

 

4.¿Hay algo entre el estado y el mercado?

            Cómo hemos visto, el mercado fracasa y el estado no es un buen remedio. ¿Es posible encontrar algo alternativo entre estado y mercado? ¿Qué hay más?

            La respuesta es fácil: está la economía y la sociedad, donde no se encuentran engranajes anónimos, por un lado, y súbditos o esclavos, por el otro. Al contrario, se encuentran personas y empresas, con su identidad y sus relaciones.

            Si observamos lo que los sujetos hacen, nos damos cuenta de la existencia de formas de organización y reglamentación económica que son diferentes de las relaciones de mercado y de las organizaciones públicas.

            En síntesis hay dos tipos de fenómenos:

 

Primero. Las empresas concluyen acuerdos y alianzas entre ellas para reducir la incertidumbre y el riesgo del mercado. Así, permanece todavía el mercado, pero a lado - y complementaria - hay una zona gris de relaciones que no están gobernadas por las reglas del mercado sino por las reglas que ellas mismas dictan. La regla en este caso surge del interior de la vida de las empresas. Además, las alianzas estratégicas nacen para durar en el tiempo. Una alianza permite a todas las empresas que crezcan (al extranjero también) sin modificar radicalmente su tamaño y por lo tanto sin invertir todo el dinero que sería necesario en caso de crecimiento de dimensión.

 

Segundo. Por otro lado, se encuentran en la sociedad iniciativas que nacen del deseo compartido por muchas personas de hacer algo sin un fin de utilidad inmediata, sin ganancia económica, simplemente a partir del deseo de hacer algo útil para los demás.

La historia de la Iglesia, de la comunidad cristiana, tiene una riqueza extraordinaria en este sentido: hospitales, escuelas, universidades, etc., siempre han sido creados como resultado de un encuentro entre las infinitas necesidades del pueblo y el deseo de utilidad de la vida de algunos. No estoy hablando de simples actividades caritativas: me refiero a iniciativas económicas que son verdaderas empresas (empresas no lucrativas). Estas iniciativas tienen valores y reglas que nacen de los que las están construyendo y las reglas tienen el fin de garantizar orden, equilibrio, lealtad, justicia, verdad, responsabilidad.

 

            Si retomamos los motivos de fracasos del estado y del mercado, nos damos cuenta que, sean las alianzas o las empresas no lucrativas pueden ser una respuesta muy eficiente a los fracasos mismos. Por ejemplo, tomemos el caso de una familia que tiene un abuelo enfermo: el estado puede dar respuesta a esta necesitad, pero solo organizando actividades muy costosas, no siempre eficientes ni eficaces. La experiencia y el sentido común también nos dicen que la respuesta a una necesidad es tanto más puntual cuanto más no es un mecanismo impersonal que va a brindar el servicio, sino los que viven más cerca de la persona. En nuestro ejemplo, significa que la respuesta a la necesitad del abuelo sale mejor si no es una institución pública que se ocupa de él, sino su familia misma (la municipalidad o el estado podrían intervenir para apoyar, capacitar y financiar la familia).

            La doctrina social de la Iglesia habla del principio de subsidiariedad para expresar esta idea.

 

5.La economía y la sociedad deberían crear las reglas del estado y del mercado

            En conclusión, la observación de la realidad de la economía nos sugiere que los individuos saben construir iniciativas económicas y sociales, saben poner reglas que facilitan su desarrollo, saben reglamentar sus relaciones de intercambio de bienes e informaciones. Entonces, no necesitan un estado que dicte reglas de convivencia para hombres que no saben relacionarse y socializarse, como si fueran niños. Al contrario, necesitan un marco normativo que facilite el libre crecimiento de relaciones humanas, porque estas son un recurso fundamental para el desarrollo de un país: así se construye el bien común.

            ¿Cómo tiene que ser planteada la relación entre estado, mercado e iniciativas de la sociedad? La sociedad tiene que crear el mercado y el estado tiene que favorecerlo y ayudarlo: estamos hablando de un proceso que tiene que ser desarrollado, de una construcción. En efecto, el mercado no puede nacer espontáneamente ni auto fundarse: el mercado es libre si hay libertad (no es el contrario). El mercado es condición necesaria pero no suficiente para la existencia de la democracia. No es el mercado que hace libres a las personas y a las empresas, la libertad es un proceso que se desarrolla en el ámbito de las relaciones personales y políticas. En este ámbito los valores de uso prevalecen sobre los valores de cambio. En las relaciones entre las personas aparecen valores como dones, en el ámbito público los valores (y bienes) comunes. No son valores que se sitúan al lado de la economía.

            Desde este punto de vista, el mercado tiene que ser proyectado y construido como estructura de comunicación entre individuos libres, pero imperfectos, que toman la responsabilidad y se encargan de la tarea de buscar a través de la compra y de la venta de bienes y servicios la respuesta más adecuada (oferta) para sus necesidades (demanda).

            El asunto de las reglas del mercado tiene que ser planteado de esta manera. Las reglas deben desarrollar y fortalecer el crecimiento de la libertad de construir iniciativas económicas y sociales, expresión de la capacidad de relacionarse de todos los sujetos.

            ¿Cómo tienen que ser estas reglas? Un buen mercado necesita pocas reglas y controles eficaces (no vejatorios).

            Si, por un lado, no basta el mercado (en efecto muchas veces la libertad que el mercado garantiza es la libertad de actuar en contra de los  demás), por otro lado - como la imperfección no está en el mercado sino en los hombres que actúan - tenemos que evitar el error contrario, es decir, no puede ser que todo se solucione porque otros hombres, igualmente imperfectos, pero en el marco del estado, se sustituyan a los particulares dictando reglas abstractas.

            En conclusión, querría decir unas cosas:

 

Primero. La creación de reglas económicas (y sociales) no debería ser el resultado de un proceso vertical sino de un proceso horizontal y pluralista. Diferentes sujetos tienen que ser responsables para la creación de las reglas de sus relaciones.

 

Segundo. No es necesario un sin número de reglas. Al contrario la economía es más eficiente si las reglas son pocas y claras.

 

Tercero. Las reglas tienen el fin de valoriza y favorecer, no el fin de reprimir lo que nace en la sociedad.

 

Cuarto. La escasez de las reglas tiene que ir junto a la rigurosidad de los controles.

 

            En síntesis, se necesitan reglas que favorezcan la transparencia, la circulación de las informaciones, la subsidiariedad, la igualdad de las oportunidades, la no-arrogancia y la solidaridad entre las generaciones.

 

Bibliografía

 

Este artículo es el resultado conjunto del trabajo científico y de la amistad de un grupo de economistas generales y economistas de empresa italianos (al cual el Autor del presente artículo estaba incorporado) que discutieron el tema desde los años 1994-1995. De este trabajo salieron muchos artículos contenidos en la revista "Persone & Imprese", en particular dos números monográficos: "Construir el mercado" (n. 2 – 1995), "Mercado y mercados" (n.3 – 1995).

Para estudiar a fondo el tema, señalamos los textos siguientes:

Williamson O. E., L'organizzazione economica: imprese, mercati e controllo politico, Il Mulino, Bologna 1991

Lazonick W. H., L'organizzazione delle imprese e il mito dell'economia di mercato, Il Mulino, Bologna 1993

Bowles S., Gintis H., Gustafsson B., Markets and democracy: Participation, Accountability and Efficiency, Cambridge University Press, Cambridge 1993

Egidi M., Marris R., Economics, Bounded rationality and Cognitive Revolution, Elgar, Aldershot 1992

Zamagni S., The Economics of Altruism, Elgar, Aldershot 1995

Wolf C., Mercato o stato: una scelta tra alternative imperfette, Giuffré, Milano 1995

 

 

  1. 40 años después: actualidad de la enseñanza de la Gaudium et Spes sobre los temas económicos y sociales

Dra. Clara Caselli

Decana de la Facultad de Ciencias Económicas y Comerciales

Universidad Católica Sedes Sapientiae

 

El hombre económico según la Gaudium et Spes: 40 años de cambios no quitan valor a este perfil

La Gaudium et Spes trata los temas de la vida económica en sus puntos 63-72. Después de una introducción, que retoma la idea central en toda la Doctrina Social de la Iglesia de la dignidad de la persona humana como "autor, centro y fin de toda la vida económica y social", se subrayan unas inquietudes: primero un cierto espíritu economista que se detecta en la manera de mirar a la actividad económica y en segundo lugar la existencia de muchas desigualdades entre sectores, regiones y naciones. Al finalizar esta introducción se invocan reformas pero sobre todo un cambio de mentalidad y costumbres para que la vida económica pueda desarrollarse con justicia y equidad.

En la primera sección la Gaudium et Spes trata el tema del desarrollo: para conseguirlo hay que producir más, innovar, crear empresas, pero no con el fin último de obtener mas productos sino con el de dar un servicio al hombre integral, respetando las leyes de la economía pero en el marco del orden moral. Por este motivo el desarrollo tiene que estar bajo el control del hombre (y del mayor número posible de personas) y tender a eliminar las desigualdades.

La segunda sección es muy interesante porque comenta unos principios y da unas pautas fundamentales para orientar todo el comportamiento económico: el valor y la dignidad del trabajo, la participación, el destino universal de los bienes, el fin de la inversión y de los controles monetarios, el acceso a la propiedad y su sentido.

El texto concluye que los cristianos pueden contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz en el mundo a través de su comportamiento económico.

Para entender toda la validez actual de este texto es interesante partir de un bosquejo del perfil de "hombre económico" que está detrás del documento.

Antes que nada, es un hombre protagonista de la aventura económica, de la cual es "autor", "centro" y "fin". Por lo tanto tiene que ser un hombre justo: justicia y equidad son dos principios fundamentales para orientarlo. Produce, crea empresas, toma riesgos, desafía el futuro introduciendo cambios e innovaciones, conoce y respeta las leyes de la economía pero todo lo que hace se coloca en el marco de una visión moral. Asimismo se preocupa porque los demás puedan tomar parte activa en el proceso de desarrollo y se vayan reduciendo las desigualdades que hay en el mundo.

Tiene una conciencia muy alta del valor del trabajo, a través del cual expresa su creatividad y genialidad y se procura los medios para subsistir, pero sabe que lo más importante es que está colaborando a la obra creadora de Dios y a la obra redentora de Cristo (por medio de la oblación de lo que hace). Tiene conciencia de sus derechos y deberes y al mismo tiempo se preocupa porque el trabajo no vuelva a ser una nueva forma de esclavitud.

Para él, la empresa es una comunidad de personas que trabajan juntas buscando su libertad y autonomía. Por este fin posee bienes que sirven para desarrollar la actividad económica, pero no los considera exclusivamente como suyos sino comunes. Cuando se relaciona con otros agentes económicos, también a nivel internacional, se preocupa por respetar las costumbres y culturas diferentes. Trata de actuar fomentando una postura activa de todos frente a la sociedad y lucha contra la irresponsabilidad y el egoísmo. Invierte para generar trabajo antes que beneficios y realiza un justo equilibrio entre necesidades actuales y futuras en una perspectiva de solidaridad entre generaciones en el tiempo y no se deja atraer por la ilusión del crecimiento rápido de la riqueza a través de la inflación. Da a la propiedad su justo valor de medio de expresión y factor de autonomía, pero cuando maneja la política económica usa de la intervención pública como instrumento sin ignorar sus limites.

 

En 40 años son muchos los cambios ocurridos en el contexto económico: por lo tanto es interesante preguntarse si el dictado de la Gaudium et Spes sigue teniendo validez. Antes que nada, es necesario fijarse en los cambios más importantes que han ocurrido. En particular:

  • el pasaje de la economía industrial a la economía de la información determinado por la aceleración del desarrollo científico y tecnológico que ha abierto interesantes oportunidades de cambio en las características del trabajo humano que se ha vuelto menos dependiente de habilidades manuales y cada vez más rico en contenido intelectual y relacional;
  • el fracaso de los sistemas económicos basados en el colectivismo y en la propiedad pública de los bienes, que parece haber sancionado el triunfo del mercado como ideología (y no simplemente como forma económica);
  • el empeoramiento de la calidad de la vida ligado a la contaminación del medio ambiente;
  • la crisis de los modelos de economía de mercado basados en una fuerte intervención pública en el campo social (crisis irreversible del estado de bienestar), con el consiguiente aumento del grado de incertidumbre en la vida social (especialmente la inestabilidad laboral) y la extensión del malestar social también a los países desarrollados;
  • el proceso de globalización que amplía enormemente los horizontes de la actividad económica ofreciendo oportunidades de crecimiento de la riqueza en todo el mundo, pero al mismo tiempo – como dijo Juan Pablo II – es un fenómeno intrínsecamente ambivalente;
  • los procesos de migraciones de los países del tercer mundo a los países desarrollados que cambian radicalmente las características de la estructura laboral y generan problemas de integración social.

Frente a todos estos cambios la afirmación según la cual la persona humana es autor, centro y fin de la economía tiene que ser retomada y entendida bien para no caer en la tentación economista que hoy en día es de una actualidad impresionante: desde este punto de vista es interesante primero entender cuáles son la visiones o las culturas económicas que se encuentran en el mundo contemporáneo para ver si y en que medida cumplen con el perfil bosquejado por la Gaudium et Spes.

 

La naturaleza de la ciencia económica

La palabra "economía" evoca la idea de riqueza, dinero, producción, bienes, servicios, etc. Para entender su sentido más profundo y sus implicaciones culturales, se tiene que reflexionar sobre dos aspectos. Por un lado la economía tiene que ver con los deseos, las aspiraciones, las necesidades de los hombres. Todos desean algo, pero hay deseos que se pueden satisfacer comprando y usando bienes, que por lo tanto tienen un valor de intercambio, un precio, y se encuentran en un mercado. La economía se ocupa de este tipo de deseos.

Con respecto a eso, hay dos preguntas interesantes: ¿Todos los deseos económicos pueden realizarse? y ¿Cómo pueden realizarse? La realidad nos enseña que hay deseos que no se pueden realizar. Por ejemplo, porque es imposible, porque "no tengo tiempo", "no tengo dinero", "no sé cómo hacer", "prefiero hacer otras cosas antes".

Además, nunca se logra satisfacer de una manera completa ningún deseo: la naturaleza misma del deseo es que es infinito. En la experiencia "económica" de cada uno se ve muy bien que cuando se logra satisfacer un deseo, inmediatamente hay otro que surge y pide satisfacción y al mismo tiempo es de toda evidencia que cuando se consigue algo esperado siempre queda una última insatisfacción. Eso pasa exactamente porque los deseos tienen esta característica, que siempre rebotan en algo más, en algo diferente y desconocido, que no es económico en sentido estrecho.

Segundo aspecto. Frente a los deseos – en toda su amplitud – se necesitan bienes para satisfacerlos. Pero, estos bienes tienen una característica: no son infinitos, al contrario los recursos que se pueden usar para satisfacer las necesidades son escasos. La escasez es la característica principal de los bienes económicos.

El "drama" de la economía consiste precisamente en esto: que frente a deseos infinitos están recursos escasos y por lo tanto se tiene que hacer una elección entre los deseos y antes se tiene que establecer una jerarquía entre las necesidades. En otras palabras, se trata de escoger una alternativa entre un conjunto de posibilidades de utilización de los recursos: la economía nace como ciencia que estudia la mejor manera para manejar este proceso. Pero es muy evidente que en el establecimiento de prioridades y en la decisión de satisfacer un deseo entran en juego elementos que no tienen que ver con la economía, sino con los ideales, los valores, las relaciones que las personas tienen.

La vida, entonces, no está hecha sólo de economía: hay mucho más. Los hombres se dan cuenta de esto cuando perciben que no es posible conseguir una satisfacción completa de sus deseos y que las necesidades siempre se renuevan, porque siempre aparece un deseo último que está más allá de los aspectos inmediatos e instintivos y que se puede definir como deseo de cumplimiento, de felicidad verdadera y durable.

Cuando los economistas se olvidan de esto y piensan que la idea de hombre económico agota toda la amplitud de la palabra hombre y diseñan estrategias empresariales y políticas económicas con este aliento corto, siempre escogen soluciones que a veces hacen ganar a corto plazo pero no duran en el tiempo, no producen verdadero desarrollo.

Éste es el economismo del cual habla la Gaudium et Spes.

Si no se toma en cuenta este aspecto las acciones económicas generan violencia, enriquecimiento, explotación del hombre sobre otro hombre. El desarrollo, al contrario es algo integral, económico y al mismo tiempo social y humano.

Una idea que encuentra mucho consenso entre los economistas es que si todos se preocupan por su propio interés este comportamiento genera a nivel de la economía un resultado sumamente positivo: el bienestar de todos sería la simple suma de la maximización de las utilidades para cada individuo. En otras palabras la suma de los egoísmos individuales produciría la satisfacción general. Pero, no es verdad. Se trata de una mentira. Para entenderlo es útil un ejemplo didáctico: si hemos preparado un postre muy rico y todos buscan su propio interés habrá alguien que agarra todo sin dejar nada a los demás. Al contrario, puede ser que todos se acuerden que quieren a alguien: en este caso van a comportarse de una manera responsable, es decir, van a compartir el postre con otros (un hermano menor, su novia, sus amigos, etc.). En el primer caso, para poner orden es necesario que una persona parta el postre y ponga reglas de conducta para todos. En el segundo caso habrá un desarrollo compartido, un crecimiento del nivel de amistad entre los actores y – muy probable – también un crecimiento de los recursos: por ejemplo podría darse que se preparen dos postres o más (hasta llegar a la creación de una pastelería) y por lo tanto todos podrían recibir una cantidad más grande.

Esta larga introducción tiene la finalidad de aclarar un punto: la economía no es una ciencia neutral, que prepara soluciones científicamente perfectas para resolver lo que se puede llamar "el drama de la escasez". Los análisis y sugerencias que los economistas elaboran están muy estrechamente relacionados con la idea de hombre, de bien individual y de bien común, con los ideales y con los valores que están en el trasfondo. Hay algo detrás de la economía que no es simplemente económico. Por eso tiene sentido tratar de identificar las principales culturas económicas que se encuentran en el mundo contemporáneo.

 

Las culturas económicas en el mundo contemporáneo

La diferencia entre las culturas puede ser analizada a través del estudio del comportamiento frente al riesgo. Para entender esto necesitamos retomar la definición de economía como ciencia que estudia las decisiones humanas de elección entre deseos infinitos frente a recursos escasos. Dado que las personas tienen que definir una jerarquía entre los deseos, es evidente que decidir satisfacer un deseo antes que otro implica un riesgo porque luego es posible darse cuenta que la decisión no fue la mejor y habría sido preferible satisfacer antes otro deseo.

Desde este punto de vista, las mayores culturas que se encuentran en la realidad económica contemporánea son tres:

a. Cultura del equilibrio (hombre lógico-racional)

Unos piensan que el riesgo es previsible y puede ser conocido, medido. Ellos opinan que, en efecto, todos los hombres pueden tener acceso a informaciones completas, es decir saben todo lo que se necesita para prever el riesgo y tomar decisiones lógicas y racionales. Para concluir buenos negocios lo único que necesitan es un eficiente sistema de precios, el libre mercado, un eficiente mercado del dinero y del crédito (para facilitar el proceso de ahorro y de inversión). No hay ningún imprevisto: nada nuevo puede acontecer. Por ejemplo, hasta hace unos años atrás, en la sociedad japonesa el sólo hecho de nacer en una cierta familia implicaba un recorrido de la existencia ya determinado: desde el tipo de colegio hasta la universidad y el trabajo (un trabajo para toda la vida, sin cambios y sin riesgos, con avances de carrera preconocidos).

b. Cultura de la coordinación (hombre cooperativo)

Otros piensan, al contrario, que el riesgo no puede ser medido ni previsto porque el ambiente es muy dinámico y en evolución. Si es así, se trata de buscar la manera de reducirlo.

Una primera alternativa consiste en la disminución del riesgo del mercado a través de acuerdos entre las empresas para bajar el nivel de competición. Los acuerdos pueden llevar a la creación de oligopolios, es decir concentraciones de poder y de riqueza en las manos de pocas personas y empresas. Pero puede tratarse también de acuerdos entre pequeñas empresas o entre grandes/medianas y pequeñas para formar redes y alianzas estratégicas, entre las empresas y sus trabajadores (como en el modelo alemán), entre las empresas y los consumidores, entre las empresas y el estado. En otras palabras, se logra reducir la incertidumbre de la vida económica a través de acuerdos entre los actores (acuerdos, alianzas, pactos). Una segunda alternativa prevé la reducción del riesgo gracias a la intervención del estado, que opera en la vida económica y social llevando los riesgos que las personas y las empresas tendrían que llevar y no logran. Merece subrayar que muchas veces se reduce también el nivel de libertad económica (como en el caso de los países socialistas y de los países que adoptan el modelo del estado de bienestar).

c. Cultura de la competición (hombre competitivo)

También los que se refieren a esta cultura piensan que el riesgo no puede ser medido ni previsto porque el ambiente es muy dinámico y en evolución, pero ellos están convencidos de que los hombres tienen la capacidad de tomar la incertidumbre como una oportunidad y de luchar para su propia afirmación. La vida económica es una lucha, una competición, y el motor del desarrollo es el empresario individual según decía Schumpeter. En otras palabras, el modelo es un empresario que maneja su empresa cuidando su conveniencia, su interés particular, sin preocuparse mucho de las consecuencias negativas de su conducta en el ambiente social, laboral, en el medio ambiente. Este hombre no tiene relaciones estables con los demás, porque el criterio con el cual se relaciona es la conveniencia, el interés particular.

 

En conclusión, se puede decir que hay tres arquetipos fundamentales en el mundo contemporáneo (el hombre lógico-racional, el hombre cooperativo, el hombre competitivo) y tres culturas económicas mayores (equilibrio, coordinación, competición). Mas o menos estos arquetipos corresponden a la manera de concebir la economía en Japón (pero la cultura japonesa comparte un poco los rasgos del hombre lógico-racional y un poco los del hombre cooperativo), en Europa, en los Estados Unidos.

Estas culturas económicas están en constante dialéctica entre ellas, con consecuencias muy diferentes sobre la economía mundial. Un centro de investigación holandés ha tratado de traducir estas culturas en un sistema de ecuaciones que constituyen un modelo econométrico para medir los resultados que se conseguirían a largo plazo a nivel de la economía mundial en caso de la victoria de cada una de estas culturas.

El hombre competitivo consigue mejores resultados económicos pero produce desequilibrios sociales a nivel nacional e internacional (por ejemplo en los Estados Unidos el sector de la instrucción y el de la salud no son eficientes y los servicios que brindan no están disponibles para todos; además no hay suficiente atención al problema del medio ambiente y al problema del desarrollo de los países menos desarrollados). El hombre cooperativo, al contrario, cuida los aspectos sociales, pero la reducción del riesgo lo pone menos dinámico y creativo y conduce a un modelo de economía en el cual el estado asume un papel tan importante que pretende gobernar toda la vida de los hombres. La experiencia de los países comunistas y las dificultades del proceso de transición a la economía de mercado después de la caída del muro de Berlín han enseñado muy bien que la colectivización de los riesgos produce la pérdida del sentido de responsabilidad y de la capacidad de emprender. El hombre lógico-racional no deja espacio para el imprevisto y la persona pierde su creatividad y su identidad individual para anularse en una identidad nacional. Muchas culturas orientales no conocen la idea de "acontecimiento" y por eso anulan la personalidad humana en una pertenencia que es dependencia sin libertad: los papas, el esposo, la empresa donde uno trabaja, la nación son de hecho los dueños de la vida de los que se relacionan con ellos y toda la vida es concebida en función de un deber abstracto, de algo extraño que no tiene un rostro amigo. En la China de hoy, por ejemplo, todavía no existe la idea de libertad de la persona y el respeto de sus derechos humanos fundamentales.

El escenario económico mundial es el terreno en el cual las culturas se enfrentan dialécticamente. Pero, la dialéctica entre ellas no se desarrolla como un debate entre caballeros, sino como un conflicto de intereses económicos y políticos. El resultado siempre es un desastre, porque cada cultura luchando para su afirmación subraya aspectos justos pero parciales y no puede caer en la cuenta de todos los factores que constituyen un hombre. Por eso todos los éxitos son parciales y no duran en el tiempo. Lo más clamoroso es que actuando así, los economistas y los políticos hacen prevalecer una idea parcial de la realidad y se olvidan de buscar como la realidad es en verdad. Las consecuencias son muy graves, porque la ideología ignorando la realidad aniquila la libertad del hombre y por lo tanto no quiere que se vuelva sujeto y protagonista (y elimina también la idea de pueblo, como identidad y pertenencia).

Este aspecto es muy evidente en el debate sobre la globalización. Algunos piensan que es un bien porque favorece la afirmación de la identidad individual, mientras que cualquier identidad de pueblo es enemiga de la libertad. Se trata de la idea de globalización que Juan Pablo II muchas veces condenó, diciendo que en sí la globalización no sería ni un bien ni un mal: se convierte en un mal cuando la ideología que nace de la globalización misma se impone como cultura que trata de anular las identidades y las pertenencias.

 

La cultura del hombre protagonista

¿Hay otros tipos de hombres económicos? ¿La cultura cristiana puede sugerir algo diferente? Si se observa la realidad, también en una perspectiva histórica, la respuesta es positiva. No se trata de un modelo descrito en los libros de economía tradicionales, que muchas veces no saben leer toda la realidad. En efecto, en el curso de la historia los cristianos (y también otros hombres de buena voluntad) han construido iniciativas económicas a partir de su ideal de vida, a partir de su sentido religioso. A veces se trata de iniciativas muy grandes (hospitales, escuelas, bancos para los pobres, etc.) que preceden la formación de los estados modernos.

¿Quiénes son los hombres que las han hecho? ¿Cuál es su perfil humano?

El hombre económico que nace de la cultura y de la historia cristiana es un hombre que lucha, que construye, un hombre "protagonista", es decir, un hombre verdaderamente hombre.

Antes que nada, este hombre se caracteriza por un postura positiva frente al riesgo. Él está comprometido con la realidad y por lo tanto sabe que el futuro no puede ser conocido ni previsto, especialmente en un mundo complejo como el contemporáneo. Sabe que la perfecta y fría racionalidad económica no existe. Pero la realidad lo solicita, se presenta como oportunidad, desafía su libertad: el imprevisto puede ser positivo. Vale la pena hacer cosas, emprender. Se da cuenta que hay riesgos y peligros en el camino, pero está dispuesto a correr riesgos. Arriesgar es necesario para la libertad, dice Luigi Giussani en "Educar es un riesgo". No es el riesgo del jugador, es decir el riesgo estadístico, cara o cruz 50%: más bien, se trata del riesgo de una aventura humana, en que la libertad se desarrolla como capacidad de construir, como deseo de modelar la realidad, también la de la economía, según el ideal de la vida.

En segundo lugar, el hombre protagonista se caracteriza por estar en constante relación con los demás. Para arriesgar hay que tener motivos adecuados: entre ellos el afecto hacia alguien es fundamental. ¿Para quién arriesgar? ¿Y con quién? Un hombre así – ya lo hemos visto – no puede ser un hombre solo, sin relaciones, cuyo ideal es la afirmación individual. Entonces, si arriesga lo hace porque quiere a alguien y está seguro que alguien lo quiere.

Nadie, que esté solo, puede asumir con tranquilidad los riesgos de una iniciativa económica: se trata de una experiencia común en la existencia de todos, en los pasajes difíciles siempre es fundamental el empuje de los familiares, amigos, etc. Se necesita apertura a la novedad, una postura positiva frente a la realidad, pero esto no es posible sin la compañía de otros hombres que puedan dar el coraje y abrir la mirada. Así el riesgo pierde su carácter negativo y se vuelve en desafío, en aventura humana. La libertad crece y produce grandes obras adhiriéndose a una compañía.

De esta postura nacen unas virtudes económicas que son las que hacen grandes a los empresarios (y también a las empresas). Por ejemplo:

-          la responsabilidad, es decir la disponibilidad de tomar en cuenta todas las consecuencias de sus acciones, preocupándose por lo tanto por sus trabajadores, por el medio ambiente, por la comunidad;

-          la lealtad: hablamos de un hombre que dice la verdad, que si se compromete cumple su palabra y por lo tanto se puede confiar en él. Pensemos en como es importante esta virtud en la economía de la información, en la cual la actividad principal ya no es la transformación de materia prima en productos sino que consiste en la producción y en la circulación de informaciones: las informaciones no son ladrillos o piezas de acero, sino algo que puede ser verdadero o falso (y este es el factor critico de éxito);

-          la capacidad de buscar la eficiencia junto con la eficacia: la eficiencia es la virtud del padre que usa parsimoniosamente de sus recursos limitados para dar de comer a muchos hijos;

-          la capacidad de vivir errores y fracasos como una oportunidad, porque un hombre no es el resultado de sus errores y además tiene la capacidad de levantarse y volver a empezar. También esta es una virtud muy importante en nuestros tiempos: no demorarse mucho para identificar a culpables y usar el tiempo para remediar los errores mismos, hace ahorrar por un lado y por otro lado permite rapidez y eficiencia;

-          la capacidad de ironía, de humildad, de desapego frente a todos los intentos que se hacen: un gran empresario tiene la conciencia que – cualquier cosa haga – es un "servo inútil", dependiente de todo y de todos. La ironía es un criterio organizativo muy importante: en las organizaciones no hay alternativa entre la ironía o el cinismo.

 

La acción económica del hombre protagonista: crear valor económico, social y humano

a) crear valor en la empresa

Cuando pensamos en qué es una empresa, muchas veces pensamos en un conjunto de elementos (maquinarias, tecnología, recursos financieros, recursos humanos, etc.) o en una serie de actividades (producción, logística, ventas, promoción, etc.). En realidad la empresa no es una simple suma de personas, cosas, actividades; por lo tanto, no se puede entender su naturaleza sin percibir las relaciones dinámicas entre todos sus elementos y con el ambiente externo.

Desde el punto de vista de su definición, una empresa es el resultado de tres elementos:

-          Una comunidad de personas que trabajan juntas para realizar una actividad económica.

-          Un objetivo común que no es el simple provecho, sino la creación de valor. Muchas veces en la literatura económica se entiende el valor como financiero, en cambio el fin es construir algo útil para los que colaboran en la empresa y para todos los que se relacionan con ella. Es decir, se tiene que buscar la satisfacción de las necesidades de los clientes y al mismo tiempo de los trabajadores, de los proveedores, de las instituciones financieras, de los socios, del estado, etc. Conseguir un beneficio no puede ser un objetivo final, sino un simple medio que garantiza la autonomía de la gestión.

-          La capacidad de desarrollar su actividad de una manera autónoma, es decir, sin depender para su existencia de los bancos y de los demás que aportan capital de crédito, del estado, de las entidades públicas, de otras empresas, etc. No se quiere decir que la empresa no tiene que entrar en relación con los demás, sino que lo tiene que hacer cuidando su autonomía. La autonomía está relacionada con el deseo que la empresa dure en el tiempo: para lograr este resultado se necesita evidentemente la capacidad de desarrollar autónomamente su propia dinámica de crecimiento y de auto sustentamiento. La idea de duración en el tiempo es un aspecto típico del perfil del auténtico empresario, que concibe su idea empresarial a partir de la observación de la realidad y la formula para moldear la realidad misma según su imagen ideal y con la perspectiva de dejar una huella en la historia económica y empresarial de su país.

El éxito de una empresa se mide con su capacidad de generar valor según tres diferentes ejes. Uno es de tipo económico y se refiere a la capacidad de desarrollar la actividad manteniendo los costos por debajo de los ingresos, el segundo es competitivo y se refiere al crecimiento de los clientes, de su grado de satisfacción, de los ingresos conseguidos, el tercero es social, es decir la satisfacción de los empleados, de los proveedores, de los bancos, de la comunidad, etc. Un éxito económico que se acompaña con una reducida participación en el mercado y a la insatisfacción de los actores revela una actividad especulativa a corto plazo; un éxito competitivo con bajos márgenes señala la dificultad de conseguir una posición estable en el mercado mismo; un éxito social sin conseguir buenos resultados en materia de competitividad y rentabilidad revela una actitud abstracta y soñadora.

En todo lo que se ha dicho hasta este punto, hay que rescatar y subrayar la palabra "actor" (o protagonista): si se encuentran actores el mercado no es un mecanismo anónimo gobernado por una "mano invisible", sino una posibilidad de encuentro y confrontación entre personas y empresas que tienen una identidad. De esta manera se afirma una concepción de la economía y de la sociedad articulada, con una riqueza de iniciativas, donde cada sujeto es responsable hacia todos los demás en primer lugar por la originalidad de su misión.

Un actor tiene su visión y su misión y formula una propuesta que es al mismo tiempo económica y social, es decir, con su dinamismo en el ambiente produce innovación social en el sentido que crea en la sociedad algo nuevo, algo especial, que faltaría completamente sin su presencia. Se entiende por lo tanto que cualquier discurso de ética empresarial tiene que partir de este punto, porque el problema no consiste en retomar o recuperar valores abstractos sino en producir valor y participar responsablemente a la construcción de la red del valor.

Estas ideas generales tienen su validez en cualquier contexto económico, se trate de un país rico o de un país que tiene que desarrollarse. También en el tercer mundo se tiene que tomar en cuenta todos los aspectos que se han descrito antes, subrayando más todos los elementos que hacen progresar el nivel de los recursos humanos y de la responsabilidad social, porque éste es el punto de partida para romper círculos viciosos que no dejan crecer sujetos protagonistas de su desarrollo e iniciar círculos virtuosos que sepan poner en marcha sinergias entre el sector público, las organizaciones internacionales, las empresas privadas y las iniciativas no lucrativas y de voluntariado.

 

b) Construir la hilera del valor social

Como se acaba de decir, la dignidad de cualquier iniciativa que tenga una naturaleza económica y lo que legitima su existencia es la capacidad de producir valor en el ambiente económico y social: es muy evidente que la creación del valor es el elemento que une a todos los actores hasta formar una especie de cadena o hilera en la cual todos dependen de todos: si un eslabón no contribuye a crear valor su comportamiento no es indiferente porque en realidad está sustrayendo y destruyendo valor para los demás y faltando a su elemental responsabilidad social.

¿Qué naturaleza tiene este valor? Porter  afirma que todos los operadores buscan un valor en el desarrollo de su actividad y existe un sistema del valor porque el empresario produce valor para si mismo y para todos los que entran en relación con su empresa. Lógicamente la naturaleza de este valor es de ser un valor de compra, sin embargo se trata también de un valor de uso. Además, está claro que existe una dialéctica entre valor de uso y valor de compra que se vuelve muy interesante en el contexto de la nueva economía de la información caracterizada por el hecho de que la producción cada vez menos se basa sobre elementos sólo materiales para asumir un fuerte carácter inmaterial.

Se puede afirmar que hay un consenso general entorno a la afirmación que el desarrollo se genera solo si se logra poner en marcha un proceso virtuoso (es decir que se auto alimenta) de creación de valor económico y social en un país. Hay que tejer una red del valor, como si fuese una telaraña. Por lo tanto es necesario primero ver como se dibuja esta red del valor y cuál debería ser el papel de cada uno de los actores involucrados.

Tradicionalmente se pensaba en la estructura económica y social como en un sistema con dos sectores, público y privado. Históricamente, el mercado surge para satisfacer las necesidades de los consumidores encargándose inicialmente de la producción de todo el valor económico y social que la sociedad necesita, luego – frente a las fallas del mercado – interviene el estado, con la tarea de satisfacer las necesidades que se quedan insatisfechas porque tienen una naturaleza pública y encargándose específicamente de la producción del valor social. Frente a la incapacidad de este sistema con dos sectores para generar desarrollo, el tejido social se ha enriquecido con la presencia de un nuevo "jugador": la llamada "sociedad civil" con todos sus actores (los cuerpos intermedios según la doctrina social de la Iglesia; el tercer sector, las organizaciones sin fines de lucro o el no profit según una terminología más reciente).

Pero la sociedad civil no es simplemente un remedio a los fracasos de alguien: se trata sobre todo de un factor original y dinámico de desarrollo, de un modelo de sociedad rico y articulado que pone al centro el protagonismo social.

En este tipo de modelo no es necesario dejar de lado el mercado y el estado: al contrario ambos tienen que desarrollar un papel muy importante. El mercado sigue como mecanismo de asignación eficiente de recursos, pero ya no es una mano invisible y casi milagrosa sino el resultado de una construcción social.

El estado, a su vez, tiene que desempeñar cuatro funciones muy importantes: definir las "reglas de juego" y garantizar el respeto de las mismas; encargarse de las obras de infraestructura (física e informática) para adecuar el país a los estándares universales; brindar servicios para facilitar, apoyar y soportar la creatividad de la sociedad civil (pequeñas empresas, empresas no lucrativas, etc.); y satisfacer "subsidiariamente" las necesidades que las comunidades más cercanas a las personas que tienen una necesidad no logran satisfacer de una manera directa. Se trata de la versión moderna, cada vez más importante y decisiva para el futuro de la humanidad, del principio fundamental de la subsidiariedad horizontal y vertical.

 

c) construir la red del valor global: hacia la globalización de la solidaridad

Cuando se pasa del contexto local al internacional, hay que extender la misma lógica de creación del valor. Como ya se dijo, la producción de valor es una cadena que conecte los actores que son parte del sistema económico en una sucesión sin solución de continuidad, desde el nivel local al nacional, cada uno de los cuales tiene su total originalidad en cuanto coincide con el aporte original de la misión de cada uno. La síntesis que nace es un modelo nacional de producción del valor económico y social que refleja la cultura y las culturas presentes en el país así como su dialéctica y también este sistema es absolutamente único.

Cuando el sistema se abre internacionalmente, se instauran relaciones entre los distintos sistemas de producción del valor y el proceso de apertura es tanto más proficuo cuanto más se multiplican las relaciones entre los distintos actores y no solo las de nivel político, institucional y macro. También la capacidad de generar desarrollo es tanto más grande cuanto más fuertes y estables son las relaciones que se instauran entre los sistemas de producción del valor de los países y de los distintos actores y cuanto más intensa y proficua es la comparación que nace entre visiones antropológicas distintas. De todas maneras, el centro y el test de la ética de las relaciones que se instauran se evalúa por la centralidad del capital humano y por el hecho que su desarrollo se ponga como fin último del actuar económico.

En conclusión, las relaciones internacionales justas no son simplemente las que revindican la equidad en los intercambios tradicionales que constituyen el comercio tradicional, sino que tienen que extenderse a todas las articuladas manifestaciones de los procesos de internacionalización (también el intercambio de bienes inmateriales, las inversiones, las nuevas formas de internacionalización), individualizando modalidades innovadoras, y también a una visión de las estrategias de desarrollo de los países del tercer mundo (con todos los aspectos de reformas necesarias, innovaciones productivas, transferencias de tecnología, reconversiones sectoriales). El error es pensar en la riqueza como en algo dado sobre que ejercer reivindicaciones distributivas, mientras que todo el problema está en la capacidad de hacerla crecer y no tanto en términos cuantitativos sino sobretodo cualitativos. Solo de esta forma se recompone la brecha entre producción/internacionalización y desarrollo.

En conclusión, relaciones justas a nivel internacional son aquellas que ponen en relación distintos sistemas de producción del valor, relacionándolos en una red (cadena, hilera) global en la cual elementos materiales, inmateriales, culturales, se funden hasta dar vida al fluir de relaciones internacionales que no son solo económicas sino que se configuran como encuentros de pueblos y culturas. Finalmente para entretener relaciones justas es necesario poner en común algo más que la conveniencia económica, o sea la cultura, los valores, las convicciones sobre el sentido de la vida y las finalidades de la acción económica. El nuevo protagonismo que se ha tratado de describir en este artículo

no deja de ser tal cuando se pasa al nivel global y exige una globalización de la solidaridad, como decía Juan Pablo II.

 

La victoria sobre el economismo es una visión ética auténtica: de este manera el mensaje de la Gaudium et Spes mantiene todo su valor en el mundo contemporáneo

Si el hombre es "autor, centro y fin de toda la vida económica y social", lo que es más importante y hay que tomar en cuenta son las finalidades del actuar económico, las consecuencias para el desarrollo social y entonces la felicidad del hombre. La visión ética se opone así a la visión determinista y mecanicista que al fondo piensa en la economía como en un grande mecanismo anónimo donde las fuerzas del mercado, su "mano invisible", transforman la suma de los egoísmos individuales en felicidad general.

En el contexto complejo y dinámico de la economía contemporánea globalizada, se advierte cada vez más la exigencia ética ya no como impuesta desde el exterior, de una manera moralista, al actuar económico, sino desde el interior mismo de ello como condición imprescindible para un comportamiento racional, vuelto a consentir el perdurar en el tiempo de cualquier iniciativa económica.

En relación a esto, es interesante proponer como conclusión unas sencillas consideraciones que tienen la naturaleza de juicios de valor:

  1. No necesariamente hay contradicción entre "buenos" negocios y negocios "buenos";
  2. A largo plazo es difícil concluir "buenos negocios" sin tomar en consideración el "bien" (o sea la felicidad) del sujeto que realiza la acción y de todos aquellos con los cuales entra en relación;
  3. Excluyendo a los individuos, la acción económica pierde su relación con la realidad de las necesidades que se propone satisfacer y se vuelve en acción ideológica cuyas motivaciones son abundantemente extrañas a las del actuar económico (que es búsqueda de composición creativa de la brecha entre necesidades y recursos);
  4. Si se necesita reintroducir la conciencia de la subjetividad y de las finalidades del actuar económico, se vuelve evidente que una "buena" economía nace más bien que de una ética, de una antropología, o sea de una visión del hombre que se traduce en cultura económica;
  5. Una economía que no se olvida del sujeto pone al centro de su reflexión la doble conciencia que tanto las necesidades como las relaciones (los comportamientos) que se desarrollan para satisfacerlas son "humanos";
  6. También el mercado no es, entonces, un "estado de naturaleza" sino una construcción social;
  7. En esta perspectiva, la buena economía se funda sobre tres pilares fundamentales que se podrían expresar, simplificándolos un poco, con tres slogan: primero, nada te pertenece en última instancia, (como bien manifiesta el fenómeno biológico de la muerte), entonces no robes y, tercero, usa todo para maximizar la felicidad tuya y de los demás;
  8. Se entiende que un actuar económico "vale" exactamente si está en sintonía con estos principios: en este sentido la ética es el origen del valor también en sentido económico.

 

 

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2 comentarios:

José Antonio Benito on 1 de octubre de 2013, 13:22 dijo...

Monseñor Lino -en la Misa de funeral en la UCSS- nos ha hablado con profundo afecto de la Dra Clara Caselli. Su brevísima homilía fue para trazar una semejanza entre su vida y la de Cristo, quien vivió para los demás. Después de apuntarnos esta idea, nos fue conduciendo paternal y magistralmente hacia el silencio. La homilía quiero que la pronuncie ella, Clara; y les leo un correo electrónico que nos llegó ayer: “Cuando una de las enfermeras le preguntó por qué si sabía que iba a morir estaba tan feliz, la doctora Clara le contestó: “ Mi vida está en las manos de Otro y este Otro nunca me ha engañado, por eso estoy cierta que lo que me pide ahora es para mi bien. Amén”.

José Antonio Benito on 26 de marzo de 2014, 10:22 dijo...

http://www.revistahuellas.org/default.asp?id=483&id_n=5501
PERÚ
Clara Caselli: siempre en carrera, siempre en tensión… hacia el Destino
Elena Rossato

PERÚ
Homilía de Julián Carrón en la Santa misa por Clara Caselli

http://www.revistahuellas.org/default.asp?id=483&id_n=5502

Video homenaje a Manolo

"¡Cómo no creer!. Señor de los Milagros

 

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