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domingo, 17 de octubre de 2021

MANUEL AZAÑA (1880-1940) AL FINAL…VOLVIÓ AL CATOLICISMO

MANUEL  AZAÑA (1880-1940) AL FINAL…VOLVIÓ AL CATOLICISMO

 (Texto del P. Ángel Peña en su libro Ateos famosos I, San Millán, 2020)

 Foto con el abad de Montserrat


Quien pronunció la triste y célebre frase "España ha dejado de ser católica" desde la presidencia de la Segunda República tan antilcerical, al fin de su vida dejó de ser ateo y volvió a la fe de su infancia. Nos lo cuenta el P. Ángel Peña

 

Fue un escritor y político español. En su libro El jardín de los frailes presenta la religión como una cárcel de la que quiere salir para ser libre. Abandonó la religión sin llenar el vacío existencial que le dejó. Una de sus frases más celebres fue: Ni todos los conventos de Madrid valen la vida de un republicano. Otra fue: España ha dejado de ser católica.

 

Forma parte del Comité revolucionario que contribuyó a la instauración de la II República española el 14 de abril de 1931. En las elecciones a las Cortes Constituyentes en junio de 1931 fue confirmado como jefe del Ejecutivo. En mayo de 1936 fue elegido como Presidente de la República. Dimitió en febrero de 1939 ante el avance de las tropas nacionales y se exilió en Francia, estando ya gravemente enfermo del corazón. Murió el 3 de noviembre de 1940 en Montaubán (Francia).

 

En los últimos meses de enfermedad dejó su ateísmo y aceptó la fe católica. Su esposa Dolores Rivas Cherif, siempre fue católica practicante y él respetó su fe. Ella escribió una carta a su hermano Cipriano de Rivas en la que le dice: Supo nuestro enfermo la llegada a Montaubán del nuevo obispo por el gran aparato de campanas en la catedral que teníamos enfrente. Comentó conmigo lo bonita que sería la ceremonia en la catedral y dijo: "Lástima no poder verlo", recordaba con ese motivo las fiestas de la iglesia de El Escorial. Días después recordó al obispo y en otro momento volvió a decir de qué buena gana lo vería. Insistió varias veces en este deseo al que yo me resistía... Su afán por ver al obispo llegó a ser tan grande que, estando Saravia con nosotros, se dolió con él de que yo no le escuchara...

 

A veces, mirando a la puerta de la catedral desde la ventana, repetía con su insistencia de enfermo en el deseo de conocer al obispo… Un día acompañada de la monja sor Ignace, hermana de la Caridad, fuimos a ver al obispo, quien recibiéndome en el acto, trató de calmarme y consolarme... Al día siguiente, fue a visitarle el obispo, que, viendo que el enfermo se cansaba, nos dejó enseguida. Volvió otro día acompañado de un cura español refugiado en Francia, a quien yo no conocía, pero no accedí a que el cura viera al enfermo y sí acepté al obispo… Otro día, viendo que el enfermo estaba más grave, vino el obispo con la monja. El obispo lo visitó varias veces y estuvo con el enfermo cuando falleció, aunque yo no estaba [1].

 

El obispo, Monseñor Théas, escribió en el boletín oficial del obispado que a Manuel Azaña Díaz le había administrado el sacramento de la penitencia (confesión) y la unción de los enfermos [2].

 

El obispo Théas escribió en 1940, al día siguiente de la muerte de Azaña, sobre lo sucedido. También escribió sobre este hecho en otro documento de 1952 y en otro de 1958 [3]. En el documento de 1940 afirma que el expresidente le dijo: Vuelva a visitarme todos los días. Y todos los días por la tarde iba a conversar un rato con él. Hablábamos de Revolución, de los asesinatos, de los incendios de las iglesias y conventos. Él me hablaba de la impotencia de un gobernante para contener a las multitudes desenfrenadas y detener el movimiento que se había desencadenado (documento de 1958).

 

Un día, deseando conocer los sentimientos íntimos del enfermo, le  presenté el crucifijo. Sus grandes ojos abiertos, enseguida humedecidos por las lágrimas, se fijaron largo rato en el Cristo crucificado. Seguidamente lo cogió de mis manos, lo acercó a sus labios, besándolo amorosamente por tres veces y exclamando cada vez: "Jesús, piedad, misericordia" (documento de 1958). En el documento de 1940 escribe el obispo: El presidente manifestó sentimientos cristianos. Por sí mismo y repetidas veces besó con fervor el crucifijo que se le presentaba, pronunciando palabras como estas: "Dios mío, piedad, misericordia" (1940).

 

Continúa el obispo: Este hombre tenía fe. Su primera educación cristiana no había sido inútil. Después de errores, olvidos y persecuciones, la fe de su infancia y de su juventud informaba de nuevo la conducta de los últimos días de su vida (1958).

 

A la pregunta: ¿Desea usted el perdón de sus pecados? Respondió: Sí (1940). Recibió con plena lucidez el sacramento de la penitencia, que yo mismo le administré (1952). En el documento de 1958 dice claramente el obispo: Invité al enfermo al sacramento de la penitencia y lo recibió de muy buen grado (1958).

 

Cuando pedí a la señora Azaña que me permitiera llevar el Viático (comunión) a su marido, estaba yo seguro de que el enfermo quería recibir la comunión. Pero choqué con la negativa obstinada de N. Cinco veces me presenté y las cinco tuve que marcharme. Se me decía: "Eso le impresionaría demasiado" (1952). Anotemos que la misma señora Azaña ignoraba que le hubieran impedido cinco veces el darle la comunión, ni sabía quién había sido. La noche del 3 de noviembre de 1940, a las 11 p.m., la señora Azaña me mandó llamar. Acudí inmediatamente y en presencia de sus médicos españoles, de sus antiguos colaboradores y de su esposa, administré la extremaunción y la indulgencia plenaria al moribundo en plena lucidez. Después, sujetas sus manos entre las mías, mientras yo le sugería algunas piadosas invocaciones, el presidente expiró dulcemente en el amor de Dios y la esperanza de su visión (1958).

 

Después de su muerte, Monseñor Théas afirma: La señora del presidente, conociendo el fin cristiano de su marido, pidió exequias religiosas que después de un acuerdo con el señor arcipreste, consistirían en un simple responso en la catedral sin levantamiento del cadáver, ni misa (1940). Pero el día 5 de noviembre (día del entierro) la señora del  presidente estaba muy cansada y decidió no asistir a la ceremonia. El cortejo fúnebre, en lugar de ir a la catedral, donde se le esperaba, se dirigió al cementerio y el entierro fue puramente civil (1940).

 

Contra la voluntad del presidente y de su viuda se hizo presión para dirigir el cortejo fúnebre directamente al cementerio, impidiendo la ceremonia religiosa, que había sido prevista en la catedral (1958). El cónsul de México dispuso el entierro civil del presidente. La viuda, después, no se atrevió a protestar, porque México pagaba todos los gastos del hotel al presidente y a los que le acompañaban (1952). Azaña fue enterrado con la bandera mexicana, pues el gobierno de México pagó la sepultura.

 

Esa misma tarde del entierro la señora Azaña acudió al obispado para agradecer a Monseñor sus visitas y su ministerio cabe el presidente. Le manifestó también su pesar por el carácter puramente laico que se le había dado, mal de su agrado, a los funerales de su marido (1940).

 

Y añade Monseñor Théas: El entierro fue civil, pero la muerte había sido cristiana. ¿Acaso no es esto lo esencial? (1958). Los restos de Manuel Azaña descansan en el cementerio de Montaubán bajo una cruz de bronce, como mandó su viuda.

 

Nota.- El documento del obispo del 7 de noviembre de 1940 (al día siguiente del entierro) se publicó en el bulletin catholique du diocese de Montauban, pp. 338-339. El documento de 1952 fue una carta del obispo dirigida al padre Guichomerre. El documento de 1958 (del 31 de diciembre de 1958) fue publicado en el boletín oficial eclesiástico del obispado de Vich, tomo 111, Nº 2520.

 



[1]  Sanz Agüero Marcos, Manuel Azaña, Ed. Círculo de amigos de la historia, Madrid, 1975, pp. 225-229.

[2]  Ib. pp. 229-230.

[3]  Estos documentos se encuentran copiados por el padre Gabriel Verd en la revista Razón y fe, Nº 1058, diciembre de 1986.

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CARMEN LAFORET (1921-2004). SU VUELTA AL CATOLICISMO

CARMEN  LAFORET (1921-2004)

 

Les comparto la síntesis elaborada por el P. Ángel Peña en su nuevo libro ATEOS  FAMOSOS  CONVERTIDOS TOMO  2 (San Millán, 2020). Fue la madrina y tía carnal de un gran amigo, el P. Eduardo Laforet, CSM, (1957-1984) que entregó su vida por el Papa Juan Pablo II.

 

 

            Fue una gran escritora española. Nació en Barcelona, pero desde los dos años se crió en Canarias. A los 18 años regresó a Barcelona. Estudió Filosofía sin terminar la carrera. A sus 22 años consiguió el premio Nadal por su novela Nada. También recibió el premio Fastenrath de la Real Academia española en 1948. Había vivido como atea, sin creer en Dios, pero se convirtió a los 30 años. Ella se lo escribe a su amiga Elena Fortún así:

 

Tú sabes, Elena mía, que hace tiempo, hace meses me interesaba por cosas de religión. El Evangelio entraba en mí con su encanto imposible de no ser entendido... pero nada más. En cuanto quería abordar un misterio con la inteligencia, el misterio se volvía insoluble. Prefería no entrar demasiado en ello.

 

El domingo 16, te escribí una carta. Fui a echarla a Correos y luego tenía que hablar de un asunto con una amiga. Fui a buscarla a la iglesia donde ella estaba en aquel momento rezando por mí. No lográbamos entendernos en algunas cosas; pero aquella tarde comprendí sus puntos de vista con gran facilidad. Me despedí y al volver hacia mi casa, andando, sin saber cómo, sin que pueda explicártelo nunca, me di cuenta de que mi visión del mundo estaba cambiada totalmente.

 

Cuando no se tiene esto, puede uno ver un milagro con los ojos del cuerpo y no creer en él, pero cuando uno siente dentro, dentro de uno el milagro más maravilloso, la transformación radical del ser, el mundo del misterio es solo lo verdadero. Dios me ha cogido por los cabellos y me ha sumergido en su misma Esencia. Ya no es que no haya dificultad para creer, para entender lo inexpresable... es que no se puede no creer en ello.

 

Rezo el Credo por la calle sin darme cuenta. Cada una de sus palabras son luz. Elena, la gracia tal como la he recibido es la felicidad más completa que existe. Jamás, jamás se puede sospechar una cosa así. La pobre voluptuosidad humana, no es nada comparada con esto. Nada... No existe ni una tentación... solo un temor desesperado de perder esta sensación de Dios que sabes que te ha venido así, que se te ha dado por un misterio, por una elección indescifrable a la que tu mérito es ajeno por completo. Mientras tengas esto, estás salvada..., perderlo debe ser el mayor horror. Toda mi vida tiende a conservarlo. Todos los sufrimientos, todo lo que pueda sucederme no es nada, si no tengo esto.

 

Es una llamada, una hoguera, un deslumbramiento, una claridad de maravilla. Es como si abrieran dentro de nosotros las puertas de la Eternidad. Nunca lo podré decir, pero lo tengo que decir: Es VERDAD, todo es verdad, todo es verdad. La verdad me ha traspasado, me ha cambiado en una hora, en unos minutos de mi vida. Es verdad, Elena... Y ¡esa verdad ha venido a mí!

 

Estoy en las manos de Dios. Nada le puedo pedir; nada más que no me abandone otra vez y sí, que dé su gracia a todos, que dé su gracia... Otra cosa no sé decir ni pedir.

 

Naturalmente he confesado y comulgado. Mi literatura ya no me importa. Sé que tengo que hacerla, que tengo que trabajar más que nunca, pero mi nombre ya no me importa. Quiero a mi marido, a mis hijas, con un amor nuevo y maravilloso, y a todos los hombres solo porque pueden ser salvados.

 

No estoy trastornada en absoluto, ni nerviosa, ni desquiciada, solo maravillada, arrodillada delante de Dios, asombrada de que me haya dado esto. Temblando de no saber conservarlo…

 

Mi vida ha cambiado mucho. Ha tomado un sentido magnífico. Ahora sé lo que tengo que hacer. Sé también que muchas veces me parecerá duro, pero en el fondo, esa alegría de haber sentido esta llamada de Dios me sostiene [1].

 

Carmen Laforet se casó con Manuel Cerezales y tuvo cinco hijos. En la novela la mujer nueva presenta el relato de su conversión al catolicismo, después de años de agnosticismo. En la década de los setenta tuvo frecuentes depresiones. Murió de alzhéimer el 28 de febrero de 2004.

 

Su novela Nada sería tras el Quijote de la Mancha, La familia de Pascual Duarte o Cien años de soledad, una de las novelas de lengua española más traducida de todos los tiempos.

 

Biografía de Carmen Laforet

https://carmenlaforet.com/biografia/

En la introducción del volumen Mis páginas mejores, publicado por la Editorial Gredos en 1957, Carmen Laforet, casi siempre reacia a hablar de su vida privada,  nos cuenta sus primeros años, antes de la publicación de su novela Nada: Aunque es muy difícil escribir una autobiografía en pocas líneas –y, en realidad, también en muchas-, quiero daros aquí alguna idea de mi propia vida personal antes de que leáis las anotaciones hechas por mí delante de cada uno de mis libros explicando su cronología respecto a mi vida y aquello que me inspiró el deseo de hacerlos.

En la introducción del volumen Mis páginas mejores, publicado por la Editorial Gredos en 1957, Carmen Laforet, casi siempre reacia a hablar de su vida privada,  nos cuenta sus primeros años, antes de la publicación de su novela Nada: Aunque es muy difícil escribir una autobiografía en pocas líneas –y, en realidad, también en muchas-, quiero daros aquí alguna idea de mi propia vida personal antes de que leáis las anotaciones hechas por mí delante de cada uno de mis libros explicando su cronología respecto a mi vida y aquello que me inspiró el deseo de hacerlos.

He nacido en Barcelona, el 6 de septiembre de 1921. En enero de 1944 –a los 22 años- empecé a escribir mi primera novela: Nada.

En el intervalo entre esas dos fechas mi vida se había ido modelando de la siguiente forma:

En 1923 –a punto de cumplir dos años-, fui con mis padres a Canarias. Mi padre era arquitecto y también profesor de la Escuela de Peritaje Industrial. Nuestro traslado a Canarias se debió a necesidades de este profesorado. Yo recuerdo a mi padre muy joven, bien constituido, muy deportista. Tenía la costumbre de fumar en pipa y usaba una excelente mezcla inglesa cuyo olor se ha quedado en mí –así como el de los encerados corredores de la casa de Las Palmas- como uno de los olores inconfundibles de mi infancia.

Mi padre era hijo de sevillanos, de origen nórdico (de origen francés mi abuelo, y vasco mi abuela). Mi padre se había educado en Barcelona. Era un balandrista notable y tenía un barco propio. Había sido campeón de tiro al blanco con pistola en su juventud, y también teníamos en casa copas obtenidas en carreras de bicicletas. El nos enseñó a nadar a mis hermanos y a mí, a soportar fatigas físicas sin quejarnos, a hacer excursiones por el interior de la isla… y a tirar al blanco con pistola, cosa en que yo fui siempre más torpe que mis hermanos.

Mi madre era toledana. Hija de una familia muy humilde, había hecho los estudios de primera enseñanza en la escuela de niñas pobres de unas monjas. Más tarde, obtuvo una beca para estudiar magisterio. Mi padre la conoció como alumna en una época en que él, accidentalmente, dio clases de dibujo en la escuela Normal de Toledo-

Mi madre al casarse tenía dieciocho años; veinte al nacer yo –fui el primer hijo del matrimonio-, y treinta y tres el día en que murió en Canarias. Yo la recuerdo como una mujer menuda, de enorme energía espiritual, de agudísima inteligencia y un sentido castellano, inflexible, del deber. Era una mujer de una elegancia espiritual enorme. Recuerdo también su bondad. Tenía el don de la amistad. En Las Palmas aún hay muchas personas que la querían y la recuerdan vivamente… Ella nos enseñó a mis hermanos y a mí la valentía espiritual de la veracidad, de no dejar las cosas a medias tintas, de saber aceptar las consecuencias de nuestros actos. En mi época de Canarias entran también mis dos hermanos Eduardo y Juan, con quienes siempre me he sentido compenetrada; y entra también más tarde una madrastra, que, a pesar de todas mis resistencias a creer en los cuentos de hadas, me confirmó su veracidad, comportándose como las madrastras de esos cuentos. De ella aprendí que la fantasía siempre es pobre comparada con la realidad. (¡Esto antes de haber leído a Dostoievski!)

En el año 1939 –exactamente en septiembre- volví a Barcelona, donde viví tres años. Después de este periodo vivo en Madrid. He frecuentado –sin terminar ninguna de las dos carreras comenzadas- las Universidades de Barcelona y Madrid. He leído mucho. La vida me ha interesado en todos sus momentos, tanto en los malos como en los buenos. Cuando vuelvo la vista atrás, veo que todos esos años se han combinado para hacerme una persona capaz del difícil don de sentir la felicidad, y humildemente creo que hasta de derramarla en un círculo muy íntimo.

Hasta aquí la historia de una muchacha de veintidós años. De esa época en adelante sabréis todo aquello que tenga conexión con mis libros en las pequeñas notas que he escrito al comenzar los distintos periodos de mi obra. Por estas anotaciones y por los fragmentos de mis libros veréis que, si mis novelas están hechas de mi propia sustancia y reflejan ese mundo que –según os explicaba antes- soy yo, en ninguna de ellas, sin embargo, he querido retratarme.

Efectivamente, a los 18 años, justo al acabar la guerra civil española volvió a Barcelona a casa de sus abuelos- que vivían en la misma calle Aribau donde ella había nacido y en donde está situada su novela, y allí empezó a estudiar la carrera de Filosofía y Letras. Tres años más tarde se trasladó a Madrid donde en unos meses escribiría Nada que, aunque no es una novela estrictamente autobiográfica, es el fruto de sus experiencias en esos años. Cuando escribió Nada, que obtuvo el primer Premio Nadal, tenía 22 años y el éxito que obtuvo en plena juventud marcó su carrera de escritora. Nada fue considerada la mejor novela española contemporánea y el libro más vendido del momento. Recibió también el Premio Fastenrath, de la Real Academia de la Lengua Española en 1948, y el conjunto de elogios que incluía artículos firmados por Juan Ramón Jiménez (de un poema suyo salían el título y la cita inicial de la obra), Ramón Sender,  Azorín, y críticos como Melchor Fernández Almagro, José María de Cossío o Pedro Laín Entralgo demuestran el impacto que dentro y fuera de nuestras fronteras tuvo la publicación de un libro que revolucionó el panorama literario de la posguerra española. Actualmente Nada está considerado como un clásico, se reedita de manera continua, es estudiada en los departamentos de español de todo el mundo, ha sido traducida a numerosos países y le ha asegurado a Carmen Laforet un puesto de honor en la historia de la narrativa española.

Cuando se habla de Carmen Laforet siempre se destacan tres cosas: es la autora de Nada, recibió el prestigioso premio Nadal e inmediatamente se hace alusión al silencio en el que culminó su carrera de escritora comparándola en algunos casos al escritor mexicano Juan Rulfo. Pero si bien es cierto que la escritora se retiró voluntariamente del mundo literario de la época, de sus envidias, enemistades y rencillas, y que se la puede considerar una escritora poco prolífica, publicó otras excelentes novelas: en 1952  apareció La isla y los demonios, que tiene como protagonista a una adolescente, Marta Camino, basándose en su propia experiencia juvenil en Las Palmas de Gran Canaria. La mujer nueva (1955) que ganó el Premio Menorca de Novela de 1955 y el Premio Nacional de Literatura de 1956, narra la aventura espiritual de la protagonista y su conversión al catolicismo. En 1963 publicó La insolación. Esta última novela formaba parte de una triología Tres pasos fuera del tiempo que no llegó a completarse. El segundo tomo Al volver la esquina, que ella no se había decidido a publicar, se editó póstumamente en el año 2004. Escribió además, siete novelas cortas, veintidós cuentos, narraciones de viaje e innumerables artículos para periódicos y revistas.

Carmen Laforet se casó en 1946 con el periodista y crítico literario Manuel Cerezales con el que tuvo cinco hijos. El matrimonio se separó en 1970.

En 2003 se publicó Puedo contar contigo, que contiene la relación epistolar entre Carmen Laforet y el escritor Ramón J. Sender, un total de 76 cartas en las que la escritora le cuenta sobre su vida familiar, los hijos, sus dificultades de ser y escribir como mujer, la inseguridad frente a su obra de la que se muestra muy crítica.

Su paulatino distanciamiento de la vida pública se aceleró debido a una enfermedad degenerativa que afectaba a la memoria y que la dejo sin habla en los últimos años de su vida.

En 2009 su hija, Cristina Cerezales publicó el libro Música Blanca en el que, en un diálogo sin palabras con su madre, emprende un recorrido por los senderos de la memoria en el que abundan detalles reveladores que permiten entender en profundidad su vida y su obra.

Carmen Laforet murió en Madrid el 28 de febrero de 2004.

 

UN BUEN ARTÍCULO https://www.elindependiente.com/tendencias/cultura/2021/09/06/carmen-laforet-100-anos-de-la-mujer-que-huyo-de-si-misma/

Carmen Laforet, 100 años de la mujer que huyó de sí misma

 



[1]  Puedo contar contigo. Correspondencia, Barcelona, 2009, pp. 105-108.

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viernes, 15 de octubre de 2021

Gracias, Zamora. Juan Luis Benito

"Zamora, la bien cercada, la llaman a mi ciudad,Con mucha gente que ama y siempre da mucho pan".

Termino de presentar mi servicio como profesor de FP de la rama de Hostelería en la especialidad de Cocina y Pastelería, llega el mejor del júbilo, la jubilación.

Quiero por medio de estas líneas agradecer mis 18 años pasados en la bella ciudad de Zamora. Es de bien nacidos ser agradecidos. Siempre he visto que hay más alegría en dar que en recibir. Llegué a Zamora en septiembre de 2003 y han sido 18 los años pasados en esta bella ciudad, llena de paz, tranquilidad, silencio y con gente de buena voluntad. He podido desarrollar mi actividad docente como profesional de la Hostelería en el Centro Integrado de FP Ciudad de Zamora; quiero agradecer a toda la comunidad escolar, que a lo largo de estos cursos, me han enriquecido con su buen hacer, trabajo y amistad. Así como a todos los alumnos que han recibido formación académica y profesional en este centro. A todas las entidades públicas, privadas, y religiosas. A sus representantes que con su ejemplo me han aportado una riqueza para tratar de desarrollar con ilusión mi vida profesional. Esas clases de cocina con sus servicios realizados, donde la gente que visitaba el centro, salía muy agradecida de la ilusión que ponían los alumnos para dar lo mejor de sí y realizar el servicio con gran responsabilidad. Recuerdo que cuando inicié mi vida profesional en la Escuela de Hostelería de Madrid el lema de entrada en el centro educativo era "Vale quien sirve".

Eso he querido realizar durante estos 34 años que he estado impartiendo conocimientos prácticos de Cocina. He tratado de aportar ilusión en mi profesión en cada uno de los alumnos.

¡Cuántos momentos de alegría en esta ciudad, clases, concursos, visitas a las distintas empresas, donde los alumnos realizaban su FCT (Formación en los Centro de Trabajo), los servicios de prácticas que hemos realizando durante estos años, las sonrisa con que cada comensal marchaba del Centro educativo. Los momentos a veces de analizar los servicios viendo lo bueno y lo malo. Esas charlas y mesa redondas de grandes profesionales de nuestra ciudad, nuestra comunidad incluso nuestro país o gente extranjera que con su testimonio aportaba ganas de ser mejor profesional cada día!

Quiero agradecer desde aquí, al periódico La Opinión por su interés en dar a conocer las noticias del centro, la cartas que he enviado; agradezco a los profesionales de la hostelería, a los profesores y compañeros del Centro integrado Ciudad de Zamora y a todos aquellos que habéis ofrecido vuestros mejores servicios desde a la dirección provincial .

También a todos los jóvenes con los que he estado en contacto durante este tiempo, los partidos de fútbol y frontenis. Esos paseos, charlas por Zamora descubriendo su encanto cultural, gastronómico y religioso. Gracias Zamora de corazón a esa gente anónima que con su buen hacer me han ayudado a ser mejor persona tanto humana como cristiana.

Por vosotros elevo mi oración a Dios y hasta siempre; os digo como San Fco Javier en el Divino Impaciente. Llevadme en mi corazón que yo en el mío os llevo".

Juan Luis Benito

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jueves, 14 de octubre de 2021

Laura Vicuña. Da la vida por la conversión de su madre

Laura Vicuña. Da la vida por la conversión de su madre

Nació en Santiago, Chile, el 5 de abril de 1891. Su padre, Don José Domingo Vicuña, pertenecía a una familia de la aristocracia criolla chilena, de gran influencia política y alto nivel social. Su madre, Doña Mercedes del Pino, era de una familia humilde. Esta diferencia causa tensión familiar desde el principio.

Hay revolución en Chile, la familia está con el gobierno y debe huir de la capital y refugiarse a 500 km. Pronto su padre muere y queda su madre con dos niñas, Laura (con dos años) y Julia, en la indigencia. Emigran a la Argentina. El viaje es muy difícil y Doña Mercedes no tiene donde estar por lo que se acoge a la protección de Manuel Mora con quien convive sin casarse. En 1900 Laura es internada en el colegio de las Hermanas Salesianas de María Auxiliadora en el colegio de Junín de los Andes. Allí destaca por su devoción. Sueña con ser como sus formadoras.

Un día escucha de una maestra que a Dios le disgustan mucho los que conviven sin casarse, la niña cae desmayada de espanto. En la próxima clase, cuando la maestra  habla otra vez de unión libre, la niña empieza a palidecer. Laurita, a su tierna edad, se duele muchísimo cuando Dios es ofendido. Ahora comprende la situación en que está su madre. Lejos de resentirse contra ella, decide entregar su vida a Dios por su salvación. Laura comunica el plan al confesor, el Padre Crestanello, salesiano. El le dice: "Mira que eso es muy serio. Dios puede aceptarte tu propuesta y te puede llegar la muerte muy pronto". Ella está resuelta en su ofrenda. Recibe la comunión a los diez años. Ese día se ofrece a Dios y es admitida como "Hija de María".

En casa, Mora acosa sexualmente a Laura pero ella se resiste, por lo que es echada de la casa, a dormir a la intemperie. Después de esto, Mora no quiere pagarle la escuela pero las hermanas la aceptan gratuitamente. Un día, cuando la niña vuelve a casa, Mora le da a Laura una paliza salvaje.  Hay una inundación en la escuela en pleno invierno. Laura pasa muchas horas con los pies en el agua helada, ayudando a salvar a las más pequeñas. Cae enferma de los riñones con grandes dolores. La madre se la lleva a su casa pero no se recupera.

Laura le dice a su madre: "mamá, la muerte está cerca, yo misma se la he pedido a Jesús. Le he ofrecido mi vida por ti, para que regreses a El". Le pide que abandone a Mora y se convierta. Ella le promete cumplir su deseo. Sigue orando y ofreciendo sus sufrimientos intensos por su madre. "Señor: que yo sufra todo lo que a Ti te parezca bien, pero que mi madre se convierta y se salve". ¡Ay hija mía! Exclama doña Mercedes llorando, ¿entonces yo soy la causa de tu enfermedad y de tu muerte? Pobre de mí ¡Oh Laurita, qué amor tan grande has tenido hacia mí! Te lo juro ahora mismo. Desde hoy ya nunca volveré a vivir con ese hombre. Dios es testigo de mi promesa. Estoy arrepentida. Desde hoy cambiará mi vida". Laura manda llamar al Padre Confesor. "Padre, mi mamá promete solemnemente a Dios abandonar desde hoy mismo a aquel hombre". Madre e hija se abrazan llorando. Recibe la unción de los enfermos y el viático. Besa repetidamente el crucifijo. A su amiga que reza junto a ella le dice: ¡Que contenta se siente el alma a la hora de la muerte, cuando se ama a Jesucristo y a María Santísima! Lanza una última mirada a la imagen de la Virgen que está frente a su cama y exclama: "Gracias Jesús, gracias María", y muere dulcemente.

Era el 22 de enero de 1904.La madre tuvo que cambiarse de nombre y salir disfrazada de aquella región para verse libre del hombre que la perseguía. Y el resto de su vida llevó una vida santa.
El Papa Juan Pablo II la declaró Beata en 1988.

Les comparto la bella y real imagen lograda por Efraín Franco y que puede contemplarse y venerar en la Basílica María Auxiliadora de Lima, distrito de Breña.

 

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La devoción a San José en Aguchita, Hermana del Buen Pastor, nueva beata del Perú

La devoción a San José en Aguchita, Hermana del Buen Pastor, nueva beata del Perú

 

Si Aguchita viviese entre nosotros cómo habría gozado con el Año de San José en que el papa Francisco ha querido actualizar su figura con motivo del 150 aniversario de la proclamación de como "Patrono de la Iglesia universal". Su carta  Patris corde, sus nuevas letanías, han suscitado un renovado fervor. En particular le habría encantado la consideración de José como obrero, de quien Jesús "aprendió el valor, la dignidad y la alegría que significa comer el pan como fruto del propio trabajo", la carta lo presenta como modelo de quien trabaja para desarrollar las propias potencialidades y así "acelerar el advenimiento del Reino", que trae dignidad a las familias.   "La obra de san José -sigue diciendo el Papa- nos recuerda que el mismo Dios hecho hombre no desdeñó el trabajo. La pérdida de trabajo que afecta a tantos hermanos y hermanas, y que ha aumentado en los últimos tiempos debido a la pandemia de Covid-19, debe ser un llamado a revisar nuestras prioridades. Imploremos a san José obrero para que encontremos caminos que nos lleven a decir: ¡Ningún joven, ninguna persona, ninguna familia sin trabajo!"

 

Agradezco al P. Alfonso Tapia que me comparte deliciosos aspectos de la devoción de Aguchita por San José. Por ejemplo, la lavandería estaba bajo el patrocinio de "San José" y a él acudía permanentemente "cuando no pagaban a tiempo y había que pagar al personal, cuando algo se malograba y no se podía avanzar, se extraviaba cualquier cosa y se vencía el plazo para entregar…". El 19 de marzo, fiesta de san José, no se trabajaba. Aguchita se las ingeniaba y conseguía para hacer una buena comida preparada por ella misma con el ingrediente secreto de todas las madres del mundo: el cariño. Vivía la fiesta con ilusión desde días antes, con un retiro para todos. No solo eran sus trabajadores, sino sus ovejas a quienes tenía que guiar, alimentar y llevar al Buen Pastor. El mismo día 19, después de la Misa solemne en honor del Santo, nadie la quitaba el privilegio de servir a todos el almuerzo. Era una verdadera mamá disfrutando al ver a todos sus hijos e hijas sentados a la mesa, juntos.

Después de la lavandería pasó a la cocina, uno de sus fuertes y delicado encargo, teniendo en cuenta que no siempre alcanzaban los recursos para tantas bocas (casi 200). Aquí, de la mano de su querido y fiel San José, harán maravillas. Seguirá siendo igual de ordenada, limpia y responsable; pero, sobre todo, igual de buena, igual de madre.

Por el famoso, caótico y peligroso, mercado mayorista limeño de La Parada, en la Victoria, al que iba a por la compra, todo el mundo la saludaba, la llamaba, le pedía oraciones, le contaba sus penas o problemas familiares, económicos, de salud, que la venta estaba baja, el precio por el piso…, otros le daban gracias por sus oraciones. A todos escuchaba con paciencia y cariño, a todos invitaba a seguir orando, a ésta una palabrita de aliento, a aquella una rezadita, a la otra una sonrisita, a la del puesto de enfrente le escucha los problemas de su casa y le da, con cariño y discreción, un consejito. A cada una le dedicaba el tiempo necesario, una palmadita en el hombro o un abrazo. No importaba si eran católicos, protestantes, o no eran nada. También le gustaba repartir estampas, especialmente de san José.

Las personas, sencillas de corazón como ella, se sienten escuchadas, valoradas, queridas y en ningún momento juzgadas. Naturalmente surge en ellas el agradecimiento y la forma de hacerlo, además de con las palabras y la sonrisa, es con sus productos; así que muchos días Aguchita que salía de casa escasa de plata, pero sobrada de confianza en su proveedor principal, San José, llegaba con la misma plata y con más víveres de los que necesitaba.

Pero eso, tampoco era un problema, llamaba a algunas de las señoras de los clubes de madres que estaban pasando malos momentos y "lo que por una mano entra, por otra sale": Aparecían las señoras de un sitio y de otro, se armaba una algarabía, porque Aguchita era feliz repartiendo y las señoras recibiendo. "Hay más gozo en dar que en recibir". Alguna hermana la decía: "pero Aguchita ¿qué has hecho?" Y, Aguchita feliz, le echaba la "culpa" a san José. A veces eran camiones enteros, de choclo una vez, de zapallos otra.

Tenía que preparar los alimentos para todas las personas de la casa: las niñas internas, Hermanas Contemplativas, padre Capellán y también para gente muy pobre que venía a recoger los alimentos por la puerta del Jirón Conchucos. Nuevamente, Aguchita se mostrará aquí desenvuelta, sacrificada, chambera, responsable, ordenada, generosa, educadora, servicial y encantadora. Como siempre, hará trabajar duro a San José.

También comparten varias hermanas que a veces faltaba la manteca u otro ingrediente para hacer el pan y todas se preocupaban. Aguchita las tranquilizaba invitando a confiar en san José. Tarde o temprano llegaba alguien con un encargo y traía lo que faltaba.

Será San José quien le regale una cocina en el hogar "Reina de la Paz" como varias de las hermanas corroboraron. Si la fe mueve montañas, ¡cómo no va a mover cocinas!

En la cocina ayudaban las hermanas menores, las que estaban en formación. También para ellas fue madre y educadora, desde enseñarles a cocinar hasta trabajar con diligencia, pasando por el orden, el cariño y el cuidado en la preparación de los alimentos, el engreimiento con el que tratar a las hermanas enfermas, su generosidad sin límites y su confianza en San José. No es casualidad que en el Año de San José se haya aprobado su martirio y por lo tanto su beatificación.

Todos conocían  que cargaba siempre una imagen de san José y que repartía con frecuencia estampas de él, que a todos invitaba a acudir a él coincidiendo con Santa Teresa de Jesús en que "no me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer".

En el centro de la "Memoria de Aguchita", en la Casa de las Hermanas del Buen Pastor pudimos encontrar esta tierna imagen de san José aclamado por los ángeles y que acompañó siempre a nuestra Hermana. Que su tierna y filial devoción por el Santo, declarado también patrono del Perú en 1828, nos contagie y sirva para vivir su ejemplo de custodio (de la casa común, de la familia, de nuestra Iglesia y del Perú). 

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martes, 12 de octubre de 2021

Don Joaquín Alonso, Fundador de las Misioneras de la Providencia.

Joaquín Alonso Hernández

Biografía

Alonso Hernández, Joaquín. Salamanca, 9.II.1905 – 12.X.1966. Fundador de la Congregación Misioneras de la Providencia.

De una familia profundamente cristiana, ocupa el tercer lugar de siete hermanos. Es bautizado el 16 del mismo mes en la parroquia de San Sebastián. Crece en un ambiente sencillo, alegre y familiar. El dolor irrumpe en su camino de una forma inesperada: muere su padre en 1912 y queda su madre viuda con siete hijos. En el año 1914 lleva internos al Colegio Virgen de la Vega que la Fundación Rodríguez Fabrés tiene en Salamanca para niños huérfanos, a dos de sus hijos Manolo y Joaquín. Allí recibe una esmerada formación religiosa y humana. Es un niño dócil, alegre, responsable y generoso, que toma en serio los estudios y su formación.

En 1916 comunica a sus superiores y a su madre su vocación sacerdotal y aceptada por ambos comienza sus estudios en el Seminario Menor. Inicia sus estudios de seminarista con la firmeza e ilusión que le caracterizan.

Los resultados son brillantes, pues se emplea a fondo en todo lo que hace. Tiene aptitudes para la música y forma parte de la Schola del Seminario.

Durante su estancia en el Seminario Mayor sigue clara la meta que se ha marcado: "Ser sacerdote de Cristo" en plenitud, dándole al Señor y a los demás lo mejor de sí mismo. En abril de 1927 recibe las órdenes menores; en Navidad el subdiaconado y a principios de 1928 el diaconado.

El 17 de junio de 1928 es ordenado sacerdote y celebra su primera misa el día 4 de julio en la iglesia de su Colegio Virgen de la Vega. La frase que elige para el recordatorio de su ordenación sacerdotal, tomada de santa Teresita del Niño Jesús es: "Trabajemos juntos en la salvación de las almas; no tenemos sino el único día de nuestra vida para salvarlas".

Al tiempo que amplía sus estudios, realiza labores pastorales: confesor de niñas y jóvenes en el Colegio de las Adoratrices, director espiritual de almas que acuden a él, dirección de grupos de Ejercicios Espirituales [...] Todo en su ciudad natal. 

El 27 de agosto de 1930 es nombrado capellán de las RR. Franciscanas del Zarzoso. Su permanencia en este lugar fue breve, edificante y silenciosa. En 1931 consigue la licenciatura en Sagrada Teología y el doctorado en Derecho Canónico.

El 30 de diciembre de ese mismo año es coadjutor de la parroquia de San Pablo en Salamanca, donde permanecerá entregado a un intenso apostolado, sobre todo con niños y jóvenes. El 15 de julio de 1932 es destinado a la parroquia de la Purísima, en la que continúa su vida apostólica de entrega a los demás. Desde las siete de la mañana, largas horas de confesionario, de orientación y guía espiritual, horas en las que irá formando a las almas, adentrándolas en la vida espiritual y la unión con Dios. El 4 de febrero de 1935 es nombrado consiliario de la Federación de Estudiantes Católicos en sus dos ramas masculina y femenina.

Más tarde se hace cargo sólo de la femenina, situada la sede de este movimiento en la calle Meléndez. 

Reúne semanalmente a cada grupo y proyecta con ellos diferentes actividades apostólicas: Grupos de oración, catequesis en los barrios, atención y visitas a los enfermos, apoyo de estudios a los más necesitados intelectualmente, etc. 

El 7 de noviembre de 1938 comienza la nueva misión, en ese momento difícil por la guerra civil, de capellán de la Prisión Provincial. Logra la recuperación de muchos presos a una vida social y cristiana. Les atiende religiosa, moral y humanamente. 

El 1 de mayo de 1941 tiene una nueva tarea, la de profesor de Religión en la Escuela Normal de Magisterio. Su tarea se realiza con hondura de doctrina y exigencia en el trabajo. En este mismo año comienza a trabajar en una nueva labor, asesor religioso de la Unión Deportiva Salamanca, por la que intenta acercar a los futbolistas a Dios a través del deporte.

En octubre de 1949 comienza su obra cumbre sin apenas medios materiales: la Congregación Misioneras de la Providencia, con un carisma propio, confianza ilimitada en la Providencia Divina; un ideal, vivir de Dios para darse a los demás; y un estilo propio, llamativo sobre todo en aquellos tiempos: el "sobre anónimo" que permite la igualdad en la educación de todas las clases sociales. 

Para ir comenzando una labor abren el primer Colegio de la Fundación. Está situado en el barrio del Arrabal del Puente (Salamanca) y recibe el nombre de la Encarnación. En julio de 1950 da un nuevo paso en su proyecto y convoca a las jóvenes colaboradoras a comenzar la vida en común en una casa situada en la calle Isidro Segovia. Sin dejar para nada sus apostolados, intensifica su dedicación a la Fundación para ponerle unos cimientos firmes que presenta al obispo de Salamanca para su aprobación.

La Congregación recibe la aprobación del obispo de Salamanca, el 2 de febrero de 1953, como Pía Unión.

Son tres las comunidades en Salamanca: la situada en la calle de Azafranal o de José Antonio, otra en plaza Episcopal, al lado del Obispado, y la comunidad del Colegio de la Encarnación, en el arrabal del Puente, dos de ellas llevan sendos colegios.

Animado por esto, Joaquín piensa, con la superiora general de la Congregación, Purificación Segurado Seisdedos, en la necesidad de extender esta obra a diferentes lugares. Para ello, prepara la primera casa fuera de Salamanca. Será en Calzada de Calatrava (Ciudad Real), en 1956. Posteriormente proyectan y lleva a cabo nuevas fundaciones en Talavera de la Reina (Toledo), y en Ávila. Piensan en la necesidad de una Casa de Formación o Noviciado donde las futuras misioneras se preparen para su vida de entrega y apostolado y comienzan a buscar lugares y terrenos apropiados para su construcción; será en Almenara de Tormes (Salamanca).

El 12 de octubre de 1966, cuando volvía con un grupo de misioneras de visitar las obras de dicha casa, sufre un accidente de automóvil. Trasladado inmediatamente al Hospital de la Santísima Trinidad de Salamanca, pocas horas más tarde muere recomendando a sus misioneras "que seáis muy buenas, que seáis muy fieles". Es enterrado en el cementerio de San Carlos (Salamanca) al día siguiente 13, a las cinco de la tarde. Actualmente sus restos mortales descansan, desde 1982, en la capilla del colegio que las Misioneras tienen en Salamanca, donde él celebraba diariamente la Eucaristía.

Fue hombre de oración, de silencio, de interioridad, gran amante de María. Su entrega sacerdotal era ejemplar e impregnó toda su vida, en vivencias interiores, en permanente consejo, en entrega a los demás, sin cortapisas en el tiempo; desprovisto del más mínimo interés personal por lo material. Sobresale en la vida de caridad, en la donación de todo su tiempo y persona a los que necesitaban de él. Dejó una gran huella en todas las personas que lo trataron. La mayoría quedó impresionada por su personalidad y cualidades humanas y espirituales, así como por su actuación sacerdotal.

El 15 de octubre de 1983 recibe la Congregación el Nihil Obstat para ser erigida Congregación de Derecho Diocesano.

 

Obras de ~: Constituciones de la Congregación, Archivo Congregación; Las Virtudes de las Misioneras de la Providencia, Archivo Congregación; Advertencias y Consejos, Archivo Congregación.

 

Bibl.: Misioneras de la Providencia, Joaquín Alonso Hernández. Sacerdote, apóstol, fundador, Villares de la Reina (Salamanca), Misioneras de la Providencia-Imprenta Arco Iris, 2004; Testimonio-comunicación Hna. Soledad, Misionera de la Providencia.

 

José Martín Brocos Fernández

https://www.misionerasdelaprovidencia.org/el-logotipo-del-capitulo-y-su-signi

 

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