lunes, 30 de septiembre de 2019

LA MELCHORITA DE CHINCHA (1897-1951)

Melchorita Saravia Tasayco (1897-1951)

Melchora Saravia Tasayco, llamada "La Melchorita", nació el 6 de enero de 1897 en el pueblo de San Pedro de Grocio Prado, perteneciente a la provincia de Chincha, Ica. Sus padres fueron don Francisco de Sales Saravia Munayco y doña María Agripina Tasayco Rojas, fue bautizada el día 9 de enero de 1895 en la Parroquia de Santo Domingo de Chincha. Su familia fue muy humilde y estaba dedicada al tejido.

Desde los cuatro años mostró inclinación a ir a la escuela, pero su madre, no se lo permitía. Entonces ella agarraba todo libro que podía como queriendo aprender, pero en igual modo tenía que dejarlos porque no le enseñaban a leer. Desde pequeña aprendió a trabajar en la artesanía del tejido; elaboró canastas, petates, bolsos y esteras con caña, totora, junco y carrizo.

Más bien, en lo que aprovechó antes de ir a la escuela fue en aprender las oraciones y catecismo porque eso sí le enseñaron su padre y su madre. Y dado su gran deseo de aprender, pronto los supo de memoria y se aprovechaba de ellos para sus rezos. Debido a la pobreza que los aquejaba, Melchora desde su juventud tuvo que ocuparse en las ocupaciones del hogar, en el cuidado de sus hermanos menores, etc. A medida que iba creciendo en edad aprovechaba las oportunidades para reunir a los niños y jóvenes para hacerles rezar el rosario y enseñarles a dominar el catecismo. Todos los días domingos muy de madrugada acompañada de sus padres se dirigía a Chincha Alta para asistir a la misa de las 4 de la mañana.

El 15 de agosto de 1924 el presbítero, Miguel Gamarra del convento Franciscano de Ica admitió a la joven Melchora al noviciado de la Tercera Orden Franciscana en Grocio Prado. Posteriormente en las Actas de la hermandad aparece nombrada para el cargo de consejera o discreta vicaria del Culto el 31 de enero de 1946. Su vida campesina, sencilla, humilde, caritativa y sacrificada por Dios y por el prójimo la comprendía gráficamente sus vecinos así: "Era una niña muy buena. Su vida era: De su casa a la Iglesia de la Iglesia a su casa, a todos hacía el bien". Dios parece haberle complacido en sacar del anonimato a un alma sencilla, del pueblo, del campesinado criolla, de esa gente tan sufrida y tan frecuentemente despreciada y maltratada, para manifestar una vez más, que, ante Dios, lo que vale no son las riquezas, no los títulos de nobleza o alta alcurnia, sino la virtud y la sanidad. Con su amor a la Eucaristía fue desarrollándose en una gran amor a la riqueza de alma y cuerpo, una clara conciencia de sus deberes religiosos para cumplirlos estrictamente y un gran horror el pecado mortal. El centro de la vida de santidad de Melchora Saravia, fue su fe en el ministerio de la eucaristía, la presencia real de Jesucristo en la hostia consagrada y esa fe en el santo sacrificio de la misa la lleva a entregarse con toda su alma a la contemplación de eso misterios y a sacrificarse por amor a Jesús; de ahí su acendrado afecto a la Santa misa, su ardiente amor a la Sagrada comunión, su desvelo por la limpieza y ornato del templo, su respeto y veneración al sacerdote.

Tenía una especial devoción al divino Niño de Belén y cuando hubo oportunidad comenzó a armar en la parroquia el nacimiento del Niño Dios, arreglándolo muy bien. También en su casa armaba el nacimiento exteriorizando así su amor y devoción. Y es voz corriente en el pueblo que algunos años antes de su muerte brotaba de un pequeño huerto una hermosa flor que no se conocía en la región y que aparecía al regresar de la Misa de Noche Buena y que al morir ya no volvió a aparecer dicha flor.

Era también muy grande su devoción a la Virgen Santísima, en su honor rezaba todos los días el Santo Rosario. También dedicaba todo el mes de mayo a honrar a la Virgen y desde que ingresó a la Tercera Orden Franciscana tuvo una gran devoción a su Seráfico fundado San Franciscano, cuyo espíritu trató de hacerlo propio y cuyos ejemplos de virtud trató de imitar lo más perfectamente posible. A medida que era guiada por el Espíritu Santo; se le abría el corazón a la esperanza practicando esa virtud en grado eminente, practicó en el más excelso grado de caridad, que es el vínculo de la perfección. Buscó y trabajo con insistencia para que hubiera algún padre que fuera a Grocio Prado para celebrar Misa los Domingos y lo consiguió. Ella misma puso en práctica lo que aconsejaba a los demás, evitando los peligros de pecar, por eso huía de la ociosidad, madre de todos los vicios.

Muy espiritual, desde niña visitaba los templos de Chincha y San Pedro. Supo aunar en su vida oración y trabajo, al tiempo que se proyectó en una comprometida acción social y caritativa. Fue terciaria franciscana y se impuso como deber el visitar a los enfermos y socorrer a los pobres. A su humilde vivienda acudían cientos de personas en busca de consejo, ayuda física y vigor espiritual. Construyó en su casa una ermita como hiciese la pionera Rosa en Lima dentro de su casita de cañas. Todavía queda su tosco camastro en el que se recuestan los devotos en espera de algún favor y milagro.

Acerca de la virtud de la paciencia y aceptación del sufrimiento, refiere Marcela Rivera que visitándola antes de ir al nosocomio en su última enfermedad dio muestra de horror al ver su pecho que era una llaga viva y al darse cuenta del efecto que le causó le dijo "Que sería si vieses mi espalda" sin embargo no se lamentaba y se mostraba serena. El propio médico,  al observar que su mal era cáncer y que uno de los senos tenía necrosis quedó maravillado de que padeciera tanto sin quejarse, admirando su heroica fortaleza.

Ingresó al Hospital San José de Chincha el 1 de octubre de 1951 con diagnóstico de cáncer al seno y fue instalada en una sala de pago; dada a su condición humilde no tenía dinero para pagar la pensión por lo que la Superiora de las Religiosas del hospital movida de compasión dispuso que preparen un cuarto aislado y allí la colocó, desde que quedó instalada; el hospital se convirtió en el jubileo a donde comenzó a fluir toda clase de personas a visitarla quienes le dejaban limosnas, de suerte que al ver que se había acumulado una regular cantidad, se pensó que se podía hacer frente a los gastos necesarios para devolverla a la sección de pagantes, pero al proponerlo a Melchora ésta no quiso diciendo que allí estaba bien y quería morir como pobre. Poco antes de su fallecimiento, la superiora autorizó que la Comunidad de Religiosas asistieran al cuarto de la enferma y rezaran el Santo Rosario y se notaba por ciertos gestos que ella lo seguía. Al terminar de rezar, fallece a las 7 de la noche del día 4 de diciembre de 1951.

Al día siguiente se realizó el entierro, el cortejo fúnebre partió de Grocio y como no había cementerio hubo que llevarla a enterrar a Chincha. Sin que mediara propaganda especial, por la forma de santidad que se iba extendiendo comenzó a fluir gente de Grocio Prado, todos los días suelen acudir visitantes a la casita donde vivió la Sierva de Dios y sobre todo el 6 de enero fecha de su nacimiento, acuden tanta gente no sólo de las ciudades y pueblos comarcanos, sino de los diferentes y más alejados departamentos de la República. Refiere Josefa Flores Vda. de Poicón quien compraba, los sombreros que tejidos por Melchorita, mas estando ésta grave en el Hospital le sucedió un caso al que Josefa no dio importancia, pero después al averiguar las circunstancias quedó muy sorprendida. Sucedió, que caminando Josefa Flores por las calles de chincha se encontró con la paciente y abrazándose esta le dijo: "Estoy enferma. Recién salgo del hospital me quieren llevar a Lima, pero mi situación no lo permite. No dejes de ir a la casa, si no me encuentras a mí, ahí mi hermana Eusebia" y le entregó un sombrerito diciendo que "Era el último, que ella no tejería más". Y respecto a sus dos hijos que estaban enfermos y pensaba llevarlos a Lima le dijo: "Que tuviera paciencia, que sanarían", y así sucedió.

Su tumba se ubica en la sección Santa Elena (C-33) del cementerio de Chincha.

Luego de varios años, la diócesis de Ica ha elaborado el expediente para el proceso de beatificación y canonización a través de los testimonios de las personas que la conocieron, recogiendo documentación que manifiestan su vida cristiana y su fama de santidad. La beatificación de Melchorita, una mujer de pueblo, de familia pobre y trabajadora, lleva un mensaje que la santidad se puede vivir en cualquier estado social y particularmente en el caso de ella dentro de su familia. Ella se santificó sirviendo y colaborando mucho con la comunidad parroquial. Era la primera que ayudaba a la gente, enseñaba el catecismo, es decir, era una persona pobre pero generosa. Estaba muy cercana a las familias, a las personas, unía a los que estaban divididos, llevaba la paz a los hogares, animaba a la gente que atravesaba momentos difíciles, y todo el mundo confiaba en ella. Es un ejemplo de vida cristiana en un ambiente pobre y sencillo.

 

Fotos gentileza de Rubén Enzian y de Fabriciocariñosos - CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=42597916

Datos del P. Jorge Cuadros y https://es.wikipedia.org/wiki/La_Melchorita

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domingo, 29 de septiembre de 2019

LA PERRICHOLI, CATÓLICA Y DADIVOSA

LA PERRICHOLI, CATÓLICA Y DADIVOSA

Más allá de la leyenda y de lo que se piense de la mujer más célebre del virreinato peruano, si excluimos a Santa Rosa, nos importa la vida histórica y real, especialmente en el momento supremo cual es el de enfrentarse ante la muerte.

A mí me recuerda a la del insigne don Quijote, quien poco antes de confesarse y dictar sus últimas voluntades, declaró que sólo pensaba en "las misericordias que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados". 

También Micaela Villegas, al final de su vida, se dio a la oración, limosna, vida de familia, como terciaria carmelita.

La reciente novela titulada La Perricholi: Reina de Lima (Edición Kindle, Lima, 2019, 459 pp) de Alonso Cueto brinda estas motivadoras preguntas: "¿Quién fue Micaela Villegas? ¿La actriz que brilló en el Coliseo de Comedias? ¿La amante que protagonizó junto al virrey Amat una de las historias de amor más polémicas del siglo XVIII en el Perú? ¿La belleza mestiza que sacudió los cimientos de la sociedad limeña de su época, desatando odios, halagos y envidias? ¿La piadosa que se arrodilló frente a un párroco para confesar sus pecados? ¿La díscola acusada de inmoral? ¿La madre que crio a su hijo con orgulloso amor? ¿O la contestataria que supo trocar un insulto en el nombre con el que se hizo famosa: la Perricholi?"

A mí, sólo me interesa compartirles una página de Carlos Miró Quesada Laos De Santa Rosa a la Perricholi (Lima 1958, 1958, 359 pp), quien culmina su obra relatándonos un final ejemplar de nuestra protagonista: "Siempre en su casa hubo reuniones de artistas, escritores y gente importante y hasta se asegura que los virreyes le dispensaron amistad. Era símbolo de la colonia. Amat le dejó dinero y tuvo situación holgada, al margen de necesidades apremiantes. Consagrada a las limosnas, recibió las bendiciones del barrio, el respeto de todos y el afecto de sus relaciones…A los 73 años cumplidos se extinguió la vida de Miquita. Esto ocurrió –tal como apunta L. A. Eguiguren- ante el escribano Ayllón- el 16 de mayo de 1819…Si no murió en santidad, terminó sus días en cristiana resignación, paz de conciencia y edificante recogimiento. Ese testamento encontrado hace pocos años es humilde y ejemplar. Nada hay en él que recuerda a la cortesana de los días de gloria, nada que pueda evocar a la hembra caprichosa y dominante de las tardes de arrebato y de las noches triunfo. En la primera parte, dice así:

"Encomiendo mi alma a Dios Nuestro Señor que la creó y redimió con el precio infinito de su preciosísima sangre, pasión y muerte, y el cuerpo mando a la tierra de que fue formado cuando fuese hecho cadáver, amortajado con el hábito y cuerda de Nuestro Padre San Francisco, será sepultado en el Cementerio General, haciéndose el funeral en la iglesia de la Recolección de San Francisco, sin que acompañe ninguna comunidad, enterrándoseme con sólo cuatro luces y sin la más mínima pompa y sin que dicho mi cadáver sea conducido en carro de distinción, lo que encarezco mucho a mis albaceas no sólo porque no lo merezco por mis pecados, sino principalmente porque ahorrándosete cuanto se pueda de gastos, pueda haber el verdadero acompañamiento que yo deseo, que es el de las limosnas a los pobres"

Añado cuatro documentos que pueden ayudarnos a conocer la verdadera historia de nuestra protagonista, el periodístico de Katherine Subirana Abanto23.05.2019 / (El Comercio), dos semblanzas del autorizado diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia de España: http://dbe.rah.es/biografias/9310/micaela-villegas-y-hurtado http://dbe.rah.es/biografias/7149/manuel-de-amat-y-junyent y el didáctico programa de "Sucedió en el Perú".

 

José Antonio Benito

1.   La historia detrás de La Perricholi, por Kathy Subirana

A 200 años de la muerte de Micaela Villegas es justo rescatar la historia de una mujer que fue más —mucho más— que la amante del virrey Amat. https://elcomercio.pe/eldominical/perricholi-noticia-636641-noticia/23.05.2019 / (El Comercio)

 

Por qué conocemos más a la Perricholi que a Micaela Villegas? Son la misma persona, por supuesto, pero examinando la historia, a veces parece que habláramos de dos mujeres distintas. Ya lo dijo el destacado historiador Raúl Porras Barrenechea: "Los biógrafos de Micaela Villegas, criollos y extranjeros, se han ocupado más de la novela o de la leyenda de la Perricholi que de su auténtica historia. La leyenda amada por el pueblo es más fuerte y duradera que la historia, pero esta se recoge obstinada y silenciosa en los papeles viejos, esperando la hora lejana del desquite y de las rectificaciones documentales". 

Esta leyenda que vive en nuestra peruanísima memoria se ha construido gracias a las peculiaridades del carácter de María Micaela Villegas (Lima, 1748 - 1819). Peculiaridades que fueron inmortalizadas —apelando, por supuesto, a la ficción— primero por don Ricardo Palma en una de sus tradiciones más famosas, Genialidades de la Perricholi, y, sobre la base de ella, luego por Michel Gómez en dos producciones audiovisuales. La primera, en 1992, protagonizada por Mónica Sánchez y Alfonso Santistevan; la segunda, en 2011, con Melania Urbina y Alberto Ísola. Estas y otras ficciones que se ocuparon de la Perricholi durante el siglo XIX y XX procuraron resaltar a una mujer grácil, de carácter seductor, caprichoso y lisonjero, reconocida —antes que como una actriz que dio que hablar en el teatro del siglo XVIII— por ser la amante del virrey Manuel de Amat y Junyent. Pero, si exploramos un poco en la segunda mitad del siglo XX y este aún novísimo siglo XXI, podemos encontrar herramientas para conocer a Micaela Villegas más allá de los clichés que alimentaron el siempre atemporal espíritu de cotilleo de la sociedad limeña.

 Lo primero que podemos enmendar de la historia que hizo famosa Palma es que Micaela Villegas no nació en Huánuco, sino en Lima. Así lo anota Luis Alberto Sánchez en su libro La Perricholi (1936). Aunque confunde su fecha de nacimiento —coloca 1739—, Sánchez nos sitúa en el sitio exacto en el que nació la niña de José Villegas y Arancibia y María Teresa Hurtado de Mendoza y de la Cueva. "Rayaba el alba cuando José Villegas oyó el primer vagido de su carne hecha carne. Estremecía las viejas paredes del caserón el isócrono don-don de las campanas, en la vecina torre de San Lázaro. Todas ellas eran como voces hogareñas. Primero, echose a volar la 'María Angola' en la Catedral. A su tañido grave respondió, luego, la estridente voz de la del Sagrario. Y al punto despertaban los esquilones de San Pedro, y más acá devolvían el son, eco multiplicado, las campanas de San Francisco, y a estas replicaba la voz añorante de los bronces de Nuestra Señora de los Desamparados". 

El historiador Luis Rodríguez Toledo escribe en el artículo "Las alegorías femeninas durante la Independencia peruana", publicado en la Hispanic American Historical Review, que la familia vivía en un solar grande en la calle Puno, y que el terremoto de 1746 los obligó a endeudarse para reconstruir su casa. Todo parece indicar que, debido a esto, Micaela no tuvo una infancia muy afortunada, pues los primeros años de su vida transcurrieron en esa casa y en medio de los esfuerzos de su padre por reconstruirla y mantener a la familia. "Así, Miquita parece tener una condición humilde, pero está posicionada lo suficiente como para acceder a las artes escénicas donde inicia su vida social", apunta.

La historiadora Ilana Lucía Aragón en el artículo "El teatro, los negocios, los amores: Micaela Villegas, la Perricholi", incluido en el libro El virrey Amat y su tiempo (2004), anota que Micaela era la mayor de cuatro hermanos y tenía diez años cuando su familia salió de la casa que les servía de morada. Su padre se había declarado en insolvencia. "Sin duda, fue la gravedad de esta situación la que la empujó a trabajar desde temprana edad en el oficio de cómica, para lo cual, quizá, ya había descubierto algunas cualidades", añade Aragón.

"Acababa Amat de encargarse del gobierno del Perú cuando en 1762 conoció en el teatro a la Villegas, que era la actriz mimada y que se hallaba en el apogeo de su juventud y belleza. Era Miquita un fresco pimpollo, y el sexagenario virrey, que por sus canas se creía ya asegurado de incendios amorosos, cayó de hinojos ante las plantas de la huanuqueña", dice don Ricardo Palma en su ya mencionada tradición. Y, aunque es reconocible la musicalidad de su relato, esto es falso. El militar Manuel de Amat y Junyet (Barcelona, 1704 - 1782) llegó a Lima a hacer las veces de virrey el 12 de octubre de 1761; en ese entonces el espacio conocido como el corral de comedias llevaba algunos años clausurado y Micaela Villegas tenía solo 13 años. Sin embargo, el corral reabrió sus puertas a poco de la llegada de Amat a Lima, y el virrey fue asiduo concurrente a las veladas que allí se montaban. Dice Ilana Aragón en el texto ya citado que sí fue en una de esas veladas, pero en 1767, cuando conoció a Micaela.

A decir de Aragón, para ese entonces ella ya había conseguido un espacio en esas funciones desempeñando algún papel secundario bajo las órdenes del reconocido maestro de música Bartolomé Massa. "Tras algunos años de haber trabajado como cómica, desarrolló grandes habilidades para el teatro y el canto, así como una gracia singular capaz de concitar la mirada del representante del rey", apunta.

En La Perricholi, mito nacional peruano, tesis para obtener el doctorado en Filosofía en la Universidad de California, Luz Angélica Campana de Watts recuerda que el virrey Amat tuvo la misión, por orden de Carlos III, de expulsar a la orden jesuita del Perú en setiembre de 1767. "La reacción, no solo de los jesuitas, sino también de los sectores sociales de la vida peruana fue de más o menos pública pero muy violenta oposición", dice. Es claro que todos estaban contra él y que sus actos eran sometidos al escrutinio público. "La Perricholi fue un elemento de discusión y acusación contra el virrey. En su relación fue que sus opositores encontraron el elemento más eficaz para ponerlo en ridículo", añade.

Claro que fue elemento de discusión. En una Lima en la que mujeres que hacían tintinear sus joyas para llamar la atención en la calle —como bien cuenta Alonso Cueto en su reciente novela, La Perricholi —, el oficio de cómica era catalogado entonces como una actividad de baja reputación. A pesar de este estigma, Micaela Villegas, dueña de un carácter dominante y de una personalidad histriónica —dice Ilana Aragón—, no procuró de ninguna forma mantener su relación con el virrey en el anonimato de un anfiteatro o en algún rinconcito íntimo.

Esto dio pie a la circulación de libelos, escritos difamatorios que ventilaban supuestos excesos de la relación del virrey y la cómica, condenada por la más orgullosa élite limeña. Sin embargo, como señala Gisela Pagès en su tesis Mujeres entre dos mundos, escrita para obtener el doctorado en Historia por la Universidad de Barcelona, "algunos episodios de su historia de amor con el virrey Amat, que no pueden ser comprobados con fuentes históricas, han sido interpretados a la luz de las reivindicaciones criollistas considerando que la actriz, de ascendencia criolla, acaba imponiendo sus deseos y ejerce un dominio sobre el virrey español". 

Se dice y se cree y se quiere creer que Manuel de Amat y Junyent hizo y deshizo obras, compró propiedades y hasta emitió decretos en favor de su amada Perricholi; pero en esta historia hay tanto de verdad —él le regaló una lujosa carroza que ella ostentaba cada vez que podía—, como de mentira —la alameda de los Descalzos, por ejemplo, no fue construida en honor de estos amores, pues su origen data de 1611—, como de auténtica duda —¿el paseo de Aguas del Rímac se construyó para impresionar a Micaela Villegas?—, cosa que ayuda a mantener el misterio alrededor de esta relación.

Manuel de Amat y Junyet dejó el país el 4 de noviembre de 1776. Atrás dejó una larga gestión como virrey y una también larga relación con Micaela Villegas. "Cuando se despidieron, él tenía 75 años y ella acababa de cumplir 28. Él no mencionó ni una sola palabra sobre la actriz en las graves páginas de su memoria y ella guardó la misma discreción en su testamento. No quedó rastro de alguna correspondencia epistolar entre ambos", anota Aragón en su texto. De lo que sí quedó registro es que fruto de dicha relación nació un niño: Manuel Amat y Villegas, quien tenía seis años cuando su padre se fue del Perú.

Pero la partida de su amado no detuvo la vida de Micaela Villegas, quien, ya sabemos, era mucho más que la amante del virrey. "Durante los meses de espera para la salida definitiva de don Manuel de Amat, en el año de 1776, Micaela dio a luz a una niña y, vaya sorpresa, esta no era hija del maduro catalán, sino del aún joven navarro Martín de Armendariz", cuenta Ilana Aragón. A esto le sumamos —como anota Alonso Cueto —, que el 22 de julio de 1777 Micaela ya era regente del Coliseo de Comedias.

Nuestra heroína había vivido muchos años en una modesta morada ubicada en la calle del Huevo, en el barrio de San Marcelo —vale la pena aclarar que no se ha podido demostrar que esta fuera un regalo del virrey—, y no es hasta 1781, cuando, ya convertida en próspera empresaria teatral, ella adquiere la casa-molino de la alameda, hermosa finca con huerta, jardines y surtidores de agua. 

Micaela Villegas se hizo de esta vivienda a mucho menos precio de la que valía, aprovechando que al momento de su compra tenía grandes daños producto de una inundación. Con gran intuición comercial, la nueva propietaria logró reparar el molino y ponerlo en marcha. Lo arrendó después a 1.200 pesos anuales. Para 1795, año en el que se casó con Vicente Fermín de Echarri, Micaela Villegas figuraba como una destacada propietaria de uno de los molinos más productivos de la ciudad.

A su muerte, el 16 de mayo de 1819, sus bienes fueron tasados en más de 72.000 pesos. Una verdadera fortuna. No fue hija de padres adinerados, ni heredó fortuna alguna de sus amores, pero sí fue, a fuerza de voluntad y audacia, una de las mujeres más poderosas de la ciudad. Dicho esto, piénselo dos veces antes de decirle, despectivamente, Perricholi.

Quizá vistió el hábito en el convento del Carmen o el de terciaria, sin salir de su casa.

2.   Biografía. Villegas y Hurtado, [María] Micaela. La Perricholi. Lima (Perú), 28.IX.1748-16.V. 1819. Actriz, amante.

Hija del arequipeño Joseph Villegas y de Teresa Hurtado, criollos, era la mayor de siete hermanos, y debió de trabajar en el teatro desde muy joven, para ayudar a sufragar las necesidades económicas familiares, a pesar de que la profesión teatral era considerada en la época indigna e impropia para una mujer.

Debuta como comparsa y antes de los veinte años figura como actriz en el coliseo de la Comedia. "Y [Miquita] no sólo se impuso en la escena gracias a sus ligeras condescendencias (con el actor José Estacio, con el empresario Bartolomé Massa), sino merced a su versatilidad y su gracia indiscutidas, pues con igual destreza se desempeñaba en la comedia, en el canto y el baile, como tañendo el arpa o la guitarra. Aún dicen las crónicas que recitaba hábilmente ciertas tonadillas de intención picaresca, enderezadas al público masculino, y hubo ocasiones en que la vitorearon y la sacaron del teatro en triunfo" (según Tauro), pero sobre todo logró conquistar el amor del virrey Manuel de Amat y Junient, en el coliseo de la Comedia, probablemente en 1766 (Tauro), con cerca de cincuenta años de diferencia con la edad de la actriz, convirtiéndose en su favorita, mientras que para ella era una gran oportunidad para adquirir riqueza y fama. Tres años más tarde, en 1769, tuvo un hijo de él, que le llamó Manuel, al igual que su padre, y gracias a su protección adquirió "la casa del placer" (según Porras Barrenechea), donde vivió con su familia. En este tiempo, envanecida rasgó el rostro del empresario con el que trabajaba, para castigar los reproches que le dirigió en el transcurso de un ensayo, y la queja del agredido ante el virrey, le autorizó para que la echara del teatro e incluso el propio virrey tomó también medidas, negándole en adelante sus favores, de 1773 y 1775. Pero, más tarde, el 4 de septiembre de 1775 reapareció en escena, mientras que su amante virreinal le animaba a voces con el apelativo cariñoso de Perricholi, que hasta entonces sólo lo había pronunciado en la intimidad, y pronto se extendió este seudónimo por la ciudad. Le obsequió con una quinta en El Prado, con capilla, teatrín (teatro) y amplios jardines, y además construyó un importante paseo de Aguas (que aún permanece en el distrito del Rímac) a poca distancia de la casa de la actriz y amante, que "era la envida de la aristocracia limeña". Y todo se convirtió en leyenda cuando Amat dejó el gobierno (17 julio 1776) y se embarcó para regresar a España (4 diciembre 1776), se hablaría de sus provocadores paseos ante la aristocracia por la Alameda de los Descalzos y de que acompañaba a caballo al carruaje del virrey por los paseos campestres a Miraflores. Por esto, un viajero de la época, el francés Max Radiguet dirá que "Mariquita, como buena limeña, tomó todo lo que se le ofrecía, y llenó la ciudad de los Reyes con sus fausto insolente y con sus locas prodigalidades. Celosa de vengar en la persona del mayor dignatario del Estado el menosprecio y los insultos con que el orgullo español empapaba a los de su casta, cada favor se convertía en el precio de sus más caprichosas exigencias. Una noche obligó [como capricho de embarazada] a su real [virreinal] amante a bajar, con el más simple de los vestidos (una camisa) hacia la Plaza Mayor a sacar agua de la fuente, la única que en ese momento podía aplacar su sed" (C. P.).

Con el tiempo, "gracias a oportunos arreglos", adquirió la quinta y el molino situados en la esquina de la Alameda (1781), mientras que dejó definitivamente el escenario para dedicarse al cuidado de su hijo Manuel, y aunque mantuvo un cargo en la dirección de la empresa del teatro limeño, que dejó poco tiempo después, en 1794, para contraer matrimonio con José Vicente Echarri (1795), y sus últimos años de vida los dedicó "a la administración de sus bienes, el hogar y la piedad" (Tauro). Pero, sobre esto último, C. P. señala, en cambio, que Micaela Villegas, mientras que está casada, llega a tener una hija con el coronel de milicias Martín de Armendáriz, que le puso de nombre Manuela, seguramente en recuerdo de quien había sido el gran amor de su vida Manuel de Amat.

 

Bibl.: A. Tauro (dir.), Diccionario enciclopédico del Perú, Lima, Editorial Mejía Baca, s. f.; VV. AA., Personajes de la Historia de España. Madrid, Espasa Calpe, 1999; C. P., J., "Micaela Villegas y Hurtado" en VV. AA. Grandes forjadores del Perú, Bogotá (Colombia), Lexus Editores, 2001.

Miguel Héctor Fernández-Carrión

 

3.   Amat y Junyent, Manuel de. Vacarisas (Barcelona), 1704 – Barcelona, 1782. Virrey del Perú.

Fue el cuarto de ocho hermanos, nacido en el seno de una familia de origen noble. Sus padres fallecieron siendo él niño, y después de pasar un tiempo en Barcelona fue enviado a Valencia, a los ocho años de edad, a estudiar en el Colegio-Seminario de los jesuitas. Un año después regresó a tierras catalanas, y junto con sus hermanos asistió al también colegio jesuita de Cordelles, concluyendo más adelante su educación con un maestro privado. Se sabe que no mantuvo buenas relaciones con su hermano mayor, el cual heredó los títulos nobiliarios del padre.

Decidido a seguir la carrera militar, en enero de 1719 era ya alférez, y durante ese año participó en acciones armadas contra grupos de rebeldes catalanes infiltrados desde Francia. Sus años de juventud estuvieron acechados no sólo por los peligros propios de los encuentros bélicos, sino también por los temibles ataques de las epidemias. Así, en 1721 fue afectado por la peste en una travesía por el Mediterráneo, debiendo guardar cuarentena durante casi dos meses en Palma de Mallorca; y en 1727, sirviendo en el norte de África, fue enviado a la Península por razones de salud, probablemente a causa de sufrir de paludismo. Ceuta y Melilla fueron las dos localidades en las que sirvió durante el tiempo de su estancia en ese continente. En 1726 alcanzó su ascenso a teniente en Ceuta, y tres años después era ya capitán. En 1731 participó en las campañas de Italia dirigidas por el infante Carlos, hijo de Felipe V, en el transcurso de las cuales las fuerzas hispanas tomaron la Toscana y Parma. Al año siguiente pasó a integrar la Compañía de Granaderos a caballo del Rey, con la cual siguió sirviendo en Italia: en el sur luchó contra las tropas austríacas, y participó en el sitio de Capua, localidad que finalmente fue tomada por los españoles en noviembre de 1734. En 1736 fue ascendido a teniente coronel, volviendo a la Península Ibérica, destinado primero en Barcelona y luego en Ciudad Rodrigo, donde recibió su ascenso a coronel.

En 1740 murió el emperador de Austria, y España formó una alianza con Francia, Prusia y Cerdeña en contra de la heredera del imperio, María Teresa. En ese contexto, el coronel Amat pasó nuevamente a Italia, intervino en los intentos de conquista de ciertos territorios que estaban bajo el control de los austríacos, aunque finalmente los españoles salieron derrotados, teniendo que refugiarse en Francia. Luego de participar en otras campañas militares, recibió el nombramiento de brigadier, y en 1747 se hizo cargo del mando del Regimiento de Dragones de Batavia, con sede en Palma de Mallorca. Desde ese destino realizó diversas gestiones ante la Corte para obtener la encomienda de alguna Orden Militar, manifestando además su deseo de servir a la Corona en América.

En 1754 fue nombrado gobernador y capitán general del reino de Chile, jurando su cargo ante el Consejo de Indias y recibiendo el despacho de mariscal de campo. En marzo del siguiente año se embarcó para el Nuevo Mundo, probablemente sin imaginar que allí adquiriría responsabilidades aún mayores. Hizo su entrada en Santiago en los últimos días de 1755. Su labor gubernativa allí comprendió un período de seis años, en los que dio especial impulso a algunas reformas relativas a aspectos militares, por el carácter estratégico de la ubicación geográfica de Chile. En efecto, el reino de Chile constituía el primer territorio que los piratas y corsarios —o, en general, los navegantes enemigos de España— encontraban al pasar al Océano Pacífico por el Estrecho de Magallanes, con lo cual la defensa de esas costas fue de especial trascendencia para el gobernador y capitán general Amat. En ese contexto, dictó normas para reformar las milicias situadas en Valparaíso, Chiloé y Valdivia. Otro foco de inestabilidad era el de la frontera con los araucanos, la cual fue visitada por Amat. Éstos habían protagonizado varias revueltas en décadas anteriores, aunque el período de gobierno de nuestro personaje fue pacífico en ese aspecto.

En otro orden de cosas, promovió la conclusión de la Historia geográfica e hidrográfica, con derrotero general correlativo al plan del Reino de Chile, que fue enviada a la metrópoli, y que constituyó el primer diccionario geográfico de esos territorios. En cuanto a la capital del reino, dispuso diversas acciones para aplacar los altos índices de criminalidad, entre las que cabe destacar el establecimiento de la Compañía de Dragones, que tuvo como finalidad primordial la custodia del orden; además, reorganizó el cabildo secular de Santiago. Si bien los historiadores reconocen la energía desplegada por Amat en el Gobierno de Chile, varios estudiosos han emitido juicios negativos con respecto a su duro carácter, al que han atribuido la comisión de acciones arbitrarias, al igual que una supuesta tendencia a imponer su propio criterio sin valorar otros pareceres. Un factor que otorgó a la figura de Amat ribetes de conflictividad fue su enfrentamiento con importantes sectores de la elite criolla chilena.

En 1761 recibió su nombramiento como virrey del Perú, embarcándose en Valparaíso con dirección al Callao, adonde llegó en octubre de ese mismo año, haciendo luego su solemne entrada en la capital virreinal. Lima era el más importante núcleo del poder español en América del Sur, aunque Amat encontró la ciudad todavía recuperándose del terrible terremoto de 1746, que la destruyó en buena parte. A pesar de que su antecesor, el conde de Superunda, había desplegado importantes esfuerzos por reconstruirla, Amat se enfrentó a muchas tareas por concluir, y además imprimió a esas acciones una orientación acorde con las tendencias urbanísticas que entonces habían adquirido gran fuerza en Europa, en el contexto de la influencia ilustrada. Así, impulsó la creación de plazas y de lugares de recreo, como la plaza de toros de Acho, inaugurada en 1768 y que supuso el que las corridas de toros dejaran de ser una diversión callejera; se propuso la reactivación del coliseo de Comedias de Lima, ya que a su llegada llevaba varios años sin funcionar; puso también gran interés en el paseo de Aguas; plantó árboles y dotó a la ciudad de un aspecto más ordenado. Es éste, en efecto, uno de los aspectos del gobierno virreinal en el que Amat manifestó su condición de virrey del despotismo ilustrado, al igual que su Monarca, Carlos III, demostraba su interés en remodelar la ciudad de Madrid. Se trataba de una nueva concepción urbanística, que entendía la urbe como un ámbito que debía ser agradable para sus vecinos, pero a la vez dotado de seguridad y de medidas preservadoras de la salubridad pública. Así, por ejemplo, en 1769 el virrey estableció un Reglamento de Policía, para asegurar el orden en la capital. Ordenó la reparación del camino de Lima al Callao al igual que la refacción de la caja de agua y de las cañerías y pilas de la antigua alameda; también dispuso se allanara el camino al pueblo de Lurigancho.

Debe entenderse la gestión gubernativa del virrey Amat en el Perú en el contexto de las políticas reformistas de la dinastía borbónica con respecto a América. En efecto, la Corona estaba empeñada en recobrar su poder en el Nuevo Mundo, que a lo largo de la centuria anterior había disminuido notablemente. No sólo la crisis financiera de la Real Hacienda en el siglo XVII contribuyó a esa disminución de la autoridad real, sino también el creciente poder que en el Perú había ido adquiriendo la elite criolla. Incluso muchos de los propios agentes de la administración —por ejemplo, corregidores de indios, oficiales de la Real Hacienda y hasta ministros de la Audiencia de Lima— se habían vinculado de diversos modos con los grupos locales, con lo cual no fue infrecuente el que se dieran muchas situaciones en las que los intereses de éstos se imponían sobre los de la Monarquía. Fue, pues, particularmente delicada su relación con los sectores criollos, y buena parte de las críticas que luego recibió su gobierno provenía de esos sectores. Pero el reformismo borbónico no solo generó resistencia en esos grupos, sino también en muchos otros. En este sentido, los años de gobierno de Amat en el Perú fueron cruciales, ya que a los afanes reformistas que él representaba se añadía una situación de evidente tensión social, que estalló violentamente cuatro años después del final de su gobierno, con la rebelión de Túpac Amaru II en el sur andino. En cierto sentido, fue un virrey de transición: durante las décadas anteriores a su gobierno se habían iniciado las reformas borbónicas, pero fue después de su período gubernativo cuando esas reformas enfrentarían una abierta y violenta reacción.

Un importante propósito del plan de reformas de la Corona fue el de conseguir el crecimiento económico y productivo de España, para lo cual se consideraba que América debía cumplir un papel fundamental: se trataba de integrar a la metrópoli con sus dominios ultramarinos en una unidad económica productiva, para lo cual era preciso que en América se diesen las condiciones que permitieran una explotación eficaz de sus riquezas, a través de reformas administrativas y comerciales. Éstas buscaron aumentar la recaudación fiscal, favorecer el mayor desarrollo del comercio y de la minería e incrementar el número de efectivos militares para cubrir las necesidades defensivas de los territorios americanos.

Los aspectos fiscales tuvieron crucial importancia, y un punto central fue la legalización del reparto de mercancías; era ésta una práctica frecuente en el Perú desde el siglo anterior, y consistía en la venta compulsiva a la población indígena de productos que no necesariamente aquélla requería. Muchos corregidores de indios organizaron esos repartos, ya que por medio de ellos lograban beneficios económicos, actuando como intermediarios. La legalización de esa práctica en el siglo XVIII fue vista por muchos como la consagración de un abuso. La Corona, sin embargo, entendió el reparto como un sistema eficaz para lograr dinamizar el mercado, introduciendo en él a la población indígena, con los consecuentes beneficios fiscales de ese aumento de las actividades mercantiles. Otra importante etapa reformista fue la centrada en el aumento del impuesto de la alcabala y en la visita general del virreinato del Perú. El período gubernativo del virrey Amat concluyó poco antes de que esa etapa se iniciara. Sin embargo, el impacto que el conjunto de reformas tuvo, en especial sobre la población indígena, explica que desde mediados del siglo XVIII se advirtiera un notorio incremento de las revueltas en el territorio virreinal.

Ello explica también el hecho de que a lo largo del siglo XVIII los nombramientos de virreyes del Perú recayeran sobre militares, cuando en tiempos de los Austrias esos nombramientos recaían fundamentalmente en juristas o cortesanos. Los planes reformistas de los Borbones consideraron que se requería que una mano fuerte estuviera a cargo de los virreinatos y gobernaciones americanos, con el fin de restablecer la autoridad real. Además, parte de ese restablecimiento incluía la defensa de las costas frente a los ataques de los enemigos europeos de España, para lo cual se diseñó un ambicioso plan de construcción de fortificaciones. Especial empeño puso Amat en esa tarea, al punto de afirmar que la defensa territorial y el cuidado de los aspectos militares constituían la "más interesante" de las obligaciones que tenía como virrey. En efecto, un año después de tomar posesión del Gobierno del Perú fue declarada la guerra a Inglaterra, con lo cual se puso especial atención a la defensa de las costas, con una estrategia que implicó un doble objetivo: el reforzamiento de las guarniciones y el remozamiento de las fortificaciones. Amat consideró de vital importancia emprender un serio plan de defensa del Callao, ya que encontró ese puerto —al que consideraba el más importante del Pacífico— bastante desguarnecido. Por eso, emprendió obras de reforzamiento del Real Felipe, que hasta entonces constaba sólo de un cerco que consideró bastante precario. Además, organizó cuerpos de milicias en muchas provincias, comprometiendo a la población civil en ello, lo cual también le sirvió como una manera de calibrar el apoyo de la población a su autoridad.

En el ámbito económico, un sector que creció en el tiempo del virrey Amat fue el minero. Después de muchas décadas de estancamiento o de franca disminución de la producción de plata en el virreinato, la segunda mitad del siglo XVIII supuso una recuperación productiva en ese ámbito. Potosí y Cerro de Pasco fueron yacimientos que mostraron un aumento en sus rendimientos, aunque no se llegó a los volúmenes del siglo XVI o de inicios del XVII. Para la época que nos ocupa, la mayor producción de plata era la que se daba en el virreinato de Nueva España. Sin embargo, durante el gobierno de Amat se descubrieron las importantes minas de Hualgayoc —cerca de la ciudad de Cajamarca—, lo cual supuso el inicio de un importante desarrollo económico y comercial en el norte del Perú. Otro importante empeño de Amat —en el contexto del reformismo borbónico— fue el de reducir el poder de los grandes comerciantes de Lima, agrupados en el Tribunal del Consulado. Desde la metrópoli se consideraba que la pérdida de parte de la Corona del control del comercio transatlántico se debía, en buena parte, al creciente desarrollo del contrabando y del tráfico de barcos neutrales, todo lo cual beneficiaba a los comerciantes americanos, al igual que a los extranjeros. Puso Amat especial empeño en la lucha contra el contrabando, y lo cierto es que los ingresos aduaneros se incrementaron notablemente durante su gobierno.

De acuerdo con la inspiración ilustrada propia de la época, Amat se propuso promover el desarrollo de las actividades académicas en la Universidad de San Marcos, la cual afrontaba desde tiempo atrás importantes problemas: por ejemplo, el de la notoria inasistencia de profesores y de alumnos a las clases, o el de las irregularidades que se producían en la provisión de las cátedras. Dispuso el virrey que los catedráticos hicieran exposiciones públicas periódicamente, a las cuales los alumnos estuvieran obligados a asistir; promovió que la elección de aquéllos fuera hecha exclusivamente por sus méritos; dispuso la creación de la biblioteca universitaria; y apoyó el desarrollo de los estudios de Matemáticas. Además, durante su gobierno se creó el Convictorio de San Carlos.

La expulsión de los jesuitas fue uno de los grandes acontecimientos producidos durante el gobierno del virrey Amat en el Perú, respondiendo también a las políticas del reformismo borbónico. El despotismo ilustrado dominante en la Corte madrileña tuvo como uno de sus principales objetivos el aumento de las atribuciones y prerrogativas de la Corona en el ámbito eclesiástico. En ese contexto, la Compañía de Jesús apareció como la principal defensora del Papa y de la curia romana, y su expulsión en 1767 supuso un avance en las políticas regalistas. Desde los inicios de su gobierno, Amat adoptó una serie de disposiciones encaminadas a recuperar la primacía de las autoridades civiles sobre determinados asuntos en los que la Iglesia había ido logrando predominio. Así, se propuso limitar el desarrollo de las cofradías en Lima, al considerar que muchas de ellas habían abandonado en la práctica su carácter piadoso; por otro lado, ordenó realizar un inventario de todos los bienes de la catedral de Lima; ordenó el cumplimiento de la disposición emanada de la metrópoli en el sentido de no pagar los emolumentos de los eclesiásticos que se ausentaran de sus correspondientes diócesis sin autorización de las autoridades civiles; y dispuso que si alguna doctrina a cargo de un miembro del clero regular quedaba vacante, debía ser entregada a un clérigo secular, en tanto se realizara una adecuada reforma de las órdenes religiosas, para desterrar las costumbres relajadas que se atribuían a sus miembros. Sin embargo, las medidas reformistas impulsadas por Amat en el ámbito eclesiástico no llegaron a ponerse en práctica de modo pleno y, por tanto, el aspecto más relevante fue el de la expulsión de los jesuitas, sobre cuyas consecuencias han sido ofrecidas diversas interpretaciones por los historiadores. Lo cierto es que los miembros de la Compañía de Jesús dirigían muchos de los centros educativos más importantes del virreinato, y además manejaban grandes propiedades agrícolas, con lo cual fue muy notorio el impacto producido por su expulsión. Según el propio virrey, ése fue uno de los asuntos "más laboriosos" que enfrentó en su gobierno: no sólo por la gravedad del mismo, sino por la discreción y urgencia con el que hubo de acometerse; no debe olvidarse, además, la antigua vinculación de Amat con la Compañía, al haber sido alumno de los jesuitas durante su infancia.

Amat intervino en la edificación de templos o en la restauración de los que habían sufrido los estragos del referido terremoto de 1746. Así, en 1771 se estrenó el templo del monasterio de las Nazarenas, dedicado al Señor de los Milagros. El antiguo templo, poco importante arquitectónicamente, había sido destruido por el terremoto. El virrey Amat intervino personalmente en la ejecución de los planos del nuevo templo, el cual fue edificado en buena medida gracias a sus personales aportaciones económicas. Igualmente, promovió la edificación de una nueva torre para el templo de Santo Domingo, ya que la antigua había quedado seriamente dañada.

Una de las figuras centrales en la vida de Amat en Lima fue la de Micaela Villegas —la Perricholi—, joven actriz —aproximadamente cuarenta años menor que el virrey— con quien mantendría una relación amorosa que ha sido materia de interés de muchos cronistas e historiadores. En efecto, la figura de la Perricholi es una de las más célebres del período virreinal, aunque lo que se ha escrito sobre ella ha estado, en buena medida, más vinculado a la leyenda o a la novela que a la realidad. Se conocieron en el ambiente del ya mencionado Coliseo de Comedias de Lima, cuyos espectáculos histriónicos se reanudaron pocos meses después de la llegada de Amat al Perú, siendo él un asiduo concurrente a esas veladas. Todo indica que por entonces Micaela Villegas desempeñaba papeles secundarios en algunas comedias, y que el apoyo del virrey facilitó el posterior éxito en su carrera artística.

El 17 de julio de 1776 fue relevado por Manuel de Guirior, después de quince años de gobierno. Partió a España en noviembre del mismo año, luego de un período gubernativo ciertamente intenso, y con setenta y dos años de edad. A pesar de su fuerte temperamento —"de los arranques frecuentes que tenía como soldado terco, y de sus tendencias a la arbitrariedad", al decir de Mendiburu—, Amat hizo numerosos amigos en Lima, y su influencia social en la capital virreinal fue ciertamente mayor que la que alcanzaron muchos otros vicesoberanos. Por otro lado, sin embargo, fueron también muy insistentes las versiones que le atribuyeron actuaciones ilícitas —por ejemplo, recibiendo dinero de diversas personas con el objeto de obtener determinados beneficios—, a partir de las cuales habría formado una importante fortuna. En este sentido, después de su regreso a la Península se publicaron en Lima numerosos panfletos y textos variados condenando muchas acciones del virrey, como sus supuestos derroches, su enemistad con los jesuitas y los públicos amores con Micaela Villegas. Tuvo, pues, muchos enemigos, y durante los meses previos a su regreso a la Península —tras haber dejado ya el poder virreinal— tuvo que sufrir ataques, críticas y comentarios sarcásticos de diverso tipo, muchos de ellos a través del medio impreso. De ellos, el que más resonancia alcanzó fue el Drama de Dos Palanganas, que por el odio y mordacidad reflejados —fue, sin duda, el escrito más duro en cuanto a sátira política de toda la época virreinal—, al igual que por su carácter anónimo, generó desde un principio diversas especulaciones entre los historiadores.

Al parecer tuvo un hijo con Micaela Villegas, tal como ella expresamente lo indica en su testamento: Manuel de Amat y Villegas, que años después fue enviado por su madre a educarse en Europa, volviendo posteriormente al Perú.

En cuanto al virrey, tras su regreso a la Península vivió retirado en Barcelona, en una finca de su propiedad. En edad muy avanzada contrajo nupcias con una sobrina suya, y en esa etapa construyó el denominado palacio de la Virreina, en la misma ciudad, donde falleció el 14 de febrero de 1782.

 

Bibl.: M. de Mendiburu, Diccionario Histórico-Biográfico del Perú, t. I, Lima, 1931, págs. 410-472 (2.ª ed. con adiciones y notas bibliográficas publicada por Evaristo San Cristóval); V. Rodríguez Casado y F. Pérez Embid,Memoria de gobierno de Manuel Amat y Junient, virrey del Perú, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1947; V. Rodríguez Casado y F. Pérez Embid, Construcciones militares del Virrey Amat, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos, 1949; R. Vargas Ugarte, SI, Historia del Perú. Virreinato (Siglo xviii),Lima, 1956; A. Sáenz-Rico, El Virrey Amat. Precisiones sobre la vida y la obra de Don Manuel de Amat y Junyent,Barcelona, Ayuntamiento, Museo de Historia, 1967 (2 vols.); G. Lohmann Villena, Un tríptico del Perú virreinal: el Virrey Amat, el Marqués de Soto Florido y la Perricholi. El Drama de dos palanganas y su circunstancia, Chapel Hill, University of North Carolina, 1976; S. O'Phelan Godoy, Un siglo de rebeliones anticoloniales. Perú y Bolivia, 1700-1783, Cuzco, Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de las Casas, 1988; J. de la Puente Brunke,José Baquíjano y Carrillo, Lima, 1995; V. Peralta Ruiz, "Las razones de la fe. La Iglesia y la Ilustración en el Perú, 1750-1800", en S. O'Phelan Godoy (compiladora), El Perú en el siglo xviii. La era borbónica, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú- Instituto Riva-Agüero, 1999, págs. 177-204; J. Fisher, Bourbon Peru. 1750-1824,Liverpool, Liverpool University Press, 2003; C. Pardo-Figueroa Thays y J. Dager Alva (dirs.), El Virrey Amat y su tiempo, Lima, Instituto Riva-Agüero-Pontificia Universidad Católica del Perú, 2004.

José de la Puente Brunke

 

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viernes, 27 de septiembre de 2019

«Las pinturas murales del Templo Santiago Apóstol de Kuñotambo» L. Villacorta

«Las pinturas murales del Templo Santiago Apóstol de Kuñotambo»

L. A. Villacorta., «Las pinturas murales del Templo Santiago Apóstol de Kuñotambo», en: Proyecto de Estabilización Sismorresistente. Informe sobre el análisis de condiciones, diagnóstico y pruebas de protección para las pinturas murales– Templo Santiago Apóstol de Kuñotambo, Capítulo 3, The Getty Conservation Institute, Cusco y Los Ángeles, 2017, 17 – 46.

            La lectura del presente artículo hará que rememoremos lo dicho por Agustín en su conocido poema dedicado a la "Hermosura tan antigua y tan nueva", Cristo nuestro Señor. Pensar en la historia de la Iglesia contemporánea del Perú implica pensar en la contemporaneidad de Cristo en el presente de la Iglesia en el Perú. Esta contemporaneidad se ha percibido este año, concretamente en la restauración de la Iglesia del pueblito situado a dos horas al sur de Cuzco, Kuñotambo, que en la época hispánica fue una "reducción indígena" anexa a una reducción indígena mayor llamada Rondocan.

            El autor del artículo –arquitecto humanista y teólogo- nos transporta al S.XVI permitiéndonos conocer el impulso evangelizador de los misioneros que, siendo hijos de su tiempo, emprendieron dicha tarea divina (eclesial) con los criterios e ideales propios de la época. Por ejemplo, todo el proceso de reflexión previo a la conquista sobre si era o no conveniente venir al continente americano, la fundación de los pueblos, la forma de organizar a los indígenas, etc.

            Resulta llamativo el papel fundamental que juega el Virrey en este proceso, pues éste estaba llamado a fundar las "reducciones indígenas", pero no con un afán del poder por el poder, sino con el ideal y la convicción de que el "hombre que vive en comunidad es aquel que puede ser feliz", convicción presente ya en la fundación de las polis griegas, y que eran conocidas en el siglo XVI. En ese sentido, el autor hace un interesante paralelismo de estos dos hechos al llamar a las reducciones creadas por el Virrey "polis indianas".

            Estuvieron tan presente estos ideales que, a pesar de los siglos, siguen vigentes, y ahora más que nunca, pues tras la restauración de esta Iglesia de Santiago Apóstol de Kuñotambo podemos percibir el valor de la grandeza que alberga esta edificación sagrada. Riqueza que se contiene en sus pinturas murales, en el retablo, en el pulpito, en el coro y su órgano a tubos, en las imágenes sagradas, en los cuadros, en los ornamentos religiosos. Todos estos elementos nos permiten apreciar, como lo dice el autor, que la función del artista medieval era "ante todo hacer visible, la realidad que no es perceptible por los sentidos". Además, según el principio aristotélico que dice "nada hay en el intelecto que no haya estado primero en los sentidos", de allí la importancia de las artes visuales para poder aproximarse a las realidades trascendentes.

            Asimismo, este hecho no era algo inútil, sino todo lo contrario, pues el fin era que el sujeto perciba la realidad trascendente a través de la belleza expresada en sus diversas manifestaciones artísticas. En ese sentido, el autor del artículo hace una pregunta provocadora y pertinente a la vez "¿Cómo hablar del orden, de la belleza a una comunidad sino haciéndolo tangible a través del propio urbanismo, de su arquitectura, y los elementos de la vida cotidiana como la música y las artes plásticas, y en ella la pintura mural que tiene orden, ritmo, proporción, etc.?" De este modo, nos muestra que el arte visual es útil, porque cumple una función buena, siempre y cuando refleje esa belleza objetiva que existe.

            Por tanto, queda demostrado que la lectura de este articulo nos permite conocer la esencia de este modo de transmitir la fe a través de la arquitectura, la pintura, la escultura. Todas estas obras de arte, por cierto, con gran influencia de la pintura flamenca sobre la pintura cusqueña. Así, dicha esencia se puede llegar a percibir y a imaginar a través de la descripción que realiza el autor acerca de las pinturas murales y el amplio significado que contienen para la vida cristiana.

Jorge Neyra

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miércoles, 25 de septiembre de 2019

LA HISTORIADE LA IGLESIA EN LA AMAZONÍA ANTE EL SÍNODO PANAMAZÓNICO

LA HISTORIA DE LA IGLESIA EN LA AMAZONÍA ANTE EL SÍNODO PANAMAZÓNICO

No podemos dejar Sínodo tan trascendental ni a los "expertos" ni sólo a los "nativos", es tarea de todos, desde el Papa Francisco que lo ha convocado e iniciado en Puerto Maldonado, pasando por los obispos, sacerdotes, consagrados, fieles, todos. Como historiador de la Iglesia, les comparto los textos oficiales de documentos preparatorios con una valiosa síntesis del P. Armando Nieto (+) publicada en el 2015. Ojalá de pie a que mis colegas que han estudiado estos asuntos se animen a compartir sus trabajos.

I. Documento Preparatorio para el Sínodo en junio de 2018

Memoria histórica eclesial

El inicio de la memoria histórica de la presencia de la Iglesia en la Amazonía se sitúa en el escenario de la ocupación colonial de España y Portugal. La incorporación del inmenso territorio amazónico en la sociedad colonial y su posterior apropiación por parte de los Estados nacionales, es un largo proceso de más de cuatro siglos. Hasta el inicio del siglo XX, las voces en defensa de los pueblos indígenas eran frágiles – aunque no ausentes – (cf. Pio X, Carta Encíclica Lacrimabili Statu, 7.6.1912). Con el Concilio Vaticano II, dichas voces se fortalecen. Para alentar "el proceso de cambio con los valores evangélicos", la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano, realizada en Medellín (1968), en su Mensaje a los Pueblos de América Latina, recordó que «a pesar de sus limitaciones», la Iglesia «ha vivido con nuestros pueblos el proceso de colonización, liberación y organización». Y la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano, realizada en Puebla (1979), nos recordó que la ocupación y colonización del territorio de Amerindia fue «un enorme proceso de dominaciones», lleno de «contradicciones y laceraciones» (DP 6). Y más tarde, la IV Conferencia de Santo Domingo (1992) nos advertía sobre «uno de los episodios más tristes de la historia latinoamericana y caribeña», que «fue el traslado forzado, como esclavos, de un enorme número de africanos». San Juan Pablo II llamó a este desplazamiento un «holocausto desconocido» en el que «han tomado parte personas bautizadas que non han vivido su fe» (DSD 20; cf. Juan Pablo II, Discurso a la comunidad católica de la Isla de Gorea, Senegal, 22.02.1992, n. 3; Mensaje a los Afroamericanos, Santo Domingo, 12.10.1992, n. 2). Por esa «ofensa escandalosa para la historia de la humanidad» (DSD 20), el Papa y los delegados en Santo Domingo pidieron perdón.

Hoy, lamentablemente, existen todavía resquicios del proyecto colonizador que creó representaciones de inferiorización y demonización de las culturas indígenas. Tales resquicios debilitan las estructuras sociales indígenas y permiten el despojo de sus saberes intelectuales y de sus medios de expresión. Lo que nos asusta es que hasta hoy, 500 años después de la conquista, más o menos 400 años de misión y evangelización organizada, y 200 años después de la independencia de los países que configuran la Panamazonía, procesos semejantes se siguen extendiendo sobre el territorio y sus habitantes, víctimas hoy de un neocolonialismo feroz, "enmascarado de progreso". Probablemente, tal como lo afirmó el Papa Francisco en Puerto Maldonado, los pueblos originarios Amazónicos nunca han estado tan amenazados como lo están ahora. Hoy, debido a la ofensa escandalosa de los «nuevos colonialismos», «la Amazonía es una tierra disputada desde varios frentes» (Fr. PM).

En su historia misionera, la Amazonía ha sido lugar de testimonio concreto de estar en la cruz, incluso muchas veces lugar de martirio. La Iglesia también ha aprendido que en este territorio, habitado hace aproximadamente diez mil años por una gran diversidad de pueblos, sus culturas se construyen en armonía con el medio ambiente. Las culturas precolombinas ofrecieron al cristianismo ibérico que acompañaba a los conquistadores, múltiples puentes y conexiones posibles «como la apertura a la acción de Dios, en el sentido de gratitud por los frutos de la tierra, el carácter sagrado de la vida humana y la valorización de la familia, el sentido de la solidaridad y corresponsabilidad en el trabajo común, la importancia del culto, y la creencia de una vida más allá de la terrenal, y tantos otros valores» (DSD 17). DSD: Documento de Santo Domingo. IV Conferencia General del Episcopado Latino-Americano (1992) .(n.4)

II. Instrumentum laboris de la Asamblea Especial para la Región Panamazónica del Sínodo de los Obispos (6-27 octubre 2019)

 PARTE I. LA VOZ DE LA AMAZONÍA

"Está bien que ahora sean ustedes mismos quienes se autodefinan y 
nos muestren su identidad. Necesitamos escucharles
" (Fr.PM)

La evangelización en América Latina fue un don de la Providencia que llama a todos a la salvación en Cristo. A pesar de la colonización militar, política y cultural, y más allá de la avaricia y la ambición de los colonizadores, hubo muchos misioneros que entregaron su vida para transmitir el Evangelio. El sentido misional no sólo inspiró la formación de comunidades cristianas, sino también una legislación como las Leyes de Indias que protegían la dignidad de los indígenas contra los atropellos de sus pueblos y territorios. Tales abusos produjeron heridas en las comunidades y opacaron el mensaje de la Buena Nueva; frecuentemente el anuncio de Cristo se realizó en connivencia con los poderes que explotaban los recursos y oprimían a las poblaciones. (n. 6)

http://www.sinodoamazonico.va/content/sinodoamazonico/es/documentos/instrumentum-laboris-del-sinodo-para-la-amazonia.html

 

III.HISTORIA DE LA IGLESIA DE LA AMAZONÍA PERUANA

 

Buscando y rebuscando algún texto histórico fundamental que amplíe y complemente la escueta introducción, felizmente he encontrado esta formidable síntesis del querido P. Armando Nieto Vélez, SJ, de las páginas 22 a la 37 que forma parte de su artículo  "Amazonía: Aspectos relevantes de su historia", sobresalientemente ilustrado. En: La Amazonía. Sílabas del agua, el hombre y la naturaleza. Colección Arte y Tesoros del Perú. Banco de Crédito, Lima 2015, pp..21-44 http://fondoeditorialbcp.com.pe/publication/2d514962/mobile/

http://www.sinodoamazonico.va/content/sinodoamazonico/es/la-panamazonia/amazonia-en-peru.html

 

Las Misiones en la Amazonía peruana

 La presencia de la Iglesia Católica en la Amazonía, desde los tiempos coloniales, ha sido relevante. Los misioneros dieron a conocer estos nuevos territorios al mundo de ese entonces. Además de evangelizar hicieron levantamientos cartográficos, etnográficos, de flora y de fauna con detalladas descripciones. Se asociaron a investigadores y exploradores en esta tarea. Esta afirmación es válida también para el caso peruano. Por ello, consideramos importante presentar un breve recorrido histórico de la Iglesia en territorio amazónico peruano. Los Jesuitas y las

Reducciones de Maynas, Quito y Lima se unen en el Amazonas

 Entradas en el Amazonas a partir de afluentes septentrionales se hacen más frecuentes en el siglo XVII, y coinciden con la llegada de religiosos jesuitas, que fundarán la célebre misión de Maynas. Desde Quito (sede de la Viceprovincia del mismo nombre, dependiente de la provincia del Perú) los misioneros recorrieron los ríos Santiago, Morona, Curaray, Pastaza, Corrientes, Tigre, Aguarico, Napo, Nanay, con cuyas tribus entran en contacto.

Se esfuerzan por crear estaciones cerca de los ríos, pero también –tarea esta dificilísima– por dominar los dialectos locales. En ese maremágnum lingüístico encontrarán los misioneros una barrera no sólo ardua sino también desesperante. Junto con la tarea diaria de aprender las lenguas se recurrió a formar intérpretes o catequistas como colaboradores de los padres. Las relaciones que nos han dejado los misioneros calculan 26 lenguas matrices y 91 dialectos. El 6 de febrero de 1638 los padres Gaspar Cugía y Lucas de la Cueva llegaron –desde Quito– al poblado de Borja en la margen izquierda del Marañón y a la salida del pongo de Manseriche. Hicieron ruta hacia Moyobamba y tomaron contacto con los omaguas, jeberos, cutinanas y ticunas.

Fundaron reducciones en el Ucayali y en el Huallaga. Los nativos aceptaron bien a los padres, al advertir la actitud pacífi ca con que se presentaban. Pero no faltaron casos de rebeliones y martirio: así murieron los padres Rafael Ferrer, Francisco Figueroa, Enrique Richter, Nicolás Durango, Juan Casado, Pedro Suárez y Francisco Herrera, víctimas de cofanes, cocamas, avijiras y cunibos.

Establecieron los misioneros dos puestos principales del trabajo apostólico: Jeberos y La Laguna. Abundaron los contratiempos y adversidades, no sólo por las ásperas condiciones de la selva tropical y de belicosos nativos, sino también por las amenazantes invasiones de los portugueses del Brasil o "bandeirantes", desde 1640, cuando Portugal se separa de España. Estas oleadas buscaban arrebatar indígenas de las reducciones para llevárselos al Gran Pará.

Se destacaron como fundadores de reducciones los padres Lorenzo Lucero (fundó doce reducciones), José Bahamonde (fundó ocho reducciones), y sobre todo Samuel Fritz (fundó 43 reducciones), quien no solamente se distinguió por su vigor espiritual sino además por su formación científica. Este jesuita checo trazó el primer mapa de la región amazónica (1691), que impresionó a los sabios europeos. Fritz había fundado tres años antes la reducción de Nuestra Señora de las Nieves de Yurimaguas –hoy floreciente ciudad–. Viajó a Lima para presentar su carta geográfica al virrey Conde de Monclova y sobre todo demandar la ayuda oficial para contener de modo efectivo las invasiones de los portugueses del Brasil (1692). El padre Fritz murió en Jeberos en 1725. Páginas 20-21: Convento Santa Rosa de Ocopa. Fue el núcleo de las misiones franciscanas en la selva central. Concepción, Junín.

Se cuentan por decenas los grupos nativos con los que se vincularon los misioneros jesuitas de los siglos XVII y XVIII: omaguas, jeberos, mayorunas, muniches, lamistas, cahuapanas, chayahuitas, paranapuras, huitotos, cocamas, muratas, roamaynas, napeanos, iquitos, maynas, andoas, jíbaros, barbudos, águanos, záparos. En la segunda mitad del siglo XVIII afectó severamente a la Compañía de Jesús la campaña adversa que surgió en las monarquías europeas.

Portugal primero (1759) y luego Francia (1762) prohibieron las actividades de los jesuitas. La persecución fue muy dura y aun calumniosa por parte del marqués de Pombal, que dispuso el destierro y la prisión de los misioneros portugueses de la Compañía. Francia disolvió también a los religiosos tanto en Europa como en las colonias de Ultramar. En España, siguiendo los consejos del infl uyente Campomanes, el rey Carlos III ordenó la expulsión de los jesuitas. La llamada Pragmática Sanción (1767) alcanzó a los misioneros de Maynas, que por entonces evangelizaban a 15 mil indígenas en 33 poblaciones, que no atinaban a entender tan repentino y tamaño descalabro. Los jesuitas del Perú y Quito tuvieron que viajar a Europa en humillantes condiciones sin saber con precisión a dónde los conduciría el destierro. El papa Clemente XIII –que había protestado ante la corona española– remitió a los desterrados hacia los Estados Pontifi cios.

El sucesor de Clemente XIII fue Clemente XIV, al que los gobernantes de Portugal, Francia y España acosaron de modo agobiante, hasta el punto de que se vio forzado a suscribir la bula por la cual la Compañía de Jesús quedaba "suprimida, derogada y extinguida" (1773).

Las misiones de Maynas habían recibido sin defensa un golpe mortal. Sólo 35 años después de la expulsión el gobierno español intentó reparar en parte el daño causado a las misiones amazónicas. Dispuso que la orden franciscana remplazase a los jesuitas. Por Real Cédula del 15 de julio de 1802, el rey Carlos IV, inspirado por Francisco Requena, insigne conocedor y autoridad de las regiones selváticas, crea la Comandancia General de Maynas, se la hace depender del Virreinato de Lima y ya no de Nueva Granada. Como se sabe, esta Real Cédula dio una base sólida a la configuración de los límites nororientales del Perú. Después de la Real Orden en 1805, la corona española crea la diócesis de Maynas, con un área extensísima, y se nombra prelado al franciscano Hipólito Sánchez Rangel. Pero los resultados fueron muy pobres.

 El nombre de Loreto

Más de un autor ha creído que el topónimo Loreto viene del idioma aymara. En realidad procede del italiano. Los jesuitas del siglo XVI tuvieron una especial devoción a Nuestra Señora de Loreto, cuyo santuario –que se remonta al siglo XIV– está situado cerca de Ancona y del mar Adriático. Loreto es el más antiguo y célebre santuario mariano en Italia, que acogió a peregrinos como san Francisco Javier, san Luis Gonzaga e –incluso– al filósofo francés René Descartes. Los misioneros de Maynas dieron el nombre de Loreto a varias reducciones.

En el límite oriental del Perú, en el Trapecio Amazónico –hoy territorio colombiano– el padre Bahamonde fundó en 1740 la reducción de Nuestra Señora de Loreto de los Ticunas (en el territorio del actual municipio colombiano de Puerto Nariño). Ese mismo año, fundó Santa María de la Luz de Iquitos, a orillas del río Nanay, no muy lejos de la ubicación actual de la ciudad de Iquitos. No deja de ser sugerente que el nombre de una pequeña reducción de nativos ticunas sobre el río Amazonas haya ascendido hasta designar –en la toponimia peruana– el departamento más extenso del país. Loreto es la advocación católica de una fi esta de la Virgen María, que se celebra el 10 de diciembre. Tal fecha se consigna en el diario de un viajero italiano, Gaetano Osculati, quien apareció por allí hacia 1846. El papa Benedicto XV (1914-22) instituyó a Nuestra Señora de Loreto patrona de los aviadores.

Los Franciscanos y la Misión de Ocopa.

Los Andes centrales abren camino a la Amazonía La orden de los Hermanos Menores, como la denominó Francisco de Asís al fundarla en 1209, llegó al Perú en la época de la Conquista. Sus religiosos fundaron conventos en diversos parajes de la costa y sierra, pero pronto fueron atraídos hacia la labor entre los nativos selváticos. Trabajaron en territorios situados al sur de la región de Maynas, dado que esta última venía siendo atendida por la Compañía de Jesús. La orden seráfica se propuso evangelizar a las poblaciones del Alto Ucayali, Perené, Palcazu, Pichis, Pozuzo, Urubamba, Mantaro, Aguaytía, Huallaga. Cabe citar la abnegada labor del mártir fray Manuel Biedma, criollo de Lima, llamado "El genio de la Selva", que llegó al valle de Pangoa y fundó varias reducciones. Murió asaeteado por los indios piros en el río Tambo. Las tribus encontradas por los franciscanos fueron numerosas, entre ellas los cashibos, cunibos, shipibos, callavías, panataguas, setebos, amueshas, cholones y panos. Como centro de operaciones hacia el oriente eligieron Santa Rosa de Ocopa. Al principio fue un modesto "hospicio". Lo fundó en 1725 Fray Francisco de San José (Jiménez Brea). El 18 de agosto de 1753, a petición de la Orden, el Papa Clemente XIII elevó el hospicio de Ocopa a la categoría de Colegio Misionero de Propaganda Fide, eximio plantel de misioneros, elogiado sin reservas por los historiadores Raúl Porras y José de la Riva-Agüero. El monasterio de Ocopa –dijo Riva-Agüero– "ha sido y continuará siendo para nosotros lumbre de fe y cultura, y ensanchador del suelo patrio". Y Porras agrega que Ocopa, "es el mayor esfuerzo misionero del siglo XVIII y el de más trascendencia peruana".

A Ocopa pertenecieron ilustres franciscanos, notables por el celo apostólico, pero también hábiles geógrafos y científicos, como los padres Sobreviela, Girbal, Pallarés, Sala, Cimini, Calvo y Plaza. El "Mercurio Peruano" de 1791 publicó el célebre mapa de Sobreviela que describe la región del Huallaga y Ucayali y la Pampa del Sacramento. Entre 1637 y 1896 la orden franciscana cuenta, en su nómina de honor y martirio, la muerte violenta de 72 religiosos (sacerdotes y hermanos legos), víctimas de los indios campas, shipibos, panataguas, piros, cunibos, cashibos y de caciques indios (Mangoré y Torote), y seguidores de Juan Santos Atahualpa. Los territorios en que ocurrieron estos martirios corresponden a extensas regiones del Perené, Manoa, Aguaytía, Tambo y del Cerro de la Sal. A propósito de la tarea civilizadora de los misioneros franciscanos y jesuitas, sobre todo en los siglos XVII y XVIII, es pertinente el juicio del historiador naval Fernando Romero Pintado: "Es innegable que sin la obra de los misioneros hubiera sido muy pequeña y en algunos casos inexistente la ocupación por peruanos de las tierras amazónicas a que teníamos derecho".

Hacia 1858 –en la línea del presidente Castilla– el Obispo de Chachapoyas Pedro Ruiz tuvo la iniciativa de fundar la Sociedad Patriotas del Amazonas, reconocida por el Gobierno, para fomentar el progreso moral y material de la región. Una expedición de voluntarios de la Sociedad tomó contacto con los aguarunas. El obispo Ruiz murió ahogado durante la exploración del río Cahuapanas. Luego de la expulsión de los jesuitas y hasta 1900 fueron los Franciscanos de Ocopa los que asumieron –parcialmente por cierto– las doctrinas de los nativos del Oriente, fundadas por la Compañía.

En 1824 –durante el período gubernativo de Bolívar– fue suprimido el Colegio misionero de Ocopa. Lo restauró el presidente Luis José de Orbegoso en 1836. En consecuencia vinieron de España diecinueve religiosos franciscanos, destinados por la Congregación romana de Propaganda Fide, que revitalizaron las misiones de la selva Central en los ríos Ucayali, Perené, Apurímac y en el Gran Pajonal y Chanchamayo. La sede de la antigua diócesis de Maynas fundada en 1803 se sostuvo difícilmente allí, hasta que pasó en 1848 a Chachapoyas.

La orden seráfica fundó nuevos colegios misioneros en Lima (Descalzos), Cajamarca, Cusco, Arequipa y fuera del Perú en Tarija (Bolivia) y Chillán (Chile) al tiempo que en el archipiélago de Chiloé (Chile) sustituyen a los jesuitas expulsados a fines del siglo XVIII.

Los Vicariatos Apostólicos

Sin duda fue acertada la decisión conjunta de la Santa Sede y el Gobierno peruano de crear en 1900 las tres Prefecturas Apostólicas del Ucayali (Franciscanos), Urubamba (Dominicos) y San León del Amazonas (Agustinos), a las que se encomendó la labor apostólica en regiones de una gran extensión. (Cerca de 645 mil km2 ).

Dichas Prefecturas no dependían de ninguna diócesis, sino directamente del dicasterio de Propaganda Fide en Roma. Por esa época van llegando a la selva diversas congregaciones religiosas femeninas para atender escuelas, orfanatos, colegios, postas médicas, internados, etc. Merecen ser mencionadas aquí las Franciscanas Misioneras de María, las Terciarias Franciscanas Nacionales, las franciscanas de Bamberga, las Misioneras Dominicas del Rosario, las Misioneras del niño Jesús, entre otras.

En 1907 el convento de Ocopa pasa a llamarse Convento de la provincia Franciscana de san Francisco Solano –distinta de la de los Doce Apóstoles–, sin perder el objetivo de las misiones de la selva. Por fi n las Prefecturas Apostólicas ascienden a la categoría de Vicariatos Apostólicos. Se crea el de San Ramón (2 de marzo de 1956); el de Puerto Maldonado (ex-Urubamba, el 10 de marzo de 1949); el de Iquitos (ex-San León del Amazonas, el 10 de marzo de 1945).

Surgen también nuevos Vicariatos: los de Requena y Pucallpa (ambos el 2 de marzo de 1956) y el de Jaén o San Francisco Javier del Marañón (creado como Prefectura Apostólica el 11 de enero de 1946 y elevado a la categoría de Vicariato el 22 de noviembre de 1980).

Con esta última fundación la Compañía de Jesús vuelve a la selva luego de más de 180 años de ausencia. A los Vicariatos señalados hay que agregar la Prelatura de Moyobamba, creada el 7 de marzo de 1948.

Los Dominicos y la selva sur del Perú. Entrando desde el Urubamba

La orden de Predicadores, fundada por santo Domingo de Guzmán en el siglo XIII, fue la primera que llegó al Perú al inicio de la expedición de Francisco Pizarro. Sus conventos principales se centraron en la capital del Virreinato y en el Cusco. La Santa Sede les encomienda en 1900 la Prefectura de Santo Domingo del Urubamba, que comprende la "extensión del mismo río y todos sus afluentes, más los valles de la región oriental que vierten sus aguas a los ríos de Bolivia, hasta la frontera misma de esta región con el Perú. Por el norte, no más allá de la confluencia del Urubamba y el Tambo". "Los primeros dominicos quemaron muchas energías en abrir rutas, conocer ríos, rectificar mapas incorrectos, preparar expediciones arriesgadas, enfrentarse a situaciones generalizadas de explotación que trajeron sinsabores, lágrimas y muertes" (Informes del Director del Centro Cultural José Pío Aza. Datos Misioneros Dominicos, Julio 2015, p. 2).

El fundador de la nueva Misión fue Fray Ramón Zubieta, quien creó las primeras casas de misión en Chirumbia y Ccosñipata, además estableció líneas telegráfi cas en la zona y recibió el encargo del gobierno para dirigir los trabajos del camino de Paucartambo al río Madre de Dios. Quillabamba fue por entonces la casa central de la Misión Dominica. Quedó constituido sobre todo el Vicariato Regional de Santa Rosa de Lima, para organizar las labores de la Prefectura Apostólica. Se recuerdan los nombres de los pioneros de esos tiempos heroicos: Pío Aza, Manuel Álvarez, Sabas Sarasola, José Álvarez. La religiosa dominica Ascensión Nicol (beatificada en 2005) funda la Congregación de las Dominicas del Rosario en 1918 para trabajar en el proceso de evangelización de la selva sur del Perú. En sus frecuentes expediciones dentro del territorio vicarial los dominicos identifican hasta 22 comunidades nativas. Entre las más conocidas se hallan: huarayos, piros, campas, asháninkas, shirenaires, machiguengas, cashinahuas, amaracaires, huachipaires, iñaparis, chamas. Se fundan puestos de misión en el alto Madre de Dios, bajo Madre de Dios, río Purús, bajo Urubamba. Hay 44 centros escolares en el Vicariato, internados de varones y de mujeres, un hospital, puestos médicos y dos radioemisoras (desde hace 50 años).

Los Agustinos se instalan a orillas del gran río de las Amazonas

 La orden agustiniana se había hecho presente de manera eventual, en el siglo XVII, entre los nativos de Apolobamba y las selvas del Apurímac. Con la creación de la Prefectura de San León del Amazonas en 1900 los esfuerzos misioneros se hacen consistentes y fructuosos. La rama de la orden que se ocupará de la Prefectura es la Provincia del Santísimo Nombre de Jesús de las Islas Filipinas. El territorio de la Misión excedía los 300 000 km2 ya que incluía el Marañón con sus afl uentes (menos el Ucayali), hasta los límites con Colombia, Brasil y Ecuador. En 1921, al erigirse el Vicariato se va precisando progresivamente el alcance geográfico de la Misión. A más de los cinco sacerdotes que fueron los primeros Prefectos Apostólicos, se añaden, a partir de 1921, seis obispos Vicarios Apostólicos. Hay 21 parroquias, en la capital Iquitos, Punchana, Belén, Castilla, Nauta, Santa Clara de Nanay, Intuto, San Juan Bautista, por citar algunas.

Mención especial le corresponde al Centro de Estudios Teológicos de la Amazonía (CETA), con sede en Iquitos, fundado y dirigido por el Padre Joaquín García O.S.A., cuya labor realmente extraordinaria ha dado impulso al conocimiento integral de la Amazonía. El CETA, por sus investigaciones y publicaciones tiene ya un renombre internacional.

Los Pasionistas y el nororiente peruano

Teniendo en cuenta las necesidades pastorales de una parte del Oriente peruano, la Santa Sede creó la Prelatura de Moyobamba el 7 de marzo de 1948. Fue la primera Prelatura del Perú y sufragánea del Arzobispado de Trujillo. Los tres primeros Obispos de Moyobamba pertenecían a la Congregación de la Pasión, fundada por san Pablo de la Cruz Danei en el siglo XVIII. Hallándose en España el Obispo de Chachapoyas (y luego Arzobispo de Lima) Monseñor Emilio Lissón Chaves, tomó contacto con los padres pasionistas y obtuvo de los superiores el envío de un numeroso grupo de religiosos, que llegaron al Perú en 1913, y de inmediato se dirigieron hacia el Oriente. Se establecieron en Moyobamba así como en Yurimaguas y a partir de entonces fundaron parroquias en las provincias de Bellavista, Juanjuí, Soritor, Picota, Rioja y Tarapoto. Crearon también obras sociales de promoción, salud y capacitación. Actualmente Moyobamba cuenta con la valiosa ayuda de sacerdotes del Arzobispado de Toledo (España). Similares tareas cumplieron los pasionistas en Yurimaguas. El 27 de febrero de 1921 el papa Benedicto XV creó la Prefectura Apostólica de San Gabriel de la Dolorosa del Marañón, confiándola a la Congregación de la Pasión.

El 18 de noviembre de 1960 la Prefectura cambió su nombre por el de Vicariato Apostólico de Yurimaguas, porque en dicha ciudad está su sede. Los cuatro Obispos desde 1921 hasta la actualidad son pasionistas. Atienden lugares como Jeberos, Lagunas, Santa Cruz y Yurimaguas (pueblos que recuerdan las fundaciones del padre Samuel Fritz en los siglos XVII y XVIIII). El Vicariato tiene 20 parroquias, un Seminario mayor, 14 congregaciones de religiosas, 10 instituciones educativas y numerosas obras sociales. 

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