martes, 1 de noviembre de 2011

SAN MARTÍN DE PORRES descrito por el P. Tomás Morales

San Martín de Porres, religioso

Como contribución a la celebración de los 50 años de la canonización de nuestro San Martín, en pleno Concilio Vaticano II, les comparto la semblanza que elaboró el P. Tomás Morales en su obra Semblanzas de testigos de Cristo para los nuevos tiempos, Madrid, Encuentro.

 

Camina por la vida con la sencillez de un niño. El milagro es para el un juguete. Ni en su sonrisa, ni en sus ojos hay asomo de malicia. Pertenece a la estirpe de aquellos que arrebatan el cielo cantando y danzando, como dice J. Crisóstomo, o a los que can­tan mientras caminan, según apunta S. Agustín.

S. Alonso Rodríguez en Mallorca es por aque­llos días un portero cabal, pero el lego peruano es el enfermero ideal. Caridad ardiente, inflamada, taumatúrgica es su divisa, y para el no hay enfer­medad contagiosa ni llaga repugnante.

La semilla arrojada por los conquistadores ger­mina en flores de santidad por América española. Es uno de los santos más populares de todos los tiempos, que con Rosa, Mogrovejo, Felipe de Jesús, Solano, Mariana de Quito y Juan Macías, se agrega a la guirnalda de santos celtíberos.

Un mulato

Juan de Porres, hijodalgo de ilustre familia burgalesa, llega a Lima hacia 1579, un año antes de la caída de Antonio Pérez y la anexión de Portugal a España. Caballero de Alcántara, sangre limpia, blasones antiguos, viene a Perú para ser gobernador de Panamá.

Amoríos clandestinos le unen con Ana Velázquez, criada negra que viene por entonces desde este país a la ciudad de los reyes. Dos hijos nacen, y Martín, primogénito, precede a Juana. Ve la luz el 9 de diciembre de ese año. Antonio Polanco, párroco de San Sebastián, lo cristiana como hijo de padre desco­nocido. Es la misma pila bautismal en que Rosa de Lima sería bautizada siete años más tarde.

No nace negro, sino mulato, y su rostro more­no llevará siempre la huella del mestizo. Las líne­as de su cara se alargan y perfilan con toques de ascendencia castellana. Hombros anchos, fornidos brazos y labios gruesos, pero no abultados. Así lo presentan pintores y escultores.

Madre educadora

Ana era cristiana auténtica, y en Martín aprecia desde niño el temple de un corazón castellano. Rescoldo del espíritu de una raza a la que ella había unido su sangre, anidaba en él.

La apertura generosa hacia niños pobres y enfermos, le sorprende. Martín es rumboso y sólo busca el bien de los demás. Cuando ella le envia­ba a la tienda le decía siempre que empleaba parte del dinero en socorrer al primer necesitado que encontraba.

En la Iglesia de Sto. Domingo consagrada a la Virgen del Rosario, se veía cada día a Ana con sus hijos. La vista de las imágenes era un gozo para ellos, sobre todo crucifijos e iconos de la` Virgen. La madre es la maestra de ambos, pero niños aún los envía a la escuela y aventajan a todos sus con­discípulos.

Dos años de escolanía

Juan al volver a Lima hace gala de su alcurnia y su honor. Legaliza su situación reconociendo ofi­cialmente a sus hijos y deja a Ana bien acomoda­da en casa de una familia española.

Martín y Juana marchan a Guayaquil en Ecuador, con su padre que quiere preocuparse de completar su educación. No van a la escuela pública, y les busca un preceptor que les adoctri­ne en su propia casa.

El santo, a sus trece años aprende a la perfección castellano, aritmética, caligrafía y otras dis­ciplinas en que sobresaldría mucho. Un bienio dura la escolanía hasta que el virrey de Lima le manda ir a recibir el despacho que le nombra gobernador de Panamá.

La vida en los puertos costeros del Pacífico era muy comprometida por las frecuentes incursiones de piratas anglo-holandeses. Juan acomoda a su hija en la casa de su tío Santiago en Guayaquil, y a Martín se lo lleva a Lima para que continúe estudios y se abra camino.

Recibe allí la Confirmación que le administra Sto. Toribio. Nueva sincronía con Sta. Rosa. Mogrovejo le conferirá el mismo Sacramento en Quieve pocos años después.

Barbero-sangrador

En Lima de nuevo a sus quince abriles, trabaja como bisoño en la tienda de Mateo Pastor, nego­ciante en especies y hierbas medicinales. La com­petencia que alcanzará ejerciendo la caridad con los pobres y enfermos, empieza entonces a adqui­rirla.

Uno de los oficios mejor retribuidos en aquel tiempo era el de barbero. Reservado para los arte­sanos, no era propio de hidalgos ni guerreros. No significaba peluquero que corta cabellos o siega barbas. Tenía más alto rango. Era odontólogo, cirujano que rasga tumores, receta hierbas y emplastos, alivia neuralgias o artritis. Era un médico de medicina general.

Martín al abandonar la tienda, entra al servicio de Marcelo Rivero, barbero-sangrador. Maneja lanceta para sangrar y tenía en su casa flores y extractos de plantas para curar. El maestro le enseña y pronto descubre en Porres raras habilida­des para el oficio.

Cirujano consumado

El "barbero" era además apóstol. Mientras rapa pobladas barbas a campesinos o derriba castillos de pelajes enmarañados a soldados que venían después de prolongadas guerras, exhorta a todos a entendérselas con Dios Padre. La barbería no llena, sin embargo, sus ambiciones caritativas y sólo acude a ella algunas horas. El tiempo restante lo pasa ayudando a un médico y cirujano español que le enseña a manejar el bisturí.

El joven de diecinueve años salió tan buen practicante que acapara la mejor clientela de Lima. La "mejor", pensaba él, son los pobres que no pueden pagarse médico. La casa de Martín se ve asediada de menesterosos a quienes cura con solicitud, y el clamoreo popular le acabará nom­brando patrono y protector de los practicantes del mundo. Habla, además, y come con perros, gatos, ratones y otras alimañas como nos lo presenta la iconografía, y podría ser, además, conciliador de animales al estilo de Francisco de Asís.

"¡Mi hijo no ha nacido para ser lego... !"

Tenía sólo veintiún años y acaba de transcurrir un tercio de su vida. El fervor cristiano que supo inocularle su madre, le ha hecho bautizado coheren­te como laico militante que ama a Dios en los demás. Menudean sus visitas al templo del Rosario. Largas horas de oración pausada pasa desde el rayar del alba hasta que va a atender a los enfermos.

La afición que empieza a sentir por los domini­cos crece, y entre ellos elige director espiritual. Un día llama al prior y le confía su deseo de encua­drarse entre ellos. Le admiten, y Juan de Porres cuando se entera se presenta en el convento en uno de sus frecuentes viajes a la ciudad. Se encara con el prior y le espeta con descaro: "¡Mi hijo ha naci­do para Arzobispo de Lima, no para lego...!"

"Le ruego no venda el cuadro..."

Al iniciarse como aspirante y novicio termina su historia en el mundo y empieza la de sus aventuras místicas. Enfermero y limosnero le hacen. Una riada de mendigos le esperan siempre en la portería y cuida con solicitud a los religiosos. El convento era entonces pista de aterrizaje y despe­gue para dominicos del mundo que destinaban a distintos puntos de América. Descansaban en Lima antes de emprender su epopeya misionera.

El Prior se sentía acosado por acreedores, y la extrema pobreza en que vivían los frailes no le per­mitía hacerles frente. Decide vender a los judíos un cuadro que los conventuales habían traído de España. Martín vuela al lugar de la subasta y toma al prior aparte. Le dice: "Ruego que no venda el cuadro. Tengo otro medio de cancelar la deuda y quizá lo acepten mejor. Me daré por esclavo al acreedor y con mi trabajo la satisfaré".

"Es un gran teólogo y místico..."

Avanza 1602 en que Shakespeare estrena en Londres Hamlet. En 2 de junio del año siguiente, el lego hace su profesión. El diorama de su vida espiritual sigue siendo el mismo. Ama la pobreza como amiga inseparable. Utiliza sayales usados, zapatos burdos, sombrero raído, capa remendada. Un catre en su celda que sobre dos hierros sostie­ne un jergón de hojas de maíz. En mesa y ana­quel, útiles clínicos y almireces para triturar plantas y batir líquidos. Nada para él, y todo para los enfermos.

Un día le ven con la faz arrebolada. No puede disimular la fiebre alta y siente que la fatiga le rinde, pero no abandona su tarea. El prior le manda acostarse, algunos le visitan y lo ven echa­do en el jergón con sayal y zapatos. Le denuncian al prior, que les replica para aquietarles: "Fray Martín es un gran teólogo y místico. Su teología ascética sabe unir mortificación y obediencia".

"Los enfermos no tienen clausura"

Taumaturgo consumado, cura todas las enfer­medades. El primer recurso que utiliza es la ora­ción suplicando a Dios y a la Virgen por todos sus pacientes graves, y las curaciones no tardan en realizarse. El segundo, aplicarles medicamentos naturistas en que era perito. Un tercero utiliza a petición del enfermo. Era poner sus manos en el sitio dolorido y la mejoría se producía al instante.

Envidias y críticas le bloqueaban entre los mis­mos frailes. La cofradía más numerosa del mundo suele ser la de los murmuradores. El camello, dice un refrán oriental, no ve su giba sino la de su her­mano. El convento se iba a convertir en hospital, decían al traer Martín enfermos recogidos en la calle.

La disciplina regular, el orden y silencio del claustro sufren, critican otros. Una tarde se encuen­tra en la plaza con un enfermo vestido de andrajos y devorado por la fiebre. Lo lleva al convento cargán­dolo sobre sus espaldas y le acuesta en su catre.

Uno de sus hermanos le reprende: "¿Cómo traéis a clausura enfermos?". El santo, con paciencia llena de serenidad se limita a contestar: "Los enfermos no tienen jamás clausura".

"El convento será vuestro segundo hospital..."

Un día viene por la noche y encuentra en una callejuela a un herido grave. Le toma a cuestas, entra en el convento y cura la herida muy profun­da de un puñal bien afilado. Le acoge en su celda con idea de trasladarle a casa de su hermana en cuanto mejore.

El provincial le impone al santo penitencia que cumple feliz al pie de la letra. Enferma y necesita poco después los cuidados de Martín, y le dice: "No tuve más remedio que imponerte esa peni­tencia". El lego contesta con sencillez: "Perdone mi desatino, pues pensaba que la santa caridad debía tener las puertas abiertas". El provincial añade: "Bien está lo que hiciste. Desde este momento el convento será vuestro segundo hospi­tal. Podéis traer a él cuantos enfermos queráis".

Encomendero de indios y negros

Los frailes del Rosario trabajan en Limatambo, a dos millas de la ciudad, unas tierras que poseía el convento. Encomendero era el español, o fami­lia española, a la que se confiaban algunos indios para que los instruyeran. Los conventuales eran también encomenderos y convivían en íntima hermandad con indios y negros enseñándoles cul­tura y artesanía.

Una feliz idea tiene el prior, mandándole allí para cuidar enfermos. Martín, con otros domini­cos, abre surcos para el trigo de Castilla y para sembrar Evangelio.

Educación preventiva

Vuelto a Lima, la vida errante de golfillos vagabundos, en su mayoría indios, le escuece. Serán sus amigos predilectos, como los birichini para S. Juan Bosco. ¿Cómo y dónde podría aten­derlos? Tenía los hospitales de Lima llenos de enfermos, y además los acoge en el convento y en casa de su hermana. Los rezos conventuales consu­mían las restantes horas, y el día no daba más de sí. Es creativo y organizador, no infeliz y bona­chón como nos lo dibuja la caricatura que hacen algunos.

Una escuela-albergue podría ser la solución. Madura el proyecto y se lanza a realizarlo. Habla con el arzobispo y virrey que le envían los prime­ros recursos. Mateo Pastor, comerciante rico, y Francisca Vélez, su esposa, aportan cuantiosa suma. Martín, con ayuda de otras personas, tiene ya asegurado el éxito. Compra casas, las recons­truye y así crea la Escuela de Huérfanos de Santa Cruz y recoge a sólo niñas. Se anticipa a las Escuelas Profesionales de nuestros días, y pone al frente laicas que enseñen hogar y oficio a las edu­candas.

La ciudad aplaude el milagro, y Martín piensa en dilatar su fundación para acoger a los niños. Un nuevo albergue levanta y el flamante prodigio se hace una vez más por su confianza abandonada en Dios.

Ensaya con ellas y ellos una pedagogía preven­tiva siendo aún niños, para que no abarroten cuando crecen cárceles y hospitales. Sigue así el ejemplo de Calasanz, años antes en Roma y se anticipa dos siglos a Bosco.

"La penitencia es el precio..."

En el vestíbulo del refectorio hay una imagen de la Virgen y el lego la mira siempre que entra. Se encarga cada día, en cuanto amanece, de ador­narla con flores recién cortadas y la ilumina con velas encendidas que ofrecen los seglares, a quie­nes moviliza para sus obras.

La Virgen se le aparecía con frecuencia, y con amor entrañable conversaba con Ella. El ángel de la guarda guiaba sus pasos en las nocturnas y fre­cuentes salidas por calles sin luz. Le protege de cualquier peligro y le conduce cuando regresa a través de las galerías sin luz del convento.

Penitencia austera hacía, y heredó la costumbre de Sto. Domingo de azotarse tres veces al día por la conversión de los pecadores, los agonizantes y las almas del purgatorio. "Todo este rigor -decía a sus frailes- es por mis muchos pecados. La peni­tencia es el precio del amor ¿Cómo podré salvarme sin penitencia? ¿Cómo podré expiar mis culpas sin martirizar mi cuerpo?"

"Tu necesidad me llamó..."

Atacados de la viruela reinante en Lima, muchos religiosos se contagian. Martín no para y está a todas horas a su cabecera, sin que se sepa cuándo duerme, come o descansa.

A la misma hora se le ve en distintos sitios aten­diendo a enfermos. Con frecuencia se hace además invisible, sobre todo en sus éxtasis. Los que conocí­an sus arrebatos místicos iban a presenciar cómo se levantaba del suelo, pero no lo lograban. Una tarde penetra en el noviciado estando las puertas cerradas y se coloca a la cabecera de un enfermo. El novicio, sorprendido, le pregunta: "¿De dónde vienes, pues nadie os ha llamado?". Impasible contesta: "Oí que me llamaba tu necesidad y vine". Añade con bon­dad: "Toma esta medicina, y curarás".

"Moriré de esta enfermedad..."

Corre el 1639, un año antes de la sublevación de Cataluña y Portugal contra Felipe IV. Los muchos trabajos y penitencias van minando su salud. Va a cumplir sesenta años en diciembre y está agotado. La fiebre alta le obliga a guardar cama. Padres y Hermanos acuden a su celda y Martín les dice: "Mi peregrinación sobre la tierra ha acabado. Moriré de esta enfermedad y ninguna medicina me será de provecho".

Los asaltos diabólicos se multiplican. Martín abraza el crucifijo, lo llena de besos y repite: "En Tus manos encomiendo mi espíritu". Los religio­sos se reúnen alrededor y el prior inicia el Credo. Los frailes le acompañan y llegando al "se hizo hombre", Martín cerró sus ojos. Eran las nueve de la noche del 3 de noviembre.

Santo de multitudes

Las campanas de la torre del Rosario doblan a muerto. Un escalofrío estremece la ciudad. El virrey, Conde de Chinchón y el arzobispo de México, Feliciano de la Vega, son los primeros en llegar.

El féretro lo llevan a hombros virrey y arzobis­po desde la Iglesia al cementerio conventual. El enorme gentío llora y los frailes le acompañan entonando preces rituales.

Un santo de multitudes en vida y después de muerto. Simboliza la fraternidad de todos los hombres en el amor mutuo como hijos de Dios Padre. Juan XXIII le canoniza en 6 de mayo de 1962, y es uno de los santos más populares de la Iglesia, que a todos "nos lleva al cielo siguiendo su ejemplo de humildad", como canta la Liturgia.

BIBLIOGRAFÍA

J. A. del Busto, S. Martín de Porres, Univ. Cat. Perú, Lima 1992.

V Gadulf, El primer santo negro, Barcelona 1961.

J. M. Sánchez-Silva, S. Martín de Porres, Palencia 1962. J. M. Valdés, Vida de Martín de Porres, Lima 1945, 26a ed. S. Velasco, S. Martín de Porres, Edibesa, Madrid 1992

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