jueves, 30 de julio de 2020

PERFIL DEL OBISPO EN TIEMPOS DE LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ EL DECÁLOGO PROPUESTO POR EL ARZOBISPO DE LIMA MONSEÑOR BARTOLOMÉ DE LAS HERAS AL PAPA PÍO VII, 3-XII-1822


[1. Conocimiento de la realidad nacional y diplomático]

 

"Era preciso estar dotado de unos conocimientos extensos y profundos en la política diplomática, de una penetración viva y perspicaz y de un talento y acertada previsión del estado a que será reducido el reino del Perú, de resultas de la vicisitudes que padece, para poder con acierto señalar el modo y medios de restablecer los abusos y desórdenes introducidos en la religión católica y su Iglesia, según las variaciones que en el día se advierten en aquel país; no hay en él un sistema de gobierno fijo y estable; tan pronto lo dominan los jefes de la independencia, como vuelen las armas españolas a recobrare su posición; cada partido que lo obtiene, muda el orden de su dirección, expidiendo distintos autos y decretos, en que se trastorna el medio de los negocios seculares y eclesiásticos; el íntimo enlace que tiene la autoridad eclesiástica con la secular, exige la mutua cooperación y auxilio que deben prestarse la una a otra…De aquí se infiere que, si el citado reino queda en poder de la España, es necesario elegir arbitrios y recursos diferentes a los que deben tomarse si queda en la independencia, para reponer los excesos y males indicados […]

Apuntaré, sin embargo, un arbitrio y modo que me parece capaz de que, a cualquiera de los dos partidos a que la América del Sur quede sujeta, pueda irse poco a poco extinguiendo los abusos y desórdenes, y recobrando su pureza y sus derechos la religión, la moral evangélica y la disciplina de la Iglesia. Consiste, pues, este recurso en poner un sumo cuidado y vigilancia en la elección de los obispos que se han de destinar para aquellos territorios: si éstos son buenos y se hallan revestidos de las prendas convenientes para practicar la reforma que se desea, seguramente que ellos sólo son los que podrán verificarla y desahogar la cuidadosa espiritual solicitud sobre aquellas diócesis.

 

[2. Buen teólogo y canonista]

Son muchas las calidades y requisitos que deben concurrir en la persona de un obispo que en las presentes circunstancias ha de ir a gobernar en aquel país:

- en primer lugar, es preciso que esté bastante instruido en la teología dogmática-moral y en los cánones sagrados, a fin de que conozca y advierta los extravíos en la creencia, en las costumbres y en la disciplina de la Iglesia;

 

[3. Sólida virtud]

- con esta ciencia debe juntar una sólida virtud para que le impela a extinguir todo desorden, según la obligación que le impone su elevado ministerio;

 

[4. Firmeza de carácter]

- es necesario que agregue a la virtud y a la ciencia una gran firmeza en el espíritu: de nada servirá que conozca los excesos y su deber indispensable de evitarlos, si no tiene resolución para ejecutarlo, especialmente cuando se le opongan poderosas promesas o amenazas de sujetos que no gustan que les turben sus abusos; esto es muy frecuente en aquel país, por lo que necesitan los prelados estar revestidos de un firme celo, si han de superar estos obstáculos.

 

[5. Prudencia]

-La prudencia es una calidad muy precisa, pues un obispo que va de la península acostumbrado a ver en ella decoro y orden en las iglesias, circunspección y compostura en los eclesiásticos y exterior moderación en los seculares; y de pronto advierte en su diócesis de América un total trastorno en todo esto, como si el vicio hubiese perdido toda su afrenta, sobresaltado su espíritu, quiere inmediatamente abolir estos excesos y se vale de las providencias más severas fija edictos riguroso, prende clérigos y se dirige contra toda clase de personas, aún mas más condecoradas, pretendiendo ejecutar en un momento una completa reforma; en este modo de proceder no consideran que la virtud tiene sus grados y que es preciso irlos subiendo hasta llegar a ser perfecto, pues no es posible pasar en un instante de vicioso y criminal a la santidad perfecta; por esto muchos sabios y virtuoso europeos que han ido allí de prelados, han probado mal y se han concitado la general animadversión, verificándose el axioma de que pastor aborrecido, ganado perdido

 

[6. Complexión robusta]

-Además de las partidas insinuadas, de que ha de estar adornado un obispo del Perú, debe ser también de una complexión robusta y de edad no muy avanzada, a fin de que pueda formalizar la visita de todo su territorio, diligencia conveniente al provecho espiritual de los feligreses; como son tan dilatadas las diócesis y los caminos tan fragosos, si no tienen el vigor y fuerza que es precisa, no es fácil vencer estas dificultades.

 

[7. Discreción en el trato]

-El trato frecuente y familiar con los individuos del país, aunque sean muy distinguidos, es sumamente perjudicial, ya porque despierta una especie de celos en los demás, ya porque le mezclan en los asuntos favorables o adversos de la persona su amiga, ya porque se pierde el tiempo que se necesita aprovechar, ya porque en la comunicación frecuente se descubren ciertas imperfecciones y flaquezas, de aquí adolecemos todos y de ello se siguen gravísimos inconvenientes.

 

[8. Afabilidad y dulzura]

- Sin embargo, en aquella comunicación que sea precisa ha de manejarse con afabilidad y dulzura, mostrándoles a todos buenos semblantes y procurando reprimir los ímpetus de la ira o del enojo, aun cuando tenga un motivo justo; pues aquellas gentes son de un genio tímido y apocado y se exasperan demasiado cuando se les trata con aspereza.

 

[9. No dejarse sobornar con regalos y halagos]

 

- Últimamente, ha de evitar un obispo de la América el recibir obsequios ni regalos, ni aun los que allí se practican con título de sainecitos: en el instante que les conozcan inclinación a estas cosas, ya les parece que han conseguido un gran triunfo. Luego que llega un prelado a aquel país, y lo mismo cualquiera jefe secular, se ponen todos en expectación a fin de averiguar cuál es la pasión que le domina, como las más frecuentes son el placer sensual o la codicia, así que la descubren, ellos mismos le proporcionan los medios de fomentarla, lisonjeándose de que ya lo tienen sujeto para que no pueda ofenderles y en entera libertad de hacer cada uno lo que guste; por otra parte, tiene tanta jactancia y vanagloria que si se les admite un sainecitos, que se compone de dulces o de frutas, suponen recibe obsequios de la mayor entidad:

 

[10. Generoso con los pobres]

- es preciso, pues, que si el prelado ha de conservar su buena reputación y hay de ejercer con libertad y fruto su ministerio, que no sólo se abstenga de admitir la menor dádiva, sino que antes bien sea franco y generoso con toda clase de personas, principalmente con los pobres; pues, si da limosna con abundancia y socorre las indigencias del afligido, no sólo llenará los deberes en la distribución de su rentas a los ojos de Dios, sino también a los de los hombres, sus feligreses le amarán de corazón y le obedecerán con gusto en cuanto mande.

Dejo expuesto con extensión y el arbitrio y medio que creo más eficaz para restablecer en el Perú la decadencia que han padecido las costumbres con la introducción del nuevo gobierno y opiniones del sofístico filosofismo, es decir, la acertada elección de los obispos. Si estos están dotados de las prerrogativas referidas, ciertamente volverán a hacer brillar el expelen de la sana doctrina, de la moral y de la disciplina de la Iglesia. Quedan igualmente evacuadas las respuestas a las preguntas que se han propuesto.

Madrid, 3 de diciembre de 1822

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martes, 28 de julio de 2020

ALTAR MAYOR DE LA CATEDRAL DE LIMA, OBRA DE MATÍAS MAESTRO

 

El Altar Mayor de la Catedral preside con belleza y majestad la fastuosa edificación de la basílica mayor y central de la arquidiócesis de Lima. Su canónigo y cronista José Manuel Bermúdez nos lo describe con todo lujo de detalles al recordar al arzobispo promotor de la obra Monseñor Juan Domingo González de la Reguera. Su autor fue el célebre presbítero, culto y solidario, Matías Maestro.

 

Allí brillan á porfía el gusto más fino y delicado, la mejor distribución de sus partes, la riqueza, el artificio, los más exquisitos adornos que hacen mirar con razón esta obra como que excede a las demás de esta santa iglesia. Tiene todas las proporciones y bellezas, que pueden apetecer los ministros del santuario. Sus dos frentes se presentan con tal novedad a la vista que por todos los lados descubren un perfil que les da la más hermosa variedad. Todo tan ajustado a los límites del sitio y objetos que contiene que mueve a creer, que en su ejecución no se halló embarazo el ingenio; sino que todo vino adecuado a la idea. Mostrándose allí con tanta profusión la magnificencia, aun parece quedar excedida del artificio singular que se admira. Sin que en este caso se tenga por exageración poética, sin por realidad el "materiam superat opus" de Ovidio.

El frente principal está forrado en plata, sus capiteles y molduras taladas y sus adornos dorados. Su planta se formó de un círculo de quatro y media varas, unido a dos triángulos por los costados que extienden su ancho hasta ocho y media varas con la altura de diez y siete. Un zócalo de vara y cuarta recibe la obra y sigue recto hasta las pilastras del presbiterio, dejando dos escalas, a cuyos lados están dos hermosos ángeles con faroles de plata alumbrando el Sacramento. Por su espalda cierra una graciosa baranda, cuyo medio vuela sobre repisa para dejar una mesa de altar. La que mira al frente principal es de dos bellos jaspes cuyas gracias hacen resaltar su base, cornisa, y costados guarnecidos de plata, con un escudo y festones de lo mismo de un estilo serio y magnífico que se hermanan agradablemente para avivar su fondo y aumentar su hermosura.

En este zócalo descansan los pedestales con preciosos relieves, dejando dos puertas a los lados para el manejo de las del sagrario y en su altura se manifiestan tres grandiosas urnas forradas por de fuera exquisitamente del propio metal, y exornadas por de dentro con otros preciosos jaspes. En la del medio se ha depositado una cruz inestimable de oro y Vedreña, presea que fue del Señor Doctor Don Joseph Antonio Cevallos uno de los prelados de esta santa iglesia, en que se deberá colocar el sagrado fragmento del madero de nuestra redención: dádiva apreciabilísima de la santidad de Urbano VIII, que hace nuestro mayor tesoro. Las otras dos urnas de los lados son destinadas a contener las insignes reliquias del santo arzobispo Don Toribio Alfonso Mogrovejo y de Santa Rosa de Lima.

Sobre este fundamento se eleva el tabernáculo sostenido en doce columnas de quatro varas: las seis delanteras forradas de plata de orden compuesto, que forman en el centro un círculo con quatro arcos recibidos de ocho columnas menores, donde se ve el sagrario de plata, en que está la custodia de vara y media. Al pie de este sagrario se gravaron con letras de oro las siguientes palabras del Salvador: Ecce ego vobiscum sum. Y a la verdad que aun cuando así no nos lo enseñase la fe del misterio eucarístico, nos lo haría creer la imagen de Jesucristo maravillosamente bordada en el viso que cubre el Sacramento y los portentos del pincel que nos representan por el frente y la testera, ya al mismo Salvador apareciéndose resucitado a sus apóstoles, o ya conversando con ellos en Meaux. En los dos triángulos laterales se ven las efigies del titular de la iglesia San Juan Evangelista y de Santa Rosa patrona de las Américas y Lima.

Encima de la cornisa del primer cuerpo, rodeada de una baranda e greca se elevan ocho columnas que pisan sobre las pilastras del sagrario y reciben con otra baranda tambien de greca a la altura del pedestal: sirviendo de remate una copa calada con asiento sobre que descansan dos ángeles con una corona. De modo que este cuerpo labrado por dentro y fuera sirve de trono a la hermosa imagen de Nuestra Señora enviada por el emperador Carlos V, y a su espalda el apóstol Santiago. A los lados de este segundo cuerpo y sobre las columnas que sostienen los triángulos cóncavos se levantan dos pedestales redondos con dos jarrones en forma de hachero, que cada uno arroja doce luces y de su cuello cuelgan tres festones o cintas en tulipanes que reciben en triángulo tres ángeles parados sobre las columnas y jarrones sobre las otras.

 

(José Manuel Bermúdez Fama póstuma del Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Doctor Don Juan Domingo González de la Reguera., Lima 1805, LXXXVI-XCI).

(Foto de Tomás Sobek)

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viernes, 24 de julio de 2020

Monseñor Pedro Gutiérrez de Cos(1750-1833), el piurano obispo de Ayacucho en tiempos de la Independencia, luegoobispo de Puerto Rico

Monseñor Pedro Gutiérrez de Cos (1750-1833), el piurano obispo de Ayacucho en tiempos de la Independencia, luego obispo de Puerto Rico

 Nació en la ciudad de Piura, al norte del Perú, el año 1750, de padre español, Tomás Gutiérrez de Cos y Terán, y madre limeña. Los dos hijos varones, Francisco y Pedro, llegaron a ser sacerdotes. Francisco fue cura de la doctrina de Santo Tomás en la provincia de Chachapoyas. Pedro inició los estudios de filosofía y teología en el seminario de Trujillo donde fue primero pasante en Artes, ocupando luego la cátedra de Latinidad y llegando a ser vicerrector. Obtuvo el grado de Doctor en Cánones en la Universidad de San Marcos y fue abogado de la Audiencia de Lima.

Se ordenó sacerdote en 1784 y sirvió en dos doctrinas del obispado de Lima hasta el año 1798. Fue comisario del tribunal de la Inquisición y vicario juez eclesiástico de ese arzobispado. Desde 1798 participa como canónigo en la catedral de Lima. A finales de 1810, el cabildo de Piura, lo propuso como candidato para representarlo en las Cortes de Cádiz.

El año 1814 obtuvo el puesto de chantre, y por último en 1817, tras el fallecimiento de José de Silva y Olave, fue nombrado obispo de Huamanga. Sus primeros escritos como obispo tuvieron como temática las providencias tomadas para evitar que circulasen papeles subversivos en su jurisdicción. Durante dos años, de 1818 a 1820, administró el obispado sin contratiempo, no obstante, las noticias alarmantes del triunfo de los insurgentes de Buenos Aires cerca de las costas peruanas. Sin embargo, las tropas patriotas del comandante José Álvarez de Arenales penetraron en la sierra central el año 1820, acelerando la escisión política. Gutiérrez fue testigo de excepción de todo este momento de tránsito.

El prelado no se hallaba en la capital cuando el ejército de Arenales se encaminaba a su diócesis, ya que estaba realizando la visita a su obispado. Al tener noticias de que Arenales había destacado un piquete de treinta hombres para prenderle y obligarle a reconocer y jurar la independencia, se dio a la fuga, dirigiéndose a Lima «por caminos extraviados entre nieves y desfiladeros». Cuando, poco después Arenales fue derrotado y desalojado de Huamanga, Gutiérrez de Cos intentó regresar al obispado, mas fue imposible porque los caminos estaban inundados de soldados enemigos, «conocidos con el nombre de montoneras», y de salteadores y asesinos. Ante esta situación, permaneció refugiado tras las murallas de Lima. Mientras, el obispado de Huamanga estaba acéfalo. La misma situación se repetía en Cusco. Los dos lugares tenían gran importancia en este contexto por ser el centro de la resistencia española hasta el final de la guerra. Los obispos se hallaban lejos de su feligresía en momentos en que el poder real se tambaleaba y más necesaria se hacía su prédica entre los fieles. El brigadier español Ricafort y el virrey Pezuela solicitaron el pronto retorno de ambos prelados. La situación no podía ser más desalentadora. A inicios de julio de 1821, el virrey La Serna dio a conocer su decisión de abandonar la capital para dirigirse a la sierra a recomponer el ejército y marchó el 6 de julio. La Serna huía así de una ciudad cercada en los caminos, bloqueada por mar, empobrecida y extenuada, de la que poco más se podía esperar para defender la causa real. A partir del 7 de julio, como es sabido, Lima fue un caos. En ese momento se produjeron las mayores adhesiones al bando patriota: «abandonados» por el virrey, los vecinos limeños vieron a San Martín como su salvador frente a la revolución social que se vivió en las calles de la capital durante aquellas cuarenta y ocho horas. Una junta de vecinos ilustres se dirigió al cuartel general del libertador a solicitarle su pronta entrada en Lima y la pacificación. San Martín aceptó y el 12 de julio, luego de haber restituido el orden, ingresó triunfalmente en la Ciudad de los Reyes.

Cuando el virrey salió de Lima, se enteró casi al mismo tiempo que se anunciaba el hecho, y también intentó huir, pero no lo pudo hacer «porque no había mulas ni cabalgaduras a causa de haberlas tomado ambos ejércitos». Sin embargo, no se unió a las filas patriotas como otros miembros de la elite limeña. La capital se tornó insegura para aquellos que no profesaban estar del lado de la «patria» o del protectorado inaugurado por San Martín. Aun así, asumió el riesgo que suponía no firmar el acta de independencia, ni participar de ninguno de los actos de la proclamación y jura de ésta ni del Estatuto Provisional: «Yo no asistí a estos actos, ni a ninguna función de celebridad; vivía retirado.» Gutiérrez de Cos se enteró de que el libertador «se había resentido» por su decisión de permanecer al margen del nuevo gobierno. Ello motivó un primer intercambio de pareceres, en el que el obispo le reafirmó al propio San Martín su monarquismo, bajo el eufemismo de que correría la suerte de su diócesis, que en ese momento aún estaba bajo el dominio español. Sus palabras son elocuentes: «...le expuse [a San Martín] que mi diócesis de Guamanga permanecía sujeta a la dominación española y que yo no podía prescindir de la suerte de ella, que en el territorio en que me hallaba le obedecería en lo temporal, sin atentar contra su persona y providencias. Al parecer quedó convencido con mi exposición». Gutiérrez estaba reconociendo que iba a respetar y acatar las disposiciones del nuevo gobierno en Lima, quizá por ello San Martín lo dejó en paz durante un tiempo; pero en el fondo, en su alegato el obispo mantenía su adhesión a los realistas, quienes tenían en Huamanga uno de sus principales centros de operaciones. Se podría inferir que Pedro Gutiérrez abrigaba la esperanza de que el orden nuevo fuera efímero. Pero tal y como se sucedieron los hechos en la capital, esta contraposición de lealtades se tornó inadmisible para el gobierno protectoral.

San Martín insistió a Gutiérrez de Cos que jurase la independencia del Perú, «y que al mismo tiempo dirigiese a Guamanga una Pastoral para que allí se hiciese lo mismo... De manera que no pudiendo San Martín ocupar a Guamanga por la fuerza, intentaba revolucionarla por medio de mi Pastoral... neguéme con firmeza.» Esta vez San Martín no fue condescendiente y determinó que el obispo fuese expatriado. Por intermedio del ministro tucumano Bernardo de Monteagudo, el decreto de expulsión del Perú se le dio a conocer el 9 de noviembre de 1821. Gutiérrez de Cos solicitó al gobierno le permitiesen disponer de un mes para poder retirarse del Perú; San Martín no aceptó, reafirmando que el plazo era de ocho días. A pesar de esta orden imperiosa, el obispo retrasó su salida hasta inicios de diciembre de 1821 porque, durante esas semanas, no encontró ningún navío que lo pudiese llevar a otro destino. El último oficio intimidatorio fue redactado el 3 de diciembre, en el que Monteagudo sentenció haberse excedido el plazo para salir del Perú, urgiéndole lo realizase a fin de evitar se tomase otra providencia. Se le dio pasaporte para la península. Gutiérrez se dirigió entonces al puerto del Callao; se presentó la fragata inglesa Harleston, procedente de Calcuta, con cuyo capitán consiguió negociar para que le dejase en Panamá. La persecución contra los anti-patriotas era grande. Temiendo que la «otra providencia» del libertador fuese la prisión en los castillos del Real Felipe mientras esperaba partiese la fragata, como se había hecho con el obispo de Trujillo, Carrión y Marfil, se embarcó en el navío el 4 de diciembre, dos días antes de que zarpase del Callao.

Antes de partir, nombró al deán Tomás López de Ubillús, también piurano, como gobernador eclesiástico del obispado de Huamanga. López de Ubillús, posiblemente pariente lejano suyo, también monárquico. El propio virrey La Serna presentó a Tomás ante la metrópoli como uno de sus más importantes colaboradores en la preservación del Perú para la causa real.

Su salida fue aprovechada por el gobierno realista que se estableció a partir de julio de 1821 en el Cusco, bajo la dirección del virrey La Serna, para convencer a la población de las contradicciones de quienes supuestamente representaban «la libertad». En el viaje llega a México, siendo nombrado como autoridad eclesiástica al lado del reciente proclamado emperador Iturbide. La actitud del clero hacia Iturbide podía deberse al recelo que le inspiraba la insurgencia, y al deseo de alejar de ella a los americanos si la jerarquía eclesiástica tomaba la iniciativa. Esa fue la situación que Gutiérrez de Cos encontró en México, y, por lo que se advierte, no le fue difícil adaptarse a ella. No obstante, las muestras de complacencia y respeto en México, Gutiérrez vivía económicamente limitado. Como su salida de Huamanga fue intempestiva y los caminos de Lima estaban cortados, nunca pudo recibir socorros de su obispado; en la capital vivió «de prestado», y cuando salió del Perú tuvo el apoyo económico de amistades que le proporcionaron pequeñas cantidades de dinero con las que se mantenía. Intentará desde el año 1822, de viajar a La Habana, «o a otro puerto de la dominación española».

 Su incertidumbre era grande, además, porque para el año 1822 la guerra por la independencia en el Perú se hallaba en uno de sus momentos más delicados: la opción realista se tornaba nuevamente asequible y el gobierno protectoral estaba demostrando bastante ineficacia política. Cabía, por tanto, la posibilidad de que las provincias del Perú volviesen al dominio español, con el consiguiente retorno de las autoridades civiles y eclesiásticas. De ahí que tampoco se decidiera a alejarse más del Perú, por si tuviese que volver a Huamanga. Por ello afirmaba: «me hallo en la mayor confusión, porque si las Provincias de Trujillo y Lima ocupadas por el enemigo vuelven a la dominación española, como lo espero, me veré en la obligación de regresar al Obispado, y mientras más me aleje, me será más difícil y penoso el viaje...». Solicitó que la metrópoli le franquease el pasaje a la península con cargo de reintegro, para así encontrarse en lugar seguro desde el cual partir hacia Perú, hecho que, como vemos, por las circunstancias, lo consideraba más que probable. Pero Gutiérrez no viajó nunca a España. Parece ser que la caída de Iturbide y el triunfo de la primera república liberal en México aceleraron la salida del país de nuestro obispo, al que vemos residiendo en La Habana como emigrado en 1825.

En esta isla se desempeñó como gobernador eclesiástico. Luego de cuatro años de solicitudes y desconcierto, Fernando VII lo nombró obispo de Puerto Rico el 9 de junio de 1825. La corona quiso premiar su lealtad durante la revolución de la independencia otorgándole una condecoración especial: un mes antes de desembarcar en Puerto Rico, el 9 de junio de 1826, se le concedió la Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel la Católica. Mientras tanto, el gobierno peruano desde 1822 le había levantado el decreto de exilio. En la sesión del Congreso del 25 de septiembre de 1822, el diputado José Faustino Sánchez Carrión afirmaba que había que facilitar el retorno de Gutiérrez de Cos: «...que se halla en México y está pronto a jurar la independencia». Consecuencia de esa solicitud, al mes siguiente la Junta Gubernativa determinó que Gutiérrez podía regresar al Perú, encargándose el gobierno de brindarle todos los auxilios que necesitase para tal efecto.

Cuando salió del Perú, Gutiérrez contaba con 71 años de edad. De emigrado se convirtió en obispo de una de las provincias de ultramar que aún se mantenían ligadas a la península. De su acción pastoral caben destacar sus prédicas siempre de tono fidelistas, la visita pastoral y la creación del Seminario Conciliar. Hacía muchos años que no se realizaba la prevista visita pastoral, por lo que la de 1829 constituyó un hecho relevante para la diócesis. Tuvo como objetivo fiscalizar la actuación del clero regular y secular en el desempeño de sus funciones (licencias para confesar, predicar y celebrar), estado material de los templos y la corrección de las costumbres. Un segundo objetivo se centró en evitar la proliferación de ideas subversivas. Finalmente, como era tradición en estas visitas, administró el sacramento de la confirmación en 55 pueblos y a 153.158 habitantes, «incluso los negros africanos y los criollos que hay en las haciendas de los respectivos distritos».

El 7 de abril de 1833 enfermó gravemente y fallece el 9, a los 82 años.

Como concluye su biógrafa Elizabeth Hernández, nuestro protagonista es un claro ejemplo de aquella privilegiada sociedad piurana y peruana que, hasta el último momento, hizo cuanto pudo por mantener su adhesión a una corona de la que tanto dependía. Su formación eclesiástica consolidaba los principios jurídico-políticos adquiridos, de tal manera que, cuando la amenaza de la revolución se hizo presente, fue vista esta como un extravío. La mayoría de obispos en Hispanoamérica rechazó la independencia porque la identificó como herejía o rebeldía frente a una autoridad política consagrada por la divinidad como evidenció en la homilía de 1826 y en el informe de 1829.

José Antonio Benito

Foto facilitada por el P. Martín Laurente del óleo de la sacristía de la Basílica Catedral de Huamanga

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