domingo, 5 de abril de 2009

La universidad, obra verdadera de la Iglesia

Basta con recordar sus nombres (San Marcos, San Agustín, San Antonio...) o ver la tiara pontificia en sus emblemas, para caer en la cuenta de que en su origen las universidades nacieron y crecieron “a los pechos” de la Iglesia.

Basta con recordar sus nombres (San Marcos, San Agustín, San Antonio...) o ver la tiara pontificia en sus emblemas, para caer en la cuenta de que en su origen las universidades nacieron y crecieron “a los pechos” de la Iglesia. El inmortal Miguel de Cervantes dirá por boca de Don Quijote que “la historia es testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”. Según esto, si conocemos el pasado y el sentido genuino de la universidad estaremos en mejores condiciones de responder a los formidables retos que nos presenta la Universidad de nuestro tiempo. Entremos, por tanto, en el túnel del tiempo pasado para conocer su testimonio pretérito, su luz para nuestro hoy, su advertencia para el futuro.

La Universidad en la Edad Media fue el resultado de la evolución de las escuelas episcopales, municipales y monacales. Los saberes aprendidos en estos centros abarcaban las siete artes liberales. Por una parte estaba el trivium: Tres artes liberales relativas a la elocuencia: la gramática (saber escribir), la retórica (saber hablar) y la dialéctica (saber pensar). La otra división, cuadrivium, abarcaba las cuatro artes matemáticas: aritmética, música, geometría, astronomía o astrología.

El documento más antiguo que recoge este término va firmado por el Papa Inocencio III en 1208 dirigido al Estudio general de París. Testigo de este proceso y acuñador de una de las definiciones más bellas de Universidad será el rey Alfonso X el Sabio (1221-1284) en sus Partidas (II, tít.3) "ayuntamiento de maestros y de escolares que es hecho en algún lugar con voluntad y con entendimiento de aprender los saberes".

Según Diego Gracia “La Universidad ha tenido siempre y tiene hoy como objetivo la búsqueda, formulación y transmisión de la verdad. Investigar la verdad y educar en la verdad: he aquí los dos objetivos primordiales, si no únicos, de la Universidad desde su fundación en el siglo XIII hasta el día de hoy y quizá hasta siempre”. La antigua, verdad como adecuación, la moderna la verdad como construcción, o como gusta recordar Mons. L. Giussani “introducir en la totalidad de lo real”. La misión prioritaria de la Universidad debe ser: “Educar a los hombres en eso que Zubiri calificaba de esfuerzo supremo´, el de sumergirse en la realidad en cuanto tal y en su fundamento; De no ser esto así, tendremos saber y ciencia, pero nos faltará experiencia profunda de la realidad y de la verdad real, es decir, careceremos de auténtica vida intelectual”.

La Universidad surgió en plena Edad Media cuando la verdad se definía como “la adecuación del entendimiento a la realidad”. Se consideraba la naturaleza, la realidad, como un orden perfecto, de modo que la verdad objetiva no podía consistir en algo distinto a la adecuación o conformidad con el orden; la verdad era el orden, el error el desorden.

En la Universidad medieval no entran las “Artes serviles o mecánicas” propias de los artesanos, sino las “Artes liberales” (derivadas del Trivium y el Quadrivium), con las cuales se dotó de contenido a la denominada Facultad de Artes. Además de esta Facultad menor, la Universidad medieval estaba constituida por otras tres Facultades mayores, la de Teología, la de Derecho y la de Medicina, las tres grandes ciencias de la «adecuación», del «orden»:

1) La Teología nos enseña cuál es el «orden divino» a «orden macrocósmico», que, como es obvio, es raíz y fuente de todos los demás.

2) El Derecho nos enseña cuál es el «orden civil» a «orden del mesocosmos», el «orden de la república».

3) La Medicina, en fin, nos enseña cuál es el «orden humano» a «orden del microcosmos», el «orden del cuerpo».

He aquí los tres grandes órdenes de la «adecuación», es decir, de la «verdad». Y como la verdad humana es trasunto de la divina, y, por tanto, tiene las características de inmutable, necesaria y eterna, la Universidad medieval hizo de la «adecuación» una «norma» y de la «verdad» así entendida una «obligación». La Universidad fue, por esto, una institución profundamente «normativizadora» de las conductas, que, con un criterio a la postre teológico definía lo «normal», la «norma», frente a todo tipo de desviaciones. Esto le concedía, obviamente, un tremendo «poder», al servicio, como es natural, de la instancia normativizadora de mayor rango, la Iglesia. La Universidad fue la gran instancia de adecuación de la sociedad bajomedieval a un orden teológico.

Podemos comprobar todo esto en la Universidad de París, la cual organizó desde el inicio las cuatro grandes ramas en las cuatro facultades tradicionales: Artes, Teología, Derecho y Medicina; a ellas se unió, como derivación de la primera, la de Filosofía. Por la primera, Artes, debían pasar todos los alumnos como propedéutico o estudios generales, antes de cursar estudios en las demás carreras. Por esta razón, era la más numerosa y con población más joven, dotándola de algunos privilegios como el de que el rector debía ser elegido de entre sus profesores. París, gracias al brillo de los teólogos santo Tomás de Aquino y san Buenaventura, gozará en Teología del mayor predicamento.

Bolonia tiene de peculiar que su origen vino determinado por la unión y el talante democrático de alumnos y por el prestigio de sus facultades de Derecho (Civil y Canónico). La de Montepellier destaca en Medicina, la de Salamanca en Leyes. Al hilo magisterial se fueron creando los hospitia o residencias de estudiantes en los que convivían con profesores. Fueron promovidos por entidades privadas (mecenas, órdenes religiosas...) para facilitar los estudios a los alumnos con bajos recursos. Estos centros, además de prestar alojamiento y comida, se convirtieron en el complemento ideal de la Universidad con numerosas actividades académicas y sociales. La Universidad de París recibió el nombre de Sorbona a causa de uno de estos centros fundado por Roberto Sorbon en 1257.A finales del siglo XIII se habían creado ya 14 universidades. En el S. XIV se suman 19 más).

La primera universidad española fue la de Palencia de 1212. Su brillo duró poco en beneficio de Salamanca. Sabemos que en 1243 existe y que en 1255 el Papa Alejandro IV le concedió todos los derechos y prerrogativas de Studium generale. Es la Universidad en pleno apogeo, desde sus constituciones de 1422, sus estatutos de 1538 y sus reformas a lo largo del XVI y XVII, legislación recopilada en 1625, que permanece en lo esencial hasta las reformas del XIX. En toda la estructura y normativa de la Universidad salmantina anima una actitud pedagógica constante. El propósito de la Universidad no era tan sólo instruir o enriquecer la inteligencia, sino “criar”, educar, formar la voluntad, aprender la virtud y buenas costumbres y composición. Es el eco salamantino de las Partidas, que los escolares “finquen asosegados en sus posadas et puñen de estudiar et de aprender et de facer vida honesta y buena, ca los estudios para eso fueron establecidos” (partida II, tít.XXXI, ley XVII).

Siguiendo a los modelos alemán (comunidad investigadora), USA (motor de progreso), inglés (excelencia académica), francés (cultivo de la razón), ruso (pragmática) la Universidad se avizora como la protagonista de la formación integral en tiempos de cambios. Si quiere ser fiel a su primitiva esencia, debe buscar ser una comunidad académica y científica en comunión con la Verdad (si es Católica, en comunión con la Doctrina, Magisterio y Moral de la Iglesia Católica), que promueve la formación universitaria de los jóvenes con el objetivo de formar profesionales responsables y hombres libres, preparados para afrontar el reto de responder a los problemas y exigencias de la realidad. De esta manera contribuyen a preservar, desarrollar y difundir una cultura integral, cristiana y científica.

http://www.periodismocatolico.com/archivo/b021201/04.htm

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