jueves, 5 de junio de 2014

Javier Campos Fernández de Sevilla OSA. Cofradías de San José en el Mundo Hispánico, por Irma Barriga

Javier Campos Fernández de Sevilla OSA. Cofradías de San José en el Mundo Hispánico

Instituto Escurialense de Investigaciones Históricos y Artísticas, Madrid, 2014, 199 pp

 

Palabras en la presentación de Lima, 5 de mayo 2014

Irma Barriga Calle

San Agustín, obispo de Hipona sostuvo algo que resultó sumamente influyente en el arte medieval con respecto a san José: señaló que había contribuido a colocar el cebo para que el demonio pudiera ser vencido con la muerte de Cristo, que traería la redención a la humanidad. Este aserto sería tomado en cuenta y llevado a la plástica en tiempos en los cuales san José sería revalorizado en tanto padre capaz de reunificar la Iglesia dividida. Ya no era la suya, la imagen del artesano anciano y torpe en su oficio que los evangelios apócrifos habían contribuido a difundir, era más bien la de una figura activa, vital y eficiente en su oficio. San José se convertía así en el carpintero que trabajaba para construir las trampas para el demonio, y su trabajo se veía enaltecido pues le permitía desempeñar una labor corredentora en la historia de la salvación. No llama la atención entonces, que fueran carpinteros quienes encargaron uno de los más bellos Desposorios en la historia de la pintura occidental, los de Rafael. Tampoco llama la atención, por lo tanto, que infinidad de cofradías reclamaran su patrocinio y lo tuvieran de titular. Así, hoy tenemos en nuestras manos el hermoso libro de Javier Campos Fernández de Sevilla, que explora las cofradías josefinas en el mundo hispanoamericano.

 

El autor, hombre de libros y de archivo, advierte que las cofradías aquí presentadas, son producto de una elección aleatoria, condicionada en gran parte por la posibilidad de acceso o no a la documentación requerida, y motivada por el deseo de esbozar una suerte de teoría general sobre este tipo de asociaciones. Dedica luego su atención a señalar lo principales hitos en la historia de la devoción josefina, poniendo énfasis en la actuación pontificia en torno a ella. Y es que San José por mucho tiempo no fue un santo "popular y milagrero", como indica el Padre Campos, y la expansión de esta devoción no deja de ser asombrosa. Antes de dedicarse a las cofradías josefinas propiamente dichas, hace ver lo que tienen en común con otras, en tanto "asociaciones de derecho eclesiástico" y de "carácter religioso". Inmediatamente después empieza a referir a las cofradías bajo la advocación del padre putativo de Cristo, incluyendo las constituciones (o un resumen de las mismas) lo que será indudablemente un magnífico aporte para la historia de la religiosidad, la espiritualidad, la vida social y económica de los pueblos, villas y ciudades que conformaron la monarquía española. El autor culmina la obra brindando unas valiosas reflexiones finales, así como un útil apéndice en donde sintetiza las características de las cofradías josefinas por él presentadas, y nos muestra si se trataba de una cofradía gremial o no, si se hallaba  abierta al resto de la población, si tenía carácter asistencial y funerario y establecía o no sanciones en caso de contravenirse los estatutos, etc. Por lo tanto, permite establecer pautas para la comparación de cofradías en distintos tiempos y lugares, y comprender mejor esta devoción en el tiempo, con sus diferentes matices y énfasis.

 

El Padre Campos subraya cómo estas cofradías siguen más o menos los lineamientos de este tipo de instituciones. Debe destacarse sin embargo, que si en una cofradía la cabeza de la misma, a modo de padre de ella, la constituía el santo patrón, estas cofradías se encontraban encabezadas por la figura que para entonces era la paterna por excelencia, lo cual añadía un sentido simbólico relevante al santo patrón. Por otra parte, vale enfatizar que para el mundo hispanoamericano en general, este estaba caracterizado por un personaje que se encontraba en lo mejor de la madurez. Esto, en contraposición a las representaciones italianas del santo, por ejemplo, y en contraste con los grabados que servían de modelo, en donde las más de las veces era figurado como un anciano.  

 

En el libro, las cofradías españolas y peruanas son las que encuentran mayor desarrollo. En especial, la temprana cofradía de Granada, ciudad en donde se tuvo una de las primeras parroquias colocadas bajo la advocación de san José, por intervención del arzobispo Hernando de Talavera, quien convirtió en templo cristiano lo que había sido una mezquita, y que sospechamos  -aunque no sabemos a ciencia cierta- fue la sede de la cofradía mencionada. La de la catedral limeña, que congregaba a carpinteros, albañiles y aserradores pero estaba abierta a otras personas, era también sumamente antigua, de las primeras décadas de la colonización.  Es que, conviene recordarlo, las órdenes religiosas que llegaron al Nuevo mundo lo hicieron con la idea de que aquí todas las utopías eran posibles, y que San José podía constituir un pertinente ejemplo de las virtudes que debían sembrarse en Indias: obediencia, humildad, paciencia, castidad, justicia, laboriosidad, austeridad...y por lo tanto promovieron la erección de cofradías bajo su advocación, desde muy temprano. No obstante, sería hacia el último tercio del siglo XVII cuando las cofradías josefinas se difundieran, por lo menos en el virreinato del Perú, y no sólo de carpinteros sino también de olleros, pescadores, comerciantes, etc. Si bien se había considerado que el esposo de María debió ser carpintero, porque de alguna manera era una suerte de émulo de Dios padre en la creación de la Iglesia, para esos años el discurso sobre San José, rico, sugerente y sumamente amplio, había incidido en su calidad de patrono de todos los estados y actividades, y se había convertido en una figura que en cierto modo reunía en sí a todo el santoral. Resultaba además, no tanto un santo conocido por sus milagros (aunque había abundante material al respecto recogido por ejemplo en el libro del dominico Pastrana que a fines del XVII escribía en la ciudad de Lima), sino por sus virtudes, que se ponían como ejemplo para los fieles.

 

El libro que ahora comentamos alude mayoritariamente a cofradías de carpinteros, generalmente abiertas a otros devotos. Las cláusulas asistenciales y funerarias que suelen incluir resultan cuando menos sorprendentes, porque no únicamente demuestran la solidaridad entre vivos y muertos, sino la preocupación por el futuro de los deudos, y la extensión de esta solidaridad al resto de la familia. Así, por ejemplo, la cofradía de la iglesia de santo Domingo de Santiago de Guatemala (1632) señala en uno de sus artículos, que los cofrades debían ocuparse de consolar a la viuda, y de que los hijos menores del difunto obtuvieran la preparación necesaria para desempeñar un oficio y pudieran ganarse la vida honradamente, así como de que las niñas estuvieran en condición de tomar estado.  En general, las cláusulas sobre el acompañamiento y asistencia al cofrade enfermo y el velar porque a este se le brindaran los auxilios espirituales necesarios para morir bien, eran una constante. No hay que olvidar, que el titular de la cofradía era el patrono de la "buena muerte", y esta se consideraba fundamental. Incluso en ocasiones la cofradía tenía por obligación ocuparse de enterrar a los condenados a muerte.  Se trata del tiempo en que la muerte se vive en sociedad, y que un estudioso como Philippe Ariés ha denominado de la "muerte domesticada". Estas líneas directrices de acción con respecto a la muerte las vemos asimismo ampliamente desplegadas en los casos de cofradías de indios olleros como la de Copacabana, en la ciudad de Los Reyes. No en vano Gabriela Ramos ha demostrado el rol fundamental que tuvo en la conversión de los naturales la temprana cristianización de la muerte, y cómo estos entraron pronto en la dinámica de la solidaridad con las almas del purgatorio.

 

Esta cofradía de indios olleros permite ver, por otra parte, cómo la institución podía contribuir a la disciplina social y al control de los ánimos: una cláusula indica  "es nuestra voluntad haya paz y quietud al servicio de Dios Nuestro Señor";  quien no cumpliera con mantener estos requisitos, sería expulsado. Vale traer a colación que indios olleros estuvieron vinculados a la conjuración abortada de Lima, y a la rebelión de Huarochirí de 1750, es decir, muy pocos años antes de las constituciones que el Padre Campos consigna. Las cofradías josefinas tenían preocupaciones de índole ética vinculadas al oficio, como la de Granada, que señalaba "que ningún cofrade sonsaque a aprendiz ni oficial de casa de otro", y morales.  Así, la cofradía de Méntrida, Toledo, sólo debía congregar a "personas de buena vida", la de Galaroza, Huelva, a "honestas y de buenas costumbres". La de Alcabón (Toledo), por su parte, indicaba que el sujeto que postulara a la cofradía debía ser "juicioso, acreditado por su hombría de bien y buenos procederes", y que no fuera "escandaloso, malediciente, blasfemo o dado con exceso al vino", que no hubiera sido procesado ni castigado con penas de infamia, y que mantuviera vida común con su esposa. En este punto conviene incidir en lo que ya se ha indicado, que el santo patrono se constituía en modelo de virtudes a imitar, lo cual ocasionalmente se decía de modo explícito como en la cofradía de Galaroza, que lo extendía al modo de ejercer el oficio, y la de Veracruz, que destacaba que había que imitarlo, especialmente "en la pureza de conciencia". La de Guatemala por su parte, ordenaba que se cuidara de la vida moral de los cofrades, evitando la difamación sobre todo de los casados, y que no se consintiera en la holgazanería, pues se debía trabajar para comer. San José entonces, reiteramos, se presentaba como modelo de vida, y como auxilio a la hora de la muerte. No en vano en los dormitorios muchas veces se tenía imágenes suyas, que debían contribuir a proporcionar una muerte serena, y así ayudar a conducir al devoto a la salvación.

 

UN aspecto que ha sido destacado por el autor y al cual queremos aludir,  ha sido la reiterada presencia de invocaciones y a veces votos inmaculistas en las cofradías josefinas. Esto resulta de suyo importante, y esclarecedor de los matices que la religiosidad va adquiriendo en ese tiempo. El autor ya en otras ocasiones ha tenido al tema inmaculista entre sus preocupaciones, y ha publicado sobre el tema, incluso sobre las festividades a la Purísima Concepción realizadas en Lima. No puede ser mera coincidencia el que ahora trabaje las cofradías josefinas: ambas devociones van de la mano. Ambas encuentran un momento de especial relevancia en la segunda mitad del siglo XVII, y son promovidas de manera intensa por la Corona española.  Como es sabido, a instancias de esta, la "pía creencia" tuvo un fuerte impulso cuando Alejandro VII en 1661 dio la bula Sollitudo Omnium Ecclesiarum por la cual aclaraba que lo que se celebraba en la festividad de la Concepción era "la insigne preservación de María Santísima de la culpa original, en el punto mismo de su primer ser, según  y cómo la defiende la sentencia pía". Esta bula, aunada a la pragmática de Felipe IV que indicaba que todos los sermones debían comenzar con el "Alabado sea el Santísimo Sacramento, y la Virgen concebida sin pecado original" contribuyeron a incrementar el fervor inmaculista, que se expresó en diferentes modos. No extraña entonces que el Alabado mencionado sea el encabezado de cofradías como la de los indios olleros de Copacabana. Por su parte, Carlos II nombró a san José patrono de España y sus dominios en 1678, aunque después debiera retroceder en el patrocinio. Las últimas décadas del siglo XVII veían pues un tiempo de especial fulgor de ambas devociones, y esto se percibía no solo en las cofradías sino asimismo en las novenas, oraciones dedicadas a la Purísima, y que generalmente incluían rezos o invocaciones a san José. En este sentido, los oratorios de fines del XVIII por ejemplo, solían presentar a ambos. No se pretende señalar que la advocación carmelita no fuera la tradicionalmente vinculada a san José. Lo era, sobre todo por influjo de santa Teresa de Ávila; los retablos solían mostrarlos juntos, y los lienzos como el hermoso de Berrío que constituye la portada del magnífico libro que tenemos en las manos, también. No obstante, san José en el siglo XVIII ya no es únicamente el humilde santo, artesano caracterizado por su austeridad, sencillez, mansedumbre y obediencia, es también la figura en la cual la vida contemplativa y la activa confluyen, y en la que la imagen de justicia, poder y realeza se conjugan en el perfecto intercesor, lo que asimismo se ve en al cuadro aludido, y que pareciera estar más cercano a la advocación de la Purísima y a la corte española, así como a una sensibilidad que se tornará más íntima y amable.

 

Invito pues, a abrir estas páginas, que nos permitirán aproximarnos un poco más a las devociones y preocupaciones de otros tiempos, pues este libro representa una ventana a la vida cotidiana, social, espiritual y religiosa, que conviene rescatar. Gracias, padre Campos por este libro.   

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